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8.10.09

Cenizas

"Tarde o temprano, la Muerte nos alcanza a todos. Por supuesto, se trata de conseguir que sea más tarde que temprano."
Reina Níobe IV de Avernarium.


24/Decimus/año MDXXXVIII después del Año de los Infortunios
Ruinas Blancas.
Estación de las Hojas caídas.
Medianoche.


Níobe negó con la cabeza. ¿Qué? ¿Cómo era posible?
- ¿Adara? -preguntó, su voz agudizada por la juventud y el miedo- ¿Adara? -repitió.
Gael se puso ante ella, desenvainando la espada.
- Retroceded, señora -ordenó, empujándola hacia atrás al ver que no reaccionaba-. Mi Reina, alejaos de aquí. Poneos tras las columnas, buscad algo de cobertura.
- No es posible... -Níobe se negó a aceptarlo. No. No. El deseo auténtico, el verdadero anhelo, la fuerza de su voluntad debían de traerla de nuevo entre los vivos. Si lo que ocupaba el cuerpo de Adara era una de esas criaturas de las que había hablado Sergei, esas cosas que habitaban la Frontera entre la Vida y lo que quiera que hubiera al otro lado...
Y ella no podía hacer magia. Su cuerpo no tendría más de catorce primaveras, quince siendo generosos. Un hechizo poderoso más y perdería la consciencia, tal vez incluso la vida.
- Hermana... -gruñó el cuerpo de Adara, sonriendo-. Vengo a darte las gracias...
La Reina adolescente seguía sin reaccionar del todo, sólo la observaba con espantado estupor.
- ¡Mi señora! -aulló Gael-. Os lo imploro: ¡resguardaos!
- Gracias por traerme... -el cadáver animado, al principio lento y desgarbado, iba adquiriendo coordinación de movimientos y habla-. Ahora, yo te daré la misma bendición.
La que antes fue Adara comenzó a andar más resueltamente, caminando en línea recta hacia Níobe y, por lo que parecía, tratando de pasar por encima de Gael. Éste movió su espada en un arco delante suyo para mantener al cadáver a una distancia prudencial. El tajo abrió la piel de la Reina muerta e hizo manar gotas de sangre del corte. Adara ni siquiera se inmutó. Su rostro continuaba mostrando una sonrisa espeluznante. Asustado, el Capitán Gael no atinó a apartarse cuando el cadáver animado le golpeó en el costado, podría decirse que despreocupadamente, y le mandó a varios metros. Cayó con un sonido metálico y un gruñido al dar contra el suelo. No había soltado su espada. Ahora sí, Níobe echó a correr, casi tropezando con su vestido, a parapetarse tras una de las columnas. Su cuerpo se movía sin que su mente mediase. Desde allí oyó cómo su guardaespaldas se incorporaba y cargaba con un grito contra la aparición. También vio cómo de un potente golpe de su mandoble cercenaba el brazo derecho de Adara, extendido en busca de Níobe. La sangre comenzó a salpicar sobre el suelo de piedra, sobre la armadura de Gael.
- Ven, Níobe -masculló Adara, acercándose más-. Juntas traeremos Muerte a este lugar de Vida.
Jamás la Reina hechicera había estado más asustada. Era terrorífico ver a su hermana... no, ver a aquello que había poseído el cuerpo de su hermana. Aguantaba los tajos de Gael como si la espada no fuera más que una brizna de heno. Nada lo detenía, y cada vez se acercaba más al escondite de Níobe. ¿Qué puedo hacer? Sólo destruyendo su cuerpo podría detener a esa abominación, pero... Un profundo quejido metálico seguido de un gruñido masculino la devolvieron a la realidad. Gael acababa de recibir un puñetazo en pleno estómago al ponerse delante de Adara. Un puñetazo que había doblado la chapa de su peto y le hacía trastabillar en busca de aire.
- Mi señora... huid... ¡huid deprisa! -imploró el Capitán, boqueando mientras movía la espada con dificultad-. No creo... poder entretenerla más.
- Es inútil, Níobe -estaba ya a unos escasos metros-. No trates de retrasar mi regalo. Huelo tu Vida... esa enfermedad de la que pronto te librarás.
- ¡Cállate, abominación! -grito ella, dando dos pasos hacia atrás.
- Ven, Níobe, mi querida hermana... Calma mi hambre con tu sangre, calienta mi cuerpo con tu aliento.
Níobe la miró con horror. Su sonrisa era la coqueta mueca con que seducía a sus amantes, pero sus ojos eran fríos orbes de cristal. La sangre, su propia sangre, manchaba su vientre y piernas y regaba generosamente el suelo que pisaba. La única mano extendida, buscando a la hechicera. Gael, sin claudicar en su empeño de proteger a su Reina, empujó al cadáver con el hombro, visto el poco efecto de sus ataques con el acero. Adara, sin perder la sonrisa, gruñó al verse apartada de su cercano premio y cayó al suelo, resbalando en su propia sangre. Calentar, la mente de la Reina trabajaba a toda velocidad pese a su estupor, calentar su cuerpo. ¡Fuego!. Miró a su derecha, hacia la pared junto a la que descansaban los calderos. Ella no podía hacer magia o seguro que rejuvenecería hasta el no-nacimiento, el terrible destino de su familia, y los intentos de Gael sólo servían para retrasar lo que parecía inevitable. Pero el fuego... El fuego emula el movimiento, da sentido al Alma, es creador de Vida y destructor de Vida. Tal vez también lo fuera de Muerte...
- ¡Gael! -ordenó, mientras corría hacia las grandes lámparas-. ¡Continúa entorpeciéndola!
- Sí... señora -jadeó el soldado, agotado.
- Níobe... Ven a mí...
La Reina, ahora un muchacha de quince años, corrió tan deprisa como pudo. Sentía tras de sí los pasos del cadáver animado, persiguiéndola incansable a través del viejo edificio. Oyó de nuevo el grito de Gael, retrasando a Adara, dándole unos segundos a Níobe. ¿Seguiría vivo? Llegó hasta las lámparas, repletas hasta arriba de aceite aromático que se quemaba en grandes lenguas de fuego mientras esparcía su agradable olor por la gran estancia. Poniéndose tras una de ellas, vio a través de las llamas cómo el cadáver de su hermana se acercaba a ella. Detrás, Gael intentaba, de nuevo, incorporarse. La sangre manaba de un feo corte en su frente.
- Hermana, ven. Dame tu Vida y yo te daré Muerte.
Con un extraordinario esfuerzo, Níobe agarró una de las asas del caldero, dispuesta a volcarlo sobre la criatura que antes había llamado "hermana". Sintió quemarse la piel de sus manos al contacto con el caliente metal. Su joven cuerpo apenas podía con el peso que intentaba levantar, pero la adrenalina le otorgó la fuerza suficiente. Gritando, decidida a acabar con aquello que había convocado, alzó la lámpara, derramando el aceite ardiendo sobre el suelo de piedra, como un reguero de destrucción que se abalanzó sobre Adara. Con un supremo esfuerzo lo terminó de volcar, dejando que cayera con un sonoro estruendo. El cadáver animado de Adara no dijo nada al empaparse del aceite, al ver quemada su piel. Ni siquiera dirigió la vista de sus fríos ojos hacia abajo, sino que dejó que su cuerpo comenzara a prender mientras continuaba avanzando. Níobe retrocedió, temerosa de que su plan no resultara. Entonces la criatura se tambaleó y se vino abajo. Detrás, la figura de Gael se alzaba entre las llamas tras asestar un último golpe. La joven Reina vio cómo el cuerpo mutilado y sin piernas intentaba arrastrarse a fuerza del único brazo que le quedaba. Ensimismada, asqueada e hipnotizada por el espectáculo del cadáver ardiendo, no se dio cuenta de que unos brazos la apartaban del lugar. Sólo tenia ojos para su hermana. La piel desprendiéndose, los ojos derritiéndose. El olor de la carne quemada inundó sus fosas nasales como un río embalsado inunda el valle al romperse la presa. Vio cómo la boca del cadáver de Adara se abría y cerraba, en un intento de decir algo, pero sus pulmones, inexistentes ya, no podían dar aliento a sus palabras. Por fin dejó de moverse, aunque los crujidos de los huesos astillándose por el calor continuaron mucho tiempo después.


La consciencia de que carecía del suficiente anhelo, de la suficiente voluntad para devolver a su hermana a la vida la pesaba incluso más que el hecho de haber tenido que destruir su cuerpo. Sin un ancla material sería imposible volver a traerla. No había segundas oportunidades.
Escuchó lo susurros de los sirvientes llamándola Reina de Hielo, los murmullos del difunto Capitán Gerard siseando que era una mujer sin corazón en el pecho. Las miradas dolidas de Gael por su indiferencia.
Tenían razón.
Su hermana estaba definitivamente muerta porque ella era incapaz de amarla. Porque no había deseado su regreso con suficiente fuerza. Porque carecía de voluntad.
Níobe se dejó caer sobre la piedra fría.
Se sintió monstruosa.

6.10.09

El regreso

"Despierta. Ante ti se halla el Universo, tuyo es para manipularlo a tu voluntad. Aprenderás del dolor, aprenderás de la victoria. Puede que a veces seas vencida, pero no hay lugar para la derrota en el corazón de una hechicera."
Cita con la que las mujeres avernesas de la Famila Real son iniciadas en los misterios de las artes mágicas.


24/Decimus/año MDXXXVIII después del Año de los Infortunios
Ruinas Blancas.
Estación de las Hojas caídas.
Medianoche.




Trece jóvenes doncellas y donceles habían sido reclutados en los Retiros Ciegos, unos ancestrales edificios en lo alto de las Montañas Heladas.
En los Retiros Ciegos habitaban hombres y mujeres en una vida de total soledad, castidad, pobreza y aislamiento. Cuando entraban a formar parte de la Orden se les quemaban los ojos, dejándolos ciegos; y dentro de los Retiros se hablaba lo justo, que era bastante poco.
No sabían a dónde iban, solamente un mensajero de la Reina llegó y les ordenó que le acompañaran. Durante tres días habían viajado sin descanso, en el más completo silencio, como exigía su Orden. Fueron conducidos con la más absoluta discreción a las Ruinas Blancas, un lugar desierto donde en tiempos pretéritos los oscuros y siniestros cultos a dioses olvidados habían tenido lugar. Las blancas piedras todavía conservaban manchas de sangre de tiempos antiguos... y tal y como Níobe comprobó, no sin cierta sorpresa, no tan antiguas.

Había preparado el ritual con cuidado. Memorizado las palabras, los gestos. Repasado una y otra vez los componentes del hechizo. Todo había sido preparado con delicadeza, con precisión, con infinito cuidado. Desde la posición de la luna en el cielo hasta las edades y sexos de los jóvenes e ignorantes sacrificios. Porque la Vida se compra con Vida.
La muda Florea guió con cuidado a cada uno de los eremitas a las posiciones donde la Reina la había ordenado, y en ellas fueron atados. Dóciles, ciegos y casi mudos, ninguno dijo nada. Ninguno sabía lo que se avecinaba. Doce víctimas para comprar la vida de su hermana.
Con delicada precisión, Níobe organizó las doce amatistas, del tamaño de huevos de gallina, alrededor del punto central de un círculo imaginario. El punto central en el que el cuerpo de su hermana, cubierto por un lienzo de seda, reposaba. Sólo la luz de la luna y las ondulantes formas de las llamas de dos grandes lámparas de aceite junto a una pared iluminaban la escena.
- Mi señora -la voz de Gael tras ella, un susurro precavido, casi la sobresaltó-. Permitid que os ruegue una vez más que detengáis esta locura.
- Cállate -ordenó ella, feroz.
Gael tragó saliva y asintió. Detestaba lo sobrenatural. Lo odiaba completamente.
Era el momento. Ahora o nunca. Níobe alzó los brazos hacia el cielo.
- Cum cruore horum insontum te pretium accepi, Mors.
Relámpagos de oscura energía comenzaron a condensarse en el aire. la atravesaron de un lado a otro, como un lanzazo, y luego pasaron a las amatistas, esferas violáceas que comenzaron a flotar reluciendo con suavidad.
- Cum cruore horum insontum te pretium accepi, Mors.
Cada palabra pronunciada era un dolor intolerable, pero no se arredró. Las amatistas vibraron con fuerza hasta estallar, incrustándose sus fragmentos en los cuerpos inocentes de los eremitas, cuyos gemidos llenaron la sala. Los hilos sanguinolentos fluyeron hacia el cuerpo muerto de Adara.
- Vitam per illos mercor.
Y entonces, espantosamente, los sacrificados comenzaron a envejecer a gran velocidad. Adultos de inmediato, ancianos un instante después. Sus voces agudas se agravaron y deshicieron como hilachas. La energía oscura flotaba en el aire, como un torbellino de poder insostenible... Níobe ejercía toda su voluntad en controlarlo. El dolor era espantoso, las Fuerzas cósmicas de proporciones mayestáticas pugnaban por devorarla.
- ¡Vitam per illos mercor!
Los cuerpos murieron y se deshicieron. Níobe temblaba de dolor, rejuvenecida espantosamente hasta una adolescencia olvidada en el tiempo. Las curvas de su cuerpo habían desaparecido, el vestido le quedaba tan amplio que amenazaba con resbalar por sus hombros hasta el suelo. No tendría más de trece o catorce años; los rasgos aniñados de su rostro no dejaban lugar a dudas.
Gael se acercó a ella, solícito:
- Señora, ¿Estáis bien? -inquirió, preocupado. Níobe no le miró.
El cuerpo de Adara se levantó, lenta y torpemente, con una profunda aspiración de aire. El lienzo de seda resbaló por su piel blanca a medida que se incorporaba, como una mortaja. Miró a su hermana con ojos dulces, y abrió la boca para dejar escapar un sonido estrangulado, mitad risa y mitad súplica.
- Únete a mí... -susurró, avanzando hacia Níobe.

21.9.09

La habitación de los durmientes

"Podría decirse que, de todo el Putomundo, Avernarium es el único país con una actitud abiertamente indiferente -si no despreciativa- hacia las religiones. Los pocos que practican alguna religión rinden culto a deidades pretéritas y oscuras que no mencionaré en este tratado; pero hasta la familia Real manifiesta un completo desinterés por la existencia de dioses. Citando a la Reina Eawenn la Voraz, el culto a lo que está más allá de la muerte es para los que mueren."
Extracto de "El dominio de los dioses", del sacerdote ambusí Nerat Jeten.


16/Decimus/año MDXXXVIII después del Año de los Infortunios
Habitación de los Durmientes, Castillo de Avernarium.
Estación de las hojas caídas.


Níobe no lloraba. Nunca lo hacía. Su nodriza solía decir que ni siquiera lloró al nacer. Una exageración, por supuesto; pero sí era verdad que ni siquiera recordaba cuándo era la última vez que había derramado lágrimas de dolor. Ella no hacía eso: guardaba el dolor, lo atesoraba. Lo enfocaba, normalmente hacia la venganza. Era mucho más útil. Y... siendo sincera consigo misma, lo cierto es que prácticamente nunca había sentido pena. O alborozo. O cualquier emoción realmente pasional. Sólo la intensidad de los lazos fraternales, o el placer de la victoria intelectual, o la ira ante la torpeza ajena, o quizá alguna vez la satisfacción de saberse la obsesión de Gael... Pensó que tal vez el apodo de Reina de Hielo estaba bien puesto.
La Reina velaba el cuerpo en una pequeña sala sin ventanas, tapizada de negro. La Habitación de los Durmientes, se llamaba. Generaciones de Reinas avernesas habían sido veladas en esa sala. Miles de cadáveres habían sido vistos por última vez en esa habitación, miles de desconsolados y no tan desconsolados parientes habían derramado sus lágrimas. Esa noche Níobe estaba sola. Las velas proyectaban una luz temblorosa sobre los rasgos embalsamados de su hermana.
La tradición disponía que el cadáver debía vestirse de blanco y adornarse sólo con una corona de flores. Ella misma había recogido y trenzado las rosas blancas, y las espinas clavándose en sus dedos habían sido casi una bendición. El dolor físico hacía olvidar la angustia espiritual. A los pies del cadáver se habían depositado varios de los objetos personales de Adara con el fin de que quien los viese pudiera recordarla. Un laúd, una gargantilla de esmeraldas, una daga.
La Reina de Avernarium, cuarta de su nombre, permanecía quieta en un sillón de terciopelo, mirando fijamente el cadáver. Cogió el laúd con cuidado. Sus dedos largos y blancos tañeron las cuerdas, desgranando una melodía triste, infantil, recuerdo de tiempos casi olvidados cuando las tres niñas vivían libres de preocupaciones.
- Él está muerto. Ni siquiera pudimos hacer que ese bastardo pagase por sus pecados -susurró-. Y yo debería haber sido capaz de romper el hechizo de la zíngara. Lo siento. Yo debería... yo...
Inspiró hondo.
- Averiguaré porqué. Te lo prometo. Sabré quién ordenó tu muerte. Y me aseguraré de que viva una eternidad para lamentarlo.
Se levantó y depositó un suave beso en la frente helada de su hermana.
- Alguien va a pagar por esto, Adara.


Puñal salió del Castillo sin que nadie le viera. Tenía una misión, y nunca fallaba.
Las palabras de la Reina Níobe retumbaron en su mente: "Averigua quién daba las órdenes al Barón y tráelo ante mí. Y a la hija. Tengo un destino especial preparado para ellos dos."


Las misivas de condolencia de nobles de Avernarium y otros países llegaban de continuo. Pero las Reinas habían preferido un funeral privado.
Junto a la tumba abierta, Níobe estaba de pie. Sujetaba un libro abierto entre las manos, el libro favorito de Adara, una de las pocas novelas que tenía en su haber. Comenzó a leer una página que ella había subrayado, su texto favorito. Lord Ducan Nawch, el caballero protagonista, ha descubierto que la que fingía ser su amada Lady Anette Winter es solo Anette, hija de una prostituta, que llevaba años dedicándose a enamorar y arruinar hombres.

- "Hipocresía. Mentiras. A eso os dedicáis. Fingís un aspecto, engatusáis a quienes os rodean. Permitís que os abran el corazón, y mientras vivís en una hermosa casa con lujo y esplendor, vuestras arcas están vacías. Vuestra mera existencia es un engaño. Os hacéis pasar por noble señora y jamás habéis sabido que es tener nobleza en la sangre. Todo en vos es vacío y mentira, todas vuestras palabras no significan nada. Ni vuestro nombre ni vuestro oficio son lo que decís, ni vuestra historia ni vuestra casa. Fingís cultura y sois una ignorante; fingís sabiduría y sois una necia; fingís amor y sois una mujer yerma. No existís, sois solo un personaje equívoco y falso.
Y aún esto podría perdonaros, pero no que difaméis a los hombres honrados. Que para tapar vuestras miserias inventéis ajenas, escupáis sobre otros honores, critiquéis a quienes solo os han protegido. Sois una pérfida infame, señora. No merecéis amor. No merecéis nada. Solo buscáis un títere, un imbécil que asienta cada vez que habláis, que admita como leyes todas estas tonterías que os bailan en la cabeza. Habéis escogido ser una necia.
Y jamás, señora mía, jamás habéis admitido ser la culpable de vuestras desgracias."

Pensó que Adara jamás volvería a leer esas letras...

El féretro fue empujado dentro de la tumba.

17.9.09

El fin de una Era



"Un gobernante no puede permitirse el lujo de la confianza. La confianza es un error, una anticipación al desastre. Porque todo hombre tiene debilidades que pueden ponerlo de rodillas, todo hombre tiene un precio por el que sacrificará cualquier cosa.
El buen gobernante no olvida eso, y lo utiliza. Y jamás cae en el error de creer que hay una excepción a esa norma, porque en política, solo hay una realidad: Nadie es digno de confianza."
Extracto de "Modos y maneras en el arte de gobernar", del filósofo alysio Johann Preverett (Año XXIII antes del Año de los Infortunios).


15/Decimus/año MDXXXVIII después del Año de los Infortunios
Estación de las hojas caídas
Una hora antes del anochecer; en el Salón del Castillo de Avernarium.

La guardia de Nyx rodeaba a la Reina Adara, que permanecía sentada majestuosamente en un asiento de mármol blanco heredado de antepasados pretéritos. La idea de Nyx de que Adara se hiciera pasar por ella era, sencillamente, sublime. El tal Barón no sospecharía, y Nyx conseguiría su objetivo: saber porqué deseaba matarla. Adara echó un ojo a su alrededor, a guardias y cortesanos, a sus hermanas.
El Barón permanecía en medio de la sala, a tres metros de los tronos. Su ropa estaba ajada y deteriorada, pero mantenía un porte altivo. Se encontraba bien rodeado de guardias que le miraban con hostilidad y con ganas de desenfundar la espada para abalanzarse sobre él.
La supuesta reina Nyx frente a él esbozó una amable sonrisa que no engañó a nadie e hizo un gesto con la mano.

- Así que Barón -miró sus ropas y su ausencia de guardia y torció la boca en un gesto de incredulidad-. ¿Es una costumbre en las islas presentarse con tales harapos delante de una Reina? Si a alguno de los Barones de Avernarium se le ocurriera presentarse ante mi con semejante aspecto lo haría azotar hasta desangrarse. No creo que seáis un Barón. Más bien parecéis un mendigo que le ha robado su espada a algún caballero... quién sabe si la habéis robado de alguna tumba mal protegida - Adara profirió semejante insulto con desfachatez, indolente.

Von Deck apretó los dientes. Jamás había permitido semejante insulto, en ninguna circunstancia. Ninguna. Tuvo que recordarse a sí mismo el infantil rostro de su heredera para mantener el autocontrol. Podía elegir: su orgullo o su hija, pero no las dos cosas. Inspiró profundamente.

- Ruego a su Majestad perdone la apariencia exterior de este pobre caballero -hizo una inclinación de cabeza-. Las circunstancias de mi existencia no han sido todo lo gratas que desearía, gloriosa señora, y en los últimos tiempos la fortuna me ha abandonado.
- Así que la fortuna os ha abandonado -se encogió de hombros-. Mi muy estimada dama de compañía -hizo un suave gesto hacia su hermana Nyx- me ha solicitado una audiencia para vos, anunciando que teníais muy graves asuntos que tratar conmigo.
- Así es, mi hermosa señora.
- Hablad, pues.
- Nací en las islas más allá del mar de Brumas, mi señora, y allí conocieron mis ojos el gozo y la felicidad. Yo tenía una familia y un hogar en aquellas tierras escenario de mis días felices; pero ahora mi mujer reposa a la sombra de un roble, mi hija es cautiva y mi hogar ahora son escombros calcinados. El causante de tamaña crueldad pondrá en libertad a mi heredera si acabo con la vida de un desconocido, un inocente que nada me ha hecho y al que nada debo.

Nyx miraba a Níobe, tensa, pero esas palabras hicieron que girase el rostro hacia el Barón. El pánico que sentía se mezcló con una pizca de piedad. Adara sonrió más ampliamente, disfrutando del dolor del hombre.

- Las desgracias de mis nobles me enternecen pocas veces, barón. Menos aún lo harán las de aquellos que ni siquiera pertenecen a mis dominios.

La Reina Adara levantó la mirada. Tras el Barón, Níobe y la gitana se mantenían las miradas. La expresión de la pequeña zíngara era de completa concentración, la de la Reina se asemejaba a una depredadora a punto de lanzarse sobre el cuello de su víctima. ¿Qué estaba ocurriendo?
La voz rota por el esfuerzo de la gitana rompió el momento de silencio.

- Es el momento -dijo la muchacha con voz cavernosa, y sus palabras sonaron como una maldición.
- ¡No! -gritó Níobe, extendiendo los brazos hacia ella. Todos los presentes sintieron la ola de poder mágico que golpeó a la zíngara, desestabilizándola y haciéndola caer... Pero no rompió su concentración.
- ¡Guardias, detened a este hombre! -ordenó Adara.

La Guardia de la Reina Adara intentó avanzar en ese mismo instante, pero una muralla invisible, el hechizo de la zíngara, los detuvo y los volvió aparentes figuras de cristal. La Reina Níobe había conseguido debilitarla lo suficiente como para que la muralla de energía mágica temblara y comenzara a descomponerse, incluso haciéndose ligeramente visible por momentos, pero Armenieta parecía dispuesta a alimentar el hechizo con su propia vida si era necesario. Y estaba dentro de la muralla. Morirá, pensó Níobe. La bruja morirá, pero no será la única.
La Reina de Hielo murmuraba los encantamientos para deshacer la protección de la gitana con tanta velocidad que ni siquiera oía lo que decía. Empeñó toda su fuerza en el intento, y la velocidad de rejuvenecimiento de su cuerpo se aceleró sorprendentemente. No tenía tiempo para eso.
Los presentes en la sala quedaron suspendidos un palmo en el aire, inmóviles, con los ojos vidriosos y el rostro imperturbable. Nyx vio a la zíngara caer al suelo y a Níobe luchar con el hechizo, y dentro de su cuerpo hierático e inflexible en ese instante, sintió los latidos de su corazón desbocado. Algo horrible iba a suceder y ella no podía mover un dedo para evitarlo.
Dentro de la muralla de Armenieta, la Reina se sentía como un animal acorralado.
El barón dio dos zancadas hacia Adara y sin dudarlo, sacó un afilado puñal de su bota.
La reina Adara, haciéndose pasar por su hermana Nyx, no tuvo opción a alejarse, sus pies no tocaban el suelo y apenas podía mover los ojos, sin embargo veía al barón avanzar con su puñal desenvainado. La magia empezó a desaparecer casi antes de haber terminado de formarse. El Barón lanzó una mirada de lástima y agradecimiento a la pobre gitana que temblaba por el esfuerzo.

- Armenieta me protege, Reina - le dijo el Barón a la supesta Nyx, innmóvil ante él.- Os aseguro que lamento tener que acabar con una dama de este modo, pero no tengo elección -avanzó hacia ella-. Lamento tanto tener que hacer esto.

Cuando llegó a su altura hizo una suave reverencia. Ella lo miró horrorizada, completamente espantada, incapaz de moverse. Von Deck se acercó tanto a Adara que pudo notar su respiración helada, sus manos de caballero que hacía dos noches acariciaban a Nyx y ahora sujetaban el puñal frente a la joven reina.

- No tengo elección, mi señora. Nadie podría detestar lo que voy a hacer más que yo.

El barón apoyó la punta del puñal sobre el corazón de Adara, la miró a los ojos y bajó inmediatamente la mirada... por un instante dudó. Pero sólo fue un segundo, con renovadas energías, hundió el puñal hasta su empuñadura en el pecho de la Reina.
Ella notó el acero hundirse en su pecho, avanzar, inexorable. No podía creer que aquel fuera su fin... y éste fue su último pensamiento antes de que su corazón se viera atravesado por el helor de la daga, dividiéndolo en dos y robándole el último latido.

Níobe había rejuvenecido casi cinco años en su cuerpo a cuerpo con la zíngara. En sus ojos de veinteañera brillaba una ficticia inocencia, aunque las formas de su cuerpo todavía se conservaban. La boca le sabía a sangre, pero Armenieta estaba mucho peor. Tenía la mirada perdida, temblaban sus piernas. Finalmente la pobre muchacha cayó de rodillas, pero aún así, se negó a dejar de alimentar el escudo con su misma vida.

Von Deck no pudo mantener la mirada de la Reina Adara mientras la dejaba sin vida...
El hechizo en ese instante comenzó a perder fuerza a la misma velocidad que la había tomado. Los presentes volvieron a posar sus pies en el suelo y pudieron notar como sus miembros obedecían a sus órdenes poco a poco. Nyx avanzó, tambaleante al principio, hacia el barón que miraba cómo su hermana se desplomaba a sus pies. Era tal el odio y la impotencia que invadían el cuerpo de la Reina que su cuerpo recuperó el completo control tras el hechizo y su mente sólo era capaz de mandar mensajes violentos a todos sus miembros.

Mientras la guardia parecía bajo los efectos del peor vino jamás escanciado, Nyx fue como una flecha a por el barón. Tal que si estuviera en un sueño, oyó el grito de su hermana -la única que le quedaba ahora- venir desde detrás de la sala :

-¡Morirás! - fuera del círculo Níobe se dejó llevar por la furia contra la gitana, y de sus manos surgió un torrente de llamas azuladas que golpearon el escudo y comenzaron a atravesarlo, lentamente - ¡Morirás, y sufrirás hasta el infinito! ¡Si valoras en algo tu mísera existencia, si valoras en algo...! " dejó de oír a su hermana. Supo instintivamente que ella se encargaría de la zíngara.

El cuerpo muerto de Adara cayó sobre el mármol, con los ojos aún abiertos en un gesto de rabia. Un murmullo de espanto recorrió el salón.

La ira invadió a Níobe, canalizándose en sus manos, impactando en Armenieta. Durante un ínfimo instante la gitana la miró con desconcierto, y casi inmediatamente ardió por completo hasta convertirse en un pequeño montón de cenizas oscuras.

- ¡Armenieta! -Von Deck se giró hacia Níobe y desenvainó la espada, pero Nyx, la auténtica Nyx, se interpuso en su camino.
Tenía la mirada desencajada, un gesto de completa locura en los ojos. Estaba pálida.

- ¡Yo soy Nyx! -aulló, desafiante, mirándole con asco- ¡Yo soy la Reina Nyx, y ésa a quien has quitado la vida es mi hermana, despreciable alimaña! - se detuvo frente a él, sin miedo, con odio.

Von Deck se detuvo, horrorizado.

- No -susurró.

No podía ser verdad. No acababa de apuñalar a una mujer que nada tenía que ver con sus asuntos. No acababa de apuñalar a una mujer indefensa. Él no. No... Miró a Nyx, cuya desesperación llenaba el aire como un perfume. No tenía que matarla a ella, no podía ser. No tenía que cegar esos ojos que le acompañaban por las noches desde la tormenta en aquella cueva. Dejó caer su espada.

- Nyx -pronunció su nombre.

Níobe contempló lo que sucedió a continuación con una expresión de total incredulidad. Vio como Nyx, enemiga acérrima de la magia y todo lo que estuviera relacionado con ella, extendía la palma de su mano y formaba un aura de pequeño rayos iracundos y relampagueantes. El barón la miraba sin dar crédito a todo lo que le estaba pasando en tan sólo unos minutos, no tuvo el valor suficiente de acercarse más a ella, ni siquiera tuvo tiempo de protegerse, porque la reina Nyx lanzó el aura contra sus ojos antes de que pudiera parpadear. Los rayos entraron por sus pupilas y atravesaron su cuerpo sin compasión, haciendo que el barón se quedara pegado al suelo y que su cuerpo comenzara a emanar humo, olor a carne quemada. Sus ojos no se apartaron de la mujer con la que había yacido poco antes, y pensó en lo irónico de la vida. Justo después, sus pulmones se quemaron por el rayo que los cruzó como una exhalación, y cayó al suelo, junto al cuerpo de su última víctima; la reina Adara.

9.9.09

Ojos líquidos

Los ojos de Nyx reflejaron la furia que sintió al ver al Barón entrar en su salón. Los músculos de su cuello se tensaron y apretó el mentón. Las pecas de su nariz casi desaparecieron con el sonrojado de su piel.

¿Cómo pudo yacer con semejante desharrapado? ¿Cómo no pudo ver antes la sed de sangre en sus ojos? Aún no sabía por qué aquel hombre quería acabar con su vida, pero eso era cuestión de tiempo. La Reina lo siguió con la mirada, lo observó moverse, y en ese instante en que el hombre caminaba sobre el mármol pulido del palacio casi como si flotara sobre él, Nyx podría haber jurado sin equivocarse que la sangre azul corría por sus venas de la misma forma que corría por las suyas. ¿Por qué un verdadero noble venido desde tan lejos, querría acabar con su vida? Y, ¿qué significaba lo de aquella gitana? Esa joven zíngara que lo acompañaba como un mono enroscado a un árbol.

Pero dejó de observar al Barón, algo captó su atención. Como la sombra de una cola de ratón hace que el gato apunte hacia arriba con sus orejas y entorne los ojos, silencioso. De esta manera, Nyx observó cada vez más tensa cómo Níobe se medía con la pequeña gitana y tragó saliva con dificultad, aquello no le gustaba , de repente esa conversación no era para nada importante y ni siquiera oía qué decía Adara y qué replicaba el Barón. Sin embargo todos los presentes, en su mayoría la guardia real, escuchaba y observaba a ambos interlocutores con suma atención y con sus manos en las empuñaduras de sus espadas - por si acaso-. No obstante,  no era ni remotamente tan importante lo que hablaban como lo que estaba aconteciendo tras el Barón.

Sólo Nyx pudo ver cómo las miradas de Níobe y la zíngara proyectaban palabras y números, rayos de sol y de luna, murmuraciones de ultratumba, cánticos de ángeles caídos. Nyx empezó a ponerse en pie, tenía que detener aquello. Todo estaba yendo mal. Todo iba a salir mal. Quiso gritar, quiso avanzar hacia sus hermanas, quiso salvarles la vida... Pero su cuerpo quedó suspendido a un centímetro del suelo y su boca sólo se abrió a la mitad. Sus ojos se volvieron vidriosos, líquidos, lo cual no impidió que su mente captara todo lo que a continuación pasó.

La barrera invisible

Níobe.
15/Decimus/año MDXXXVIII después del Año de los Infortunios
Estación de las hojas caídas.

Una cuarta antes de la audiencia.
Salón Principal del castillo de Avernarium.


Así que Barón Von Deck. El nombre le sonaba, pero no demasiado; aunque Níobe devoraba cualquier libro que cayera en sus manos, los tratados nobiliarios no la apasionaban. Examinó al hombre; pese a su ropa ajada, poseía el porte de un noble. Y -entornó los ojos, a un tiempo fascinada y preocupada- la mirada de un desesperado. De aquel que no tiene nada que perder. Dejó que su mirada vagase hasta posarse en la andrajosa criatura que le acompañaba. El aire a su alrededor rezumaba poder, un poder tosco y desagradable, pero aún así intenso. La situación no era tan inocua como se había esperado en un principio. Avanzó deslizándose entre los presentes hasta situarse más cerca de ella, vio sus puños mugrientos apretados en un esfuerzo de concentración, su mirada enfocándose en ninguna parte, como si su mente estuviera muy, muy lejos...
Cerró los ojos y permitió que su mente avanzase hacia la gitana. Tal y como esperaba, encontró un bloqueo; escuchó el jadeo de sorpresa de la joven zarrapastrosa al sentir una oposición a su hechizo. Níobe abrió los ojos y esbozó una sonrisa perversa, oscura, ávida; la joven gitana sintió un escalofrío.

Armenieta miró a Von Deck, buscando inspiración; ¿sería la última vez que podría mirarle? Apretó los dientes, furiosa. Nadie iba a hacerle daño mientras ella pudiera evitarlo; giró la vista hacia la Reina de Hielo y se concentró en mantener el hechizo. La Reina era poderosa, pero por todos los infiernos que mientras le quedara una gota de sangre en las venas protegería a Von Deck. A cualquier precio. Y desde luego que conocía el precio, se dijo mientras notaba como las fuerzas comenzaban a desaparecerle. La rabia de su rival era intensa, notaba como le consumía por dentro... dolía. Como hierro ardiendo.
Con un siseo ininteligible para aquellos que ignoraban la magia, empezó a recitar más hechizos. Cada vez más oscuros.
Sorprendida, comprobó que Níobe seguía su ritmo sin problemas. Y no parecía nada molesta o preocupada por tener que emplear esa magia tan arcana, malvada y peligrosa...

El Barón y su hermana hablaban, pero Níobe no prestaba atención. Ese rival, esa joven practicante de magia primordial y sin refinar, acaparaba toda su atención. En cualquier otra situación ese duelo de mentes hubiera sido gratificante y entretenido. Esa muchacha era infinitamente más peligrosa que ese Barón. No conseguía romper su concentración, pese a sus esfuerzos. La magia fluctuaba, intensificándose y decreciendo, mientras las dos mentes se acechaban en un duelo no menos peligroso que si estuviera hecho de espadas. El salón continuaba a su alrededor, ignorante de la brutal saña con que las dos mujeres se oponían la una a la otra. Níobe casi rió cuando un hilo de sangre comenzó a resbalar de la fosa nasal izquierda de su oponente, pero casi al instante un sabor a hierro le vino a la boca. Los hechizos empleados no eran suficientemente intensos como para hacerla rejuvenecer visiblemente, pero notaba el familiar cosquilleo de la vejez escapándose de su cuerpo poco a poco.
Eres poderosa, muchacha. Pero yo soy la Reina de Hielo.
La balanza comenzó lentamente a inclinarse a su favor... muy lentamente.

Antes de la audiencia

Adara.
Una cuarta antes de la audiencia.
Salón Principal.

La Reina Adara se removía en el trono de su hermana Nyx. Miró la escalinata, franqueada por dos soldados de su guardia personal y se atusó la falda del vestido se seda salvaje beige juntando luego sus manos sobre el regazo.

Esta pequeña "obra teatral" en la que ella haría el papel protagonista de "Reina Nyx", teniendo en cuenta que la verdadera Nyx estaba sentada en un lateral del salón haciendo el papel de "noble que consigue la audencia" la hizo sonreír ligeramente.

Apenas llevaba un día en casa y sus hermanas ya la habían metido en una historia surrealista. Ella por supuesto estaba encantada de participar, no podían dejar pasar la oportunidad de saber quién y por qué quería acabar con la vida de Nyx. Todo era tan intrigante...

Miró a Níobe a su lado, absorta en sus propios pensamientos. Apenas faltaban unos minutos para que dejaran entrar al tal Barón Fulano. Estaba ansiosa por ver el espectáculo...

...Sin embargo, se dio cuenta de que su ceño se frunció lentamente cuando las puertas del salón comenzaron a abrirse.

29.8.09

Tres Hermanas

13/Decimus/año MDXXXVIII después del Año de los Infortunios

Estación de las hojas caídas.

Una hora antes de la altura mayor del Sol.

Dos leguas al oeste de la aldea de Wer, Avernarium.





Adara cabalgó con su forma original hasta Avernarium. Había realizado rituales, en los que sacrificó a dos jóvenes campesinas, recuperando así los años que el uso de la magia la había hecho retroceder. Estaba contenta y deseosa de llegar a palacio para contar a sus hemanas que estaban a punto de conseguir el Reino de Vrila Y Edgar. "Pobre Vrila" pensó sonriendo. La conquista del Putomundo estaba a punto de empezar de verdad. Se preguntaba cómo irían los planes de Níobe de conquistar el reino de Shult. Confió plenamente en las estrategias de su hermana, no le cupo ninguna duda de que ése, sería el primer reino que conseguirían usurpar en su magistral plan. Con respecto a Nyx, no sabía muy bien qué pensar, desde que conociera a ese herrero, su hermana no daba una a derechas. Pronto se enteraría de cómo estaban las cosas. Apenas le quedaban unos kilómetros para llegar a casa, por fin.



Sin embargo, cuanto más se acercaba, más crecía en ella un negro presentimiento, una nube en su consciencia en forma de confuso presagio que la hacía sentir una extraña inseguridad. Meneó la cabeza para deshacerse de aquellos pensamientos y arreó con fuerza en el lomo de su caballo haciéndolo correr más deprisa.









Lugar; Palacio Real de Avernarium.

Parte del día; Mediodía.



Nyx estaba en sus habitaciones. El sol entraba a raudales por todos los ventanales de la estancia. Hacía un poco de calor, a pesar de estar ya en la estación de las hojas caídas, así que abrió un poco una de las ventanas más próximas a su cama. Una suave brisa se deslizó en la habitación, enrolándose en sus enaguas de seda para luego huír hasta el dosel de su cama. Nyx cerró los ojos y se dejó mecer por el sonido de las hojas secas que se resistían a caer de los álamos, empujadas por aquella brisa.



La Reina, ataviada tan sólo con sus enaguas, cogió de nuevo el pergamino que había sobre su escritorio y volvió a leerlo, recostándose sobre el mullido diván, junto al gran espejo.



Era una carta de Adara. No había lacre oficial ni sello real, pero la letra era sin duda la de su hermana. Obviamente, no había escrito la carta en ninguna mesa de caoba maciza, ni con ninguna pluma de pavo real, ni con exquisita tinta traída de más allá del Mar de Brumas, como la que utilizaban en palacio. Obviamente Adara había escrito aquella misiva en condiciones lamentables. Pero las noticias eran buenas, no obstante.

Adara venía de camino y, traía a sus espaldas el fin del Reino de Mutuing. Nyx sabía que tanto Mutuing como Shult, tenían los días contados como reinos independientes. En muy poco, pasarían a llamarse 'Avernarium' en todos los mapas de Putomundo.



Nyx dejó caer el pergamino al suelo y se observó en el espejo. El pelo castaño y ondulado le caía, brillante, tapándole el pecho. Su vientre pálido hacía un pequeño contraste con la piel de sus brazos y su cara, algo más tostados. Sonrió. Su hermana Níobe se moriría si se diera cuenta de que había dos tonalidades en su cuerpo, pero Nyx no pensaba renunciar a montar cada día en Hierro, aunque eso le costara acabar morena como una campesina.



Mientras se miraba en el espejo, pensó en Azcoy, en cómo solía acariciarla mientras la admiraba. En cómo ella se vestía apresurada tras acabar, para huír de su lado. En cómo el rostro de él se ensombrecía cada vez que ella le abandonaba y cómo se iluminaba cuando la veía volver. Acarició su tripa con la punta de los dedos, haciendo círculos alrededor del ombligo, como solía hacerlo él.



De repente, otras manos se cruzaron en sus pensamientos, otros besos y otros labios la asaltaron en su momento de paz. El recuerdo del Barón poseyéndola en las cuevas, hizo que dejara de contemplar su propia imagen en el espejo. "Maldito seas" pensó, con una mueca de rechazo. "He yacido junto a un hombre que pretende matarme -se levantó del diván y semidesnuda volvió a mirar por la ventana. Los jardines parecían dibujados, apacibles y bien cuidados.- Mañana a primera hora, tú y yo. Veremos quién acaba con quién". Se mordió el labio inferior mientras entornaba los ojos, fantaseando con la muerte del Barón.







Tres horas después de la altura máxima del Sol.

Despacho, aposentos de la Reina Níobe.




Edaris había firmado. La Reina examinó una vez más el documento, con sus trece claúsulas matrimoniales perfectamente redactadas. Había conseguido lo que deseaba en al menos diez; y otras dos eran lo suficientemente flexibles como para aprovecharse de ellas. Guardó la carta en su escritorio; abrió otro cajón y tomó un pequeño frasco.

Ahora tenía otra cosa en que pensar. El próximo invierno se casaría, y por poco que la atrajese la idea, tendría que pasar una temporada en Shult. Necesitaba alguna manera de comunicarse con sus hermanas, y los mensajeros eran demasiado lentos.

Se puso en pie y entró en el baño. En una esquina, bajo la ventana, había una bandeja redonda de plata, bastante grande y profunda, cubierta con un paño de seda. Retiró el lienzo, la luz del sol se reflejó en un espejo bañado en agua, dentro de la bandeja. En realidad no había uno, sino tres, uno debajo del otro; tres hermosos y redondos espejos con marcos labrados en acero, algo fuera de lo común.

Llevaban diez días ahí sumergidos, diez días inmersos en lágrimas. Si todo salía bien, cuando terminase el proceso los tres espejos serían un medio de comunicación entre las Reinas. Abrió el frasco que había cogido del escritorio y, con infinito cuidado, dejó caer tres gotas de un líquido negro en las lágrimas. De inmediato las lágrimas cambiaron de color a un azul tornasolado. Los espejos también reaccionaron: sus superficies oscilaron levemente, como si no fueran completamente sólidas.

Níobe sonrió, satisfecha. Extrajo del agua uno de los espejos: el agua resbaló de él como si fuera impermeable y quedó completamente seco. Estaban listos.

Acarició el metal casi con ternura. En Shult iba a echar mucho de menos a sus hermanas... Envolvió dos de los espejos en seda y llamó a Florea.

- Ve a buscar a Nyx. Tengo algo para ella.

7.8.09

Noche Lóbrega

Adara se puso la ropa de la campesina y se dirigió al castillo de Edgar. Entrar fue relativamente sencillo, y entregarle a una de las criadas de la reina Vrila una llave de la posada y un mensaje para Vrila. Inmediatamente supo que la muchacha haría lo necesario para que su ama acudiera a la cita. Tenía que preparar el vino envenenado para terminar con la Reina silenciosamente.

Unas horas más tarde, y en la otra posada del pueblo, la doncella hizo girar la llave de la habitación, franqueándole el paso a una mujer con un velo. Cuando ésta se quitó el velo, Adara vio que era Vrila. A pesar de que era veinte años más joven que su marido, el Rey Edgar, Vrila rondaría ya los cuarenta. Claro que nadie lo sabía con seguridad, puesto que aquella mujer se mantenía bella y lozana. Vrila reconoció inmediatamente la figura que tenía delante:

-Hugo. No puede ser -su gesto, primero de incredulidad y luego de felicidad, fue un alivio para Adara, que había dudado de si Vrila realmente amaba a Hugo o sólo quería tener a un hombre guapo y vigoroso en su frío lecho-. Espérame fuera, querida, y no entres ni dejes pasar a nadie bajo ningún concepto. Te haré llamar cuando te necesite -la doncella no esperó más, salió de la habitación y cerró la puerta tras de sí.

-Pero es, amor mío -la voz de Adara sonaba exactamente igual que la de Hugo. Incluso sus inflexiones eran las mismas. Ni el mismísimo Hugo hubiera conseguido notar la diferencia, mucho menos una reina que ansiaba reencontrarse con su amante.

-Oí que la maldita Adara te tenía prisionero. Esa asquerosa engreída, consentida y egoísta.

-Así es, querida. Pero he logrado escapar. Esa puta me ató y me violó en las mazmorras. -el falso Hugo escupía las palabras con un deje de asco que hubiera despejado las dudas de cualquiera-. Pensaba que conseguiría sacarme tus secretos, pero no contó con mi voluntad. Cuando me desató para llevarme de vuelta a la celda, le quité su látigo y la até con él al aparato de tortura donde me había sujetado, conseguí robarle una de las espadas que decoraban la sala de torturas y así conseguí escapar, usando el arma para librarme de los guardias. Al fin he llegado. Llevo días escondiéndome y rondando el castillo. Me ha costado encontrar quien te llevara mi nota, casi todo Muitung me conoce y muchos de ellos saben que estoy prisionero en Avernarium. Llevo tanto esperando que no puedo seguir haciéndolo. Ven aquí, brindemos por el reencuentro.

Vrila se sentó junto a Hugo y se quedó mirándole embelesada. Aún no podía creerse que su amado estuviera de nuevo junto a ella. Había perdido toda esperanza de reencuentro al enterarse de que Adara lo tenía prisionero. Nadie había conseguido escapar de las mazmorras de Avernarium en toda la historia del Putomundo, pero su amado sí. Él estaba hecho de una madera especial, y el amor que los unía y que los convertiría en marido y mujer cuando el viejo Edgar se decidiera a morir le había ayudado a zafarse de los barrotes. Vrila chocó su copa con Hugo y bebió un trago largo.

-Te he echado de menos, ¿y tu a mí?, ¿me has echado de menos, amor? -la mujer miraba con auténtica devoción a su amado. Aún no se notaba en su gesto que el veneno estuviera haciendo efecto.

-Claro, amor. Ven aquí -Adara, con un gesto rápido, atrajo a Vrila hasta sí y la abrazó con fuerza. Acto seguido volvió a levantar su copa. -Por un futuro juntos, por la muerte de Edgar y mi restitución como soldado, o como lo que tu quieras, amor mío. Bebamos, pues hoy es el maravilloso día en el que me he podido reencontrar con la mujer a la que más he amado en toda mi existencia.

-¡Brindemos por ello! -Vrila alzó su copa y, de un trago, apuró el contenido. Dejó escapar una carcajada mientras se rellenaba la copa y la alzaba de nuevo. -Y volvamos a brindar, una vez más, porque es demasiado perfecto para celebrarlo con una sola botella de vino.

-Por nosotros. -Hugo alzó la copa y dio un sorbo corto, lo justo para espantar a la mala suerte que se esconde tras un brindis vacío y que podía echar a perder todo su plan como una brisa desbarata un castillo de naipes. -Deja de beber y cuéntame cómo están las cosas por la corte, ¿hay visos de heredero o el idiota de tu marido se ha resignado a la esterilidad?

-Querido, las cosas no han cambiado mucho desde que fuiste capturado. Edgar sigue bebiendo brevajes para potenciar su virilidad y yo sigo bebiendo brevajes para anular mi fertilidad. ¿No crees que podríamos intentarlo ahora? Cada día que pasa me coloca más cerca del demasiado tarde definitivo. Y tengo tantas ganas de ser madre...

-No tienes por qué preocuparte por eso. Ven, abrázame, y sigue contándome qué tal están las cosas, amor mío. ¿Siguen mis hombres al frente de la guardia? ¿Seguimos teniendo alguien en quien confiar para que me permita llegar a ti?

-Sólo nos queda el capitán de mi guardia personal. Todos los demás fueron expulsados de la corte y ahora se ganan la vida defendiendo las fronteras. No vas a poder entrar en el castillo, querido, al menos no sin poner en serio peligro tu vida. Nos encontraremos aquí cada día. Es más seguro. Incluso el bosque es más seguro que el castillo para ti, amor mío. -Vrila bostezó mientras se acurrucaba contra el pecho de Hugo.

-¿Estás cansada, Vrila? Duerme, que yo velaré tu sueño. -Adara no pudo reprimir una carcajada mientras acariciaba el pelo de la Reina.

-¿Por qué te ríes, Hugo? -Vrila volvió a bostezar y sus ojos empezaron a entrecerrarse perezosamente. Estaba a punto de quedarse dormida... para siempre.

-Por nada, amor. Tu sólo duérmete.

Vrila se quedó pacíficamente dormida y su pulso se fue apagando lentamente. El remedio para el sueño ayudó a que la mujer no fuera consciente de su agonía cuando comenzó a ahogarse. No hizo ruido, tan sólo boqueó como un pez al que capturan con una red al salir a la superficie. Se echó las manos al cuello como si quisiera desasirse de algo especialmente molesto, y unos minutos más tarde ya era historia. Sin estertores, sin alboroto, sólo la muerte estaba invitada a aquel espectáculo. Adara abandonó la habitación.

-La Reina duerme, acompáñala el sueño, y dile a Edgar de mi parte que si no puede ser mía, no será de nadie. -La doncella entró en la habitación y se encontró a Vrila recostada sobre la cama, tenía un gesto apacible y sereno. La muchacha se acercó y notó que el cuerpo de la mujer desprendía calor, tras aflojarle los ropajes para que durmiera con mayor comodidad, notó que permanecía extremadamente quieta. Puso un espejo bajo su nariz y comprobó, con pánico, que no había respiración.

-¡Socorro! ¡Ayuda! ¡Por favor, que alguien me ayude! ¡Es la Reina! -la joven gritaba con todas sus fuerzas, pero tardaron un rato en acudir, puesto que la habitación sabiamente elegida por Adara estaba bastante alejada de la taberna de la posada. Tuvo que pasar alguien por la calle, por debajo de la ventana, para escuchar los gritos desconsolados de la joven y acudir en su ayuda. Para entonces, Adara ya había recuperado la forma de su guardia y se dirigía al encuentro de su séquito.

Tras el éxito del plan, a Adara sólo le preocupaba una cosa: no sabía qué edad podría tener. Había estado usando magia mucho tiempo seguido, e intuía que dos no eran suficientes sacrificios, y más teniendo en cuenta que ni siquiera eran jovencitas, sino campesinas despistadas y cansadas de una dura vida de trabajo que se acercaban rápidamente a su fin natural. Claro que no haber recuperado su forma en ningún momento no ayudaba: no tenía modo de saber qué edad tendría, ni qué aspecto. Podría estar al borde del desnacimiento o ser una niña sin fuerzas. Su preocupación cesó deprisa, tan pronto como se dio cuenta de que el punto de encuentro estaba a un día del lugar en el que se encontraba, y de que, seguramente, en el camino podría disponer de alguna jovencita con la que invocar a la parca para que le devolviera su edad. Había unos cuantos pueblos entre el lugar en el que se encontraba y el lugar al que se dirigía, por lo que confiaba en llegar viva y libre de sospechas al lugar del encuentro.

17.7.09

Camino de la corte

La Corte de la Reina Consorte Vrila y el Rey Edgar estaba a menos de dos semanas a caballo, pero Adara iba sin prisa. Cabalgaba tranquila, observando los verdes prados de Avernarium. La Reina era feliz mientras paseaba por aquellas tierras que habían sido de sus padres, de los padres de su madre, de los padres de su abuela, y así desde el principio. Mientras avanzaba, barajaba las diferentes opciones que le daba la pócima que se había tomado antes de salir de Avernarium. Había adoptado la apariencia de un hombre fuerte, de unos treinta años de edad, atlético y hábil con la espada. Era uno de los miembros más valiosos de su guardia personal, y era poco probable que alguien la atacara con aquel aspecto. En cambio, como Adara II de Avernarium no hubiera llegado muy lejos sin que todo el Putomundo se enterara.

Durante el tiempo que duró su viaje, Adara tuvo que dormir en posadas de mala muerte a las que no estaba acostumbrada. Algunas mañanas se despertaba con un terrible picor, probablemente de chinches o de pulgas. La comida no tenía nada que ver con los manjares que preparaban para ella en su Castillo. Al menos estaba segura, nadie se inmiscuía en los asuntos de un hombre con aquel escudo en el pecho. Los campos de Avernarium no eran especialmente duros de atravesar, pero había algunos bosques que dejaban exhausto a su caballo. Algunos días tenía que esperar para partir hasta bien caída la mañana, pues no quería lastimar a su montura. A pesar de todo, el viaje estaba ayudando a la Reina a ordenar sus pensamientos y trazar una estrategia adecuada al tamaño de la misión.

Había comunicado a Níobe y Nyx que se iba a conquistar la corte de Vrila, explicando su plan tanto como pudo. Ni siquiera tenía una idea clara, aunque sí sabía que pasaba por la muerte de Hugo. Era una pena no poder disfrutar más veces de él, pero el deber siempre había estado por encima del placer para la joven Reina. El último día del camino se paró a comer en un pueblo cercano a Muitung y entró en la taberna más vistosa de las que halló. Ordenó una codorniz estofada, una jarra de cerveza y un mendrugo de pan. A la dueña le extrañó lo poco que el joven había ordenado, y le instó a comer un poco más; un cuerpo como aquél no se mantendría con una simple codorniz. Adara se dio cuenta de su error y asintió a la sugerencia de la mujer. Adara se alegró de llevar escrita la carta para Edgar, hubiera sido muy llamativo que un soldado se pusiera a escribir en una tasca de mala muerte.

El Rey Edgar era un hombre de avanzada edad, tenía veinte años más que Vrila, su tercera esposa, y la tercera que no le daba descendencia. Al menos había tenido la decencia de no quedarse embarazada de Hugo, su amante. Toda la corte sabía que aquel hombre se acostaba con su Reina, incluido el propio Edgar. Fue él quien pidió a Adara que custodiara en las mazmorras a aquel hombre. Nadie sabía exactamente por qué el Rey había decidido mantenerlo con vida, pero aquella decisión había proporcionado el plan perfecto a la joven Reina. Escribió una carta que entregaría a Edgar tan pronto como accediera a recibirla.

"Estimado Rey Edgar, lamento comunicarle que ha escapado Hugo,supongo que sabe a quién me refiero.Temo que se acerque a vuestro castillo para cometer alguna fechoría. Creo poco probable que vaya directo hacia Muitung, pero os envío a uno de mis guardias personales para haceros entrega de la misiva que estáis leyendo. Ha estado un par de veces más en vuestra corte, espero que lo hayáis reconocido sin problema. Mis hombres están buscando a Hugo en misión secreta, por lo visto golpeó a un guardia mientras era trasladado a la sala de torturas y estuvo en los recovecos de las mazmorras hasta que logró reducir a un guardia novato y hacerse con sus ropas para huir. Tan pronto como sea capturado lo llevaré a vuestra presencia.

Os saluda afectuosamente.

Adara II de Avernarium"

Comió ávidamente, y comprobó que la poción le otorgaba todas las cualidades de la forma que adoptara. Había comido tanto que en el cuerpo de Adara no hubiera resistido una hora de viaje. Puso al galope a su caballo para llegar a Muitung aquella misma tarde. Necesitaba descansar, y su caballo necesitaba unos buenos cuidados tras tantos días de viaje. La audiencia privada con el Rey Edgar fue sobre ruedas y nadie dudó un momento de que Hugo no intentaría llegar allí al menos hasta dos o tres semanas más tarde. El Rey agradeció las atenciones de Adara y le dijo a la forma de su guardia que se quedara descansando en una de las habitaciones de invitados del castillo, podría partir con una misiva para su Reina a la mañana siguiente, cuando él, así como su caballo, hubieran descansado.

Adara durmió profundamente por primera vez en varios días y, a la mañana siguiente, durante el desayuno, dijo a las criadas que se disponía a partir hacia Avernarium tan rápido como Su Majestad Edgar de Muitung le entregara la misiva para su Reina. Adara estaba tomando un buen desayuno en las cocinas de los criados, como correspondía a su apariencia. Mientras hablaba con la criada, el Rey Edgar entró en la estancia y le hizo entrega de un sobre lacrado con su emblema. Le deseó buen viaje estrechando su mano con tanta fuerza que, de no haber sido por el cuerpo que habitaba, le hubiera dislocado algún hueso casi con total seguridad.

Adara, al abandonar el castillo, se dirigió hacia el bosque, y cuando se supo segura abrió la carta.

"Estimada Adara, le agradezco enormemente el aviso. Es una desgracia que ese hombre haya escapado, pero confío en los ejércitos de Avernarium para hallarlo. Si necesitáis ayuda para barrer los bosques podéis contar con doscientos de mis hombres. Hacédmelo saber para poder enviaros la formación. Y avisadme también cuando halléis al maldito, ya no quiero mantenerlo cautivo y con vida, sino darle un castigo ejemplar con mis propias manos. Accedí a los deseos de Vrila de mantenerlo con vida y en vuestras mazmorras. Pero veo, con enorme pesar, que estaba errado. No quiero más riesgos, ese hombre, que se ha atrevido a mancillar mi honor, debe morir. Debería bastar para disuadir a cualquier otro hombre que haya puesto sus ojos en mi esposa.

Os saluda afectuosamente

Edgar XII de Muitung"

El plan estaba saliendo a pedir de boca. Entrar al castillo ahora sería peligroso, pero sin riesgo no hay victoria. Se acercó a una aldea y secuestró a una jovencita de no más de quince años, aquello sería suficiente. Se la llevó al cementerio y la quitó la vida con su daga mientras pronunciaba las palabras que completarían el sacrificio. Quería que aquello pareciera un acto de bandidaje cualquiera, así que robó todo lo que pudo al cadáver, que quedó allí abandonado. Aquella táctica, además, le proporcionaba ropas de campesina con las que acceder al castillo. Había recuperado su edad y su vida no corría peligro. Esa misma noche se infiltraría como una criada más. Todo estaba en marcha y ya no había nada que pusiera en peligro el inminente desenlace de sus maquinaciones. Adara no se sentía orgullosa de haber matado a una pobre campesina. Aunque, a decir verdad, tampoco se sentía muy culpable: aquellos seres insignificantes sólo existían para facilitar la vida de sus Reyes. Y Adara lo sería dentro de no mucho: la orgullosa Reina Consorte de Muitung... hasta la muerte de Edgar.

8.6.09

La carta

Era una mañana tranquila en el castillo de Avernarium, pero Lys se sentía inquieta. Hacía varios días que la Reina Adara había partido hacia Muitung y se acercaba el momento de entregar la carta a sus hermanas.

Lys recordaba con absoluta claridad cómo Adara, tras pasar unos breves instantes transformada en Hugo, había tomado papiro y pluma para garabatear algo. Lys era analfabeta, y no sentía gran curiosidad por las letras. Salvo en ocasiones como aquella. Viendo las expresiones con las que Adara escribía la carta, deseaba fervientemente saber leer para poder averiguar lo que la Reina contaba al destinatario. Era una misiva no muy larga, a juzgar por las pocas líneas que manchaban aquel papiro. En un momento, Adara dejó la pluma a un lado, dobló el papiro, lo cerró con una cuerda y derritió un trozo de lacre azul claro para sellar la carta. Acto seguido, tomó otro papiro, escribió una carta de similar longitud y repitió la operación con lacre rojo. El sello que Adara había utilizado para improntar el lacre mostraba su escudo de armas. Era un dibujo que Lys podía pasar horas mirando, y además era el único signo que ponía a las cartas que iban dirigidas a sus hermanas.

-Lys, guarda estas cartas en un lugar seguro. Una semana después de que yo haya partido entregas ésta -dijo Adara, mientras señalaba la del lacre azul- a mi hermana Níobe y ésta otra -dijo, tendiéndole la otra- a Nyx. Es muy importante que nadie, bajo ningún concepto, se entere de la existencia de estas misivas.

-Sí, Majestad. Así lo haré.

Lys estaba segura de que ya había pasado una semana desde que Adara partiera, así que se dirigió hacia los aposentos de la Reina Nyx. No resultaba sospechoso que eligiera los aposentos de la Reina cuyos aposentos quedaban más próximos a los de su ama, pero de no haber sido así, le hubiera dado igual. Temía a Níobe y eso era algo que se traslucía en su mirada, prefería dejarla para el final.

Llamó a la puerta con delicadeza y preguntó a una de las doncellas de Nyx si podía entrar a entregar algo a la Reina, tras un momento de espera, la doncella la hizo pasar. Llevaba en la mano un papiro sellado con lacre rojo.

-La Reina Adara me ordenó entregaros esta carta cuando se cumpliera una semana de su partida hacia Muitung -alargó la carta a Nyx y, tras hacerle una reverencia a la Reina, salió de la habitación tan rápido como había entrado.

Lys se dirigió nuevamente a su escondite y tomó la otra carta. Rezando a los dioses para que estuviera de buen humor, se acercó a los aposentos de Níobe y llamó a la puerta. La operación se repitió, sólo que oyó a la Reina decir, desde dentro de la habitación, que la hicieran pasar inmediatamente.

-Majestad, con todos mis respetos, el día que su hermana la Reina Adara partió hacia Muitung me dejó ésto para usted -tendió la carta a Níobe con la mano un poco temblorosa- Me dijo que se la entregara exactamente una semana después de su partida. -Nada más entregar la carta, Lys hizo una reverencia a la Reina, y disculpándose por la interrupción salió de la habitación, no sabía leer, pero no quería arriesgarse a que la carta contuviera malas noticias y que la Reina Níobe matara a la mensajera.

La carta escrita por Adara decía lo siguiente:

Querida hermana, como bien sabes, hace una semana de mi partida a Muitung. En este momento debería estar a mitad de camino, si no has tenido noticias mías es que todo va según lo previsto. Necesito que enviéis al prisionero de la celda ciento trece, Hugo, amante de la Reina Vrila, junto con varios hombres y el capitan de mi guardia, a mi encuentro. Ordena que se queden a un día de camino al castillo y me esperen en la posada de la calle principal. Poned algo a Hugo para que no sea reconocible antes de partir. Podéis darle una poción para transformar su aspecto y enviar con Aaron el antídoto para devolver a Hugo a su forma habitual. No os preocupéis por mi edad, llevo la daga y me encargaré de no volver a la adolescencia. Y no os preocupéis por mí. En caso de que algo me sucediera, el hechizo que conjuré antes de salir del castillo os avisará inmediatamente para que podáis acudir en mi rescate. Ahora mismo deberías estar a punto de saber algo de nuestra hermana, ha recibido una misiva igual que ésta. Os echo de menos, hermanitas.


Adara.

24.5.09

El lago de nenúfares

Nyx se sentó a la orilla del lago del majestuoso castillo. Se descalzó y metió sus pequeños pies en el agua fría, despacio. Se subió la falda del vestido hasta los muslos y miró ensimismada las ondas que producía con el movimiento tranquilo de sus piernas.

Pensó en Adara y en su viaje a Mutuing. En lo arriesgado del plan, y en la magia que había utilizado. Pensó en el precio que su hermana tendría que pagar por ello y sintió un escalofrío. Esperaba ansiosa que todo saliera bien.

A Nyx nunca le apasionó la idea de que su familia tuviera dones, al igual que no le gustaba que nadie más los poseyera. Le daba pavor. Sólo una vez había hecho uso de la magia, hacía mucho años. Y a lo largo de su vida, al recordar ese momento, se aseguraba que jamás lo repetiría.





Ella apenas contaba con ocho años y paseaba con su madre alrededor de ese mismo lago, el calor era tan intenso que las pequeñas sombrillas que portaban, no le servían de ningún consuelo. Pero reían mucho... no recordaba porqué, su madre la hacía reír a menudo. Tenía el mismo pelo que Nyx, -al menos el mismo que hacía unos días, antes de que el fuego acabara con él-.

Recordaba cómo Miral, Reina de Avernarium, meneaba aquella cabellera con gracia y desparpajo. Cómo se trenzaba pequeños mechones mientras miraba al vacío, pensativa. Al igual que ella lo hacía ahora. Era una melena castaña, brillante y ondulada. Le llegaba a la mitad de la espalda, y jamás la peinaba, siempre tuvo un toque salvaje.


Nyx la miraba embelesada mientras la escuchaba hablar. De repente, se giró hacia ella y le pidió que se sentaran juntas a la orilla del lago.

- Nyx - dijo su madre - un día yo no estaré. Y hay cosas que debo ir enseñándote, antes de que eso pase.

- ¿No estarás, mami? - dijo Nyx, sentándose junto a ella, esperando una explicación con la mirada.

- No. Me iré para siempre, como se fueron los abuelos. - su madre la miró con cariño - pero para eso falta mucho. - Sonrió, dejando ver sus paletas separadas y mostrando unos profundos hoyuelos en sus mejillas. Nyx siempre se acordaba de su madre al verse esos mismos hoyuelos en el espejo.

- Ya... comprendo - dijo pensativa Nyx, volviendo la vista hacia el agua. Sus abuelos se fueron juntos un día, a un lugar lejano y jamás volvieron. Ella se prometió en ese instante, que si su madre se iba a aquél lugar, no importaba cuán lejos estuviera, ella iría a visitarla.

- Hay cosas que nuestra familia puede hacer - dijo Miral, sacando a su hija de sus pensamientos... buscó las palabras con cautela - un don, por llamarlo de alguna manera. Podemos hacer cosas que la mayoría de las personas, no pueden. - la mirada intensa de la Reina tenía un brillo especial esa mañana.

- ¡Lo sé! - dijo Nyx recuperando la sonrisa al instante - podemos mandar a la gente que nos pague dineritos - dijo frotándose las yemas de los dedos, con picardía - ... y...y también podemos decir a los soldados: "Córtenle la cabeza a ese campesino isunreto" - exclamó.

Su madre soltó una carcajada. Y luego la abrazó.

- Se dice "insurrecto", pequeña. - le acarició la mejilla y dijo - no me refiero a ese tipo de cosas, Nyx. Sino a otras más especiales y complicadas.


Nyx estaba perpleja. No podía contener su curiosidad.


Vio cómo su madre sacaba lentamente de su corsé, un pequeñísimo frasco de cristal, que contenía un líquido púrpura. Nyx lo miró extasiada, ¿qué era aquella sustancia? ¿Era secreta? ¿Era perfume?

Su madre abrió el delicado frasco con cuidado y lo acercó a la boca de Nyx.

- Bebe. - dijo sin más.

Nyx la miró fijamente un segundo y bebió un poco de aquel líquido. Estaba amargo y era un sabor completamente nuevo para ella, pero no le desagradó. Tragó, sin dejar de mirar a su madre, que ahora la contemplaba seria.

Ahora quítate el vestido, hoy voy a dejar que te bañes en el lago sola, sin nadie a tu lado para vigilarte.

- ¡Mami! - exclamó sin creer su suerte... pero mientras se deshacía del sencillo vestido y lo dejaba junto a la sombrilla, se volvió, de repente extrañada - ¿y si me ahogo, mami? ¡no sé nadar!

Su madre la observó, sonriendo divertida. Nyx la miraba intrigada, con los pies ya en el agua y las pequeñas enaguas blancas como única vestimenta. Los pálidos brazos le colgaban a los costados. Tenía los ojos muy abiertos, esperando una explicación.

- No pasará nada - dijo su madre haciéndole gestos con las manos para que se adentrara más en el lago. -... y tráeme algo bonito del fondo.


Nyx comenzó a andar, mirando hacia atrás cada dos pasos. La mirada de la Reina le daba confianza, y el agua fresca le aliviaba el calor sofocante. Siguió andando, sintiendo los guijarros bajo sus pies, buscando con la mirada algo que brillara, algo bonito para llevarle a su madre. De repente algo llamó su atención, tomó aire y se sumergió. La luz del sol iluminaba el fondo extraordinariamente, movió los brazos para mantenerse abajo, mientras observaba pececillos naranjas y negros alejándose de ella y cantos rodados de todos los colores posados en el fondo. Estaba fascinada con lo que veía. Movió las piernas con torpeza, intentando avanzar bajo el agua, para ver más allá. Había algunas piedras que proyectaban reflejos dorados y plateados y llegó a ellas, lentamente. Sus pies aleteaban y sus manos cogían ávidamente cada piedrecita dorada y plateada, pero no le cabían muchas en las manos.

La luz del sol dejaba ahora sombras y Nyx miró hacia la superficie, dándnose cuenta de lo lejana que parecía. Las sombras eran culpa de los nenúfares que descasaban en el centro del lago. ¡El centro del lago!

Nyx se dio cuenta que había perdido la orientación espacial y lo más aterrador, el paso del tiempo. ¿Cuánto llevaba bajo el agua? ¿Cuánto llevaba sin respirar? El pánico la invadió y soltó las piedras, moviendo las manos sin parar, intentando llegar a la superficie para respirar. Era inútil, el agua pesaba demasiado y ella no sabía moverse, no sabía nadar. Quiso gritar, pero al abrir la boca, vio decenas de burbujas. Una y otra vez. Más burbujas saliendo de sí. Notó que el aire no le faltaba, que a pesar del tiempo que llevaba allí abajo, no sentía la necesidad de más aire del que ya había tomado al sumergirse.

Su cuerpo se fue hasta el fondo como el plomo, mientras su mente asociaba los hechos con el líquido púrpura y la sonrisa tranquilizadora de su madre. Anduvo por el fondo, confusa, sin mirar ninguna piedra, ningún guijarro. Continuó andando, moviendo los brazos para dejar atrás el agua. Empezó a pensar que quizás estaba soñando y quiso despertar, no le gustaba aquel sueño.

La superficie empezaba a acercarse, Nyx no dejó de mirar hacia arriba, esperando encontrar de nuevo la orilla. Anduvo hasta que su cabeza salió al aire libre, se sentía más ligera. Tomó un poco de aire y fue como si no hubiera dejado de respirarlo.

Salió del agua lentamente, y se percató de que estaba en la orilla opuesta a su madre. Cuando el agua le llegaba por las rodillas, Nyx se giró lentamente, con expresión seria. Buscó a su madre con la mirada y la encontró sentada tal cual la dejó. Ésta miraba a su hija con curiosidad, esperando una reacción, una carcajada, un grito.

Sin embargo, lo único que obtuvo, fue la imagen de Nyx andando lentamente hacia el castillo, con la cabeza gacha y las enaguas empapadas.


Nyx sacudió la cabeza. Ese recuerdo la había llevado a pensar en la sensación de asfixia del fuego. Y se dijo que aquel líquido púrpura le hubiera servido de mucho más en aquel momento, que aquel día de calor sofocante, en que su madre le mostró lo que era la magia.

Su barbilla se arrugó e intentó controlar las lágrimas que últimamente salían al exterior con una facilidad pasmosa. Echaba de menos a su madre, a pesar de todo, a pesar de sus extrañezas y sus desvaríos -¿acaso no era ella una copia de lo que su madre fue?- Si aún viviera, si aún estuviera con ella, quizás supiera aconsejarla sobre qué hacer con Azcoy. Explicarle que lo que sentía, no era nada malo, no era nada raro ni impropio de alguien de su rango. Que acabar con Murah era la única opción que había tenido. Que sus planes merecían cualquier sacrificio.

Se tocó el pelo quemado. Si su madre lo viera... ella que siempre estaba orgullosa de que Nyx hubiera heredado su mismo pelo castaño y brillante, salvaje y espeso.

Tras mucho pensarlo, mientras observaba las ondas del agua del lago, sacó de entre sus pechos un pequeño frasco de cristal que contenía un líquido azulado. Lo observó largo rato antes de abrirlo y beber de un trago su contenido.

Cerró los ojos. Al instante notó cómo su melena crecía y le rozaba el cuello, los hombros y caía sobre su pecho lentamente. Lo tocó, sin abrir los ojos y suspiró profundamente, llena de aprensión.

"Adara, pon cuidado al usar tu magia, hazlo por mí" pensó para sí.

15.5.09

Viajando a Muitung

Adara partió del Castillo de Avernarium tras hablar con sus hermanas. Sabían que tendrían que mandar a Hugo hacia Muitung en unos días, los justos para que Adara se encontrara con él a dos días de camino de la corte del Rey Edgar. Ella iba tranquila, galopando sin preocupaciones y aún en su forma. Tendría ocasión de cambiarla más adelante, le gustaba sentir cómo el aire hacía volar sus cabellos y el sol intensificaba los discretos tonos rojizos que se escapaban de su melena castaña. No quería renunciar a esa sensación sabiendo que pasaría al menos dos o tres semanas en forma de hombre.

Mientras atravesaba los verdes campos de Avernarium iba recordando cómo conoció a Hugo. El Rey Edgar había mandado un mensaje con una paloma mensajera, había encontrado a la Reina Vrila en flagrante adulterio con un soldado llamado Hugo. El hombre era alto y muy apuesto, con el pelo oscuro y unas facciones muy cuadradas. Era uno de los guardias personales del Rey Edgar, así que tenía libertad para moverse por todo el castillo sin dar explicaciones a nadie; y aprovechó esa libertad para mancillar el honor del bueno de Edgar y acostarse con su Reina. Las amenazas fueron claras, ambos admitirían los cargos y morirían rápidamente y con el menor sufrimiento. Hugo fue muy astuto y aprovechó un ataque de nervios e ira de Vrila para ponerse unos calzones y una camisa y salir corriendo, para cuando quisieron comenzar la búsqueda ya había escapado del castillo.

Adara recibió la paloma con el pedido de Edgar, si encontraba a Hugo lo mantendría en las mazmorras de Avernarium hasta que decidiera, con la cabeza fría, cómo deshacerse de él. Aquello había sucedido un par de meses antes, y Adara había cumplido las instrucciones de Edgar confiando en que hallaría una buena recompensa. Pero ahora corría el rumor de que Edgar y Vrila estaban conjurando a los arcanos para que ella quedara en estado. Empezaba a encajar todo el puzzle, y Adara recordó que Hugo le confirmó sus sospechas, Vrila no quedaba encinta porque no quería; la astucia que demostró al trazar su plan maestro era grande, sin duda, pero no tanto como la ambición de las tres hermanas De Avernarium. No encontrarían una oportunidad mejor para llevar a cabo la primera conquista.

Las Tres Reinas enviaron a cien de sus hombres a peinar Avernarium, era necesario que se hicieran con Hugo antes que cualquier otro reino adyacente, puesto que en él estaba el futuro de la Casa de Muitung. Adara no quiso quedarse con sus dos hermanas, y salió a buscar al soldado. Le reconoció nada más verle. Era un hombre de una belleza muy superior a la de la mayoría de los Reyes del Putomundo. Sus manos firmes y su expresión dura dejaban entrever una punzada de miedo y nerviosismo. Adara se acercó a él para preguntarle si se había perdido y por qué llevaba ropas de muitungnés en Avernarium, y Hugo mintió bien. Le dijo que portaba un mensaje de Su Majestad Vrila de Muitung para Sus Majestades de Avernarium, y Adara le pidió que la acompañara al castillo y que permitiera que sus hombres les escoltaran. De no haber sido por la paloma de Edgar, Hugo se hubiera salido con la suya, hubiera entrado al servicio de la Casa De Avernarium y con ello hubiera alcanzado la inmunidad diplomática. Pero Adara estaba al tanto de su plan. Tras ofrecerle una comida digna de reyes y hacer que se bebiera él solo dos jarras del mejor vino blanco de las bodegas, vió sin pizca de asombro cómo el hombre caía inconsciente sobre la mesa. Ordenó que lo encerraran en las mazmorras y que tuvieran mucho cuidado con él, era un hombre astuto e inteligente.

Adara recordaba aquel día con total claridad. Poco antes de capturar a Hugo reparó en un caballero ricamente ataviado, cuya faz quedaba en penumbra debido a la gran capucha encarnada con que se tocaba. Su figura emanaba autoridad, y a la vez una distante cortesía. No le dió mayor importancia, dado que no conocía el apellido de aquel caballero. Lo que no podía alejar de su mente era la voz del hombre, de un tono grave y penetrante, ligeramente cantarina. Además recordaba con total claridad sus ojos, la forma en que la miraba no era normal. Había un velo que ocultaba la verdad sobre el dueño de aquellos ojos tristes. Pero su prioridad era dar caza a Hugo, y no podía detenerse por más curiosidad que despertara en ella un simple viajero con ínfulas de grandeza.

Cuando Adara se dispuso a buscar una posada en la que pasar la noche, volvió a ver salir del establecimiento al mismo caballero que había despertado su curiosidad unas horas antes. Se sintió un poco extraña, puesto que tuvo la sensación de que aquel hombre buscaba algo de ella. Sin embargo, Adara no tenía tiempo de andarse con tonterías, así que se sentó a descansar en una tasca, con una jarra de cerveza aguada. Así esperó un rato, hasta perder de vista al hombre, tenía que estar segura de que nadie la seguía cuando llevara a cabo la transformación.

La noche empezó a caer, la Reina se alejó un poco del poblado, y una vez hubo comprobado que estaba sola, tomó las pociones de transformación. Acudió a una posada que había seleccionado durante su visita al pueblo y se hospedó en ella. Usó el nombre del jefe de su guardia personal, que se correspondía perfectamente con su aspecto de hombre atlético y diestro con las armas, y se fue a dormir. Por delante tenía un largo camino y un reino que conquistar. Detrás quedaban sus hermanas cuidando de que en Avernarium no sucediera nada desagradable.