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21.9.09

La copistería del Maestro Entrari

"Cada libro, cada pieza, es una pequeña obra de arte, una acción magistral. Cada puntada en el pergamino, cada trazo de tinta están realizados con mimo, con elegancia, con precisión. Cada manuscrito es único, tiene un valor incalculable.
Aunque podemos llegar a un acuerdo, por supuesto."
Maestro Escribano Entrari.


20/Decimus/año MDXXXVIII después del Año de los Infortunios
Bosque Norte, Avernarium.
Estación de las hojas caídas.

Bosque Norte no era, a pesar de su nombre, un bosque. Era una pequeña población a un tres horas a caballo del Castillo desde Avernarium, pero su peculiaridad consistía en que era una aldea extremadamente rica, puesto que todos sus habitantes eran artesanos de objetos valiosos. Níobe solía visitarla bastante a menudo, concretamente la copistería del Maestro Escribano Entrari y la orfebrería de la Maestra joyera Iane. El objetivo de su visita era, ese día, la copistería. Bosque Norte era lo suficientemente rico como para pagarse una guardia que patrullase de continuo la aldea, y bien que hacían, puesto que lo que allí se vendía tenía un solo punto en común: caro.
Avanzó a caballo por las calles empedradas con primor, incordiantemente escoltada por su Guardia. Bosque Norte estaba sorprendentemente cuidada: las fuentes sin musgo, las fachadas limpias. Por fin divisó la placa de madera con una pluma y un libro grabados a fuego.

La copistería del Maestro Entrari tenía décadas. Antes había sido de su padre, el cual había heredado el negocio de su propia madre y etcétera, etcétera. Esa familia llevaban el oficio en la sangre casi tanto como su amor por el dinero.
El edificio de madera y piedra tenía un olor familiar, a tinta y pergamino. Cuando Níobe atravesó la puerta, un joven aprendiz se acercó a ella.
- Noble señora -hizo una exagerada reverencia-, ¿puedo ayudaros?
- Quiero ver al Maestro.
El aprendiz fue a replicar, pero la Guardia entró tras la Reina. Decidió ser diplomático.
- Iré a buscarle -dijo repitiendo la reverencia.
Habitualmente la escribanía solía estar en silencio, pero un ruido de martilleos y sonidos metálicos llamó la atención de Níobe. Se asomó con cuidado a la trastienda...
El Maestro Escribano Entrari era un hombre extremadamente delgado, con unos quevedos -una muestra más de su riqueza- casi siempre sobre la nariz. No era excesivamente mayor, tendría unos cuarenta años. Unas pocas canas adornaban sus sienes, y siempre solía llevar las manos manchadas de tinta.
En ese mismo momento andaba gritándole a un par de aprendices. A su lado había un extraño armatoste que Níobe no había visto nunca, y cuando el Maestro la vio, salió corriendo de la trastienda impidiéndola verlo mejor.
-¡Ah, Su Majestad! -dijo inclinándose- Alegráis mi día con vuestra visita.
- ¿Qué era eso? -inquirió ella.
- ¡Me alegra que me lo preguntéis, señora! ¡Eso, mi dama, es el futuro! -parecía realmente contento-. Aún es un prototipo, por supuesto, pero... Lo llamo la Im-Prensa. Mediante un mecanismo de presión parecido al de las prensas de uvas ¡permitirá crear libros en grandes cantidades! -sus ojos centellaron ante la perspectiva de las ganancias-. Por supuesto, los libros producidos no tendrán la artesanía o la calidad de los realizados completamente a mano por un Maestro Escribano.
- Ni su precio, espero -contestó Níobe, mordaz.
Él sonrió calculadoramente.
- Ni su precio, noble señora.
Ella miró a su alrededor, las estanterías llenas de objetos preciados. Plumas de oro imitando las de aves, tinteros de cristal tallado, pliegos de pergamino de alta calidad. Incluso algunos exóticos papiros provenientes de la lejana Kalhandar.
- ¿A qué debo el honor de vuestra visita, mi Reina? -el comerciante se acercó a la estantería que Níobe estaba observando-. ¿Tal vez deseáis algún suntuoso regalo para vuestro afortunado prometido? Las noticias vuelan, hermosa señora -el Maestro acentuó más su sonrisa de alegre anticipación por la venta que veía avecinarse-. Sin duda nuestro futuro Rey merece una de estas maravillosas -hizo un ademán con la mano, guiándola hacia otra estantería que contenía piezas aún más caras- obras de arte.
- Sí, supongo. Pensaba regalarle un libro. Es shulte, leer le vendrá bien -susurró la última frase con evidente fastidio.
- Entonces, señora, os puedo recomendar una pieza que tenemos a punto de terminar. Estamos casi acabando una copia del "Lugares destacables de Avernarium" de la muy excelsa Ekaterina de las Nanas. Con remaches en oro y esmeraldas -añadió, casi saboreando el tintineo del dinero en su mano.
- Por supuesto -Níobe siempre se admiraba de la capacidad para vender casi sobrenatural del Maestro Entrari-. Aunque estaba pensando en algo más... sugerente.
Él la miró sin comprender.
- ¿Sugerente? -enarcó una ceja- ¿Os estáis refiriendo a esos tomos eróticos de...?
Ella se echó a reír.
- Por supuesto que no, no se le puede regalar eso a un shulte. Dioses, seguro que lo considerarían un insulto. Me refería a que deseo que hagáis una copia de un libro que se halla en mi poder. "El Castillo de Avernarium: costumbres y secretos de la corte Avernaresa", casualmente también de Ekaterina de las Nanas.
El Maestro Entrari abrió los ojos, codicioso. De ese libro existía un único tomo guardado con celo por la familia real, pues se decía que contaba aquellos secretos de la línea dinástica que jamás deberían salir a la luz. Se contaba que sus páginas estaban teñidas de sangre, y no toda metafórica.
Como proveedor habitual de la Reina Níobe, se permitió una confianza:
- ¿Creéis... que ese... valioso presente podrá, ehm, facilitarle a vuestro esposo la tarea de... ehm... descubrir con qué tipo de mujer trata?
- Tan agudo como siempre, Maestro -ella asintió-. Por supuesto, os entregaré el libro, pero... Sólo haréis una copia, la mía. Y sólo vos os encargaréis de ello. No permitiréis que nadie más vea ese libro.
El Maestro Entrari no había llegado donde estaba siendo estúpido, y asintió rápidamente.
- Por supuesto, Majestad.
- Recibiréis una pequeña compensación por las molestias, por supuesto. Digamos... ¿un treinta por ciento más del valor total del libro?
Los ojos del avernarés relucieron de felicidad ante la idea de tanto dinero.
- Podéis contar con mi absoluta discrección, señora.
- Lo sé. Sois un hombre inteligente.
Chasqueó los dedos y uno de sus guardias se acercó. Llevaba una pesada caja de metal del tamaño de un libro.
- Pero sólo para asegurarme, el Teniente Der se quedará con vos. Él abrirá la caja cada mañana, vigiliará vuestra espalda mientras trabajáis y guardará el libro cada noche. Tratadlo como a un huesped, os pagaré los gastos que os ocasione.
El escribano asintió.
- Me pondré a ello de inmediato, señora.
- Por supuesto. Y ya que estoy... -echó un ojo a su alrededor- me llevaré un par de cosas más.

Cuando la Reina se fue, el Maestro Entrari tenía en su haber una cantidad considerable de dinero. Y una cantidad aún más considerable de problemas.



(Esta entrada está dedicada a Entrari, el de carne y pixels, por no haber huído, enviado matones, fingido muerte súbita o escupido cuando le pedí ayuda informática.)

4.8.09

La marcha de Edaris

Níobe cenaba sola, en su jardín privado. Había despedido a todas sus doncellas menos a Florea, y a toda la Guardia menos al teniente Der.
La tarde había sido increíblemente fastidiosa, con ese juglar tan imbécil como su dueño. Por supuesto, tener que matarle había sido una molestia. Las chinelas de seda jamás recuperarían su color inicial, tendría que ordenar teñirlas de púrpura o algo similar. Y el corsé, igual. Por no mencionar que su papel de dulce doncella frente a Edaris acababa de resquebrajarse seriamente. El Conde era un hombre crédulo, pero ni un niño de ocho años creería que la reina que acababa de apuñalar a un mensajero delante de toda la corte sin que se le moviera una ceja era una inocente damisela.
En todo caso, la ley era la ley. Insultar a una Reina se castiga con la muerte. Sin embargo, ningún razonamiento convencería al más cándido de los shultes de que apuñalar a un hombre por sorpresa es impartir justicia. Por lo tanto - Níobe sonrió-, si ningún razonamiento convencería, habría que convencer de otra manera. Empleando el sentimiento, ese empalagoso sentimentalismo que Níobe tanto detestaba. Si Edaris aún conservaba el más pequeño rescoldo de deseo por ella, lo avivaría hasta convertirlo en un fuego que haría arder su sentido común. A fin de cuentas, los shultes parecían casi genéticamente predispuestos a obligar a su lógica a doblegarse ante el romanticismo, por estúpido que fuera este.
Florea sirvió tres postres ante ella. Níobe tenía pocos vicios, pero los dulces eran uno del que no podría prescindir. Hacía años que había mandado traer al castillo tres cocineras que se dedicaban única y exclusivamente a prepararle postres y a educar a tres aprendizas para que hicieran lo propio cuando les lllegara el momento.
Probó el primero, una crema de turrón con vetas de nata. Delicioso. Pensó en Nyx, que adoraba el turrón; tendría que ordenar a sus cocineras que le llevaran un plato de este postre. Pero, ¿donde estaría su hermana? No la había visto en toda la tarde...
Oyó voces en la puerta y suspiró con fastidio. Quería cenar a solas, sin tener que soportar más tonterías. Su cuota de paciencia para la semana ya la había agotado el difunto Jared. Der se acercó a ella, con pasos cautelosos.

- Mi señora. El shulte -cuando estaba de mal humor, Der era muy parco en palabras- desea veros.

Líbrate de él. Que se largue a componerle tonadas a los tiestos de su habitación, pensó ella. Sin embargo, tomó otra cucharada del postre -el azúcar en su lengua la animó bastante- y asintió levemente. Der volvió a la puerta.
Edaris llegó hasta ella a largas zancadas.

- Señora -su tono era indudablemente mucho más frío que la noche anterior-. He de hablar con vos.
- Por supuesto -concedió Níobe, amable-. Sentáos. Estoy terminando mi cena, ¿deseáis compartirla conmigo?
- En absoluto - se sentó frente a ella-. El espectáculo de esta noche me ha quitado el apetito.

Níobe apartó el plato.

- Deduzco pues que habéis venido a hablar sobre ello.
- Por supuesto, señora. La escena de esta tarde en el salón ha sido completamente dantesca. Me horroriza haber asistido a semejante despliegue de sadismo incontrolado y violencia innecesaria. Señora, he venido a despedirme. No tengo interés alguno en contraer matrimonio con quien es capaz de actuar de semejante modo.

Níobe frunció los labios. Era una opción, desde luego. Tendría que manejarle con cuidado, solo tenía una oportunidad para volver a traerle al redil. Apuntar directamente al corazón y retorcer el mástil de la flecha. Sin dudar.

- Lamento oír esas palabras, señor; sin embargo, comprendo vuestra actitud - procuró parecer contrariada aunque comedida-. Supongo que vos podéis permitiros hacer muchas cosas que yo no. Tal vez de estar vos en mi piel hubiérais actuado de otro modo... Por favor, sed tan amable de compartir vuestra sabiduría conmigo.
- ¡Por supuesto que hubiera actuado de otro modo, faltaría más! ¡Hubiera retado a semejante deslenguado a duelo, y lo hubiera muerto con honor!
- No sé manejar la espada -imprimió a su voz la cantidad justa de dulzura.
- Pudiérais haber escogido un campeón -él no se dejó ablandar.
- Un juglar tampoco es ducho con las armas - señaló Níobe.
- Él también pudiera haber solicitado un campeón.
- Con lo cual moriría su campeón o el mío, aunque probablemente ambos. Dos hombres inocentes. No Jared, quien profirió los insultos contra mí. Eso no es justo, señor.
- ¿Justo? ¿Justicia? ¿Y qué hay de justo en la muerte que habéis otorgado a ese pobre desgraciado?
- Señor, quien roba sabe que lo encarcelarán; quien mata que lo colgarán. Y quien insulta a una Reina, que morirá de inmediato. Es la ley.
- ¡No es lo mismo!
- ¿No? ¿Queréis decir que si un hombre va a vuestra casa y delante de toda la corte viola a vuestra esposa, le retaréis a honorable duelo? ¿O -se puso de pie y se inclinó sobre él hasta que sus ojos estuvieran a la misma altura- le degollaríais en el mismo instante en que intentase tocarla? Sed sincero, señor. Porque si vuestra respuesta no es la segunda, tal vez deberíais plantearos si merecéis tener una esposa.

Edaris dio un respingo. Nadie nunca le había hablado así.

- Por supuesto que jamás le permitiría tocarla, señora, qué...
- ¿Y si no estuviérais delante? Suponed, señor, que vuestra bella dama va a dar un paseo -caminó a su alrededor, con fiereza-. Un rufian se cruza en su camino y la fuerza. O quizá la mata. ¿Seréis capaz de tratarle como a un malhechor cualquiera? ¿Que le capture la justicia, como si en vez de a vuestra esposa hubiera matado a cualquier campesina? ¿Que le juzguen y, tal vez, le declaren inocente? O, por el contrario - le miró fijalmente a los ojos-, vos mismo le buscaríais, le daríais caza como el animal que es, y bañaríais vuestras manos en su indigna sangre aunque os suplicara clemencia?

Edaris titubeó. Sabía cual era la respuesta correcta, la respuesta que un Conde debería dar. Pero no podía mentir. Los ojos de ella le observaban, feroces, ardientes, carentes de cualquier rastro de frialdad.

- Quizá...
- Excelencia -Níobe se apartó de él, observándole con fiereza-, si de verdad debéis pensarlo, ni siquiera deberíais llamaros hombre.
- ¡Cómo os atrevéis! - Edaris se puso en pie, furioso-. ¡Cómo osáis...!
- No, señor - se encaró ella-. Cómo osáis vos despreciarme así por no permitir que un hombre que ha venido a mi casa, que ha aceptado mi hospitalidad y que dice traerme los presentes de un rey que desea mi mano, me escupa a la cara delante de toda mi corte. Jamás permitiré que nadie mancille la sangre de mis antepasados, Excelencia. Ni de palabra ni de hechos. Y si vos esperáis eso de mí, ni siquiera merecéis mirarme a los ojos.

Acababa de cruzar el límite. O Edaris quedaba completa y totalmente fascinado por su determinación, o la declararía de inmediato la guerra por haberle insultado. No quedaba sitio para las medias tintas. Manejar a un shulte era como trabajar con dinamita vieja. Había momentos en que, sin más, o conseguías exactamente lo que querías o te explotaba en la cara.

- No hay manera humana de justificar la muerte de ese hombre -dijo Edaris, pero su voz sonó mucho más débil y titubeante; el enfado había desaparecido para dejar paso al desconcierto y la duda.
- Hacéis bien en marcharos, señor. Vos no queréis una esposa que no se deja pisotear, ni yo deseo un esposo que pretende que permita que me falten al respeto.
- Señora, yo nunca he dicho que debiérais permitir que os faltasen... -Edaris intentó responder, pero ella le cortó. No debía darle tiempo a pensar con claridad.
- Mucho habéis dicho esta noche, Excelencia - Níobe se giró, dándole la espalda. ¿Tal vez debería fingir un par de sollozos? Podría probar, quizá hacerle creer que su abandono era doloroso-, mucho y muy claro. Que penséis que por gusto me mancho las manos de la sangre de un patético mensajero de un Rey insensato dice mucho, señor, y no de mí. No os retengo más. Marchad de Avernarium cuando deseéis.

Recordó el modo en que Nyx lloraba, cuando eran niñas, para conseguir caramelos a deshora. Y lo bien que le funcionaba. Nyx, querida. Espero hacerlo tan bien como tú. Voy a por mi caramelo de tofe.

- He perdido el apetito, señor -dejó escapar un par de sollozos contenidos y giró la cabeza después de permitir a Edaris intuir las lágrimas en sus ojos-. Disculpadme, me voy a dormir.
- Mi señora -la actitud del shulte dio un giro de ciento ochenta grados. Era casi una ley natural que un shulte no pudiera soportar ver llorar a una mujer-, os suplico que perdonéis mis palabras. No lloréis, hermosa dama, os lo ruego. Si he sido demasiado vehemente os manifiesto mi más profundo arrepentimiento.

Níobe hubo de hacer un esfuerzo para no reírse de él, pero consiguió mantener el gesto desolado y trágico.

- Debo marcharme -susurró, rompiendo la voz en el último instante, y echó a andar rápidamente en dirección a la salida del jardín.

Jodido idiota, pensó. Debería exprimirte hasta que suplicaras que te permitiera mirarme.

Escuchó los rápidos pasos de Edaris tras ella.

- ¡Majestad! -la llamó, la urgencia y la preocupación eran transparentes en su voz- ¡Señora! Os lo suplico -avanzó hasta pasarla y colocarse en su camino, deteniéndola- , os ruego en nombre de todo lo sagrado que perdonéis mi rudeza. Yo... yo... señora -le cogió de la mano-, mi hermosa señora, nada justifica que os haya hablado en esos términos, pero comprended mi desagrado ante lo que ha acontecido esta tarde.

Vaya, vaya. Así que hemos pasado desde "me horroriza esa escena dantesca" a "comprended mi desagrado". Pero creo que aún puedo apretarte un poco más, ¿verdad que sí, caballero de brillante armadura y cabeza hueca? ¿Hasta que te disculpes y supliques?

- Excelencia - Níobe apartó los ojos de él-, he tenido un día muy difícil. Lo único que deseo es dormir y descansar.
- Por supuesto, mi señora; permitid entonces que vuestro humilde siervo os acompañe hasta vuestros aposentos.
- No es necesario, el Teniente Der...
- Os lo ruego, dejad que expíe una mínima parte de mi terrible comportamiento con ese nimio gesto.

Níobe le miró, fabricando para él una mirada tímida y desconfiada, matizada con un gesto angustiado. Finalmente, asintió con lentitud.

- Teniente Der, Florea -ordenó-, podéis retiraros.

Permitió que Edaris la acompañara a sus habitaciones. Él no hizo otra cosa que disculparse durante todo el breve trayecto, y Níobe le dejó hacer. Dos guardias protegían la puerta de la antesala de sus aposentos.

- Señora, hemos llegado -dijo Edaris, ignorando a los soldados-. ¿Deseáis que mande a algún sirviente que os traiga un tónico? -preguntó, solícito y preocupado-. Os noto pálida, señora, y parecéis agotada.
- Estoy fatigada -suspiró ella-, hoy ha sido un día terrible.
- Dejad que os traigan una infusión caliente, señora. Os hará bien y descansaréis mucho mejor. Esperad en la antesala, yo mismo iré a buscarla.

Con infinito cuidado, como si manejase algo muy delicado, Edaris abrió la puerta de la antesala y acompañó a Níobe a uno de los sillones. La sentó en él con suavidad.

- Esperad aquí, señora; en seguida volveré.

No tendré suerte y te perderás por las cocinas, botarate...

Níobe asintió y permaneció esperando en el sillón de la antesala. Sus aposentos constaban de cuatro habitaciones: la antesala, la cual daba paso por un lateral a su despacho personal y por otro al dormitorio, el cual estaba comunicado con un baño. Era una de sus excentricidades, encontraba tremendamente relajante el ritual del baño. Un ritual diario, cosa aún más excéntrica.
La antesala era un lugar preparado para recibir a las visitas personales. Varios y cómodos sofás y asientos, una cálida chimenea, tapices y alfombras por doquier. La sala no tenía ventanas, y la iluminación procedía de una lámpara de velas que colgaba del techo.
Trató de relajarse. El papel de delicada damisela era aburrido y cargante, pero aún tenía que interpretarlo un rato más.
Edaris volvió con una taza en las manos. El olor a anís y canela era intenso, y Níobe aceptó la taza de verdadero buen grado.

- Gracias, Excelencia -dijo, poniendo especial cuidado en el tratamiento-. Sois muy amable.
- Es lo menos que puedo hacer por vos, mi señora. Permitid que me disculpe una vez más por mi rudeza, lamento mucho haberos afligido así.
- Estáis disculpado -suspiró ella, poniéndose en pie. Dejó la taza en una mesa y, con deliberada lentitud, alzó los ojos hacia Edaris-. Os deseo un buen viaje de vuelta a Shult, Excelencia; y lamento que las circunstancias hayan sido éstas -se llevó la mano a la oreja derecha y se quitó el pendiente, una pieza de oro labrado con perlas colgando-. Os suplico que aceptéis esta nimiedad -dijo, tendiéndoselo-. Así al llegar a vuestro hogar tal vez recordéis que no todo en Avernarium os disgustó.

Al ver que él no respondía, sorprendido, le dejó la joya en la mano. Sin esperar respuesta, entró en su dormitorio.
Incluso a través de la puerta maciza, pudo escuchar el suspiro de deleite del Shult.

Si mañana no estás lloriqueando a mi puerta, me meto a sacerdotisa. Prometido.

1.6.09

Edaris de Shult


Exactamente veinticinco días después de la partida de Briye de Shult, treinta y tres hombres entraron en el Castillo de Avernarium. Treinta iban acorazados en armaduras tan impecables que reflejaban el sol de la mañana como si fueran espejos. Los otros tres vestían armaduras ceremoniales: Briye de Shult -el hermano menor del Conde-, Rivas de Shult -la cabeza del Consejo del Condado-, y Edaris de Shult, el Conde.
En el patio de armas esperaba la guardia personal de la reina Níobe, uniformados de gala. Sus armaduras negras contrastaban de modo siniestro con las relucientes corazas de los shultes. Los oscuros pendones con el escudo de Avernarium ondeaban bajo la suave brisa. El capitán Gael y el teniente Der escoltaban a Níobe con gesto impasible.

La Reina había puesto especial cuidado en la primera impresión de Edaris. Todo el patio de armas había sido barrido y limpiado hasta la saciedad, y su guardia personal estaba, a falta de una palabra mejor, impecable. Doce pajes aguardaban, cautelosos, a que se les diera la orden de escoltar a los visitantes a sus aposentos, los cuales estaban situados hacia unas vistas magníficas. La tardía comida -era pasada más de la media tarde- estaba siendo ya servida, una infinidad de delicadezas gastronómicas regadas con los caldos más delicados.
Incluso se había tomado la molestia de esperar que Nyx accediera a aparecer en la recepción. Había mandado confeccionar un hermoso vestido púrpura para ella, vestido que ahora mismo estaría muriéndose de risa en su dormitorio. Su propia ropa, de un blanco inmaculado, había sido escogida especialmente para la ocasión. En el cuello llevaba la gargantilla de rubíes regalo del Conde, y se había hecho recoger el cabello en un velo, a la manera de las mujeres de Shult.

Los recién llegados descabalgaron con un sonido metálico. La guardia de Shult formó casi automáticamente, escoltando a sus tres señores. Níobe les observó con curiosidad.
Rivas de Shult era un anciano. Su cabello escaso y cano acentuaba más aún su aspecto envejecido. En la túnica verde, sobre el pecho, llevaba bordado el escudo de su patria. En las manos portaba un cofre de madera tallada. Avanzó el primero hasta llegar frente a la reina Níobe.
- Majestad -dijo con voz cascada, haciendo una leve reverencia-. Mi nombre es Rivas de Shult, y he sido escogido por el Consejo para representarles. Es un honor poder contemplaros al fin -por muy anciano que fuese un shulte, llevaban la galantería en la sangre-, vuestros ojos son tan hermosos como el joven Briye prometió.
- El placer es mío, Consejero -contestó Níobe, complaciente, y le devolvió la reverencia-. Espero que el viaje no se os haya hecho excesivamente pesado. Los pasos de las montañas pueden ser terribles -añadió amablemente-. ¿Deseáis que mande que os traigan un asiento, señor?
- No será necesario -el hombre negó con la cabeza, obviamente complacido por la preocupación que Níobe fingía-. Aunque soy muy anciano aún puedo cabalgar unas cuantas leguas -carraspeó-. En todo caso, acudo aquí como escolta de mi señor como manda la tradición de mi tierra. Os traigo, señora, un presente del pueblo de Shult -le ofreció el cofrecillo.
Uno de los pajes se adelantó, eficiente, y recogió el cofre de manos del anciano para acercarlo a la Reina.
- Asimismo -Rivas no esperó a que ella abriera el regalo- es mi deber presentaros al Conde Edaris de Shult, a quien los dioses quieran que tengáis a bien concederle vuestra mano.
El Conde avanzó hacia Níobe, y ella pudo verle bien por primera vez. Era un hombre hermoso, sin duda, aunque carecía del atractivo animal de Gael. Como casi todos los shultes, Edaris era rubio, de un rubio tan claro que bajo un sol muy intenso su cabello parecía blanco. Níobe pensó vagamente en Gael desnudo, en su cabello negro y en sus ojos azabache, estremecedoramente oscuros como dos abismos sin fondo. Los ojos de Edaris eran sorprendentemente verdes, de un verde extraño y luminoso, llamativo. Se acercó a ella acompañado por el tintinear de su armadura ceremonial -las placas de metal estaban tan cuajadas de arabescos en oro que apenas se veía el acero- e hizo una reverencia a todas luces perfecta.
- Majestad, cuando mi bienamado hermano regresó con vuestra invitación apenas podía creer mi suerte. La fortuna hubo de sonreírme cuando nací, pues de otro modo me resulta imposible creer que estuviera destinado a compartir el mismo sol que vos hoy. Permitidme besar vuestra mano y seré plenamente dichoso.
Níobe apenas dedicó una mirada de refilón a Gael, pero fue suficiente para ver su gesto desabrido. Estaba rojo de ira, las mandíbulas tensas y los músculos agarrotados. Dispuesta a aprovechar la situación para ganarse a Edaris y para enseñarle modales al capitán, sonrió tímidamente - Si Nyx estuviera aquí, al menos alguien apreciaría mi interpretación, pensó- y extendió hacia él una mano larga de dedos finos, en cuyo anular destacaba el sello real de Avernarium.
- Señor, bienvenido a mi hogar. Espero que vuestra estancia aquí os sea grata.
- Si cuento con vuestra compañía, sin duda lo será - Edaris besó suavemente el dorso de su mano-. Realmente el Consejero Rivas ha dicho la verdad: con la luz de vuestra mirada podría iluminarse la vida de un hombre hasta el fin de sus días.
Ella imaginó el gesto de Gael y tuvo que contenerse para no sonreír, burlona. Si se giraba y le miraba, le encontraría apretando los dientes, comido por la rabia y la impotencia.
Nyx, te estás perdiendo lo más divertido de la visita.
- Mi dama, ruego abráis el presente que os manda mi pueblo, el cual está deseoso de que decidáis formar parte de él.
Los apicultores de Shult eran famosos por la extraordinaria dulzura de sus mieles, un frasco de pura miel de allí podía costar el triple que cualquier otra. Dentro de la hermosa caja de madera tallada había un panal, sí, pero labrado en oro y tachonado de rubíes allí donde deberían estar las celdillas. Una carísima pieza de orfebrería.
- Sin duda el pueblo de Shult es generoso -sonrió Níobe-. Y sus artesanos hábiles -entregó la caja al paje-. Este hermoso presente alegra mi corazón. Quieran los dioses que pueda corresponder al pueblo de Shult como se merece.
Nyx salió al patio, intentando no hacerlo corriendo como solía. Vestía un elegante vestido de seda salvaje púrpura con encajes beige en puños y escote. En el cuello lucía una extraña pero excepcional gema del mismo tono del vestido, a juego con unos minúsculos pendientes en forma de óvalos, que adornaban delicadamente los pálidos lóbulos de sus orejas. En su pelo, las doncellas habían conseguido hacer una verdadera obra de arte a la hora de diseñar un hermoso recogido, tocado con velos de encaje del mismo tono que los puños y el escote del vestido. La joven Reina sonrió dulcemente a los presentes y se acercó hasta ellos. Sus ojos mostraron candidez mientras se disculpaba:
- Oh, señores míos... - dijo pensando que el vestido le apretaba, y deseando que todo aquello acabara pronto para deshacerse de él - disculpen mi tardanza, se lo ruego. Tenía asuntos que requerían mi presencia, ruego sepan perdonarme -
Níobe la dedicó una breve mirada.
- Entremos, señores -pidió a los recién llegados, y de dos zancadas se plantó al lado de su hermana y la cogió del brazo, sin dejar de sonreír.- ¿Dónde estabas? -susurró en un reproche- Te dije que vendrían hoy.
- Me quedé dormida junto al lago mientras leía, hermana. - dijo Nyx en un susurro - ¿Me he perdido algo emocionante? - ironizó.
- Si te gustan las peleas de lobos, sí. Tendrías que ver la cara de Gael -sus voces eran un murmullo acallado por el sonido de las armaduras y de las conversaciones de sus invitados.
- Por favor... - Nyx puso los ojos en blanco - ¿y qué me dices de estos pobres pececillos? - preguntó entre dientes.
- ¿Pobres pececillos? ¿A qué te refieres? El Conde es un hombre versado en política.
Nyx dejó escapar una risa traviesa y miró hacia los hombres que caminaban dignamente delante de ellas.
- Son unos pobres incautos que no saben donde se meten - miró a su hermana - me encanta cuando finges ingenuidad, hermana...
- Por favor, querida -Níobe habló con toda seriedad, sólo una chispa de burla en su mirada-, probablemente estás hablando de mi futuro marido.
Mientras las reinas caminaban presurosas susurrándose confidencias, el Consejero hacía lo propio con el Conde.
- Sé que os disgusta, hijo, pero ya hemos hablado de ello. Incluso aceptar el lugar del rey consorte de un tercio de este país os convertiría en el hombre más rico y poderoso de Putomundo y eso es beneficioso para vuestro pueblo.
- Me niego a estar por debajo de mi esposa -masculló Edaris-. Si ella es mi duquesa con todos los derechos, justo es lo recíproco.
- ¿Preferís acaso ser esposo con todos los derechos de un reino infinitamente más pobre? Vuestro orgullo tal vez. Vuestro pueblo no -añadió el anciano, severamente.
- Ya tolero basantes excentricidades aceptando esa cláusula del regalo de bodas -Edaris suspiró-. No voy a negar que es adorable y deliciosamente romántico, pero aún así...
- La joven Reina ha estudiado nuestra historia con cuidado. Conoce las debilidades de nuestro pueblo, ¿no negaréis vos que demasiadas de nuestras duquesas fueron viudas antes de tiempo? Es normal que se preocupe por vuestro bienestar. Ella no es shulte, y si ha de elegir entre vuestra vida y vuestro honor, comprendo que desee lo primero.
- Mi padre decía -comentó Edaris-, que las mujeres no entienden de honor. Si en efecto tenía razón, éste es un claro ejemplo.
- Por supuesto, mi señor -asintió el consejero-. Vuestro padre, que siempre descanse en la Luz, era un hombre muy perspicaz.
Caminaban despacio, distanciándose ligeramente de las Reinas, pero sin que ello significase una falta al decoro y el protocolo.
- Estoy dispuesto a aceptar que una mujer -dijo el Conde-, ponga delante de su honor el romanticismo, pero no voy a aceptar que haga lo propio con el mío.
- Mi señor, reconsiderad vuestra opinión, los erenianos...
- Sí, ya lo sé -siseó el noble, cortando el comentario de su consejero con un ademán de la mano-. Esos bastardos siguen desplazando tropas por la margen izquierda del río Ghat.
- Eso se podría considerar una provocación, Excelencia.
- Sí, sí... -Edaris suspiró-. Mi honor o mi pueblo. Difícil disquisición.
- Vuestro padre -cuchicheó el consejero Rivas- lo habría tenido muy claro: el bien del pueblo debe prevalecer sobre el del individuo, aunque éste sea el Conde de Shult.
- Tienes razón, mi buen Rivas -asintió-. Aconsejaste bien a mi padre, y lo mismo a mí.
- Me honráis, joven Edaris -contestó el consejero, inclinando la cabeza-. Aunque yo sólo velo por el bien de Shult.
- Que es lo primero, sí. Gracias, amigo mío -le felicitó el Conde con una sonora palmada en la espalda.
- De nada mi señor. Entonces, ¿accederéis...?
- Sí, Rivas. Shult me necesita en esta hora aciaga.

3.5.09

Sergei el Joven


El ejército de Avernarium era, sin lugar a dudas, el mayor de todo el continente. Por otra parte, Níobe había tenido buen cuidado de fingir lo contrario. Ocultando tropas, haciendo pasar soldados intensamente entrenados por meros Guardias de ciudades, dividiendo y renombrando batallones. A pesar de que cada uno de los soldados había sido adiestrado con mimo y equipado con lo mejor, Níobe sabía que no serían suficientes. En cuanto los primeros dos o tres reinos circundantes cayeran bajo su poder, el resto tardarían poco en ignorar sus rencillas y aliarse. Invertiría casi más tropas en asegurarse la lealtad de los países ganados que en el propio frente de batalla. Hizo cálculos. Por lo pronto, las tropas que pudieran reclutarse en los países conquistados serían enviadas al frente; eso sí, en grupos pequeños y aislados entre sí. No les daría la oportunidad de rebelarse, y mucho menos de quedarse en sus hogares, donde tendrían tiempo para pensar en algo más que en sobrevivir. Desplazó un par de figurillas de cobre de un lado a otro de un río. Mejor ahí. Sí, así cuando el General Sigmund decidiera contraatacar... Había estudiado cuidadosamente al enemigo. Las costumbres del pueblo, la personalidad de los oficiales, el comportamiento de los Reyes. El General Sigmund era un hombre anciano y cauteloso, evitaría una confrontación directa. Por otra parte, los Reyes de Términi, Lenar y Casilde, eran muy jóvenes e impulsivos. Sigmund se vería encerrado entre los deseos de sus reyes y su estrategia habitual. Se pondría nervioso cuando -desplazó otra figura- amagara el movimiento, y entonces... Por supuesto, las cosas podrían facilitarse mucho. El general Sigmund era una auténtica molestia. Ya tenía alguna idea en la cabeza. Extendió la mano.
- Vino - ordenó.
La silenciosa Florea se deslizó hacia delante lo suficiente como para verter el licor en la copa de plata de la Reina. El líquido brilló como sangre a la luz de las velas. Níobe lo saboreó.
- Delicioso. Deja la botella ahí y retírate -ordenó, sin mirarla.
La joven doncella asintió, dócil, colocó la botella en una mesa y abandonó la estancia.



Sergei tenía quince años y era huérfano. Cuando seis hombres armados vestidos con el tabardo con la mano blanca sobre fondo negro de la Reina Níobe fueron a buscarle, se asustó. Fueron amables con él y no le hicieron daño, pero le obligaron a abandonar la chabola que llamaba hogar y a acompañarles. Tras él dejó sólo miseria.


Florea echó a andar, silenciosa como siempre. No tenía excesivo trabajo que hacer, sólo cambiar las sábanas y recoger de la lavandería unos cuantos vestidos de la reina. El sonido metálico de una armadura la sobresaltó.
-Doncella Florea -el teniente Der hizo una reverencia-. ¿Accederíais a permitirme acompañaros a vuestro destino?
Florea le observó, sorprendida, y no pudo evitar sonreír. Por gestos indicó su destino, la lavandería.

- Vamos pues, gentil dama- contestó él, ofreciéndole el brazo-. Quisiera, ya que me permitís acompañaros, haceros una pregunta. Mi turno ha terminado, y... Me preguntaba -carraspeó, nervioso- si aumentaríais mi fortuna accediendo a acompañarme a dar un paseo.

La doncella se detuvo.
Su timidez y su defecto del habla hacían que apenas se relacionase con sus semejantes, y que el encantador teniente Der le hiciera tan inusual petición la sorprendía... y la halagaba.


El teniente Der era sobradamente conocido en toda la corte por ser, muy probablemente, el mejor intérprete de laúd de todo el Este. Se decía de él que podría hacer llorar a las piedras, y en todas las fiestas que la Reina Níobe daba solía eximirle de su trabajo para que deleitara a sus invitados con su música. Además de eso, era un conquistador nato. Las mujeres se le daban sorprendentemente bien. Su Reina había sabido sacar partido de esta capacidad enviándole a un par de cortes lejanas. Los resultados habían sido óptimos. Níobe había conseguido sus documentos, y Der un par de noches inolvidables con aquellas damas poseedoras del conocimiento que su Reina ansiaba.

Florea enrojeció, abriendo sus grandes ojos claros en una expresión de sorpresa encantadora.
-Oh, por favor, hermosa doncella -Der le tomó de la mano-. No podéis negaros. Os lo prometo: os dejaré sana y salva en vuestros aposentos a la medianoche.

La joven miró a su alrededor, sonrojada, negando con la cabeza pero aceptando con su sonrisa tímida.
- Doncella Florea, os lo suplico -insistió Der, esbozando su sonrisa más encantadora-. Un paseo tan solo. Cuando terminéis vuestras tareas, os esperaré.
Ella se mordió los labios, le miró con una mezcla de timidez y alegría y finalmente asintió. Der le cogió la mano y se la besó suavemente.
- No sabéis cuán feliz me hacéis.
Señaló el pasillo. - ¿Vamos a vuestro destino, bella Florea?



- Así que este es el chico.

Sergei no podía creer su suerte. Cuando llegó al castillo tres pajes le acompañaron a una habitación, le lavaron, peinaron, alimentaron y vistieron. La Reina de Hielo no era generosa porque sí, así que la sombra del miedo no cesó de flotar sobre él en ningún momento. Finalmente lo habían llevado ante ella, a su siniestro despacho, una sala plena de libros. Era más aterradoramente inaccesible de lo que jamás hubiera sospechado, una hermosa pesadilla vestida de seda.

- Siéntate, chico -ordenó, y sus piernas obedecieron casi sin quererlo-. ¿Sabes quién eres?

- Yo... sólo... soy... -titubeó.

- No, por supuesto que no. Sería mucho esperar -abrió un libro por una página donde un escudo con un cuervo le observaba-. La Casa Raven. Desaparecida desde hace siglos. Tú eres todo lo que queda.

- ¿Yo? - miró el dibujo, no sabía leer y los libros le imponían demasiado- Señora, creo que os habéis equivocado...
- Pocas veces me equivoco, chico, y desde luego en contadas ocasiones un plebeyo ignorante puede corregirme -no habló con arrogancia, sino con fría sinceridad-. Eres quien eres. He hecho... Haré un trato con un... familiar tuyo. Mi parte del trato es devolverte lo que te pertenece. Comenzarás a aprender a comportarte como un noble a partir de mañana, serás adiestrado en la espada y en la pluma. Aprenderás modales, política, estrategia y todo lo que sea necesario. ¿Alguna pregunta?
- Eh... yo... - Te dirigirás a mí como Majestad. Der, llévatelo a sus aposentos. Mañana a primera hora comenzarás a instruirlo.


Tras terminar de colocar las sábanas de la cama de la Reina y asentir con satisfacción, Florea agarró el cesto con las mudas sucias. Había algunas desgarradas, pero eso a la muchacha le parecía de lo más normal: sabía que su señora y el apuesto capitán Gael en ocasiones... Se sonrojó al recordar los gemidos que algunas noches traspasaban los muros de la habitación hasta su diminuta y cercana dependencia. Recordándose su deber, sacudió la cabeza y se dirigió hacia la puerta y agarró el picaporte para salir.
- Florea... Un jadeo semi-ahogado surgió de su garganta a la vez que su cuerpo se envaraba. El cesto de ropa cayó con un ruido sordo de sus brazos. Otra vez... Allí estaba otra vez. Se apoyó contra la madera de la puerta, asustada y sin atinar a girar el picaporte de bronce. Un sudor frío comenzó a perlar su frente. - Florea, hermosa Florea... Por fin, con un movimiento espasmódico y nervioso consiguió abrir. Echó a correr escaleras abajo, en busca de la Reina Níobe. Necesitaba explicarle, a su manera, lo sucedido. Ella acabaría con esas voces y la tranquilizaría, como siempre hacía. El cesto quedó en la habitación, su contenido volcado y olvidado.

20.4.09

La mano de Gael

- En la casa vive un campesino, señora. Encontré la casa siguiendo el rastro de Hierro. Esta vez no se me ha escapado.
Níobe levantó una ceja, contrariada. Eoxis era su mejor espía. Apenas tenía doce años y un rostro completamente angelical, manos de ratero consumado y oído de zorro.
- ¿Un campesino? -Níobe frunció los labios.
- Señora. Un campesino. El hijo del herrero. Su nombre es Azcoy. Parece ser que es el amante de la Reina Nyx. Sin embargo... he hecho preguntas, señora. Contraerá matrimonio en cuatro semanas, con la hija del leñador.
- Amantes -la mujer casi escupió la palabra-. ¿Cómo lo sabes?
- La ví en la casa. Miré por la ventana.
Níobe se permitió un levísimo gesto de burla, esa sonrisa apenas esbozada que era su sello de fábrica.
- Ah, ¿sí? ¿Y qué viste?
Eoxis, el espía, el niño-hombre que tenía las manos bañadas en más sangre que muchos soldados, enrojeció.
- Ehm. Dama Nyx en cueros, señora. El hombre la cogió en brazos y la metió al dormitorio -se relamió los labios, nervioso-. Seguro que la montó como Hierro monta a sus yeguas.
Níobe frunció la nariz, molesta. En última instancia, Nyx era su hermana. Ningún hombre montaba a una mujer de su sangre. En todo caso, ese asqueroso campesino había sido honrado con la posibilidad de proporcionarle placer.
- Controla tu lenguaje, chico. No necesitas la lengua para espiar.
- Perdón, señora.
- Retírate. Y no hables a nadie de lo que has visto.
- Nunca, mi señora.
La figura embozada hizo una profunda reverencia, y se deslizó fuera de la sala tan silenciosamente como había llegado.
- ¡Florea! -llamó, chasqueando los dedos.
De entre las sombras de la habitación apareció una muchacha de rasgos inexpresivos, vestida con sencillez. Era la doncella favorita de Níobe por dos razones: era muda y no sabía escribir.
- Ve a buscar a Gael. De inmediato.
La joven asintió dócilmente, y con pasos levísimos, abandonó la habitación.
Níobe frunció el entrecejo, pensativa.
Un campesino.
Un campesino paupérrimo, inculto y tremendamente prescindible.
Eso hacía las cosas mucho más fáciles, en cualquier caso.



Gael, el capitán de la guardia, entró en la sala precedido por el sonido metálico de su armadura. Se arrodilló ante Níobe con un gesto de fervor infinito, inclinó la cabeza y cruzó el brazo derecho sobre el pecho.
Durante un instante, Níobe imaginó a Gael desnudo. Como aquella mañana.
Esbozó una sonrisa, apenas un atisbo de burla. Rápidamente, retornó su semblante a su frialdad habitual.
- Necesito a un hombre sucio para un trabajo sucio -suspiró-. ¿Tienes a quien necesito?
- Cualquier cosa que mi dama desee, la conseguiré para ella.
Gael tenía una hermosa voz de barítono que resultaba impropia, casi ofensiva, en un soldado. Pero la guardia personal de Níobe eran algo más que meros guerreros, debían dominar otras habilidades además de la espada. Debido a ello, solían tener características que resultarían peculiares en un mero soldado raso. Der, el segundo de Gael, tañía el laúd como un ángel. Más de una vez y más de dos se había infiltrado como trovador en alguna corte, siguiendo órdenes de su señora.
- Es un asunto personal. Sería terriblemente molesto para mí que algo de eso trascendiera.
Él asintió.
Níobe miró por la ventana. Llovía.
- Hay un chico. Un joven herrero... con una joven prometida. Él se llama Azcoy. Asegúrate de que se convierte en viudo antes que en marido.
Gael asintió de nuevo.
- Puedes retirarte.
El soldado se puso en pie y saludó, cruzando otra vez el brazo sobre el pecho. Marcialmente hizo ademán de marcharse, pero se detuvo. Hizo acopio de valor y respiró hondo.
- Mi... ¿mi dama deseará esta noche mis servicios?
Esta vez, Níobe no quiso contener la sonrisa.
- Me lees el pensamiento, Gael.