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7.1.10

Vicios y virtudes

Para Keka, evidentemente. Con todo mi cariño, lo prometido es deuda.

" Si presumes de esas nimiedades, es que mayores abominaciones habrás cometido."
Ayryiakëk, a propósito de la castidad.

30/Eneamus/año MDXXXVIII después del Año de los Infortunios
Estación de las Hojas caídas.
El Ave del Paraíso, afueras de Sar.

Avernarium es una sociedad matriarcal.
Tremendamente matriarcal. Es matriarcal hasta el punto de que los reyes consortes en ocasiones ni siquiera aparecen en los libros de historia, o sólo nombrados superficialmente. Aunque quizá, lo que más permita hacerse una idea de lo matriarcal de esta sociedad, es un ejemplo concreto.
Tomemos el caso de Këka. Su nombre real es Ayryiakëk -su abuela era una extranjera venida del otro lado del mar-, pero todos la llaman Këka. O más concretamente, Madama Këka, porque es la madama del prostíbulo más lujoso de toda Sar, la tercera ciudad más importante del continente.
Su local, el Ave del Paraíso, está situado en una mansión algo separada de la ciudad en sí. Casi parece un palacio, rodeada de elaborados jardines que incitan a perderse en el deseo, salpicados de fuentes, de hiedras de penetrante olor, de rosales, de sugerentes estatuas...

Këka es una mujer inmensamente rica; y aunque ronda las cuatro décadas, posee una belleza encantadora, que madura con la edad en lugar de desvanecerse. Aunque nunca se privó de ningún capricho masculino, Këka prefiere las mujeres. En una sociedad como la avernaresa, esto no solo está aceptado, sino que parece tremendamente lógico. Pudiendo escoger entre una mujer y un hombre, ¿qué necesidad hay de quedarse con el varón, infinitamente más tosco e imperfecto tanto física como intelectualmente? A lo largo de la historia, muchas reinas avernaresas se han casado con hombres -el deber de una reina es prolongar su estirpe- pero han tenido amantes femeninas.

Otra de las características peculiares de Këka es su relación con la Corona.
Al Ave del Paraíso acuden muchos hombres y mujeres buscando distracciones. Siendo un prostíbulo de lujo, la clientela suelen ser nobles.
Níobe de Avernarium era, al igual que su madre, una mujer fría. Këka, al igual que su abuela, era justo lo contrario. Además, tenía mucho olfato para los negocios.
Cuando Níobe cumplió quince años, Këka hizo una visita al palacio. Consiguió una audiencia gracias a sus contactos, demostrándole así a Níobe el poder que podía llegar a manejar una madama. Níobe se asombró de su descaro y habilidad, y más tarde de la cantidad de información que la dueña de semejante sitio poseía. Finalmente, llegaron a un acuerdo entre los dos. Këka sería una fuente de información para la Corona, por supuesto en el más absoluto secreto. Lo que Këka obtuvo a cambio... ni siquiera sus hermanas llegaron a saberlo.

Aquella noche había sido muy productiva. Los festejos de la boda de la Reina Níobe hacían fluir el dinero incluso en ciudades alejadas del Castillo.
Envuelta en una bata de seda bordada a mano, Këka miró por la ventana. Amanecía. Tamborileó sobre la mesa -sus dedos llenos de anillos tintinearon- y sonrió.
Una de sus chicas, Magal, acababa de subir a informarla de que el muy casado general de los ejércitos del reino de Nemiss se había dormido después de serle infiel a su mujer. Këka estaba orgullosa de sus chicas, y de sus chicos, por supuesto. Eran hábiles, y no solo en las artes amatorias.
- ¿Lleva algo de interés encima?
- Sí, Madama. Una carta, firmada por el rey de Nemiss. Habla de mantener la cautela hasta ver los movimientos de Su Majestad Níobe. ¿Deseáis que os la traiga?
- No, no creo que sea necesario. Puedes irte.
Magal salió de la sala, y Këka hizo un gesto a las sombras.
- Siéntate -dijo.
De la oscuridad emergió la figura de Dyere, el adorable Dyere. Apenas tendría diecisiete años, pero ya era el preferido por la mayor parte de sus clientes femeninas y un porcentaje significativo de los masculinos. Tenía un cuerpo hermoso, fibroso sin ser exageradamente musculado, y una piel suave como una mañana de verano. Sus ojos castaños con matices cobrizos rezumaban inocencia. Por otra parte, era un poeta excepcional, declamaba como los dioses. Këka solía llamarle para que le recitase versos mientras se bañaba. Un único defecto ensombrecía su belleza perfecta: Dyere era ciego de nacimiento.
A Këka no le importaba. Tenía una memoria increíble, y un oído afilado como el de un lobo. Además, su ceguera hacía que sus clientes bajaran la guardia ante él. Le consideraban inofensivo. Precisamente por eso, Dyere era una de sus mejores fuentes de información.
- ¿Ya sabes quién es nuestro misterioso visitante?
Dyere asintió. Këka sonrió, feliz; aquel hombre rubio de rasgos delicados que visitaba el Ave una vez al mes la tenía intrigada. Venía solo, no hablaba con nadie. Evidentemente, ocultaba algo. Teniendo en cuenta la opinión que tenían los renianos de los hombres que preferían la compañía de otros varones, y el hecho de que sus ojos eran del color del cielo y su cabello dorado, la madama había deducido que era un habitante del ya inexistente Renn que prefería cruzar la frontera para satisfacer sus vicios. Además, sus modales eran exquisitos, cosa propia de aquella zona.
Këka suspiró, algo fastidiada. Detestaba a los rennianos. Les consideraba poco menos simples que animales, estúpidas criaturas de costumbres primitivas y simples. Que un hombre tuviera que cambiar de ciudad para poder encontrar algo de diversión la enervaba, pese a que ese hecho suponía dinero para ella. El desconocido pagaba bien, en oro sin acuñar.
- Teníais razón, madama. Es un renniano -sonrió-. Huele a acero, y sus manos tienen las durezas de quien está acostumbrado a manejar una espada. Además, tiene cicatrices largas y rectas, no de flechas o de dagas, sino de armas de hoja larga. Y suele pedirme que le recite cantares. Es un shulte, estoy casi seguro. Llevaba esto encima, muy escondido dentro de un bolsillo disimulado en una bota. Tiene un sello de lacre del de primera calidad, y el papel es grueso, del bueno. Esto lo ha escrito algún noble, no lo dudéis -la entregó un pergamino.
Këka lo desenrolló.

A Sir Everal Tranendel:
Como miembro del Consejo, es un honor y un placer para mi invitaros a mi próximo enlace con su excelsa majestad Níobe IV de Avernarium, que se celebrará...

Këka dirigió sus ojos a la firma, ansiosa, para encontrar el sello del conde Edaris de Shult.
-Devuelve esto a donde lo encontraste, y después tómate el resto del día libre, Dyere. Te lo has ganado.

3.11.09

Hasta que tu muerte nos separe


"El hombre sabio no cobija una serpiente en su seno, y si lo hace, no se sorprende de ser mordido."
Anónimo.


25/Eneamus/año MDXXXVIII después del Año de los Infortunios
Aposentos de Níobe, Castillo de Avernarium.
Estación de las Hojas caídas.
Mediodía.


Mientras seis doncellas vestían a Níobe de novia, ésta se preguntaba si el vestido de viuda le quedaría tan bien. El negro le favorecía.
El collar de diamantes que había llevado su madre el día de su boda, y su abuela antes que esta, y la madre de su abuela... y un largo etcétera de familiares, pesaba una tonelada. Incómodo, aunque, sin duda alguna, hermoso. La tiara a juego era mucho más ligera.
Examinó el velo blanco: tan sutil como una telaraña. Otra herencia de familia. EL Castillo de Avernarium estaba lleno de ellas. Pensó en la sala Roja, una pequeña sala en la que se guardaban como trofeos aquellos objetos regalados por amantes casados a las Reinas de Avernarium. La joya de la colección era una tiara de la Corona de Renn, suypuestamente perdida en un incendio para los rennianos, pero en realidad regalada por el lujurioso Clarence VII a la tatarabuela Maztica.

Dentro de seis horas estaría atada de por vida al idiota de Edaris. Era una perspectiva muy poco atractiva, para qué engañarse. Por otra parte, en cuanto terminaran los festejos en Shult, daría media vuelta y volvería a Avernarium. Con un poco de suerte solo volvería a ver a ese cansino cuando decidiera tener un hijo.

Pensar en la cara de Gael, furiosa y decepcionada, le animó un poco. En el fondo debía reconocerse a sí misma que el soldado le daba un poco de lástima. Tenía valía, sin duda. Era osado, valiente y decidido; y jamás se echaba atrás. Pero el mundo no era justo, y cuanto antes asumiera eso, mejor.

Miró por la ventana. El patio de armas estaba engalanado con guirnaldas de flores. Avernarium no era un país particularmente religioso, y la tradición exigía que la boda la oficiase un miembro de la familia real.
Las bodas solían celebrarse en el salón del trono, pero Níobe habría deseado poder escoger otra localización. Sólo para poner nervioso a Edaris.

Si bien es cierto que Avernarium no era un país religioso, también lo es que todavía había quien participaba de los cultos a las antiguas deidades primigenias. Nada que tuviera que ver con las religiones hermosas y alegres de los antiguos Rennianos, sino ceremonias cuyo origen se perdía en la noche de los tiempos, ceremonias realizadas en noches de luna llena, ceremonias manchadas de sangre, ceremonias mecidas por el eco de voces espectrales. La localización que Níobe habría escogido era, precisamente, un antiguo templo de los dioses pretéritos. Deidades tan viejas y olvidadas que ni se recordaban sus impronunciables nombres.

Cuando se lo mentó a Edaris él se opuso rotundamente. Bueno, no quería tirar demasiado de los hilos todavía. Aunque sí le había llevado la contraria en un pequeño detalle, suficiente para enervarle un poco: el ramo de novia, en vez de las consabidas rosas blancas, era de lirios. Crisantemos le habían parecido demasiado descarados, pero casi hubiera merecido la pena por ver la cara del shulte.

- Señora -la voz de Gael tras ella le hizo despertar de su ensueño. Se giró.
- ¿Qué ocurre?
El soldado inspiró profundamente. En sus ojos, enmarcados por profundas ojeras, brillaba la rabia y la desesperación.
- Debo hablar con vos. A solas.
Níobe enarcó una ceja. Con un gesto de la mano, despició a las doncellas.
- Espero que sea importante, Capitán. Estoy muy ocupada.
Gael avanzó hacia ella, le sujetó de las manos y la besó con pasión, saboreando sus labios como si la vida le fuera en ello.
- Te amo, Níobe -dijo con voz quebrada-. No te cases con él. Te amo.
Ella le miró a los ojos, profundamente, ahogándose en su oscuridad.
Luego, con todas sus fuerzas, le cruzó la cara. El golpe resonó en la sala. Un hilo de sangre resbaló de la nariz de Gael.
- Vuelve a tu puesto, capitán -ordenó ella, con una voz más helada que la misma muerte.
Se giró sin dirigirle una mirada y volvió a preocuparse de los adornos de su velo de novia.

Gael abandonó la sala con el alma rota.

6.8.09

Insomnio

Edaris de Shult caminaba nerviosamente de un lado a otro de su habitación. En la mano derecha sujetaba un pendiente de perlas.

Debería marcharme de inmediato.
Níobe...
Ha matado a ese hombre.
Tal vez no tenía otra opción...
Siempre hay otra opción.
¿Sí? ¿Y qué hubiera hecho yo?
Un duelo, por supuesto...
No todo el mundo tiene el autocontrol de un caballero. Níobe, por muy excepcional que sea, no deja de ser una mujer.
Debería marcharme de inmediato.
Jamás volverás a verla.
Hay más mujeres. Hay más candidatas a Condesa de Shult.
¿Hay más mujeres que desee ver cada mañana junto a mí? Ninguna.
Antes de mis deseos, está el Condado. Mi voluntad no tiene valor frente a lo que Shult necesita.
Jamás volverás a verla. Nunca. Tendrás que decir "sí, quiero" frente a otra mujer, sabiendo que es perjurio. Y todo porque ella ha matado a un plebeyo que la insultó. Yo habría hecho lo mismo, solo que con una espada en vez de con un puñal.
¡No es lo mismo! ¡En un duelo hay honor, hay posibilidad de defenderse!
El juglar sabía que la estaba insultando. No ha sido un error, ha sido deliberado.
El juglar era un mero mensajero...
El juglar, ahora que lo pienso, sonreía mientras entregaba ese supuesto mensaje. Disfrutó insultándola. Disfrutó como una rata insultando a una mujer que le había ofrecido su hospitalidad. No era un mero mensajero, era un partícipe de la injuria de Genar.
¿Y ésa es razón para matarle?
Es la ley. Y la ley ha de ser respetada.
No puedo quedarme aquí. Debo marcharme.

La luz de la luna se filtraba por la ventana. Se asomó: había oscuridad en el torreón donde dormía Níobe. Durante un instante tuvo la sensación de que era algo más que la ausencia de luz. Pensó en sus ojos furiosos mirándole, en sus labios trémulos y suaves, en su piel pálida. Recordó aquel beso hacía un par de noches. Evocó el sonido de su voz, a veces suave, a veces afilado. Se miró la mano: de tanto apretar el pendiente, se lo había clavado en varios sitios. Se llevó la mano frente a los ojos y vio brotar la sangre.
Así era Níobe, pensó. Tan bella como esa hermosa pieza de joyería, con brillantes perlas y delicadas filigranas talladas con infinito cuidado por algún maestro joyero. Tan letal como ese valioso pendiente que, solo de sujetarlo, le había cortado la piel hasta hacerle sangrar.

Se sentó. Pensó en ir a verla a su dormitorio. Tal vez podría... hablar con ella. Necesitaba decirle, ¿el qué?
Salió a la puerta de sus habitaciones, dos de sus soldados montaban guardia.
- Sir Adwey, id a buscar al Consejero Rivas y traedlo aquí.
- Señor -el caballero le miró, sorprendido-, es tarde...
- Lo sé. Aún así.
El hombre asintió, hizo un breve saludo con la cabeza y desapareció por el pasillo. Edaris volvió dentro.

Quiero quedarme con ella.
¿Eso es lo correcto?
Sí. Shult necesita a Avernarium.
¡Mejor caer bajo Erén que bajo la ignominia!
Por los dioses, estoy exagerando. No era más que un plebeyo que la había insultado.
¿Sí? ¿Y qué será después?
En nombre de todo lo sagrado, no puede ser tan difícil hacerle entender lo erróneo de su comportamiento.
No es una dócil dama shulte. Tiene más carácter que todo mi Consejo junto.
¿Y no es precisamente eso lo que la hace tan fascinante?
¡No necesito fascinación!

Llamaron a la puerta, Edaris fue a abrir. Rivas esperaba al otro lado de la puerta, con su camisa de dormir y su gracioso gorro terminado en borla. Tenía el gesto adormilado de quien acaba de despertarse, y una expresión abotargada por el sueño interrumpido.
- Joven Edaris, ¿no habéis visto qué horas son? -el anciano le miró con reproche- Yo ya no estoy tan joven como para trasnochar.
- Lo siento, Rivas, amigo mío... -se apartó de la puerta y volvió al interior de la habitación, comenzando a andar nerviosamente de un lado a otro-. Pasa, por favor. Y siéntate.
- Mi Conde -dijo el anciano, acercando su cansado cuerpo a una de las sillas de la habitación y mirando a su protegido con preocupación-, ¿qué hace que el máximo mandatario de Shult deambule a estas horas en vez de sumirse en un bien merecido sueño reparador?
- Bien merecido... Sí, eso es. ¡Se lo tenía bien merecido! -exclamó, golpeando una pared con fuerza.
- Edaris, tal vez si me contáis lo que sucede...
Edaris giró la cabeza y miró al anciano consejero fijamente, casi como si se preguntara qué estaba haciendo en su habitación. Entonces recordó para qué le había hecho venir.
- Rivas, yo... -cogió la otra silla, la acercó hasta la de Rivas y se sentó en ella-. No sé qué hacer. La Reina...
- ¡Ah! Así que es eso -el anciano asintió levemente, comprendiendo-. Mi joven muchacho. La Reina Níobe estaba en su derecho de hacer matar a ese... mensajero -casi escupió la palabra.
- Sí, Rivas, sí. Lo sé. Y en Shult ése habría sido también el resultado. ¡Pero es que la Reina lo apuñaló a sangre fría! -añadió, estremeciéndose com si hubiera sido él y no el isleño el ajusticiado.
- ¿Os sentiríais mejor si lo hubiera ajusticiado -puso énfasis en la palabra- mientras ardía de ira? ¿Lo que os molesta concretamente es el hecho de que lo hiciera a sangre fría?
- No... no sé que es lo que me molesta, Rivas. Hay algo tremendamente erróneo en esa situación, pero no soy capaz de determinar exactamente el qué.
- Quizá os desconcierta que lo matara ella -sugirió Rivas, suavizando el tono de voz-. Estáis acostumbrado a ver morir y matar hombres, señor. Pero creo que en toda vuestra vida habréis visto morir una o dos mujeres... y matar a ninguna.
- ¡Es que no está bien! - Edaris se mesó los cabellos- Ella no debería haberse manchado las manos de sangre, no debería...
- Joven Edaris - la paciencia de Rivas era casi infinita- os recuerdo que el Consejo escogió a la Reina Níobe, entre otras cosas, porque no se asustará si tiene que iniciar una guerra. Y eso, señor, es mancharse las manos de sangre.
- ¡Pero es que no es lo mismo participar en una guerra desde la seguridad del castillo y dejando el peso de los combates a los guerreros que llevan su blasón, que participar ella misma en las matanzas! -el joven se levantó y faltó poco para que enviara su silla al otro extremo de la habitación de un puntapié, así de fuerte eran su desconcierto y su nerviosismo.
Rivas suspiró, presionando con una mano sus ojos en un intento de mantener el caudal de paciencia. Pues éste sería casi infinito, pero el discutir con su soberano sobre temas ajenos a la forma en que éste se crió y habiendo dormido sólo 2 horas...
- Edaris...
- ¡No! ¡No está bien! -esta vez el Conde desahogó su frustración golpeando la mesa con su puño derecho y partiéndola en pedazos-. Una dama, y más una Reina, debe comportarse como dictan las normas de protocolo, ¡y no creo que apuñalar a un enviado de una potencia extranjera, con un objeto conjurado mediante hechicería, esté dentro de las normas de la buena conducta! -ni siquiera notó que se había herido. La sangre manaba de los profundos cortes que las astillas habían hecho en su carne, manchando su ropa y goteando hasta el suelo.
- Basta ya, Edaris -Rivas no gritó. Sólo habló con esa inflexión de la voz que utilizaba cuando era el preceptor de un crío que estaba destinado a heredar todo Shult. El Conde Edaris miró a su anciano consejero con sorpresa-. Cállate y siéntate en la cama. Ya -añadió, viendo que el joven abría la boca para protestar. Suspiró de nuevo-. Mira, jovencito, y atiende a lo que digo: la vida real no es como viene en los libros. Las pulcramente redactadas normas de todos esos manuales que debiste aprenderte de memoria no sirven -Edaris hizo ademan de protestar y el anciano le atajó con un movimiento terminante de la mano-. No sirven para nada. No ganan guerras perdidas, no protegen a tu familia, no dan de comer a los siervos, no salvan a tu anciana madre de ser violada -el consejero fue enumerando una a una sus razones-. No impiden que todos los que amas sean aniquilados por tu vecino. ¿Lo entiendes, jovencito?
- Eh... yo...
Rivas acercó la silla hasta la cama. Inmediatamente borró de su semblante la faz autoritaria del maestro y compuso la sonrisa del amigo preocupado. Puso su mano izquierda sobre la rodilla del joven Conde de Shult.
- Mi señor, entiendo dónde os halláis. Hasta este momento llevábais una existencia acorde con las tradiciones de Shult. Pero ahora no estamos en Shult. La situación actual me ha obligado a sacaros de esa idílica vida de caballeros de brillante armadura y de damas de mejillas sonrojadas. Y es más: deberéis sacar a vuestro Consejo de esa misma mentira -por un momento la sonrisa se deshizo y sus labios se apretaron con firmeza-, o Shult desaparecerá.
Edaris le miró como si no comprendiera de que hablaba, como si no fuera Rivas sino un extraño e inquietante engendro. Entendía sus palabras, formaban frases con sujeto y predicado, pero lo que querían decir se le escapaba por completo. ¿Acaso todo lo que había aprendido durante su existencia era mentira?
- Rivas... No te comprendo -susurró.
- Se acabaron los cuentos de hadas, mi inocente pupilo. Se terminó. Para siempre. Ha llegado el tiempo de las Reinas que apuñalan en el salón del trono, de las guerras que no se ganan en el frente y de las victorias de las que uno no puede estar orgulloso.
- No concibo que tú me estés diciendo esto -Edaris le observaba con espanto conmocionado.
- Alguien tiene que decíroslo, muchacho. Para que el pueblo de Shult sea libre, vais a tener que hacer muchas cosas que lamentaréis. ¿No os habéis preguntado nunca porqué Avernarium ha conservado su exagerado tamaño durante tantos siglos? Un terreno tan grande es un bocado muy interesante para muchos países circundantes, muchacho. Pero las Reinas de Avernarium siempre han sabido manejar la política a su antojo. Ya va siendo hora de que aprendáis algo de ellas. Níobe es vuestra mejor elección, muchacho; la necesitáis. Y necesitáis no solo que os apoye, sino que os enseñe. Ella maneja la política de un modo admirable; será la mejor tutora que nunca podáis tener.
- Rivas -dijo Edaris-, si el Consejo oyera esto que me dices...
- Por eso os lo digo aquí, a muchas leguas del Consejo. Ellos no lo entenderían. Viven tal y como prescriben las normas. Y si uno se pliega a las normas mientras que su enemigo se las salta... Ya sabéis cuál sería el desenlace.
El joven Conde de Shult pensó sobre las palabras que su fiel consejero le decía.
- Pero el honor...
- ¡Valgame la Luz, muchacho! -exclamó Rivas, levantando ambas manos hacia arriba, como si de verdad estuviera rogando a esa inexistente Luz-. Disculpad, mi señor -añadió, recobrando la compostura-. Edaris, tenéis que comprender que el concepto de "honor" que vos aprendisteis no es el concepto de "honor" que existe en realidad. ¿"Mejor muerto con honra que vivo sin ella"? Eso puede estar bien para alguien que no tiene la pesada responsabilidad de cuidar de cientos o miles de súbditos. "¿Dónde está ahí el honor?", me preguntaréis. Y yo os responderé: el honor está en sacrificar tu propia honra y tu propio orgullo por el bien de aquéllos que están a tu cuidado, incluso si para ello tienes que pisotear todo aquello que te enseñaron.
- Yo... no... - Edaris enterró la cabeza entre las manos-. No puedo creer que esté escuchando esto. El Consejo... El Consejo te hará ver que te equivocas -le miró, esperanzado-. Te mostrarán lo equivocado que estás... - se llevó la mano frente a los ojos, la mano con cortes en las palma hechos por el pendiente de Níobe y en el dorso por las astillas de la mesa-. Me niego a hacer esto. Si ser Conde implica escupir sobre las nobles enseñanzas de mis ancestros, abdicaré. Me niego.
- Eso no es nada valeroso, muchacho. ¿Dejar que vuestro hermano se encargue del problema?- el anciano suspiró-. Mirad, joven. Debéis contraer matrimonio con Níobe. Es de crucial importancia que contemos con Avernarium en la guerra que se avecina. Si... -Rivas torció el gesto- Si la situación se vuelve insostenible, siempre podréis solicitar el divorcio.
- No puedo creer que tú me estés diciendo esto -repitió.
- Abrid los ojos, Edaris. ¿Qué os diría el Consejo? Yo os lo diré: Vuestro primo Wallace permanecería meditabundo, y solo cuando se hubiera tomado una decisión le empezaría a sacar defectos. Vuestro hermano Briye lo solucionaría todo con una justa. Sir Brewe, Sir Admund y Sir Logan optarían por esperar. Lord Vessir consideraría...
Edaris se dio cuenta de que era cierto. Todas las reuniones del Consejo seguían esa mecánica. Todos y cada uno de sus Consejeros parecían interpretar un papel, siempre adoptando la misma postura... Entonces entendió por qué su difunto padre, que siempre descansara en la Luz, hizo que fuera Rivas quien le enseñara, quien le guiara. Augustus de Shult fue un hombre sabio y muy querido por su pueblo. Pero también fue un hombre previsor y muy pragmático. Sabía que eran necesarios ciertos cambios en el Condado o los malditos primos de Erén, que cada vez dirigían más su codiciosa mirada hacia Shult, declararían una guerra que las rígidas normas suscritas por el Consejo del Conde no podrían ganar. Así que fue moviendo sus piezas. Ahora Edaris lo veía mucho más claro: las levas para el ejército, los entrenamientos obligatorios, el aumento en las pagas de soldados y oficiales, la concesión del título de "Caballero" para aquellos soldados de clase baja que demostraran absoluta lealtad y dedicación, el establecimiento de los fuertes fronterizos... Y movimientos que darían su fruto aún a más largo plazo: como el plantear al Consejo la necesidad de alianzas o matrimonios con Estados más fuertes, o como el hecho de que su hijo recibiera la guía y el consejo del único hombre en quien de verdad confiaba Augustus. El único que sabía hacerle ver la realidad tal y como era: el viejo y sabio Rivas.
- Dime qué he de hacer -susuró Edaris, con el ánimo por los suelos.
- Vuestro universo acaba de desmoronarse, joven Edaris -dijo el anciano on dulzura-. Pero no os preocupéis. No es tan terrible. Mañana por la mañana id a ver a la Reina y...
- Le dije que me marcharía -cortó Edaris.
Rivas dio un respingo.
- ¿Qué?
- Le dije...
- Eso ha sido una estupidez, señor. ¡Un movimiento políticamente erróneo! Debéis arreglar eso cuanto antes. Y es posible -levantó un dedo, advirtiendo con firmeza al Conde- que la Reina os haga pagar por ese desprecio. Os prevengo: aceptad el castigo y sellad el compromiso cuanto antes.
Edaris simplemente asintió, derrotado. El anciano volvió a suspirar por enésima vez aquella noche. Su rostro se dulcificó una vez más. "Es tan joven...", pensó.
- Mi señor -dijo el consejero con suavidad-, os aseguró que entiendo en qué legamosas aguas tenéis chapoteando a vuestra conciencia. Yo también pasé por lo mismo cuando descubrí que todo en lo que creía no era más que un engañoso aunque bello velo que escondía a mis ojos la fealdad del mundo. Decidme, mi joven Conde: ¿amáis a esa mujer?
- Sí -respondió Edaris, aunque a regañadientes.
- Entonces deberéis poner más empeño en entender determinadas cosas. Ella, la Reina Níobe, no ha tenido nunca los ojos vendados. Será duro para vos, pero aún la amaréis más cuando veáis que ella se muestra a vos... eh... -aquí el anciano dudó un momento, pero tampoco quería sobrecargar más todavía los hombros de su pupilo- tal y como es. Sin esconderse en veleidosas y falsas normas, sin temer cruda la realidad.
- Tienes... Tienes razón -afirmó categóricamente-. Creo que iré ahora mismo a verla.
- Pero, mi señor, es ya muy tarde de madrugada. El sol...
- No -negó Edaris-. No puedo dejar que pase el tiempo. Níobe tiene todo el derecho en tener mis disculpas cuanto antes. Iré a sus habitaciones -continuó- y me arrodillaré ante ella, suplicando su perdón y haciéndola ver que ahora sé que tenía ella toda la razón, mientras que yo estaba equivocado... Buenas noches, mi fiel Rivas -dijo Edaris, sin mirar a su consejero-. Voy a ver a la Reina.
Y, así sin más, salió de la habitación a grandes zancadas. Rivas ni siquiera se molestó en detenerle. Una vez que un renniano de sangre noble comenzaba un camino, siempre lo terminaba. La tozudez innata a su condición había hablado, y más valía que nadie se interpusiera en su camino. O sería arrollado sin contemplación.

Dos soldados montaban guardia a la entrada de los aposentos de Níobe. Miraron extrañados a Edaris cuando se acercó a ellos.
- Apartaos -ordenó-, he de hablar con su Majestad.
- Señor, es tarde. Su Majestad descansa.
- Aún así -repitió, molesto. No estaba acostumbrado a tener que dar explicaciones- he de hablar con ella de inmediato.
- Señor... -comenzó a insistir uno de los guardias, pero Edaris no estaba dispuesto a ceder.
- Soldado, escuchadme. He de hablar con la Reina de inmediato sobre temas de muy grave importancia; si osas detenerme, me encargaré de que su Majestad sepa de tu comportamiento, y de que te castigue en consecuencia.
El guardia se quedó pálido. El término castigo en boca de Níobe era temible.
- Pasad -dijo el guardia, temeroso.
Edaris atravesó la puerta y entró en la antesala, donde todavía ardían los rescoldos en la chimenea. Frente a él, la puerta de Níobe. Llamó dos veces, nadie respondió. Nervioso, volvió a insistir...
La puerta se abrió, y una somnolienta Níobe vestida con un liviano camisón apareció en el marco.
- ¿Qué ocurre? -preguntó con voz adormilada.
- Mi señora, yo... -empezó Edaris. Carraspeó, miró al suelo, volvió a carraspear y entonces se arrodilló delante de la Reina. O más bien casi se tiró al suelo por lo rápido de su movimiento-. Mi señora Níobe, mi Reina, vengo a disculpar mi anterior comportamiento. Soy... Fui un iluso al no comprender los motivos que teníais para hacer lo que hicísteis y... Y yo... Venía a presentaros mis más humildes disculpas y mi más sincero arrepentimiento. Aceptaré cualquier castigo que...
Níobe tardó un par de segundos en comprender lo que estaba pasando. Luego sonrió.
- Levantaos, Excelencia -ordenó, con una mezcla de dulzura y autoridad-. El suelo no es lugar para vos. Y tranquilizaos, que apenas entiendo qué queréis decirme...- se apartó del marco de la puerta- pasad y sentaos -señaló un sillón.
Níobe se dirigió al baño, sonriendo pérfidamente para sí.
- Permitid que me aclare el rostro, estoy medio dormida -Edaris escuchó su voz y el caer del agua, mientras se levantaba del suelo y se dirigía, aún sin entender por qué no le castigaba inmediatamente, hacia el asiento que ella había señalado. La Reina volvió. Se sentó en otro sillón, junto a la chimenea-. Bien, Excelencia, respirad hondo un par de veces y decidme: ¿qué ocurre?
- Mi señora, vengo a pediros disculpas por el modo en que me comporté antes. Os amo y quiero casarme con vos. Si mi anterior... -buscó la palabra adecuada- exabrupto, totalmente fuera de lugar, ha hecho que me miréis con peores ojos y ya no deseáis que permanezca aquí, lo entenderé y lo aceptaré. Pero antes de que eso ocurra, he de admitir ante vos mi equivocación y declararos que lo que hicisteis no ha hecho más que revelarme un mundo que yo creía que no existía -se levantó, fue hacia ella, la tomó de la mano y puso una rodilla en la fría piedra-. Y debido a ello os amo más todavía, pues reconozco en vos alguien que además de sus otras virtudes tiene consigo la sabiduría del mundo real.
Níobe tuvo que esforzarse para no reír. Sin embargo, se le escapó una sonrisa que Edaris interpretó como un gesto de amabilidad.
- Vaya, Excelencia, ¿y no podían esperar vuestras disculpas a mañana? ¿O tanta urgencia tenéis que deseáis firmar ya el contrato matrimonial? - se burló.
Deslizó la blanca mano por el cabello de Edaris.
- En cierto modo encuentro vuestra espontaneidad encantadora. Tranquilizaos, estáis más que perdonado. Aunque he de decir que esperaba más resistencia frente a una posible negativa... ¿No fue Sir Gareth el Blanco quien se suicidó porque la mujer de la que se había enamorado le rechazó?
- Sir Gareth no tenía que cargar con el peso de multitud de súbditos. La responsabilidad que tengo sobre mis hombros y que mi padre me legó me impediría cometer ese acto, mi señora. Hacerlo sería un acto indigno de un Conde -utilizar los argumentos que Rivas le había hecho ver le infundía tranquilidad-. Si me rechazáis habré de vivir sabiendo que ninguna mujer podrá ocupar el lugar de aquélla que me rechazó.
- Que lástima. Con lo infinitamente romántico que sería eso, ¿no creéis? ¿Que un hombre se quite la vida por una? Me pregunto qué se sentirá... -Níobe le acariciaba el pelo con infinita dulzura, burlona y cruel-. Bien, señor: estáis perdonado. Mañana si lo deseáis firmaremos el contrato, y pasado podréis volver a vuestra tierra. ¿Cuándo deseáis celebrar la boda?
- Pero... eh, ¿no estáis...? Es decir, mi comportamiento anterior...
- ¿Sí? - Níobe le miró con fingido interés. En realidad, los titubeos de Edaris le sacaban de quicio- ¿Estoy qué?
- Enfadada, mi señora. Eso. Enfadada conmigo por cómo os grité, avergonzándoos en vuestro castillo.
- Sed positivo, si hubiérais sido un juglar... -esbozó una sonrisa en la que sus ojos no participaron-. Ya os he dicho en otra ocasión que los shultes sois como niños. Esperaba un comportamiento similar, si os he de ser sincera.
- ¿He de entender, pues, que no os he decepcionado, mi señora Níobe?
- Bueno, ya os he dicho que esperaba más resistencia frente a una posible negativa que un mero "me marcharé y pensaré en vos", pero a parte de eso, no. Además, si estuviera enfadada, Excelencia, os lo hubiera hecho saber.
Sí. Te lo habría hecho saber con sufrimiento infinito y humillaciones... Créeme, idiota. Cuando esté enfadada lo sabrás. Níobe deslizó los dedos por el contorno del rostro de Edaris. Puede que fuera un imbécil, pero era un imbécil hermoso. Apetecible.
- Mi Reina -dijo Edaris, acercando la mano de Níobe a sus labios y depositando en su suave piel un beso-, esta noche, en contra de todas las espectativas, me habéis hecho el hombre más feliz de todo el Putomundo. Sois la dueña de mi corazón, ahora y siempre -volvió a besarle la mano una vez más, le sonrió y se levantó-. Y ahora, mi señora, creo que ya os he hecho perder demasiado de vuestro precioso tiempo de descanso. Os agradezco que me hayáis atendido, me hayáis perdonado y me hayáis concedido el más valioso regalo de todo vuestro hermoso Reino -se inclinó ante ella en una profunda y perfecta reverencia-. Creo que me marcharé a mis habitaciones y os dejare dormir, mi Reina Níobe. Mañana será un día ajetreado.
- ¿Y porqué no os quedáis aquí? -Níobe le dedicó una mirada libidinosa, disfrutando sobremanera. Sabía que iba a escandalizarle.
- ¿Quedarme en vuestra habitación? -desde luego que Edaris estaba escandalizado.
- Eso he dicho - se puso en pie frente a él y le miró a los ojos-. ¿No os atrae la idea?
El Conde de Shult miró a la Reina, y no esta vez a los ojos. Fue consciente como no la había sido antes del hecho de que Níobe estaba vestida con un camisón que dejaba intuir su cuerpo más de lo que la imaginación sola concebía. Sus contorneadas caderas, sus pechos redondos y firmes, sus piernas... Oh, sí, desde luego que le atraía. Níobe, con un veloz movimiento, le empujó con fuerza, haciéndole retroceder y trastablillar. Edaris cayó sobre la cama, sorprendido.
- ¿Veis, señor? Sois como niños. Indecisos y tímidos.
- ¿Y sois vos quien ha de vencer esa timidez por mí? -preguntó Edaris a su vez, ensayando una trémula sonrisa.
- Vuestra timidez es encantadora, Excelencia -dijo mientras trepaba sobre él, hasta sentarse en sus caderas-, pero en ciertos momentos es un incordio. Como ahora, cuando quiero comprobar cuanto hay de cierto en vuestras afirmaciones.
- ¿Qué afirmaciones mías, mi Reina? -Edaris llevó instintivamente las manos hacia el cuerpo de Níobe, tocando la piel desnuda de sus muslos.
- Me dijisteis que érais un hombre experimentado -dijo mientras le quitaba la ropa-. Veremos a ver si estáis a la altura.
- Las espadas de Shult, mi señora, siempre están a la altura.

5.8.09



No hacía demasiado frío, pero aún así, la chimenea de la antesala de los aposentos de la Reina Níobe estaba encendida. Florea había dejado una tetera y varios postres en una mesita, y luego se había marchado. Era muy tarde, el Conde Edaris de Shult acababa de marcharse a sus aposentos; y Níobe no hubiera recibido a nadie a esas horas... pero sus hermanas eran una excepción a todas sus normas. Níobe ofreció la crema de turrón a su hermana.

- Deberías probarlo -dijo mientras servía té en dos pequeñas tazas de porcelana blanca.
Nyx se quitó la falda con un rápido movimiento, quedándose sólo con el corpiño y las enaguas. A continuación cogió un pastelito en cada mano y los miró divertida. Le arreglaban el día esos pequeños dulces. Luego se quitó las botas con dos puntapiés y se sentó sobre sus pies en el sillón de tercipelo tinto que estaba junto a su hermana.
- Veamos - dijo dedicándole una rápida mirada a su hermana, antes de hacer desaparecer los delicados pastelitos - ¿qué ha pasado con Edaris "Ayquecruz" de Shult... ¿sigues teniendo paciencia y no lo has reducido a cenizas aún? - Nyx sonrió ante la imagen mental de su hermana jurando en voz baja mientras sonreía con falsedad al shulte, y se chupó los dedos índice y pulgar, llenos de nata y crema de turrón.

- Estoy alcanzando cotas insospechadas en mí de paciencia y saber estar. Te aseguro que pagaría por verme actuar... Después de que el juglar de Genar encontrara interés en el cultivo de malvas, el señor Ayquecruz ha venido a verme. Indignado, indignadísimo, diciendo que iba a marcharse de inmediato, que no quería tener nada que ver conmigo. Algo tan exagerado que casi era cómico. Sin embargo, su insoportable sentimentalismo me ha servido para ayudarle a cambiar su punto de vista; como mínimo he conseguido hacerle dudar. Me sorprende que ese Condado funcione, con semejante individuo al frente de todo... En fin. Ya sabes como son los shultes, todo blanco o todo negro. Cuando me ha acompañado a mi habitación estaba tan dócil como un gatito. Ridículo. Le he dado uno de mis pendientes, me juego lo que quieras a que ahora mismo estará durmiendo sobre él, o llorando sobre él, o suspirando sobre él o alguna estupidez semejante. Igual hasta se corta las venas con él en la mano, gritando mi nombre o algo así...
Nyx reflexionó un segundo sobre qué pastelito elegir a continuación. Quizás uno de chocolate. Luego, mirando con dulzura a Níobe dijo:
- ¡Oh, mi pobre hermanita! Cuánto esfuerzo malgastado en un simple shulte... - de repente, se incorporó en el sillón, con el pastelito aún entre sus dedos - ¿Crees que Genar nos declarará la guerra? No tengo tiempo para eso ahora... - terminó la frase y engulló el dulce de un bocado.

- Claro que no. Sería demasiado idiota hasta para él. Que un país con la mayor flota del mundo quiera atacar a otro país sin costa es estúpido. ¿Cómo llegarían sus barcos hasta Avernarium, si apenas tenemos unas pocas leguas de mar, y además al otro lado del continente? -probó el té, demasiado caliente-. Aunque puedes contar con que me enviará misivas indignadas. Y volviendo con Ayquecruz... me preocupa que pretenda hacer una tragedia de todo esto en vez de pensar con la cabeza. Material para cantares: el valiente -impostó la voz para hacerla sonar sinietramente parecida a la del difunto Jared- y caballeroso Conde vuelve a su hogar pensando en la Reina, pero sabedor de que jamás volverá a ver aquella a la que ansía su corazón, y se pasa el resto de sus días llorando la pérdida -se puso en pie, y llevó el dorso de la mano a la frente en un ademán desolado-, ¡mientras se consume de dolor en lo más alto de la más alta torre!

Se echó a reír, una risa auténtica y burlona.

- Casi me lo puedo imaginar. En fin, espero que el Consejero Rivas le meta algo de lógica debajo del yelmo y decida quedarse, aunque un final feliz le estropee el cantar para la posteridad. Me gsutaría decirle que no se preocupe, que ya le proporcionaré tragedias para que escriba un libro entero... Conseguir el reino de Shult y que Ayquecruz baile bajo mis manos se ha convertido en una cuestión de orgullo.
Nyx volvió la mirada hacia los ventanales y entornó los ojos. No sabía si contarle a su hermana lo que le había ocurrido en el bosque el día anterior. Corría el riesgo de hacerla montar en cólera, o de que preparara una dantesca contienda en contra de todos aquellos países que había más allá del mar de brumas, sólo porque alguien había querido darle muerte. Y Níobe, ante la duda, aniquilaba todas las opciones. Volvió de nuevo la mirada hacia su hermana y la observó detenidamente. No había en ella un ápice de resentemiento o cansancio cuando se trataba de cuidar o velar por alguna de sus hermanas. Siempre protectora, aunque a veces demasiado dominante para gusto de Nyx. Ella en cambio siempre había sido la silenciosa y misteriosa de las tres hermanas. Nadie podría decir nunca en qué andaba metida o qué estaba pensando. Y mejor así, Níobe solía inmiscuirse en los asuntos de todos los que la rodeaban y podía ser verdaderamente cruel. Nyx meneó la cabeza para borrar las imágenes que la asaltaron de su daga cruzando el cuello de Murah. Todo había sido culpa de Níobe... y sin embargo, no podía odiarla, era su hermana. Decidió que, a pesar de todo, sí le contaría lo que había acontecido en el bosque. Si Nyx aparecía muerta cualquier día, al menos que no la cogiera de improviso.
- Hermana - dijo cambiando el tema y sacando a Níobe de sus oscuras elucubraciones - quizás deberías sentarte, aquí junto a mí... tengo que hablarte.

Níobe le dedicó una mirada preocupada. Nyx tenía muchas virtudes, pero la de sentarse a hablar de sus problemas con calma no era una de ellas. Algo grave ocurría. Se levantó y se sentó frente a Nyx, pensativa.
- ¿Y bien?
Nyx le contó a su hermana primero el extraño encuentro con la bruja de Rossum, y aquello que la había dejado perpleja sobre Murah y su posible embarazo. Fruncía el ceño mientras relataba la apariencia de la mujer y cómo sus frases la habían dejado pálida.

- Conozco a esa mujer, cariño; no debes preocuparte. Es una auténtica adivina y a veces la he consultado -admitió-; pero por experiencia sé que la mitad de las veces sus premoniciones no son más que retazos de locura. Hace poco la fui a ver... y me habló de "El hombre luminoso, a quien oscurecerás, y que con el precio de su alma te bañará en pureza". Ya me dirás. Si se refiere a Ayquecruz, dime qué sentido tiene eso. Una tontería, como lo que te ha dicho a ti. Y aún suponiendo que haya acertado, piensa que la muerte de ese niño ha sido lo mejor que podía pasarle, un acto de piedad. ¿Qué iba a hacer sin padre y sin madre? Es más, aún suponiendo que la campesina siguiera viva, ¿qué sería de un niño cuyo padre está enamorado de otra mujer que no es su madre? Ese crío está mejor donde está ahora.
La mente de Nyx voló lejos de allí un instante, no quería oír a su hermana hablar de Azcoy. Aún la culpaba de lo sucedido, y de que Azcoy hubiera huido a nadie sabía dónde para nunca volver. La dejó dar su visión de las cosas, pero se centró en que su hermana ya conocía a la adivina... "Bueno, al parecer no siempre acierta, espero que esta vez haya fallado de lleno" se dijo.
- Bueno, dejémoslo estar, no es éste el tema principal por el que quería hablarte, sólo algo anecdótico que sucedió antes de lo realmente extraño - dijo Nyx con un ademán firme de sus manos, dando ese asunto por concluido. Su hermana enarcó una ceja y la miró curiosa.-
Nyx le narró a su hermana en voz baja, cómo había fornicado con un extraño en una cueva del bosque, donde tuvieron que ocultarse cuando la lluvia los sorprendió. Le dijo el nombre del Barón, sin creer demasiado en la palabra del extraño, si bien era cierto que realmente tenía maneras de la clase noble. Níobe no había oído hablar de él, lo cual tampoco era extraño, ya que se trataba de alguien que habitaba más allá del Mar de Brumas, ni siquiera sabía decirle de qué país. Sólo tenía un nombre y una confesión.
- Me buscaba a mí - dijo mirando a su hermana, esperando de ella una reacción - ¡me buscaba para darme muerte!

Níobe se puso en pie como empujada por un resorte.

- ¡Maldito hijo de una puta sarnosa! -blasfemó, cosa muy poco habitual en ella- ¡Cómo osa! ¡Haré que lo persigan como el sucio animal que es por toda Avernarium, hasta que los perros lo despedacen y se coman sus entrañas! ¡Conocerá nuevas cotas de dolor nunca antes alcanzadas por ser humano alguno! ¡Se arrepentirá de haber puesto sus repugnantes pies en estas tierras!
- No hará falta que lo persigas, querida - dijo Nyx empleando el tono que la misma Níobe utilizaba cuando estaba a punto de soltar una frase lapidaria - él mismo vendrá a palacio mañana cuando despunte el sol... le he hecho creer que pertenezco a la nobleza de Heyk, y que tengo rencillas con la reina Nyx y que su muerte no puede venirme mejor... le he prometido que tendrá una audiencia con ella mañana, aquí. - miró de soslayo por la ventana y luego a su hermana. Luego sonrió ligeramente - se negó a confiarme sus motivos, pero deben ser muy buenos para cruzar el Putomundo. Estoy ansiosa por que llegue mañana.


Níobe detuvo su inhabitual estallido de rabia, miró durante un instante a su hermana con sorpresa y dejó escapar una larga y sonora carcajada.
- ¡Por los dioses, Nyx- dijo- no puedo creerme que seas tú quien esté diciendo lo que oigo! Qué grandísima idea... Veo que le vas cogiendo el gusto a la política... ¿Y qué piensas hacerle una vez esté en el castillo?

Níobe se sentó, cogió uno de los pastelillos y comenzó a mordisquearlo, con toda su atención puesta en su hermana. Nyx no solía ser tan retorcida, y verla manejar así una situación la llenaba de orgullo.

Nyx, se levantó y miró por la ventana sin ver, volvió a su estado de autismo en el que cerraba los oídos y dejaba que los pensamientos se cruzaran en su mente unos tras otros. Se negó a creer que Azcoy estuviera envuelto en ese asunto... pero entonces ¿quién y por qué?

4.8.09

La marcha de Edaris

Níobe cenaba sola, en su jardín privado. Había despedido a todas sus doncellas menos a Florea, y a toda la Guardia menos al teniente Der.
La tarde había sido increíblemente fastidiosa, con ese juglar tan imbécil como su dueño. Por supuesto, tener que matarle había sido una molestia. Las chinelas de seda jamás recuperarían su color inicial, tendría que ordenar teñirlas de púrpura o algo similar. Y el corsé, igual. Por no mencionar que su papel de dulce doncella frente a Edaris acababa de resquebrajarse seriamente. El Conde era un hombre crédulo, pero ni un niño de ocho años creería que la reina que acababa de apuñalar a un mensajero delante de toda la corte sin que se le moviera una ceja era una inocente damisela.
En todo caso, la ley era la ley. Insultar a una Reina se castiga con la muerte. Sin embargo, ningún razonamiento convencería al más cándido de los shultes de que apuñalar a un hombre por sorpresa es impartir justicia. Por lo tanto - Níobe sonrió-, si ningún razonamiento convencería, habría que convencer de otra manera. Empleando el sentimiento, ese empalagoso sentimentalismo que Níobe tanto detestaba. Si Edaris aún conservaba el más pequeño rescoldo de deseo por ella, lo avivaría hasta convertirlo en un fuego que haría arder su sentido común. A fin de cuentas, los shultes parecían casi genéticamente predispuestos a obligar a su lógica a doblegarse ante el romanticismo, por estúpido que fuera este.
Florea sirvió tres postres ante ella. Níobe tenía pocos vicios, pero los dulces eran uno del que no podría prescindir. Hacía años que había mandado traer al castillo tres cocineras que se dedicaban única y exclusivamente a prepararle postres y a educar a tres aprendizas para que hicieran lo propio cuando les lllegara el momento.
Probó el primero, una crema de turrón con vetas de nata. Delicioso. Pensó en Nyx, que adoraba el turrón; tendría que ordenar a sus cocineras que le llevaran un plato de este postre. Pero, ¿donde estaría su hermana? No la había visto en toda la tarde...
Oyó voces en la puerta y suspiró con fastidio. Quería cenar a solas, sin tener que soportar más tonterías. Su cuota de paciencia para la semana ya la había agotado el difunto Jared. Der se acercó a ella, con pasos cautelosos.

- Mi señora. El shulte -cuando estaba de mal humor, Der era muy parco en palabras- desea veros.

Líbrate de él. Que se largue a componerle tonadas a los tiestos de su habitación, pensó ella. Sin embargo, tomó otra cucharada del postre -el azúcar en su lengua la animó bastante- y asintió levemente. Der volvió a la puerta.
Edaris llegó hasta ella a largas zancadas.

- Señora -su tono era indudablemente mucho más frío que la noche anterior-. He de hablar con vos.
- Por supuesto -concedió Níobe, amable-. Sentáos. Estoy terminando mi cena, ¿deseáis compartirla conmigo?
- En absoluto - se sentó frente a ella-. El espectáculo de esta noche me ha quitado el apetito.

Níobe apartó el plato.

- Deduzco pues que habéis venido a hablar sobre ello.
- Por supuesto, señora. La escena de esta tarde en el salón ha sido completamente dantesca. Me horroriza haber asistido a semejante despliegue de sadismo incontrolado y violencia innecesaria. Señora, he venido a despedirme. No tengo interés alguno en contraer matrimonio con quien es capaz de actuar de semejante modo.

Níobe frunció los labios. Era una opción, desde luego. Tendría que manejarle con cuidado, solo tenía una oportunidad para volver a traerle al redil. Apuntar directamente al corazón y retorcer el mástil de la flecha. Sin dudar.

- Lamento oír esas palabras, señor; sin embargo, comprendo vuestra actitud - procuró parecer contrariada aunque comedida-. Supongo que vos podéis permitiros hacer muchas cosas que yo no. Tal vez de estar vos en mi piel hubiérais actuado de otro modo... Por favor, sed tan amable de compartir vuestra sabiduría conmigo.
- ¡Por supuesto que hubiera actuado de otro modo, faltaría más! ¡Hubiera retado a semejante deslenguado a duelo, y lo hubiera muerto con honor!
- No sé manejar la espada -imprimió a su voz la cantidad justa de dulzura.
- Pudiérais haber escogido un campeón -él no se dejó ablandar.
- Un juglar tampoco es ducho con las armas - señaló Níobe.
- Él también pudiera haber solicitado un campeón.
- Con lo cual moriría su campeón o el mío, aunque probablemente ambos. Dos hombres inocentes. No Jared, quien profirió los insultos contra mí. Eso no es justo, señor.
- ¿Justo? ¿Justicia? ¿Y qué hay de justo en la muerte que habéis otorgado a ese pobre desgraciado?
- Señor, quien roba sabe que lo encarcelarán; quien mata que lo colgarán. Y quien insulta a una Reina, que morirá de inmediato. Es la ley.
- ¡No es lo mismo!
- ¿No? ¿Queréis decir que si un hombre va a vuestra casa y delante de toda la corte viola a vuestra esposa, le retaréis a honorable duelo? ¿O -se puso de pie y se inclinó sobre él hasta que sus ojos estuvieran a la misma altura- le degollaríais en el mismo instante en que intentase tocarla? Sed sincero, señor. Porque si vuestra respuesta no es la segunda, tal vez deberíais plantearos si merecéis tener una esposa.

Edaris dio un respingo. Nadie nunca le había hablado así.

- Por supuesto que jamás le permitiría tocarla, señora, qué...
- ¿Y si no estuviérais delante? Suponed, señor, que vuestra bella dama va a dar un paseo -caminó a su alrededor, con fiereza-. Un rufian se cruza en su camino y la fuerza. O quizá la mata. ¿Seréis capaz de tratarle como a un malhechor cualquiera? ¿Que le capture la justicia, como si en vez de a vuestra esposa hubiera matado a cualquier campesina? ¿Que le juzguen y, tal vez, le declaren inocente? O, por el contrario - le miró fijalmente a los ojos-, vos mismo le buscaríais, le daríais caza como el animal que es, y bañaríais vuestras manos en su indigna sangre aunque os suplicara clemencia?

Edaris titubeó. Sabía cual era la respuesta correcta, la respuesta que un Conde debería dar. Pero no podía mentir. Los ojos de ella le observaban, feroces, ardientes, carentes de cualquier rastro de frialdad.

- Quizá...
- Excelencia -Níobe se apartó de él, observándole con fiereza-, si de verdad debéis pensarlo, ni siquiera deberíais llamaros hombre.
- ¡Cómo os atrevéis! - Edaris se puso en pie, furioso-. ¡Cómo osáis...!
- No, señor - se encaró ella-. Cómo osáis vos despreciarme así por no permitir que un hombre que ha venido a mi casa, que ha aceptado mi hospitalidad y que dice traerme los presentes de un rey que desea mi mano, me escupa a la cara delante de toda mi corte. Jamás permitiré que nadie mancille la sangre de mis antepasados, Excelencia. Ni de palabra ni de hechos. Y si vos esperáis eso de mí, ni siquiera merecéis mirarme a los ojos.

Acababa de cruzar el límite. O Edaris quedaba completa y totalmente fascinado por su determinación, o la declararía de inmediato la guerra por haberle insultado. No quedaba sitio para las medias tintas. Manejar a un shulte era como trabajar con dinamita vieja. Había momentos en que, sin más, o conseguías exactamente lo que querías o te explotaba en la cara.

- No hay manera humana de justificar la muerte de ese hombre -dijo Edaris, pero su voz sonó mucho más débil y titubeante; el enfado había desaparecido para dejar paso al desconcierto y la duda.
- Hacéis bien en marcharos, señor. Vos no queréis una esposa que no se deja pisotear, ni yo deseo un esposo que pretende que permita que me falten al respeto.
- Señora, yo nunca he dicho que debiérais permitir que os faltasen... -Edaris intentó responder, pero ella le cortó. No debía darle tiempo a pensar con claridad.
- Mucho habéis dicho esta noche, Excelencia - Níobe se giró, dándole la espalda. ¿Tal vez debería fingir un par de sollozos? Podría probar, quizá hacerle creer que su abandono era doloroso-, mucho y muy claro. Que penséis que por gusto me mancho las manos de la sangre de un patético mensajero de un Rey insensato dice mucho, señor, y no de mí. No os retengo más. Marchad de Avernarium cuando deseéis.

Recordó el modo en que Nyx lloraba, cuando eran niñas, para conseguir caramelos a deshora. Y lo bien que le funcionaba. Nyx, querida. Espero hacerlo tan bien como tú. Voy a por mi caramelo de tofe.

- He perdido el apetito, señor -dejó escapar un par de sollozos contenidos y giró la cabeza después de permitir a Edaris intuir las lágrimas en sus ojos-. Disculpadme, me voy a dormir.
- Mi señora -la actitud del shulte dio un giro de ciento ochenta grados. Era casi una ley natural que un shulte no pudiera soportar ver llorar a una mujer-, os suplico que perdonéis mis palabras. No lloréis, hermosa dama, os lo ruego. Si he sido demasiado vehemente os manifiesto mi más profundo arrepentimiento.

Níobe hubo de hacer un esfuerzo para no reírse de él, pero consiguió mantener el gesto desolado y trágico.

- Debo marcharme -susurró, rompiendo la voz en el último instante, y echó a andar rápidamente en dirección a la salida del jardín.

Jodido idiota, pensó. Debería exprimirte hasta que suplicaras que te permitiera mirarme.

Escuchó los rápidos pasos de Edaris tras ella.

- ¡Majestad! -la llamó, la urgencia y la preocupación eran transparentes en su voz- ¡Señora! Os lo suplico -avanzó hasta pasarla y colocarse en su camino, deteniéndola- , os ruego en nombre de todo lo sagrado que perdonéis mi rudeza. Yo... yo... señora -le cogió de la mano-, mi hermosa señora, nada justifica que os haya hablado en esos términos, pero comprended mi desagrado ante lo que ha acontecido esta tarde.

Vaya, vaya. Así que hemos pasado desde "me horroriza esa escena dantesca" a "comprended mi desagrado". Pero creo que aún puedo apretarte un poco más, ¿verdad que sí, caballero de brillante armadura y cabeza hueca? ¿Hasta que te disculpes y supliques?

- Excelencia - Níobe apartó los ojos de él-, he tenido un día muy difícil. Lo único que deseo es dormir y descansar.
- Por supuesto, mi señora; permitid entonces que vuestro humilde siervo os acompañe hasta vuestros aposentos.
- No es necesario, el Teniente Der...
- Os lo ruego, dejad que expíe una mínima parte de mi terrible comportamiento con ese nimio gesto.

Níobe le miró, fabricando para él una mirada tímida y desconfiada, matizada con un gesto angustiado. Finalmente, asintió con lentitud.

- Teniente Der, Florea -ordenó-, podéis retiraros.

Permitió que Edaris la acompañara a sus habitaciones. Él no hizo otra cosa que disculparse durante todo el breve trayecto, y Níobe le dejó hacer. Dos guardias protegían la puerta de la antesala de sus aposentos.

- Señora, hemos llegado -dijo Edaris, ignorando a los soldados-. ¿Deseáis que mande a algún sirviente que os traiga un tónico? -preguntó, solícito y preocupado-. Os noto pálida, señora, y parecéis agotada.
- Estoy fatigada -suspiró ella-, hoy ha sido un día terrible.
- Dejad que os traigan una infusión caliente, señora. Os hará bien y descansaréis mucho mejor. Esperad en la antesala, yo mismo iré a buscarla.

Con infinito cuidado, como si manejase algo muy delicado, Edaris abrió la puerta de la antesala y acompañó a Níobe a uno de los sillones. La sentó en él con suavidad.

- Esperad aquí, señora; en seguida volveré.

No tendré suerte y te perderás por las cocinas, botarate...

Níobe asintió y permaneció esperando en el sillón de la antesala. Sus aposentos constaban de cuatro habitaciones: la antesala, la cual daba paso por un lateral a su despacho personal y por otro al dormitorio, el cual estaba comunicado con un baño. Era una de sus excentricidades, encontraba tremendamente relajante el ritual del baño. Un ritual diario, cosa aún más excéntrica.
La antesala era un lugar preparado para recibir a las visitas personales. Varios y cómodos sofás y asientos, una cálida chimenea, tapices y alfombras por doquier. La sala no tenía ventanas, y la iluminación procedía de una lámpara de velas que colgaba del techo.
Trató de relajarse. El papel de delicada damisela era aburrido y cargante, pero aún tenía que interpretarlo un rato más.
Edaris volvió con una taza en las manos. El olor a anís y canela era intenso, y Níobe aceptó la taza de verdadero buen grado.

- Gracias, Excelencia -dijo, poniendo especial cuidado en el tratamiento-. Sois muy amable.
- Es lo menos que puedo hacer por vos, mi señora. Permitid que me disculpe una vez más por mi rudeza, lamento mucho haberos afligido así.
- Estáis disculpado -suspiró ella, poniéndose en pie. Dejó la taza en una mesa y, con deliberada lentitud, alzó los ojos hacia Edaris-. Os deseo un buen viaje de vuelta a Shult, Excelencia; y lamento que las circunstancias hayan sido éstas -se llevó la mano a la oreja derecha y se quitó el pendiente, una pieza de oro labrado con perlas colgando-. Os suplico que aceptéis esta nimiedad -dijo, tendiéndoselo-. Así al llegar a vuestro hogar tal vez recordéis que no todo en Avernarium os disgustó.

Al ver que él no respondía, sorprendido, le dejó la joya en la mano. Sin esperar respuesta, entró en su dormitorio.
Incluso a través de la puerta maciza, pudo escuchar el suspiro de deleite del Shult.

Si mañana no estás lloriqueando a mi puerta, me meto a sacerdotisa. Prometido.

2.8.09

El presente del rey Genar, II parte

Fue casi de inmediato: desenvainaron los isleños y automáticamente tanto la Guardia real como los Shultes hicieron lo mismo. Sin embargo, nadie dio un paso. Níobe estaba en medio, a mitad de camino entre unos y otros. La violencia contenida se palpaba en el aire, pero todos aguardaban, cautelosos. Ni los shultes ni la Guardia se atrevían a desatar la tormenta, por si su reina resultaba muerta en la refriega. Los isleños tampoco daban el paso, estaban en evidente inferioridad numérica.

La tensión en el salón era tal que se podría cortar con un cuchillo. Los soldados isleños situados alrededor de los juglares, Níobe frente al cuerpo aún agonizante de Jared y su propia Guardia cerca del trono, lejos de ella.

Gael sentía una espantosa opresión en el pecho. No podría perdonarse nunca.
Iba a verla morir, atravesada por veinte espadas isleñas. Iba a verla morir a menos de veinte pasos, sin poder impedirlo. Breve y fugaz, un pensamiento revoloteó dentro de su cabeza: vería esa sangre de hielo legendaria derramada sobre el mármol, hermosa como una flor carmesí ... Le temblaron las manos.

- Guardad esas espadas, isleños -ordenó Níobe, indiferente al parecer al peligro-. No os hacen falta. Pero llevaos esto - Níobe le dió un suave puntapié al cuerpo que se desangraba entre ruidosos estertores-, entregádselo a su Majestad Genar. Decidle que es un regalo, una muestra de lo mucho que me ha gustado su presente. Cuentan que el rey tiene un gran sentido del humor... que considere esto -señaló el cuerpo sin cambiar su expresión helada- un sarcasmo.

Su calzado, seda marfil a juego con su ropa, estaba empapado en sangre. Cuando se giró sin inmutarse y, dándole la espalda a los isleños armados, caminó hacia el trono, fue dejando un reguero de pisadas carmesíes sobre el mármol blanco del salón. Se sentó, indiferente, y emitió un suave gañido de disgusto al mirar su calzado.

- Maldita sea -suspiró-, están arruinadas -dijo descalzándose y apartando los zapatos con un suave golpe de talón-. Sandra -hizo un gesto hacia una de las doncellas que observaba la escena, inmóvil, desde las sombras de la sala- tráeme otras chinelas.

Levantó los ojos hacia la concurrencia, unos y otros, paralizados por el asombro y la tensión.

- Os he dado permiso para marcharos -dijo, malhumorada, señalando a los extranjeros-, ¿vais a quedaros ahí de pie toda la noche? Y vosotros -miró con reproche a su Guardia- envainad. Pese a que su majestad Genar ha demostrado ser un imbécil, dudo mucho que sus emisarios lo sean tanto como para intentar atacarnos bajo nuestro propio techo, aún más cuando se encuentran en desventaja numérica.
- Señora, por si acaso...
- Relájate, Capitán, la tensión va a terminar contigo -se burló ella al ver el alivio en los ojos de Gael.

El contingente de isleños se apiñó un poco más y abandonaron la sala con cautela, sin dejar de mirar hacia atrás, como si temieran que en cualquier momento fueran a atacarles. Cuando el pesado portón se cerró tras ellos, Niobe se inclinó hacia Gael:

- Asegúrate de que salen de aquí sin problemas. Quiero que Genar reciba su regalo.

Gael asintió, susurró algo a uno de sus soldados y este abandonó discretamente la sala. Níobe suspiró.

- Enhorabuena, señor -inclinó la cabeza hacia Edaris-. Obviamente, sois el escogido. No soportaría pasarme la vida enterrando trovadores.

31.7.09

El presente del rey Genar

El sonido musical y potente de los clarines anunció la llegada del emisario del Rey Genar. La etiqueta exigía que a un emisario real había de recibirle en el salón del trono, y Níobe siempre conservaba las formas. Siempre. El salón estaba engalanado con pendones que ostentaban la hidra de tres cabezas bordada con las más finas sedas. Níobe estaba sola; los tronos de sus hermanas permanecían vacíos. Tras ella, a pocos pasos, media docena de hombres de su Guardia permanecían atentos y preparados, como siempre. Una reina como Níobe solía procurarles trabajo.
El cortejo de Shult ocupaba el lado derecho del salón. Edaris, Briye y Rivas acomodados en ornamentados asientos y enmarcados por media docena de impecables caballeros shultes.

El mensajero se adelantó. Era un hombre joven, con la delgada y fibrosa complexión de un malabarista. Tras él había al menos una decena de juglares y músicos, y otra docena de pajes llevando cajas ricamente ornamentadas. Detrás del todo, junto a la puerta, permanecía una guardia muy numerosa. Llegarían fácilmente a la veintena de hombres.

- Permitid que me presente, mi hermosa señora -dijo con el exótico y musical acento de los isleños-. Me llamo Jared, y soy miembro de la muy conocida familia de juglares reales de las Islas. Como practicante de las más bellas artes de mi tierra, mi dueño me envía a vos para trasnmitirle sus pensamientos. Magnífica majestad, mi señor os envía este presente. Es su soberana voluntad que escuchéis la música de su bello reino.

Los trovadores comenzaron a cantar, llenando el salón con su música. Interpretaron varios cantares de las islas con un increíble domino de sus artes, pero Níobe detestaba a los juglares casi más que a cualquier cosa. Sin embargo, formaba parte del presente del rey Genar, y como tal debía aceptarlo. con un gesto de amabilidad en el rostro. Bufones y malabaristas acompañaron las músicas con alegres juegos con fuego, pelotas de colores, aros... Los pajes avanzaron hacia Níobe y, a una distancia prudencial, fueron dejando los cofres abiertos que mostraban en su interior las más variadas joyas y adornos.
Finalmente terminaron las canciones, y Jared avanzó de nuevo, esta vez con un tono ligeramene burlón.

- Su Majestad el rey Genar lamenta en lo más profundo de su corazón que hayáis aceptado bajo vuestro techo y aspirante a vuestra mano a alguien de sangre tan inferior a la realeza como meramente un conde. Cree que vos, que sois una mujer inteligente, seréis capaz de razonar y daros cuenta de lo grave de vuestro error. Que la sangre real sólo ha de dormir con sangre real, señora, y hacer otra cosa es deshonra.

Níobe se acercó la copa de vino a los labios pero no dijo nada. Los habitantes de las Islas eran conocidos por su afición a las chanzas y a las burlas, y por un sentido del humor que muchas veces sólo comprendían ellos. Podía ver malicia en sus palabras, sin duda, pero prefirió esperar. Genar era un imbécil de trece años, un niño mimado que tarde o temprano terminaría con el puñal de uno de sus consejeros entre los omóplatos si no cambiaba. eEa probable que hubiera considerado un insulto el tener que competir con un mero Conde por algo a lo que probablemente creía tener derecho.

Los shultes se miraron entre sí, disgustados por las palabras del mensajero. Por supeusto, si la situación hubiera sido otra, ahora mismo estarían haciendo uso del derecho de defender su honor, pero eran invitados e casa ajena. Y si la dueña de la casa no decía nada, ellos, por etiqueta, debían permanecer en silencio.

- ¡Qué osadía! -susurrró Edaris al oído del Consejero Rivas- Si estuviéramos el Shult, ahora mismo...
- Pero no lo estamos, señor -el anciano trató de calmarle, también en voz baja-. Tranquilizáos y dejad esto en manos de nuestra anfitriona.
- Hete aquí que todos gozamos de la belleza de Su majestad - comenzó a canturrear el Jared, divertido. Recitaba un verso y arrancaba aunas pocas notas al laúd, como si improvisase, paseando de un lado a otro-. Pudiéramos gozar de otras cosas si nos lo permitiera, ¿no es verdad?

Níobe enarcó una ceja.

- En lo lejano de nuestras tierras es conocida la Reina de Hielo llamada; de hielo serán sus ojos, más yo diría que bajo las faldas anda acalorada.

Los isleños estallaron en risas sofocadas. Gael se abalanzó hacia el frente, con la mano sobre la empuñadura de la espada, pero Níobe lo detuvo con un gesto. Jared lo vió e hizo una reverencia aún más burlona.

- ¡Ah, señora, vuestra guardia se enfuerece! Le darán a mis palabras más crédito del que merecen -hizo una acrobacia sin dejar de tañir el laúd- Y no es de recibo que me miren tan mal... ¿no sois vos la Reina cuyo puñal -se cambió el instrumento de mano- es más calído que sus besos? Así se cuenta; pero señora, no os lo toméis como una afrenta. No es mi boca de plebeyo quien lo puede atestiguar, aunque digan que hacerlo pueden mil y un millar... -saltó sobre el pedestal de una estatua que representaba un león-. ¡Reina de hielo, cuyos besos son más helados que una puñalada en el corazón! Eso dicen, mi señora, todos los que por vuestra mirada perdieron la razón; y no son pocos, como pocos no son - se sentó a horcajadas sobre el animal - quienes conocieron más vuestras faldas que vuestro corazón!


Con una voltereta espectacular saltó de la estatua y cayó en el suelo, sin perder la sonrisa burlesca e irreverente. La guardia de la reina estaba en completa tensión, esperando un gesto para lanzarse a decapitar a semejante deslenguado, pero Níobe estaba tranquila y no parecía tener ninguna intención de ordenarles nada.

- Así, mi señora - dijo el trovador con su hermosa y aterciopelada voz-, el rey Genar os envía el sano presente del sentido del humor. Espera que lo aceptéis y lo encontréis útil.

Níobe sonrió. Una sonrisa franca, brillante. Se puso en pie e, ignorando las joyas de los cofres, se acercó al juglar. En el salón sólo se óía el susurro del su vestido de seda marfileña, destellando suavemente a la luz de las velas.

- Cuán valioso presente, juglar, y cuán difícil será corresponderle. Pero por lo pronto, tengo algo que tal vez sirva: os entregaré sabiduría. No debéis hablar sin saber, decidle a vuestro señor. Y para que vos seáis más sabio y no habléis sin saber, he aquí que os ofrezco un beso, y vos diréis si es helado.

Se inclinó ante el juglar y depositó un suave beso en su boca. Jared se quedó petrificado. Níobe oyó claramente revolverse a los cortesanos de Shult, escandalizados.

- Yo... Mi señora... Vuestros labios son como el rocío...- sonrió con éxtasis cuando ella se separó.

Níobe dejó escapar una risa burlona e ignoró el comentario.

- Y para ser más sabio todavía, necesitaréis la puñalada con la que comparar mi beso.

Con un solo gesto invocó un carámbano de hielo en su mano derecha y atravesó con él el pecho de Jared, que se quedó unos instantes quieto, mirándola con espanto. Luego bajó los ojos al trozo de hielo hundido entre sus costillas y con un gemido apagado, se desplomó.

En el salón se había hecho un silencio espectral. Níobe dedicó una mirada amable al resto de trovadores, mientras un charco de sangre roja oscura crecía alrededor del cuerpo inerte del juglar agonizante. Una brillante salpicadura de la sangre del juglar cruzaba ahora la marfileña seda de su corsé, trémulamente reflejando la luz de las velas, como si fueran rubíes engarzados.

- ¿Alguno tiene algo más que decirme?

Los soldados de los isleños desenvainaron las espadas y se pusieron en guardia alrededor de la comitiva de pajes y juglares.

17.7.09

Camino de la corte

La Corte de la Reina Consorte Vrila y el Rey Edgar estaba a menos de dos semanas a caballo, pero Adara iba sin prisa. Cabalgaba tranquila, observando los verdes prados de Avernarium. La Reina era feliz mientras paseaba por aquellas tierras que habían sido de sus padres, de los padres de su madre, de los padres de su abuela, y así desde el principio. Mientras avanzaba, barajaba las diferentes opciones que le daba la pócima que se había tomado antes de salir de Avernarium. Había adoptado la apariencia de un hombre fuerte, de unos treinta años de edad, atlético y hábil con la espada. Era uno de los miembros más valiosos de su guardia personal, y era poco probable que alguien la atacara con aquel aspecto. En cambio, como Adara II de Avernarium no hubiera llegado muy lejos sin que todo el Putomundo se enterara.

Durante el tiempo que duró su viaje, Adara tuvo que dormir en posadas de mala muerte a las que no estaba acostumbrada. Algunas mañanas se despertaba con un terrible picor, probablemente de chinches o de pulgas. La comida no tenía nada que ver con los manjares que preparaban para ella en su Castillo. Al menos estaba segura, nadie se inmiscuía en los asuntos de un hombre con aquel escudo en el pecho. Los campos de Avernarium no eran especialmente duros de atravesar, pero había algunos bosques que dejaban exhausto a su caballo. Algunos días tenía que esperar para partir hasta bien caída la mañana, pues no quería lastimar a su montura. A pesar de todo, el viaje estaba ayudando a la Reina a ordenar sus pensamientos y trazar una estrategia adecuada al tamaño de la misión.

Había comunicado a Níobe y Nyx que se iba a conquistar la corte de Vrila, explicando su plan tanto como pudo. Ni siquiera tenía una idea clara, aunque sí sabía que pasaba por la muerte de Hugo. Era una pena no poder disfrutar más veces de él, pero el deber siempre había estado por encima del placer para la joven Reina. El último día del camino se paró a comer en un pueblo cercano a Muitung y entró en la taberna más vistosa de las que halló. Ordenó una codorniz estofada, una jarra de cerveza y un mendrugo de pan. A la dueña le extrañó lo poco que el joven había ordenado, y le instó a comer un poco más; un cuerpo como aquél no se mantendría con una simple codorniz. Adara se dio cuenta de su error y asintió a la sugerencia de la mujer. Adara se alegró de llevar escrita la carta para Edgar, hubiera sido muy llamativo que un soldado se pusiera a escribir en una tasca de mala muerte.

El Rey Edgar era un hombre de avanzada edad, tenía veinte años más que Vrila, su tercera esposa, y la tercera que no le daba descendencia. Al menos había tenido la decencia de no quedarse embarazada de Hugo, su amante. Toda la corte sabía que aquel hombre se acostaba con su Reina, incluido el propio Edgar. Fue él quien pidió a Adara que custodiara en las mazmorras a aquel hombre. Nadie sabía exactamente por qué el Rey había decidido mantenerlo con vida, pero aquella decisión había proporcionado el plan perfecto a la joven Reina. Escribió una carta que entregaría a Edgar tan pronto como accediera a recibirla.

"Estimado Rey Edgar, lamento comunicarle que ha escapado Hugo,supongo que sabe a quién me refiero.Temo que se acerque a vuestro castillo para cometer alguna fechoría. Creo poco probable que vaya directo hacia Muitung, pero os envío a uno de mis guardias personales para haceros entrega de la misiva que estáis leyendo. Ha estado un par de veces más en vuestra corte, espero que lo hayáis reconocido sin problema. Mis hombres están buscando a Hugo en misión secreta, por lo visto golpeó a un guardia mientras era trasladado a la sala de torturas y estuvo en los recovecos de las mazmorras hasta que logró reducir a un guardia novato y hacerse con sus ropas para huir. Tan pronto como sea capturado lo llevaré a vuestra presencia.

Os saluda afectuosamente.

Adara II de Avernarium"

Comió ávidamente, y comprobó que la poción le otorgaba todas las cualidades de la forma que adoptara. Había comido tanto que en el cuerpo de Adara no hubiera resistido una hora de viaje. Puso al galope a su caballo para llegar a Muitung aquella misma tarde. Necesitaba descansar, y su caballo necesitaba unos buenos cuidados tras tantos días de viaje. La audiencia privada con el Rey Edgar fue sobre ruedas y nadie dudó un momento de que Hugo no intentaría llegar allí al menos hasta dos o tres semanas más tarde. El Rey agradeció las atenciones de Adara y le dijo a la forma de su guardia que se quedara descansando en una de las habitaciones de invitados del castillo, podría partir con una misiva para su Reina a la mañana siguiente, cuando él, así como su caballo, hubieran descansado.

Adara durmió profundamente por primera vez en varios días y, a la mañana siguiente, durante el desayuno, dijo a las criadas que se disponía a partir hacia Avernarium tan rápido como Su Majestad Edgar de Muitung le entregara la misiva para su Reina. Adara estaba tomando un buen desayuno en las cocinas de los criados, como correspondía a su apariencia. Mientras hablaba con la criada, el Rey Edgar entró en la estancia y le hizo entrega de un sobre lacrado con su emblema. Le deseó buen viaje estrechando su mano con tanta fuerza que, de no haber sido por el cuerpo que habitaba, le hubiera dislocado algún hueso casi con total seguridad.

Adara, al abandonar el castillo, se dirigió hacia el bosque, y cuando se supo segura abrió la carta.

"Estimada Adara, le agradezco enormemente el aviso. Es una desgracia que ese hombre haya escapado, pero confío en los ejércitos de Avernarium para hallarlo. Si necesitáis ayuda para barrer los bosques podéis contar con doscientos de mis hombres. Hacédmelo saber para poder enviaros la formación. Y avisadme también cuando halléis al maldito, ya no quiero mantenerlo cautivo y con vida, sino darle un castigo ejemplar con mis propias manos. Accedí a los deseos de Vrila de mantenerlo con vida y en vuestras mazmorras. Pero veo, con enorme pesar, que estaba errado. No quiero más riesgos, ese hombre, que se ha atrevido a mancillar mi honor, debe morir. Debería bastar para disuadir a cualquier otro hombre que haya puesto sus ojos en mi esposa.

Os saluda afectuosamente

Edgar XII de Muitung"

El plan estaba saliendo a pedir de boca. Entrar al castillo ahora sería peligroso, pero sin riesgo no hay victoria. Se acercó a una aldea y secuestró a una jovencita de no más de quince años, aquello sería suficiente. Se la llevó al cementerio y la quitó la vida con su daga mientras pronunciaba las palabras que completarían el sacrificio. Quería que aquello pareciera un acto de bandidaje cualquiera, así que robó todo lo que pudo al cadáver, que quedó allí abandonado. Aquella táctica, además, le proporcionaba ropas de campesina con las que acceder al castillo. Había recuperado su edad y su vida no corría peligro. Esa misma noche se infiltraría como una criada más. Todo estaba en marcha y ya no había nada que pusiera en peligro el inminente desenlace de sus maquinaciones. Adara no se sentía orgullosa de haber matado a una pobre campesina. Aunque, a decir verdad, tampoco se sentía muy culpable: aquellos seres insignificantes sólo existían para facilitar la vida de sus Reyes. Y Adara lo sería dentro de no mucho: la orgullosa Reina Consorte de Muitung... hasta la muerte de Edgar.

23.6.09

Ojos que no ven...

El consejero Rivas permanecía sentado en un taburete, en los aposentos reservados para el Conde durante su estancia en el Castillo de Avernarium.

- ¿Y bien, joven Edaris? El Consejo ha escogido a la mejor condesa para Shult. ¿Es también la mejor esposa para vos? ¿Os ha agradado la dama?

El Conde de Shult estaba... bien, exultante debería ser el calificativo. Sonreía abiertamente y tenía la mirada ligeramente perdida, como si estuviera sumido en sus pensamientos.

- ¿Disculpa, viejo amigo? -preguntó.

- Eso me dice todo, creo -el consejero rió quedamente-. No hace falta que entréis en detalles, mi señor, pero...

- Me besó, Rivas -susurró Edaris-. Cerró los ojos y me ofreció sus preciosos labios...

- Jovencito, no deberíais perder la cabeza por un solo beso. Ya no sois un quinceañero -el Consejero se puso en pie y comenzó a caminar apoyándose en su bastón-. Me cuesta creer que la Reina de Hielo, conocida en los confines de la tierra por ser más fría que una noche de invierno, os besase.

- Lo hizo, mi fiel Rivas. Lo hizo. Está claro -añadió- que Su Majestad es víctima de la maledicencia.

- Maledicencia es acusar a un caballero de traicionar a un amigo, de romper su palabra o de serle infiel a su esposa. Una fama de fría semejante no se cultiva de un día para otro, y desde luego que no nace de la nada. Así que os besó, ¿mmm?

- Tal y como lo expongo. Y no creo -declaró, triunfal- que eso sea una muestra de frialdad. Está claro que es la envidia y un comportamiento decoroso y ligeramente altivo lo que ha llevado a forjar ese... ese inadecuado apodo. Claro que una familia que hunde sus raíces en un pasado tan glorioso tiene todo el derecho a mostrarse de manera altiva frente a otros con menos abolengo.

- Ay, mi joven Edaris. Sois tan inocente en ocasiones. De esa mujer todo el Putomundo habla como si fuera más helada que acuchillar a una madre, y vos os empeñáis en lo contrario por una hora de paseo. ¿No veis que bien podría estar fingiendo para congraciarse con vos? ¿Os dio algún indicio a parte de eso de que vos seríais el elegido?

El Conde le miró sorprendido. Tardó unos segundos en volver en sí para poder responder a su ministro.

- Pero, ¿es que no me has oído, Rivas? ¿Tus oídos empiezan a envejecer? Me besó, te digo. Sin duda alguna accederá a ser mi esposa -concluyó con firmeza.

- ¿Todas las mujeres que besan aman a quienes besan? -el ministro suspiró, exasperado- Os ha besado, sí, pero si la oferta de Alysium es mejor id olvidándoos de ella -se detuvo y levantó un dedo-. Se casará con un país, no con un hombre.

- Pues se casará con un país, bien. Pero no creo que esté el país entero frente al altar para decir los votos -suspiró-. De acuerdo. No ha dicho nada. Pero -añadió, al ver que Rivas se disponía a decir algo-, tú conoces tan bien como yo al Rey Genar. ¿De verdad soportarías su mera presencia sólo por conseguir unas cuantas riquezas? Porque eso es lo único que puede aportarle Alysium a Avernarium.

- ¿Y qué puede ofrecer Shult, mi señor? ¿Una guerra a punto de estallar?

- ¿Es... una pregunta retórica, mi buen Rivas? -preguntó Edaris, extrañado.

- Obviamente. Quiero que os deis cuenta de que Alysium puede ser mucho mejor partido que Shult. Y tal vez merezca la pena sorportar a Su Majestad Genar.

- El Condado tiene las mejores tropas de infantería del Este, las gemas y el oro del Espinazo Negro, y comunicaciones comerciales casi inmejorables -enumeró, categórico, extendiendo uno a uno los dedos de la mano derecha-. Yo creo que es para sentirse orgulloso, Rivas.

- Alysium tiene la mejor flota de todo el continente, un mercado de gemas y perlas que duplica al de Shult y un clima encantador. Está bien que os sintáis orgulloso de vuestra patria, pero os insisto en que un beso no es nada.

Edaris desestimó el comentario con un gesto displicente.

- Venga, venga, viejo amigo. ¿Para qué quieres acceso a una flota si no tienes costa? ¿De qué sirve poseer un tesoro incalculable si la llave del cofre lo tienes fuera de tu alcance?

- No sé porqué, joven Edaris, pero creo que la Reina Níobe no es lo que parece - el anciano suspiró y se sentó, tamborileando con sus huesudos dedos sobre la rodilla-. Tal vez deberíais barajar otras opciones... la joven princesa Fianna, por ejemplo, o tal vez la hija mayor del Vizconde Fnaüer...

- La Princesa Fianna es... una gran mujer. Creo que el detallista de Su Majestad hasta le ha mandado construir una puerta nueva a sus habitaciones...

- Joven Edaris -el anciano le lanzó una mirada recriminatoria-. Como conde debéis casaros con lo mejor para vuestro pueblo, no con un hermoso talle. La Princesa Fianna es una dama de gran corazón, extremadamente gentil y generosa. ¿Os casaríais con una bella arpía?

- Discúlpame, te lo ruego -pidió el Conde, sinceramente arrepentido-. Ha sido un comentario fuera de lugar e indigno del mandatario de un gran pueblo como el shulte. La verdad, y pensando sólo por Shult -añadió-, la mejor opción es sigue siendo Avernarium. Y con mucha diferencia. Nuestro mayor problema es el Condado de Erén, y eso sólo se puede solucionar con el respaldo de un poderoso detrás nuestro. Ya sea su nombre o sus espadas.

- No comparto muchas de las decisiones de Avernarium. A lo largo de su historia han demostrado... mmm -el anciano negó con la cabeza-. Me sentiría mejor viéndoos cansado con una mujer honrada que con la Reina de Hielo. Al menos vos seríais feliz. ¿No puedo hacer nada para que, al menos, barajéis otras opciones?

El Conde miró al techo de la habitación, en ademán cansado.

- Rivas, Rivas... eso ya lo discutimos con todo el Consejo. ¡Durante cuatro meses! Las "opciones" fueron barajadas y barajadas, y vueltas a barajar. Al final se decidió, decidisteis, que Avernarium era lo mejor. ¿Vamos a volver de nuevo al punto de partida?

El anciano negó con la cabeza.

- Os he visto crecer, mi señor. He cuidado de vos desde que érais un niño. Ojalá pudiera hacerlo ahora. Vais a pagar un alto precio por el bien de Shult. La Reina Níobe... -sacudió de nuevo la cabeza-. No sé. Es sólo una intuición.

Edaris se levantó y caminó hacia su fiel consejero. Inclinándose, puso una mano sobre el hombro del anciano.

- Rivas, amigo mío. Mi mentor -dijo, cariñosamente-. Has sido como un segundo padre para mí. Tu intuición y tus continuos sacrificios han servido bien al pueblo. Eres la persona más sabia que conozco -le apretó el hombro con suavidad-. Te prometo estar ojo avizor si llegara el caso. Además, como bien dices, si hay que pagar un alto precio por el bien de Shult, estaré más que dispuesto a pagarlo.

El anciano suspiró e hizo un esfuerzo por sonreír.

- Claro. Hablemos... seamos más optimistas. Contadme, ¿cómo es ella? Todavía recuerdo cuando érais un niño y veníais corriendo a contarme que esta o aquella muchacha os había sonreído... cómo pasan los años -el anciano perdió la mirada-. Recuerdo todavía vuestra emoción en aquella primera justa del Solsticio de Invierno, ¿la recordáis? Cuando la pequeña Fare os entregó uno de sus pañuelos...

- Sí, cómo olvidarlo -el Conde sonrió, evocador-. Partí varias lanzas con Sir Bruce, pero al final le descabalgué. Fue glorioso... -suspiró, apartando de su mente recuerdos tan lejanos y volviéndos e a sentar en su asiento-. Pero bueno. ¡Ay, amigo! Sus labios son suaves como los pétalos de una rosa, y del mismo color rojo intenso que la flor. Fue algo tímida al principio, ya sabes cómo son las damas, pero al final acabó rindiéndose a la pasión del beso.

- No me parece una mujer tímida, joven Edaris. De hecho, parece acostumbrada a conseguir lo que quiere sin permitir que nada se interponga -la sonrisa del anciano tembló un instante antes de volver a su sitio-. ¿De qué hablásteis? ¿Cómo es? ¿Frívola, silenciosa, calmada, pensativa, habladora?

- Hablamos de los problemas de Shult. No quiero ser hipócrita y engañarla. Debe saber por qué la quiero como esposa. Tiene ese derecho. De nuestra conversación he sacado que es una mujer directa y decidida, aunque en ocasiones piensa como tú, Rivas -añadió, señalando al viejo.

- Vaya -el hombre suspiró-, será agradable tratar con alguien que tiene los pies en la tierra, para variar. Así que piensa como yo... -esbozó una sonrisa-. Quién lo diría. Sí, sin duda a una shulte ni se le pasaría por la cabeza hablar de política durante un paseo romántico. Os dará quebraderos de cabeza, mi señor - dijo, sin perder la sonrisa burlona-. Llegará el momento en que echéis de menos la docilidad en ella.

- Rivas, ¿cómo decirlo? -perdió la mirada en algún punto sobre el hombro del consejero-. A nivel personal me he cansado de la docilidad de las damas. Sí, es lo apropiado en Shult, pero... Además, lo que necesita el Condado es alguien que tenga los pies sobre la tierra, como bien has dicho.

- ¿Cansado a nivel personal, muchacho? -el anciano enarcó una ceja-. ¿Acaso me he perdido algo? ¿Os habéis vuelto un mujeriego y no me lo habéis dicho?

Edaris enarcó las cejas con fuerza, retirándose incluso hacia atrás por la sorpresa del comentario.

- ¿Un mujeriego? -preguntó-. No, no. Ni lo más mínimo. Me refiero a su presencia. A que anden por ahí revoloteando llenas de suspiros y cotilleos insulsos sin ningún valor -volvió a suspirar-. A veces echo de menos poder hablar con alguien, ya sea varón o mujer, con un nivel cultural como el mío o superior. Tú, por supuesto, quedas excluido de este grupo, amigo mío.

El anciano sonrió, satisfecho por el cumplido.

- Todos vuestros Consejeros son hombres cultos, mi señor. Vuestro primo Wallace era vuestro mejor amigo durante la infancia, no sé porqué terminásteis distanciándoos... Con él deberíais poder entenderos bien. Cuando érais jóvenes todo el mundo decía que parecíais como dos gotas de agua.

- ¿Por qué? Lo sabes bien, Rivas: se ha adentrado en una senda oscura. Dicen -su voz bajó hasta hacerse un susurro-, que ha marchado a las ruinas del templo de Horn, al norte del Cenagal de Raven...

- ¡Dicen, dicen! ¡Habladurías! - se puso de pie, haciendo aspavientos con las manos- Es un Consejero y es vuestro primo. Está fuera de toda sospecha, lo cubran las maledicencias que lo cubran. ¿Acaso confiáis más en una mujer que acabáis de conocer que en un hombre que lleva la sangre que corre por vuestras venas? ¿No os salvó la vida Wallace cuando la escaramuza del arroyo? ¿No habéis compartido nodrizas y maestros de armas?

- De acuerdo, de acuerdo -dijo Edaris, intentado apaciguar a Rivas-. Tienes razón. Pero sabes que no se tomó nada a bien que yo fuera el Conde y él tan sólo un Consejero. Y por debajo tuyo, además, que no perteneces a la familia. Y sabes bien que desde hace unos meses frecuenta compañías... poco recomendables, por utilizar un eufemismo.

- Me niego a creer esas tonterías. También se llegó a decir que el Consejero Ile acudía a... ejem... se hacía acompañar por mujeres de mala vida. Las habladurías salen como hongos a la sombra de los envidiados.

- Sí, claro -dijo, con sencillez-. Sin duda tienes razón, amigo mío.

- Pues entonces, hijo, ¿no creeis que deberíais acercaros al Consejero Wallace? Quizás encontréis en él al compañero que teníais de niño. Hay ciertas cosas que nunca podréis tratar con una mujer, por muy culta que sea. ¿Vais a hablarle a vuestra esposa de lanzas de justas, por ejemplo?

Edaris se levantó de la silla de nuevo. Caminó unos pasos, pensativo, hasta la ventana. Lo cierto es que el bosque que rodeaba el castillo era hermosísimo. Tal vez algo sombrío y salvaje. Como la Reina Níobe.

- Sí, tienes razón, Rivas. Como siempre. Cuando vuelva a Shult -dijo, volviéndose hacia el anciano-, veré a mi primo. Tal vez volvamos a salir a practicar la cetrería, como antaño...

- Me alegro de oíros decir eso, mi señor. El Consejero Wallace es un buen hombre, y desde la muerte de su esposa no ha vuelto a ser el mismo...

Edaris abrió la ventana. Abajo, en el patio de armas, se escuchó un relincho que subió hasta la torre. Edaris se asomó, un hermoso animal negro parecía estar causándoles problemas a los caballerizos. El viento le revolvió los cabellos, una suave brisa que mecía las copas de los árboles en el bosque. Algo del penetrante perfume de Níobe se había quedado adherido a sus ropas.

- ¿Sabes? -dijo, mirando al caballo sin verlo. Inspiró con fuerza, llenando sus fosas nasales con el perfume de Níobe-. Es una mujer muy muy directa, Rivas.

- Pensé que eso os complacía, mi señor -el anciano se acercó una botella y sirvió algo de vino para él en una copa, llevándosela a los labios.

Edaris se giró, dando la epsalda a la ventana.

- Me preguntó cómo estaba de versado en las artes amatorias.

Rivas escupió el vino, con los ojos como platos, y empezó a toser.

- ¿Qué qué? -dijo al tranquilizarse un poco-. Mi señor, creo que os he entendido mal...

- Te aseguro -rió el joven- que reaccioné igual que tú ahora.

- Pero... pero... -el anciano se limpió el vino con una servilleta- Quiero decir, esto... -miró la copa-. Creo que necesito más vino antes de oír qué le contestásteis -volvió a servirse y de nuevo bebió.

- Lo cierto es que intenté soslayar el tema. Creo que fui un poco desconsiderado con ella al hacerlo. Sólo le dejé intuir que tenía experiencia y... -se sonrojó, pues después de todo era shulte- y creatividad en el lecho.

- ¿Experiencia y creatividad? -el anciano abrió aún más los ojos y terminó el resto de la copa de un trago- ¿Creatividad?

- Eso mismo.

- ¿Y qué os... respondió ella? Es... la primera vez que sé de una dama que... mmm.. comenta estos términos... Su-supongo que en cierto modo, es eh... normal. Quiero decir, cuando uno se casa... las actividades... quiero decir, va incluido en el matrimonio.

- Dijo que los shultes somo como niños en ciertos aspectos. Sí, Rivas -dijo Edaris, cruzando los brazos. La brisa nocturna le cosquilleaba la nuca de una forma muy agradable-. Somos muy diferentes. Pero eso a mí no me importa en absoluto. Basta con... acostumbrarse a su manera de ver las cosas.

- ¿Y ella...? ¿Ella es... mmm... tiene...? ¿Experiencia y creatividad? -el Consejero se mantenía en una postura a medias entre el espanto y la fascinación-. En todo caso -de repente pareció recordar su lugar- ¿cómo que tenéis experiencia y creatividad? ¿Se puede saber qué habéis andado haciendo a mis espaldas, joven?

- ¿Acaso crees que yo...? -el joven abrió mucho los ojos, al caer en la dirección que tomaba el comentario de Rivas-. ¡No! ¡Nunca! ¿Cómo puedes pensar eso de mí?

- Joven, el que algo teme algo debe -añadió con la astuta mordacidad de un adulto que pilla en falta a un niño-. Y no he pensado nada, estoy preguntando. ¿De dónde os habéis sacado esa experiencia, si puedo saberlo?

- ¿Recuerdas...? -titubeó al decirlo- ¿Recuerdas a la embajadora del Reino de Gens?

El anciano asintió, esforzándose por parecer severo pero muerto de curiosidad.

- Bueno... el caso es que... -era costoso sincerarse sobre determiandos temas. Sobre todo con alguien tan cercano-. Ehhh... Empezó a interesarse por determinados temas... ehhh... varoniles. Vino a preguntarme sobre cetrería. A partir de eso comenzamos a hablar con bastante frecuencia. Y... bueno -el rubor le había invadido todo el rostro-, le acabé invitando a pasear, a salir de caza, ¿sabes? Después de eso hubo otra vez, al término de una de las recepciones. Y... y luego otra en...

El anciano se había quedado pálido.

- No me lo puedo creer. Pero vos... ¡un caballero sólo toma a una dama por amor! ¿En qué estabais pensando? ¿Esas tres veces han sido todas?

El joven Conde miró al suelo, como un niño al que se le castiga, moviendo inquietamente los pies y retorciéndose las manos a la espalda. Negó.

- ¡Qué pensaría vuestro padre! -el anciano alzó las manos al cielo, levantándose y paseando delante de Edaris- ¡En nombre de la Luz, no me puedo creer lo que oyen mis oídos! -le señaló con el dedo, acusador- ¿Qué más, Edaris? ¡Mas os vale decir toda la verdad?

Edaris se sintió como cuando era pequeño y Rivas le educaba.

- ¡Pero... pero yo la amaba, Rivas! -protestó- Fue algo totalmente consentido por ambas partes. Incluso le escribí poemas. Cuando se fue...

El tono implacable del anciano se suavizó. El también recordaba sus amores de juventud...

- Cuando se fue... ¿qué? -preguntó el anciano- ¿Por eso andábais tan alicaído por aquel entonces?

- Sí -murmuró. La verdad es que todavía le dolía que la hubieran hecho volver a su reino-. Fue la única con la que... con la que... me sentí... vivo. Vivo, Rivas. Desde entonces busco a la que me haga sentir igual, ¿entiendes, amigo mío?

Rivas pensó en su propia vida. En su propia... recordó, perdiendo la mirada. Una lágrima se deslizó por su mejilla ajada por la vejez. Recordó su juventud, a Mariola, evanescente y jovial... Recordó aquella flecha perdida durante la cacería de la Coronación de la Reina de la Primavera. Recordó los estertores, la sangre, el... Sacudió la cabeza.

- Y yo voy a entregarte a un matrimonio de conveniencia -susurró.

- Es de conveniencia para Shult, Rivas. Pero para mí es... Por fin podré llenar el vacío de mi corazón, mi fiel amigo. Creo... -añadió, otra vez rojo como la grana- creo que me he enamorado.

- ¿Os habéis enamorado de una mujer capaz de preguntaros sobre vuestras habilidades amatorias? -dejó escapar una risa burlona- Creo que voy a reirme mucho con todo este asunto. Tal vez -esbozó una sonrisa pícara- deberíais informaros sobre lo que se estila en Avernarium, no sea que os sorprenda...

- ¡Rivas! Podría esperar oír algo así de mi mozo de cuadras, no de alguien de tu edad, por el Juramento de la Luz.

El anciano cabeceó, burlón.












Níobe se descalzó. Sus doncellas la habían desvestido y puesto un delicado camisón de lino antes de ser despedidas.

- Gael, te noto... disgustado -suspiró indiferente.

- No veo porqué, mi señora -el tono frío y átono del soldado.

- No pienso permitir otra salida de tono con el Conde. Te guste o no te guste, es posible que le escoja a él.

- Señora.

- Si me prometo con él, Capitán, echaré de menos distraerme contigo. Dudo mucho que sea tan hábil como tú.

- ¿Señora? - abtrió los ojos, repentinamente sorprendido-. ¿Vos....?

- Le seré fiel, por supuesto -dijo deslizándose entre las sábanas-. En Shult la infidelidad es motivo de divorcio.