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18.8.09

Adiós, Edaris



La tenue luz del amanecer comenzó a filtrarse por las ventanas, despertando a Edaris, el cual estaba acostumbrado a levantarse al alba.
Tardó unos instantes en recordar qué había ocurrido y dónde estaba. Entre los brazos tenía algo muy suave... abrió los ojos: el cuerpo dormido de Níobe. Aspiró el olor de su cabello: olía como a violetas. Dormida, sus rasgos relajados, parecía apacible y dulce... La abrazó.
Apenas dirigió una mirada al resto de la habitación: estanterías plenas de libros y objetos, tapices, espejos, mesitas, sillones, y la enorme chimenea siempre encendida.
La sensación de estar bajo las suaves mantas con el cuerpo desnudo y cálido de la Reina era gloriosa. Hacía años que no se sentía tan bien; las preocupaciones que ayer ocuparan su mente habían desaparecido por completo. La terrible revelación de Rivas le parecía ahora algo sin importancia. Acarició la pálida piel de Níobe con deleite; hoy firmarían el contrato matrimonial y en breve sería su esposa... Se sintió pletórico, lleno de felicidad. La anterior había sido una noche oscura, pero el día de hoy se le prometía radiante y luminoso. Y su futuro al lado de ella... se sentía inmerso en un cuento de hadas.
- Mi señora...-susurró al oído de la durmiente, apartándole el cabello del rostro con dulzura-. Mi dama... -mentalmente saboreó el sonido de esas dos palabras puestas en su boca. Mi dama. Mía, para siempre.
Cubrió el cuello y el rostro de Níobe de suaves besos, finalmente ésta despertó.
Níobe miró a su alrededor, algo desconcertada. ¿Gael? Su mirada no del todo despierta se encontró con los claros ojos del shulte, que la observaban con completa fascinación.
- Ah... Buenos días, Excelencia -dijo ella, toda amabilidad y buenos modales. Pensó en la cara que iba a poner Nyx cuando se lo contara. Sonrió más ampliamente: se aseguraría de contárselo delante de Gael.
- Excelentes, mi Reina Níobe -sonrió Edaris, besándola en la comisura de la boca-. Gracias a vos.
Sí, claro.
- ¿Deseáis que os mande traer el desayuno? Es un poco pronto para mí...-miró el leve resplandor del sol que a duras penas se filtraba por la ventana-. Creo que dormiré un par de horas más.
- Creo, mi bella dama -contestó el Conde, sin dejar de sonreír-, que marcharé, no sin gran pesar, a refrescarme al pozo junto a la sala de guardia -estiró los brazos, marcando sus músculos en el proceso-. Tal vez inicie alguna rutina de entrenamiento.
Ella le echó una larga mirada apreciativa. Aún tenía que trabajar mucho con esa mentalidad inocente y cándida, pero mientras tanto podría disfrutar de su cuerpo.
- Como gustéis. A mediodía tendré redactado el contrato, pasad a examinarlo y firmarlo por la tarde -la Reina se acomodó entre las sábanas y cerró los ojos.
- Dormid bien, mi bella señora -se despidió Edaris, besándola de nuevo en la mejilla. Procuró no hacer demasiado ruido al coger sus ropas. Poniéndose únicamente los pantalones, con los zapatos y la camisa en una mano, abrió la puerta despacio para que no crujieran sus goznes. Echó una última mirada a la Reina dormida, admirándola de nuevo y sonriéndose por ser un hombre afortunado. Sin borrársele la sonrisa, salió de la habitación y cerró la puerta.


Cuando Níobe volvió a abrir los ojos, habían pasado tres horas más, y escuchaba a Florea prepararle el baño caliente, como todas las mañanas. Se envolvió en una bata de seda y salió a la antesala, donde el desayuno le esperaba. Tras desayunar y asearse, Florea y Sandra la vistieron con un sencillo vestido verde; después las despidió.
Se sentó frente al Espejo y, sonriendo, convocó al recuedro del Duque de Raven. La fantasmagórica imagen apareció de inmediato.
- Buenos días, sombra -saludó ella, de particular buen humor.
- Mi Reina Níobe IV de Avernarium -contestó el espectro de Sergei, haciendo una leve inclinación de cabeza tras haber aparecido entre las brumas del cristal. Esa fue la sensación que dio, pero en realidad ya llevaba bastante tiempo ahí, al acecho, sin que nadie lo viera-. Tenéis una sonrisa muy cautivadora esta mañana, mi señora -dijo, examinando el rostro y la postura de Níobe-. ¿Vuestro tozudo acompañante nocturno hizo bien su trabajo?
Níobe enarcó una ceja, genuinamente sorprendida por primera vez en mucho tiempo.
- ¿Cómo? ¿Cómo sabes eso? -preguntó.
- ¡Ja, ja, ja, ja! -rió Sergei, con verdaderas ganas. Las emociones son algo que tampoco abundaban al otro lado del espejo-. Perdonad mi carcajada, mi señora -continuó, sonriendo, tras pasársele el acceso de hilaridad-. Hacía mucho que no me reía así. Vuestro semblante no es tan gélido como desearíais -"ni vuestro seductor cuerpo", pensó mientras la miraba detenidamente, odiando su actual condición-: ha sido simple deducción.
- Ya... - Níobe le miró con desconfianza-. Bien, pues la respuesta es sí. Y si has deducido que he tenido compañía, también habrás deducido para qué te he llamado.
- ¿No queréis saber qué me ha llevado a esa conclusión? Bien, de acuerdo -concedió él-. Aunque no pienso arrebataros la posibilidad de darme vos misma la noticia, mi Reina.
- Por favor, ilústrame con tu sabiduría legendaria -sonrió ella-. Dime, Sombra, ¿cómo funciona tu brillante mente?
- Claro, mi señora. La cama revuelta -comenzó, didáctico- me dice que esta noche no la habéis pasado sola. Si vuestro acompañante hubiera sido vuestro fiel perro, sin duda alguna estaría aquí, guardándoos las espaldas. Al no estar él aquí -continuó, divirtiéndose con el proceso deductivo-, ha tenido que ser otra persona. Ahora, hay que añadir el hecho de que... bien, vuestro cuerpo y vuestra cara hablan de un gozo y de una sensación de triunfo enormes.
- ¿Y no adivinas también, espectro de mente lúcida, qué de todo este asunto me hace más feliz? -ella sonrió de nuevo, con dulzura, mirándole a los ojos.
- El contármelo concretamente a mí, mi Reina Níobe IV de Avernarium -contestó la sombra del Duque Negro-. Así que, como os dije hace un par de minutos, no os privéis de decírmelo, por favor.
- Por supuesto. Shult es mío. Y Erén le seguirá en menos de un año; todo sin que mi cándido prometido sospeche nada. La parte tan gratificante de todo este asunto es que tú, oh archimago de archimagos -su tono burlón era tan corrosivo como ácido-, jamás conseguiste vencer, anexionar o eliminar siquiera a los antiguos rennianos. No soy una mujer vanidosa, pero creo esta vez voy a permitirme el placer de regodearme frente a ti.
- Os felicito, mi señora -dijo Sergei, inclinándose de nuevo, compuesta su sonrisa zorruna-. De verdad os lo digo. Que triunféis allá donde yo no tuve éxito dice mucho de vuestra capacidad de planificación y de vuestras dotes de conspiradora. Os aplaudo. Pero...
- ¿Pero? Oh. Intenta quebrar mi felicidad, no lo conseguirás. Si en algún momento le encuentro un fallo a lo que tengo entre manos, sólo tengo que recordar las ingentes pérdidas que sufriste en la campaña contra Renn...
- ¿Ingentes? -preguntó el antaño Duque enarcando una ceja, molesto-. Espero que habléis de porcentajes y no de cantidades absolutas. Mi ejército nunca llegó ni a la quinta parte del de Renn: siempre preferí la calidad a la cantidad -expuso con creciente intranquilidad-. Mi fracaso vino de manos de la traición, no de los números del campo de batalla. De la traición -levantó la voz un poco, intentando dominarse pero sin conseguirlo- y de la soberbia desmedida de una satanista que provocó, para su desgracia y la mía, el cambio en las reglas del juego justo cuando lo tenía todo al alcance de la mano -en este punto su semblante ya estaba contraído por la ira y por la frustración, el cabello ondeando furioso al viento de ultratumba. Y sí, también por el hecho de que una hechicerilla de tres al cuarto le hubiera superado.
- Qué tonterías, sombra -Níobe hizo un gesto con la mano, y comenzó a ennumerar-. Sé que disponías de varios Hermanos de Ébano; y desde luego que si tus poderes eran lo que dicen, tú solo podrías haberte encargado de la mitad de los ejércitos de Renn. No justifiques tu propia ineptitud achacándola a la mala suerte o a las acciones ajenas -le mantuvo la mirada-. Te desconcentraste por culpa de aquella mujer mencionada en los diarios, tu última amante, y por tu debilidad terminaste arruinando unos planes perfectos. Tu esposa no era de fiar, y debiste acabar con ella cuanto antes. Ahora bien, ¿has seguido pensando en el problema que te exigí que solucionaras, sombra?
El Duque Negro necesitó unos segundos para recuperar la compostura. Pensaba que el hecho que la Reina le había comunicado no le escocería, pero se equivocaba. Recordar todos aquellos planes que trazó, todas las variables que manejó, la apuesta por la que pujó y que perdió... Pero eso era agua pasada. Necesitó toda su fuerza de voluntad para serenarse y recobrar de nuevo su habitual semblante burlón. "Después de todo, el cuervo siempre sabe aprovechar cada nueva oportunidad, ¿no?"
- Bien, mi Reina. ¿Tenéis ya las muestras de sangre apropiadas?
- Tengo la sangre que querías -señaló un pequeño armario con un gesto de la barbilla-. La recogí ayer antes de cenar y la he conservado con uno de tus excelentes hechizos. Me hubiera gustado entregártela fresca, pero... tenía asuntos que resolver.
- ¿La recogisteis... ayer? ¿Toda? -Sergei no pudo evitar quedarse con la boca abierta por la sorpresa-. Creí que habíais... eh, tardado todos estos días en llamarme porque el proceso era intrínsecamente lento. ¿Me estáis diciendo que habéis procedido a la exanguinación total de varios miembros de vuestra familia?
- ¡En nombre de todo lo sagrado, claro que no! -exclamó ella con fastidio-. Los bastardos no son miembros de mi familia. Y no he desangrado completamente a más de dos. No especificaste cuánta sangre querías, así que cogí los cinco litros de un par de ellos, a los otros cuatro solo les he quitado una botella de medio litro. ¿Será suficiente?
- Dioses oscuros -blasfemó el espectro-. Cada día os encuentro más parecida a mi esposa, mi Reina.
- ¿Y eso es un halago o un insulto? -preguntó la Reina, burlona.
- Es... una apreciación, mi señora -contestó Sergei, sacudiendo la cabeza-. Una apreciación de la oscura espiral descendente en la que os estáis sumergiendo. Igual que Ariadna.
- No puedo creer lo que oyen mis reales oídos -Níobe le observó con estupefacción y sorpresa-. ¿El Duque Negro me da lecciones de moral? ¿El hombre cuyas mazmorras eran conocidas por todo el continente? ¿El hombre que ha matado a todo aquél que le ha llevado la contraria?
- Para todo hay un límite, mi señora. Y, digáis lo que digáis, los bastardos son miembros de vuestra sangre. Si no lo fueran, la extracción de sus fluídos no hubiera sido más que una sádica forma de ocupar vuestro tiempo -señaló él-. ¿No estáis familiarizada con el trabajo del Prior Jacken, de Déneva?
- Te aseguro que no hay en mi interior una pizca de interés por mancharme las manos de sangre gratuitamente. Háblame de esos trabajos, pues.
- ¿Os acordáis de lo que os estuve diciendo hace días sobre la resonancia?
- Sí, por supuesto. Valoro mucho nuestras conversaciones, ex-Duque.
- Según las investigaciones del Prior Jacken -le explicó Sergei-, eliminar la propia sangre provoca un efecto resonante hacia el sujeto. La liberación de las energías tras la muerte de un noble de familia hechicera no se ve a simple vista, pero el Prior insistía en que la sangre llama a la sangre. Es decir: que la resonancia de esos bastardos se liberó hacia vos misma. ¿Me seguís?
- ¿Y cómo se manifiesta esa resonancia liberada hacia mí? Yo no he notado ningún cambio, ninguna sensación extraña -preguntó Níobe, fascinada por el caudal de conocimientos. Se arrellanó mejor en el sillón, doblando las piernas sobre el asiento. Asemejaba, en cierto modo, a una hermosa serpiente verde, sinuosa y lánguida. El recuerdo del Duque de Raven procuró no mirar ese movimiento...
- Por desgracia -contestó Sergei, centrando la mirada en los ojos de su interlocutora-, el Prior fue declarado hereje y asesinado por su propio hermano, el Príncipe Joshef, en un dramático intento de demostrar la falsedad de las investigaciones. Tiempo después, el Príncipe fue encontrado muerto de forma misteriosa, al parecer tras intentar conjurar un hechizo muy simple -sacudió la cabeza, pensativo-. Ciertamente es un tratado muy difícil de encontrar, mi señora, pero es curioso cotejar hechos que, a la luz de las investigaciones del Prior, revelan nuevos modos de entenderlos.
- Así que crees que cuando un hechicero muere, parte de su esencia retorna a los de su misma sangre... -Níobe se acarició el mentón, pensativa-. Curioso. Es extraño, pero en muchas leyendas Rennianas se hace referencia a caballeros "empujados por el espíritu de un ser cercano", o movidos y animados por pensamientos de familiares. Aunque yo creía que se trataba meramente de figuras literarias sin más importancia. Supongamos que es cierto, ¿mmm? - continuó, curiosa- ¿En qué me ayudará esto a eliminar la tara y para qué me has pedido toda esa sangre?
- Sólo tengo conjeturas que daros, mi señora. Pero os pregunto una cosa: ¿por qué, en la historia de este mundo, los parricidas, fratricidas y demás que se volvieron contra su familia, siempre acabaron muertos poco después de cometer el acto? -la sombra del Duque Negro se encogió de hombros, después cruzó los brazos-. Son sólo ideas mías. Volviendo a la toma de muestras, mi Reina -continuó, sonriendo torcidamente-, veo que se os ha olvidado el porqué de mis instrucciones.
- Tus elucubraciones no son exactas. Los casos de parricidio en Renn, aunque muy escasos y siempre motivados por trágicos y nobles motivos -Níobe suspiró con fastidio- nunca tuvieron consecuencias para los hijos; y en el norte, la Reina Cadmille IV mató al menos a tres de sus propios hijos antes de que alcanzaran la pubertad, y reinó casi cincuenta años. Sires III el Honrado se encargó de eliminar a sus dos hermanos y a una multitud de hijos bastardos de sus padres; y vivió casi cien años; Admentia VI de Rossum eliminó a su primogénito para continuar reinando en calidad de Regente... si las elucubraciones de ese Prior son ciertas, yo añadiría que sólo encontraron venganza las resonancias de aquellos hechiceros que ya habían desarrollado sus capacidades hasta un mínimo aceptable -terminó, pensativa.
El sol de la mañana entraba por la ventana abierta tras ella. Fuera, se escuchó el grito de un ave de presa al lanzarse tras su desayuno. La luz que se filtraba a la habitación acariciaba su oscuro cabello, arrancándole destellos luminosos. Níobe permaneció en silencio unos instantes, reflexionando sobre las palabras del Duque. No la convencía demasiado su teoría, la verdad.
- Como sospecharéis, mi astuta Reina -comentó Sergei-, esas elucubraciones son sólo un modo de distraerme. Y aunque lo que me habéis contado es posterior a mi... defunción, no es esto lo que íbamos a tratar. Como decía, lo que debéis hacer con las muestras extraídas...
Una llamada a la puerta interrumpió al Duque. El toque era el característico y tímido de Florea.
- Adelante -dijo Níobe.
La pequeña figura de la doncella entró en la sala sujetando un abultado ramo de rosas. La reina enarcó una ceja:
- ¿Lo envía Ayque... su Excelencia el Conde?
Florea asintió, sin moverse del marco de la puerta. Extendió con cuidado una mano donde llevaba una misiva sellada.
- Gracias, Florea; déjalo en esa mesilla -Níobe se aseguro de que Florea no viera el frente del Espejo.
La muchacha obedeció, y con una breve reerencia, abandonó la sala cerrando al puerta con mucha suavidad.
- ¿"Ayque..."? -la sonrisa del espectro de Sergei de Raven se ensanchó más-. ¿Ya le habéis puesto un mote a vuestro futuro marido?
- En realidad, Nyx. Tiene una mente prodigiosamente creativa. Edaris Ayquecruz de Shult -Níobe rió, mientras abría el sobre-. "Queridísima Níobe: Apenas me he separado de vos y ya os añoro, luz de mi vida" -leyó en voz alta, sin poder contener la risa.
- Sí, sin duda la nota de un renniano. Ahora bien -continuó él-, como os decía antes de que se me interrumpiera otra vez, debéis homogeneizar las muestras según las instrucciones del "Alquimia".
Níobe frunció el ceño con disgusto.
- Lo sé, y está hecho. Aunque no dispongo de tu poder -Níobe ejecutó una burlona reverencia-, no soy una aprendiz. Tal vez harías bien en comenzar a plantearte que hay más gente a parte de ti que es capaz de realizar procesos complejos. Las muestras están extraídas, conservadas, homogeneizadas y listas para comenzar a destilar lo que quiera que vayamos a hacer.
- No tengo por qué conocer hasta dónde han profundizado vuestros estudios, mi señora -se disculpó Sergei, conciliador-. En vida conocí a magos de terribles poderes que no sabían distinguir el extremo punzante de una jeringuilla. Bien -continuó-: una vez separadas en ocho partes iguales, extraeréis de cada una unos diez mililitros. Posteriormente comprobaréis su reacción al disolver en ellas una de las Octo Vires. Ocho muestras, ocho esencias.
Níobe asintió. El conocimiento que podía ofrecerle el recuerdo de Sergei de Raven le fascinaba.
- Si todo va bien, esta noche tendré las muestras preparadas. Con un poco de suerte, Ayquecruz se marchará al anochecer y tendré todo el tiempo de mundo para dedicarme a esto.
- ¿Tenéis todas las Vires ya? -preguntó burlón-. En ese caso tiradlas: serán impuras y no os servirán si no han sido recogidas poco antes del experimento. Mucho me temo, mi Reina -la comisura izquierda de su boca se elevó un par de milímetros más-, que váis a tener el tiempo bien ocupado.
Ella asintió levemente.
- De acuerdo. Rehacer las Vires y hacerlas reaccionar con la sangre. ¿Algo más?
- Por ahora os bastará con eso. Anotad las reacciones, y estad atenta: pueden ser inmediatas o demorarse algo.
- Lo haré, ex-Duque -Níobe miró el espejo-. Es una auténtica lástima que las circunstancias nos sean tan adversas, Sergei -parecía sincera-. Os aseguro que me hubiera gustado conoceros vivo.
La efigie de Sergei de Raven osciló levemente, como cuando un cuerpo vivo sufre un escalofrío. Quién sabe si de frío, de dolor o de placer.
- Mi Reina, os aseguro por lo más sagrado que, si estuviera entre los vivos, vos seríais el principal objeto de mi atención.
- No lo dudo, aunque lo que sí dudo es para qué tendrías vuestros ojos fijos en mí. Porque si te digo que me hubiera gustado conocerte vivo es porque realmente encuentro nuestras conversaciones muy gratificantes. Hubiera sido un auténtico placer compartir tu conocimiento y verte jugar a los alquimistas -sonrió con franqueza-. Aunque pienso que podría darte un par de lecciones como gobernante -añadió, sin rastro de malicia, lo que era muy inhabitual en ella.
Los ojos del Duque Negro destellaron de color ámbar una sola vez. "Tal vez no tengas que esperar mucho, pequeña hechicerilla. Dentro de poco comprobarás que no es bueno mezclarse en según qué asuntos. Los cuervos son muy orgullosos... y nadie repara en ellos hasta que llega su momento". Su sonrisa no se movió un ápice. El destello de sus ojos no fue sino un producto de la imaginación de la Reina de Avernarium.
- Sólo el tonto cree que sabe todo lo que hay que saber, mi señora.
EL gesto amable en el rostro de Níobe desapareció al instante.
- No me oirás jamás decir que sé todo lo que hay que saber, sombra -ni rastro del tono cálido en su voz-. Aunque haces bien en recordarme que sólo eres un recuerdo y debo tratarte como tal -se puso en pie, molesta-. ¿Tienes algo que más que decirme o debo despedirte? -preguntó con altivez.
- No deseaba molestaros, mi Reina -"todavía no, al menos", pensó-. Sólo comentaba mediante un aforismo popular las evidentes diferencias entre vuestro reinado y el mío -"tú tienes fértiles y anchas tierras, ingentes riquezas y una multitud de vecinos idiotas a punto de caramelo. Yo tenía inviernos gélidos, una esposa traicionera y la rastrera política del Imperio"-. Os felicito con toda sinceridad por lo que habéis logrado y por la pronta victoria a la que aspiráis -"tú quieres gobernar todas las tierras bajo el Sol. Yo pretendía poseerlas desde lo alto de las Esferas".
- ¿Llamarme estúpida es tu modo de comentar evidentes diferencias? -inquirió ella, mordaz-. Harías bien en cuidar tus palabras, sombra; puedo encargarme de que tu existencia en ese espejo sea un infierno o, por el contrario, consiga ser hasta placentera.
- Insisto -le dedicó una profunda reverencia-, mi dueña y señora, en que sólo intentaba señalar unas meras diferencias. Seguramente, de haber coexistido, vuestro ejemplo me habría enseñado sutiles modos de conseguir mis objetivos.
- No te engañes - Níobe se volvió a sentar, malhumorada-. Tarde o temprano habríamos acabado enfrentándonos. Y aunque tú probablemente estés seguro de que me habrías vencido, yo estoy segura de que nada habría sido tan sencillo como apuñalarte.


Aquella misma tarde, Edaris firmó el contrato prenupcial. Vio la sonrisa en el rostro de Níobe y creyó que era de felicidad. No se le ocurrió pensar que era de alivio por librarse de él: Edaris y su corte regresarían a Shult hasta la celebración de la boda, el próximo invierno.


6.8.09

Insomnio

Edaris de Shult caminaba nerviosamente de un lado a otro de su habitación. En la mano derecha sujetaba un pendiente de perlas.

Debería marcharme de inmediato.
Níobe...
Ha matado a ese hombre.
Tal vez no tenía otra opción...
Siempre hay otra opción.
¿Sí? ¿Y qué hubiera hecho yo?
Un duelo, por supuesto...
No todo el mundo tiene el autocontrol de un caballero. Níobe, por muy excepcional que sea, no deja de ser una mujer.
Debería marcharme de inmediato.
Jamás volverás a verla.
Hay más mujeres. Hay más candidatas a Condesa de Shult.
¿Hay más mujeres que desee ver cada mañana junto a mí? Ninguna.
Antes de mis deseos, está el Condado. Mi voluntad no tiene valor frente a lo que Shult necesita.
Jamás volverás a verla. Nunca. Tendrás que decir "sí, quiero" frente a otra mujer, sabiendo que es perjurio. Y todo porque ella ha matado a un plebeyo que la insultó. Yo habría hecho lo mismo, solo que con una espada en vez de con un puñal.
¡No es lo mismo! ¡En un duelo hay honor, hay posibilidad de defenderse!
El juglar sabía que la estaba insultando. No ha sido un error, ha sido deliberado.
El juglar era un mero mensajero...
El juglar, ahora que lo pienso, sonreía mientras entregaba ese supuesto mensaje. Disfrutó insultándola. Disfrutó como una rata insultando a una mujer que le había ofrecido su hospitalidad. No era un mero mensajero, era un partícipe de la injuria de Genar.
¿Y ésa es razón para matarle?
Es la ley. Y la ley ha de ser respetada.
No puedo quedarme aquí. Debo marcharme.

La luz de la luna se filtraba por la ventana. Se asomó: había oscuridad en el torreón donde dormía Níobe. Durante un instante tuvo la sensación de que era algo más que la ausencia de luz. Pensó en sus ojos furiosos mirándole, en sus labios trémulos y suaves, en su piel pálida. Recordó aquel beso hacía un par de noches. Evocó el sonido de su voz, a veces suave, a veces afilado. Se miró la mano: de tanto apretar el pendiente, se lo había clavado en varios sitios. Se llevó la mano frente a los ojos y vio brotar la sangre.
Así era Níobe, pensó. Tan bella como esa hermosa pieza de joyería, con brillantes perlas y delicadas filigranas talladas con infinito cuidado por algún maestro joyero. Tan letal como ese valioso pendiente que, solo de sujetarlo, le había cortado la piel hasta hacerle sangrar.

Se sentó. Pensó en ir a verla a su dormitorio. Tal vez podría... hablar con ella. Necesitaba decirle, ¿el qué?
Salió a la puerta de sus habitaciones, dos de sus soldados montaban guardia.
- Sir Adwey, id a buscar al Consejero Rivas y traedlo aquí.
- Señor -el caballero le miró, sorprendido-, es tarde...
- Lo sé. Aún así.
El hombre asintió, hizo un breve saludo con la cabeza y desapareció por el pasillo. Edaris volvió dentro.

Quiero quedarme con ella.
¿Eso es lo correcto?
Sí. Shult necesita a Avernarium.
¡Mejor caer bajo Erén que bajo la ignominia!
Por los dioses, estoy exagerando. No era más que un plebeyo que la había insultado.
¿Sí? ¿Y qué será después?
En nombre de todo lo sagrado, no puede ser tan difícil hacerle entender lo erróneo de su comportamiento.
No es una dócil dama shulte. Tiene más carácter que todo mi Consejo junto.
¿Y no es precisamente eso lo que la hace tan fascinante?
¡No necesito fascinación!

Llamaron a la puerta, Edaris fue a abrir. Rivas esperaba al otro lado de la puerta, con su camisa de dormir y su gracioso gorro terminado en borla. Tenía el gesto adormilado de quien acaba de despertarse, y una expresión abotargada por el sueño interrumpido.
- Joven Edaris, ¿no habéis visto qué horas son? -el anciano le miró con reproche- Yo ya no estoy tan joven como para trasnochar.
- Lo siento, Rivas, amigo mío... -se apartó de la puerta y volvió al interior de la habitación, comenzando a andar nerviosamente de un lado a otro-. Pasa, por favor. Y siéntate.
- Mi Conde -dijo el anciano, acercando su cansado cuerpo a una de las sillas de la habitación y mirando a su protegido con preocupación-, ¿qué hace que el máximo mandatario de Shult deambule a estas horas en vez de sumirse en un bien merecido sueño reparador?
- Bien merecido... Sí, eso es. ¡Se lo tenía bien merecido! -exclamó, golpeando una pared con fuerza.
- Edaris, tal vez si me contáis lo que sucede...
Edaris giró la cabeza y miró al anciano consejero fijamente, casi como si se preguntara qué estaba haciendo en su habitación. Entonces recordó para qué le había hecho venir.
- Rivas, yo... -cogió la otra silla, la acercó hasta la de Rivas y se sentó en ella-. No sé qué hacer. La Reina...
- ¡Ah! Así que es eso -el anciano asintió levemente, comprendiendo-. Mi joven muchacho. La Reina Níobe estaba en su derecho de hacer matar a ese... mensajero -casi escupió la palabra.
- Sí, Rivas, sí. Lo sé. Y en Shult ése habría sido también el resultado. ¡Pero es que la Reina lo apuñaló a sangre fría! -añadió, estremeciéndose com si hubiera sido él y no el isleño el ajusticiado.
- ¿Os sentiríais mejor si lo hubiera ajusticiado -puso énfasis en la palabra- mientras ardía de ira? ¿Lo que os molesta concretamente es el hecho de que lo hiciera a sangre fría?
- No... no sé que es lo que me molesta, Rivas. Hay algo tremendamente erróneo en esa situación, pero no soy capaz de determinar exactamente el qué.
- Quizá os desconcierta que lo matara ella -sugirió Rivas, suavizando el tono de voz-. Estáis acostumbrado a ver morir y matar hombres, señor. Pero creo que en toda vuestra vida habréis visto morir una o dos mujeres... y matar a ninguna.
- ¡Es que no está bien! - Edaris se mesó los cabellos- Ella no debería haberse manchado las manos de sangre, no debería...
- Joven Edaris - la paciencia de Rivas era casi infinita- os recuerdo que el Consejo escogió a la Reina Níobe, entre otras cosas, porque no se asustará si tiene que iniciar una guerra. Y eso, señor, es mancharse las manos de sangre.
- ¡Pero es que no es lo mismo participar en una guerra desde la seguridad del castillo y dejando el peso de los combates a los guerreros que llevan su blasón, que participar ella misma en las matanzas! -el joven se levantó y faltó poco para que enviara su silla al otro extremo de la habitación de un puntapié, así de fuerte eran su desconcierto y su nerviosismo.
Rivas suspiró, presionando con una mano sus ojos en un intento de mantener el caudal de paciencia. Pues éste sería casi infinito, pero el discutir con su soberano sobre temas ajenos a la forma en que éste se crió y habiendo dormido sólo 2 horas...
- Edaris...
- ¡No! ¡No está bien! -esta vez el Conde desahogó su frustración golpeando la mesa con su puño derecho y partiéndola en pedazos-. Una dama, y más una Reina, debe comportarse como dictan las normas de protocolo, ¡y no creo que apuñalar a un enviado de una potencia extranjera, con un objeto conjurado mediante hechicería, esté dentro de las normas de la buena conducta! -ni siquiera notó que se había herido. La sangre manaba de los profundos cortes que las astillas habían hecho en su carne, manchando su ropa y goteando hasta el suelo.
- Basta ya, Edaris -Rivas no gritó. Sólo habló con esa inflexión de la voz que utilizaba cuando era el preceptor de un crío que estaba destinado a heredar todo Shult. El Conde Edaris miró a su anciano consejero con sorpresa-. Cállate y siéntate en la cama. Ya -añadió, viendo que el joven abría la boca para protestar. Suspiró de nuevo-. Mira, jovencito, y atiende a lo que digo: la vida real no es como viene en los libros. Las pulcramente redactadas normas de todos esos manuales que debiste aprenderte de memoria no sirven -Edaris hizo ademan de protestar y el anciano le atajó con un movimiento terminante de la mano-. No sirven para nada. No ganan guerras perdidas, no protegen a tu familia, no dan de comer a los siervos, no salvan a tu anciana madre de ser violada -el consejero fue enumerando una a una sus razones-. No impiden que todos los que amas sean aniquilados por tu vecino. ¿Lo entiendes, jovencito?
- Eh... yo...
Rivas acercó la silla hasta la cama. Inmediatamente borró de su semblante la faz autoritaria del maestro y compuso la sonrisa del amigo preocupado. Puso su mano izquierda sobre la rodilla del joven Conde de Shult.
- Mi señor, entiendo dónde os halláis. Hasta este momento llevábais una existencia acorde con las tradiciones de Shult. Pero ahora no estamos en Shult. La situación actual me ha obligado a sacaros de esa idílica vida de caballeros de brillante armadura y de damas de mejillas sonrojadas. Y es más: deberéis sacar a vuestro Consejo de esa misma mentira -por un momento la sonrisa se deshizo y sus labios se apretaron con firmeza-, o Shult desaparecerá.
Edaris le miró como si no comprendiera de que hablaba, como si no fuera Rivas sino un extraño e inquietante engendro. Entendía sus palabras, formaban frases con sujeto y predicado, pero lo que querían decir se le escapaba por completo. ¿Acaso todo lo que había aprendido durante su existencia era mentira?
- Rivas... No te comprendo -susurró.
- Se acabaron los cuentos de hadas, mi inocente pupilo. Se terminó. Para siempre. Ha llegado el tiempo de las Reinas que apuñalan en el salón del trono, de las guerras que no se ganan en el frente y de las victorias de las que uno no puede estar orgulloso.
- No concibo que tú me estés diciendo esto -Edaris le observaba con espanto conmocionado.
- Alguien tiene que decíroslo, muchacho. Para que el pueblo de Shult sea libre, vais a tener que hacer muchas cosas que lamentaréis. ¿No os habéis preguntado nunca porqué Avernarium ha conservado su exagerado tamaño durante tantos siglos? Un terreno tan grande es un bocado muy interesante para muchos países circundantes, muchacho. Pero las Reinas de Avernarium siempre han sabido manejar la política a su antojo. Ya va siendo hora de que aprendáis algo de ellas. Níobe es vuestra mejor elección, muchacho; la necesitáis. Y necesitáis no solo que os apoye, sino que os enseñe. Ella maneja la política de un modo admirable; será la mejor tutora que nunca podáis tener.
- Rivas -dijo Edaris-, si el Consejo oyera esto que me dices...
- Por eso os lo digo aquí, a muchas leguas del Consejo. Ellos no lo entenderían. Viven tal y como prescriben las normas. Y si uno se pliega a las normas mientras que su enemigo se las salta... Ya sabéis cuál sería el desenlace.
El joven Conde de Shult pensó sobre las palabras que su fiel consejero le decía.
- Pero el honor...
- ¡Valgame la Luz, muchacho! -exclamó Rivas, levantando ambas manos hacia arriba, como si de verdad estuviera rogando a esa inexistente Luz-. Disculpad, mi señor -añadió, recobrando la compostura-. Edaris, tenéis que comprender que el concepto de "honor" que vos aprendisteis no es el concepto de "honor" que existe en realidad. ¿"Mejor muerto con honra que vivo sin ella"? Eso puede estar bien para alguien que no tiene la pesada responsabilidad de cuidar de cientos o miles de súbditos. "¿Dónde está ahí el honor?", me preguntaréis. Y yo os responderé: el honor está en sacrificar tu propia honra y tu propio orgullo por el bien de aquéllos que están a tu cuidado, incluso si para ello tienes que pisotear todo aquello que te enseñaron.
- Yo... no... - Edaris enterró la cabeza entre las manos-. No puedo creer que esté escuchando esto. El Consejo... El Consejo te hará ver que te equivocas -le miró, esperanzado-. Te mostrarán lo equivocado que estás... - se llevó la mano frente a los ojos, la mano con cortes en las palma hechos por el pendiente de Níobe y en el dorso por las astillas de la mesa-. Me niego a hacer esto. Si ser Conde implica escupir sobre las nobles enseñanzas de mis ancestros, abdicaré. Me niego.
- Eso no es nada valeroso, muchacho. ¿Dejar que vuestro hermano se encargue del problema?- el anciano suspiró-. Mirad, joven. Debéis contraer matrimonio con Níobe. Es de crucial importancia que contemos con Avernarium en la guerra que se avecina. Si... -Rivas torció el gesto- Si la situación se vuelve insostenible, siempre podréis solicitar el divorcio.
- No puedo creer que tú me estés diciendo esto -repitió.
- Abrid los ojos, Edaris. ¿Qué os diría el Consejo? Yo os lo diré: Vuestro primo Wallace permanecería meditabundo, y solo cuando se hubiera tomado una decisión le empezaría a sacar defectos. Vuestro hermano Briye lo solucionaría todo con una justa. Sir Brewe, Sir Admund y Sir Logan optarían por esperar. Lord Vessir consideraría...
Edaris se dio cuenta de que era cierto. Todas las reuniones del Consejo seguían esa mecánica. Todos y cada uno de sus Consejeros parecían interpretar un papel, siempre adoptando la misma postura... Entonces entendió por qué su difunto padre, que siempre descansara en la Luz, hizo que fuera Rivas quien le enseñara, quien le guiara. Augustus de Shult fue un hombre sabio y muy querido por su pueblo. Pero también fue un hombre previsor y muy pragmático. Sabía que eran necesarios ciertos cambios en el Condado o los malditos primos de Erén, que cada vez dirigían más su codiciosa mirada hacia Shult, declararían una guerra que las rígidas normas suscritas por el Consejo del Conde no podrían ganar. Así que fue moviendo sus piezas. Ahora Edaris lo veía mucho más claro: las levas para el ejército, los entrenamientos obligatorios, el aumento en las pagas de soldados y oficiales, la concesión del título de "Caballero" para aquellos soldados de clase baja que demostraran absoluta lealtad y dedicación, el establecimiento de los fuertes fronterizos... Y movimientos que darían su fruto aún a más largo plazo: como el plantear al Consejo la necesidad de alianzas o matrimonios con Estados más fuertes, o como el hecho de que su hijo recibiera la guía y el consejo del único hombre en quien de verdad confiaba Augustus. El único que sabía hacerle ver la realidad tal y como era: el viejo y sabio Rivas.
- Dime qué he de hacer -susuró Edaris, con el ánimo por los suelos.
- Vuestro universo acaba de desmoronarse, joven Edaris -dijo el anciano on dulzura-. Pero no os preocupéis. No es tan terrible. Mañana por la mañana id a ver a la Reina y...
- Le dije que me marcharía -cortó Edaris.
Rivas dio un respingo.
- ¿Qué?
- Le dije...
- Eso ha sido una estupidez, señor. ¡Un movimiento políticamente erróneo! Debéis arreglar eso cuanto antes. Y es posible -levantó un dedo, advirtiendo con firmeza al Conde- que la Reina os haga pagar por ese desprecio. Os prevengo: aceptad el castigo y sellad el compromiso cuanto antes.
Edaris simplemente asintió, derrotado. El anciano volvió a suspirar por enésima vez aquella noche. Su rostro se dulcificó una vez más. "Es tan joven...", pensó.
- Mi señor -dijo el consejero con suavidad-, os aseguró que entiendo en qué legamosas aguas tenéis chapoteando a vuestra conciencia. Yo también pasé por lo mismo cuando descubrí que todo en lo que creía no era más que un engañoso aunque bello velo que escondía a mis ojos la fealdad del mundo. Decidme, mi joven Conde: ¿amáis a esa mujer?
- Sí -respondió Edaris, aunque a regañadientes.
- Entonces deberéis poner más empeño en entender determinadas cosas. Ella, la Reina Níobe, no ha tenido nunca los ojos vendados. Será duro para vos, pero aún la amaréis más cuando veáis que ella se muestra a vos... eh... -aquí el anciano dudó un momento, pero tampoco quería sobrecargar más todavía los hombros de su pupilo- tal y como es. Sin esconderse en veleidosas y falsas normas, sin temer cruda la realidad.
- Tienes... Tienes razón -afirmó categóricamente-. Creo que iré ahora mismo a verla.
- Pero, mi señor, es ya muy tarde de madrugada. El sol...
- No -negó Edaris-. No puedo dejar que pase el tiempo. Níobe tiene todo el derecho en tener mis disculpas cuanto antes. Iré a sus habitaciones -continuó- y me arrodillaré ante ella, suplicando su perdón y haciéndola ver que ahora sé que tenía ella toda la razón, mientras que yo estaba equivocado... Buenas noches, mi fiel Rivas -dijo Edaris, sin mirar a su consejero-. Voy a ver a la Reina.
Y, así sin más, salió de la habitación a grandes zancadas. Rivas ni siquiera se molestó en detenerle. Una vez que un renniano de sangre noble comenzaba un camino, siempre lo terminaba. La tozudez innata a su condición había hablado, y más valía que nadie se interpusiera en su camino. O sería arrollado sin contemplación.

Dos soldados montaban guardia a la entrada de los aposentos de Níobe. Miraron extrañados a Edaris cuando se acercó a ellos.
- Apartaos -ordenó-, he de hablar con su Majestad.
- Señor, es tarde. Su Majestad descansa.
- Aún así -repitió, molesto. No estaba acostumbrado a tener que dar explicaciones- he de hablar con ella de inmediato.
- Señor... -comenzó a insistir uno de los guardias, pero Edaris no estaba dispuesto a ceder.
- Soldado, escuchadme. He de hablar con la Reina de inmediato sobre temas de muy grave importancia; si osas detenerme, me encargaré de que su Majestad sepa de tu comportamiento, y de que te castigue en consecuencia.
El guardia se quedó pálido. El término castigo en boca de Níobe era temible.
- Pasad -dijo el guardia, temeroso.
Edaris atravesó la puerta y entró en la antesala, donde todavía ardían los rescoldos en la chimenea. Frente a él, la puerta de Níobe. Llamó dos veces, nadie respondió. Nervioso, volvió a insistir...
La puerta se abrió, y una somnolienta Níobe vestida con un liviano camisón apareció en el marco.
- ¿Qué ocurre? -preguntó con voz adormilada.
- Mi señora, yo... -empezó Edaris. Carraspeó, miró al suelo, volvió a carraspear y entonces se arrodilló delante de la Reina. O más bien casi se tiró al suelo por lo rápido de su movimiento-. Mi señora Níobe, mi Reina, vengo a disculpar mi anterior comportamiento. Soy... Fui un iluso al no comprender los motivos que teníais para hacer lo que hicísteis y... Y yo... Venía a presentaros mis más humildes disculpas y mi más sincero arrepentimiento. Aceptaré cualquier castigo que...
Níobe tardó un par de segundos en comprender lo que estaba pasando. Luego sonrió.
- Levantaos, Excelencia -ordenó, con una mezcla de dulzura y autoridad-. El suelo no es lugar para vos. Y tranquilizaos, que apenas entiendo qué queréis decirme...- se apartó del marco de la puerta- pasad y sentaos -señaló un sillón.
Níobe se dirigió al baño, sonriendo pérfidamente para sí.
- Permitid que me aclare el rostro, estoy medio dormida -Edaris escuchó su voz y el caer del agua, mientras se levantaba del suelo y se dirigía, aún sin entender por qué no le castigaba inmediatamente, hacia el asiento que ella había señalado. La Reina volvió. Se sentó en otro sillón, junto a la chimenea-. Bien, Excelencia, respirad hondo un par de veces y decidme: ¿qué ocurre?
- Mi señora, vengo a pediros disculpas por el modo en que me comporté antes. Os amo y quiero casarme con vos. Si mi anterior... -buscó la palabra adecuada- exabrupto, totalmente fuera de lugar, ha hecho que me miréis con peores ojos y ya no deseáis que permanezca aquí, lo entenderé y lo aceptaré. Pero antes de que eso ocurra, he de admitir ante vos mi equivocación y declararos que lo que hicisteis no ha hecho más que revelarme un mundo que yo creía que no existía -se levantó, fue hacia ella, la tomó de la mano y puso una rodilla en la fría piedra-. Y debido a ello os amo más todavía, pues reconozco en vos alguien que además de sus otras virtudes tiene consigo la sabiduría del mundo real.
Níobe tuvo que esforzarse para no reír. Sin embargo, se le escapó una sonrisa que Edaris interpretó como un gesto de amabilidad.
- Vaya, Excelencia, ¿y no podían esperar vuestras disculpas a mañana? ¿O tanta urgencia tenéis que deseáis firmar ya el contrato matrimonial? - se burló.
Deslizó la blanca mano por el cabello de Edaris.
- En cierto modo encuentro vuestra espontaneidad encantadora. Tranquilizaos, estáis más que perdonado. Aunque he de decir que esperaba más resistencia frente a una posible negativa... ¿No fue Sir Gareth el Blanco quien se suicidó porque la mujer de la que se había enamorado le rechazó?
- Sir Gareth no tenía que cargar con el peso de multitud de súbditos. La responsabilidad que tengo sobre mis hombros y que mi padre me legó me impediría cometer ese acto, mi señora. Hacerlo sería un acto indigno de un Conde -utilizar los argumentos que Rivas le había hecho ver le infundía tranquilidad-. Si me rechazáis habré de vivir sabiendo que ninguna mujer podrá ocupar el lugar de aquélla que me rechazó.
- Que lástima. Con lo infinitamente romántico que sería eso, ¿no creéis? ¿Que un hombre se quite la vida por una? Me pregunto qué se sentirá... -Níobe le acariciaba el pelo con infinita dulzura, burlona y cruel-. Bien, señor: estáis perdonado. Mañana si lo deseáis firmaremos el contrato, y pasado podréis volver a vuestra tierra. ¿Cuándo deseáis celebrar la boda?
- Pero... eh, ¿no estáis...? Es decir, mi comportamiento anterior...
- ¿Sí? - Níobe le miró con fingido interés. En realidad, los titubeos de Edaris le sacaban de quicio- ¿Estoy qué?
- Enfadada, mi señora. Eso. Enfadada conmigo por cómo os grité, avergonzándoos en vuestro castillo.
- Sed positivo, si hubiérais sido un juglar... -esbozó una sonrisa en la que sus ojos no participaron-. Ya os he dicho en otra ocasión que los shultes sois como niños. Esperaba un comportamiento similar, si os he de ser sincera.
- ¿He de entender, pues, que no os he decepcionado, mi señora Níobe?
- Bueno, ya os he dicho que esperaba más resistencia frente a una posible negativa que un mero "me marcharé y pensaré en vos", pero a parte de eso, no. Además, si estuviera enfadada, Excelencia, os lo hubiera hecho saber.
Sí. Te lo habría hecho saber con sufrimiento infinito y humillaciones... Créeme, idiota. Cuando esté enfadada lo sabrás. Níobe deslizó los dedos por el contorno del rostro de Edaris. Puede que fuera un imbécil, pero era un imbécil hermoso. Apetecible.
- Mi Reina -dijo Edaris, acercando la mano de Níobe a sus labios y depositando en su suave piel un beso-, esta noche, en contra de todas las espectativas, me habéis hecho el hombre más feliz de todo el Putomundo. Sois la dueña de mi corazón, ahora y siempre -volvió a besarle la mano una vez más, le sonrió y se levantó-. Y ahora, mi señora, creo que ya os he hecho perder demasiado de vuestro precioso tiempo de descanso. Os agradezco que me hayáis atendido, me hayáis perdonado y me hayáis concedido el más valioso regalo de todo vuestro hermoso Reino -se inclinó ante ella en una profunda y perfecta reverencia-. Creo que me marcharé a mis habitaciones y os dejare dormir, mi Reina Níobe. Mañana será un día ajetreado.
- ¿Y porqué no os quedáis aquí? -Níobe le dedicó una mirada libidinosa, disfrutando sobremanera. Sabía que iba a escandalizarle.
- ¿Quedarme en vuestra habitación? -desde luego que Edaris estaba escandalizado.
- Eso he dicho - se puso en pie frente a él y le miró a los ojos-. ¿No os atrae la idea?
El Conde de Shult miró a la Reina, y no esta vez a los ojos. Fue consciente como no la había sido antes del hecho de que Níobe estaba vestida con un camisón que dejaba intuir su cuerpo más de lo que la imaginación sola concebía. Sus contorneadas caderas, sus pechos redondos y firmes, sus piernas... Oh, sí, desde luego que le atraía. Níobe, con un veloz movimiento, le empujó con fuerza, haciéndole retroceder y trastablillar. Edaris cayó sobre la cama, sorprendido.
- ¿Veis, señor? Sois como niños. Indecisos y tímidos.
- ¿Y sois vos quien ha de vencer esa timidez por mí? -preguntó Edaris a su vez, ensayando una trémula sonrisa.
- Vuestra timidez es encantadora, Excelencia -dijo mientras trepaba sobre él, hasta sentarse en sus caderas-, pero en ciertos momentos es un incordio. Como ahora, cuando quiero comprobar cuanto hay de cierto en vuestras afirmaciones.
- ¿Qué afirmaciones mías, mi Reina? -Edaris llevó instintivamente las manos hacia el cuerpo de Níobe, tocando la piel desnuda de sus muslos.
- Me dijisteis que érais un hombre experimentado -dijo mientras le quitaba la ropa-. Veremos a ver si estáis a la altura.
- Las espadas de Shult, mi señora, siempre están a la altura.

3.8.09

Una de las tres reinas


Bajo las ramas del sauce, mecidas por el viento húmedo, se filtró la luz apagada de la mañana, despertando al Barón, que se revolvió inquieto al sentir el día naciente sobre su cuerpo maltrecho. Se incorporó sobre un codo y comprobó que la zíngara había partido pues faltaba su montura. Siempre igual, pensó, cuando la necesito nunca está y cuando la quiero lejos de mi vista la tengo encima como una gata en invierno. Desentumeciendo aún los músculos, escuchó el relinchar inquieto de un caballo proveniente de la espesura del bosque. Por lo menos espero que traiga el almuerzo, pensó el Barón, mientras observaba el cielo tormentoso. El trote del caballo se detuvo, pareció retroceder y luego avanzar, como si el jinete no dominara el terreno. El Barón se pasó la mano por la cabellera rebelde y tomó su espada.



En ese momento, apareció en el claro una joven a caballo. Una joven hermosa y altiva.



La reina Nyx, aturdida aún por su encuentro con aquella extraña mujer de rosados harapos, frenó a Hierro suavemente y a una distancia prudente, contempló al hombre que se había sobresaltado con su llegada. Portaba una espada que le sacó una irónica sonrisa.


- Guarda eso, o te pasaré por encima antes de que pestañees - dijo Nyx, buscando con la mirada entre las ricas pertenencias del hombre, algo que le revelara su procedencia.


- Os obedezco. No os alarméis - respondió el Barón, mientras envainaba la espada- Me parece que también guardaré en mi memoria esta hermosa aparición.


Nyx enarcó una ceja y miró al hombre fijamente.



- ¿Quién eres? - dijo tuteándole, como hacía con todo sus súbditos - ¿qué haces aquí y dónde está tu hogar?



Antes de contestar, Von Deck se acercó al caballo, le acarició las crines. Comprendió que se hallaba ante alguien con poder, acostumbrado a ejercer la autoridad, así que decidió mostrarse dócil y cauto y se adentró en la mirada profunda de la desconocida;


- Yo no tengo hogar... mirad: el bosque es mi cobijo, el cielo mi techumbre y el musgo mi lecho. Mi espada, mi fiel compañera. Vengo de más allá del Mar de las Brumas con un encargo que cumplir.


- ¿Y puede saberse cuál es ese encargo? - preguntó curiosa. Dejó que el hombre acariciara a Hierro, ante la proximidad se puso alerta, pero se lo permitió sólo para intentar sacarle la información. Tenía la absurda certeza de que encontraría alguna conexión con Azcoy tarde o temprano, si estaba pendiente.


- No está en mi naturaleza mentir- La mirada de ella era tan hermosa que por un momento se sintió indefenso- pero comprederéis que debo mostrarme reservado. Solo os diré que busco a una reina y que de ese encuentro puede derivar la libertad de un ser querido. Soy el Barón Han Von Deck y creo que no encontraría mayor sentido a mi vida que el de serviros con lealtad.


Nyx reflexionó mientras clavaba sus pupilas en los ojos del hombre. Era cierto que su acento sonaba a tierras lejanas, y obviamente no la había reconocido. Quiso saber más. No hizo caso a las florituras de su discurso, ni a los cumplidos que el hombre le dispensaba.


- Bueno, Avernarium está regido por tres reinas, ¿a cuál buscas y qué pretendes? Quizás pueda ayudarte... - E instintivamente tiró un poco de las riendas de Hierro.


De repente, el cielo tronó. La lluvia arreciaba y la luz violeta de los relámpagos cruzaba el cielo como breves latigazos. Los árboles empezaron a doblarse con furia, en una danza violenta de la que se desprendían ramas.


- Os imploro que desmontéis y nos refugiemos en esa oquedad que se abre en la roca.-gritó el barón- La tormenta arrecia como si el cielo quisiera desplomarse sobre la tierra...


- ¿Resguardarme con... vos? - dijo frunciendo el ceño y cambiando sin percatarse el trato. La lluvia empapaba sus cabellos a una velocidad pasmosa, miró al cielo asombrada por el repentino cambio de tiempo. La intriga que ese hombre había despertado en ella con unas pocas frases, hizo que lo siguiera a lomos de Hierro hasta donde él le había indicado. -Os sigo - dijo al fin, sin que se le pasaran inadvertidas las miradas de admiración que le dedicaba el extraño, pero obviándolas descaradamente.


Ataron a Hierro junto a la entrada de la cueva mientras la furia de la lluvia y el rugido de los truenos sacudían el bosque. La turbación que sentía Nyx por los hechos que se precitaban a su alrededor, desde la extraña mujer que encontró en el bosque, hasta el intrigante Barón que la buscaba a ella o a una de sus hermanas, pasando por el temporal que se acababa de levantar en un abrir y cerrar de ojos, la dejaron confusa y momentáneamente reflexiva. Se resguardó junto al hombre en la cueva, y lo miró escudriñando cada detalle de su cara y su indumentaria. Se sentía vulnerable sin un arma, sin estar montada sobre Hierro, tan próxima al extraño pero, por algún motivo, dejó de estar alerta. Su mirada era noble y sus gestos amables.


Al notar que ella le estudiaba, Von Deck apoyó su espalda contra la roca. Se giró y le sonrió. A pesar de la apariencia de fortaleza que la joven emanaba, por un instante creyó percibir un atisbo de debilidad, como si un remolino de emociones hiciera que su fachada de digno distanciamiento estuviera a punto de desmoronarse. Y se encontró de nuevo con su mirada, colmada de luz de relámpagos, de matices desconocidos, y al apartarle con suavidad el pelo mojado de su mejilla, le gustó su expresión de chica -en muchos sentidos- perdida, por eso le separó un poco la capa y al pasar el brazo por su cintura se sorprendió cuando ella se estrechó lentamente contra su cota de malla.


La joven reina se sintió extrañamente atraída por el lenguaje corporal del hombre, tan agradable y varonil a la vez. Quiso alejarse del sentimiento de desamparo que la extraña bruja de los harapos rosados le había infundido. Quería apartar de su mente por un instante a Azcoy, a Murah, y a lo que quiera que hubiera en su vientre el día que le quitó la vida. Quiso evadirse de todo y de todos, y al notar la calidez del cuerpo del Barón, lo consiguió. Antes de que éste tuviera tiempo a reaccionar, besó dulcemente sus labios y reprimió un suspiro en su pecho, cerrando los ojos. El Barón la apretó contra sí y acarició su espalda mojada hasta toparse con su corsé, el cual desató lentamente casi sin que ella se diera cuenta. La despojó del resto de su vestido con manos hábiles y Nyx quedó desnuda en mitad de la cueva, se separó de él un poco, cogió sus manos y las puso sobre sus pechos desnudos. Él, asombrado por la determinación de la mujer, los acarició como si tuviera miedo de hacerle daño, con toda la delicadeza que la pasión le permitía en ese instante. Nyx comenzó a desnudarlo sin dudar un momento que hacer el amor con aquel extraño, era lo único que su cuerpo y su mente necesitaban.


No dijeron ni una palabra, sólo hubo gemidos y jadeos que reverberaron en las paredes húmedas de la cueva.


Al Barón le costaba tanto dejar de abrazarla y besarla... pero la tormenta amainaba y ella se revolvía inquieta entre sus brazos una vez hubieron terminado. La notó con la mente en otras cosas una vez alcanzara el clímax, de nuevo se topó con la joven altiva y distante.


Nyx observó en silencio sus ropajes en el suelo, de un salto se levantó y se los enfundó, aún estaban mojados. El Barón la miraba confuso, no sabía exactamente si pretendía irse sin más o si sólo tendría frío. Ella no hablaba demasiado.


- Si vuestro deseo es marcharos debéis hacerlo cuanto antes, las sombras de la noche se ciernen sobre el bosque- le dijo Von Deck, mientras se cubría con su capa- pero antes me gustaría satisfacer una curiosidad...¡vuesto nombre!


Nyx se giró hacia él, como reparando de repente en su presencia y con una divertida expresión en su rostro le dijo;


- Os lo diré, si me decís a qué reina buscais y para qué - luego se acercó sonriéndole sugerentemente, quizás así consiguiera sonsacarle algo. Acercó su boca a la de él y lo besó antes de que pronunciara una palabra. Y odiaba besar tras practicar el sexo.


- No podría negaros nada...necesito encontrar, de las tres hermanas, a la reina Nyx - dijo Von Deck mirando los labios de ella- y os suplico que no me pregunteís para qué.


- ¿Cómo podría no hacerlo? - preguntó sin dejar ver que quizás no había sido tan buena idea yacer con alguien que había recorrido medio Putomundo en su busca... no presentía nada bueno. - ¿Qué mensaje era el que queríais entregarle?


- No hay tal mensaje- dijo el Barón embozándose.


"¿Cuántas veces he de besarte para que lo sueltes todo?" pensó Nyx.


- Oh vamos...- y se abrazó al cuello del Barón - no puedes dejarme así... dímelo.


El Barón la contempló en silencio. Le había hechizado con sus dulces besos. Eso debía ser. Porque si no, no entendió cómo pronunció las palabras que salieron de su boca:


- La busco - dijo Von Deck a la vez que se ajustaba su daga- para acabar con su vida.

20.7.09

Donde crecen las rosas


Nyx montaba sobre Hierro al trote siguiendo el curso del río Biv. Miraba al horizonte mientras sujetaba las riendas con ambas manos, sin pensar en nada en concreto, sólo dejando que su mente enlazara un pensamiento con otro.



El sol estaba alto, pero le daba igual que su piel pudiera enrojecer. Llevaba un vestido ajado de color granate, era cómodo y ligero y le permitía montar a horcajadas. Siempre montaba así. Y como siempre, había salido del castillo sin que nadie la viera. No quería escoltas, no quería ver a nadie ni que nadie la viera.



Intentaba evitarlo, pero su mente terminaba siempre la cadena de pensamientos con Azcoy, y por más que intentaba una y otra vez apartar su última conversación de su mente, ésta se las apañaba para que las frases más dolorosas retumbaran en sus oídos.



Bajó de un salto del caballo y lo dejó beber en el río. Ella se sentó en las piedras de la orilla y se quitó las botas. Apoyó la cabeza sobre sus manos y respiró profundo.



Pensó en qué había hecho mal. Sus hermanas estaban inmersas en los planes para la conquista y ella no era capaz de hacer nada. Para colmo no dejaba de complicarse la vida con otros asuntos que nada tenían que ver y que la anulaban a la hora de concentrarse y tramar algo de provecho. Adara estaba en otro reino, arriesgando su vida por la causa. Níobe haciendo de las suyas para hacerse con Shult. ¿Y ella?



Se tapó la cara con las manos y reprimió un sollozo. Lo peor es que el sollozo no era por no estar a la altura en los planes de la familia, sino por Azcoy. Había abandonado su casita de piedra, incluso la herrería, y había desaparecido de Huyk. Nyx suponía que incluso se habría ido de Avernarium.



Hierro relinchó y meneó sus crines para llamar su atención. Nyx levantó la vista y miró al caballo, y siguió con los ojos hacia el lugar hacia donde él miraba. Se sobresaltó al ver, algo más adentrada en el bosque, a una mujer de una edad incalculable, sin ningún tipo de atractivo recordable, mas que una mata salvaje de pelo rojo, que la hacía aún más pálida de lo que ya era. Nyx creyó oírla canturrear en un idioma desconocido, mientras recogía ramitas de suelo.




"No estáis preparada, y no lo estaréis mientras él gobierne vuestros pensamientos" - dijo la mujer en voz alta sin mirarla, mientras seguía acercándose a ella, recogiendo hierbas y pequeñas florecillas y las metía en pequeños saquitos de esparto.



Nyx miró a su alrededor, poniéndose en pie.



"¿Me hablas a mí, mujer?" - le dijo.



La mujer la miró y dejó caer sus brazos junto a su cuerpo, solemnemente le dijo:



"El búho rebuzna".



"Genial - se dijo Nyx - una loca en mitad del bosque..."



- La locura está en los ojos del que mira, y no en la mente del que es mirado - la vieja se plantó en dos pasos frente a Nyx. La miraba fijamente y tenía una media sonrisa dibujada en su rostro anodino.



Nyx reprimió un respingo, aunque realmente, aquella mujer no la asustaba. Podría reducirla antes de que su boca volviera a abrirse. Y sin embargo sentía curiosidad por qué más cosas podría decir. ¿Le había leído el pensamiento?



- ¿Quién eres tú? - le preguntó la joven reina - ¿qué haces aquí?

- Mi nombre es Assurda D´cohone, de la rosada tierra de Rossum, país de adivinas y héroes de grandes proezas - dijo la mujer como si la voz le saliera desde lo más profundo de su ser. Nyx entornó los ojos y se quedó observándola. Sus harapos rosados y su pelo rojo eran, como menos, los más extraños que hubiera visto jamás. - aquí vivo retirada de un mundo que no me comprende, sabiendo que jamás volveré a mi amada Rossum - terminó diciendo.


- No conozco esas tierras, mujer - dijo Nyx - ¿qué haces aquí? ¿por qué no puedes volver a tu tierra? ¿te exiliaron, tal vez?


- Al morir mi madre, mi padre no quiso hacerse cargo de una desdichada como yo, mancillada por la herencia de mis antepasadas... veo lo que nadie más ve.


Nyx se acercó un poco más, asiendo las riendas de Hierro para llevarlo junto a ella.


- ¿De veras? - preguntó entre curiosa y divertida. - ¿Y qué es lo que ves en mí, mujer que todo lo ve?


- Veo que derramaste la sangre de una inocente y la de la vida que crecía en sus entrañas... - dijo la bruja fijando la mirada en los ojos de Nyx.


- ¿Qué? - gritó Nyx, sorprendiéndose a sí misma por el tono chillón que salió por su boca - ¿qué sabes, vieja bruja? ¿quién te manda para torturarme? ¿Azcoy?


- Tenéis un aura de sangre inocente a vuestro alrededor...no sé ni me interesa quién es ese azcoy, pero a cambio de la destrucción del que me desterró, os prestaré mi ayuda. - dijo la mujer arrodillándose a recoger unas forecillas blancas que había junto a sus pies. A continuación la metió en uno de los saquitos que llevaba atado al cinturón de cuerda.


- Estás loca... no sabes nada. - dijo Nyx altiva.


- Nyx - dijo la mujer - no sufras por él. Quien se va sin ser echado, vuelve sin ser llamado... - Nyx sintió un frío helado por la espalda - acaba con quien me dio la vida, y te ayudaré a conquistar lo inconquistable.

Nyx montó de un salto en Hierro, que relinchó enconvándose, por la violencia de su dueña. Ella miró a la mujer, seria, y dijo:

- ¿Podré encontrarte aquí si... decido que voy a creerte? - dijo turbada, recordando lo que aquélla acababa de sugerir... no sólo había matado a Murah, sino al hijo de ésta y de... Azcoy!

- Donde crecen las rosas rosas - dijo señalando al interior del bosque - donde rebuznan los búhos.

15.7.09

La línea de la vida

El Barón Han Von Deck llegó al puente que salvaba el río, que unas seis leguas hacia el norte, circundaba la residencia de recreo de la princesa Nyx. Este era el lugar señalado para el encuentro con Armenieta. Pero no había rastro de la zíngara, así que el Barón permaneció en su montura a pie de puente. Observó el cielo azulado y se descubrió la cabeza para sentir la brisa suave de la primavera en el rostro. Entonces escuchó cascos de caballo provenientes de la otra margen del río. Era un caballero acompañado de dos sirvientes que enfilaron el camino que conducía al puente, pero que al ver al Barón en el otro extremo, aflojaron la marcha. El caballero se adelantó sobre la pasarela hasta quedar justo en medio, frente al Barón. Se observaron sin pronunciar palabra durante unos minutos. El caballero alzó la voz:

- Parecéis un vagabundo, con esa polvorienta capa y esa barba descuidada, y sin embargo vais pertrechado como un caballero. ¿Robasteis esas armas? En todo caso, no deseo perder el tiempo. Apartad, llevo prisa.

- Mi nombre es Han Von Deck, Barón, y no he escuchado vuestro nombre ni titulo, si observáis este escudo de armas y esta leyenda, tal vez me hablarais con respeto caballero, y os presentarías como es costumbre entre gente elevada.

- Efectivamente, lo reconozco, una casa con hechos gloriosos en el pasado, pero veo que vergonzosamente venida a menos. Que desgracia. ¡Yago, Morgan, arrojad a este necesitado unas monedas para que pueda hincarle el diente a una hogaza de pan!

- Me dirijo a la villa de la princesa Nyx.

- No creo que la princesa Nyx reciba a pordioseros. Vengo de gozar de… de su hospitalidad - giró la cabeza en dirección a las carcajadas de los sirvientes-. La princesa es hermosa y de relajadas costumbres, pero vosotros solo encontraríais lugar en sus cuadras. Vuestro lugar de nacimiento, sin duda.

- Caballero, el que tengo prisa soy yo, y además es una temeridad contrariarme cuando voy a reunirme con una dama. En verdad que os hubiera dejado marchar, ignorando vuestra grosera afrenta, pero… –el Barón empuñó la espada y comenzó a desenvainarla con lentitud- habéis cometido el error funesto de calumniar a una dama, y eso no lo he permitido jamás. Disculparos o rogad por vuestra alma.

Los criados desenvainaron sus armas y flanquearon a su caballero. Este preparó su pica y alzó el escudo. Su tez palideció y adquirió la tonalidad del cielo. El Barón descabalgó, arrojó su escudo al suelo, y susurrando la leyenda con la que sus antepasados habían entrado en combate, avanzó despreocupado hacia el centro del puente. En breves instantes la lucha concluyó. El Barón ensangrentado, alzó la vista de los tres cuerpos que yacían a sus pies, para encontrarse con Armenieta, que traía el espanto en su mirada. Esta actuó con prontitud y arrojó los cuerpos inertes a la corriente del río, envolvió la espada de Von Deck y le cubrió el cuerpo con su capa para llevárselo, junto con las monturas, a la espesura de la vereda.

El Barón permaneció indiferente mientras la zíngara le desnudaba y comprimía los tajos por los que se le iba la sangre. Le vendó las heridas y lavó su rostro y cuerpo. Le recostó, finalmente, sobre un lecho preparado al abrigo de un sauce. La tarde declinaba.

- Acabo de matar a un hombre porque ha ofendido a una mujer. A una mujer a la que tal vez mañana deba asesinar…siento que mi determinación flaquea, que mi espíritu se rebela, que el aliento de la vida se me escapa. Mi hija, la cautiva, mi añorada pequeña, ha sido el gozo más increíble de mi existencia, la maravilla más amada sobre todas las cosas de este bello mundo. Cuando yo no este, Armenieta, debes rescatarla y ponerla bajo la custodia de mi hermano, para que en compañía de sus primas, crezca en el hogar familiar, protegida y feliz. Concédeme este último favor.

La zíngara asintió y le rogó que descansara. Mientras hacía los preparativos para pasar la noche, le informó que la princesa Nyx se hallaba en su residencia y que le sería fácil acceder a ella pues era hospitalaria y le gustaba acoger viajeros y caballeros para que le relataran las historias de sus peripecias y los relatos de las tierras lejanas de las que provenían. Al poco, le preparó un cuenco con caldo elaborado con raíz de plantas curativas y vísceras de animal, para reconfortarlo y cicatrizar las heridas, y se arrebujó junto a su costado, discretamente, como siempre hacía. Se lo acercó a los labios y entre sorbo y sorbo le pasaba un paño humedecido por la frente.

- Armenieta, tu lees la mano y echas la buenaventura a las ignorantes campesinas. Les cuentas una sarta de mentiras bienintencionadas, anuncias bodas con buenos mozos y partos sin complicaciones, todo para obtener alguna moneda…quiero que me leas la mano, antes que la oscuridad lo impida. Y no me mientas. He sentido que cuando me crees dormido, te acomodas sobre mi pecho, me miras en medio de la noche, pasas tú mano por mi barba y tus dedos por mis labios. Si me mientes, a partir de ahora dormirás entre los caballos, las yeguas y los asnos de carga.

- ¡Dadme!...- La muchacha apretó la mano del Barón entre sus pechos y se inclinó sobre ella- Habéis sido muy feliz, habéis gozado de la vida, pero veo ahora una gran pena en vuestra alma, una pena – y levantó sus ojos oscuros para mirar los del hombre- que también se ha posado en vuestra mirada, esta pena es infinita. En esta línea veo una mujer especial, diferente de las demás. Tiene el don de la magia. Esta dama os traerá dolor y recuerdos, pero igualmente placer, debéis de cuidaros de ella por que esta mujer de chica permaneció en el fondo de un lago hermoso y así permanecerá en el fondo de vuestro corazón- Armenieta presionó la palma de la mano de Von Deck contra su seno y sin mirarla continuó con voz tenue- Hay otra línea que se interrumpe de golpe, es la llamada línea de la vida, se corta cerca de aquí.

- Muéstrame esa línea- dijo el Barón mientras sacaba de entre los ropajes una daga corta.

- Es esta, aquí acaba.

- Verás, dulce Armenieta, no quiero contradecirte, pero necesito un poco de tiempo para terminar mi trabajo.

Y el Barón hundió la punta de la daga justo donde la línea de su vida concluía, y presionando el acero, alargó unos milímetros el curso de la línea.

14.5.09

El abrecartas

El sol empezaba a ocultarse ya entre las colinas de Hyek, al legar al castillo. Nyx, con las ropas rotas y el pelo quemado, fue retenida instintivamente por los guardias, que cruzaron sus lanzas. Se había dado un rápido baño en casa de Azcoy y su cuerpo ya no estaba lleno de tiznones. Aun así, el desconcierto en la cara de los hombres cuando les ordenó que se apartaran, la hizo entender que su aspecto debía ser lamentable.



Ya en sus habitaciones y sin avisar a ninguna de sus doncellas, se preparó un baño por sí sola. Quería relajarse antes de mirarse al espejo. Quería pensar tranquilamente en cómo iba a proceder con Puñal. Sólo una vez había visto a Evahl actuar como Puñal. Y aún sufría escalofríos cuando lo recordaba. Lo que no le había pasado por alto, había sido sus harapos, acostumbrada siempre a verlo como el refinado secretario que no escatimaba en detalles. Sus harapos y sus botas dispares. "Maldito Evahl" pensó la Reina entrando en el agua.




Iría directa a su despacho; si no estaba allí en la puesta de sol, no llegaría mucho más tarde. Recordó de nuevo el incendio, cerró lo ojos en intentó controlar su propia respiración. Les escocían las heridas de los codos, debería llamar al médico para que le echara un vistazo, aunque los ungüentos de las mujeres de Hyek, la habían aliviado más de lo que esperaba.




No tardó demasiado en salir de la bañera y envolverse en una enorme toalla de algodón blanco, que olía a azahar, como todas sus ropas. Se secó deprisa, tan ansiosa por mirarse en el espejo como aterrada.




Se puso de pie frente al gran espejo que colgaba de la pared opuesta al ventanal, y miró la imagen que se reflejaba con calma, lentamente, desde abajo. Miró sus blancas piernas bien torneadas, y su entrepierna, poblada de vello castaño. Miro su ombligo y descubrió sus manos apoyadas en su estrecha cintura. Miró sus pechos turgentes y sus pequeños pezones rosados, y descubrió que su melena no llegaba ya hasta ellos. Cuando su vista llegó a las clavículas y a sus hombros, comprobó que estaban más desnudos que nunca.


Miró su cara, como un óvalo perfecto, y se horrorizó al ver sus pequeñas orejas al descubierto. Sus labios parecían más llenos y su naríz más pequeña. Sus ojos castaños y rasgados, tenían un nuevo aire masculino. No lloró al ver su cabello, que tenía el mismo aspecto que el de un chico. Incluso debería cortarlo más, para acabar con las puntas chamuscadas.




Respiró hondo y se vistió aprisa para ir directa a por Evahl...



...de cuya vuelta al castillo de las tres reinas nadie se dio cuenta. Nadie nunca se daba cuenta de sus idas y venidas hasta que ya habían sucedido, a no ser que él así lo desease.



Apenas llegó, pasó por las cocinas camino de su estudio, escamoteando un pastelillo de miel. Por los pasillos, sonrió a las sirvientas más jóvenes con picardía, pero todas apartaron la vista, una de ellas incluso tuvo la decencia de sonrojarse. Frunció el ceño al perderla de vista por un instante, ya que no la había reconocido. Él reconocía a todos los siervos del palacio. A TODOS. Pero no podía permitirse mostrar preocupación cuando era Evahl.



Fue al ala de palacio donde se encontraban los aposentos de Nyx, pasando ante los contables y escribas a su servicio, encargados de las cuentas de palacio. Él, como secretario principal y jefe amanuense, debía guardar las apariencias, así que hizo una corrección aquí y otra allá, atento a todos los números. Penetró después en su estudio, pero dejó la puerta entreabierta a la vez que jugueteaba con el pastelillo. Dentro, con los brazos cruzados y porte imponente, estaba Su Excelsa Majestad Nyx. Debía haber supuesto que no tardaría en enterarse. Sus nuevas amas disponían de más recursos que los amos que había servido anteriormente. Le indicó con un gesto que cerrase la puerta, y él lo hizo. Parecía enfadada, por la rigidez de sus brazos y la expresión acerada de sus ojos.



De pronto, el jefe amanuense se quedó petrificado en el sitio, contemplando casi con estupor lo que quedaba de la espléndida melena de su señora, ahora un peinado más típico de algún mozo de cuadra o paje. Sabía sumar dos y dos. Sabía que ella no se habría rebajado a cortarse su magnífica cabellera, de la que estaba tan orgullosa, así que algo la había obligado. Olía a jabón y a perfume, pero aún pudo percibir el acre tizne a humo y fuego que desprendía. Sintió una fría certeza subir por su columna vertebral.



Mientras pensaba todo esto, no mostró señal alguna de lo que rondaba por su mente.





Nyx se acercó a Evahl, y cuando lo tuvo enfrente acercó su diminuta nariz llena de pecas al cabello del hombre. Se echó hacia atrás, asintiendo casi imperceptiblemente. No le cabía duda, olía tanto a humo y a madera quemada, que era imposible que no hubiera sido él. Lo miró a los ojos un instante, seria. Parecía dubitativa, pero sólo era una manera de desconcertar a su secretario antes de propinarle un tremendo rodillazo en la entrepierna. Descargó todos sus fuerzas en el golpe, y cuando Evahl gritó y se plegó sobre sí mismo por al dolor, puso un tacón sobre su hombro y, suavemente, lo hizo caer al suelo.




- Es un regalo, dáselo a Puñal cuando lo veas - dijo Nyx dejando al hombre gimiendo en el suelo del estudio.




Se giró, dándole la espalda y se acercó a la mesa, de donde cogió un abrecartas de plata adornado con el sello real. Se acercó de nuevo al hombre, su respiración era ahora más acelerada. La ira la iba invadiendo por momentos. Se agachó sobre el joven, puso bruscamente la punta del abrecartas bajo la oreja de Evahl, un corte profundo justo ahí, y se desangraría antes de que ella sacara el arma.




- ¡Ahora dime, traidor! - exclamó la Reina - ¿Por qué has intentado algo semejante, maldito?




- Mi ama - musitó con un tono de voz quedo Evahl sin intentar levantarse siquiera, mirándola desde el suelo con gesto de nuevo impasible, como si no acabase de humillarlo como a un perro - Sólo Sirvo, mi ama. Hice lo que consideré oportuno.Era una distracción, y una amenaza a vuestra posición. Debo ocuparme de que podáis concentraros en la Conquista, y él... era peligroso. Demasiado como para seguir con vida. Lo sería más, incluso, después de enterarse de la muerte de su prometida, mi ama.




Nyx lo miró airada. Debería darle muerte en ese instante, con ese abrecartas. Sin embargo se puso en pie, y lo obligó a que él hiciera lo mismo con una orden rápida y colérica.




- ¿Acaso te ordené yo que hicieras tal cosa? - volvió a gritar, empezó a pasearse rápido de un extremo a otro de la estancia, con el afilado abrecartas en la mano - ¿No pensaste ni por un momento que podrías estar firmando tu sentencia de muerte, estúpido inútil?



- Lo siento mucho, mi ama - Evahl permaneció erguido, la vista clavada en algún punto inexacto en la pared, o quizá en algo que había más allá de la pared, con las manos entrelazadas a la espalda, y cierto aire de rectitud militar que le hacía parecer aún más grande de lo que ya era. Pero no en actitud intimidatoria. No con ella.




Nyx miró al hombre que llevaba una década a sus órdenes. Siempre supo que no hacía falta ordenarle según qué cosas, pues en muchas ocasiones él se adelantaba a sus deseos, sin embargo esta vez, había ido demasiado lejos, y además, había errado estrepitosamente.




- Debes saber - dijo la Reina apuntando a la cara del hombre con el abrecartas - que conservarás la vida porque tu plan se ha ido al traste. Ni para eso sirves ya. Pretendías matar a un simple herrero, al que nadie protegía, ni tan siquiera miraban, y has fracasado.- Nyx intentó calmarse respirando profundamente y le dijo al secretario sin tan siquiera mirarlo - No volverás a cruzarte con Azcoy. Si te lo encuentras por casualidad en algún sitio, abandona el lugar inmediatamente. Si lo hueles siquiera, esfúmate. No quiero que vuelva a ver tu cara en el resto de su vida. Ni que tú veas la suya. - Se volvió hacia el hombre y dijo con voz queda - Si matan a Azcoy, aunque no seas tú, lo primero que haré será matarte y luego preguntaré si fuiste tú el culpable. No habrá una segunda advertencia, Evahl. Te estaré vigilando. Mucho tiempo.



Por un momento, el férreo autocontrol del Marcado se perdió. Sus ojos se desorbitaron, mirando con fijeza a su señora, y la mandíbula le tembló, así como las manos. Incluso las piernas le flojearon. Por un momento. Después, lo único que dejaba traslucir era determinación.





Nyx pasó a su lado para marcharse. Evahl suspiró de alivio, pero la sangre empapándole la camisa le sorprendió. Una punzada de dolor le atravesó la oreja, o el lugar donde debería estar. Nyx sujetaba su abrecartas ensangrentado en una mano y la oreja derecha de Evahl en la otra.




- Esto por mi pelo - dijo tirándola al suelo con una mueca de repulsa.

22.4.09

Así que quieres trabajar para nosotras

Tras el aluvión de dos interesados, Las Alimañas han habilitado la dirección de correo alimanyascosmicas [at] gmail [dot] com para que las osadas damas y valientes caballeros envíen su dirección y así puedan comunicarles la buena nueva. Esto no excluye que las solicitudes tengan que rellenarse vía comentario, es sólo que Las Alimañas no pueden perder su valioso tiempo y su caro maná para averiguar vuestras direcciones de correo, pero no os llevéis a engaño, sin comment no hay colaboración.



Además, Las Alimañas adoran la burocracia, así que no vendría mal apoyar vuestras solicitudes comment-ariles no sólo con un mail con forma de contacto, sino también con una sucinta explicación de por qué Sus Majestades deberían aceptar vuestras solicitudes -en vez de enviar un asesino a destruiros-, un esbozo del personaje que queréis presentarnos, una idea de para qué va a servir, incluso una idea general de qué va a suceder en su presencia, y en base a la posibilidad de encuadre del personaje en Putomundo y en Avernium, Las Alimañas valorarán la colaboración.



Los milagros de la ciencia moderna han desarollado el GoogleDocs, que permite a varios usuarios trabajar simultáneamente en el mismo documento y recibir las actualizaciones de sus compañeros. Para las entradas en las cuales colaboren varios autores, sean Alimañas o no, la entrada se editará mediante Gdocs durante el proceso creativo.



Ningún personaje podrá ser controlado por nadie más que su creador original, por lo tanto, si pretendéis que en vuestra alimañil entrada aparezcan otros personajes, bien alimañiles, bien de otros Colaboradores Esporádicos, nosotras os pondremos en contacto con el autor de los mismos mediante Gdocs. Asimismo, podéis ser honrados solicitando la aparición de una o varias auténticas Alimañas Originales en vuestra entrada: solicitadlo y se os concederá, o tal vez no. Lo cierto es que muy probablemente sí, pero bueno.



De esto se deduce que, una vez seáis nombrados Colaboradores Esporádicos, se puede requerir de vuestra participación si otro Colaborador lo solicita. El solicitado tiene derecho a denegar la ayuda, de modo que el solicitante tendrá que buscarse la vida y no interaccionar con el personaje del solicitado.



En resumen, el proceso para participar es tal que así:

1)Solicitud en comentario

2)Envío de un correo explicando la idea de la entrada, personajes que aparecerán, personalidad de vuestra creación, etc.

2A)Envío de sobornos, ofrendas a vuestra deidad, santería...

3)Consejo Alimañil: se acepta o no la solicitud. Por unanimidad.

4)Creación de la entrada en Gdocs, siendo el documento en todo momento compartido con las Alimañas, que accederán a él cuando consideren para observar los avances y sugerir cambios en caso de que fuera necesario.

4A)Si es necesario, solicitud de colaboración de otro/s Colaborador/es esporádico/s.

5)Si el estilo encaja, no rompe la historia que en nuestras mentes está hilada, está bien escrito -pa qué vamos a decir que todo el mundo escribe decentemente, si es mentira- y en general nos mola, se acepta la entrada. Si no, puede ser revisada o descartada.

6)La entrada aceptada será publicada y pasaréis a formar parte de la posteridad como Colaboradores Esporádicos.

7)Si os place, podéis dejar comentarios hablando de cómo ha sido para vosotros la experiencia de ser Colaborador Esporádico, de qué se siente y de lo tiranas que somos.

21.4.09

¡Participa... o no!

¿Te gustaría crear un personaje que apareciera momentáneamente en el Putomundo? ¿Crees que puedes escribir de una manera semi-aceptable? ¿Tienes alguna idea en la cabeza que piensas que puede interesar a las Alimañas? ¿Crees que puedes modelar la personalidad de ese personaje que tanto te gusta?
¡Solicita ya tu participación en el blog!

Tu solicitud -enviadla vía comentario, por favor- será evaluada por un Comité Alimañil, y si tienes la suerte de ser aceptado por unanimidad -ya puedes ir poniéndole una vela a San Cucumero-, podrás ver tus engendros personajiles en este blog. Tu entrada, sea en solitario o con colaboración alimañosa, será examinada por el Comité Alimañil, y si encaja con nuestros planes de futuro, ¡nuestros dos lectores y el tío al que pagamos para que nos amañe las estadísticas podrán leerla!

Las Alimañas no se hacen cargo de los daños cerebrales que pueda causar trabajar con ellas.


(Las Alimañas son susceptibles de soborno. Mira a ver.)