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12.1.10

Represalias

"Sobrevivir ya es una victoria."
Capitán Gael.








25/Eneamus/año MDXXXVIII después del año de los Infortunios
Noche cerrada, día siguiente a la boda de Níobe IV de Avernarium con Edaris de Shult
Estación de la Nieve
Antesala de los Aposentos de Níobe IV.





Aposentos de la Reina Níobe.
- ¿En qué diablos estabas pensando, imbécil? ¿Cómo has osado? ¡Es el Rey Consorte de Avernarium, maldito idiota!
Le abofeteó con fuerza. Cualquier otra mujer hubiera estado furiosa, pero la reina de Hielo no. Su enfado era sutil, calmo, aunque no por ello menos peligroso.
- No te toleraré ninguna salida de tono con él. Ninguna. Tu estúpida bravuconería de hombre le costará a Edaris un par de meses con el hombro inútil. Le has dejado la punta de tu espada dentro, y los cirujanos dicen que intentar sacarla podría dejarle lisiado de por vida. Debería hacerte colgar por esto.
Gael mantuvo el tipo, firme. Escuchar de boca de su reina el daño que le había causado a ese desgraciado era gratificante.
- Irás a disculparte, Gael. Y serás servil. Servil. Suplicarás que perdone tu lamentable comportamiento y aceptarás cualquier castigo que te imponga.
- Como ordenéis, mi señora.
- Una de las razones por las que me he casado con Edaris de Shult son sus habilidades marciales -se acercó a Gael, levantó el rostro y tiró del cuello de su jubón hacia juntar su rostro con el de ella-. Si estropeas mis planes, te arrepentirás. Sabes cómo soy. Sabes como son mis castigos. No se te ocurra pensar que voy a mostrar una pizca de piedad contigo por ser el Capitán de mi Guardia, porque no será así. Yo no tengo piedad.
- Lo sé, mi señora.
- Y por supuesto, te mereces un castigo por mi parte. Me pregunto qué podría dolerte más. ¿Qué tal si las próximas treinta noches te encargas tú de la vigilancia de mi dormitorio? -dijo, mordaz e incisiva-. Procuraré que me oigas bien. Porque es por eso por lo que le has herido, ¿no es así?
- Mi señora...
- A pesar de tu brillantez en determinadas habilidades -la Reina dio un tono equívoco a la palabra- eres un sujeto zafio, irascible y tan fácil de leer como mi convaleciente esposo.
- Puede ser, mi señora.
- Lo es.
Tras decir esto, terminante, se volvió hacia su escritorio y depositó su delicado cuerpo en la cómoda butaca que había tras él. Se inclinó sobre la superficie del mueble y juntó las manos enfrente suyo, entrelazando los dedos. Gael era un soldado veterano, pero la mirada de ella le hizo estremecer de miedo.
- Necesito al Conde de Shult en perfecto estado, Gael. Es muy buen espadachín -enumeró Níobe-, un magnífico táctico y un estupendo comandante. Es más, es un estupendo comandante que comanda uno de las mejores ejércitos de caballería de élite e infantería pesada de todo el continente.
- Los soldados de Avernarium...
- Los soldados de Avernarium no son nada comparados con los shultes. Sí -asintió la Reina, cortando al soldado-, tenemos cinco veces más efectivos que ellos, y en poco tiempo podríamos formar levas de campesinos que aumentarían en mucho ese número. Pero un solo soldado de infantería shulte vale como tres o cuatro avernareses. Y ya no digamos de los caballeros... ¿Estoy siendo lo suficientemente clara, Gael? -la mirada era fulminante.
- Jamás osaría contradecir a mi Reina -contestó el Capitán.
- No, jamás osarías... Y por eso, antes de que te dé por pensar a ti sólo y sin mis órdenes, te prevengo. No quiero más estúpidos accesos de cólera motivados por esos patéticos y sensibleros celos -Níobe le señaló con el índice, como si le apuntara con una ballesta-. A pesar de lo que he dicho antes, esto no es Shult. Esto es Avernarium.
Ella le miró fijamente, hizo una pausa y terminó:
- Y en Avernarium, mis deseos son ley.

11.1.10

El duelo



"El arte de la guerra es tenido en alta estima en Shult. No hay mayor virtud para un caballero que ser un hombre valiente de temple osado, y una espada hábil es admirada por encima de muchas cosas. El deber de un caballero es poner su corazón y su arma a los pies de su dama, independientemente de si esta le corresponde, le ignora o le detesta. El amor es algo duro y doloroso en ocasiones, y un caballero ha de ser capaz de enfrentarse a esto tanto como a cualquier otro enemigo."
Extracto de "La Caballería", de Sir Galahad el Brillante



25/Eneamus/año MDXXXVIII después del año de los Infortunios
Atardecer del día siguiente a la boda de Níobe IV de Avernarium con Edaris de Shult
Estación de la Nieve
Patio de armas del Castillo de Avernarium




Las espadas se entrechocaron, feroces, acero mordiendo acero mordiendo acero. Níobe permanecía alejada, sentada en un asiento toscamente tallado en basalto. Se decía que Yera II había hecho tallar ese asiento, un golpe de cincel por cada hombre que había hecho matar, y que lo había dejado en el patio de armas para que cualquiera pudiera verlo. Era una inmensa mole de piedra oscura, casi negra, que se alzaba imponente y desafiante. El cielo estaba nublado; aún no llovía, pero no tardaría mucho en comenzar. La Reina tañía distraídamente un laúd, fingiendo ignorar a los dos contendientes. Pero sobre las cuerdas, sus ojos miraban...
Edaris y Gael, Gael y Edaris. Su esposo y su... y él.
La idea es que era solamente un entrenamiento. Edaris había insistido, la Guardia de su esposa debía estar perfectamente preparada. Y ningún maestro mejor que él, ninguno pondría más empeño en adiestrarles. Ja, solamente un entrenamiento. La mirada en los ojos de Gael decía que aquello era de todo menos un entrenamiento.
Las nubes oscurecían poco a poco el cielo, anticipando la tormenta. La electricidad contenida en el aire avecinaba la descarga de rayos que tarde o temprano se abatiría sobre la tierra, el aire olía a fertilidad y humedad y violencia contenida. Casi como por arte de magia, el patio de armas resonaba con un silencio estremecedor, roto solo por el sonido del metal, los jadeos de los contrincantes, el perturbadoramente dulce sonido del laúd. Los dedos largos y blancos de Níobe saltaban sobre las cuerdas, arrancando notas que vibraban trémulamente en el aire. Un siniestro acompañamiento para el eco de los golpes de espada, las imprecaciones ahogadas, el murmullo del aire húmedo. La piedra oscura de su asiento debería resultar incómoda, pero de alguna manera extraña que no podía definir, era particularmente apropiada.
- Eleváis demasiado la hoja, mi buen Gael -decía Edaris, durante una breve pausa entre los embates-. Si rechazáis así mi ataque os exponéis a que os corte la mano... de este modo -movió su espada en un giro ficticio, para demostrarle lo que estaba diciendo.
- Vos tenéis vuestro estilo, excelentísimo señor -contestó el Capitán. Tras ajustarse el escudo, se puso de nuevo en guardia-. ¡Y yo el mío!
Velozmente, Gael dirigió su acero hacia la cruz de la espada del Conde, en un intento de arrebatársela mediante un golpe rápido y demoledor. Edaris vio la trayectoria e interpuso su escudo, girando sobre sí mismo para atacar de revés. Gael, que había puesto todo el empeño en el ataque, quedó levemente desequilibrado cuando su hoja resbaló sobre el pulido metal, hecho que aprovechó Edaris para, con el impulso, golpearle con el plano de la espada en la espalda y enviarle un par de metros hacia adelante, trastabillando.
- Y, por lo que véis, mi estilo es más adecuado que el vuestro -se felicitó el joven shulte.
- No hay estilos más o menos adecuados, mi reverenciado Conde. Lo que hay es un vencedor -masculló Gael, dándose la vuelta. Levantó la espada, señalando al caballero- y un vencido.
- Vuestra filosofía del combate es muy peculiar, mi buen Gael -comentó el shulte-. La verdad -añadió, moviendo su acero en un pase acrobático- es que esperaba que vuestra hoja fuera más rápida. Sois, después de todo, el Capitán de la Guardia de mi amada.
Gael se sintió inundar por la rabia. Detestaba a ese hombre, a ese pomposo y estúpido noble que lucía en su mano la alianza que debía haber sido para él. No conocía a Níobe, no sabía cómo era, no tenía derecho a darle lecciones sobre cómo cuidar de ella. Siempre había cuidado de ella. Las cicatrices de su cuerpo lo atestiguaban. Y ese hijo de perra sarnosa se había casado con ella. Ese bastardo repugnante había pasado la noche con ella, su noche de bodas. Noche de bodas, nunca tres palabras habían sido puñaladas crueles para Gael.
- A la cual llevo sirviendo eficientemente desde hace diez años, Su Excelencia. Y he de decir que jamás ha tenido razón para quejarse de mí -apretó los dientes y lanzó una estocada furiosa que cortó el aire.
La música de la Reina llegaba hasta sus oídos, perfectametne nítida por obra y gracia de algún efecto acústico del patio de armas.
- Y podéis creerme -jadeó por el esfuerzo de otro golpe lanzado con inusitada fuerza- si os digo que Su Majestad es una Reina muy proclive a meter en problemas a su Guardia -al recuperar la distancia de cuerpo a cuerpo, barrió con una pierna los talones de Edaris, el cual cayó al suelo. Sin dejar de moverse, intentó patear su espada, pero el caballero rodó sobre sí mismo y se puso de pie de un salto. "Hay que reconocer", pensó el Capitán, "que sabe moverse con esa pesada armadura".
Recobrando el aliento, Edaris se recolocó el escudo.
- Picáis como un escorpión, mi buen Gael -comentó Edaris-. Pero un escorpión no puede con un halcón.
"Mi buen Gael, mi buen Gael.", pensó Gael, "Estoy harto de tu condescendencia, pelele pomposo".
Atacando con el escudo por delante, el Conde trabó la espada de Gael con una de las esquinas y con la punta de la espada. Con un veloz movimiento en cruz, la espada de Gael salió despedida hacia arriba. El avernarés, dejando a un lado sus pensamientos, centró de nuevo su atención en el combate. Perdida su espada, sujetó el antebrazo del shulte con la mano derecha, atrayendole hacia sí y propinándole un rodillazo bajo el peto de la armadura, cerca de la coquilla. Edaris se dobló en dos por el golpe, pero mantuvo sujetos el escudo y la espada. Intentó alejarse, pero como Gael mantenía sujeto, su retirada se convirtió en un giro de espaldas hacia uno de los muros de la torre del homenaje. Empuje que se vio aumentado por un golpe que recibió por parte del escudo de su contrincante. Se dio de cara contra la piedra, pero logró mantener la consciencia a pesar de la potencia del golpe. Dándose la vuelta, apenas tuvo tiempo de levantar el escudo antes de que Gael, quien había recuperado su espada, impactara con su acero justo sobre una de las protecciones del cuello del shulte. Dando unos pasos hacia atrás, el Conde se alejó del Capitán.
A lo lejos retumbó un trueno.
Los dos guerreros se miraron a los ojos. Ambos adoptaron de nuevo una posición de guardia. Las diferencias eran patentes. El caballero shulte, sabedor de que aquel ejercicio era un entrenamiento, mantenía una pose claramente defensiva, con la espada dispuesta a repeler y después contraatacar. El soldado avernarés llevaba el escudo como mero contrapeso para imprimir mayor velocidad y contundencia a su hoja, y si todavía no había atacado era porque estudiaba al reverenciado Conde.
Reverenciado Conde. Hoy, ya reverenciado Rey Consorte de Avernarium. Reverenciado hijo de la gran puta. Por todos los dioses, cómo le odiaba. En su papel de Capitán de la Guardia, Gael había tenido que velar la puerta del dormitorio de su señora en su Noche de Bodas. Y oír. La rabia corría como lava caliente por sus venas. Tenía la esperanza, sin embargo, de que Níobe se cansase pronto de él y se deshiciera de su presencia.
Las delicadas notas del laúd temblaban en el aire. Níobe tocaba una melodía muy poco conocida, una balada antigua que fuera compuesta en tiempos pretéritos para una Reina Avernaresa. Las leyendas decían que la compuso para ella un amante renniano, y que al no poder manifestar públicamente su adoración por una reina casada, él solía tocarla en público sabedor de que sólo su Reina conocía el verdadero significado de la canción. Gael se preguntó si Níobe había escogido ese momento para interpretar la balada por alguna razón en concreto.
Edaris peleaba porque era un arte. Gael luchaba para ganar. No sabía hacer otra cosa, era para lo que le habían entrenado. "Vence", solía decirle su predecesor en el cargo, "porque si no vences, moriréis tú y tu Reina". Lo primero es aceptable, lo segundo no.
- Más que como un halcón, magnánimo señor, os veo como una endeble paloma.
- Aún así, mi buen Gael, sigo estando en el cielo y vos en la tierra.
- Vuestro vuelo parece mal dirigido, excelentísimo Conde Edaris. Os dais contra los muros...
El cruce de insultos era como un reflejo del intercambio de estocadas. Y Gael no pensaba desaprovechar ni una ni otra para golpear dolorosamente a su contrincante. Vencería, pero primero le iba a dejar más vapuleado que el estafermo de los reclutas.
- Habláis demasiado, mi buen Gael. Todavía no me habéis desarmado ninguna vez.
- Si es una petición...
Dando una patada al suelo, el Capitán Gael levantó la gravilla del patio en dirección al rostro de Edaris. Éste se protegió inconscientemente con el escudo, momento que aprovechó el avernarés para golpear demoledoramente. Atacando desde abajo hacia arriba, Gael propinó un potente golpe a la parte baja del escudo del Conde. Se oyo un chasquido, y Gael sonrió. "Un hueso roto por cada una de las veces que te hayas acostado con la Reina", pensó con satisfacción, "Y ya llevas uno". Pero el Capitán se equivocaba. Dando un bandazo, el escudo del shulte dio contra una carreta llena de heno que estaba estacionada cerca de los establos. El chasquido había provenido de una de las correas de sujeción. "Una lástima". A pesar de no haberle quebrado el brazo izquierdo, el gruñido de Edaris dejó patente que el golpe había sido, por lo menos, doloroso.
- Cuidado, Excelentísima Excelencia -Gael sonrió con rabia-. No querréis terminar con algún hueso roto. Su Majestad se sentiría decepcionada de que a su realísimo esposo lo hiera un mero plebeyo.
Atacó de nuevo, sin dejar a Edaris recobrar el aliento, y golpeó con fiereza sobre el guantelete izquierdo, justo sobre la muñeca. Bajo el estruendo metálico, otro crujido orgánico, y Edaris contuvo un gemido de dolor.
- ¿Le duele a Su Grandiosidad? -se burló Gael-. Mil perdones. Si os dejo sin manos, ¿cómo podréis cumplir con vuestras recientes obligaciones de consorte? Anoche su Majestad no parecía particularmente satisfecha.
- No creo que eso sea asunto vuestro, Gael -Edaris frunció el entrecejo.
- Por supuesto que sí -"Excelente. Además me he librado de su pomposidad"-. Mi deber es asegurarme de que mi Reina es feliz. Y en última instancia, una Reina molesta es un problema para sus subordinados -Gael intentó otro golpe en la muñeca izquierda, en un intento de destrozársela por completo, pero Edaris fue más rápido y bloqueó el golpe con su espada.
El Conde estaba esperando algo así. El Capitán de la Guardia de la Reina era un sujeto zafio y rastrero. Un escorpión, le había llamado antes el shulte, y no se equivocaba. Adelantándose, dejó que la hoja del avernarés resbalara sobre la suya con un siseo metálico hasta llegar a la guarda. En ese momento giró la mano, dejando atrapada la espada de Gael, y con un veloz giro que desmintió su posible debilidad, volvió a desarmar a su oponente. Al ver que su espada caía, el soldado arremetió con el escudo, golpeando a Edaris en el pecho, mandándole hacia atrás.
- En un combate real, mi buen Gael -dijo Edaris, apartándose aún más y saludando con la hoja de acero. Después bajó la espada, esperando que Gael recogiera la suya-, mi amada Reina tendría un subordinado menos. Dos veces.
- ¿Y quién ha dicho que esto no es un combate real? -agachándose como un resorte, el Capitán avernarés cogió su acero, dio una rápida voltereta que le dejó justo delante del shulte y lanzó un estocada hacia arriba que el caballero apenas pudo desviar.
Cogido por sorpresa, Edaris intentó defenderse, moviendo la espada torpemente. De nuevo de pie, cada golpe de la espada de Gael era preciso y poderoso, mientras que la defensa del shulte no lograba detener del todo la embestida. Con un fiero rugido, Gael comenzó una serie de ataques hacia el costado derecho de Edaris. El sonido de la espada contra la chapa de la armadura era como el de la campana de una iglesia, tocando a muerto. Uno, dos, tres, seis, doce. Los golpes se sucedían a enorme velocidad. La rabia de Gael iba in crescendo, recordando cada jadeo escuchado tras la puerta del dormitorio. Cada gemido. El crujido de la cama. Los gritos... Edaris pugnaba por sobreponerse al fulminante ataque, notando cómo el brazo derecho se le entumecía ante tal potencia. Con un último grito, Gael apartó con la pierna la espada del shulte, utilizando una treta aprendida de su antiguo instructor, y propinó un nuevo golpe con el escudo al pecho del Conde. Éste, con los brazos en cruz, debilitado su brazo derecho y jadeando por el último golpe, no atinó a recuperar la guardia. Gael, que es lo que esperaba, apuntó y atacó, veloz y certero.
Como un escorpión.
El aullido de dolor de Edaris borró momentáneamente los recuerdos de esos otros gritos escuchados la noche anterior.
Gael giró al empuñadura, y un chasquido metálico resonó en el patio.
Ahora sí que la satisfacción fue máxima. Un nuevo grito, más alto aún que el anterior.
Ni siquiera la evidente represalia de la Reina, quien seguro le castigaría por vapulear salvajemente al imbécil de su esposo sin haber recibido órdenes, consiguió que sintiera otra cosa que una enorme, brillante y profundísima satisfacción.
- Sólo hay un vencedor, mi buen Edaris -el Capitán retiró la espada ensangrentada, ensayó un saludo burlón con ella y se dio la vuelta-. Y un vencido.

3.11.09

Hasta que tu muerte nos separe


"El hombre sabio no cobija una serpiente en su seno, y si lo hace, no se sorprende de ser mordido."
Anónimo.


25/Eneamus/año MDXXXVIII después del Año de los Infortunios
Aposentos de Níobe, Castillo de Avernarium.
Estación de las Hojas caídas.
Mediodía.


Mientras seis doncellas vestían a Níobe de novia, ésta se preguntaba si el vestido de viuda le quedaría tan bien. El negro le favorecía.
El collar de diamantes que había llevado su madre el día de su boda, y su abuela antes que esta, y la madre de su abuela... y un largo etcétera de familiares, pesaba una tonelada. Incómodo, aunque, sin duda alguna, hermoso. La tiara a juego era mucho más ligera.
Examinó el velo blanco: tan sutil como una telaraña. Otra herencia de familia. EL Castillo de Avernarium estaba lleno de ellas. Pensó en la sala Roja, una pequeña sala en la que se guardaban como trofeos aquellos objetos regalados por amantes casados a las Reinas de Avernarium. La joya de la colección era una tiara de la Corona de Renn, suypuestamente perdida en un incendio para los rennianos, pero en realidad regalada por el lujurioso Clarence VII a la tatarabuela Maztica.

Dentro de seis horas estaría atada de por vida al idiota de Edaris. Era una perspectiva muy poco atractiva, para qué engañarse. Por otra parte, en cuanto terminaran los festejos en Shult, daría media vuelta y volvería a Avernarium. Con un poco de suerte solo volvería a ver a ese cansino cuando decidiera tener un hijo.

Pensar en la cara de Gael, furiosa y decepcionada, le animó un poco. En el fondo debía reconocerse a sí misma que el soldado le daba un poco de lástima. Tenía valía, sin duda. Era osado, valiente y decidido; y jamás se echaba atrás. Pero el mundo no era justo, y cuanto antes asumiera eso, mejor.

Miró por la ventana. El patio de armas estaba engalanado con guirnaldas de flores. Avernarium no era un país particularmente religioso, y la tradición exigía que la boda la oficiase un miembro de la familia real.
Las bodas solían celebrarse en el salón del trono, pero Níobe habría deseado poder escoger otra localización. Sólo para poner nervioso a Edaris.

Si bien es cierto que Avernarium no era un país religioso, también lo es que todavía había quien participaba de los cultos a las antiguas deidades primigenias. Nada que tuviera que ver con las religiones hermosas y alegres de los antiguos Rennianos, sino ceremonias cuyo origen se perdía en la noche de los tiempos, ceremonias realizadas en noches de luna llena, ceremonias manchadas de sangre, ceremonias mecidas por el eco de voces espectrales. La localización que Níobe habría escogido era, precisamente, un antiguo templo de los dioses pretéritos. Deidades tan viejas y olvidadas que ni se recordaban sus impronunciables nombres.

Cuando se lo mentó a Edaris él se opuso rotundamente. Bueno, no quería tirar demasiado de los hilos todavía. Aunque sí le había llevado la contraria en un pequeño detalle, suficiente para enervarle un poco: el ramo de novia, en vez de las consabidas rosas blancas, era de lirios. Crisantemos le habían parecido demasiado descarados, pero casi hubiera merecido la pena por ver la cara del shulte.

- Señora -la voz de Gael tras ella le hizo despertar de su ensueño. Se giró.
- ¿Qué ocurre?
El soldado inspiró profundamente. En sus ojos, enmarcados por profundas ojeras, brillaba la rabia y la desesperación.
- Debo hablar con vos. A solas.
Níobe enarcó una ceja. Con un gesto de la mano, despició a las doncellas.
- Espero que sea importante, Capitán. Estoy muy ocupada.
Gael avanzó hacia ella, le sujetó de las manos y la besó con pasión, saboreando sus labios como si la vida le fuera en ello.
- Te amo, Níobe -dijo con voz quebrada-. No te cases con él. Te amo.
Ella le miró a los ojos, profundamente, ahogándose en su oscuridad.
Luego, con todas sus fuerzas, le cruzó la cara. El golpe resonó en la sala. Un hilo de sangre resbaló de la nariz de Gael.
- Vuelve a tu puesto, capitán -ordenó ella, con una voz más helada que la misma muerte.
Se giró sin dirigirle una mirada y volvió a preocuparse de los adornos de su velo de novia.

Gael abandonó la sala con el alma rota.

8.10.09

Cenizas

"Tarde o temprano, la Muerte nos alcanza a todos. Por supuesto, se trata de conseguir que sea más tarde que temprano."
Reina Níobe IV de Avernarium.


24/Decimus/año MDXXXVIII después del Año de los Infortunios
Ruinas Blancas.
Estación de las Hojas caídas.
Medianoche.


Níobe negó con la cabeza. ¿Qué? ¿Cómo era posible?
- ¿Adara? -preguntó, su voz agudizada por la juventud y el miedo- ¿Adara? -repitió.
Gael se puso ante ella, desenvainando la espada.
- Retroceded, señora -ordenó, empujándola hacia atrás al ver que no reaccionaba-. Mi Reina, alejaos de aquí. Poneos tras las columnas, buscad algo de cobertura.
- No es posible... -Níobe se negó a aceptarlo. No. No. El deseo auténtico, el verdadero anhelo, la fuerza de su voluntad debían de traerla de nuevo entre los vivos. Si lo que ocupaba el cuerpo de Adara era una de esas criaturas de las que había hablado Sergei, esas cosas que habitaban la Frontera entre la Vida y lo que quiera que hubiera al otro lado...
Y ella no podía hacer magia. Su cuerpo no tendría más de catorce primaveras, quince siendo generosos. Un hechizo poderoso más y perdería la consciencia, tal vez incluso la vida.
- Hermana... -gruñó el cuerpo de Adara, sonriendo-. Vengo a darte las gracias...
La Reina adolescente seguía sin reaccionar del todo, sólo la observaba con espantado estupor.
- ¡Mi señora! -aulló Gael-. Os lo imploro: ¡resguardaos!
- Gracias por traerme... -el cadáver animado, al principio lento y desgarbado, iba adquiriendo coordinación de movimientos y habla-. Ahora, yo te daré la misma bendición.
La que antes fue Adara comenzó a andar más resueltamente, caminando en línea recta hacia Níobe y, por lo que parecía, tratando de pasar por encima de Gael. Éste movió su espada en un arco delante suyo para mantener al cadáver a una distancia prudencial. El tajo abrió la piel de la Reina muerta e hizo manar gotas de sangre del corte. Adara ni siquiera se inmutó. Su rostro continuaba mostrando una sonrisa espeluznante. Asustado, el Capitán Gael no atinó a apartarse cuando el cadáver animado le golpeó en el costado, podría decirse que despreocupadamente, y le mandó a varios metros. Cayó con un sonido metálico y un gruñido al dar contra el suelo. No había soltado su espada. Ahora sí, Níobe echó a correr, casi tropezando con su vestido, a parapetarse tras una de las columnas. Su cuerpo se movía sin que su mente mediase. Desde allí oyó cómo su guardaespaldas se incorporaba y cargaba con un grito contra la aparición. También vio cómo de un potente golpe de su mandoble cercenaba el brazo derecho de Adara, extendido en busca de Níobe. La sangre comenzó a salpicar sobre el suelo de piedra, sobre la armadura de Gael.
- Ven, Níobe -masculló Adara, acercándose más-. Juntas traeremos Muerte a este lugar de Vida.
Jamás la Reina hechicera había estado más asustada. Era terrorífico ver a su hermana... no, ver a aquello que había poseído el cuerpo de su hermana. Aguantaba los tajos de Gael como si la espada no fuera más que una brizna de heno. Nada lo detenía, y cada vez se acercaba más al escondite de Níobe. ¿Qué puedo hacer? Sólo destruyendo su cuerpo podría detener a esa abominación, pero... Un profundo quejido metálico seguido de un gruñido masculino la devolvieron a la realidad. Gael acababa de recibir un puñetazo en pleno estómago al ponerse delante de Adara. Un puñetazo que había doblado la chapa de su peto y le hacía trastabillar en busca de aire.
- Mi señora... huid... ¡huid deprisa! -imploró el Capitán, boqueando mientras movía la espada con dificultad-. No creo... poder entretenerla más.
- Es inútil, Níobe -estaba ya a unos escasos metros-. No trates de retrasar mi regalo. Huelo tu Vida... esa enfermedad de la que pronto te librarás.
- ¡Cállate, abominación! -grito ella, dando dos pasos hacia atrás.
- Ven, Níobe, mi querida hermana... Calma mi hambre con tu sangre, calienta mi cuerpo con tu aliento.
Níobe la miró con horror. Su sonrisa era la coqueta mueca con que seducía a sus amantes, pero sus ojos eran fríos orbes de cristal. La sangre, su propia sangre, manchaba su vientre y piernas y regaba generosamente el suelo que pisaba. La única mano extendida, buscando a la hechicera. Gael, sin claudicar en su empeño de proteger a su Reina, empujó al cadáver con el hombro, visto el poco efecto de sus ataques con el acero. Adara, sin perder la sonrisa, gruñó al verse apartada de su cercano premio y cayó al suelo, resbalando en su propia sangre. Calentar, la mente de la Reina trabajaba a toda velocidad pese a su estupor, calentar su cuerpo. ¡Fuego!. Miró a su derecha, hacia la pared junto a la que descansaban los calderos. Ella no podía hacer magia o seguro que rejuvenecería hasta el no-nacimiento, el terrible destino de su familia, y los intentos de Gael sólo servían para retrasar lo que parecía inevitable. Pero el fuego... El fuego emula el movimiento, da sentido al Alma, es creador de Vida y destructor de Vida. Tal vez también lo fuera de Muerte...
- ¡Gael! -ordenó, mientras corría hacia las grandes lámparas-. ¡Continúa entorpeciéndola!
- Sí... señora -jadeó el soldado, agotado.
- Níobe... Ven a mí...
La Reina, ahora un muchacha de quince años, corrió tan deprisa como pudo. Sentía tras de sí los pasos del cadáver animado, persiguiéndola incansable a través del viejo edificio. Oyó de nuevo el grito de Gael, retrasando a Adara, dándole unos segundos a Níobe. ¿Seguiría vivo? Llegó hasta las lámparas, repletas hasta arriba de aceite aromático que se quemaba en grandes lenguas de fuego mientras esparcía su agradable olor por la gran estancia. Poniéndose tras una de ellas, vio a través de las llamas cómo el cadáver de su hermana se acercaba a ella. Detrás, Gael intentaba, de nuevo, incorporarse. La sangre manaba de un feo corte en su frente.
- Hermana, ven. Dame tu Vida y yo te daré Muerte.
Con un extraordinario esfuerzo, Níobe agarró una de las asas del caldero, dispuesta a volcarlo sobre la criatura que antes había llamado "hermana". Sintió quemarse la piel de sus manos al contacto con el caliente metal. Su joven cuerpo apenas podía con el peso que intentaba levantar, pero la adrenalina le otorgó la fuerza suficiente. Gritando, decidida a acabar con aquello que había convocado, alzó la lámpara, derramando el aceite ardiendo sobre el suelo de piedra, como un reguero de destrucción que se abalanzó sobre Adara. Con un supremo esfuerzo lo terminó de volcar, dejando que cayera con un sonoro estruendo. El cadáver animado de Adara no dijo nada al empaparse del aceite, al ver quemada su piel. Ni siquiera dirigió la vista de sus fríos ojos hacia abajo, sino que dejó que su cuerpo comenzara a prender mientras continuaba avanzando. Níobe retrocedió, temerosa de que su plan no resultara. Entonces la criatura se tambaleó y se vino abajo. Detrás, la figura de Gael se alzaba entre las llamas tras asestar un último golpe. La joven Reina vio cómo el cuerpo mutilado y sin piernas intentaba arrastrarse a fuerza del único brazo que le quedaba. Ensimismada, asqueada e hipnotizada por el espectáculo del cadáver ardiendo, no se dio cuenta de que unos brazos la apartaban del lugar. Sólo tenia ojos para su hermana. La piel desprendiéndose, los ojos derritiéndose. El olor de la carne quemada inundó sus fosas nasales como un río embalsado inunda el valle al romperse la presa. Vio cómo la boca del cadáver de Adara se abría y cerraba, en un intento de decir algo, pero sus pulmones, inexistentes ya, no podían dar aliento a sus palabras. Por fin dejó de moverse, aunque los crujidos de los huesos astillándose por el calor continuaron mucho tiempo después.


La consciencia de que carecía del suficiente anhelo, de la suficiente voluntad para devolver a su hermana a la vida la pesaba incluso más que el hecho de haber tenido que destruir su cuerpo. Sin un ancla material sería imposible volver a traerla. No había segundas oportunidades.
Escuchó lo susurros de los sirvientes llamándola Reina de Hielo, los murmullos del difunto Capitán Gerard siseando que era una mujer sin corazón en el pecho. Las miradas dolidas de Gael por su indiferencia.
Tenían razón.
Su hermana estaba definitivamente muerta porque ella era incapaz de amarla. Porque no había deseado su regreso con suficiente fuerza. Porque carecía de voluntad.
Níobe se dejó caer sobre la piedra fría.
Se sintió monstruosa.

6.10.09

El regreso

"Despierta. Ante ti se halla el Universo, tuyo es para manipularlo a tu voluntad. Aprenderás del dolor, aprenderás de la victoria. Puede que a veces seas vencida, pero no hay lugar para la derrota en el corazón de una hechicera."
Cita con la que las mujeres avernesas de la Famila Real son iniciadas en los misterios de las artes mágicas.


24/Decimus/año MDXXXVIII después del Año de los Infortunios
Ruinas Blancas.
Estación de las Hojas caídas.
Medianoche.




Trece jóvenes doncellas y donceles habían sido reclutados en los Retiros Ciegos, unos ancestrales edificios en lo alto de las Montañas Heladas.
En los Retiros Ciegos habitaban hombres y mujeres en una vida de total soledad, castidad, pobreza y aislamiento. Cuando entraban a formar parte de la Orden se les quemaban los ojos, dejándolos ciegos; y dentro de los Retiros se hablaba lo justo, que era bastante poco.
No sabían a dónde iban, solamente un mensajero de la Reina llegó y les ordenó que le acompañaran. Durante tres días habían viajado sin descanso, en el más completo silencio, como exigía su Orden. Fueron conducidos con la más absoluta discreción a las Ruinas Blancas, un lugar desierto donde en tiempos pretéritos los oscuros y siniestros cultos a dioses olvidados habían tenido lugar. Las blancas piedras todavía conservaban manchas de sangre de tiempos antiguos... y tal y como Níobe comprobó, no sin cierta sorpresa, no tan antiguas.

Había preparado el ritual con cuidado. Memorizado las palabras, los gestos. Repasado una y otra vez los componentes del hechizo. Todo había sido preparado con delicadeza, con precisión, con infinito cuidado. Desde la posición de la luna en el cielo hasta las edades y sexos de los jóvenes e ignorantes sacrificios. Porque la Vida se compra con Vida.
La muda Florea guió con cuidado a cada uno de los eremitas a las posiciones donde la Reina la había ordenado, y en ellas fueron atados. Dóciles, ciegos y casi mudos, ninguno dijo nada. Ninguno sabía lo que se avecinaba. Doce víctimas para comprar la vida de su hermana.
Con delicada precisión, Níobe organizó las doce amatistas, del tamaño de huevos de gallina, alrededor del punto central de un círculo imaginario. El punto central en el que el cuerpo de su hermana, cubierto por un lienzo de seda, reposaba. Sólo la luz de la luna y las ondulantes formas de las llamas de dos grandes lámparas de aceite junto a una pared iluminaban la escena.
- Mi señora -la voz de Gael tras ella, un susurro precavido, casi la sobresaltó-. Permitid que os ruegue una vez más que detengáis esta locura.
- Cállate -ordenó ella, feroz.
Gael tragó saliva y asintió. Detestaba lo sobrenatural. Lo odiaba completamente.
Era el momento. Ahora o nunca. Níobe alzó los brazos hacia el cielo.
- Cum cruore horum insontum te pretium accepi, Mors.
Relámpagos de oscura energía comenzaron a condensarse en el aire. la atravesaron de un lado a otro, como un lanzazo, y luego pasaron a las amatistas, esferas violáceas que comenzaron a flotar reluciendo con suavidad.
- Cum cruore horum insontum te pretium accepi, Mors.
Cada palabra pronunciada era un dolor intolerable, pero no se arredró. Las amatistas vibraron con fuerza hasta estallar, incrustándose sus fragmentos en los cuerpos inocentes de los eremitas, cuyos gemidos llenaron la sala. Los hilos sanguinolentos fluyeron hacia el cuerpo muerto de Adara.
- Vitam per illos mercor.
Y entonces, espantosamente, los sacrificados comenzaron a envejecer a gran velocidad. Adultos de inmediato, ancianos un instante después. Sus voces agudas se agravaron y deshicieron como hilachas. La energía oscura flotaba en el aire, como un torbellino de poder insostenible... Níobe ejercía toda su voluntad en controlarlo. El dolor era espantoso, las Fuerzas cósmicas de proporciones mayestáticas pugnaban por devorarla.
- ¡Vitam per illos mercor!
Los cuerpos murieron y se deshicieron. Níobe temblaba de dolor, rejuvenecida espantosamente hasta una adolescencia olvidada en el tiempo. Las curvas de su cuerpo habían desaparecido, el vestido le quedaba tan amplio que amenazaba con resbalar por sus hombros hasta el suelo. No tendría más de trece o catorce años; los rasgos aniñados de su rostro no dejaban lugar a dudas.
Gael se acercó a ella, solícito:
- Señora, ¿Estáis bien? -inquirió, preocupado. Níobe no le miró.
El cuerpo de Adara se levantó, lenta y torpemente, con una profunda aspiración de aire. El lienzo de seda resbaló por su piel blanca a medida que se incorporaba, como una mortaja. Miró a su hermana con ojos dulces, y abrió la boca para dejar escapar un sonido estrangulado, mitad risa y mitad súplica.
- Únete a mí... -susurró, avanzando hacia Níobe.

5.10.09

Rituales olvidados

"Ocurre que, para las Fuerzas que rigen el Universo, no hay piedad, justicia o compasión. Comprar la vida con vida no es una atrocidad para Ellas, sino que ocurre de continuo, desde los lobos que devoran a las ovejas para sobrevivir hasta las madres que mueren al dar a luz. Y no hay piedad para los Poderes Antiguos, igual les da que el resultado sea la muerte de mil niños o mil asesinos, mil reyes o mil mendigos, mientras el precio esté pagado."
Extracto de "Reflexiones de lo Ultraterreno". Obra de Magia Negra, anónima, fecha desconocida.



22/Decimus/año MDXXXVIII después del Año de los Infortunios
Despacho, Aposentos de la Reina Níobe. Castillo de Avernarium
Estación de las Hojas caídas.
Madrugada.


El despacho de Níobe estaba tapizado de libros abiertos. En el suelo, en cada mesa, sobre cada superficie... decenas de tomos desordenados. Y aún así, no encontraba lo que deseaba.
- Sé que está aquí -masculló-. En alguna parte.
Gael permanecía junto a la puerta, esperando.
- Señora -susurró-. Lleváis despierta toda la noche. Necesitáis descansar.
- ¡Cállate!- Níobe levantó los ojos hacia él. Profundas ojeras los enmarcaban, dos pozos de infinita oscuridad ribeteados de púrpura oscuro.
- Señora... -aún sabiendo que corría el riesgo de desatar la furia de la Reina, insistió-. Basta ya. No se puede devolver la vida a los muertos. Estáis destrozada. Necesitáis dormir.
- ¡Te he dicho que te calles! ¡Se puede, sé que se puede! ¡Antiguos rumores hablan de tiempos en los que se podía comprar la vida con vida!
Gael no pudo más, con dos largas zancadas se plantó frente a ella, le quitó el libro de las manos y la sujetó por los hombros, obligándola a mantenerle la mirada.
- ¡Está muerta! ¡Está muerta y no va a volver! ¡Vuestra hermana está muerta! -le espetó.
Níobe se le quedó mirando, temblorosa. Dos lágrimas rodaron por sus mejillas.
- Lo siento mucho, mi señora -susurró él-. Pero está muerta. Para siempre.
Ella se echó a llorar, y Gael la abrazó. Sorprendentemente, Níobe no se apartó de él.
La mente del soldado voló hacia el pasado lejano...


Cuando tenía catorce años entró al servicio del anterior Capitán de la Guardia de una Níobe adolescente. Recordaba como si hubiera sido ayer la primera vez que vio a la jovencísima, casi niña, por entonces Princesa Níobe. Ella pasó a su lado, etérea como una aparición, vestida con un hermoso vestido marfil cuyo diseño todavía recordaba, oliendo a violetas como siempre desde entonces. El Capitán Gerard se inclinó ante ella, solícito, e hizo un gesto a su escudero par que hiciera lo propio. El joven Gael hizo una reverencia y, al levantar los ojos, se cruzó su mirada con los pozos sin fondo que iluminaban ese rostro pálido y ligeramente afilado que había amado desde entonces. Ella le lanzó una mirada curiosa y distante.
- ¿Es tu nuevo escudero, Capitán Gerard? -preguntó. Su voz era como acariciar el cristal más delicado.
- Sí, señora. Espero que algún día sea digno de sustituirme.
La Princesa le miró de nuevo, altiva.
- ¿Cómo te llamas?
- Ga... Gael, señora -la voz se le quebró en un gallo y enrojeció.
Ella rió suavemente, con burla, y el joven sintió un escalofrío de placer recorriéndole el cuerpo.
- Gael -repitió ella.
Dio media vuelta y se marchó, como un ángel de nieve deshaciéndose en el silencio...
- Chico, ¿se puede saber qué te pasa? -la voz del Capitán Gerard le devolvió a la realidad. El veterano enarcó una ceja-. No estarás pensando lo que creo que estás pensando, ¿verdad?
Gael le miró, sin saber ocultar la culpa en sus ojos.
- Chico -Gerard le miró con una mezcla de compasión y firmeza-. Olvídalo. Algún día morirás por ella, no lo dudes. Pero eso es todo a lo que puedes aspirar -cabeceó-. Y en cualquier caso... búscate una mujer que tenga corazón en el pecho.


Con dieciocho años entró a formar parte de la Guardia como miembro de pleno derecho. Su preceptor, el Capitán Gerard, no mostró ningun favoritismo: Gael tuvo que escalar cada peldaño con sudor y sangre, pocas veces metafórico. Tampoco había olvidado aquella primera guardia velando las espaldas de su señora. Mientras Níobe permanecía sentada en un banco de su jardín privado, él pudo contemplarla a placer. La muchacha -tenía dos años menos que él- se esforzaba por conjurar y dominar unas sorprendentemente elásticas y frías llamas azuladas. Siempre le había maravillado el dominio del Arte que poseía Níobe, pero esa vez no atendía a los trucos. Sólo tenía ojos para su piel de seda, para el brillo ansioso en su mirada, para la delicadeza de su cuerpo de muñeca. Níobe se detuvo, agotada, tendiéndose bocarriba en el banco de piedra. Gael no podía apartar los ojos de ella. Su cuerpo, laxo y relajado, se le antojaba insoportablemente sensual, sugerente, evocador.
"Algún día morirás por ella..."
Pensó que no le importaría ni lo más mínimo.
Cuando por fin ella decidió retirarse, la escoltó manteniéndose siempre dentro de esa maravillosa nube de perfume de violetas. Al llegar a sus aposentos, ella se giró y le clavó las pupilas como dos puñales hundiéndose en las profundidades más secretas de su alma.
- Tú... eres nuevo -dijo.
Él solo atinó a asentir, sintiéndose torpe e insignificante.
- Gael -dijo ella.
Saber que recordaba su nombre hizo que una oleada de denso y delicioso calor le inundase por dentro. Sonrió, pleno.
- Sí, mi señora -contestó.
- Acompáñame -ordenó, señalando tras de sí; y mirando al otro guardia, dijo:- Tú espera aquí.
Gael la siguió, casi sintiéndose flotar. Cerró la puerta de los aposentos de la Reina tras de él, y se quedó sorprendido cuando ella le guió también a través de la antesala, hasta su dormitorio.
La joven Níobe se sentó en un sillón y le lanzó una mirada evaluadora.
- Date la vuelta -él obedeció-. Gira sobre ti.
El joven estaba muy nervioso. ¿Qué quería ella? ¿Acaso sometía a todos sus nuevos guardias a esto?
- Quítate la armadura.
Él abrió los ojos, sorprendidísimo.
- ¿Señora?
Níobe suspiró con fastidio.
- No suelo repetir las cosas dos veces -espetó.
Gael se desprendió de las piezas con cuidado, dejándolas colocadas contra la pared. Le siguió la cota de malla.
- Quítate la ropa.
A pesar de que la voz de ella era autoritaria y terminante, la miró una vez más inundado de sorpresa.
- ¿Se... señora?
La Reina le miró con fiereza.
- ¿Es que no me has entendido?
Él se desprendió lentamente de la camisola, los pantalones, las botas. Tragando saliva se deshizo de los calzones. Mirando al suelo.
- Mmm -ella emitió un suave sonido de aprobación-. Date la vuelta.
Gael se giró, temblando de desconcierto y vergüenza. Escuchó un sonido de sedas, y la nube de perfume lo rodeó.
- Eres un hombre muy atractivo -la suave voz de ella acarició su oído-. Podrías serme útil como algo más que un guardia.
- So... solo vivo para serviros, mi señora -contestó él con voz ahogada.
- Me entretendrás por las noches -ordenó ella, con un susurro sensual aunque cortante, como un vidrio afilado-. Vendrás a mi cama cuando te lo ordene y te marcharás cuando te lo mande. Detesto las ñoñerías y los sentimentalismos, me darás placer cuando lo desee y mantendrás la boca cerrada. Jamás me dirás que me amas, jamás. Jamás se te ocurrirá pensar que para mí eres algo más que un entretenimiento, o te demostraré hasta qué punto estás equivocado. Serás discreto y sigiloso, y harás cualquier cosa que yo te pida y como te la pida.
Gael no podía creer su suerte. El aire se le había olvidado en el pecho, inundado de felicidad y promesas. Ella... ese ángel de nieve perfecto, acariciándole con su voz, ofreciéndole compartir sus noches... El corazón le golpeaba en el pecho como un tambor. Tuvo que reunir toda su voluntad para articular una respuesta:
- Por supuesto, mi señora.
Unos dedos delicados como alas de mariposa le rozaron la espalda desnuda.
- Veamos de lo que eres capaz.


El Gael que sujetaba entre sus manos a la sollozante Níobe tenía veintisiete años y muchas más cicatrices, pero seguía exactamente igual de enamorado de ella que aquel lejano día en que la vio por vez primera. Recordaba las palabras de su anciano maestro: "Búscate una mujer que tenga corazón en el pecho". Era la primera vez que la veía mostrar un corazón. Lamentablemente, no con él.
- No es cierto... no es cierto -gemía ella,ahogada en lágrimas.
Con un suspiro de pesar Gael la levantó en volandas, deslizando su brazo bajo las rodillas de ella. Níobe no pareció ni notarlo.
- No pasa nada, mi señora -susurró gentilmente él-. No pasa nada. Todo se arreglará. Ahora debéis dormir.
Laxa como una muñeca de trapo, se dejó llevar. Verla así, dócil y destrozada, le aterrorizó por completo. Jamás había visto semejante muestra de debilidad en ella, en todos los años que llevaba a su servicio nunca había asistido a semejante manifestación de sentimientos por su parte. Esa mujer rota no era Níobe, Níobe era fuerte, poderosa, resistente, un estandarte a quien seguir, una diosa a quien proteger. No una niña temblorosa y sollozante.
La tendió sobre el edredón de seda oscura, delicadamente.
- Dormid, señora -susurró, acariciándole la frente-. Cuando despertéis las cosas serán más sencillas.
- No me dejes sola -ella le sujetó del guantelete, mirándole con unos ojos infantiles que jamás había visto en ella.
- Nunca, mi señora -la besó en la frente, paternal-. Hasta mi último aliento os pertenece, ya lo sabéis.
El cansancio y la tristeza pesaron sobre Níobe, que se durmió.
El Capitán se quitó las botas y la armadura que siempre llevaba cuando estaba de servicio. Dejó las protecciones apartadas con cuidado contra pared, cerca de la cama. Sólo vestido con los pantalones y la camisa de algodón que llevaba bajo el metal, se tendió junto a la Reina Níobe. La abrazó, dormida ella, con cuidado y ternura. Se sentía perturbado. La Reina siempre había sido un baluarte contra cualquier tormenta, un bastión de hielo ante las deflagradoras fuerzas que le rodeaban. Era un remanso de paz en medio de la locura. Algo que cualquier soldado agradecía siempre. Dejando aparte su absoluta devoción por ella, aquello bastaba para que la sirviera con todas sus fuerzas. Pero ahora... Ahora la Reina de Hielo era una muchacha temblequeante y llorosa. Un nuevo sentimiento intentaba florecer en Gael. La amaba, la veneraba, sí, pero ahora también necesitaba cuidarla. Una emoción de... de "paternalidad", si es que acaso esa palabra existía, pugnaba por existir.


Cuando un hombre sustituía a otro al frente del puesto de Capitán, se organizaba una pequeña ceremonia, reminiscencia de tiempos pasados. Delante de la Reina y sus compañeros se le hacía jurar que la protegería a costa de su propia vida, y ella le entregaba la hombrera ornamentada propia de su rango. Gael recordaba aquel día, tan perfectamente como todos y cada uno de los momentos pasados con Níobe. Era invierno, recordó, un invierno frío y feroz que había arrancado de las legiones de los vivos al Capitán Gerard: una herida que no debiera haber sido letal, lo fue por culpa del tiempo inclemente. "Un soldado no debe morir postrado en la cama".
No era una norma que el escudero del Capitán lo sustituyera, pero desde el día en que Gael entró en la Guardia quedó patente su lealtad y devoción. Ninguno de los otros Guardias dudaba de que terminaría siendo su Capitán. Sorprendentemente para los cánones avernareses, Gael era un hombre de palabra para todo el mundo. El juramento que para cualquier otro sería una mera formalidad, para él fue una promesa solemne.
Juro proteger a mi Reina mientras me quede sangre en las venas, guardar sus secretos y velar sus intereses; obedecer sus órdenes y satisfacer todos su deseos desde este día hasta el momento en que mi último aliento abandone mi cuerpo.
Recordaba a Níobe, con aquel traje invernal de terciopelo verde botella, ajustándole la hombrera de Capitán. Recordaba el aire inundado de violetas, recordaba el leve roce en la mejilla al apartarse. Recordaba el orgullo que le embargaba, caldeando el ambiente mejor que un buen brasero. Recordaba a los músicos, tocando la fanfarria del momento. Recordaba haber pensado en su padre, un humilde leñador, quien estaría encendiendo el hogar de la cabaña que ocupaba con sus hijos para no morir de frío. Intentó pensar en su madre, muerta al nacer su hermana pequeña, pero apenas consiguió sacar su rostro de entre todos los recuerdos de su mente. Le vinieron retazos de su infancia, dura y breve, en la que tenía que pelear con sus hermanos por un mendrugo de pan. Recordó el día en que se fue de casa, con trece años recién cumplidos, aunque no supiera exactamente la fecha del aniversario de su venida al duro mundo. Recordó los días pasados frente al gran portón del Castillo Avernarium, maravillado por las brillantes cotas de malla de los guardias, mientras se encogía de frío, calado hasta los huesos por las intensas lluvias de otoño. Recordó al Capitán, Gerard, un maduro y veterano combatiente, quien se había acercado al muchacho y le había invitado a entrar para resguardarse. Al poco le dieron una espada de madera, pesada y basta. Así comenzó a vivir. Ése fue el verdadero día de su nacimiento.
Sus ojos se humedecieron, pero nadie le vio llorar.


Níobe despertó. Gael estaba a la derecha de la cama, erguido y vestido de armadura, como si nada hubiera pasado.
- Buenos días, señora -dijo él, con formal eficiencia-. ¿Deseáis que avise a vuestras doncellas para que os preparen el baño?
La reina le miró. Se sentía infinitamente más calmada y tranquila después de haber descansado. Una oleada de gratitud hacia el soldado hizo que se permitiera esbozarle una sonrisa.
- Gracias, Gael.
Los dos supieron que la gratitud de ella no tenía nada que ver con su ofrecimiento de ir a buscar a las doncellas, pero nadie dijo nada. Él asintió, como siempre guardando en su interior estas pequeñas y escasas muestras de afecto, y abandonó la habitación.
Níobe volvió al despacho con energías renovadas. El torbellino de angustia que la había desmoronado ya no estaba. Solo la habitual, fría e inteligente pragmaticidad.
Casi como por encanto, pasó la página del tomo en el que rebuscaba desesperada la noche anterior.
Y encontró lo que deseaba.

2.8.09

El presente del rey Genar, II parte

Fue casi de inmediato: desenvainaron los isleños y automáticamente tanto la Guardia real como los Shultes hicieron lo mismo. Sin embargo, nadie dio un paso. Níobe estaba en medio, a mitad de camino entre unos y otros. La violencia contenida se palpaba en el aire, pero todos aguardaban, cautelosos. Ni los shultes ni la Guardia se atrevían a desatar la tormenta, por si su reina resultaba muerta en la refriega. Los isleños tampoco daban el paso, estaban en evidente inferioridad numérica.

La tensión en el salón era tal que se podría cortar con un cuchillo. Los soldados isleños situados alrededor de los juglares, Níobe frente al cuerpo aún agonizante de Jared y su propia Guardia cerca del trono, lejos de ella.

Gael sentía una espantosa opresión en el pecho. No podría perdonarse nunca.
Iba a verla morir, atravesada por veinte espadas isleñas. Iba a verla morir a menos de veinte pasos, sin poder impedirlo. Breve y fugaz, un pensamiento revoloteó dentro de su cabeza: vería esa sangre de hielo legendaria derramada sobre el mármol, hermosa como una flor carmesí ... Le temblaron las manos.

- Guardad esas espadas, isleños -ordenó Níobe, indiferente al parecer al peligro-. No os hacen falta. Pero llevaos esto - Níobe le dió un suave puntapié al cuerpo que se desangraba entre ruidosos estertores-, entregádselo a su Majestad Genar. Decidle que es un regalo, una muestra de lo mucho que me ha gustado su presente. Cuentan que el rey tiene un gran sentido del humor... que considere esto -señaló el cuerpo sin cambiar su expresión helada- un sarcasmo.

Su calzado, seda marfil a juego con su ropa, estaba empapado en sangre. Cuando se giró sin inmutarse y, dándole la espalda a los isleños armados, caminó hacia el trono, fue dejando un reguero de pisadas carmesíes sobre el mármol blanco del salón. Se sentó, indiferente, y emitió un suave gañido de disgusto al mirar su calzado.

- Maldita sea -suspiró-, están arruinadas -dijo descalzándose y apartando los zapatos con un suave golpe de talón-. Sandra -hizo un gesto hacia una de las doncellas que observaba la escena, inmóvil, desde las sombras de la sala- tráeme otras chinelas.

Levantó los ojos hacia la concurrencia, unos y otros, paralizados por el asombro y la tensión.

- Os he dado permiso para marcharos -dijo, malhumorada, señalando a los extranjeros-, ¿vais a quedaros ahí de pie toda la noche? Y vosotros -miró con reproche a su Guardia- envainad. Pese a que su majestad Genar ha demostrado ser un imbécil, dudo mucho que sus emisarios lo sean tanto como para intentar atacarnos bajo nuestro propio techo, aún más cuando se encuentran en desventaja numérica.
- Señora, por si acaso...
- Relájate, Capitán, la tensión va a terminar contigo -se burló ella al ver el alivio en los ojos de Gael.

El contingente de isleños se apiñó un poco más y abandonaron la sala con cautela, sin dejar de mirar hacia atrás, como si temieran que en cualquier momento fueran a atacarles. Cuando el pesado portón se cerró tras ellos, Niobe se inclinó hacia Gael:

- Asegúrate de que salen de aquí sin problemas. Quiero que Genar reciba su regalo.

Gael asintió, susurró algo a uno de sus soldados y este abandonó discretamente la sala. Níobe suspiró.

- Enhorabuena, señor -inclinó la cabeza hacia Edaris-. Obviamente, sois el escogido. No soportaría pasarme la vida enterrando trovadores.

31.7.09

El presente del rey Genar

El sonido musical y potente de los clarines anunció la llegada del emisario del Rey Genar. La etiqueta exigía que a un emisario real había de recibirle en el salón del trono, y Níobe siempre conservaba las formas. Siempre. El salón estaba engalanado con pendones que ostentaban la hidra de tres cabezas bordada con las más finas sedas. Níobe estaba sola; los tronos de sus hermanas permanecían vacíos. Tras ella, a pocos pasos, media docena de hombres de su Guardia permanecían atentos y preparados, como siempre. Una reina como Níobe solía procurarles trabajo.
El cortejo de Shult ocupaba el lado derecho del salón. Edaris, Briye y Rivas acomodados en ornamentados asientos y enmarcados por media docena de impecables caballeros shultes.

El mensajero se adelantó. Era un hombre joven, con la delgada y fibrosa complexión de un malabarista. Tras él había al menos una decena de juglares y músicos, y otra docena de pajes llevando cajas ricamente ornamentadas. Detrás del todo, junto a la puerta, permanecía una guardia muy numerosa. Llegarían fácilmente a la veintena de hombres.

- Permitid que me presente, mi hermosa señora -dijo con el exótico y musical acento de los isleños-. Me llamo Jared, y soy miembro de la muy conocida familia de juglares reales de las Islas. Como practicante de las más bellas artes de mi tierra, mi dueño me envía a vos para trasnmitirle sus pensamientos. Magnífica majestad, mi señor os envía este presente. Es su soberana voluntad que escuchéis la música de su bello reino.

Los trovadores comenzaron a cantar, llenando el salón con su música. Interpretaron varios cantares de las islas con un increíble domino de sus artes, pero Níobe detestaba a los juglares casi más que a cualquier cosa. Sin embargo, formaba parte del presente del rey Genar, y como tal debía aceptarlo. con un gesto de amabilidad en el rostro. Bufones y malabaristas acompañaron las músicas con alegres juegos con fuego, pelotas de colores, aros... Los pajes avanzaron hacia Níobe y, a una distancia prudencial, fueron dejando los cofres abiertos que mostraban en su interior las más variadas joyas y adornos.
Finalmente terminaron las canciones, y Jared avanzó de nuevo, esta vez con un tono ligeramene burlón.

- Su Majestad el rey Genar lamenta en lo más profundo de su corazón que hayáis aceptado bajo vuestro techo y aspirante a vuestra mano a alguien de sangre tan inferior a la realeza como meramente un conde. Cree que vos, que sois una mujer inteligente, seréis capaz de razonar y daros cuenta de lo grave de vuestro error. Que la sangre real sólo ha de dormir con sangre real, señora, y hacer otra cosa es deshonra.

Níobe se acercó la copa de vino a los labios pero no dijo nada. Los habitantes de las Islas eran conocidos por su afición a las chanzas y a las burlas, y por un sentido del humor que muchas veces sólo comprendían ellos. Podía ver malicia en sus palabras, sin duda, pero prefirió esperar. Genar era un imbécil de trece años, un niño mimado que tarde o temprano terminaría con el puñal de uno de sus consejeros entre los omóplatos si no cambiaba. eEa probable que hubiera considerado un insulto el tener que competir con un mero Conde por algo a lo que probablemente creía tener derecho.

Los shultes se miraron entre sí, disgustados por las palabras del mensajero. Por supeusto, si la situación hubiera sido otra, ahora mismo estarían haciendo uso del derecho de defender su honor, pero eran invitados e casa ajena. Y si la dueña de la casa no decía nada, ellos, por etiqueta, debían permanecer en silencio.

- ¡Qué osadía! -susurrró Edaris al oído del Consejero Rivas- Si estuviéramos el Shult, ahora mismo...
- Pero no lo estamos, señor -el anciano trató de calmarle, también en voz baja-. Tranquilizáos y dejad esto en manos de nuestra anfitriona.
- Hete aquí que todos gozamos de la belleza de Su majestad - comenzó a canturrear el Jared, divertido. Recitaba un verso y arrancaba aunas pocas notas al laúd, como si improvisase, paseando de un lado a otro-. Pudiéramos gozar de otras cosas si nos lo permitiera, ¿no es verdad?

Níobe enarcó una ceja.

- En lo lejano de nuestras tierras es conocida la Reina de Hielo llamada; de hielo serán sus ojos, más yo diría que bajo las faldas anda acalorada.

Los isleños estallaron en risas sofocadas. Gael se abalanzó hacia el frente, con la mano sobre la empuñadura de la espada, pero Níobe lo detuvo con un gesto. Jared lo vió e hizo una reverencia aún más burlona.

- ¡Ah, señora, vuestra guardia se enfuerece! Le darán a mis palabras más crédito del que merecen -hizo una acrobacia sin dejar de tañir el laúd- Y no es de recibo que me miren tan mal... ¿no sois vos la Reina cuyo puñal -se cambió el instrumento de mano- es más calído que sus besos? Así se cuenta; pero señora, no os lo toméis como una afrenta. No es mi boca de plebeyo quien lo puede atestiguar, aunque digan que hacerlo pueden mil y un millar... -saltó sobre el pedestal de una estatua que representaba un león-. ¡Reina de hielo, cuyos besos son más helados que una puñalada en el corazón! Eso dicen, mi señora, todos los que por vuestra mirada perdieron la razón; y no son pocos, como pocos no son - se sentó a horcajadas sobre el animal - quienes conocieron más vuestras faldas que vuestro corazón!


Con una voltereta espectacular saltó de la estatua y cayó en el suelo, sin perder la sonrisa burlesca e irreverente. La guardia de la reina estaba en completa tensión, esperando un gesto para lanzarse a decapitar a semejante deslenguado, pero Níobe estaba tranquila y no parecía tener ninguna intención de ordenarles nada.

- Así, mi señora - dijo el trovador con su hermosa y aterciopelada voz-, el rey Genar os envía el sano presente del sentido del humor. Espera que lo aceptéis y lo encontréis útil.

Níobe sonrió. Una sonrisa franca, brillante. Se puso en pie e, ignorando las joyas de los cofres, se acercó al juglar. En el salón sólo se óía el susurro del su vestido de seda marfileña, destellando suavemente a la luz de las velas.

- Cuán valioso presente, juglar, y cuán difícil será corresponderle. Pero por lo pronto, tengo algo que tal vez sirva: os entregaré sabiduría. No debéis hablar sin saber, decidle a vuestro señor. Y para que vos seáis más sabio y no habléis sin saber, he aquí que os ofrezco un beso, y vos diréis si es helado.

Se inclinó ante el juglar y depositó un suave beso en su boca. Jared se quedó petrificado. Níobe oyó claramente revolverse a los cortesanos de Shult, escandalizados.

- Yo... Mi señora... Vuestros labios son como el rocío...- sonrió con éxtasis cuando ella se separó.

Níobe dejó escapar una risa burlona e ignoró el comentario.

- Y para ser más sabio todavía, necesitaréis la puñalada con la que comparar mi beso.

Con un solo gesto invocó un carámbano de hielo en su mano derecha y atravesó con él el pecho de Jared, que se quedó unos instantes quieto, mirándola con espanto. Luego bajó los ojos al trozo de hielo hundido entre sus costillas y con un gemido apagado, se desplomó.

En el salón se había hecho un silencio espectral. Níobe dedicó una mirada amable al resto de trovadores, mientras un charco de sangre roja oscura crecía alrededor del cuerpo inerte del juglar agonizante. Una brillante salpicadura de la sangre del juglar cruzaba ahora la marfileña seda de su corsé, trémulamente reflejando la luz de las velas, como si fueran rubíes engarzados.

- ¿Alguno tiene algo más que decirme?

Los soldados de los isleños desenvainaron las espadas y se pusieron en guardia alrededor de la comitiva de pajes y juglares.