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5.4.10

Espejos trenzados

"¡Miraos, oh dioses inmortales! ¿Qué son vuestras vidas, sino espejos? Y como espejos reflejan; y como espejos se rompen. Y como espejos, los hombres se miran y ven sus ojos."
Traducción del poema épico tradicional "Nur Nwe ibenyamta", del poeta ciego Seid.


- Las ilusiones son relativamente sencillas -dijo Níobe-. Pero eso -señaló al lugar hacía unos instantes ocupado por la imagen ficticia de Nyx- demuestra lo que llevo años diciéndote: tienes un gran potencial esperando a ser explotado. Me alegra que hayas decidido aprovecharlo.
Se levantó. Junto al tocador de madera blanca, que casi olía aún a bosque, estaba uno de los tres espejos de plata con marco de acero que la propia Níobe había hechizado. Tres. Uno para cada hermana. Ahora sobraba el de Adara.
- Bien -Níobe apartó esos pensamientos de su mente-. Esto, como ya sabrás, es uno de los tres Espejos Trenzados que hice para nosotras. Cada espejo puede comunicarse con los otros dos, y sé que no te estoy contando nada nuevo. El nudo del asunto es el cómo.
Cogió el espejo y volvió junto a su hermana, sentándose frente a ella.
- Míralo.
Nyx lo hizo. Para unos ojos inexpertos, el espejo sólo era eso, un espejo. Pero ella llevaba la magia en la sangre; durante un instante creyó ver sólo oscuridad en la brillante superficie...
- Sí, exacto -dijo Níobe-. Debes aprender a ver eso, la conexión. Con el tiempo no necesitarás más que saber cómo mirar, pero para empezar, te enseñaré un par de trucos. La magia es sólo voluntad; la voluntad de doblegar el mundo a nuestros deseos. Pero mientras desarrollamos esa capacidad, podemos apoyarnos en palancas con las que doblar la realidad.
Le entregó el espejo. Nyx lo miró, sintiendo su peso físico y su peso real , esa extraña sensación de que algo tiraba de él...
- Pon una vela ante él, y fija la mirada en la llama. Mientras tus ojos estén distraídos mirando el fuego, tu mente verá la verdadera naturaleza del Espejo Trenzado.

Nyx hizo exactamente lo que su hermana decía. Sus ojos almendrados de tornaron para mirar la llama y sus dedos sujetaron con fuerza el marco de acero labrado con incrustaciones de esmeralda. Estaba preparada para hacer magia. Deseó con toda su alma que su madre pudiera verla desde el lugar donde estuviera, sabía que se sentiría muy orgullosa, al fin, de ella.
Por fin, tras el cristal, entrevió una oscuridad amorfa. Continuó concentrándose más, aún más... atravesando el túnel de sombras que comunicaba un espejo con otro... y allí ante ella, apareció lo que otro de los espejos veía: la habitación de su hermana. Pero no la de Níobe.
Los aposentos intactos de Adara.
Los muebles cubiertos con sábanas, como fantasmas de otros tiempos...
Nyx soltó la vela, que cayó al suelo y derramó la cera caliente sobre la alfombra.
Alzó los ojos llenos de lágrimas hacia su hermana. Níobe la contempló con una expresión de compasión reservada sólo a Nyx.
- ¡Maldito objeto del averno! - susurró para sí.
- La magia tiene un alto precio -dijo Níobe, acariciándole un mechón de cabello-. Verás lo que no quieres ver, conocerás lo que preferirías ignorar. La magia te dará las llaves del universo, pero pagarás cada triunfo -suspiró, inclinándose hacia ella y abrazándola.
- Era... el cuarto de...
Níobe asintió, apretando a Nyx más contra ella.
- Me llevaré el espejo de allí, mi princesa -hacía años que no la llamaba así, desde que eran niñas.
Nyx recordó como su hermana solía inclinarse ante ella y llamarla "mi princesa" cuando la encontraba llena de barro, o vestida de chico, o con las rodillas destrozadas y el vestido hecho jirones... mientras la Níobe niña siempre iba perfecta y pulcramente vestida, peinada y adornada. Su hermana parecía reservar su única vena de burla amable para ella para su princesa. Surgiendo repentinamente de los vahos de su memoria, una Níobe envuelta en raso hacía una perfecta reverencia a una Nyx recién llegada de cabalgar bajo un chaparrón; una Níobe de cabellos perfectamente ordenados y enjoyados se inclinaba ante una Nyx con el pelo lleno de margaritas y heno; una Níobe vestida con recatada elegancia sonreía con sorna a una Nyx con las uñas llenas del barro del bosque. Mi princesa.
- Me llevaré el espejo de allí. No sufras -susurró en su oído-. Podrás hurgar en los espejos siempre que quieras, y solo me verás a mi. Me llevaré el espejo de Ada... el tercer espejo a Shult. Así podrás verme siempre que quieras.
Nyx se apartó para mirarla, angustiada.
- Oh, cariño -Níobe le acarició el pelo-. No estaré mucho tiempo fuera. Sólo... tengo que aguantar el protocolo. Las fiestas en Shult, un par de ideas que tengo para empezar a dejarle claro a ese idiota quién lleva las riendas y volveré aquí antes de que te des cuenta. Escucha -sonrió con amabilidad-. Voy a dejarte algún grimorio. Así estarás entretenida. Y cuando vuelva, me dejarás maravillada con tus progresos.

Nyx sonrió más aliviada y para hacerle ver a su hermana que la visión a través del espejo trenzado no la había hecho vacilar con respecto a su ansiada unión con la magia, depositó un suave y dulce beso en la mejilla de su hermana... para desaparecer lentamente, justo antes de separar sus labios de la suave piel de Níobe. Ésta se llevó sus delicados dedos allí donde estuvo el beso y sonrió. Mi princesa.

28.1.10

La petición de Nyx

Tras la boda de su hermana, Nyx había seguido trasteando con poderes arcanos en la soledad y privacidad que le brindaba el frondoso bosque de Hyek. Sin embargo, no le había informado de su extraña - en ella -  y tardía afición por la magia, tan odiada en su pasado.

Pero la Nyx de ahora, no era la Nyx del pasado.
Azcoy ya no estaba.
Había matado a su prometida, arrebantándole, al parecer, la vida del hijo que habían concebido juntos.
Se había centrado en la conquista para la que fue adiestrada desde pequeña, haciendo de ésta su prioridad más absoluta.

La nueva Nyx necesitaba la magia tanto como Níobe. Pero ya había aprendido tanto de forma autodidacta, que para avanzar en el perfeccionamiento de este arte, necesitaba los consejos y el saber hacer de su hermana. No podía ocultárselo por más tiempo. Ni siquiera sabía por qué no se lo había hecho saber ya, a esas alturas. Quizás fuera porque ella le reprocharía que durante toda su vida estuvo equivocada al rechazar de manera tan constante y vehemente las ventajas de usar sus poderes. Y Nyx, en absoluto sentía que hubiera estado equivocada.

Nyx esperó a que Níobe acabara de reprender al capitán de su guardia, aunque se alegraba enormemente de que Gael le hubiera pinchado la burbuja de arrogancia a su nuevo cuñado. No pudo reprimir una carcajada traviesa cuando Níobe se lo contó divertida, imitando incluso los gritos del shulte.

Mandó llamar a su hermana, la cual se presentó en sus habitaciones sin hacerla esperar. Cuando llegó, se encontró con una Nyx elegantemente vestida. Níobe frunció el ceño.

- Querida - le dijo sonriendo Nyx - tengo que pedirte algo.
- Sorpréndeme - Níobe enarcó una ceja.

 Nyx se acercó a su hermana y se quedó a tan sólo unos centímetros de ella.

- Verás... - bajó la mirada y miró a su hermana con una extraña mirada, que Níobe no reconocía - he estado haciendo algo que quizás te sorprenda... de hecho... estoy segura de que va a sorprenderte muchísimo. - Nyx empezó a andar lentamente alrededor de su hermana sin quitarle el ojo de encima - sin embargo te lo mantendría oculto por más tiempo si no fuera porque necesito tu ayuda para continuar.

Níobe se quedó en silencio, intentando adivinar a qué se refería su hermana, pero estaba totalmente perdida.

Nyx paseó por la habitación mientras hablaba, dejando que la luz que entraba por los ventanales, iluminara las pequeñas incrustaciones de cristal de Mouk del busto de su vestido verde oscuro. Su pelo estaba recogido en un trenzado laborioso, que le dejaba la pequeñas y blancas orejas al descubierto. De ella colgaban dos lágrimas de Mouk engarzadas en un filo hilo de titanio. Sus maneras eran delicadas y nada sencillas, su porte habitual de "campesina a punto de arar una hectárea" había desaparecido. Su expresión despistada, su abstracción en sí misma, habían desparacido.

- Necesito que me ayudes a mejorar - dijo de repente una voz, a espaldas de ambas hermanas, una voz proveniente del vestidor de la habitación.

- ¿Quién hay ahí? - preguntó Níobe, sin entender nada, mientras se apresuraba hacia el vestidor. Detrás la seguía la, de repente femenina y elegante, Nyx.

Cuando Níobe entró en el vestidor, encontró a su hermana únicamente ataviada con unas enaguas. Estaba tirada en un diván de terciopelo negro del vestidor, comiéndose una manzana. El pelo lo llevaba atado con una cinta de cuero en una coleta alta. Níobe reprimió un grito. Se giró y se encontró de nuevo a su hermana, que las miraba con los ojos vacíos y una sonrisa congelada. Antes de terminar de comprender lo que ocurría, Nyx dijo:

- Oh, esfúmate, maldita presumida - y con un movimiento de la mano, hizo que la Nyx del precioso vestido, explotara como una burbuja gigante de jabón. Luego, dirigiéndose a su aturdida hermana, le dijo - ¿me enseñarás, hermanita?

Antes de que Níobe dijera una palabra, se lamentó por haber hecho desaparecer a su otro yo, antes de arrebatarle el precioso vestido adornado con cristales de Mouk y esos pendiente con hilo de titanio.

8.10.09

Cenizas

"Tarde o temprano, la Muerte nos alcanza a todos. Por supuesto, se trata de conseguir que sea más tarde que temprano."
Reina Níobe IV de Avernarium.


24/Decimus/año MDXXXVIII después del Año de los Infortunios
Ruinas Blancas.
Estación de las Hojas caídas.
Medianoche.


Níobe negó con la cabeza. ¿Qué? ¿Cómo era posible?
- ¿Adara? -preguntó, su voz agudizada por la juventud y el miedo- ¿Adara? -repitió.
Gael se puso ante ella, desenvainando la espada.
- Retroceded, señora -ordenó, empujándola hacia atrás al ver que no reaccionaba-. Mi Reina, alejaos de aquí. Poneos tras las columnas, buscad algo de cobertura.
- No es posible... -Níobe se negó a aceptarlo. No. No. El deseo auténtico, el verdadero anhelo, la fuerza de su voluntad debían de traerla de nuevo entre los vivos. Si lo que ocupaba el cuerpo de Adara era una de esas criaturas de las que había hablado Sergei, esas cosas que habitaban la Frontera entre la Vida y lo que quiera que hubiera al otro lado...
Y ella no podía hacer magia. Su cuerpo no tendría más de catorce primaveras, quince siendo generosos. Un hechizo poderoso más y perdería la consciencia, tal vez incluso la vida.
- Hermana... -gruñó el cuerpo de Adara, sonriendo-. Vengo a darte las gracias...
La Reina adolescente seguía sin reaccionar del todo, sólo la observaba con espantado estupor.
- ¡Mi señora! -aulló Gael-. Os lo imploro: ¡resguardaos!
- Gracias por traerme... -el cadáver animado, al principio lento y desgarbado, iba adquiriendo coordinación de movimientos y habla-. Ahora, yo te daré la misma bendición.
La que antes fue Adara comenzó a andar más resueltamente, caminando en línea recta hacia Níobe y, por lo que parecía, tratando de pasar por encima de Gael. Éste movió su espada en un arco delante suyo para mantener al cadáver a una distancia prudencial. El tajo abrió la piel de la Reina muerta e hizo manar gotas de sangre del corte. Adara ni siquiera se inmutó. Su rostro continuaba mostrando una sonrisa espeluznante. Asustado, el Capitán Gael no atinó a apartarse cuando el cadáver animado le golpeó en el costado, podría decirse que despreocupadamente, y le mandó a varios metros. Cayó con un sonido metálico y un gruñido al dar contra el suelo. No había soltado su espada. Ahora sí, Níobe echó a correr, casi tropezando con su vestido, a parapetarse tras una de las columnas. Su cuerpo se movía sin que su mente mediase. Desde allí oyó cómo su guardaespaldas se incorporaba y cargaba con un grito contra la aparición. También vio cómo de un potente golpe de su mandoble cercenaba el brazo derecho de Adara, extendido en busca de Níobe. La sangre comenzó a salpicar sobre el suelo de piedra, sobre la armadura de Gael.
- Ven, Níobe -masculló Adara, acercándose más-. Juntas traeremos Muerte a este lugar de Vida.
Jamás la Reina hechicera había estado más asustada. Era terrorífico ver a su hermana... no, ver a aquello que había poseído el cuerpo de su hermana. Aguantaba los tajos de Gael como si la espada no fuera más que una brizna de heno. Nada lo detenía, y cada vez se acercaba más al escondite de Níobe. ¿Qué puedo hacer? Sólo destruyendo su cuerpo podría detener a esa abominación, pero... Un profundo quejido metálico seguido de un gruñido masculino la devolvieron a la realidad. Gael acababa de recibir un puñetazo en pleno estómago al ponerse delante de Adara. Un puñetazo que había doblado la chapa de su peto y le hacía trastabillar en busca de aire.
- Mi señora... huid... ¡huid deprisa! -imploró el Capitán, boqueando mientras movía la espada con dificultad-. No creo... poder entretenerla más.
- Es inútil, Níobe -estaba ya a unos escasos metros-. No trates de retrasar mi regalo. Huelo tu Vida... esa enfermedad de la que pronto te librarás.
- ¡Cállate, abominación! -grito ella, dando dos pasos hacia atrás.
- Ven, Níobe, mi querida hermana... Calma mi hambre con tu sangre, calienta mi cuerpo con tu aliento.
Níobe la miró con horror. Su sonrisa era la coqueta mueca con que seducía a sus amantes, pero sus ojos eran fríos orbes de cristal. La sangre, su propia sangre, manchaba su vientre y piernas y regaba generosamente el suelo que pisaba. La única mano extendida, buscando a la hechicera. Gael, sin claudicar en su empeño de proteger a su Reina, empujó al cadáver con el hombro, visto el poco efecto de sus ataques con el acero. Adara, sin perder la sonrisa, gruñó al verse apartada de su cercano premio y cayó al suelo, resbalando en su propia sangre. Calentar, la mente de la Reina trabajaba a toda velocidad pese a su estupor, calentar su cuerpo. ¡Fuego!. Miró a su derecha, hacia la pared junto a la que descansaban los calderos. Ella no podía hacer magia o seguro que rejuvenecería hasta el no-nacimiento, el terrible destino de su familia, y los intentos de Gael sólo servían para retrasar lo que parecía inevitable. Pero el fuego... El fuego emula el movimiento, da sentido al Alma, es creador de Vida y destructor de Vida. Tal vez también lo fuera de Muerte...
- ¡Gael! -ordenó, mientras corría hacia las grandes lámparas-. ¡Continúa entorpeciéndola!
- Sí... señora -jadeó el soldado, agotado.
- Níobe... Ven a mí...
La Reina, ahora un muchacha de quince años, corrió tan deprisa como pudo. Sentía tras de sí los pasos del cadáver animado, persiguiéndola incansable a través del viejo edificio. Oyó de nuevo el grito de Gael, retrasando a Adara, dándole unos segundos a Níobe. ¿Seguiría vivo? Llegó hasta las lámparas, repletas hasta arriba de aceite aromático que se quemaba en grandes lenguas de fuego mientras esparcía su agradable olor por la gran estancia. Poniéndose tras una de ellas, vio a través de las llamas cómo el cadáver de su hermana se acercaba a ella. Detrás, Gael intentaba, de nuevo, incorporarse. La sangre manaba de un feo corte en su frente.
- Hermana, ven. Dame tu Vida y yo te daré Muerte.
Con un extraordinario esfuerzo, Níobe agarró una de las asas del caldero, dispuesta a volcarlo sobre la criatura que antes había llamado "hermana". Sintió quemarse la piel de sus manos al contacto con el caliente metal. Su joven cuerpo apenas podía con el peso que intentaba levantar, pero la adrenalina le otorgó la fuerza suficiente. Gritando, decidida a acabar con aquello que había convocado, alzó la lámpara, derramando el aceite ardiendo sobre el suelo de piedra, como un reguero de destrucción que se abalanzó sobre Adara. Con un supremo esfuerzo lo terminó de volcar, dejando que cayera con un sonoro estruendo. El cadáver animado de Adara no dijo nada al empaparse del aceite, al ver quemada su piel. Ni siquiera dirigió la vista de sus fríos ojos hacia abajo, sino que dejó que su cuerpo comenzara a prender mientras continuaba avanzando. Níobe retrocedió, temerosa de que su plan no resultara. Entonces la criatura se tambaleó y se vino abajo. Detrás, la figura de Gael se alzaba entre las llamas tras asestar un último golpe. La joven Reina vio cómo el cuerpo mutilado y sin piernas intentaba arrastrarse a fuerza del único brazo que le quedaba. Ensimismada, asqueada e hipnotizada por el espectáculo del cadáver ardiendo, no se dio cuenta de que unos brazos la apartaban del lugar. Sólo tenia ojos para su hermana. La piel desprendiéndose, los ojos derritiéndose. El olor de la carne quemada inundó sus fosas nasales como un río embalsado inunda el valle al romperse la presa. Vio cómo la boca del cadáver de Adara se abría y cerraba, en un intento de decir algo, pero sus pulmones, inexistentes ya, no podían dar aliento a sus palabras. Por fin dejó de moverse, aunque los crujidos de los huesos astillándose por el calor continuaron mucho tiempo después.


La consciencia de que carecía del suficiente anhelo, de la suficiente voluntad para devolver a su hermana a la vida la pesaba incluso más que el hecho de haber tenido que destruir su cuerpo. Sin un ancla material sería imposible volver a traerla. No había segundas oportunidades.
Escuchó lo susurros de los sirvientes llamándola Reina de Hielo, los murmullos del difunto Capitán Gerard siseando que era una mujer sin corazón en el pecho. Las miradas dolidas de Gael por su indiferencia.
Tenían razón.
Su hermana estaba definitivamente muerta porque ella era incapaz de amarla. Porque no había deseado su regreso con suficiente fuerza. Porque carecía de voluntad.
Níobe se dejó caer sobre la piedra fría.
Se sintió monstruosa.

6.10.09

El regreso

"Despierta. Ante ti se halla el Universo, tuyo es para manipularlo a tu voluntad. Aprenderás del dolor, aprenderás de la victoria. Puede que a veces seas vencida, pero no hay lugar para la derrota en el corazón de una hechicera."
Cita con la que las mujeres avernesas de la Famila Real son iniciadas en los misterios de las artes mágicas.


24/Decimus/año MDXXXVIII después del Año de los Infortunios
Ruinas Blancas.
Estación de las Hojas caídas.
Medianoche.




Trece jóvenes doncellas y donceles habían sido reclutados en los Retiros Ciegos, unos ancestrales edificios en lo alto de las Montañas Heladas.
En los Retiros Ciegos habitaban hombres y mujeres en una vida de total soledad, castidad, pobreza y aislamiento. Cuando entraban a formar parte de la Orden se les quemaban los ojos, dejándolos ciegos; y dentro de los Retiros se hablaba lo justo, que era bastante poco.
No sabían a dónde iban, solamente un mensajero de la Reina llegó y les ordenó que le acompañaran. Durante tres días habían viajado sin descanso, en el más completo silencio, como exigía su Orden. Fueron conducidos con la más absoluta discreción a las Ruinas Blancas, un lugar desierto donde en tiempos pretéritos los oscuros y siniestros cultos a dioses olvidados habían tenido lugar. Las blancas piedras todavía conservaban manchas de sangre de tiempos antiguos... y tal y como Níobe comprobó, no sin cierta sorpresa, no tan antiguas.

Había preparado el ritual con cuidado. Memorizado las palabras, los gestos. Repasado una y otra vez los componentes del hechizo. Todo había sido preparado con delicadeza, con precisión, con infinito cuidado. Desde la posición de la luna en el cielo hasta las edades y sexos de los jóvenes e ignorantes sacrificios. Porque la Vida se compra con Vida.
La muda Florea guió con cuidado a cada uno de los eremitas a las posiciones donde la Reina la había ordenado, y en ellas fueron atados. Dóciles, ciegos y casi mudos, ninguno dijo nada. Ninguno sabía lo que se avecinaba. Doce víctimas para comprar la vida de su hermana.
Con delicada precisión, Níobe organizó las doce amatistas, del tamaño de huevos de gallina, alrededor del punto central de un círculo imaginario. El punto central en el que el cuerpo de su hermana, cubierto por un lienzo de seda, reposaba. Sólo la luz de la luna y las ondulantes formas de las llamas de dos grandes lámparas de aceite junto a una pared iluminaban la escena.
- Mi señora -la voz de Gael tras ella, un susurro precavido, casi la sobresaltó-. Permitid que os ruegue una vez más que detengáis esta locura.
- Cállate -ordenó ella, feroz.
Gael tragó saliva y asintió. Detestaba lo sobrenatural. Lo odiaba completamente.
Era el momento. Ahora o nunca. Níobe alzó los brazos hacia el cielo.
- Cum cruore horum insontum te pretium accepi, Mors.
Relámpagos de oscura energía comenzaron a condensarse en el aire. la atravesaron de un lado a otro, como un lanzazo, y luego pasaron a las amatistas, esferas violáceas que comenzaron a flotar reluciendo con suavidad.
- Cum cruore horum insontum te pretium accepi, Mors.
Cada palabra pronunciada era un dolor intolerable, pero no se arredró. Las amatistas vibraron con fuerza hasta estallar, incrustándose sus fragmentos en los cuerpos inocentes de los eremitas, cuyos gemidos llenaron la sala. Los hilos sanguinolentos fluyeron hacia el cuerpo muerto de Adara.
- Vitam per illos mercor.
Y entonces, espantosamente, los sacrificados comenzaron a envejecer a gran velocidad. Adultos de inmediato, ancianos un instante después. Sus voces agudas se agravaron y deshicieron como hilachas. La energía oscura flotaba en el aire, como un torbellino de poder insostenible... Níobe ejercía toda su voluntad en controlarlo. El dolor era espantoso, las Fuerzas cósmicas de proporciones mayestáticas pugnaban por devorarla.
- ¡Vitam per illos mercor!
Los cuerpos murieron y se deshicieron. Níobe temblaba de dolor, rejuvenecida espantosamente hasta una adolescencia olvidada en el tiempo. Las curvas de su cuerpo habían desaparecido, el vestido le quedaba tan amplio que amenazaba con resbalar por sus hombros hasta el suelo. No tendría más de trece o catorce años; los rasgos aniñados de su rostro no dejaban lugar a dudas.
Gael se acercó a ella, solícito:
- Señora, ¿Estáis bien? -inquirió, preocupado. Níobe no le miró.
El cuerpo de Adara se levantó, lenta y torpemente, con una profunda aspiración de aire. El lienzo de seda resbaló por su piel blanca a medida que se incorporaba, como una mortaja. Miró a su hermana con ojos dulces, y abrió la boca para dejar escapar un sonido estrangulado, mitad risa y mitad súplica.
- Únete a mí... -susurró, avanzando hacia Níobe.

5.10.09

Rituales olvidados

"Ocurre que, para las Fuerzas que rigen el Universo, no hay piedad, justicia o compasión. Comprar la vida con vida no es una atrocidad para Ellas, sino que ocurre de continuo, desde los lobos que devoran a las ovejas para sobrevivir hasta las madres que mueren al dar a luz. Y no hay piedad para los Poderes Antiguos, igual les da que el resultado sea la muerte de mil niños o mil asesinos, mil reyes o mil mendigos, mientras el precio esté pagado."
Extracto de "Reflexiones de lo Ultraterreno". Obra de Magia Negra, anónima, fecha desconocida.



22/Decimus/año MDXXXVIII después del Año de los Infortunios
Despacho, Aposentos de la Reina Níobe. Castillo de Avernarium
Estación de las Hojas caídas.
Madrugada.


El despacho de Níobe estaba tapizado de libros abiertos. En el suelo, en cada mesa, sobre cada superficie... decenas de tomos desordenados. Y aún así, no encontraba lo que deseaba.
- Sé que está aquí -masculló-. En alguna parte.
Gael permanecía junto a la puerta, esperando.
- Señora -susurró-. Lleváis despierta toda la noche. Necesitáis descansar.
- ¡Cállate!- Níobe levantó los ojos hacia él. Profundas ojeras los enmarcaban, dos pozos de infinita oscuridad ribeteados de púrpura oscuro.
- Señora... -aún sabiendo que corría el riesgo de desatar la furia de la Reina, insistió-. Basta ya. No se puede devolver la vida a los muertos. Estáis destrozada. Necesitáis dormir.
- ¡Te he dicho que te calles! ¡Se puede, sé que se puede! ¡Antiguos rumores hablan de tiempos en los que se podía comprar la vida con vida!
Gael no pudo más, con dos largas zancadas se plantó frente a ella, le quitó el libro de las manos y la sujetó por los hombros, obligándola a mantenerle la mirada.
- ¡Está muerta! ¡Está muerta y no va a volver! ¡Vuestra hermana está muerta! -le espetó.
Níobe se le quedó mirando, temblorosa. Dos lágrimas rodaron por sus mejillas.
- Lo siento mucho, mi señora -susurró él-. Pero está muerta. Para siempre.
Ella se echó a llorar, y Gael la abrazó. Sorprendentemente, Níobe no se apartó de él.
La mente del soldado voló hacia el pasado lejano...


Cuando tenía catorce años entró al servicio del anterior Capitán de la Guardia de una Níobe adolescente. Recordaba como si hubiera sido ayer la primera vez que vio a la jovencísima, casi niña, por entonces Princesa Níobe. Ella pasó a su lado, etérea como una aparición, vestida con un hermoso vestido marfil cuyo diseño todavía recordaba, oliendo a violetas como siempre desde entonces. El Capitán Gerard se inclinó ante ella, solícito, e hizo un gesto a su escudero par que hiciera lo propio. El joven Gael hizo una reverencia y, al levantar los ojos, se cruzó su mirada con los pozos sin fondo que iluminaban ese rostro pálido y ligeramente afilado que había amado desde entonces. Ella le lanzó una mirada curiosa y distante.
- ¿Es tu nuevo escudero, Capitán Gerard? -preguntó. Su voz era como acariciar el cristal más delicado.
- Sí, señora. Espero que algún día sea digno de sustituirme.
La Princesa le miró de nuevo, altiva.
- ¿Cómo te llamas?
- Ga... Gael, señora -la voz se le quebró en un gallo y enrojeció.
Ella rió suavemente, con burla, y el joven sintió un escalofrío de placer recorriéndole el cuerpo.
- Gael -repitió ella.
Dio media vuelta y se marchó, como un ángel de nieve deshaciéndose en el silencio...
- Chico, ¿se puede saber qué te pasa? -la voz del Capitán Gerard le devolvió a la realidad. El veterano enarcó una ceja-. No estarás pensando lo que creo que estás pensando, ¿verdad?
Gael le miró, sin saber ocultar la culpa en sus ojos.
- Chico -Gerard le miró con una mezcla de compasión y firmeza-. Olvídalo. Algún día morirás por ella, no lo dudes. Pero eso es todo a lo que puedes aspirar -cabeceó-. Y en cualquier caso... búscate una mujer que tenga corazón en el pecho.


Con dieciocho años entró a formar parte de la Guardia como miembro de pleno derecho. Su preceptor, el Capitán Gerard, no mostró ningun favoritismo: Gael tuvo que escalar cada peldaño con sudor y sangre, pocas veces metafórico. Tampoco había olvidado aquella primera guardia velando las espaldas de su señora. Mientras Níobe permanecía sentada en un banco de su jardín privado, él pudo contemplarla a placer. La muchacha -tenía dos años menos que él- se esforzaba por conjurar y dominar unas sorprendentemente elásticas y frías llamas azuladas. Siempre le había maravillado el dominio del Arte que poseía Níobe, pero esa vez no atendía a los trucos. Sólo tenía ojos para su piel de seda, para el brillo ansioso en su mirada, para la delicadeza de su cuerpo de muñeca. Níobe se detuvo, agotada, tendiéndose bocarriba en el banco de piedra. Gael no podía apartar los ojos de ella. Su cuerpo, laxo y relajado, se le antojaba insoportablemente sensual, sugerente, evocador.
"Algún día morirás por ella..."
Pensó que no le importaría ni lo más mínimo.
Cuando por fin ella decidió retirarse, la escoltó manteniéndose siempre dentro de esa maravillosa nube de perfume de violetas. Al llegar a sus aposentos, ella se giró y le clavó las pupilas como dos puñales hundiéndose en las profundidades más secretas de su alma.
- Tú... eres nuevo -dijo.
Él solo atinó a asentir, sintiéndose torpe e insignificante.
- Gael -dijo ella.
Saber que recordaba su nombre hizo que una oleada de denso y delicioso calor le inundase por dentro. Sonrió, pleno.
- Sí, mi señora -contestó.
- Acompáñame -ordenó, señalando tras de sí; y mirando al otro guardia, dijo:- Tú espera aquí.
Gael la siguió, casi sintiéndose flotar. Cerró la puerta de los aposentos de la Reina tras de él, y se quedó sorprendido cuando ella le guió también a través de la antesala, hasta su dormitorio.
La joven Níobe se sentó en un sillón y le lanzó una mirada evaluadora.
- Date la vuelta -él obedeció-. Gira sobre ti.
El joven estaba muy nervioso. ¿Qué quería ella? ¿Acaso sometía a todos sus nuevos guardias a esto?
- Quítate la armadura.
Él abrió los ojos, sorprendidísimo.
- ¿Señora?
Níobe suspiró con fastidio.
- No suelo repetir las cosas dos veces -espetó.
Gael se desprendió de las piezas con cuidado, dejándolas colocadas contra la pared. Le siguió la cota de malla.
- Quítate la ropa.
A pesar de que la voz de ella era autoritaria y terminante, la miró una vez más inundado de sorpresa.
- ¿Se... señora?
La Reina le miró con fiereza.
- ¿Es que no me has entendido?
Él se desprendió lentamente de la camisola, los pantalones, las botas. Tragando saliva se deshizo de los calzones. Mirando al suelo.
- Mmm -ella emitió un suave sonido de aprobación-. Date la vuelta.
Gael se giró, temblando de desconcierto y vergüenza. Escuchó un sonido de sedas, y la nube de perfume lo rodeó.
- Eres un hombre muy atractivo -la suave voz de ella acarició su oído-. Podrías serme útil como algo más que un guardia.
- So... solo vivo para serviros, mi señora -contestó él con voz ahogada.
- Me entretendrás por las noches -ordenó ella, con un susurro sensual aunque cortante, como un vidrio afilado-. Vendrás a mi cama cuando te lo ordene y te marcharás cuando te lo mande. Detesto las ñoñerías y los sentimentalismos, me darás placer cuando lo desee y mantendrás la boca cerrada. Jamás me dirás que me amas, jamás. Jamás se te ocurrirá pensar que para mí eres algo más que un entretenimiento, o te demostraré hasta qué punto estás equivocado. Serás discreto y sigiloso, y harás cualquier cosa que yo te pida y como te la pida.
Gael no podía creer su suerte. El aire se le había olvidado en el pecho, inundado de felicidad y promesas. Ella... ese ángel de nieve perfecto, acariciándole con su voz, ofreciéndole compartir sus noches... El corazón le golpeaba en el pecho como un tambor. Tuvo que reunir toda su voluntad para articular una respuesta:
- Por supuesto, mi señora.
Unos dedos delicados como alas de mariposa le rozaron la espalda desnuda.
- Veamos de lo que eres capaz.


El Gael que sujetaba entre sus manos a la sollozante Níobe tenía veintisiete años y muchas más cicatrices, pero seguía exactamente igual de enamorado de ella que aquel lejano día en que la vio por vez primera. Recordaba las palabras de su anciano maestro: "Búscate una mujer que tenga corazón en el pecho". Era la primera vez que la veía mostrar un corazón. Lamentablemente, no con él.
- No es cierto... no es cierto -gemía ella,ahogada en lágrimas.
Con un suspiro de pesar Gael la levantó en volandas, deslizando su brazo bajo las rodillas de ella. Níobe no pareció ni notarlo.
- No pasa nada, mi señora -susurró gentilmente él-. No pasa nada. Todo se arreglará. Ahora debéis dormir.
Laxa como una muñeca de trapo, se dejó llevar. Verla así, dócil y destrozada, le aterrorizó por completo. Jamás había visto semejante muestra de debilidad en ella, en todos los años que llevaba a su servicio nunca había asistido a semejante manifestación de sentimientos por su parte. Esa mujer rota no era Níobe, Níobe era fuerte, poderosa, resistente, un estandarte a quien seguir, una diosa a quien proteger. No una niña temblorosa y sollozante.
La tendió sobre el edredón de seda oscura, delicadamente.
- Dormid, señora -susurró, acariciándole la frente-. Cuando despertéis las cosas serán más sencillas.
- No me dejes sola -ella le sujetó del guantelete, mirándole con unos ojos infantiles que jamás había visto en ella.
- Nunca, mi señora -la besó en la frente, paternal-. Hasta mi último aliento os pertenece, ya lo sabéis.
El cansancio y la tristeza pesaron sobre Níobe, que se durmió.
El Capitán se quitó las botas y la armadura que siempre llevaba cuando estaba de servicio. Dejó las protecciones apartadas con cuidado contra pared, cerca de la cama. Sólo vestido con los pantalones y la camisa de algodón que llevaba bajo el metal, se tendió junto a la Reina Níobe. La abrazó, dormida ella, con cuidado y ternura. Se sentía perturbado. La Reina siempre había sido un baluarte contra cualquier tormenta, un bastión de hielo ante las deflagradoras fuerzas que le rodeaban. Era un remanso de paz en medio de la locura. Algo que cualquier soldado agradecía siempre. Dejando aparte su absoluta devoción por ella, aquello bastaba para que la sirviera con todas sus fuerzas. Pero ahora... Ahora la Reina de Hielo era una muchacha temblequeante y llorosa. Un nuevo sentimiento intentaba florecer en Gael. La amaba, la veneraba, sí, pero ahora también necesitaba cuidarla. Una emoción de... de "paternalidad", si es que acaso esa palabra existía, pugnaba por existir.


Cuando un hombre sustituía a otro al frente del puesto de Capitán, se organizaba una pequeña ceremonia, reminiscencia de tiempos pasados. Delante de la Reina y sus compañeros se le hacía jurar que la protegería a costa de su propia vida, y ella le entregaba la hombrera ornamentada propia de su rango. Gael recordaba aquel día, tan perfectamente como todos y cada uno de los momentos pasados con Níobe. Era invierno, recordó, un invierno frío y feroz que había arrancado de las legiones de los vivos al Capitán Gerard: una herida que no debiera haber sido letal, lo fue por culpa del tiempo inclemente. "Un soldado no debe morir postrado en la cama".
No era una norma que el escudero del Capitán lo sustituyera, pero desde el día en que Gael entró en la Guardia quedó patente su lealtad y devoción. Ninguno de los otros Guardias dudaba de que terminaría siendo su Capitán. Sorprendentemente para los cánones avernareses, Gael era un hombre de palabra para todo el mundo. El juramento que para cualquier otro sería una mera formalidad, para él fue una promesa solemne.
Juro proteger a mi Reina mientras me quede sangre en las venas, guardar sus secretos y velar sus intereses; obedecer sus órdenes y satisfacer todos su deseos desde este día hasta el momento en que mi último aliento abandone mi cuerpo.
Recordaba a Níobe, con aquel traje invernal de terciopelo verde botella, ajustándole la hombrera de Capitán. Recordaba el aire inundado de violetas, recordaba el leve roce en la mejilla al apartarse. Recordaba el orgullo que le embargaba, caldeando el ambiente mejor que un buen brasero. Recordaba a los músicos, tocando la fanfarria del momento. Recordaba haber pensado en su padre, un humilde leñador, quien estaría encendiendo el hogar de la cabaña que ocupaba con sus hijos para no morir de frío. Intentó pensar en su madre, muerta al nacer su hermana pequeña, pero apenas consiguió sacar su rostro de entre todos los recuerdos de su mente. Le vinieron retazos de su infancia, dura y breve, en la que tenía que pelear con sus hermanos por un mendrugo de pan. Recordó el día en que se fue de casa, con trece años recién cumplidos, aunque no supiera exactamente la fecha del aniversario de su venida al duro mundo. Recordó los días pasados frente al gran portón del Castillo Avernarium, maravillado por las brillantes cotas de malla de los guardias, mientras se encogía de frío, calado hasta los huesos por las intensas lluvias de otoño. Recordó al Capitán, Gerard, un maduro y veterano combatiente, quien se había acercado al muchacho y le había invitado a entrar para resguardarse. Al poco le dieron una espada de madera, pesada y basta. Así comenzó a vivir. Ése fue el verdadero día de su nacimiento.
Sus ojos se humedecieron, pero nadie le vio llorar.


Níobe despertó. Gael estaba a la derecha de la cama, erguido y vestido de armadura, como si nada hubiera pasado.
- Buenos días, señora -dijo él, con formal eficiencia-. ¿Deseáis que avise a vuestras doncellas para que os preparen el baño?
La reina le miró. Se sentía infinitamente más calmada y tranquila después de haber descansado. Una oleada de gratitud hacia el soldado hizo que se permitiera esbozarle una sonrisa.
- Gracias, Gael.
Los dos supieron que la gratitud de ella no tenía nada que ver con su ofrecimiento de ir a buscar a las doncellas, pero nadie dijo nada. Él asintió, como siempre guardando en su interior estas pequeñas y escasas muestras de afecto, y abandonó la habitación.
Níobe volvió al despacho con energías renovadas. El torbellino de angustia que la había desmoronado ya no estaba. Solo la habitual, fría e inteligente pragmaticidad.
Casi como por encanto, pasó la página del tomo en el que rebuscaba desesperada la noche anterior.
Y encontró lo que deseaba.

3.10.09

Trasteando con poderes arcanos

"Cuando un alma implosiona, adecuado es dejarla sedimentar por sí misma"
Proverbio Shulte.


21/Decimus/año MDXXXVIII después del Año de los Infortunios

Bosque de Heyk, reino de Avernarium.

Estación de las hojas caídas


Nyx bajó suavemente de Hierro. El caballo la miró de reojo y relinchó suavemente, estaba acostumbrado a que su dueña bajara de un salto y le acariciara el hocico nada más posar sus pies en el suelo. La notó distante, y bajó su tozud hasta el hombro de la joven, para luego empujarla suavemente, llamando así su atención.

Nyx miraba el claro del bosque donde había hecho parar al animal y mecánicamente le acarició las crines casi rubias y brillantes al notar que él la reclamaba. Pero lo hizo sin entusiasmo, estaba centrada en algo que no era Hierro. Él lo sabía. Él podía notarlo. Arrastró hierba casi amarilla del suelo con sus cascos y relinchó de nuevo, sin hacer demasiado estruendo, pues sabía que Nyx no dudaría en recriminarle una actitud demasiado osada. Su dueña miraba el claro en el bosque, pensativa. El caballo resopló resignado antes de ponerse a merodear los alrededores en busca de algo interesante.

Nyx tenía una expresión seria, su ceño estaba levemente fruncido y sus labios algo apretados. Vestía uno de sus vestidos ajados por el uso, de terciopelo gris claro, con trenzado en el pecho. Uno de ésos que no precisaban dos doncellas para poder vestirlo. El pelo castaño y ondulado, estaba recogido con un trozo de lazo negro en una coleta alta, como cualqueir campesina.

Nyx se situó en el centro del claro del bosque. Miró al cielo y comprobó que ninguna nube lo poblaba, que era celeste como pocas veces en otoño.

Se miró las palmas de las manos durante largo rato y relajó su expresión. Relajó todo sus músculos y cerró los ojos. Sólo se oía el leve crujir de las hojas secas que quedaban aún agarradas a los árboles.

Nyx inspiró aire y lo soltó lentamente, para abrir de nuevo los ojos.

Contempló, con los ojos muy abiertos, cómo su mente trajo al claro una pequeña y esponjosa nube blanca, perezosa. Extendió su mano hacia ella y sonrió. La nube pareció obedecer a algún tipo de acuerdo primigenio entre ambas, y comenzó a dispensarle pequeñas gotas de agua de lluvia. Nyx bajó la mano, y las gotas quedaron suspendidas en el aire, todo su alrededor estaba colmado de pequeñas gotas de lluvia, paradas a mitad de camino entre el cielo y el suelo, esperando el instante exacto en el que explosionar en la arena.

Nyx se movió entre ellas, abrió la boca y bebió, gota por gota, al menos una decena de ellas. Apretándolas entre la lengua y el paladar, saboreando su sabor salvaje. Con los dedos apretó otras, sonriendo como una niña pequeña al hacerlo, su pelo se empapó con más y su vestido absorbió miles de ellas.

De repente paró y se giró hacia Hierro. El caballo la miraba, excesivamente quieto. Nyx ladeó la cabeza y le silbó suavemente. El caballo no se movió ni un ápice. Nyx sintió una punzada en el pecho.

- Oh, mierda! - susurró, elevando sus manos a la nube y lanzándola al infinito con un ademán firme. Las gotas que aún flotaban en el aire se estrellaron contra el suelo y Hierro relinchó.

Nyx corrió hacia el animal y le acarició el hocico.

- Notas algo en mí, ¿verdad, pequeño? - le dijo a Hierro, mientras los ojos azabache del semental se clavaban en las pupilas de la joven. - Algo me ha cambiado dentro, pero tú no debes temer... eres, junto a Níobe, el único que nunca sufrirá las consecuencias de este cambio.

Pero Hierro no supo hacerle entender que no temía por él, sino por ella.

9.9.09

La barrera invisible

Níobe.
15/Decimus/año MDXXXVIII después del Año de los Infortunios
Estación de las hojas caídas.

Una cuarta antes de la audiencia.
Salón Principal del castillo de Avernarium.


Así que Barón Von Deck. El nombre le sonaba, pero no demasiado; aunque Níobe devoraba cualquier libro que cayera en sus manos, los tratados nobiliarios no la apasionaban. Examinó al hombre; pese a su ropa ajada, poseía el porte de un noble. Y -entornó los ojos, a un tiempo fascinada y preocupada- la mirada de un desesperado. De aquel que no tiene nada que perder. Dejó que su mirada vagase hasta posarse en la andrajosa criatura que le acompañaba. El aire a su alrededor rezumaba poder, un poder tosco y desagradable, pero aún así intenso. La situación no era tan inocua como se había esperado en un principio. Avanzó deslizándose entre los presentes hasta situarse más cerca de ella, vio sus puños mugrientos apretados en un esfuerzo de concentración, su mirada enfocándose en ninguna parte, como si su mente estuviera muy, muy lejos...
Cerró los ojos y permitió que su mente avanzase hacia la gitana. Tal y como esperaba, encontró un bloqueo; escuchó el jadeo de sorpresa de la joven zarrapastrosa al sentir una oposición a su hechizo. Níobe abrió los ojos y esbozó una sonrisa perversa, oscura, ávida; la joven gitana sintió un escalofrío.

Armenieta miró a Von Deck, buscando inspiración; ¿sería la última vez que podría mirarle? Apretó los dientes, furiosa. Nadie iba a hacerle daño mientras ella pudiera evitarlo; giró la vista hacia la Reina de Hielo y se concentró en mantener el hechizo. La Reina era poderosa, pero por todos los infiernos que mientras le quedara una gota de sangre en las venas protegería a Von Deck. A cualquier precio. Y desde luego que conocía el precio, se dijo mientras notaba como las fuerzas comenzaban a desaparecerle. La rabia de su rival era intensa, notaba como le consumía por dentro... dolía. Como hierro ardiendo.
Con un siseo ininteligible para aquellos que ignoraban la magia, empezó a recitar más hechizos. Cada vez más oscuros.
Sorprendida, comprobó que Níobe seguía su ritmo sin problemas. Y no parecía nada molesta o preocupada por tener que emplear esa magia tan arcana, malvada y peligrosa...

El Barón y su hermana hablaban, pero Níobe no prestaba atención. Ese rival, esa joven practicante de magia primordial y sin refinar, acaparaba toda su atención. En cualquier otra situación ese duelo de mentes hubiera sido gratificante y entretenido. Esa muchacha era infinitamente más peligrosa que ese Barón. No conseguía romper su concentración, pese a sus esfuerzos. La magia fluctuaba, intensificándose y decreciendo, mientras las dos mentes se acechaban en un duelo no menos peligroso que si estuviera hecho de espadas. El salón continuaba a su alrededor, ignorante de la brutal saña con que las dos mujeres se oponían la una a la otra. Níobe casi rió cuando un hilo de sangre comenzó a resbalar de la fosa nasal izquierda de su oponente, pero casi al instante un sabor a hierro le vino a la boca. Los hechizos empleados no eran suficientemente intensos como para hacerla rejuvenecer visiblemente, pero notaba el familiar cosquilleo de la vejez escapándose de su cuerpo poco a poco.
Eres poderosa, muchacha. Pero yo soy la Reina de Hielo.
La balanza comenzó lentamente a inclinarse a su favor... muy lentamente.

29.8.09

Tres Hermanas

13/Decimus/año MDXXXVIII después del Año de los Infortunios

Estación de las hojas caídas.

Una hora antes de la altura mayor del Sol.

Dos leguas al oeste de la aldea de Wer, Avernarium.





Adara cabalgó con su forma original hasta Avernarium. Había realizado rituales, en los que sacrificó a dos jóvenes campesinas, recuperando así los años que el uso de la magia la había hecho retroceder. Estaba contenta y deseosa de llegar a palacio para contar a sus hemanas que estaban a punto de conseguir el Reino de Vrila Y Edgar. "Pobre Vrila" pensó sonriendo. La conquista del Putomundo estaba a punto de empezar de verdad. Se preguntaba cómo irían los planes de Níobe de conquistar el reino de Shult. Confió plenamente en las estrategias de su hermana, no le cupo ninguna duda de que ése, sería el primer reino que conseguirían usurpar en su magistral plan. Con respecto a Nyx, no sabía muy bien qué pensar, desde que conociera a ese herrero, su hermana no daba una a derechas. Pronto se enteraría de cómo estaban las cosas. Apenas le quedaban unos kilómetros para llegar a casa, por fin.



Sin embargo, cuanto más se acercaba, más crecía en ella un negro presentimiento, una nube en su consciencia en forma de confuso presagio que la hacía sentir una extraña inseguridad. Meneó la cabeza para deshacerse de aquellos pensamientos y arreó con fuerza en el lomo de su caballo haciéndolo correr más deprisa.









Lugar; Palacio Real de Avernarium.

Parte del día; Mediodía.



Nyx estaba en sus habitaciones. El sol entraba a raudales por todos los ventanales de la estancia. Hacía un poco de calor, a pesar de estar ya en la estación de las hojas caídas, así que abrió un poco una de las ventanas más próximas a su cama. Una suave brisa se deslizó en la habitación, enrolándose en sus enaguas de seda para luego huír hasta el dosel de su cama. Nyx cerró los ojos y se dejó mecer por el sonido de las hojas secas que se resistían a caer de los álamos, empujadas por aquella brisa.



La Reina, ataviada tan sólo con sus enaguas, cogió de nuevo el pergamino que había sobre su escritorio y volvió a leerlo, recostándose sobre el mullido diván, junto al gran espejo.



Era una carta de Adara. No había lacre oficial ni sello real, pero la letra era sin duda la de su hermana. Obviamente, no había escrito la carta en ninguna mesa de caoba maciza, ni con ninguna pluma de pavo real, ni con exquisita tinta traída de más allá del Mar de Brumas, como la que utilizaban en palacio. Obviamente Adara había escrito aquella misiva en condiciones lamentables. Pero las noticias eran buenas, no obstante.

Adara venía de camino y, traía a sus espaldas el fin del Reino de Mutuing. Nyx sabía que tanto Mutuing como Shult, tenían los días contados como reinos independientes. En muy poco, pasarían a llamarse 'Avernarium' en todos los mapas de Putomundo.



Nyx dejó caer el pergamino al suelo y se observó en el espejo. El pelo castaño y ondulado le caía, brillante, tapándole el pecho. Su vientre pálido hacía un pequeño contraste con la piel de sus brazos y su cara, algo más tostados. Sonrió. Su hermana Níobe se moriría si se diera cuenta de que había dos tonalidades en su cuerpo, pero Nyx no pensaba renunciar a montar cada día en Hierro, aunque eso le costara acabar morena como una campesina.



Mientras se miraba en el espejo, pensó en Azcoy, en cómo solía acariciarla mientras la admiraba. En cómo ella se vestía apresurada tras acabar, para huír de su lado. En cómo el rostro de él se ensombrecía cada vez que ella le abandonaba y cómo se iluminaba cuando la veía volver. Acarició su tripa con la punta de los dedos, haciendo círculos alrededor del ombligo, como solía hacerlo él.



De repente, otras manos se cruzaron en sus pensamientos, otros besos y otros labios la asaltaron en su momento de paz. El recuerdo del Barón poseyéndola en las cuevas, hizo que dejara de contemplar su propia imagen en el espejo. "Maldito seas" pensó, con una mueca de rechazo. "He yacido junto a un hombre que pretende matarme -se levantó del diván y semidesnuda volvió a mirar por la ventana. Los jardines parecían dibujados, apacibles y bien cuidados.- Mañana a primera hora, tú y yo. Veremos quién acaba con quién". Se mordió el labio inferior mientras entornaba los ojos, fantaseando con la muerte del Barón.







Tres horas después de la altura máxima del Sol.

Despacho, aposentos de la Reina Níobe.




Edaris había firmado. La Reina examinó una vez más el documento, con sus trece claúsulas matrimoniales perfectamente redactadas. Había conseguido lo que deseaba en al menos diez; y otras dos eran lo suficientemente flexibles como para aprovecharse de ellas. Guardó la carta en su escritorio; abrió otro cajón y tomó un pequeño frasco.

Ahora tenía otra cosa en que pensar. El próximo invierno se casaría, y por poco que la atrajese la idea, tendría que pasar una temporada en Shult. Necesitaba alguna manera de comunicarse con sus hermanas, y los mensajeros eran demasiado lentos.

Se puso en pie y entró en el baño. En una esquina, bajo la ventana, había una bandeja redonda de plata, bastante grande y profunda, cubierta con un paño de seda. Retiró el lienzo, la luz del sol se reflejó en un espejo bañado en agua, dentro de la bandeja. En realidad no había uno, sino tres, uno debajo del otro; tres hermosos y redondos espejos con marcos labrados en acero, algo fuera de lo común.

Llevaban diez días ahí sumergidos, diez días inmersos en lágrimas. Si todo salía bien, cuando terminase el proceso los tres espejos serían un medio de comunicación entre las Reinas. Abrió el frasco que había cogido del escritorio y, con infinito cuidado, dejó caer tres gotas de un líquido negro en las lágrimas. De inmediato las lágrimas cambiaron de color a un azul tornasolado. Los espejos también reaccionaron: sus superficies oscilaron levemente, como si no fueran completamente sólidas.

Níobe sonrió, satisfecha. Extrajo del agua uno de los espejos: el agua resbaló de él como si fuera impermeable y quedó completamente seco. Estaban listos.

Acarició el metal casi con ternura. En Shult iba a echar mucho de menos a sus hermanas... Envolvió dos de los espejos en seda y llamó a Florea.

- Ve a buscar a Nyx. Tengo algo para ella.

24.5.09

El lago de nenúfares

Nyx se sentó a la orilla del lago del majestuoso castillo. Se descalzó y metió sus pequeños pies en el agua fría, despacio. Se subió la falda del vestido hasta los muslos y miró ensimismada las ondas que producía con el movimiento tranquilo de sus piernas.

Pensó en Adara y en su viaje a Mutuing. En lo arriesgado del plan, y en la magia que había utilizado. Pensó en el precio que su hermana tendría que pagar por ello y sintió un escalofrío. Esperaba ansiosa que todo saliera bien.

A Nyx nunca le apasionó la idea de que su familia tuviera dones, al igual que no le gustaba que nadie más los poseyera. Le daba pavor. Sólo una vez había hecho uso de la magia, hacía mucho años. Y a lo largo de su vida, al recordar ese momento, se aseguraba que jamás lo repetiría.





Ella apenas contaba con ocho años y paseaba con su madre alrededor de ese mismo lago, el calor era tan intenso que las pequeñas sombrillas que portaban, no le servían de ningún consuelo. Pero reían mucho... no recordaba porqué, su madre la hacía reír a menudo. Tenía el mismo pelo que Nyx, -al menos el mismo que hacía unos días, antes de que el fuego acabara con él-.

Recordaba cómo Miral, Reina de Avernarium, meneaba aquella cabellera con gracia y desparpajo. Cómo se trenzaba pequeños mechones mientras miraba al vacío, pensativa. Al igual que ella lo hacía ahora. Era una melena castaña, brillante y ondulada. Le llegaba a la mitad de la espalda, y jamás la peinaba, siempre tuvo un toque salvaje.


Nyx la miraba embelesada mientras la escuchaba hablar. De repente, se giró hacia ella y le pidió que se sentaran juntas a la orilla del lago.

- Nyx - dijo su madre - un día yo no estaré. Y hay cosas que debo ir enseñándote, antes de que eso pase.

- ¿No estarás, mami? - dijo Nyx, sentándose junto a ella, esperando una explicación con la mirada.

- No. Me iré para siempre, como se fueron los abuelos. - su madre la miró con cariño - pero para eso falta mucho. - Sonrió, dejando ver sus paletas separadas y mostrando unos profundos hoyuelos en sus mejillas. Nyx siempre se acordaba de su madre al verse esos mismos hoyuelos en el espejo.

- Ya... comprendo - dijo pensativa Nyx, volviendo la vista hacia el agua. Sus abuelos se fueron juntos un día, a un lugar lejano y jamás volvieron. Ella se prometió en ese instante, que si su madre se iba a aquél lugar, no importaba cuán lejos estuviera, ella iría a visitarla.

- Hay cosas que nuestra familia puede hacer - dijo Miral, sacando a su hija de sus pensamientos... buscó las palabras con cautela - un don, por llamarlo de alguna manera. Podemos hacer cosas que la mayoría de las personas, no pueden. - la mirada intensa de la Reina tenía un brillo especial esa mañana.

- ¡Lo sé! - dijo Nyx recuperando la sonrisa al instante - podemos mandar a la gente que nos pague dineritos - dijo frotándose las yemas de los dedos, con picardía - ... y...y también podemos decir a los soldados: "Córtenle la cabeza a ese campesino isunreto" - exclamó.

Su madre soltó una carcajada. Y luego la abrazó.

- Se dice "insurrecto", pequeña. - le acarició la mejilla y dijo - no me refiero a ese tipo de cosas, Nyx. Sino a otras más especiales y complicadas.


Nyx estaba perpleja. No podía contener su curiosidad.


Vio cómo su madre sacaba lentamente de su corsé, un pequeñísimo frasco de cristal, que contenía un líquido púrpura. Nyx lo miró extasiada, ¿qué era aquella sustancia? ¿Era secreta? ¿Era perfume?

Su madre abrió el delicado frasco con cuidado y lo acercó a la boca de Nyx.

- Bebe. - dijo sin más.

Nyx la miró fijamente un segundo y bebió un poco de aquel líquido. Estaba amargo y era un sabor completamente nuevo para ella, pero no le desagradó. Tragó, sin dejar de mirar a su madre, que ahora la contemplaba seria.

Ahora quítate el vestido, hoy voy a dejar que te bañes en el lago sola, sin nadie a tu lado para vigilarte.

- ¡Mami! - exclamó sin creer su suerte... pero mientras se deshacía del sencillo vestido y lo dejaba junto a la sombrilla, se volvió, de repente extrañada - ¿y si me ahogo, mami? ¡no sé nadar!

Su madre la observó, sonriendo divertida. Nyx la miraba intrigada, con los pies ya en el agua y las pequeñas enaguas blancas como única vestimenta. Los pálidos brazos le colgaban a los costados. Tenía los ojos muy abiertos, esperando una explicación.

- No pasará nada - dijo su madre haciéndole gestos con las manos para que se adentrara más en el lago. -... y tráeme algo bonito del fondo.


Nyx comenzó a andar, mirando hacia atrás cada dos pasos. La mirada de la Reina le daba confianza, y el agua fresca le aliviaba el calor sofocante. Siguió andando, sintiendo los guijarros bajo sus pies, buscando con la mirada algo que brillara, algo bonito para llevarle a su madre. De repente algo llamó su atención, tomó aire y se sumergió. La luz del sol iluminaba el fondo extraordinariamente, movió los brazos para mantenerse abajo, mientras observaba pececillos naranjas y negros alejándose de ella y cantos rodados de todos los colores posados en el fondo. Estaba fascinada con lo que veía. Movió las piernas con torpeza, intentando avanzar bajo el agua, para ver más allá. Había algunas piedras que proyectaban reflejos dorados y plateados y llegó a ellas, lentamente. Sus pies aleteaban y sus manos cogían ávidamente cada piedrecita dorada y plateada, pero no le cabían muchas en las manos.

La luz del sol dejaba ahora sombras y Nyx miró hacia la superficie, dándnose cuenta de lo lejana que parecía. Las sombras eran culpa de los nenúfares que descasaban en el centro del lago. ¡El centro del lago!

Nyx se dio cuenta que había perdido la orientación espacial y lo más aterrador, el paso del tiempo. ¿Cuánto llevaba bajo el agua? ¿Cuánto llevaba sin respirar? El pánico la invadió y soltó las piedras, moviendo las manos sin parar, intentando llegar a la superficie para respirar. Era inútil, el agua pesaba demasiado y ella no sabía moverse, no sabía nadar. Quiso gritar, pero al abrir la boca, vio decenas de burbujas. Una y otra vez. Más burbujas saliendo de sí. Notó que el aire no le faltaba, que a pesar del tiempo que llevaba allí abajo, no sentía la necesidad de más aire del que ya había tomado al sumergirse.

Su cuerpo se fue hasta el fondo como el plomo, mientras su mente asociaba los hechos con el líquido púrpura y la sonrisa tranquilizadora de su madre. Anduvo por el fondo, confusa, sin mirar ninguna piedra, ningún guijarro. Continuó andando, moviendo los brazos para dejar atrás el agua. Empezó a pensar que quizás estaba soñando y quiso despertar, no le gustaba aquel sueño.

La superficie empezaba a acercarse, Nyx no dejó de mirar hacia arriba, esperando encontrar de nuevo la orilla. Anduvo hasta que su cabeza salió al aire libre, se sentía más ligera. Tomó un poco de aire y fue como si no hubiera dejado de respirarlo.

Salió del agua lentamente, y se percató de que estaba en la orilla opuesta a su madre. Cuando el agua le llegaba por las rodillas, Nyx se giró lentamente, con expresión seria. Buscó a su madre con la mirada y la encontró sentada tal cual la dejó. Ésta miraba a su hija con curiosidad, esperando una reacción, una carcajada, un grito.

Sin embargo, lo único que obtuvo, fue la imagen de Nyx andando lentamente hacia el castillo, con la cabeza gacha y las enaguas empapadas.


Nyx sacudió la cabeza. Ese recuerdo la había llevado a pensar en la sensación de asfixia del fuego. Y se dijo que aquel líquido púrpura le hubiera servido de mucho más en aquel momento, que aquel día de calor sofocante, en que su madre le mostró lo que era la magia.

Su barbilla se arrugó e intentó controlar las lágrimas que últimamente salían al exterior con una facilidad pasmosa. Echaba de menos a su madre, a pesar de todo, a pesar de sus extrañezas y sus desvaríos -¿acaso no era ella una copia de lo que su madre fue?- Si aún viviera, si aún estuviera con ella, quizás supiera aconsejarla sobre qué hacer con Azcoy. Explicarle que lo que sentía, no era nada malo, no era nada raro ni impropio de alguien de su rango. Que acabar con Murah era la única opción que había tenido. Que sus planes merecían cualquier sacrificio.

Se tocó el pelo quemado. Si su madre lo viera... ella que siempre estaba orgullosa de que Nyx hubiera heredado su mismo pelo castaño y brillante, salvaje y espeso.

Tras mucho pensarlo, mientras observaba las ondas del agua del lago, sacó de entre sus pechos un pequeño frasco de cristal que contenía un líquido azulado. Lo observó largo rato antes de abrirlo y beber de un trago su contenido.

Cerró los ojos. Al instante notó cómo su melena crecía y le rozaba el cuello, los hombros y caía sobre su pecho lentamente. Lo tocó, sin abrir los ojos y suspiró profundamente, llena de aprensión.

"Adara, pon cuidado al usar tu magia, hazlo por mí" pensó para sí.

13.5.09

Que el vino corra como sangre


La botella de rosado estaba cubierta de escarcha. Era un vino viejo, caro, de sabor dulce.
Había conseguido descifrar unos pocos hechizos del grimorio. Y, con su precaución habitual, había hecho una copia de ellos al tiempo que procuraba memorizarlos. No se fiaba de la sombra del Duque Negro.
Pronunció el hechizo y el eco de una vida lejana se materializó ante ella.
- Buenas noches, ex-Duque.
- Su Majestad Níobe IV de Avernarium... -contestó Sergei, con una reverencia burlona-. Se os nota... ligeramente feliz -añadió, mirándola con atención el casi pétreo semblante.
- Qué sentido del humor tan encantador, espectro. ¿Siempre has sido tan empático?
- Bueno, mi señora. El conocimiento del estado anímico de un interlocutor es una ventaja. Pero no habéis contestado a mi pregunta -dijo, insistiendo en ese punto-. ¿Tal vez sea que habéis dado un paso más hacia el objetivo de que todo el continente se incline ante vuestra gracia y belleza?
- ¿Eso intenta ser sarcasmo, sombra? -Níobe sonrió dulcemente al espejo, desplegando todo su encanto-. Estoy feliz, espectro, porque voy a anexionarme el antiguo Renn sin mover un dedo.
La sombra frunció el entrecejo. Parecía que el último comentario de la Reina le había molestado...
- En realidad, Majestad, era una simple sátira -contestó, seco, Sergei-. ¿Renn, decís? ¿Todavía continúa existiendo ese señorío de ignorantes fanáticos envueltos en brillantes corazas?
- Sí. Terminó convertido en dos condados, Erén y Shult, que ahora se detestan a muerte como buenos hermanos gemelos -levantó la copa-. Y cuando ambos sean míos, brindaré a tu salud, sombra.
Sergei de Raven miró con avidez la copa. Hacía tanto que no saboreaba un dulce caldo. Cerca del Castillo Raven se extendía un campo de viñas que daban un vino delicioso. Sí, delicioso.
- ¿Y cómo pensáis hacerlo, mi Reina? -preguntó, curioso, para que ella hablara. Y sí, también para apartar de su mente el oscuro líquido-. ¿Los vais a empujar a uno contra el otro mientras miráis de lejos? ¿Y luego haceros con los restos? -miró con atención el rostro de Níobe. La sonrisa decía que sí, pero sus ojos, levísimamente entornados, podrían indicar otra cosa-. No, demasiado simple, ¿verdad? Vos sois del tipo al que le gusta estar cerca del escenario, para no perderse detalles... ¡Ah! -exclamó entonces, sonriendo con comprensión-. Sois astuta, mi señora, pero tal vez olvidáis algo.
Níobe paladeó el licor y le mostró la copa a la sombra, lanzando un suspiro de deleite.
- Un rosado de diez años. Helado, como es costumbre aquí -disfrutó volviendo a centrar la atención de Sergei en el vino-. ¿Y bien, qué olvido?
- Estoy seguro de que la legendaria terquedad renniana continúa pastando libre por esas tierras -comentó el Duque Negro, centrando la mirada en sus ojos-. Sin duda, producto de llevar a todas horas un caso de metal... Creo que impide el desarrollo de interesantes productos como la creatividad. O el saber parar...
- La terquedad puede ser muy útil bien enfocada. Cuento con ella para conseguir mis propósitos -sonrió con dulzura- ¿No vas a felicitarme, Sergei? Aunque seas mío, solías ser un hombre ecuánime. Suponía que apreciarías una buena maniobra.
- Os felicito, mi señora, pues reconozco una buena maniobra cuando la veo -dijo el Duque Negro, inclinando la cabeza y sonriendo, encantador-. Aunque sea vuestro esclavo y deba obedeceros lealmente mientras así lo deseéis... Eso sí -añadió-, no olvidéis mis palabras. Los rennianos son capaces de declarar una guerra simplemente por llevar un collar de oro en vez de plata en una recepción invernal. Son infantiles y muy propensos a... enrabietarse -enarcó las finas cejas-. Eso sí, de modo muy elegante y protocolario.
- Lo sé, lo sé... -sonrió auténticamente divertida- ¿Y no los hace eso entretenidísimos? No me negarás, Sergei, que jugar con ellos es una de las cosas más divertidas de la vida.
- Espero que recordéis eso mismo cuando un centenar de caballeros, más blindados que la puerta del Tesoro Imperial, llamen a vuestar puerta.
- Llamarán, Sergei querido, para pedir permiso para escoltarme hacia mi boda -bebió de nuevo-. Verás, ex-Duque. Yo poseeré Renn por la sencilla razón de que ellos me ven como una dama a la que proteger, no como un hombre que puede ser un peligro. Y esa será su perdición. Obedecerán mis órdenes si las disfrazo de dulces peticiones, lo sabes bien. Los rennianos no pueden resistirse a los suspiros de una dama, aunque les envíen a la muerte.
Sergei de Raven se encogió de hombros, en un gesto elocuente, sin apenas dirigir de nuevo sus ojos a la copa. Apenas.
- Ejerce el mismo encanto irresistible, para un renniano, la boda de una dama o su funeral. No voy a daros consejos que no pedís, Majestad.
- Aconséjame, aconséjame -pidió frunciendo los labios en un puchero-. Fuiste un hombre astuto, útiles han de serme tus consejos.
- Creo, mi magnánima y seductora Reina Níobe -dijo, esbozando una sonrisa lobuna-, que no me habéis... llamado... para que os aconseje, sino para algún otro asunto. Veo que tardáis en abordarlo. ¿O es que preferís encandilarme a...? -se interrumpió-. Por cierto, hablando de encandilar y seducir, no veo a vuestro fiel capitán de la guardia...
- No he seducido a Gael, Sergei. ¿Porqué lo sugieres? -inquirió, percibiéndose en su rostro un levísimo matiz suspicaz. El espectro era astuto, tendría que tener cuidado.
- Varias razones. Soy, o era, un hombre observador.
- Y tus razones son...
El espectro del Duque de Raven suspiró. En realidad no quería insistir en el asunto.
- Las veces que ha estado presente, con vos y yo, os miraba con una mezcla de deseo y añoranza -explicó, didáctico, mirándola de arriba a abajo-. Lo primero tiene una razón evidente. Lo segundo... bueno, sólo se explica si ya ha... probado vuestras mieles. Aparte de eso -comentó Sergei, suspirando de nuevo-, me dáis la impresión, y no os molestéis por el comentario, de que gustáis de usar vuestros encantos para conseguir vuestros deseos. Ya sea con... ¿Gael, se llamaba? O con un renniano.
- Sus visitas nocturnas no son más que trabajo, sombra. No he necesitado usar... ¿mis encantos?, es su trabajo y lo cumple sin más. Y mi boda con Shult -suponiendo que finalmente me decante por ellos y no por Alysium- se celebraría aunque yo fuera una vieja encorvada y arrugada. Necesitan a Avernarium, no a mí. La belleza es una herramienta, por supuesto, pero teniendo una buena inteligencia no es en exceso necesaria. En cualquier caso... Te he llamado para comprobar si has hecho avances en tus investigaciones, espectro.
- Veo que al fin os decidís a abordar lo que queríais en un principio. Pensé que a lo mejor habíais decidido abandonar tal empresa y...
- Pensaste mal. ¿Has hecho avances o no? -preguntó con brusquedad.
- Antes han de hacerse una serie de pruebas -explicó el Duque Negro-. Hay que establecer la fuente de vuestro poder, la esencia que hace que obréis magia. Sï -dijo, cortando el incipiente comenatrio que veía en los ojos de la Reina-, ya sé que la magia os hace rejuvenecer en proporción a la magnitud del efecto del hechizo.
- Obviamente, la fuente de mi poder es la Muerte que es consumida en cada hechizo. Por eso rejuvenecemos. ¿Qué más hay que saber sobre eso?
- El porqué, mi señora -Sergei sacudió la cabeza, como ante un estudiante del que se esperaba demasiado-. No el cómo, sino por qué precisamente eso. Sólo conociendo la razón de algo puede empezar a vislumbrarse el modo de cambiarlo.
- ¿Y has conseguido vislumbrar alguna razón de por qué nuestros hechizos funcionan así? ¿A qué se supone que has dedicado tu tiempo, sombra? Sergei el vivo no estará esperando para siempre -Níobe apretó los dientes, rabiosa.
- Paciencia, mi señora. Debéis ser paciente -dijo él, sonriendo con sorna-. ¿Estáis familiarizada con la Leyenda de los Ajenos?
- Ligeramente, pero estoy ansiosa por escuchar tu versión -bebió del vino para ocultar su decepción.
- Cuenta la leyenda que cada uno de los Siete Ajenos, en su búsqueda del concimiento absoluto, atrajo hacia sí uno de los ocho aspectos de la existencia -levantó los dedos uno a uno, enumerando-: Dolor y Perseverancia, Destino y Creación, Paciencia y Furia, Iluminación y Humildad. Son cuatro parejas de antagonistas. ¿Me seguís?
- Por supuesto -Níobe se acomodó más en el sillón-. Pero... ¿sólo Siete Ajenos? Hay ocho parejas... -suspiró-. Eres un excelente narrador. Tienes una voz muy hermosa... -sonrió, admirando el espejo... en el que ahora se veía el duque mucho más nítidamente, y también su entorno... Sillones, mesas, lámparas tenuemente perfiladas... que no correspondían a la realidad. Se sorprendió, pero no lo manifestó ni lo más mínimo, y prosiguió con calma-. Y fuiste un hombre muy atractivo. Una pena que estés en un espejo, si no... podíamos pasar un buen rato - esbozó una sonrisa pícara-. Pero prosigue, por favor.
La sombra del Duque sintió, al escuchar las palabras de la Reina, al ver cómo el vestido de noche que llevaba se abría intencionadamente al cruzar ella las piernas, un poderosísimo deseo por su cuerpo. No era más que un reflejo en un espejo, un recuerdo de alguien muerto tiempo atrás. Pero si hubiera podido sudar, en estos momentos las gotas perlarían su frente.
- Como decía antes, mi Reina Níobe IV de Avernarium -dijo Sergei, intentando sacar de su mente las sugerentes imágenes que iba generando. Esos labios, esos generosos y carnosos labios-, os gusta jugar con el efecto que provoca en los varones vuestros excelentes encantos. En todo caso -continuó-, efectivamente eran ochos aspectos, y los ajenos sólo siete. Uno quedó libre y no personificado. Pero eso no importa ahora.
Se llevó la mano izquerda al puente de la nariz, ligeramente aguileña, en una mueca de concentración, recordando viejas lecciones aprendidas de niño.
- Mi señora, cuando las familias hechiceras empezaron a usar el poder arcano de una manera... eh... excesiva y con el único propósito de adquirir poder -explicó-, los Siete Ajenos se enfadaron. Veían pervertido el Don que ellos amaron y procuraron alentar. Por eso, cuando nacieron las Grandes Casas y empezó la forja del Imperio a base de simple y pura hechicería, los Siete se reunieron en su plano de existencia y decidieron castigarlas. Ahí nacieron las taras familiares. Sólo -concluyó- hay que saber quién maldijo a vuestra estirpe. Entonces podremos empezar con la... curación.
- Encantadora historia. Tendrías talento como cuentacuentos. Y bien, sombra, ¿cómo hallaremos al Ajeno culpable? Porque no creo que eso pueda encontrarse en un libro...
- Bueno, no creo -el Duque parecía extrañado-. Los Ajenos nunca se han caracterizado por documentar sus actos. Y, según tengo entendido, en la actualidad es imposible llegar a ellos... Así pues, la única manera segura es experimentar con alguien de vuestra sangre que practique la hechicería.
- Creo que ya hablamos de esto. Tengo localizados a tres bastardos, y dos más esperan en las mazmorras. Empezaremos por ahí antes de utilizar a miembros capaces de usar la hechicería. Por lo pronto me he asegurado de que esos tres desgraciados estén recibiendo adiestramiento rudimentario -apenas podía contener su ansia.
- Mmm, bien -murmuró Sergei-. Eso complica un poco el asunto. Para ver claros los efectos se necesita alguien con algo más que meros rudimentos del Arte. Me parece que habrá que afinar muy bien los experimentos. Por lo pronto, es necesario extraer sangre de los sujetos antes y después de cada... prueba. Además -prosiguió- de los diversos humores corporales. Como bien sabéis, cada uno posee su propia resonancia.
- Habrá que trabajar con los medios de los que disponemos -dijo ella, algo molesta-. Mañana al alba iré yo misma a realizar las extracciones de humores -suspiró con fastidio-. Debería procurarme un aprendiz que se encargue de estos asuntos desagradables.
Sergei la miró con genuina sorpresa.
- ¿No tenéis ningún aprendiz, mi señora? -inquirió-. Eso es algo... ehh... muy inusual.
Ella asintió con la cabeza.
- Sí, lo es. Tampoco tengo tanta edad como para tener uno... -sonrió-. Y no creo que su compañía me resultase tolerable. No tienes porqué saberlo, espectro, pero se dice de mí que soy imperturbable... ¿Cómo era lo que dijo aquel bardo? -se mordió los labios, intentando recordar-. Sí, más gélida que una cuchillada. No me sentiría cómoda con un adolescente haciendo preguntas a mi alrededor. Tarde o temprano acabaría mandándolo empalar.
- A vuestra edad yo tenía ya dos aprendices -suspiró, recordando-. De todas maneras, un aprendiz os ayudaría en vuestros conjuros, y se encargaría de ir donde no deseáis ir pero se necesita alguien con poderes arcanos... Bueno -comentó, descartando el tema-, vos sabréis. Recordad -retomó de nuevo el hilo de la conversación anterior- que debéis aseguraros de que las muestras se conserven íntegras. Creo que en la página doscientos cuarenta y seis -añadió, señalando su propio grimorio- hay un buen ritual de conservación.
- Oh, sí - Níobe se giró, avanzó hacia unas estanterías y cogió de ellas una cala negra en perfecto estado, que flotaba suavemente sobre un disco de metal-. Ya lo he probado -sujetó la flor-. ¿No te parece preciosa? -la acarició con cuidado-. Cuando mi esposo muera, haré una corona de éstas para su tumba.
- Preciosa, mi señora -convino el archimago, asintiendo con sencillez-. Como vos.
- No tienes porqué halagarme, Duque. Sé que te desagrado soberanamente -ella sonrió-. Una pena, si las circunstancias hubieran sido otras, Sergei, seguramente nos habríamos llevado bien... hasta que nuestros intereses se enfrentasen.
- Lo que me desagrada es el nimio hecho de estar muerto. Aunque os aseguro que sólo hubo una mujer que pudiera estar a mi altura. Espero, mi señora -continuó el Duque Negro, cambiando de tema-, que reunáis cuanto antes las muestras. Hasta que tengáis una colección significativa de ellas, id repasando el "Alquimia", del maestro Gery Fauhaussen. Sobre todo los capítulos tres y siete...
- Ah, sí... -ella ignoró el cambio de tema, disfrutando ante la posibilidad de meter el dedo en la llaga-. Esa mujer. La que propició tu caída. Dicen las leyendas que era bella como la muerte y retorcida como la cizaña.
- ¿Os referís acaso a mi esposa, la dama Ariadna? -Sergei sonrió, divertido-. Sí, claro, cómo no iba a ser ella la que trascendió... Tan retorcida que acabó aprendiendo demasiado tarde que había... entes, de los que era mejor mantenerse alejada. O eso tengo entendido, mi señora. Aprended de su ejemplo.
- Tienes una voz hermosa, Duque. Distráeme. Cuéntame que pasó. No se suelen tener muchas oportunidades de escuchar la Historia de boca de quienes la vivieron.
- Si preferís que un recuerdo os cuente cuentos en vez de centraros en lo que os hizo invocarme... -la sombra se encogió de hombros- no soy yo quién para criticaros
- Entonces, adelante. Hasta que no tenga las muestras no puedes hacer nada, acabas de decírmelo. Distráeme al menos -ordenó Níobe como quien no está acostumbrada a repetir sus mandatos.
- No me reclaman en nigún lugar, así que... -rió con amargura el espectro-. La Dama Ariadna se creía muy buena conspiradora. Era buena, lo admito -dijo, reconociendo lo obvio-. Por un tiempo me engañó, atentando contra mi vida antes de que yo estuviera preparado. Pero no era tan buena como ella misma pensaba. La segunda norma no escrita del juego de poderes es "utiliza sólo las herramientas que puedas manejar".
- Si consiguió hacerte caer, debía ser buena. Además -se levantó, fue hacia la estantería y extrajo un tomo ajadísimo-, su diario me hace pensar que realmente era una mente brillante. Me encantan los párrafos -abrió uno de los tomos- que hablan de ti.
Perdió la mirada entre las líneas, sonriendo con burla. La tinta se conservaba tan oscura como el primer día, pero los bordes quemados del tomo atestiguaban que había sobrevivido a un incendio. En algunas zonas la humedad había hecho mella en los pergaminos. El lomo había sido restaurado con mimo, pues cuando Níobe lo halló estaba prácticamente destrozado, convertido en un fajo de papeles precariamente unidos por un par de hilos. Algunos pasajes eran de difícil lectura, y anotaciones al borde hechas con tintas de peor calidad se leían con mucha dificultad. La mujer que había escrito esas líneas poseía una letra hermosa y clara, y no había escatimado detalles en las descripciones de sus conspiraciones... ni de su esposo.
- ¿Poseéis las anotaciones de...? -preguntó muy sorprendido-. Bien, como sea, sabéis entonces que hacía tratos con criaturas del Inframundo. Conocéis sus planes, y deberíais ver dónde se equivocó. No creo equivocarme si aseguro que lo que pasó el día de... mi muerte, no fue propiciado por Ariadna, sino por sus "servidores", que se servían de Ariadna en realidad.
- Sí, yo también tengo esa sensación... aunque como sospecharás, las últimas semanas de vuestra existencia no están anotadas. Por lo que he podido deducir, lo que sucedió ocurrió de modo repentino. Así que tú podrás narrarme lo que no me cuenta el diario. Dime, ¿qué pasó? -cerró el tomo-. Habla de Sir Ilan, de tu "capricho", sea quien sea esa mujer, de las rencillas con Renn... La muerte de Zhura es el último acontecimiento importante registrado. Te aseguro que tu esposa era muy... descriptiva, releer la muerte de tu aprendiz me revuelve el estómago. Por otra parte, releer vuestra noche de bodas... -esbozó una sonrisa pérfida.
- ¡Mi señora, por todas las estrellas! -protestó Sergei. Al ver que ella sólo ensanchaba su sonrisa, suspiró y se resignó-. No sé lo que ella habrá escrito ahí, pero yo disfruté durante todo el proceso.
- ¿Quieres que te lo lea? -volvió al sillón y abrió el libro en su regazo, mirándole con picardía.
Recordar las sensaciones, casi sentirlas, aprehender esos momentos que ya casi se escapaban de su memoria. Con qué fuerza deseaba sentir, tocar, saborear, oler. Miró a la Reina. Era una auténtica belleza, desde luego. El pasado del Duque estaba lleno de noches de lujuria, de damas seducidas, de suspiros de placer. Esas piernas torneadas como si estuvieran hechas por un maestro alfarero; el cuello blanco y liso que le llamaba; el volumen de sus senos realzado por el busto del vestido intentaba atraer su mirada. Con un soberano esfuerzo se controló para no gritar de frustración.
- Hacedlo.
- Hagamos un trato -sonrió Níobe, y se sirvió más vino-. Yo no tengo una voz tan acariciadora como la tuya, pero sé que puede llegar a ser muy agradable. Sé bueno y cuéntame el final de tus días... y yo te leeré los mejores párrafos del diario.
- Queréis jugar a las preguntas -afirmó Sergei, desesperado por los recuerdos-. Muy bien, indiscreta Majestad. Pero creo que he de deciros que o a mi nada añorada esposa se le acabó la tinta, o vos no poseéis todo el diario. La muerte de Zhura aconteció casi un año antes del final de mis recuerdos. Bien -dijo-, ¿por dónde queréis que empiece?
- ¿Un año? -Níobe se mordió los labios, contrariada- Lamentable. Sin embargo, entre las ruinas de Raven no logré encontrar ningún diario más... -Níobe pensó en todos los hombres que aún mantenía husmeando en el cenagal en busca de restos-. Lo cual me recuerda... me han traído una cosa que creo que te encantará. Pero primero la historia. Zhura muere, y Ariadna encierra en un monasterio a tu hijo... y al otro hijo de esa muchacha a la que llama tu "capricho". ¿Qué pasó después?
- Lo de Renn dejó de ser una simple rencilla y pasó a ser una guerra abierta, pero supongo que eso será de dominio público -la Reina asintió, curiosa por detalles desconocidos, no por párrafos de libros de Historia. El Duque continuó-. Después de envenenarme sin tener éxito del todo, Ariadna aprovechó que tuve que salir para Selinon. Necesitaban a su Duque para infundirles tranquilidad por la cercanía de las tropas rennianas. Fui con una pequeña escolta, y creí que bastaría para hacer frente a cualquier cosa. ¡Ja! -rió-. Durante el trayecto, cerca del Marjal, unos asesinos a sueldo de mi queridísima esposa nos atacaron. Ayudados, por supuesto, por uno de esos "servidores" demoníacos que tenía. Eso lo descubrí después. Me dieron por muerto y, bastante malherido, logré penetrar en el pantano.
- ¿Y allí? ¿Qué hiciste allí? Ariadna aprovechó hábilmente tu desaparición para asentar su poder en el ducado.
- Pasar dos semanas con una vieja conocida. Creo que os toca -comentó, intentando no sonreír de anticipación-, mi señora.
- Claro -ella asintió, toda amabilidad-. ¿Qué párrafo prefieres? ¿La noche de bodas te gusta? ¿Alguno en el que salgas tú, o prefieres incluso alguno en el que tu esposa se entretenga con sus múltiples amantes?
- Elegid vos.
Níobe bebió vino para aclararse la garganta y comenzó a leer, acariciando cada palabra con su dulce voz.
- Una de las ventajas de que tu marido sea un libertino es que al menos es capaz de hacer bien su trabajo. Puede que nuestros encuentros conyugales sean esporádicos, pero ese imbécil aún me sirve para algo. Anoche vino a mi dormitorio, supongo que echa de menos a su pequeña zorra. Incluso se permitió el lujo de dedicarme un par de lindezas bastante logradas. Me sorprende lo entretenido que puede ser ponerle frenético. Cuando se sentó a beber de mi valioso tinto, comencé a besarle suavemente la nuca. ¡Casi pude oír como se le erizaba todo el vello! Cuando le quité la túnica, el muy desgraciado todavía tenía marcas de arañazos en la espalda... pero yo tenía mordiscos de Jules en el cuello, así que me las apañé para vendarle los ojos y atarle a la cama. No sería nada elegante restregarle por la cara mis infidelidades. ¿Sigo, mi Duque?
Sergei se dejó mecer por la voz de ella, rescatando evocadores recuerdos de su vida mortal. Era lo máximo a lo que podía aspirar.