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14.5.09

El abrecartas

El sol empezaba a ocultarse ya entre las colinas de Hyek, al legar al castillo. Nyx, con las ropas rotas y el pelo quemado, fue retenida instintivamente por los guardias, que cruzaron sus lanzas. Se había dado un rápido baño en casa de Azcoy y su cuerpo ya no estaba lleno de tiznones. Aun así, el desconcierto en la cara de los hombres cuando les ordenó que se apartaran, la hizo entender que su aspecto debía ser lamentable.



Ya en sus habitaciones y sin avisar a ninguna de sus doncellas, se preparó un baño por sí sola. Quería relajarse antes de mirarse al espejo. Quería pensar tranquilamente en cómo iba a proceder con Puñal. Sólo una vez había visto a Evahl actuar como Puñal. Y aún sufría escalofríos cuando lo recordaba. Lo que no le había pasado por alto, había sido sus harapos, acostumbrada siempre a verlo como el refinado secretario que no escatimaba en detalles. Sus harapos y sus botas dispares. "Maldito Evahl" pensó la Reina entrando en el agua.




Iría directa a su despacho; si no estaba allí en la puesta de sol, no llegaría mucho más tarde. Recordó de nuevo el incendio, cerró lo ojos en intentó controlar su propia respiración. Les escocían las heridas de los codos, debería llamar al médico para que le echara un vistazo, aunque los ungüentos de las mujeres de Hyek, la habían aliviado más de lo que esperaba.




No tardó demasiado en salir de la bañera y envolverse en una enorme toalla de algodón blanco, que olía a azahar, como todas sus ropas. Se secó deprisa, tan ansiosa por mirarse en el espejo como aterrada.




Se puso de pie frente al gran espejo que colgaba de la pared opuesta al ventanal, y miró la imagen que se reflejaba con calma, lentamente, desde abajo. Miró sus blancas piernas bien torneadas, y su entrepierna, poblada de vello castaño. Miro su ombligo y descubrió sus manos apoyadas en su estrecha cintura. Miró sus pechos turgentes y sus pequeños pezones rosados, y descubrió que su melena no llegaba ya hasta ellos. Cuando su vista llegó a las clavículas y a sus hombros, comprobó que estaban más desnudos que nunca.


Miró su cara, como un óvalo perfecto, y se horrorizó al ver sus pequeñas orejas al descubierto. Sus labios parecían más llenos y su naríz más pequeña. Sus ojos castaños y rasgados, tenían un nuevo aire masculino. No lloró al ver su cabello, que tenía el mismo aspecto que el de un chico. Incluso debería cortarlo más, para acabar con las puntas chamuscadas.




Respiró hondo y se vistió aprisa para ir directa a por Evahl...



...de cuya vuelta al castillo de las tres reinas nadie se dio cuenta. Nadie nunca se daba cuenta de sus idas y venidas hasta que ya habían sucedido, a no ser que él así lo desease.



Apenas llegó, pasó por las cocinas camino de su estudio, escamoteando un pastelillo de miel. Por los pasillos, sonrió a las sirvientas más jóvenes con picardía, pero todas apartaron la vista, una de ellas incluso tuvo la decencia de sonrojarse. Frunció el ceño al perderla de vista por un instante, ya que no la había reconocido. Él reconocía a todos los siervos del palacio. A TODOS. Pero no podía permitirse mostrar preocupación cuando era Evahl.



Fue al ala de palacio donde se encontraban los aposentos de Nyx, pasando ante los contables y escribas a su servicio, encargados de las cuentas de palacio. Él, como secretario principal y jefe amanuense, debía guardar las apariencias, así que hizo una corrección aquí y otra allá, atento a todos los números. Penetró después en su estudio, pero dejó la puerta entreabierta a la vez que jugueteaba con el pastelillo. Dentro, con los brazos cruzados y porte imponente, estaba Su Excelsa Majestad Nyx. Debía haber supuesto que no tardaría en enterarse. Sus nuevas amas disponían de más recursos que los amos que había servido anteriormente. Le indicó con un gesto que cerrase la puerta, y él lo hizo. Parecía enfadada, por la rigidez de sus brazos y la expresión acerada de sus ojos.



De pronto, el jefe amanuense se quedó petrificado en el sitio, contemplando casi con estupor lo que quedaba de la espléndida melena de su señora, ahora un peinado más típico de algún mozo de cuadra o paje. Sabía sumar dos y dos. Sabía que ella no se habría rebajado a cortarse su magnífica cabellera, de la que estaba tan orgullosa, así que algo la había obligado. Olía a jabón y a perfume, pero aún pudo percibir el acre tizne a humo y fuego que desprendía. Sintió una fría certeza subir por su columna vertebral.



Mientras pensaba todo esto, no mostró señal alguna de lo que rondaba por su mente.





Nyx se acercó a Evahl, y cuando lo tuvo enfrente acercó su diminuta nariz llena de pecas al cabello del hombre. Se echó hacia atrás, asintiendo casi imperceptiblemente. No le cabía duda, olía tanto a humo y a madera quemada, que era imposible que no hubiera sido él. Lo miró a los ojos un instante, seria. Parecía dubitativa, pero sólo era una manera de desconcertar a su secretario antes de propinarle un tremendo rodillazo en la entrepierna. Descargó todos sus fuerzas en el golpe, y cuando Evahl gritó y se plegó sobre sí mismo por al dolor, puso un tacón sobre su hombro y, suavemente, lo hizo caer al suelo.




- Es un regalo, dáselo a Puñal cuando lo veas - dijo Nyx dejando al hombre gimiendo en el suelo del estudio.




Se giró, dándole la espalda y se acercó a la mesa, de donde cogió un abrecartas de plata adornado con el sello real. Se acercó de nuevo al hombre, su respiración era ahora más acelerada. La ira la iba invadiendo por momentos. Se agachó sobre el joven, puso bruscamente la punta del abrecartas bajo la oreja de Evahl, un corte profundo justo ahí, y se desangraría antes de que ella sacara el arma.




- ¡Ahora dime, traidor! - exclamó la Reina - ¿Por qué has intentado algo semejante, maldito?




- Mi ama - musitó con un tono de voz quedo Evahl sin intentar levantarse siquiera, mirándola desde el suelo con gesto de nuevo impasible, como si no acabase de humillarlo como a un perro - Sólo Sirvo, mi ama. Hice lo que consideré oportuno.Era una distracción, y una amenaza a vuestra posición. Debo ocuparme de que podáis concentraros en la Conquista, y él... era peligroso. Demasiado como para seguir con vida. Lo sería más, incluso, después de enterarse de la muerte de su prometida, mi ama.




Nyx lo miró airada. Debería darle muerte en ese instante, con ese abrecartas. Sin embargo se puso en pie, y lo obligó a que él hiciera lo mismo con una orden rápida y colérica.




- ¿Acaso te ordené yo que hicieras tal cosa? - volvió a gritar, empezó a pasearse rápido de un extremo a otro de la estancia, con el afilado abrecartas en la mano - ¿No pensaste ni por un momento que podrías estar firmando tu sentencia de muerte, estúpido inútil?



- Lo siento mucho, mi ama - Evahl permaneció erguido, la vista clavada en algún punto inexacto en la pared, o quizá en algo que había más allá de la pared, con las manos entrelazadas a la espalda, y cierto aire de rectitud militar que le hacía parecer aún más grande de lo que ya era. Pero no en actitud intimidatoria. No con ella.




Nyx miró al hombre que llevaba una década a sus órdenes. Siempre supo que no hacía falta ordenarle según qué cosas, pues en muchas ocasiones él se adelantaba a sus deseos, sin embargo esta vez, había ido demasiado lejos, y además, había errado estrepitosamente.




- Debes saber - dijo la Reina apuntando a la cara del hombre con el abrecartas - que conservarás la vida porque tu plan se ha ido al traste. Ni para eso sirves ya. Pretendías matar a un simple herrero, al que nadie protegía, ni tan siquiera miraban, y has fracasado.- Nyx intentó calmarse respirando profundamente y le dijo al secretario sin tan siquiera mirarlo - No volverás a cruzarte con Azcoy. Si te lo encuentras por casualidad en algún sitio, abandona el lugar inmediatamente. Si lo hueles siquiera, esfúmate. No quiero que vuelva a ver tu cara en el resto de su vida. Ni que tú veas la suya. - Se volvió hacia el hombre y dijo con voz queda - Si matan a Azcoy, aunque no seas tú, lo primero que haré será matarte y luego preguntaré si fuiste tú el culpable. No habrá una segunda advertencia, Evahl. Te estaré vigilando. Mucho tiempo.



Por un momento, el férreo autocontrol del Marcado se perdió. Sus ojos se desorbitaron, mirando con fijeza a su señora, y la mandíbula le tembló, así como las manos. Incluso las piernas le flojearon. Por un momento. Después, lo único que dejaba traslucir era determinación.





Nyx pasó a su lado para marcharse. Evahl suspiró de alivio, pero la sangre empapándole la camisa le sorprendió. Una punzada de dolor le atravesó la oreja, o el lugar donde debería estar. Nyx sujetaba su abrecartas ensangrentado en una mano y la oreja derecha de Evahl en la otra.




- Esto por mi pelo - dijo tirándola al suelo con una mueca de repulsa.

27.4.09

Puñal y Evahl


Puñal se deslizó en el pueblucho y entró a la herrería sin que nadie se percatara. Hoy era Puñal.


De aspecto vulgar, cierto aire vago e incierto que hacía que la gente apenas repare siquiera en su insulsa presencia, con lo que antaño fue un peto de cuero pero ahora hacía las veces de chaquetilla sobre una simple camisa de paño con los cordones del cuello desanudados, y calzas oscuras y gastadas, amén de botas desparejas que parecían a punto de desmoronarse, su apostura no llamaría la atención a nadie para que se fijase en su rostro, lo que de inmediato habría captado la atención de cualquiera que viese más allá de la aparentemente ninguneable persona de aquel individuo.


A pesar de tratar de mantener un gesto impasible, tenía arrugas en el ceño, de fruncirlo, y un brillo extraño, inquietante, en lo más profundo de sus ojos color miel; una nariz prominente, aunque no fuera de lugar en las duras facciones, que parecían esculpidas y afiladas por un herrero. Su labio superior era fino, pero el inferior resaltaba ligeramente, y en su mentón asomaba una barba de varios días que nunca parecía crecer ni ser afeitada. Una pequeña cicatriz, blanca como la nieve sobre una piel no poco pálida, recorría su sien izquierda. En secreto, bajo las ropas llevaba más de mil marcas con el mismo tamaño y forma, retazos de un duro adiestramiento en un lugar no menos duro, cuyo nombre incluso los más tiranos pronunciaban con cautela. La que lucía a plena vista sólo indicaba el fin de su entrenamiento, una especie de regalo de despedida para cuando saliese de las negras murallas de Coh'Gorza, un recordatorio de no volver, y de buscarse una vida lejos del hogar de los Sombras de la Niebla, más comúnmente llamados Los Marcados, y secretamente, en susurros temerosos y cuentos para asustar a los niños, apodados Desposeídos. Aunque la gente los llamase Marcados, nadie era capaz de reconocer esa Marca, sin embargo.


Alto y esbelto, caminaba la mayor parte del tiempo con andares desgarbados, para no parecer una amenaza a nadie hasta que ya fuese demasiado tarde. No corpulento, aunque de fibrosa y marcada musculatura bajo las ropas, forjada como el acero de una buena espada, a golpes de martillo y llamaradas. Así podría definírsele, si se fijase alguien en él más que el vistazo que suele confirmar su prescindibilidad. Como el acero, duro y frío.Y toda su dureza y frialdad, toda esa amenaza velada a medias en su mirada, una de las miradas más peligrosas y aterradoras de Putomundo, era precisamente el arma necesaria para localizar y derribar enemigos contra los que, a veces, no convenía tomar medidas abiertamente.

Enemigos que no podían permitirse humillar por un motivo u otro.

Enemigos de esos que se guardan en casa.

Pero el enemigo que había encontrado por casualidad ese día no era nada de eso. Era una simple amenaza fortuita a los planes de sus señoras, pero su obligación era que esas amenazas, para empezar, NO existiesen. De algún modo, todo aquel asunto del juguete de Su Majestad Nyx había sido llevado en secreto hasta ahora, pero la posibilidad de errores futuros, y de descubrir la aventura, ya era bastante para que él tomase un curso de acción sin consultar a sus amas antes.


El herrero, un joven alto (más que él, algo poco usual) de anchos hombros y musculatura curtida por el trabajo en la forja, martilleaba sobre una anilla de metal que seguramente se usaría para la rueda de un carromato. Reconocía a un buen artesano cuando lo veía, ya que él mismo tenía formación golpeando el metal candente sobre el yunque, pero eso no hacía que sintiese más empatía hacia ese tal Azcoy, cuyo nombre había oído de pasada en las mazmorras mientras otorgaba a un reo demasiado impaciente y que había dejado de tener utilidad la que sería su última comida. Al parecer, sus amas habían capturado a la prometida del afortunado (o desafortunado) hombre que gozaba de las atenciones de su señora, y la habían asesinado después de que la Ama Níobe mencionara sus planes de conquista (la Ama Níobe nunca mencionaría algo así por casualidad, estaba convencido de que lo había hecho a propósito para que la Ama Nyx se viese obligada a acabar con aquella campesina).


Se detuvo un instante, observando el lugar de trabajo, buscando fisuras, sin que su presencia fuese advertida. Sus Majestades no le habían dado ninguna orden. Es más, por lo que había oído, probablemente Nyx se habría negado a su curso de acción, por motivos personales (aunque ella lo negaría incluso con vehemencia), y Níobe también habría dicho que no, para tener algún modo de que su hermana reaccionase, bajase de las nubes y se concentrase en lo realmente importante que se traían entre manos. Pero era una amenaza. Y él acababa con las amenazas, sirviendo a sus amas como mejor dispusiera. Incluso podrían haberle ordenado expresamente que no interfiriera en el asunto, y él no habría podido desobedecer. A veces, uno debía actuar por su cuenta para hacer lo que creía mejor.


El tipo dio media vuelta, examinando la anilla de hierro, y, al alzar la vista, dio un respingo por ver a ese extraño parado de pie en mitad de su herrería, observándolo todo con aire de inocencia.


- No os había oído - murmuró echándole un vistazo de arriba abajo. Parecía el típico campesino, a pesar del sigilo con el que había aparecido, así que no le dio mayor importancia, y dejó la anilla sobre otras tantas con el mismo tamaño aproximado - ¿En qué puedo ayudaros, mi señor?


Puñal apenas le dedicó un vistazo por el rabillo del ojo antes de acercarse a las herramientas metálicas alineadas contra la pared, todas utensilios de labranza, como si las examinase con repentino interés. Azcoy, suponiendo que se trataría de un cliente, se acercó a él.


- ¿Buscáis una azada? Puedo recomendaros... - alargó la mano hacia la más equilibrada y ligera de las que había fabricado, calculando con un nuevo repaso a la vestimenta de su silencioso visitante el dinero que podría gastar. Un borrón pasó ante sus ojos, y apenas pudo parpadear antes de que todo su campo de visión se oscureciese y los chisporroteos del fuego se fuesen diluyendo en su consciencia, hasta que el último sonido que pudo oír, sus propios latidos, también se desvaneció.


Puñal volvió a colocar el martillo de herrero en la mano, ahora laxa, del joven, y puso su cuerpo inconsciente ante el yunque, apoyando después esa última anilla sobre éste. Con una de las azadas, la misma que Azcoy había estado a punto de ofrecerle, esparció los carbones de la forja por toda la herrería, cuyas paredes de madera (eso indicaba la extrema pobreza del pueblo, que corría un riesgo así al poner un intenso fuego cerca de madera seca) empezaron a prenderse con premura, aunque no la bastante.Extrajo de uno de sus múltiples bolsillos secretos un frasco que contenía un líquido negro. Lo vertió en su boca, sin tragar, y sin componer siquiera una mueca de desagrado por el repulsivo sabor, y escupió sobre las llamas, provocando una explosión que aceleró la propagación de las llamas hasta una velocidad que consideró aceptable. El pozo estaba cerca, pero la mayoría de gente estaba en las granjas en esa época, y los otros artesanos (un techador y un curtidor de pieles) tenían sus locales en el extremo opuesto del pueblo, así que nadie frenaría que el fuego consumiese todas las pruebas.


Ya anocheciendo, cogió sus otras ropas del pozo sellado, algunos kilómetros al norte de las murallas, donde siempre las guardaba, y se encaminó hacia la pequeña cabaña en el bosque donde había dejado atado a su caballo. La bruja que allí vivía, una curandera a la que habían cortado la lengua y expulsado de su tierra natal por utilizar hierbas y encantamientos en sus curaciones, era ciega de nacimiento, pero era capaz de reconocer un Espino Carmesí por el olor, algo que ni siquiera él, con todo su entrenamiento sobre venenos, habría podido hacer. Dejó una moneda de oro sobre la callosa mano de la anciana, y volvió a palacio, ahora con la sonrisa de suficiencia de Evahl, y sus caros ropajes de seda azul con bordados dorados. Ese simple gesto pareció convertirlo en una persona completamente diferente.