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7.8.09

Noche Lóbrega

Adara se puso la ropa de la campesina y se dirigió al castillo de Edgar. Entrar fue relativamente sencillo, y entregarle a una de las criadas de la reina Vrila una llave de la posada y un mensaje para Vrila. Inmediatamente supo que la muchacha haría lo necesario para que su ama acudiera a la cita. Tenía que preparar el vino envenenado para terminar con la Reina silenciosamente.

Unas horas más tarde, y en la otra posada del pueblo, la doncella hizo girar la llave de la habitación, franqueándole el paso a una mujer con un velo. Cuando ésta se quitó el velo, Adara vio que era Vrila. A pesar de que era veinte años más joven que su marido, el Rey Edgar, Vrila rondaría ya los cuarenta. Claro que nadie lo sabía con seguridad, puesto que aquella mujer se mantenía bella y lozana. Vrila reconoció inmediatamente la figura que tenía delante:

-Hugo. No puede ser -su gesto, primero de incredulidad y luego de felicidad, fue un alivio para Adara, que había dudado de si Vrila realmente amaba a Hugo o sólo quería tener a un hombre guapo y vigoroso en su frío lecho-. Espérame fuera, querida, y no entres ni dejes pasar a nadie bajo ningún concepto. Te haré llamar cuando te necesite -la doncella no esperó más, salió de la habitación y cerró la puerta tras de sí.

-Pero es, amor mío -la voz de Adara sonaba exactamente igual que la de Hugo. Incluso sus inflexiones eran las mismas. Ni el mismísimo Hugo hubiera conseguido notar la diferencia, mucho menos una reina que ansiaba reencontrarse con su amante.

-Oí que la maldita Adara te tenía prisionero. Esa asquerosa engreída, consentida y egoísta.

-Así es, querida. Pero he logrado escapar. Esa puta me ató y me violó en las mazmorras. -el falso Hugo escupía las palabras con un deje de asco que hubiera despejado las dudas de cualquiera-. Pensaba que conseguiría sacarme tus secretos, pero no contó con mi voluntad. Cuando me desató para llevarme de vuelta a la celda, le quité su látigo y la até con él al aparato de tortura donde me había sujetado, conseguí robarle una de las espadas que decoraban la sala de torturas y así conseguí escapar, usando el arma para librarme de los guardias. Al fin he llegado. Llevo días escondiéndome y rondando el castillo. Me ha costado encontrar quien te llevara mi nota, casi todo Muitung me conoce y muchos de ellos saben que estoy prisionero en Avernarium. Llevo tanto esperando que no puedo seguir haciéndolo. Ven aquí, brindemos por el reencuentro.

Vrila se sentó junto a Hugo y se quedó mirándole embelesada. Aún no podía creerse que su amado estuviera de nuevo junto a ella. Había perdido toda esperanza de reencuentro al enterarse de que Adara lo tenía prisionero. Nadie había conseguido escapar de las mazmorras de Avernarium en toda la historia del Putomundo, pero su amado sí. Él estaba hecho de una madera especial, y el amor que los unía y que los convertiría en marido y mujer cuando el viejo Edgar se decidiera a morir le había ayudado a zafarse de los barrotes. Vrila chocó su copa con Hugo y bebió un trago largo.

-Te he echado de menos, ¿y tu a mí?, ¿me has echado de menos, amor? -la mujer miraba con auténtica devoción a su amado. Aún no se notaba en su gesto que el veneno estuviera haciendo efecto.

-Claro, amor. Ven aquí -Adara, con un gesto rápido, atrajo a Vrila hasta sí y la abrazó con fuerza. Acto seguido volvió a levantar su copa. -Por un futuro juntos, por la muerte de Edgar y mi restitución como soldado, o como lo que tu quieras, amor mío. Bebamos, pues hoy es el maravilloso día en el que me he podido reencontrar con la mujer a la que más he amado en toda mi existencia.

-¡Brindemos por ello! -Vrila alzó su copa y, de un trago, apuró el contenido. Dejó escapar una carcajada mientras se rellenaba la copa y la alzaba de nuevo. -Y volvamos a brindar, una vez más, porque es demasiado perfecto para celebrarlo con una sola botella de vino.

-Por nosotros. -Hugo alzó la copa y dio un sorbo corto, lo justo para espantar a la mala suerte que se esconde tras un brindis vacío y que podía echar a perder todo su plan como una brisa desbarata un castillo de naipes. -Deja de beber y cuéntame cómo están las cosas por la corte, ¿hay visos de heredero o el idiota de tu marido se ha resignado a la esterilidad?

-Querido, las cosas no han cambiado mucho desde que fuiste capturado. Edgar sigue bebiendo brevajes para potenciar su virilidad y yo sigo bebiendo brevajes para anular mi fertilidad. ¿No crees que podríamos intentarlo ahora? Cada día que pasa me coloca más cerca del demasiado tarde definitivo. Y tengo tantas ganas de ser madre...

-No tienes por qué preocuparte por eso. Ven, abrázame, y sigue contándome qué tal están las cosas, amor mío. ¿Siguen mis hombres al frente de la guardia? ¿Seguimos teniendo alguien en quien confiar para que me permita llegar a ti?

-Sólo nos queda el capitán de mi guardia personal. Todos los demás fueron expulsados de la corte y ahora se ganan la vida defendiendo las fronteras. No vas a poder entrar en el castillo, querido, al menos no sin poner en serio peligro tu vida. Nos encontraremos aquí cada día. Es más seguro. Incluso el bosque es más seguro que el castillo para ti, amor mío. -Vrila bostezó mientras se acurrucaba contra el pecho de Hugo.

-¿Estás cansada, Vrila? Duerme, que yo velaré tu sueño. -Adara no pudo reprimir una carcajada mientras acariciaba el pelo de la Reina.

-¿Por qué te ríes, Hugo? -Vrila volvió a bostezar y sus ojos empezaron a entrecerrarse perezosamente. Estaba a punto de quedarse dormida... para siempre.

-Por nada, amor. Tu sólo duérmete.

Vrila se quedó pacíficamente dormida y su pulso se fue apagando lentamente. El remedio para el sueño ayudó a que la mujer no fuera consciente de su agonía cuando comenzó a ahogarse. No hizo ruido, tan sólo boqueó como un pez al que capturan con una red al salir a la superficie. Se echó las manos al cuello como si quisiera desasirse de algo especialmente molesto, y unos minutos más tarde ya era historia. Sin estertores, sin alboroto, sólo la muerte estaba invitada a aquel espectáculo. Adara abandonó la habitación.

-La Reina duerme, acompáñala el sueño, y dile a Edgar de mi parte que si no puede ser mía, no será de nadie. -La doncella entró en la habitación y se encontró a Vrila recostada sobre la cama, tenía un gesto apacible y sereno. La muchacha se acercó y notó que el cuerpo de la mujer desprendía calor, tras aflojarle los ropajes para que durmiera con mayor comodidad, notó que permanecía extremadamente quieta. Puso un espejo bajo su nariz y comprobó, con pánico, que no había respiración.

-¡Socorro! ¡Ayuda! ¡Por favor, que alguien me ayude! ¡Es la Reina! -la joven gritaba con todas sus fuerzas, pero tardaron un rato en acudir, puesto que la habitación sabiamente elegida por Adara estaba bastante alejada de la taberna de la posada. Tuvo que pasar alguien por la calle, por debajo de la ventana, para escuchar los gritos desconsolados de la joven y acudir en su ayuda. Para entonces, Adara ya había recuperado la forma de su guardia y se dirigía al encuentro de su séquito.

Tras el éxito del plan, a Adara sólo le preocupaba una cosa: no sabía qué edad podría tener. Había estado usando magia mucho tiempo seguido, e intuía que dos no eran suficientes sacrificios, y más teniendo en cuenta que ni siquiera eran jovencitas, sino campesinas despistadas y cansadas de una dura vida de trabajo que se acercaban rápidamente a su fin natural. Claro que no haber recuperado su forma en ningún momento no ayudaba: no tenía modo de saber qué edad tendría, ni qué aspecto. Podría estar al borde del desnacimiento o ser una niña sin fuerzas. Su preocupación cesó deprisa, tan pronto como se dio cuenta de que el punto de encuentro estaba a un día del lugar en el que se encontraba, y de que, seguramente, en el camino podría disponer de alguna jovencita con la que invocar a la parca para que le devolviera su edad. Había unos cuantos pueblos entre el lugar en el que se encontraba y el lugar al que se dirigía, por lo que confiaba en llegar viva y libre de sospechas al lugar del encuentro.

17.7.09

Camino de la corte

La Corte de la Reina Consorte Vrila y el Rey Edgar estaba a menos de dos semanas a caballo, pero Adara iba sin prisa. Cabalgaba tranquila, observando los verdes prados de Avernarium. La Reina era feliz mientras paseaba por aquellas tierras que habían sido de sus padres, de los padres de su madre, de los padres de su abuela, y así desde el principio. Mientras avanzaba, barajaba las diferentes opciones que le daba la pócima que se había tomado antes de salir de Avernarium. Había adoptado la apariencia de un hombre fuerte, de unos treinta años de edad, atlético y hábil con la espada. Era uno de los miembros más valiosos de su guardia personal, y era poco probable que alguien la atacara con aquel aspecto. En cambio, como Adara II de Avernarium no hubiera llegado muy lejos sin que todo el Putomundo se enterara.

Durante el tiempo que duró su viaje, Adara tuvo que dormir en posadas de mala muerte a las que no estaba acostumbrada. Algunas mañanas se despertaba con un terrible picor, probablemente de chinches o de pulgas. La comida no tenía nada que ver con los manjares que preparaban para ella en su Castillo. Al menos estaba segura, nadie se inmiscuía en los asuntos de un hombre con aquel escudo en el pecho. Los campos de Avernarium no eran especialmente duros de atravesar, pero había algunos bosques que dejaban exhausto a su caballo. Algunos días tenía que esperar para partir hasta bien caída la mañana, pues no quería lastimar a su montura. A pesar de todo, el viaje estaba ayudando a la Reina a ordenar sus pensamientos y trazar una estrategia adecuada al tamaño de la misión.

Había comunicado a Níobe y Nyx que se iba a conquistar la corte de Vrila, explicando su plan tanto como pudo. Ni siquiera tenía una idea clara, aunque sí sabía que pasaba por la muerte de Hugo. Era una pena no poder disfrutar más veces de él, pero el deber siempre había estado por encima del placer para la joven Reina. El último día del camino se paró a comer en un pueblo cercano a Muitung y entró en la taberna más vistosa de las que halló. Ordenó una codorniz estofada, una jarra de cerveza y un mendrugo de pan. A la dueña le extrañó lo poco que el joven había ordenado, y le instó a comer un poco más; un cuerpo como aquél no se mantendría con una simple codorniz. Adara se dio cuenta de su error y asintió a la sugerencia de la mujer. Adara se alegró de llevar escrita la carta para Edgar, hubiera sido muy llamativo que un soldado se pusiera a escribir en una tasca de mala muerte.

El Rey Edgar era un hombre de avanzada edad, tenía veinte años más que Vrila, su tercera esposa, y la tercera que no le daba descendencia. Al menos había tenido la decencia de no quedarse embarazada de Hugo, su amante. Toda la corte sabía que aquel hombre se acostaba con su Reina, incluido el propio Edgar. Fue él quien pidió a Adara que custodiara en las mazmorras a aquel hombre. Nadie sabía exactamente por qué el Rey había decidido mantenerlo con vida, pero aquella decisión había proporcionado el plan perfecto a la joven Reina. Escribió una carta que entregaría a Edgar tan pronto como accediera a recibirla.

"Estimado Rey Edgar, lamento comunicarle que ha escapado Hugo,supongo que sabe a quién me refiero.Temo que se acerque a vuestro castillo para cometer alguna fechoría. Creo poco probable que vaya directo hacia Muitung, pero os envío a uno de mis guardias personales para haceros entrega de la misiva que estáis leyendo. Ha estado un par de veces más en vuestra corte, espero que lo hayáis reconocido sin problema. Mis hombres están buscando a Hugo en misión secreta, por lo visto golpeó a un guardia mientras era trasladado a la sala de torturas y estuvo en los recovecos de las mazmorras hasta que logró reducir a un guardia novato y hacerse con sus ropas para huir. Tan pronto como sea capturado lo llevaré a vuestra presencia.

Os saluda afectuosamente.

Adara II de Avernarium"

Comió ávidamente, y comprobó que la poción le otorgaba todas las cualidades de la forma que adoptara. Había comido tanto que en el cuerpo de Adara no hubiera resistido una hora de viaje. Puso al galope a su caballo para llegar a Muitung aquella misma tarde. Necesitaba descansar, y su caballo necesitaba unos buenos cuidados tras tantos días de viaje. La audiencia privada con el Rey Edgar fue sobre ruedas y nadie dudó un momento de que Hugo no intentaría llegar allí al menos hasta dos o tres semanas más tarde. El Rey agradeció las atenciones de Adara y le dijo a la forma de su guardia que se quedara descansando en una de las habitaciones de invitados del castillo, podría partir con una misiva para su Reina a la mañana siguiente, cuando él, así como su caballo, hubieran descansado.

Adara durmió profundamente por primera vez en varios días y, a la mañana siguiente, durante el desayuno, dijo a las criadas que se disponía a partir hacia Avernarium tan rápido como Su Majestad Edgar de Muitung le entregara la misiva para su Reina. Adara estaba tomando un buen desayuno en las cocinas de los criados, como correspondía a su apariencia. Mientras hablaba con la criada, el Rey Edgar entró en la estancia y le hizo entrega de un sobre lacrado con su emblema. Le deseó buen viaje estrechando su mano con tanta fuerza que, de no haber sido por el cuerpo que habitaba, le hubiera dislocado algún hueso casi con total seguridad.

Adara, al abandonar el castillo, se dirigió hacia el bosque, y cuando se supo segura abrió la carta.

"Estimada Adara, le agradezco enormemente el aviso. Es una desgracia que ese hombre haya escapado, pero confío en los ejércitos de Avernarium para hallarlo. Si necesitáis ayuda para barrer los bosques podéis contar con doscientos de mis hombres. Hacédmelo saber para poder enviaros la formación. Y avisadme también cuando halléis al maldito, ya no quiero mantenerlo cautivo y con vida, sino darle un castigo ejemplar con mis propias manos. Accedí a los deseos de Vrila de mantenerlo con vida y en vuestras mazmorras. Pero veo, con enorme pesar, que estaba errado. No quiero más riesgos, ese hombre, que se ha atrevido a mancillar mi honor, debe morir. Debería bastar para disuadir a cualquier otro hombre que haya puesto sus ojos en mi esposa.

Os saluda afectuosamente

Edgar XII de Muitung"

El plan estaba saliendo a pedir de boca. Entrar al castillo ahora sería peligroso, pero sin riesgo no hay victoria. Se acercó a una aldea y secuestró a una jovencita de no más de quince años, aquello sería suficiente. Se la llevó al cementerio y la quitó la vida con su daga mientras pronunciaba las palabras que completarían el sacrificio. Quería que aquello pareciera un acto de bandidaje cualquiera, así que robó todo lo que pudo al cadáver, que quedó allí abandonado. Aquella táctica, además, le proporcionaba ropas de campesina con las que acceder al castillo. Había recuperado su edad y su vida no corría peligro. Esa misma noche se infiltraría como una criada más. Todo estaba en marcha y ya no había nada que pusiera en peligro el inminente desenlace de sus maquinaciones. Adara no se sentía orgullosa de haber matado a una pobre campesina. Aunque, a decir verdad, tampoco se sentía muy culpable: aquellos seres insignificantes sólo existían para facilitar la vida de sus Reyes. Y Adara lo sería dentro de no mucho: la orgullosa Reina Consorte de Muitung... hasta la muerte de Edgar.

20.4.09

Dulce tortura

Adara se levantó temprano y ordenó un desayuno especial para el esclavo de la celda ciento trece. Encargó a Lys que se enterara de dónde estaba su hermana Nyx y echó a las sirvientas de la habitación. Mientras se daba un baño distraídamente, pensó que no podía permitir que ese hombre, ese esclavo, se saliera con la suya.

El día anterior había sido raro. Llevar a un hombre a la sala de tortura, vestida para salir a montar a caballo, y no lograr sacarle una palabra era una de las cosas más inusuales que existían. Empezaba a entender que ese esclavo estuviera tan bien valorado, pero no existía nada para la Reina que no pudiera atajarse con una buena pócima.

Se puso un vestido de seda granate y un corpiño con los cordones delante. Adara, al igual que Nyx, odiaba depender de sus criadas para vestirse, de modo que los sastres reales cosían para ellas algunos de sus vestidos de forma que no necesitaran de ningún sirviente para vestirse completamente.

- Lys! -gritó, llamando a su doncella.

- Alteza, estoy aquí. ¿Me necesita? -respondió, presta, la muchacha.

- Sí, Lys, baja a la cocina y pregunta si ya han servido el desayuno y si el esclavo de la ciento trece se lo ha tomado entero, luego vete a la lavandería y diles que coloquen ropa de cama limpia sin distintivos en el dormitorio de invitados de las mazmorras y que lo decoren con velas. Cuando acabes ven a contarme qué te han dicho. Por cierto, ¿has encontrado a Nyx?

- No, Alteza, no la he podido encontrar. Cuando he bajado a ordenar los desayunos me han dicho que había estado allí, con su ropa vieja, supongo que ha ido a dar un paseo con Hierro.

- Gracias. Voy a preguntar a Níobe, tan pronto como termines con mi encargo sube a buscarme. -Adara dio media vuelta y se encaminó en busca de su hermana sin esperar a que Lys dijera nada.

- Sí, Alteza, ahora mismo voy. -Adara oyo cómo la chica echaba a correr escaleras abajo. Era su doncella por algo, eso estaba claro.

Encontró a Níobe jugueteando, pensativa, con una de las muchas figuritas de bronce que poblaban la maqueta de Avernium.

- Níobe, ¿sabes dónde se ha metido Nyx? La han visto en las cocinas desayunando, vestida con esos harapos que tanto le gustan, pero no se sabe nada más de ella.

- ¿Montando a caballo? ¿Montando a un campesino? -Níobe parecía sorprendentemente molesta-. Quién sabe -hizo una pausa,y luego habló en un susurro-. Yo, claro. Al menos, dentro de poco.

- Níobe, ¿estás bien? pareces un poco contrariada... -Adara no lograba comprender el mal humor de su hermana.

Níobe sonrío pérfidamente - Por ahora. Pero no te preocupes. Todo irá bien.

- Querida, cuando pones esa sonrisa mientras juegas con muñecos de bronce me asustas. -En ese momento, como llamada por la oportunidad, apareció Lys.

- Alteza Adara, está todo según lo previsto.

- Tráeme el látigo que tiene filigranas de marfil en la empuñadura. Te espero en la entrada de las mazmorras, así que corre. -Lys no se hizo de rogar y salió corriendo a los aposentos de Adara. -Níobe, querida, mantenme informada, por favor. -Y Adara se dirigió a la escalinata de mármol.

- ¿No prefieres que sea una sorpresa?

- No, Níobe, no me gustan las sorpresas. Y menos cuando atañen a mis hermanas. Si hay algún peligro quiero saberlo. Hasta luego -dijo Adara mientras comenzaba a bajar. Se despidió con un gesto de su hermana y fue al encuentro de Lys.

Se encontró con la joven en la puerta de las mazmorras. Abrió e hizo pasar a la doncella delante.

- Lys voy a necesitarte. Voy a necesitar que me hagas guardia, y si las cosas se tuercen quiero que llames a un guardia que pueda reducir sin riesgo al esclavo. Vete a la habitación que has ordenado preparar y escóndete cerca de la puerta. Y sobre todo, y más importante, no quiero que digas una palabra de lo que pasa entre esas paredes. Porque si no ya sabes lo que te pasará, y valoro tu conversación. Voy a por el esclavo.

La doncella se encaminó al lugar indicado por la Reina, mientras que ésta se fue a la celda ciento trece a buscar al hombre que no iba a salirse con la suya. Escondió el látigo debajo del corpiño.

- Hola amor. ¿Qué te pasa? No tienes buen aspecto. -El esclavo se frotó los ojos.

- ¿Qué ha pasado? ¿Dónde estoy? ¿Por qué hay rejas aquí? Vrila ¿por qué me tienes encerrado?

- No estás encerrado, amor, creo que has tenido un mal sueño. Acompáñame, vamos a descansar en mis aposentos. Tengo ganas de ti.

- Vrila, esto es muy raro. ¿Qué está pasando? -El esclavo parecía realmente desorientado, pero Adara sabía que era el efecto de la poción. En cuanto llegaran al dormitorio se tranquilizaría.

- Sígueme y deja de hacer preguntas, te he dicho que no pasa nada. ¿Es que ya no confías en tu Reina?

El tono asertivo de la Reina pareció calmar a Hugo. Ambos se dirigieron al dormitorio que Adara había ordenado preparar, que en realidad era una estancia de las mazmorras que se podía destinar a cualquier uso y en menos de una hora estaba preparada. Cuando entraron, Adara no supo dónde podía estar escondida Lys, y tampoco sentía ningún deseo de saberlo. Aquello no era como hacer el amor de verdad, simplemente iba a conseguir la información que buscaba.

- Hugo, ¿me has echado de menos?

- Sí, mi Reina. Te he echado de menos todo el tiempo que he pasado separado de ti. ¿De verdad tengo que disimular? Todo el reino sabe que soy tu amante. Incluso tu marido sabe que soy tu amante. -Hugo no albergaba ninguna duda de que la mujer que le hablaba era su amada Vrila.

- Hugo, Hugo, Hugo. Sabes que tenemos que guardar las apariencias. Estás confundido, el Rey no sólo no conoce tu existencia, sino que no sabe que usamos esas hierbas para que muera sin descendencia.

- Vrila no digas esas cosas en alto, las paredes de los castillos tienen ojos y orejas. -Hugo se acercó a Adara y tomó su cara entre sus manos -eres tan bella que podría pasar toda mi vida mirándote -la besó suavemente mientras Adara tiraba su látigo, junto con el corpiño, al suelo de la estancia.

- Bésame, bésame más, Hugo. Te echo tanto de menos en mi cama cuando el Rey está en el castillo... moriría de locura si no estuvieras aquí. -Adara memorizaba cada palabra de Hugo. Las cosas iban sobre ruedas, pero no estaba muy segura de que memorizar las artes amatorias del hombre fuera a ser tan sencillo. La presencia de Lys ayudaba a la Reina a mostrarse relajada, porque sabía que nada podía ir mal con alguien vigilando.

- Mi Reina, Vrila, amor mío -Hugo, que cada vez respiraba más deprisa, quitó el vestido con suavidad a Adara, la admiró y comenzó a besar cada centímetro de su esbelto cuerpo. Adara notaba que, bajo los andrajosos pantalones, Hugo escondía una nada discreta erección. Le quitó la casaca y acarició su pecho desnudo mientras él seguía besándola. No había imaginado que los labios del hombre fueran tan deliciosos. Le quitó los pantalones y quedó gratamente sorprendida con lo que sus ojos admiraron: aquello terminaba de explicar por qué Vrila había tomado a Hugo como amante a pesar de estar casada con uno de los Reyes más apuestos de todo Putomundo.

Hugo cogió a Adara en brazos y la posó suavemente sobre el colchón de plumas. La Reina empezó a suspirar profundamente, estaba disfrutando a pesar de saber que Lys miraba cada detalle. Deseaba tomar las riendas y gozar de Hugo, pero necesitaba memorizar cada movimiento y sólo tenía una oportunidad, puesto que sabía que, junto con el clímax del hombre, llegaría el fin del efecto de la poción, dejándole inconsciente, así que se dejó hacer. Sucedió algo que Adara creía de cuentos de hadas, Hugo la llevó al éxtasis tres veces antes de dejarse ir. Estaba claro por qué era el amante de Vrila, estaba absolutamente claro.

Adara se vistió y llamó quedamente a Lys.

- Alteza, ¿qué desea de esta pobre doncella? -La joven estaba sonrojada y respiraba entrecortadamente, el espectáculo parecía haberle afectado.

- No olvides ni un detalle de lo que has visto, necesitaré tu ayuda. Voy a darme un baño, llama a los mozos, que aseen y devuelvan a la celda a este hombre, y que recojan la habitación. Nadie debe saber qué ha pasado aquí, si es necesario diles que te he entregado como desahogo al esclavo.

- Sí, mi Reina. Como vos ordenéis. -Lys era una doncella realmente agradable y eficiente, y Adara la apreciaba como sirvienta, pero empezaba a cogerle cariño también como compañía.

La Reina subió a sus aposentos y ordenó a sus sirvientas que le prepararan un baño. Buscó una libreta, una pluma y un tintero y lo dejó junto a la bañera, se metió dentro y ordenó que la llevaran una mesita auxiliar, cuando tuvo los artículos de escritorio ordenados sobre la mesita echó a sus sirvientas. Necesitaba estar sola y relajada para reproducir en papiro lo que acababa de acontecer si quería que aquello sirviera para algo más que para aplacar su libido.