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21.9.09

Punto de inflexión

"...es necesario a veces tocar con tus propias manos lo más profundo de la desesperación, para ayudarte con ellas a tomar impulso y escapar de allí como si se te fuera la vida en ello..." Extracto de `Ayer y mañana, nunca existieron´, obra anónima avernariense del año MVI.



16/Decimus/año MDXXXVIII después del Año de los Infortunios


Habitación de los Durmientes, Castillo de Avernarium.

Estación de las hojas caídas.


Nyx salió de la habitación de los durmientes, no aguantaba todo aquel ostentoso ritual. Con un ademán de sus manos, ordenó a sus damas de compañía y su guardia que la dejaran sola. Estaban acostumbrado a aquel gesto, ya que la reina nunca los quería cerca. Eran los más envidiados por los sirvientes del castillo; siempre estaban ociosos.

Salió al exterior del castillo y caminó hasta el lago de nenúfares. Se sentó a su orilla, como siempre hacía cuando algo la turbaba. En ese lago fue donde su madre le enseñó lo que era la magia, en ese lago la utilizó por primera vez y fue también allí donde juró que nunca más la usaría. Sin embargo, ahora había matado a un hombre instintivamente usando magia, lo hizo sin pensar. Reflexionó sobre si hacía bien en negar la magia una y otra vez, quizás estaba en su naturaleza, quizás no fuera tan malo. Ahora, el asesino de su hermana estaba carbonizado por dentro y ella sentía que podía respirar hasta llenar por completo sus pulmones de aire, sin jadeos, sin ansiedad que la oprimiera en el pecho. Y había sido gracias a la magia. Sin ella, no hubiera podido acabar con él, y probablemente estaría también en la habitación de los durmientes con una herida en el pecho.

Se descalzó y sumergió lentamente los pequeños pies en el agua gélida. Pensó en su madre, muerta. Y pensó en Adara, muerta. Pensó en su padre, muerto... Ahora sólo tenía a Níobe. Las lágrimas empezaron a rodar por su rostro y caer por su barbilla, y la imagen de Azcoy la volvió a golpear como una barra de acero. Ahora lo necesitaba más que nunca. Pensó en él mientras se ábrazaba las rodillas y escondía su cara tras ellas. Siguió llorando en silencio hasta que creyó haberse quedado seca para siempre.

Se levantó lentamente y miró a su alrededor, había empezado a oscurecer y no se veía a nadie, hacía frío. Y además, tenía el cuerpo entumecido por haber estado hecha un ovillo toda la tarde, incluso creyó haber dormido en algún momento, entre lágrimas. No estaba segura.

Miró el castillo con otros ojos, majestuoso con la luz del ocaso, y con ventanas iluminadas por la luz de miles de velas. Se dijo que jamás volvería a llorar por su madre, por su padre, por su hermana, y mucho menos por Azcoy. Todos la habían abandonado de una forma u otra. Pensó que todo era diferente ahora que estaba sola con Níobe, y se encargaría de que los culpables de sus lamentos murieran, los cómplices sufrieran y el resto, aunque inocentes, pertenecieran a su reinado para siempre.

El Putomundo sería de Avernarium. En esta empresa pondría toda su energía, nunca más se lamentaría por los que no estaban.

Nunca había estado más segura de que la conquista del Putomundo estaba en sus manos y que iba a conseguirlo.

20.7.09

Donde crecen las rosas


Nyx montaba sobre Hierro al trote siguiendo el curso del río Biv. Miraba al horizonte mientras sujetaba las riendas con ambas manos, sin pensar en nada en concreto, sólo dejando que su mente enlazara un pensamiento con otro.



El sol estaba alto, pero le daba igual que su piel pudiera enrojecer. Llevaba un vestido ajado de color granate, era cómodo y ligero y le permitía montar a horcajadas. Siempre montaba así. Y como siempre, había salido del castillo sin que nadie la viera. No quería escoltas, no quería ver a nadie ni que nadie la viera.



Intentaba evitarlo, pero su mente terminaba siempre la cadena de pensamientos con Azcoy, y por más que intentaba una y otra vez apartar su última conversación de su mente, ésta se las apañaba para que las frases más dolorosas retumbaran en sus oídos.



Bajó de un salto del caballo y lo dejó beber en el río. Ella se sentó en las piedras de la orilla y se quitó las botas. Apoyó la cabeza sobre sus manos y respiró profundo.



Pensó en qué había hecho mal. Sus hermanas estaban inmersas en los planes para la conquista y ella no era capaz de hacer nada. Para colmo no dejaba de complicarse la vida con otros asuntos que nada tenían que ver y que la anulaban a la hora de concentrarse y tramar algo de provecho. Adara estaba en otro reino, arriesgando su vida por la causa. Níobe haciendo de las suyas para hacerse con Shult. ¿Y ella?



Se tapó la cara con las manos y reprimió un sollozo. Lo peor es que el sollozo no era por no estar a la altura en los planes de la familia, sino por Azcoy. Había abandonado su casita de piedra, incluso la herrería, y había desaparecido de Huyk. Nyx suponía que incluso se habría ido de Avernarium.



Hierro relinchó y meneó sus crines para llamar su atención. Nyx levantó la vista y miró al caballo, y siguió con los ojos hacia el lugar hacia donde él miraba. Se sobresaltó al ver, algo más adentrada en el bosque, a una mujer de una edad incalculable, sin ningún tipo de atractivo recordable, mas que una mata salvaje de pelo rojo, que la hacía aún más pálida de lo que ya era. Nyx creyó oírla canturrear en un idioma desconocido, mientras recogía ramitas de suelo.




"No estáis preparada, y no lo estaréis mientras él gobierne vuestros pensamientos" - dijo la mujer en voz alta sin mirarla, mientras seguía acercándose a ella, recogiendo hierbas y pequeñas florecillas y las metía en pequeños saquitos de esparto.



Nyx miró a su alrededor, poniéndose en pie.



"¿Me hablas a mí, mujer?" - le dijo.



La mujer la miró y dejó caer sus brazos junto a su cuerpo, solemnemente le dijo:



"El búho rebuzna".



"Genial - se dijo Nyx - una loca en mitad del bosque..."



- La locura está en los ojos del que mira, y no en la mente del que es mirado - la vieja se plantó en dos pasos frente a Nyx. La miraba fijamente y tenía una media sonrisa dibujada en su rostro anodino.



Nyx reprimió un respingo, aunque realmente, aquella mujer no la asustaba. Podría reducirla antes de que su boca volviera a abrirse. Y sin embargo sentía curiosidad por qué más cosas podría decir. ¿Le había leído el pensamiento?



- ¿Quién eres tú? - le preguntó la joven reina - ¿qué haces aquí?

- Mi nombre es Assurda D´cohone, de la rosada tierra de Rossum, país de adivinas y héroes de grandes proezas - dijo la mujer como si la voz le saliera desde lo más profundo de su ser. Nyx entornó los ojos y se quedó observándola. Sus harapos rosados y su pelo rojo eran, como menos, los más extraños que hubiera visto jamás. - aquí vivo retirada de un mundo que no me comprende, sabiendo que jamás volveré a mi amada Rossum - terminó diciendo.


- No conozco esas tierras, mujer - dijo Nyx - ¿qué haces aquí? ¿por qué no puedes volver a tu tierra? ¿te exiliaron, tal vez?


- Al morir mi madre, mi padre no quiso hacerse cargo de una desdichada como yo, mancillada por la herencia de mis antepasadas... veo lo que nadie más ve.


Nyx se acercó un poco más, asiendo las riendas de Hierro para llevarlo junto a ella.


- ¿De veras? - preguntó entre curiosa y divertida. - ¿Y qué es lo que ves en mí, mujer que todo lo ve?


- Veo que derramaste la sangre de una inocente y la de la vida que crecía en sus entrañas... - dijo la bruja fijando la mirada en los ojos de Nyx.


- ¿Qué? - gritó Nyx, sorprendiéndose a sí misma por el tono chillón que salió por su boca - ¿qué sabes, vieja bruja? ¿quién te manda para torturarme? ¿Azcoy?


- Tenéis un aura de sangre inocente a vuestro alrededor...no sé ni me interesa quién es ese azcoy, pero a cambio de la destrucción del que me desterró, os prestaré mi ayuda. - dijo la mujer arrodillándose a recoger unas forecillas blancas que había junto a sus pies. A continuación la metió en uno de los saquitos que llevaba atado al cinturón de cuerda.


- Estás loca... no sabes nada. - dijo Nyx altiva.


- Nyx - dijo la mujer - no sufras por él. Quien se va sin ser echado, vuelve sin ser llamado... - Nyx sintió un frío helado por la espalda - acaba con quien me dio la vida, y te ayudaré a conquistar lo inconquistable.

Nyx montó de un salto en Hierro, que relinchó enconvándose, por la violencia de su dueña. Ella miró a la mujer, seria, y dijo:

- ¿Podré encontrarte aquí si... decido que voy a creerte? - dijo turbada, recordando lo que aquélla acababa de sugerir... no sólo había matado a Murah, sino al hijo de ésta y de... Azcoy!

- Donde crecen las rosas rosas - dijo señalando al interior del bosque - donde rebuznan los búhos.

6.6.09

La verdad

Tras el revuelo causado en Hyek por la aparición del cadáver de la joven hija de la familia Luun, de nombre Murah, Nyx decidió que era hora de visitar a Azcoy.

Llevaba bien aprendido lo que diría y se dijo que ese mismo día quedaría zanjada su relación con el joven herrero. Era un plan ideado al ritmo que habían ido aconteciendo los hechos, pero le parecía perfecto, sin negarse a sí misma ni un instante que era cruel y despiadado, más propio de su hermana Níobe que de ella. Sin embargo, el plan era en realidad, contar toda la verdad.

Ensilló a Hierro y montó sobre él. Mientras galopaba entre los árboles del bien conocido bosque hacia la pequeña casa de su amante, repasaba mentalmente la conversación que mantendría con él. Los nervios le atenazaban el estómago como unas enormes garras de hierro, el miedo iba apoderándose de su mente conforme se acercaba a la casa de piedra e intentó pensar en Adara y en su viaje para relajarse. No lo consiguió. La terrible noticia que había recibido Azcoy sobre su prometida, no iba sino a empeorar con aquel encuentro, cuando le dijera que ella misma había acabado con su vida.

Tembló al vislumbrar al herrero sentado en los escalones de piedra de su puerta y aminoró la marcha. Él al verla se puso en pie, con el rostro contraído y la cara que solía ser morena, del color del pergamino.

- Nyx - murmuró al tener a la joven delante, una vez ésta se apeó del caballo. - no sabes lo que...

- Lo sé - le cortó tajantemente la muchacha.

Él la abrazó con fiereza y comenzó a sollozar. Nyx no se movió.

- No quiero llorar por otra en tus brazos, Nyx... - dijo apartándose de repente - lo siento, pero entiende que es un golpe terrible, incluso si no fuera mi prometida... la mataron en el bosque y a ¡saber qué más cosas le hicieron! - los ojos del herrero estaban húmedos y la miraban suplicantes.

- No te preocupes por eso - dijo Nyx bajando la vista, incapaz de mantener la mirada de Azcoy. - Fue rápido y no sufrió.

Notaba las pupilas del joven clavadas en ella, pero éste no pronunció ni una palabra, Nyx continuó ante el silencio de él, levantado la mirada, intentando coger fuerzas.

- Níobe la capturó... supo lo nuestro y pensó que así me estaba ayudando - la voz comenzó a temblarle - no quise hacerle daño, Azcoy, sabes que si así fuera, lo habría hecho hace muchas lunas... pero mi hermana supo qué decir y cómo, para que dejar a Murah con vida hubiera supuesto un riesgo para asuntos secretos de la corona. - Azcoy escuchaba con la boca abierta, había dejado de llorar y comenzó a dar pasos hacia atrás hasta que se topó con los escalones de piedra donde había estado sentado. Nyx comenzó a temblar, el aplomo se esfumó y no pudo sostener su propio peso, cayendo de rodillas. Apoyó las manos en la tierra y comenzó a llorar, su plan perfecto la estaba destrozando por dentro, no volvería a ver a Azcoy, la manera en que él la estaba mirando era nueva, completamente horrorizado e incrédulo.

El silencio reinante sólo se quebraba por los sollozos de la Reina, sus lágrimas caían sobre la tierra, era incapaz de levantarse, sólo podía temblar. Nunca en su vida, había sentido esa sensación de desconsuelo, la angustia la dominaba, incluso en su mente se cruzó la pacífica idea de morir en ese instante. Quiso morir.

Azcoy se sentó de nuevo en los escalones, su mirada vidriosa se fijó en un punto en el infinito, cruzó las manos y apoyó su cabeza sobre ellas. Enfrente tenía a la mujer que más había querido, que más había jugado con sus sentimientos, por la única que había llorado y por la que siempre daría la vida. La orgullosa muchacha estaba tirada en el suelo, llorando como una niña, como jamás imaginó que una persona, y menos aún ella, pudiera llorar. Sin embago su cuerpo era incapaz de avanzar hasta ella, de abrazarla, de consolarla. En su cabeza, la extraña imagen de aquella joven acabando con la vida de su pobre prometida se le antojó una broma pesada. Sin embargo, había paz en su interior, no era sino la extraña calma y resignación de quien por fin conoce la verdad sobre una misteriosa muerte de un ser querido. La certeza de que nadie abusó de Murah, de que no existía ningún vándalo a quien buscar y matar para vengar a la joven. No había un oscuro secreto tras aquella muerte, la incertidumbre había desaparecido, dejando paso a una sensación de desprecio e incredulidad en la boca del estómago. Y no hacia Nyx. Nunca podría... todo su odio se concentró en la figura de la Reina Níobe.

De repente sintió ganas de reír, de reírse de sí mismo y de su destino, de la vida y de su cruel manera de comportarse con un simple hombre que nada tenía. Sintió ganas de reír, y amargamente lo hizo, sin darse cuenta siquiera de lo que estaba haciendo.

Nyx no pudo creer lo que oía y levantó la vista. Se sentó sobre sus talones y miró al hombre que amaba, lo vio reír, pero no como él solía. No había chispa en sus ojos, ni alegría en su rostro. Su expresión daba, realmente, mucho miedo. Temió en ese instante que se estuviera volviendo loco, aquello no podía estar pasando. Esperaba cualquier reacción, podría con cualqueir cosa, pero no con aquello.

- Azcoy... - dijo Nyx limpiándose el rostro, sin dejar de sollozar, confusa y angustiada.

- ¿Sabes qué? - dijo el herrero mirándola de nuevo, con una extraña sonrisa, la sonrisa más triste que Nyx había visto en su vida - no puedo odiarte, Nyx. ¿Y sabes lo que es peor? - sus ojos relampaguearon ahora, con una expresión de desprecio que casi se podría tocar - que ni siquiera me consuela acabar con la vida de tu hermana, porque sé que eso te haría daño.

Nyx abrió los ojos tanto como pudo, ¿cómo podía seguir queriéndola después de todo? ¿cómo se extinguía la llama de Azcoy? Y la suya, ¿cuándo se extinguiría la suya?

- Pero no puedo mirarte sin imaginar cómo pudiste matar a Murah, de qué manera ella te suplicaría que no lo hicieras, cómo ignoraste el daño que esto me causaría y aún así siguieras adelante... - dejó de mirarla, verla le hacía daño en lo más profundo de su ser - sabes que hubiera anulado el casamiento con sólo habérmelo pedido, y sabes por qué... sabes que yo sí te amo, Nyx. Y, aunque me pese, siempre lo haré.

Nyx intentó acercarse a Azcoy, necesitaba sentir su abrazo, sentir que la perdonaba... todos sus planes de alejarse de él, de hacer que la odiara, de no verlo jamás, se fueron al traste y sólo pensaba en quedarse a su lado para siempre. Al infierno la conquista, sus hermanas, la corona, ¡todo! Al diablo con todo y con todos, huiría con él. Esa idea la hizo tomar fuerzas y anduvo hasta su amante, arrodillándose frente a él.

- Perdóname, amor, por favor te lo ruego... huyamos de aquí, Azcoy - le dijo suplicante - ahora, para siempre. No puedo engañarme más; te amo. Eso no va a cambiar, no puedo cambiarlo por más que lo he intentado. Ahora ni siquiera quiero cambiarlo, quiero que huyamos juntos, como siempre has querido.

Azcoy miró la pálida tez de Nyx, sus ojos almendrados y creyó lo que la joven le decía. En su interior siempre lo había sabido, Nyx lo amaba. A su manera, pero lo hacía. Lo que nunca imaginó, fue aquel final.

Acarició el perfecto óvalo de la cara que tenía delante, suave y delicado. Y sin ira, sin rastro siquiera de rencor alguno, dijo lentamente:

- Lo siento, amor mío. El viaje que me espera, lo voy a hacer solo. Y créeme... no volveré a Avernarium jamás. Ésta será la última vez que me veas.

4.5.09

Aire

La joven cubierta de tiznones y con la mitad de la cabellera chamuscada notó un soplo de aire en su boca que le atravesó el pecho. Una tos seca subió desde sus pulmones y el hombre que le había proporcionado el aire se apartó para dejarle espacio. Ella se incorporó como un resorte y siguió tosiendo. Cuando se calmó, se puso en pie rápidamente y se giró sobre sí misma, mirando lo que la rodeaba. Encontró al menos a siete u ocho hombres, algunos la miraban y otros estaban agachados junto a alguien inmóvil que yacía en el suelo. Estaba en las calles de Hyek, pero estaban desiertas.



- Joven - dijo un hombre bajito y con la nariz colorada, seguramente aficionado al vino. Instintivamente, se sorprendió por la confianza con que el hombre la trataba, ¿acaso no tenía modales? Era obvio que su cuerpo cubierto de tizne negra y sus ropajes desgarrados ocultaban muy bien su verdadera identidad- ha salvado a Azcoy de una muerte segura - su voz mostraba agradecimiento. Pero, ¿qué le estaba diciendo? ¿Azcoy?



Imágenes como fogonazos le inundaron la cabeza hasta que la hicieron taparse la boca con ambas manos y ahogó un grito. Corrió hasta el hombre inconsciente que estaba tendido en el suelo. Los hombres a su alrededor se apartaron asombrados ante la desolación de la joven forastera. No sabían de dónde había salido, quién era, ni por qué se había metido en mitad de un incendio para salvar al herrero. La vieron arrodillarse junto al joven y besarlo sin descanso. Besó sus ojos, su frente, sus labios. Y lloró.



- Azcoy está bien, joven - aseguró un anciano, de su boca colgaba una ramita de vinagreta - pero tiene un golpe en la cabeza. Las mujeres han ido por agua, paños y ungüentos. Se repondrá.



Nyx comprobó que Azcoy sangraba, pero la herida no era profunda. Sonrió aliviada al anciano.



Tres mujeres se pusieron manos a la obra y antes de darse cuenta, tanto la herida de Azcoy como los codos de Nyx estaban limpios y vendados. Se sentía extraña al estar entre la plebe y que no se arrodillaron antes ella, que se saltaran el tratamiento y la llamaran "joven". Se sentía extraña, pero protegida y, para su sorpresa, confortable.



- Joven - en ese momento una de las mujeres se volvió hacia ella - todos en Hyek les estarán muy agradecidos cuando vuelvan de las granjas y sepan lo que ha pasado hoy. Conociéndonos - y soltó una carcajada - incluso daremos una fiesta en su honor.

- Sí - dijo otra - lo que es una pena es como se te ha quedado el pelo.



Nyx abrió mucho los ojos y se llevó las manos a la cabeza. Su larga melena castaña y ondulada, estaba encrespada y no llegaba más allá de su nuca. Ahora era consciente de que notaba la brisa en el cuello y las orejas. La barbilla le tembló, pero tragó saliva y se guardó el llanto, estaba agotada. Podría llorar más tarde.



En ese momento Azcoy despertó. Seguía allí tendido, en mitad de la calle. Nadie había querido moverlo, ni tampoco había habido mucho tiempo. No había pasado aún ni una hora desde el incendio, la herrería todavía crujía y humeaba.



Nyx se quedó paralizada al ver sus ojos abrirse. Dejó que la gente se apelotonara a su alrededor y agradeció quedar en un segundo plano. Estaba inquieta, la martirizaba la idea que había traído tan bien aprendida del castillo. Sin embargo no tuvo tiempo de pensar en aquello porque todos empezaron a señalarla con entusiamo y gritos de alegría, y el desorientado Azcoy la miró. Su ceño se frunció profundamente.



- ¿Esa chica ha entrado ahí? ¿A por mí? - Azcoy no sabía si creer lo que oía. Una desconocida había...entrado... de repente sus ojos y su boca se abrieron lentamente. La chica con la cara manchada de negro, el pelo quemado y las ropas hechas jirones que lo miraba con temor, no era una desconocida.



Azcoy se levantó, torciendo el gesto por las punzadas que sentía en la cabeza, y se acecó a la Reina. Todos se habían quedado en silencio, mirando la escena con intena curiosidad. Azcoy, dándole la espalda a sus vecinos se puso frente a Nyx y una enorme sonrisa se dibujó en sus labios.



- ¿Cómo no voy a quererte? - preguntó mientras la abrazaba.



Ella se dejó hacer, reprimiendo una vez más el llanto. Llevaba años sin derramar una sola lágrima, quizás ese día estaba llorando por todos esos años.











- ¿Qué recuerdas? - le preguntó Nyx al herrero mientras dibujaba con sus dedos letras en la espalda del hombre.

- No mucho. Un hombre vino a la herrería... no recuerdo qué preguntó. No puedo recordar más allá. - Azcoy se puso bocarriba y abrazó el cuerpo desnuda de la joven. Luego la miró y acarició su pelo quemado. Ella se apartó.

- Aún te duele, ¿verdad? - dijo incómoda... incómoda por su pelo, incómoda por lo que guardaba - Mañana te enviaré a nuestro médico.

Nyx se puso en pie de un salto y lo miró, recostado. Él pensó que su mirada era triste por lo acontecido. Pero ella sabía que su tristeza era causa de la culpa. Azcoy se incorporó y la cogió de las manos.

- No te vayas, quédate a dormir... - dijo suplicante - sólo hoy. Da igual quién pueda vernos. Sólo hoy.

- ¿Nunca te importó que nos vieran? ¿Que tu... prometida se enterara? - preguntó Nyx mirando el suelo de madera. Se sentó en la cama, dudando.

Él le besó los dedos de la mano, uno por uno antes de hablar. Su pelo revuelto y su amplia sonrisa hacían que Nyx quisiera quedarse allí para siempre.

- Sabes que jamás sentiré por Murah lo que siento por ti - y al pronunciar su nombre, su rostro se ensombreció, cargado de culpa. Sin embargo la culpa que sentía Nyx iba más allá, rozaba el pánico. - Mantengo la esperanza como un estúpido, de que me pidas que no me case con ella. Que me pidas que huyamos juntos fuera de Avernarium. Que tengamos juntos una vida anónima y modesta, donde tú sólo seas Nyx y yo siga siendo Azcoy. Y que Murah fuera feliz con un hombre que la trate mejor de lo que yo he sabido hacerlo, porque merece mucho más de lo que yo le he dado- Nyx escuchaba con un nudo en la garganta, intentando no llorar. ¿Cómo iba a decirle que Murah ya no existía? ¿Que ella misma le había dado muerte? ¿La creería capaz él de algo así? - pero eso no va a pasar, lo sé, no digas nada. Sé que soy un idiota. - su tono de voz parecía cansado. Miraba a Nyx fijamente, con tristeza - pero has de saber que cuando me case con Murah, todo esto habrá acabado. No pienso engañar a la madre de mis hijos.



Nyx se puso de nuevo en pie, no podía seguir escuchando hablar de Murah. Tampoco podía hablar. El nudo que tenía en la garganta no la dejaba casi respirar. Las lágrimas se acumulaban en sus ojos mientras se vestía a toda prisa. Azcoy la miraba, sentado en la cama completamente desnudo. No la miraba sorprendido; hacerle el amor y luego huír era lo que mejor sabía hacer la joven. Y esta vez ni siqueira estaba enfadado.



- Debo irme, Azcoy, empieza a oscurecer - dijo en un susurro la Reina. Se acercó a él y besó fugazmente al herrero en los labios.

- Está bien... - dijo resignado. De repente, una imagen se cruzó en su memoria y frunció el ceño - Nyx..

Ella se giró sin mirarlo directamente, para que no leyera en sus ojos que algo grave la atormentaba.

- ¿Sí? - preguntó con un hilo de voz.

- El hombre - se rascaba la barba pensativo, con la vista clavada en ella - no sé quién es, seguramente no podría reconocerlo pero... recuerdo que llevaba botas diferentes.

El sobresalto interior de Nyx fue casi visible. Botas dispares, imposible. ¡Puñal!

- ¿Cómo? ¿Llevaba zapatos diferentes? - sonrió fingiendo incredulidad, como si hubiera sido producto de su imaginación.

- Estoy seguro... - Azcoy asintió, convencido -.

- Encontraremos al que lo hizo - dijo Nyx - no te preocupes por eso y deja de darle vueltas..



Al oir el trote de Hierro bajo su dueña, Azcoy se dio media vuelta en la solitaria cama.

Nyx debía de amarlo de verdad. ¿Habría arriesgado su vida, si no, para salvarle del fuego? Y sonrió lentamente mientras se abrazaba a la almohada, recordando cada beso que esa misma tarde, le había regalado la mujer que amaba.

30.4.09

Fuego

Nyx se alejó a caballo del castillo, por primera vez no temía que la vieran dirigirse hacia la casa de Azcoy. El temor que ahora la abrumaba, era su reacción ante lo que tenía que decirle. Cierto es, que podría haber seguido el consejo de Níobe sobre qué hacer con respecto a Murah.

"Le diré a Gael que deje su cuerpo en mitad del bosque de Hyek, allí la encontrará algún campesino y todos pensarán que la mató un vándalo" le había dicho con su sonrisa maliciosa. No era mala idea... Pero Nyx no tenía ninguna intención de mentir, tenía pensado algo mejor. Diría la verdad.

Desde que había descubierto hasta dónde llegaban sus sentimientos por Azcoy, estaba huraña y crispada. Se odiaba a sí misma por haber caído en algo tan mundano y descontrolado como aquello. Propio de personas débiles, dependientes. No estaba enfadada por haberse enamorado de un herrero, sino por el simple hecho de haberse enamorado, y para colmo, sin percatarse. Y ahora sentía estar atrapada en una tela de araña que la tenía sujeta por cada poro de su piel. Para la gente esa sensación era placentera, para ella era un lastre, un obstáculo en sus planes, una maraña que no la dejaba ver el horizonte con claridad. Pero tenía en su mano la oportunidad de acabar con aquello. Y lo iba a hacer.

Mientras clavaba los talones de sus botas en el lomo de Hierro para que el animal galopara a más velocidad, pensaba en lo que iba a suceder a continuación. Lo tenía todo calculado. Al no estar segura de poder cumplir con su intención de no acercarse a él jamás, iba a contarle todo lo sucedido con Murah. Ésa era la manera perfecta de acabar con toda esa historia; él la odiaría hasta los tuétanos, él le prohibiría la entrada a su casa, él... incluso sería capaz de irse de Avernarium con tal de no volver a verla. Y ella acabaría olvidándole, sin más. Tarde o temprano, lo olvidaría, y su vida volvería a ser la de siempre.



Tiró de las riendas del caballo para frenarlo una vez hubo llegado al pequeño claro del bosque, donde estaba situada la pequeña casa de piedra, a unos cinco minutos a pie de Hyek, el pueblo donde estaba su herrería. Bajó del animal y lo ató rápido al poste de la entrada, las manos le temblaban.

Llamó a Azcoy, golpeó la puerta, pero nadie contestó. Maldijo en voz baja. No estaba dispuesta a volver al castillo dejando ese asunto sin zanjar. Al montar de nuevo en Hierro, notó que ahora las piernas le temblaban también, toda ella era un pequeño manojo de nervios.

Iría a la herrería, aún ni siquiera era mediodía, seguro que estaría allí . No sería vista por mucha gente, al fin y al cabo, casi todos estaban en las granjas en esas fechas.

Su propia presencia y el qué dirían al verla fue lo último en lo que pensó cuando vio la gran herrería ardiendo. El humo negro comenzaba a salir por cada ventana abierta. Bajó del caballo, que relinchaba ante el pavor de la proximidad de las llamas, y sin atarlo a ningún sitio se acercó corriendo al porche, donde había sólo dos hombres con mantas intentando extinguir las llamas que aún no habían devorado la estructura de la herrería. Gritaban y pedían ayuda, ni siquiera repararon en quién era aquella chica de piel tan pálida. La expresión de Nyx hablaba por sí sola, sus ojos rasgados dejaban ver la impotencia que la embargaba. Los hombres gritaron que había alguien dentro, tosían y pedían ayuda mirando hacia todos sitios. Ella, instintivamente supo que ese alguien atrapado dentro, debía ser Azcoy.

Corrió hacia la puerta de madera y dio una patada con todas sus fuerzas, sin embargo no se movió. Ella no desistió y siguió pateando la puerta hasta que ésta comenzó a crujir. Empezó a gritar el nombre del herrero mientras seguía dándole patadas al pomo, jadeando por el esfuerzo, las lágrimas recorrían sus mejillas pero ella no se daba ni cuenta. La puerta finalmente cedió y se abrió de par en par, dejando salir una humareda negra de su interior. Nyx se quitó la capa, bajo la mirada atónita de los hombres que intentaban sofocar el fuego con mantas, que ya sumaban media docena. Hizo un ovillo con su capa y se la puso sobre nariz y boca al tiempo que entraba en la herrería.

Se tiró al suelo, donde el humo no era tan denso y se veía mejor, aun así los ojos no dejaron de escocerle y llorarle ni un instante, y se restregó la capa para aliviar la picazón. Las llamas devoraban mesas y muebles, y hasta las vigas del techo comenzaban a crujir. Se deslizó deprisa sin preguntarse cómo lo haría luego para salir, sólo pensando en encontrar a Azcoy. Cuando discernió la silueta del hombre tirado en el suelo, dejó escapar un grito. Reptó hasta llegar a él y sacudió su cuerpo enérgicamente, sin éxito. Sintió una oleada de terror ante la posibilidad de estar ante el cadáver del hombre que amaba. El picor en la garganta la sacó del pánico para hacerla toser con tanta fuerza que estuvo segura de que sangraría. Miró a su alrededor con los ojos desorbitados, ansiosa, y vio una luz blanca a través del denso humo y de las luces anaranjadas que danzaban en las paredes, sin duda esa luz procedía de la calle, ¡era una ventana! Protegió la cara de Azcoy con su capa para filtrar todo lo posible el aire que estuviera respirando - si es que aún respiraba - y fue hasta el foco de luz a apenas dos pasos de allí. No esperó a buscar algo con qué partir el cristal, lo hizo con sus codos, rasgando el vestido y cortándose la piel. El humo empezó a escapar también por esa ventana pero le dio tiempo a coger una bocanada de aire limpio. Llenó sus pulmones cansados y vio figuras al otro lado de la ventana, le llegaron voces y gritos de los vecinos desde fuera, que se aproximaban. Se giró hacia Azcoy y comprobó con horror que un extremo de la capa había empezado a arder, tiró de ella y la apartó del cuerpo inerte del herrero. Hacía tanta calor que pensó que no podría soportarlo un segundo más. Dudó sobre las posibilidades de que Azcoy siguiera con vida, pero ciertamente, a ras de suelo el humo no era tan asfixiante. Mantuvo viva la esperanza y templados los nervios y tiró de los pies de Azcoy hasta que lo tuvo junto a la ventana rota. No fue hasta que cogió al hombre bajo los brazos para incorporarlo, que se dio cuenta de la imposibilidad de levantarlo y mucho menos de sacarlo a través de aquella ventana. Gritó mientras intentaba mover el cuerpo de Azcoy, hasta que las fuerzas le fallaron y cayó al suelo, junto a él. Comenzó a llorar de rabia y a golpearlo con fuerza. Le gritó y lo maldijo mientras las lágrimas le emborronaban de nuevo las visión.

- ¡Voy a morir aquí contigo, maldito! - gritó mientras no dejaba de llorar - ¡maldito seas Azcoy!

Las imágenes del cuello de Murah bajo su daga volvieron a su retina y las lágrimas siguieron deslizándose por sus sienes. La joven Reina estaba exhausta, tendida junto a él; alargó un brazo y tocó su pecho. Notó unos débiles latidos y pensó en la ironía que sería que ella fuera a morir incluso antes que él. Pensó en el sonido del fuego, en el crujir de la madera, en el calor sofocante. Pensó en el olor a quemado, en la muerte, en él. Pensó en el cuello bajo la daga. Las ideas le iban y le venían, la garganta le picaba pero ya no tosía. Vio formas a su alrededor, sombras, murmullos, cuerpos. Notó manos que la agarraban, brazos que la suspendían en el aire, voces que le gritaban... ella no se movía, se sentía en paz, relajada, en calma. No quería obedecer esas órdenes, no quería que la molestaran ahora, quería dormir, dormir siempre... y de repente... el aire frío entró en sus pulmones, y el viento azotó su cara.

- Maldición... - murmuró antes de desmayarse.

27.4.09

Puñal y Evahl


Puñal se deslizó en el pueblucho y entró a la herrería sin que nadie se percatara. Hoy era Puñal.


De aspecto vulgar, cierto aire vago e incierto que hacía que la gente apenas repare siquiera en su insulsa presencia, con lo que antaño fue un peto de cuero pero ahora hacía las veces de chaquetilla sobre una simple camisa de paño con los cordones del cuello desanudados, y calzas oscuras y gastadas, amén de botas desparejas que parecían a punto de desmoronarse, su apostura no llamaría la atención a nadie para que se fijase en su rostro, lo que de inmediato habría captado la atención de cualquiera que viese más allá de la aparentemente ninguneable persona de aquel individuo.


A pesar de tratar de mantener un gesto impasible, tenía arrugas en el ceño, de fruncirlo, y un brillo extraño, inquietante, en lo más profundo de sus ojos color miel; una nariz prominente, aunque no fuera de lugar en las duras facciones, que parecían esculpidas y afiladas por un herrero. Su labio superior era fino, pero el inferior resaltaba ligeramente, y en su mentón asomaba una barba de varios días que nunca parecía crecer ni ser afeitada. Una pequeña cicatriz, blanca como la nieve sobre una piel no poco pálida, recorría su sien izquierda. En secreto, bajo las ropas llevaba más de mil marcas con el mismo tamaño y forma, retazos de un duro adiestramiento en un lugar no menos duro, cuyo nombre incluso los más tiranos pronunciaban con cautela. La que lucía a plena vista sólo indicaba el fin de su entrenamiento, una especie de regalo de despedida para cuando saliese de las negras murallas de Coh'Gorza, un recordatorio de no volver, y de buscarse una vida lejos del hogar de los Sombras de la Niebla, más comúnmente llamados Los Marcados, y secretamente, en susurros temerosos y cuentos para asustar a los niños, apodados Desposeídos. Aunque la gente los llamase Marcados, nadie era capaz de reconocer esa Marca, sin embargo.


Alto y esbelto, caminaba la mayor parte del tiempo con andares desgarbados, para no parecer una amenaza a nadie hasta que ya fuese demasiado tarde. No corpulento, aunque de fibrosa y marcada musculatura bajo las ropas, forjada como el acero de una buena espada, a golpes de martillo y llamaradas. Así podría definírsele, si se fijase alguien en él más que el vistazo que suele confirmar su prescindibilidad. Como el acero, duro y frío.Y toda su dureza y frialdad, toda esa amenaza velada a medias en su mirada, una de las miradas más peligrosas y aterradoras de Putomundo, era precisamente el arma necesaria para localizar y derribar enemigos contra los que, a veces, no convenía tomar medidas abiertamente.

Enemigos que no podían permitirse humillar por un motivo u otro.

Enemigos de esos que se guardan en casa.

Pero el enemigo que había encontrado por casualidad ese día no era nada de eso. Era una simple amenaza fortuita a los planes de sus señoras, pero su obligación era que esas amenazas, para empezar, NO existiesen. De algún modo, todo aquel asunto del juguete de Su Majestad Nyx había sido llevado en secreto hasta ahora, pero la posibilidad de errores futuros, y de descubrir la aventura, ya era bastante para que él tomase un curso de acción sin consultar a sus amas antes.


El herrero, un joven alto (más que él, algo poco usual) de anchos hombros y musculatura curtida por el trabajo en la forja, martilleaba sobre una anilla de metal que seguramente se usaría para la rueda de un carromato. Reconocía a un buen artesano cuando lo veía, ya que él mismo tenía formación golpeando el metal candente sobre el yunque, pero eso no hacía que sintiese más empatía hacia ese tal Azcoy, cuyo nombre había oído de pasada en las mazmorras mientras otorgaba a un reo demasiado impaciente y que había dejado de tener utilidad la que sería su última comida. Al parecer, sus amas habían capturado a la prometida del afortunado (o desafortunado) hombre que gozaba de las atenciones de su señora, y la habían asesinado después de que la Ama Níobe mencionara sus planes de conquista (la Ama Níobe nunca mencionaría algo así por casualidad, estaba convencido de que lo había hecho a propósito para que la Ama Nyx se viese obligada a acabar con aquella campesina).


Se detuvo un instante, observando el lugar de trabajo, buscando fisuras, sin que su presencia fuese advertida. Sus Majestades no le habían dado ninguna orden. Es más, por lo que había oído, probablemente Nyx se habría negado a su curso de acción, por motivos personales (aunque ella lo negaría incluso con vehemencia), y Níobe también habría dicho que no, para tener algún modo de que su hermana reaccionase, bajase de las nubes y se concentrase en lo realmente importante que se traían entre manos. Pero era una amenaza. Y él acababa con las amenazas, sirviendo a sus amas como mejor dispusiera. Incluso podrían haberle ordenado expresamente que no interfiriera en el asunto, y él no habría podido desobedecer. A veces, uno debía actuar por su cuenta para hacer lo que creía mejor.


El tipo dio media vuelta, examinando la anilla de hierro, y, al alzar la vista, dio un respingo por ver a ese extraño parado de pie en mitad de su herrería, observándolo todo con aire de inocencia.


- No os había oído - murmuró echándole un vistazo de arriba abajo. Parecía el típico campesino, a pesar del sigilo con el que había aparecido, así que no le dio mayor importancia, y dejó la anilla sobre otras tantas con el mismo tamaño aproximado - ¿En qué puedo ayudaros, mi señor?


Puñal apenas le dedicó un vistazo por el rabillo del ojo antes de acercarse a las herramientas metálicas alineadas contra la pared, todas utensilios de labranza, como si las examinase con repentino interés. Azcoy, suponiendo que se trataría de un cliente, se acercó a él.


- ¿Buscáis una azada? Puedo recomendaros... - alargó la mano hacia la más equilibrada y ligera de las que había fabricado, calculando con un nuevo repaso a la vestimenta de su silencioso visitante el dinero que podría gastar. Un borrón pasó ante sus ojos, y apenas pudo parpadear antes de que todo su campo de visión se oscureciese y los chisporroteos del fuego se fuesen diluyendo en su consciencia, hasta que el último sonido que pudo oír, sus propios latidos, también se desvaneció.


Puñal volvió a colocar el martillo de herrero en la mano, ahora laxa, del joven, y puso su cuerpo inconsciente ante el yunque, apoyando después esa última anilla sobre éste. Con una de las azadas, la misma que Azcoy había estado a punto de ofrecerle, esparció los carbones de la forja por toda la herrería, cuyas paredes de madera (eso indicaba la extrema pobreza del pueblo, que corría un riesgo así al poner un intenso fuego cerca de madera seca) empezaron a prenderse con premura, aunque no la bastante.Extrajo de uno de sus múltiples bolsillos secretos un frasco que contenía un líquido negro. Lo vertió en su boca, sin tragar, y sin componer siquiera una mueca de desagrado por el repulsivo sabor, y escupió sobre las llamas, provocando una explosión que aceleró la propagación de las llamas hasta una velocidad que consideró aceptable. El pozo estaba cerca, pero la mayoría de gente estaba en las granjas en esa época, y los otros artesanos (un techador y un curtidor de pieles) tenían sus locales en el extremo opuesto del pueblo, así que nadie frenaría que el fuego consumiese todas las pruebas.


Ya anocheciendo, cogió sus otras ropas del pozo sellado, algunos kilómetros al norte de las murallas, donde siempre las guardaba, y se encaminó hacia la pequeña cabaña en el bosque donde había dejado atado a su caballo. La bruja que allí vivía, una curandera a la que habían cortado la lengua y expulsado de su tierra natal por utilizar hierbas y encantamientos en sus curaciones, era ciega de nacimiento, pero era capaz de reconocer un Espino Carmesí por el olor, algo que ni siquiera él, con todo su entrenamiento sobre venenos, habría podido hacer. Dejó una moneda de oro sobre la callosa mano de la anciana, y volvió a palacio, ahora con la sonrisa de suficiencia de Evahl, y sus caros ropajes de seda azul con bordados dorados. Ese simple gesto pareció convertirlo en una persona completamente diferente.

25.4.09

Tensión

Para cuando Nyx hubo subido al ala norte del castillo, donde se encontraban sus aposentos, la sangre de Murah ya se había secado en su propia piel, en sus brazos desnudos y su pálido busto. El olor a óxido de la sangre de Murah se apoderó de su garganta y de su saliva. Su boca sabía a sangre tras haber respirado ese olor tan intenso. Se miró las manos, completamente manchadas de un rojo oscuro y entró en su dormitorio principal, pensativa. Respiró hondo y llamó a Juls. Al no aparecer la joven, tocó la minúscula campana de plata que descansaba en la consola, bajo un gran espejo enmarcado con brocados de oro. Nyx odiaba esperar y más aún a su propia sirvienta. Últimamente Juls andaba despistada, era obvio, si hasta Nyx se había dado cuenta. Ella, cuyos pensamientos iban siempre en un mundo paralelo, que impedían a cualquiera saber qué pensaba, qué sentía y con qué estado de ánimo contestaría a dos preguntas iguales hechas en días diferentes.



La campanilla no surtió efecto y Nyx comenzó a sentir cómo la invadía la cólera, la misma que había sentido minutos antes, mientras degollaba a Murah de un tajo limpio. Salió a los pasillos y gritó el nombre de Juls. Una sirvienta cuyo nombre no recordaba la miró con los ojos muy abiertos y se acercó a la Reina.



- Mi Dama Nyx - murmuró la muchacha, algo rechoncha pero con una graciosa cara llena de pecas. Nyx pensó que no debía tener más de veinte años.- Juls no se encuentra en estos momentos. ¿Puedo ofrecerle mi ayuda en lo que desee, señora?



Nyx la miró extrañada de arriba a abajo, y la doncella intentó no fijarse demasiado en el aspecto de su reina, completamente cubierta de sangre.



- ¿Dónde está Juls? - entornó los ojos, desconfiada - Y recuerda esto antes de contestar, querida; Si me mientes, aunque sea tan sólo en una coma, será tu sangre la que me salpique. -





La doncella, bajó la vista y gimió.



- Señora... yo... no lo sé.- dijo empezando a temblar la joven sirvienta.



Nyx se acercó a ella, sus nervios no estaban para banalidades absurdas, la tensión empezaba a poseerla de nuevo. Con un gesto rápido, le cruzó la cara con tanta fuerza que la joven tuvo que dar varios pasos atrás para no caer al suelo.



- A la siguiente mentira - le susurró Nyx, dispuesta a no perder ni un segundo más con aquello - te...



- Está con Heen, mi señora, un guardia. Me ha pedido que la cubra por si usted volvía, señora, no sé qué estará haciendo, pero puedo imaginarlo, señora. Yo sólo le hacía un favor a Juls, yo no he hecho nada. Os lo suplico.



Nyx tomó aire y gritó tanto como pudo, llevada por la ira acumulada y los nervios aún no controlados del todo.



- ¿¡Nadie en este maldito castillo tiene la decencia de serme leal!? - fue gritando por el pasillo hasta sus dormitorios, los sirvientes salían de todos sitios para contemplar la inusual escena.- ¡Que alguien me prepare un baño de agua caliente! - Se paró en seco y miró a todos los que la contemplaban - ¡y lo quiero ahora! - Mientras las doncellas se apresuraban y se pisaban entre ellas para llevar a cabo las órdenes de la Reina, los sirvientes cabizbajos, para que sus miradas no se cruzaran con la de ella, se apresuraron a seguir con sus labores. - Maldita Juls - murmuró mientras entraba en su dormitorio de nuevo.



En un santiamén la bañera de cobre estaba llena de agua humeante y la superficie totalmente cubierta de espuma. Cuatro sirvientas miraban temerosas las punteras de sus zapatos. Nyx no estaba acostumbrada a que la temieran, más bien, solía desconcertarlas. Estaba claro que el día de hoy estaba siendo peculiar, cuanto menos. Se quitó el vestido negro y blanco, lleno de sangre, con destreza y también las enaguas. Lo dejó todo en el suelo y mandó quemarlo.





Las doncellas cumplían sus órdenes sin mirar directamente la desnudez de su Reina. Ella, justo antes de entrar en la inmesa bañera, les ordenó salir y que llamaran a la guardia, para que hubiera un soldado esperándola en las puertas del dormitorio cuando ella hubiera acabado con el baño. Las cuatro sirvientas asintieron, y salieron presurosas de la habitación.



La Reina entró en la bañera y dejó que el calor le calmara los nervios poco a poco, primero las piernas, luego la entrepierna, el vientre, la espalda... hasta que todo su cuerpo quedó inmerso en el agua con aroma a azahar. Aguantó la respiración y se quedó bajo el agua, pensando en lo ocurrido. Revivió los momentos en los que Murah rogaba por su vida, recordó sus ojos enormes, en el momento que supo que algo había pasado entre ella y Azcoy. Y por último, sus labios repitiendo el plan de la conquista, la conspiración guardada con tanto celo en boca de una campesina cualquiera. Tras aquello, el tajo limpio, rápido, conciso que le había arrebatado la vida. Sus pulmones no resistían más bajo el agua y Nyx salió a la superficie dando una gran bocanada de aire. Miró el agua de la bañera, que era ahora de un tono rojizo. Comenzó a frotarse enérgicamente con las esponjas blancas de algodón, volviéndolas rosas. Se frotó tan fuerte que la piel le dolía, jadeaba mientras lo hacía y en cuanto hubo terminado salió de la bañera como si el agua quemara.



Se enrolló en una gigantesca toalla blanca y miró por el gran ventanal, temblando levemente. Pensó en Azcoy. En Murah. En Níobe. En lo acontecido y en cómo no había sabido resolverlo como a ella le hubiera gustado. ¿Cómo se podían haber torcido tanto las cosas en sólo un par de días? Necesitaba volver a su calma habitual, a su evasión deliberada del mundo que la rodeaba cuando lo necesitaba, a sus paseos a caballo sin nada en la conciencia.



Echó la vista 1 año atrás.



Azcoy había llegado al establo para cambiar las herraduras a Hierro. Nyx quiso ver cómo lo hacía, supervisar el cambio de herraduras era algo que la fascinaba. Y entonces lo vio. Era la primera vez que Azcoy venía a un trabajo en el castillo. Nyx estaba acostumbrada a su padre, el herrero más afamado de Avernarium. No sabía siquiera de la existencia de un hijo, ya que Nyx era de pocas palabras, y en las ocasiones en las que había necesitado sus servicios, se había limitado a hacer alguna que otra pregunta sobre las herraduras al hombre, y no sobre su vida personal.



Azcoy y ella estuvieron largo rato en el establo aquel día, los guardias esperaban en la puerta, sin quitar un ojo de encima al joven, hasta que Nyx, les hizo una discreta seña con la mano para que se mantuvieran fuera y tranquilos.



- Si me permite, Majestad, le diré que no sabía que Nyx I "La Misteriosa", montara sólo un caballo.

- "La Misteriosa"...- repitió mirándolo fijamente, y advirtiendo que él se acababa de arrepentir de utilizar aquél sobrenombre popular. - ¿así es como me llama el pueblo? - dejó ver una fugaz sonrisa en sus ojos rasgados, y arrugó su pequeña nariz, pensativa - Había escuchado que a la Reina Níobe la llaman "La Reina de Hielo"... sí. Pero no sabía que yo o Adara tuviéramos un sobrenombre también...- sonrió finalmente, divertida. Y mirando de nuevo al ya más tranquilo herrero, le confesó; -Como podrás imaginar, aquí nadie nos dice ese tipo de cosas, aunque las sepan.

- Son sobrenombres bellos, mi dama. - dijo Azcoy, mientras terminaba su trabajo con la última herradura. Hierro como siempre, se comportó tal y como lo hacía su dueña. Tranquilo, seguro y pensativo.- Y debo decir, que el suyo, le viene como anillo al dedo- y se incorporó, quedando de frente a su Reina, percibiendo ambos que era una cabeza más alto que ella. Nyx aspiró su aroma a hierro y a hierba fresca, notó la proximidad de él, su cuerpo, sus grandes manos, su aliento a manzanas verdes, su nariz recta, sus ojos penetrantes que la miraban fijamente, sin temor.



Nyx no pudo soportar ni un segundo más la presencia de aquel joven y se fue turbada, sin despedirse, como una exhalación, del establo.



Y ahora, un año después, se encontraba en esa tesitura. Sin embargo, no sólo era un problema el haber matado a Murah, sino la certeza que había sentido, tan profunda, de estar enamorada de Azcoy. Algo totalmente fuera de sus planes, fuera de su mente, fuera de previsión y de sentido. Algo que tenía que remediar y que no tenía ni idea de cómo llevarlo a cabo.



De repente, recordó algo, dejó de contemplar los jardines por el ventanal y fue hacia la puerta de su dormitorio, aún envuelta en la toalla. Abrió las puertas, y de esa guisa, le dijo a los guardias que esperaban allí según sus órdenes:



- Guardias, apresad a mi sirvienta Juls y a un guardia llamado Heen, llevadlos a las mazmorras...- y antes de meterse de nuevo en el dormitorio, giró la vista de nuevo hacia los guardias y les dijo; -en celdas diferentes, por supuesto. - y cerró la puerta.



- Sí, mi Dama Nyx- dijeron al unísono ambos guardias a la puerta de roble.

21.4.09

Tormenta

Nyx entró a galope en el camino de gravilla de los jardines de castillo. Tiró suavemente de las riendas de Hierro y el fibroso semental color canela comenzó el trote hasta llegar al establo. Llovía suavemente y echó de menos su capa.

Mientras la joven entraba en el inmenso vestíbulo, pensaba en Azcoy. En sus ojos llorosos, en el forcejeo previo a su salida de la casa. Subió lentamente las escaleras de mármol que daban al ala donde se encontraban sus habitaciones, algo extraño en ella, que siempre iba corriendo de un sitio a otro. Sus botas iban dejando huellas en el suelo y su largo pelo castaño dejaba caer pequeñas gotas al suelo en cada paso.

Cruzó distraída las enormes puertas de roble macizo que daban a su dormitorio y dio un respingo al encontrar a su hermana cómodamente sentada en el diván próximo al ventanal. Tras ella, la lluvia se intensificó.

Níobe esbozó su característica sonrisa perversa y con tono falsamente inocente preguntó:

- ¿Has tenido una buena cabalgada, hermana?

Nyx desvió la mirada, confusa y presintiendo la que se avecinaba. Fue directa a su vestidor. Cogió una suave toalla y comenzó a secarse los brazos desnudos y la cara. Volvió a la estancia y mirando a su hermana se encogió de hombros.

- La cabalgada...- dijo, intentando adivinar lo que Níobe pensaba - ha ido como siempre, hermana.

- ¿Sí? Pues te noto menos cansada que de costumbre... ¿Y qué tal está el caballo?

- ¿A qué vienen estas preguntas? - dijo Nyx, empezando a notar el frío del vestido mojado sobre su cuerpo.

Níobe se levantó y se acercó a Nyx, sin perder la sonrisa perversa.

- Hace frío -susurró tan cerca de ella que podía sentir su aliento-. Deberías quitarte esa ropa mojada. El caballo estaría de acuerdo conmigo.

Nyx sonrió incómoda. Y negó con la cabeza.

- Estoy bien así - y se comenzó a secar el pelo con la toalla, desviando una vez más la mirada.

- Claro, claro... entiendo que estés tan cansada... la cabalgada y el viaje y... -con un rápido movimiento, Níobe le subió la falda del vestido a su hermana-. ¡Ahá! -dijo, señalando acusadoramente la entrepierna desnuda de su hermana.

Nyx se ruborizó y se apartó de Níobe bruscamente.

- ¿Qué sabes, maldita arpía? - exclamó Nyx, señalando con el dedo a su hermana.

Níobe torció el gesto.

-¿Has ido a verle sin enaguas, como siempre, o se las has dejado a esa asquerosa campesina como regalo de bodas?

- ¡Jodida loca!- gritó Nyx - ¡has estado espiándome! Ni se te ocurra meter las narices en esto, ¿me oyes? ¡Jamás! - Nyx estaba fuera de sí, ni siquiera sentía vergüenza en ese instante, sólo furia. Se quitó en un instante el vestido y lo lanzó contra la pared.

Níobe ni se inmutó. Conocía bien a su hermana, y esperaba que reaccionase así.

- Oh, por favor. Espiarte. Qué palabra tan fea. No he hecho más que ver lo que cualquiera en esa aldeúcha ha visto ya.

Nyx se quedó quieta, completamente desnuda frente a su hermana, que la miraba sin atisbo de sentimiento de ningún tipo en su rostro. Eso la puso aún más frenética y gritó más alto:

- Sé que estás tramando algo, ¡lo sé! - se acercó más a Níobe y acercando su cara a la de su hermana, añadió- deja en paz a Azcoy. Sólo es una diversión mía. ¡Olvídale!

Níobe mantuvo la mirada de Nyx unos instantes, sin inmutarse. La fría Reina de Hielo, solían llamarla. Luego sonrió.

- Tienes mi palabra. No pienso tocar a ese pobre herrero. Aunque para ser una diversión te lo tomas muy...-miró su desnudez y rió- a pecho... No puedes permitirte esa distracción -la burla había desaparecido repentinamente de su voz. Sólo una cosa podía hacerla perder los nervios, y Nyx estaba poniéndola en peligro-. No ahora. La vida de un campesino no tiene importancia en nuestros planes. ¡Tenemos algo infinitamente más grandioso entre manos!

Nyx resopló, como solía hacerlo Hierro, cuando oyó a su hermana.

- Azcoy no pone nuestros planes en peligro -dijo Nyx mientras se metía en un vestido igual de ajado que el anterior.

- Te desconcentra. ¿No te das cuenta de que un paso en falso puede hacernos caer? ¡No podemos estar pendientes de tus caprichos! ¡La conquista del Putomundo es inminente! ¡Elimina a la prometida del herrero, si tan importante es para ti ese hombre, y vuelve a centrarte en lo importante! ¡Maldita sea -repentinamente rabiosa, lanzó un jarrón contra la pared, y la porcelana estalló en mil pedazos- ¡Puedes tener a tus pies todo el maldito Putomundo, y te dedicas a obsesionarte por un piojoso que no tiene ni dónde caerse muerto!

- ¿Eliminar a quién? - los ojos de Nyx se abrieron desmesuradamente y dio dos palmadas - Juls! - gritó a su sirvienta - ¡Juls! ¡Recoge este desastre! Y trae otro jarrón! - Se puso nerviosa al oír la sugerencia de Níobe, no quería acabar con Murah, pero no podía confesarle a su hermana la verdad, no podía decirle que no quería provocar una pena tan insoportable en él, arrebatándole a la mujer con la que iba a casarse.

- ¿Cómo que eliminar a quién? - Níobe la miró como si acabara de preguntarle una obviedad- A la prometida, ¿a quién si no? ¿Cómo se llama esa zarrapastrosa? ¿Merla?

- Mira lo que has hecho con mi jarrón - dijo Nyx agachándose al suelo y cogiendo los pedazos, intentando desviar la atención de su hermana y hasta la suya propia. - Y era un regalo del Príncipe de... del Rey de... era muy... - Nyx era incapaz de formar una frase coherente, sentía que el asunto estaba fuera de su control y en las extrañas ocasiones en que eso pasaba, se aturullaba - Juls! ¿Dónde se ha metido la estúpida de mi sirvienta?

- ¿Pero qué demonios te pasa? - la sujetó por los hombros y la zarandeó- ¡No es más que un estúpido jarrón! ¿Se puede saber de qué te ha llenado ese herrero la cabeza? - la señaló con un dedo, acusadora- Tú no quieres matar a la campesina, ¿no es así?

Nyx se volvió a su hermana, que la miraba furiosa.

- No quiero hacerlo. - dijo desafiante.

- ¡Oh, vamos! -Níobe suspiró, molesta, harta de explicar obviedades- ¡No he dicho que tengas que ir tú a su agujero! ¡Por supuesto que no pretendo mancharte de barro e inmundicia! Ya he conseguido a alguien rápido y eficaz. No verás la sangre, sólo recogerás el premio -susurró dulcemente.

Nyx se quedó paralizada. Su hermana la miraba ahora divertida.

- Deja a Murah en paz.- consiguió decir Nyx.

Níobe enarcó una ceja, sorprendida.

- ¿Me ha parecido escuchar la mayor estupidez de la semana?

Nyx sabía que debía pensar con rapidez pero con calma. No estaba siguiendo la táctica adecuada, intentar desviar la atención de su hermana había sido infantil, ya no valían esas estupideces, ya no eran una niñas. Supo que por el momento, la única opción, era darle la razón a Níobe, y pensar sin ella en la estancia cómo solucionar el entuerto. Sus músculos se relajaron y su cara adoptó una expresión dubitativa. Miró a Níobe y fingió una leve vacilación en su voz:

- Oh, no sé hermana... - meneó la cabeza- quizás llevas razón.- miró por la ventana, sin ver. De repente, como si tuviera un momento de lucidez, dijo: Que la traigan al castillo, quiero encargarme de ella personalmente.

- Eso ya me gusta más - sonrió pérfidamente y acarició con ternura el rostro de su hermana-. A veces eres demasiado tierna, cielo. Ordenaré que te suban algo caliente para comer. Vas a terminar enfermando, querida -no quedaba en su voz ni el más mínimo rastro de ira, sólo una suave y delicada amabilidad.

Canturreando para sí, Níobe abandonó la sala.

Nyx la observó, no estaba segura de haber engañado por completo a su hermana.