Mostrando entradas con la etiqueta Barón Han Von Deck. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Barón Han Von Deck. Mostrar todas las entradas

17.9.09

El fin de una Era



"Un gobernante no puede permitirse el lujo de la confianza. La confianza es un error, una anticipación al desastre. Porque todo hombre tiene debilidades que pueden ponerlo de rodillas, todo hombre tiene un precio por el que sacrificará cualquier cosa.
El buen gobernante no olvida eso, y lo utiliza. Y jamás cae en el error de creer que hay una excepción a esa norma, porque en política, solo hay una realidad: Nadie es digno de confianza."
Extracto de "Modos y maneras en el arte de gobernar", del filósofo alysio Johann Preverett (Año XXIII antes del Año de los Infortunios).


15/Decimus/año MDXXXVIII después del Año de los Infortunios
Estación de las hojas caídas
Una hora antes del anochecer; en el Salón del Castillo de Avernarium.

La guardia de Nyx rodeaba a la Reina Adara, que permanecía sentada majestuosamente en un asiento de mármol blanco heredado de antepasados pretéritos. La idea de Nyx de que Adara se hiciera pasar por ella era, sencillamente, sublime. El tal Barón no sospecharía, y Nyx conseguiría su objetivo: saber porqué deseaba matarla. Adara echó un ojo a su alrededor, a guardias y cortesanos, a sus hermanas.
El Barón permanecía en medio de la sala, a tres metros de los tronos. Su ropa estaba ajada y deteriorada, pero mantenía un porte altivo. Se encontraba bien rodeado de guardias que le miraban con hostilidad y con ganas de desenfundar la espada para abalanzarse sobre él.
La supuesta reina Nyx frente a él esbozó una amable sonrisa que no engañó a nadie e hizo un gesto con la mano.

- Así que Barón -miró sus ropas y su ausencia de guardia y torció la boca en un gesto de incredulidad-. ¿Es una costumbre en las islas presentarse con tales harapos delante de una Reina? Si a alguno de los Barones de Avernarium se le ocurriera presentarse ante mi con semejante aspecto lo haría azotar hasta desangrarse. No creo que seáis un Barón. Más bien parecéis un mendigo que le ha robado su espada a algún caballero... quién sabe si la habéis robado de alguna tumba mal protegida - Adara profirió semejante insulto con desfachatez, indolente.

Von Deck apretó los dientes. Jamás había permitido semejante insulto, en ninguna circunstancia. Ninguna. Tuvo que recordarse a sí mismo el infantil rostro de su heredera para mantener el autocontrol. Podía elegir: su orgullo o su hija, pero no las dos cosas. Inspiró profundamente.

- Ruego a su Majestad perdone la apariencia exterior de este pobre caballero -hizo una inclinación de cabeza-. Las circunstancias de mi existencia no han sido todo lo gratas que desearía, gloriosa señora, y en los últimos tiempos la fortuna me ha abandonado.
- Así que la fortuna os ha abandonado -se encogió de hombros-. Mi muy estimada dama de compañía -hizo un suave gesto hacia su hermana Nyx- me ha solicitado una audiencia para vos, anunciando que teníais muy graves asuntos que tratar conmigo.
- Así es, mi hermosa señora.
- Hablad, pues.
- Nací en las islas más allá del mar de Brumas, mi señora, y allí conocieron mis ojos el gozo y la felicidad. Yo tenía una familia y un hogar en aquellas tierras escenario de mis días felices; pero ahora mi mujer reposa a la sombra de un roble, mi hija es cautiva y mi hogar ahora son escombros calcinados. El causante de tamaña crueldad pondrá en libertad a mi heredera si acabo con la vida de un desconocido, un inocente que nada me ha hecho y al que nada debo.

Nyx miraba a Níobe, tensa, pero esas palabras hicieron que girase el rostro hacia el Barón. El pánico que sentía se mezcló con una pizca de piedad. Adara sonrió más ampliamente, disfrutando del dolor del hombre.

- Las desgracias de mis nobles me enternecen pocas veces, barón. Menos aún lo harán las de aquellos que ni siquiera pertenecen a mis dominios.

La Reina Adara levantó la mirada. Tras el Barón, Níobe y la gitana se mantenían las miradas. La expresión de la pequeña zíngara era de completa concentración, la de la Reina se asemejaba a una depredadora a punto de lanzarse sobre el cuello de su víctima. ¿Qué estaba ocurriendo?
La voz rota por el esfuerzo de la gitana rompió el momento de silencio.

- Es el momento -dijo la muchacha con voz cavernosa, y sus palabras sonaron como una maldición.
- ¡No! -gritó Níobe, extendiendo los brazos hacia ella. Todos los presentes sintieron la ola de poder mágico que golpeó a la zíngara, desestabilizándola y haciéndola caer... Pero no rompió su concentración.
- ¡Guardias, detened a este hombre! -ordenó Adara.

La Guardia de la Reina Adara intentó avanzar en ese mismo instante, pero una muralla invisible, el hechizo de la zíngara, los detuvo y los volvió aparentes figuras de cristal. La Reina Níobe había conseguido debilitarla lo suficiente como para que la muralla de energía mágica temblara y comenzara a descomponerse, incluso haciéndose ligeramente visible por momentos, pero Armenieta parecía dispuesta a alimentar el hechizo con su propia vida si era necesario. Y estaba dentro de la muralla. Morirá, pensó Níobe. La bruja morirá, pero no será la única.
La Reina de Hielo murmuraba los encantamientos para deshacer la protección de la gitana con tanta velocidad que ni siquiera oía lo que decía. Empeñó toda su fuerza en el intento, y la velocidad de rejuvenecimiento de su cuerpo se aceleró sorprendentemente. No tenía tiempo para eso.
Los presentes en la sala quedaron suspendidos un palmo en el aire, inmóviles, con los ojos vidriosos y el rostro imperturbable. Nyx vio a la zíngara caer al suelo y a Níobe luchar con el hechizo, y dentro de su cuerpo hierático e inflexible en ese instante, sintió los latidos de su corazón desbocado. Algo horrible iba a suceder y ella no podía mover un dedo para evitarlo.
Dentro de la muralla de Armenieta, la Reina se sentía como un animal acorralado.
El barón dio dos zancadas hacia Adara y sin dudarlo, sacó un afilado puñal de su bota.
La reina Adara, haciéndose pasar por su hermana Nyx, no tuvo opción a alejarse, sus pies no tocaban el suelo y apenas podía mover los ojos, sin embargo veía al barón avanzar con su puñal desenvainado. La magia empezó a desaparecer casi antes de haber terminado de formarse. El Barón lanzó una mirada de lástima y agradecimiento a la pobre gitana que temblaba por el esfuerzo.

- Armenieta me protege, Reina - le dijo el Barón a la supesta Nyx, innmóvil ante él.- Os aseguro que lamento tener que acabar con una dama de este modo, pero no tengo elección -avanzó hacia ella-. Lamento tanto tener que hacer esto.

Cuando llegó a su altura hizo una suave reverencia. Ella lo miró horrorizada, completamente espantada, incapaz de moverse. Von Deck se acercó tanto a Adara que pudo notar su respiración helada, sus manos de caballero que hacía dos noches acariciaban a Nyx y ahora sujetaban el puñal frente a la joven reina.

- No tengo elección, mi señora. Nadie podría detestar lo que voy a hacer más que yo.

El barón apoyó la punta del puñal sobre el corazón de Adara, la miró a los ojos y bajó inmediatamente la mirada... por un instante dudó. Pero sólo fue un segundo, con renovadas energías, hundió el puñal hasta su empuñadura en el pecho de la Reina.
Ella notó el acero hundirse en su pecho, avanzar, inexorable. No podía creer que aquel fuera su fin... y éste fue su último pensamiento antes de que su corazón se viera atravesado por el helor de la daga, dividiéndolo en dos y robándole el último latido.

Níobe había rejuvenecido casi cinco años en su cuerpo a cuerpo con la zíngara. En sus ojos de veinteañera brillaba una ficticia inocencia, aunque las formas de su cuerpo todavía se conservaban. La boca le sabía a sangre, pero Armenieta estaba mucho peor. Tenía la mirada perdida, temblaban sus piernas. Finalmente la pobre muchacha cayó de rodillas, pero aún así, se negó a dejar de alimentar el escudo con su misma vida.

Von Deck no pudo mantener la mirada de la Reina Adara mientras la dejaba sin vida...
El hechizo en ese instante comenzó a perder fuerza a la misma velocidad que la había tomado. Los presentes volvieron a posar sus pies en el suelo y pudieron notar como sus miembros obedecían a sus órdenes poco a poco. Nyx avanzó, tambaleante al principio, hacia el barón que miraba cómo su hermana se desplomaba a sus pies. Era tal el odio y la impotencia que invadían el cuerpo de la Reina que su cuerpo recuperó el completo control tras el hechizo y su mente sólo era capaz de mandar mensajes violentos a todos sus miembros.

Mientras la guardia parecía bajo los efectos del peor vino jamás escanciado, Nyx fue como una flecha a por el barón. Tal que si estuviera en un sueño, oyó el grito de su hermana -la única que le quedaba ahora- venir desde detrás de la sala :

-¡Morirás! - fuera del círculo Níobe se dejó llevar por la furia contra la gitana, y de sus manos surgió un torrente de llamas azuladas que golpearon el escudo y comenzaron a atravesarlo, lentamente - ¡Morirás, y sufrirás hasta el infinito! ¡Si valoras en algo tu mísera existencia, si valoras en algo...! " dejó de oír a su hermana. Supo instintivamente que ella se encargaría de la zíngara.

El cuerpo muerto de Adara cayó sobre el mármol, con los ojos aún abiertos en un gesto de rabia. Un murmullo de espanto recorrió el salón.

La ira invadió a Níobe, canalizándose en sus manos, impactando en Armenieta. Durante un ínfimo instante la gitana la miró con desconcierto, y casi inmediatamente ardió por completo hasta convertirse en un pequeño montón de cenizas oscuras.

- ¡Armenieta! -Von Deck se giró hacia Níobe y desenvainó la espada, pero Nyx, la auténtica Nyx, se interpuso en su camino.
Tenía la mirada desencajada, un gesto de completa locura en los ojos. Estaba pálida.

- ¡Yo soy Nyx! -aulló, desafiante, mirándole con asco- ¡Yo soy la Reina Nyx, y ésa a quien has quitado la vida es mi hermana, despreciable alimaña! - se detuvo frente a él, sin miedo, con odio.

Von Deck se detuvo, horrorizado.

- No -susurró.

No podía ser verdad. No acababa de apuñalar a una mujer que nada tenía que ver con sus asuntos. No acababa de apuñalar a una mujer indefensa. Él no. No... Miró a Nyx, cuya desesperación llenaba el aire como un perfume. No tenía que matarla a ella, no podía ser. No tenía que cegar esos ojos que le acompañaban por las noches desde la tormenta en aquella cueva. Dejó caer su espada.

- Nyx -pronunció su nombre.

Níobe contempló lo que sucedió a continuación con una expresión de total incredulidad. Vio como Nyx, enemiga acérrima de la magia y todo lo que estuviera relacionado con ella, extendía la palma de su mano y formaba un aura de pequeño rayos iracundos y relampagueantes. El barón la miraba sin dar crédito a todo lo que le estaba pasando en tan sólo unos minutos, no tuvo el valor suficiente de acercarse más a ella, ni siquiera tuvo tiempo de protegerse, porque la reina Nyx lanzó el aura contra sus ojos antes de que pudiera parpadear. Los rayos entraron por sus pupilas y atravesaron su cuerpo sin compasión, haciendo que el barón se quedara pegado al suelo y que su cuerpo comenzara a emanar humo, olor a carne quemada. Sus ojos no se apartaron de la mujer con la que había yacido poco antes, y pensó en lo irónico de la vida. Justo después, sus pulmones se quemaron por el rayo que los cruzó como una exhalación, y cayó al suelo, junto al cuerpo de su última víctima; la reina Adara.

9.9.09

Ojos líquidos

Los ojos de Nyx reflejaron la furia que sintió al ver al Barón entrar en su salón. Los músculos de su cuello se tensaron y apretó el mentón. Las pecas de su nariz casi desaparecieron con el sonrojado de su piel.

¿Cómo pudo yacer con semejante desharrapado? ¿Cómo no pudo ver antes la sed de sangre en sus ojos? Aún no sabía por qué aquel hombre quería acabar con su vida, pero eso era cuestión de tiempo. La Reina lo siguió con la mirada, lo observó moverse, y en ese instante en que el hombre caminaba sobre el mármol pulido del palacio casi como si flotara sobre él, Nyx podría haber jurado sin equivocarse que la sangre azul corría por sus venas de la misma forma que corría por las suyas. ¿Por qué un verdadero noble venido desde tan lejos, querría acabar con su vida? Y, ¿qué significaba lo de aquella gitana? Esa joven zíngara que lo acompañaba como un mono enroscado a un árbol.

Pero dejó de observar al Barón, algo captó su atención. Como la sombra de una cola de ratón hace que el gato apunte hacia arriba con sus orejas y entorne los ojos, silencioso. De esta manera, Nyx observó cada vez más tensa cómo Níobe se medía con la pequeña gitana y tragó saliva con dificultad, aquello no le gustaba , de repente esa conversación no era para nada importante y ni siquiera oía qué decía Adara y qué replicaba el Barón. Sin embargo todos los presentes, en su mayoría la guardia real, escuchaba y observaba a ambos interlocutores con suma atención y con sus manos en las empuñaduras de sus espadas - por si acaso-. No obstante,  no era ni remotamente tan importante lo que hablaban como lo que estaba aconteciendo tras el Barón.

Sólo Nyx pudo ver cómo las miradas de Níobe y la zíngara proyectaban palabras y números, rayos de sol y de luna, murmuraciones de ultratumba, cánticos de ángeles caídos. Nyx empezó a ponerse en pie, tenía que detener aquello. Todo estaba yendo mal. Todo iba a salir mal. Quiso gritar, quiso avanzar hacia sus hermanas, quiso salvarles la vida... Pero su cuerpo quedó suspendido a un centímetro del suelo y su boca sólo se abrió a la mitad. Sus ojos se volvieron vidriosos, líquidos, lo cual no impidió que su mente captara todo lo que a continuación pasó.

La barrera invisible

Níobe.
15/Decimus/año MDXXXVIII después del Año de los Infortunios
Estación de las hojas caídas.

Una cuarta antes de la audiencia.
Salón Principal del castillo de Avernarium.


Así que Barón Von Deck. El nombre le sonaba, pero no demasiado; aunque Níobe devoraba cualquier libro que cayera en sus manos, los tratados nobiliarios no la apasionaban. Examinó al hombre; pese a su ropa ajada, poseía el porte de un noble. Y -entornó los ojos, a un tiempo fascinada y preocupada- la mirada de un desesperado. De aquel que no tiene nada que perder. Dejó que su mirada vagase hasta posarse en la andrajosa criatura que le acompañaba. El aire a su alrededor rezumaba poder, un poder tosco y desagradable, pero aún así intenso. La situación no era tan inocua como se había esperado en un principio. Avanzó deslizándose entre los presentes hasta situarse más cerca de ella, vio sus puños mugrientos apretados en un esfuerzo de concentración, su mirada enfocándose en ninguna parte, como si su mente estuviera muy, muy lejos...
Cerró los ojos y permitió que su mente avanzase hacia la gitana. Tal y como esperaba, encontró un bloqueo; escuchó el jadeo de sorpresa de la joven zarrapastrosa al sentir una oposición a su hechizo. Níobe abrió los ojos y esbozó una sonrisa perversa, oscura, ávida; la joven gitana sintió un escalofrío.

Armenieta miró a Von Deck, buscando inspiración; ¿sería la última vez que podría mirarle? Apretó los dientes, furiosa. Nadie iba a hacerle daño mientras ella pudiera evitarlo; giró la vista hacia la Reina de Hielo y se concentró en mantener el hechizo. La Reina era poderosa, pero por todos los infiernos que mientras le quedara una gota de sangre en las venas protegería a Von Deck. A cualquier precio. Y desde luego que conocía el precio, se dijo mientras notaba como las fuerzas comenzaban a desaparecerle. La rabia de su rival era intensa, notaba como le consumía por dentro... dolía. Como hierro ardiendo.
Con un siseo ininteligible para aquellos que ignoraban la magia, empezó a recitar más hechizos. Cada vez más oscuros.
Sorprendida, comprobó que Níobe seguía su ritmo sin problemas. Y no parecía nada molesta o preocupada por tener que emplear esa magia tan arcana, malvada y peligrosa...

El Barón y su hermana hablaban, pero Níobe no prestaba atención. Ese rival, esa joven practicante de magia primordial y sin refinar, acaparaba toda su atención. En cualquier otra situación ese duelo de mentes hubiera sido gratificante y entretenido. Esa muchacha era infinitamente más peligrosa que ese Barón. No conseguía romper su concentración, pese a sus esfuerzos. La magia fluctuaba, intensificándose y decreciendo, mientras las dos mentes se acechaban en un duelo no menos peligroso que si estuviera hecho de espadas. El salón continuaba a su alrededor, ignorante de la brutal saña con que las dos mujeres se oponían la una a la otra. Níobe casi rió cuando un hilo de sangre comenzó a resbalar de la fosa nasal izquierda de su oponente, pero casi al instante un sabor a hierro le vino a la boca. Los hechizos empleados no eran suficientemente intensos como para hacerla rejuvenecer visiblemente, pero notaba el familiar cosquilleo de la vejez escapándose de su cuerpo poco a poco.
Eres poderosa, muchacha. Pero yo soy la Reina de Hielo.
La balanza comenzó lentamente a inclinarse a su favor... muy lentamente.

Antes de la audiencia

Adara.
Una cuarta antes de la audiencia.
Salón Principal.

La Reina Adara se removía en el trono de su hermana Nyx. Miró la escalinata, franqueada por dos soldados de su guardia personal y se atusó la falda del vestido se seda salvaje beige juntando luego sus manos sobre el regazo.

Esta pequeña "obra teatral" en la que ella haría el papel protagonista de "Reina Nyx", teniendo en cuenta que la verdadera Nyx estaba sentada en un lateral del salón haciendo el papel de "noble que consigue la audencia" la hizo sonreír ligeramente.

Apenas llevaba un día en casa y sus hermanas ya la habían metido en una historia surrealista. Ella por supuesto estaba encantada de participar, no podían dejar pasar la oportunidad de saber quién y por qué quería acabar con la vida de Nyx. Todo era tan intrigante...

Miró a Níobe a su lado, absorta en sus propios pensamientos. Apenas faltaban unos minutos para que dejaran entrar al tal Barón Fulano. Estaba ansiosa por ver el espectáculo...

...Sin embargo, se dio cuenta de que su ceño se frunció lentamente cuando las puertas del salón comenzaron a abrirse.

8.9.09

A las puertas del castillo

Barón Han Von Deck.
A las puertas del castillo.
Una cuarta antes de la audiencia.



-Y bien mi querida Armenieta, ¿me podrías indicar cómo vamos a conseguir que la guardia nos deje asesinar a su reina?- preguntó el Barón apoyado contra un árbol y observando distraídamente el cielo.

-No os preocupéis, mi señor, cuando estéis delante de ella pensad en mí, con eso bastará- dijo la zíngara, sentada en cuclillas junto al Barón.

-Oh, entiendo- dijo el Barón sonriendo tristemente.

Desde que encontró a Armenieta oculta en la bodega del balandro en el que atravesó el Mar de las Brumas, supo que ella poseía un don poderoso. Sabía también que cuando usaba ese poder algo en el interior de ella le hacía daño y se rompía para siempre. En su mirada, a veces, se condesaban otras vidas del pasado, remolinos de enigmas, las enseñanzas de una estirpe que se extinguía.


-Sólo dispondréis de unos instantes para actuar.

-¿Crees que es una trampa? - inquirió el Barón sentándose junto a su sirviente- me resulta inquietante que la reina Nyx me reciba con tal prontitud.

- Vuestro destino os lo leí en la palma de vuestra mano, señor- contestó ella muy despacio- ya no conviene preocuparse por nada.


Ella le miró y al notar los ojos de ella clavados en su rostro, Von Deck apoyó la mano en el hombro de ella y la empujó haciendo que rodara por la tierra.

-Si quieres decirme algo, hazlo, pero no te pongas tierna- dijo el Barón sonriendo a la muchacha.- Cuando el sol decline, habré acabado con la vida de Nyx y mi hija gozará de la libertad... y en cuanto a ti, también te recompensaré.

- Mi recompensa señor, ya ha sido cobrada con creces- contestó Armenieta con mirada desafiante.

29.8.09

Tres Hermanas

13/Decimus/año MDXXXVIII después del Año de los Infortunios

Estación de las hojas caídas.

Una hora antes de la altura mayor del Sol.

Dos leguas al oeste de la aldea de Wer, Avernarium.





Adara cabalgó con su forma original hasta Avernarium. Había realizado rituales, en los que sacrificó a dos jóvenes campesinas, recuperando así los años que el uso de la magia la había hecho retroceder. Estaba contenta y deseosa de llegar a palacio para contar a sus hemanas que estaban a punto de conseguir el Reino de Vrila Y Edgar. "Pobre Vrila" pensó sonriendo. La conquista del Putomundo estaba a punto de empezar de verdad. Se preguntaba cómo irían los planes de Níobe de conquistar el reino de Shult. Confió plenamente en las estrategias de su hermana, no le cupo ninguna duda de que ése, sería el primer reino que conseguirían usurpar en su magistral plan. Con respecto a Nyx, no sabía muy bien qué pensar, desde que conociera a ese herrero, su hermana no daba una a derechas. Pronto se enteraría de cómo estaban las cosas. Apenas le quedaban unos kilómetros para llegar a casa, por fin.



Sin embargo, cuanto más se acercaba, más crecía en ella un negro presentimiento, una nube en su consciencia en forma de confuso presagio que la hacía sentir una extraña inseguridad. Meneó la cabeza para deshacerse de aquellos pensamientos y arreó con fuerza en el lomo de su caballo haciéndolo correr más deprisa.









Lugar; Palacio Real de Avernarium.

Parte del día; Mediodía.



Nyx estaba en sus habitaciones. El sol entraba a raudales por todos los ventanales de la estancia. Hacía un poco de calor, a pesar de estar ya en la estación de las hojas caídas, así que abrió un poco una de las ventanas más próximas a su cama. Una suave brisa se deslizó en la habitación, enrolándose en sus enaguas de seda para luego huír hasta el dosel de su cama. Nyx cerró los ojos y se dejó mecer por el sonido de las hojas secas que se resistían a caer de los álamos, empujadas por aquella brisa.



La Reina, ataviada tan sólo con sus enaguas, cogió de nuevo el pergamino que había sobre su escritorio y volvió a leerlo, recostándose sobre el mullido diván, junto al gran espejo.



Era una carta de Adara. No había lacre oficial ni sello real, pero la letra era sin duda la de su hermana. Obviamente, no había escrito la carta en ninguna mesa de caoba maciza, ni con ninguna pluma de pavo real, ni con exquisita tinta traída de más allá del Mar de Brumas, como la que utilizaban en palacio. Obviamente Adara había escrito aquella misiva en condiciones lamentables. Pero las noticias eran buenas, no obstante.

Adara venía de camino y, traía a sus espaldas el fin del Reino de Mutuing. Nyx sabía que tanto Mutuing como Shult, tenían los días contados como reinos independientes. En muy poco, pasarían a llamarse 'Avernarium' en todos los mapas de Putomundo.



Nyx dejó caer el pergamino al suelo y se observó en el espejo. El pelo castaño y ondulado le caía, brillante, tapándole el pecho. Su vientre pálido hacía un pequeño contraste con la piel de sus brazos y su cara, algo más tostados. Sonrió. Su hermana Níobe se moriría si se diera cuenta de que había dos tonalidades en su cuerpo, pero Nyx no pensaba renunciar a montar cada día en Hierro, aunque eso le costara acabar morena como una campesina.



Mientras se miraba en el espejo, pensó en Azcoy, en cómo solía acariciarla mientras la admiraba. En cómo ella se vestía apresurada tras acabar, para huír de su lado. En cómo el rostro de él se ensombrecía cada vez que ella le abandonaba y cómo se iluminaba cuando la veía volver. Acarició su tripa con la punta de los dedos, haciendo círculos alrededor del ombligo, como solía hacerlo él.



De repente, otras manos se cruzaron en sus pensamientos, otros besos y otros labios la asaltaron en su momento de paz. El recuerdo del Barón poseyéndola en las cuevas, hizo que dejara de contemplar su propia imagen en el espejo. "Maldito seas" pensó, con una mueca de rechazo. "He yacido junto a un hombre que pretende matarme -se levantó del diván y semidesnuda volvió a mirar por la ventana. Los jardines parecían dibujados, apacibles y bien cuidados.- Mañana a primera hora, tú y yo. Veremos quién acaba con quién". Se mordió el labio inferior mientras entornaba los ojos, fantaseando con la muerte del Barón.







Tres horas después de la altura máxima del Sol.

Despacho, aposentos de la Reina Níobe.




Edaris había firmado. La Reina examinó una vez más el documento, con sus trece claúsulas matrimoniales perfectamente redactadas. Había conseguido lo que deseaba en al menos diez; y otras dos eran lo suficientemente flexibles como para aprovecharse de ellas. Guardó la carta en su escritorio; abrió otro cajón y tomó un pequeño frasco.

Ahora tenía otra cosa en que pensar. El próximo invierno se casaría, y por poco que la atrajese la idea, tendría que pasar una temporada en Shult. Necesitaba alguna manera de comunicarse con sus hermanas, y los mensajeros eran demasiado lentos.

Se puso en pie y entró en el baño. En una esquina, bajo la ventana, había una bandeja redonda de plata, bastante grande y profunda, cubierta con un paño de seda. Retiró el lienzo, la luz del sol se reflejó en un espejo bañado en agua, dentro de la bandeja. En realidad no había uno, sino tres, uno debajo del otro; tres hermosos y redondos espejos con marcos labrados en acero, algo fuera de lo común.

Llevaban diez días ahí sumergidos, diez días inmersos en lágrimas. Si todo salía bien, cuando terminase el proceso los tres espejos serían un medio de comunicación entre las Reinas. Abrió el frasco que había cogido del escritorio y, con infinito cuidado, dejó caer tres gotas de un líquido negro en las lágrimas. De inmediato las lágrimas cambiaron de color a un azul tornasolado. Los espejos también reaccionaron: sus superficies oscilaron levemente, como si no fueran completamente sólidas.

Níobe sonrió, satisfecha. Extrajo del agua uno de los espejos: el agua resbaló de él como si fuera impermeable y quedó completamente seco. Estaban listos.

Acarició el metal casi con ternura. En Shult iba a echar mucho de menos a sus hermanas... Envolvió dos de los espejos en seda y llamó a Florea.

- Ve a buscar a Nyx. Tengo algo para ella.

5.8.09

Té



No hacía demasiado frío, pero aún así, la chimenea de la antesala de los aposentos de la Reina Níobe estaba encendida. Florea había dejado una tetera y varios postres en una mesita, y luego se había marchado. Era muy tarde, el Conde Edaris de Shult acababa de marcharse a sus aposentos; y Níobe no hubiera recibido a nadie a esas horas... pero sus hermanas eran una excepción a todas sus normas. Níobe ofreció la crema de turrón a su hermana.

- Deberías probarlo -dijo mientras servía té en dos pequeñas tazas de porcelana blanca.
Nyx se quitó la falda con un rápido movimiento, quedándose sólo con el corpiño y las enaguas. A continuación cogió un pastelito en cada mano y los miró divertida. Le arreglaban el día esos pequeños dulces. Luego se quitó las botas con dos puntapiés y se sentó sobre sus pies en el sillón de tercipelo tinto que estaba junto a su hermana.
- Veamos - dijo dedicándole una rápida mirada a su hermana, antes de hacer desaparecer los delicados pastelitos - ¿qué ha pasado con Edaris "Ayquecruz" de Shult... ¿sigues teniendo paciencia y no lo has reducido a cenizas aún? - Nyx sonrió ante la imagen mental de su hermana jurando en voz baja mientras sonreía con falsedad al shulte, y se chupó los dedos índice y pulgar, llenos de nata y crema de turrón.

- Estoy alcanzando cotas insospechadas en mí de paciencia y saber estar. Te aseguro que pagaría por verme actuar... Después de que el juglar de Genar encontrara interés en el cultivo de malvas, el señor Ayquecruz ha venido a verme. Indignado, indignadísimo, diciendo que iba a marcharse de inmediato, que no quería tener nada que ver conmigo. Algo tan exagerado que casi era cómico. Sin embargo, su insoportable sentimentalismo me ha servido para ayudarle a cambiar su punto de vista; como mínimo he conseguido hacerle dudar. Me sorprende que ese Condado funcione, con semejante individuo al frente de todo... En fin. Ya sabes como son los shultes, todo blanco o todo negro. Cuando me ha acompañado a mi habitación estaba tan dócil como un gatito. Ridículo. Le he dado uno de mis pendientes, me juego lo que quieras a que ahora mismo estará durmiendo sobre él, o llorando sobre él, o suspirando sobre él o alguna estupidez semejante. Igual hasta se corta las venas con él en la mano, gritando mi nombre o algo así...
Nyx reflexionó un segundo sobre qué pastelito elegir a continuación. Quizás uno de chocolate. Luego, mirando con dulzura a Níobe dijo:
- ¡Oh, mi pobre hermanita! Cuánto esfuerzo malgastado en un simple shulte... - de repente, se incorporó en el sillón, con el pastelito aún entre sus dedos - ¿Crees que Genar nos declarará la guerra? No tengo tiempo para eso ahora... - terminó la frase y engulló el dulce de un bocado.

- Claro que no. Sería demasiado idiota hasta para él. Que un país con la mayor flota del mundo quiera atacar a otro país sin costa es estúpido. ¿Cómo llegarían sus barcos hasta Avernarium, si apenas tenemos unas pocas leguas de mar, y además al otro lado del continente? -probó el té, demasiado caliente-. Aunque puedes contar con que me enviará misivas indignadas. Y volviendo con Ayquecruz... me preocupa que pretenda hacer una tragedia de todo esto en vez de pensar con la cabeza. Material para cantares: el valiente -impostó la voz para hacerla sonar sinietramente parecida a la del difunto Jared- y caballeroso Conde vuelve a su hogar pensando en la Reina, pero sabedor de que jamás volverá a ver aquella a la que ansía su corazón, y se pasa el resto de sus días llorando la pérdida -se puso en pie, y llevó el dorso de la mano a la frente en un ademán desolado-, ¡mientras se consume de dolor en lo más alto de la más alta torre!

Se echó a reír, una risa auténtica y burlona.

- Casi me lo puedo imaginar. En fin, espero que el Consejero Rivas le meta algo de lógica debajo del yelmo y decida quedarse, aunque un final feliz le estropee el cantar para la posteridad. Me gsutaría decirle que no se preocupe, que ya le proporcionaré tragedias para que escriba un libro entero... Conseguir el reino de Shult y que Ayquecruz baile bajo mis manos se ha convertido en una cuestión de orgullo.
Nyx volvió la mirada hacia los ventanales y entornó los ojos. No sabía si contarle a su hermana lo que le había ocurrido en el bosque el día anterior. Corría el riesgo de hacerla montar en cólera, o de que preparara una dantesca contienda en contra de todos aquellos países que había más allá del mar de brumas, sólo porque alguien había querido darle muerte. Y Níobe, ante la duda, aniquilaba todas las opciones. Volvió de nuevo la mirada hacia su hermana y la observó detenidamente. No había en ella un ápice de resentemiento o cansancio cuando se trataba de cuidar o velar por alguna de sus hermanas. Siempre protectora, aunque a veces demasiado dominante para gusto de Nyx. Ella en cambio siempre había sido la silenciosa y misteriosa de las tres hermanas. Nadie podría decir nunca en qué andaba metida o qué estaba pensando. Y mejor así, Níobe solía inmiscuirse en los asuntos de todos los que la rodeaban y podía ser verdaderamente cruel. Nyx meneó la cabeza para borrar las imágenes que la asaltaron de su daga cruzando el cuello de Murah. Todo había sido culpa de Níobe... y sin embargo, no podía odiarla, era su hermana. Decidió que, a pesar de todo, sí le contaría lo que había acontecido en el bosque. Si Nyx aparecía muerta cualquier día, al menos que no la cogiera de improviso.
- Hermana - dijo cambiando el tema y sacando a Níobe de sus oscuras elucubraciones - quizás deberías sentarte, aquí junto a mí... tengo que hablarte.

Níobe le dedicó una mirada preocupada. Nyx tenía muchas virtudes, pero la de sentarse a hablar de sus problemas con calma no era una de ellas. Algo grave ocurría. Se levantó y se sentó frente a Nyx, pensativa.
- ¿Y bien?
Nyx le contó a su hermana primero el extraño encuentro con la bruja de Rossum, y aquello que la había dejado perpleja sobre Murah y su posible embarazo. Fruncía el ceño mientras relataba la apariencia de la mujer y cómo sus frases la habían dejado pálida.

- Conozco a esa mujer, cariño; no debes preocuparte. Es una auténtica adivina y a veces la he consultado -admitió-; pero por experiencia sé que la mitad de las veces sus premoniciones no son más que retazos de locura. Hace poco la fui a ver... y me habló de "El hombre luminoso, a quien oscurecerás, y que con el precio de su alma te bañará en pureza". Ya me dirás. Si se refiere a Ayquecruz, dime qué sentido tiene eso. Una tontería, como lo que te ha dicho a ti. Y aún suponiendo que haya acertado, piensa que la muerte de ese niño ha sido lo mejor que podía pasarle, un acto de piedad. ¿Qué iba a hacer sin padre y sin madre? Es más, aún suponiendo que la campesina siguiera viva, ¿qué sería de un niño cuyo padre está enamorado de otra mujer que no es su madre? Ese crío está mejor donde está ahora.
La mente de Nyx voló lejos de allí un instante, no quería oír a su hermana hablar de Azcoy. Aún la culpaba de lo sucedido, y de que Azcoy hubiera huido a nadie sabía dónde para nunca volver. La dejó dar su visión de las cosas, pero se centró en que su hermana ya conocía a la adivina... "Bueno, al parecer no siempre acierta, espero que esta vez haya fallado de lleno" se dijo.
- Bueno, dejémoslo estar, no es éste el tema principal por el que quería hablarte, sólo algo anecdótico que sucedió antes de lo realmente extraño - dijo Nyx con un ademán firme de sus manos, dando ese asunto por concluido. Su hermana enarcó una ceja y la miró curiosa.-
Nyx le narró a su hermana en voz baja, cómo había fornicado con un extraño en una cueva del bosque, donde tuvieron que ocultarse cuando la lluvia los sorprendió. Le dijo el nombre del Barón, sin creer demasiado en la palabra del extraño, si bien era cierto que realmente tenía maneras de la clase noble. Níobe no había oído hablar de él, lo cual tampoco era extraño, ya que se trataba de alguien que habitaba más allá del Mar de Brumas, ni siquiera sabía decirle de qué país. Sólo tenía un nombre y una confesión.
- Me buscaba a mí - dijo mirando a su hermana, esperando de ella una reacción - ¡me buscaba para darme muerte!

Níobe se puso en pie como empujada por un resorte.

- ¡Maldito hijo de una puta sarnosa! -blasfemó, cosa muy poco habitual en ella- ¡Cómo osa! ¡Haré que lo persigan como el sucio animal que es por toda Avernarium, hasta que los perros lo despedacen y se coman sus entrañas! ¡Conocerá nuevas cotas de dolor nunca antes alcanzadas por ser humano alguno! ¡Se arrepentirá de haber puesto sus repugnantes pies en estas tierras!
- No hará falta que lo persigas, querida - dijo Nyx empleando el tono que la misma Níobe utilizaba cuando estaba a punto de soltar una frase lapidaria - él mismo vendrá a palacio mañana cuando despunte el sol... le he hecho creer que pertenezco a la nobleza de Heyk, y que tengo rencillas con la reina Nyx y que su muerte no puede venirme mejor... le he prometido que tendrá una audiencia con ella mañana, aquí. - miró de soslayo por la ventana y luego a su hermana. Luego sonrió ligeramente - se negó a confiarme sus motivos, pero deben ser muy buenos para cruzar el Putomundo. Estoy ansiosa por que llegue mañana.


Níobe detuvo su inhabitual estallido de rabia, miró durante un instante a su hermana con sorpresa y dejó escapar una larga y sonora carcajada.
- ¡Por los dioses, Nyx- dijo- no puedo creerme que seas tú quien esté diciendo lo que oigo! Qué grandísima idea... Veo que le vas cogiendo el gusto a la política... ¿Y qué piensas hacerle una vez esté en el castillo?

Níobe se sentó, cogió uno de los pastelillos y comenzó a mordisquearlo, con toda su atención puesta en su hermana. Nyx no solía ser tan retorcida, y verla manejar así una situación la llenaba de orgullo.

Nyx, se levantó y miró por la ventana sin ver, volvió a su estado de autismo en el que cerraba los oídos y dejaba que los pensamientos se cruzaran en su mente unos tras otros. Se negó a creer que Azcoy estuviera envuelto en ese asunto... pero entonces ¿quién y por qué?

3.8.09

Una de las tres reinas


Bajo las ramas del sauce, mecidas por el viento húmedo, se filtró la luz apagada de la mañana, despertando al Barón, que se revolvió inquieto al sentir el día naciente sobre su cuerpo maltrecho. Se incorporó sobre un codo y comprobó que la zíngara había partido pues faltaba su montura. Siempre igual, pensó, cuando la necesito nunca está y cuando la quiero lejos de mi vista la tengo encima como una gata en invierno. Desentumeciendo aún los músculos, escuchó el relinchar inquieto de un caballo proveniente de la espesura del bosque. Por lo menos espero que traiga el almuerzo, pensó el Barón, mientras observaba el cielo tormentoso. El trote del caballo se detuvo, pareció retroceder y luego avanzar, como si el jinete no dominara el terreno. El Barón se pasó la mano por la cabellera rebelde y tomó su espada.



En ese momento, apareció en el claro una joven a caballo. Una joven hermosa y altiva.



La reina Nyx, aturdida aún por su encuentro con aquella extraña mujer de rosados harapos, frenó a Hierro suavemente y a una distancia prudente, contempló al hombre que se había sobresaltado con su llegada. Portaba una espada que le sacó una irónica sonrisa.


- Guarda eso, o te pasaré por encima antes de que pestañees - dijo Nyx, buscando con la mirada entre las ricas pertenencias del hombre, algo que le revelara su procedencia.


- Os obedezco. No os alarméis - respondió el Barón, mientras envainaba la espada- Me parece que también guardaré en mi memoria esta hermosa aparición.


Nyx enarcó una ceja y miró al hombre fijamente.



- ¿Quién eres? - dijo tuteándole, como hacía con todo sus súbditos - ¿qué haces aquí y dónde está tu hogar?



Antes de contestar, Von Deck se acercó al caballo, le acarició las crines. Comprendió que se hallaba ante alguien con poder, acostumbrado a ejercer la autoridad, así que decidió mostrarse dócil y cauto y se adentró en la mirada profunda de la desconocida;


- Yo no tengo hogar... mirad: el bosque es mi cobijo, el cielo mi techumbre y el musgo mi lecho. Mi espada, mi fiel compañera. Vengo de más allá del Mar de las Brumas con un encargo que cumplir.


- ¿Y puede saberse cuál es ese encargo? - preguntó curiosa. Dejó que el hombre acariciara a Hierro, ante la proximidad se puso alerta, pero se lo permitió sólo para intentar sacarle la información. Tenía la absurda certeza de que encontraría alguna conexión con Azcoy tarde o temprano, si estaba pendiente.


- No está en mi naturaleza mentir- La mirada de ella era tan hermosa que por un momento se sintió indefenso- pero comprederéis que debo mostrarme reservado. Solo os diré que busco a una reina y que de ese encuentro puede derivar la libertad de un ser querido. Soy el Barón Han Von Deck y creo que no encontraría mayor sentido a mi vida que el de serviros con lealtad.


Nyx reflexionó mientras clavaba sus pupilas en los ojos del hombre. Era cierto que su acento sonaba a tierras lejanas, y obviamente no la había reconocido. Quiso saber más. No hizo caso a las florituras de su discurso, ni a los cumplidos que el hombre le dispensaba.


- Bueno, Avernarium está regido por tres reinas, ¿a cuál buscas y qué pretendes? Quizás pueda ayudarte... - E instintivamente tiró un poco de las riendas de Hierro.


De repente, el cielo tronó. La lluvia arreciaba y la luz violeta de los relámpagos cruzaba el cielo como breves latigazos. Los árboles empezaron a doblarse con furia, en una danza violenta de la que se desprendían ramas.


- Os imploro que desmontéis y nos refugiemos en esa oquedad que se abre en la roca.-gritó el barón- La tormenta arrecia como si el cielo quisiera desplomarse sobre la tierra...


- ¿Resguardarme con... vos? - dijo frunciendo el ceño y cambiando sin percatarse el trato. La lluvia empapaba sus cabellos a una velocidad pasmosa, miró al cielo asombrada por el repentino cambio de tiempo. La intriga que ese hombre había despertado en ella con unas pocas frases, hizo que lo siguiera a lomos de Hierro hasta donde él le había indicado. -Os sigo - dijo al fin, sin que se le pasaran inadvertidas las miradas de admiración que le dedicaba el extraño, pero obviándolas descaradamente.


Ataron a Hierro junto a la entrada de la cueva mientras la furia de la lluvia y el rugido de los truenos sacudían el bosque. La turbación que sentía Nyx por los hechos que se precitaban a su alrededor, desde la extraña mujer que encontró en el bosque, hasta el intrigante Barón que la buscaba a ella o a una de sus hermanas, pasando por el temporal que se acababa de levantar en un abrir y cerrar de ojos, la dejaron confusa y momentáneamente reflexiva. Se resguardó junto al hombre en la cueva, y lo miró escudriñando cada detalle de su cara y su indumentaria. Se sentía vulnerable sin un arma, sin estar montada sobre Hierro, tan próxima al extraño pero, por algún motivo, dejó de estar alerta. Su mirada era noble y sus gestos amables.


Al notar que ella le estudiaba, Von Deck apoyó su espalda contra la roca. Se giró y le sonrió. A pesar de la apariencia de fortaleza que la joven emanaba, por un instante creyó percibir un atisbo de debilidad, como si un remolino de emociones hiciera que su fachada de digno distanciamiento estuviera a punto de desmoronarse. Y se encontró de nuevo con su mirada, colmada de luz de relámpagos, de matices desconocidos, y al apartarle con suavidad el pelo mojado de su mejilla, le gustó su expresión de chica -en muchos sentidos- perdida, por eso le separó un poco la capa y al pasar el brazo por su cintura se sorprendió cuando ella se estrechó lentamente contra su cota de malla.


La joven reina se sintió extrañamente atraída por el lenguaje corporal del hombre, tan agradable y varonil a la vez. Quiso alejarse del sentimiento de desamparo que la extraña bruja de los harapos rosados le había infundido. Quería apartar de su mente por un instante a Azcoy, a Murah, y a lo que quiera que hubiera en su vientre el día que le quitó la vida. Quiso evadirse de todo y de todos, y al notar la calidez del cuerpo del Barón, lo consiguió. Antes de que éste tuviera tiempo a reaccionar, besó dulcemente sus labios y reprimió un suspiro en su pecho, cerrando los ojos. El Barón la apretó contra sí y acarició su espalda mojada hasta toparse con su corsé, el cual desató lentamente casi sin que ella se diera cuenta. La despojó del resto de su vestido con manos hábiles y Nyx quedó desnuda en mitad de la cueva, se separó de él un poco, cogió sus manos y las puso sobre sus pechos desnudos. Él, asombrado por la determinación de la mujer, los acarició como si tuviera miedo de hacerle daño, con toda la delicadeza que la pasión le permitía en ese instante. Nyx comenzó a desnudarlo sin dudar un momento que hacer el amor con aquel extraño, era lo único que su cuerpo y su mente necesitaban.


No dijeron ni una palabra, sólo hubo gemidos y jadeos que reverberaron en las paredes húmedas de la cueva.


Al Barón le costaba tanto dejar de abrazarla y besarla... pero la tormenta amainaba y ella se revolvía inquieta entre sus brazos una vez hubieron terminado. La notó con la mente en otras cosas una vez alcanzara el clímax, de nuevo se topó con la joven altiva y distante.


Nyx observó en silencio sus ropajes en el suelo, de un salto se levantó y se los enfundó, aún estaban mojados. El Barón la miraba confuso, no sabía exactamente si pretendía irse sin más o si sólo tendría frío. Ella no hablaba demasiado.


- Si vuestro deseo es marcharos debéis hacerlo cuanto antes, las sombras de la noche se ciernen sobre el bosque- le dijo Von Deck, mientras se cubría con su capa- pero antes me gustaría satisfacer una curiosidad...¡vuesto nombre!


Nyx se giró hacia él, como reparando de repente en su presencia y con una divertida expresión en su rostro le dijo;


- Os lo diré, si me decís a qué reina buscais y para qué - luego se acercó sonriéndole sugerentemente, quizás así consiguiera sonsacarle algo. Acercó su boca a la de él y lo besó antes de que pronunciara una palabra. Y odiaba besar tras practicar el sexo.


- No podría negaros nada...necesito encontrar, de las tres hermanas, a la reina Nyx - dijo Von Deck mirando los labios de ella- y os suplico que no me pregunteís para qué.


- ¿Cómo podría no hacerlo? - preguntó sin dejar ver que quizás no había sido tan buena idea yacer con alguien que había recorrido medio Putomundo en su busca... no presentía nada bueno. - ¿Qué mensaje era el que queríais entregarle?


- No hay tal mensaje- dijo el Barón embozándose.


"¿Cuántas veces he de besarte para que lo sueltes todo?" pensó Nyx.


- Oh vamos...- y se abrazó al cuello del Barón - no puedes dejarme así... dímelo.


El Barón la contempló en silencio. Le había hechizado con sus dulces besos. Eso debía ser. Porque si no, no entendió cómo pronunció las palabras que salieron de su boca:


- La busco - dijo Von Deck a la vez que se ajustaba su daga- para acabar con su vida.

15.7.09

La línea de la vida

El Barón Han Von Deck llegó al puente que salvaba el río, que unas seis leguas hacia el norte, circundaba la residencia de recreo de la princesa Nyx. Este era el lugar señalado para el encuentro con Armenieta. Pero no había rastro de la zíngara, así que el Barón permaneció en su montura a pie de puente. Observó el cielo azulado y se descubrió la cabeza para sentir la brisa suave de la primavera en el rostro. Entonces escuchó cascos de caballo provenientes de la otra margen del río. Era un caballero acompañado de dos sirvientes que enfilaron el camino que conducía al puente, pero que al ver al Barón en el otro extremo, aflojaron la marcha. El caballero se adelantó sobre la pasarela hasta quedar justo en medio, frente al Barón. Se observaron sin pronunciar palabra durante unos minutos. El caballero alzó la voz:

- Parecéis un vagabundo, con esa polvorienta capa y esa barba descuidada, y sin embargo vais pertrechado como un caballero. ¿Robasteis esas armas? En todo caso, no deseo perder el tiempo. Apartad, llevo prisa.

- Mi nombre es Han Von Deck, Barón, y no he escuchado vuestro nombre ni titulo, si observáis este escudo de armas y esta leyenda, tal vez me hablarais con respeto caballero, y os presentarías como es costumbre entre gente elevada.

- Efectivamente, lo reconozco, una casa con hechos gloriosos en el pasado, pero veo que vergonzosamente venida a menos. Que desgracia. ¡Yago, Morgan, arrojad a este necesitado unas monedas para que pueda hincarle el diente a una hogaza de pan!

- Me dirijo a la villa de la princesa Nyx.

- No creo que la princesa Nyx reciba a pordioseros. Vengo de gozar de… de su hospitalidad - giró la cabeza en dirección a las carcajadas de los sirvientes-. La princesa es hermosa y de relajadas costumbres, pero vosotros solo encontraríais lugar en sus cuadras. Vuestro lugar de nacimiento, sin duda.

- Caballero, el que tengo prisa soy yo, y además es una temeridad contrariarme cuando voy a reunirme con una dama. En verdad que os hubiera dejado marchar, ignorando vuestra grosera afrenta, pero… –el Barón empuñó la espada y comenzó a desenvainarla con lentitud- habéis cometido el error funesto de calumniar a una dama, y eso no lo he permitido jamás. Disculparos o rogad por vuestra alma.

Los criados desenvainaron sus armas y flanquearon a su caballero. Este preparó su pica y alzó el escudo. Su tez palideció y adquirió la tonalidad del cielo. El Barón descabalgó, arrojó su escudo al suelo, y susurrando la leyenda con la que sus antepasados habían entrado en combate, avanzó despreocupado hacia el centro del puente. En breves instantes la lucha concluyó. El Barón ensangrentado, alzó la vista de los tres cuerpos que yacían a sus pies, para encontrarse con Armenieta, que traía el espanto en su mirada. Esta actuó con prontitud y arrojó los cuerpos inertes a la corriente del río, envolvió la espada de Von Deck y le cubrió el cuerpo con su capa para llevárselo, junto con las monturas, a la espesura de la vereda.

El Barón permaneció indiferente mientras la zíngara le desnudaba y comprimía los tajos por los que se le iba la sangre. Le vendó las heridas y lavó su rostro y cuerpo. Le recostó, finalmente, sobre un lecho preparado al abrigo de un sauce. La tarde declinaba.

- Acabo de matar a un hombre porque ha ofendido a una mujer. A una mujer a la que tal vez mañana deba asesinar…siento que mi determinación flaquea, que mi espíritu se rebela, que el aliento de la vida se me escapa. Mi hija, la cautiva, mi añorada pequeña, ha sido el gozo más increíble de mi existencia, la maravilla más amada sobre todas las cosas de este bello mundo. Cuando yo no este, Armenieta, debes rescatarla y ponerla bajo la custodia de mi hermano, para que en compañía de sus primas, crezca en el hogar familiar, protegida y feliz. Concédeme este último favor.

La zíngara asintió y le rogó que descansara. Mientras hacía los preparativos para pasar la noche, le informó que la princesa Nyx se hallaba en su residencia y que le sería fácil acceder a ella pues era hospitalaria y le gustaba acoger viajeros y caballeros para que le relataran las historias de sus peripecias y los relatos de las tierras lejanas de las que provenían. Al poco, le preparó un cuenco con caldo elaborado con raíz de plantas curativas y vísceras de animal, para reconfortarlo y cicatrizar las heridas, y se arrebujó junto a su costado, discretamente, como siempre hacía. Se lo acercó a los labios y entre sorbo y sorbo le pasaba un paño humedecido por la frente.

- Armenieta, tu lees la mano y echas la buenaventura a las ignorantes campesinas. Les cuentas una sarta de mentiras bienintencionadas, anuncias bodas con buenos mozos y partos sin complicaciones, todo para obtener alguna moneda…quiero que me leas la mano, antes que la oscuridad lo impida. Y no me mientas. He sentido que cuando me crees dormido, te acomodas sobre mi pecho, me miras en medio de la noche, pasas tú mano por mi barba y tus dedos por mis labios. Si me mientes, a partir de ahora dormirás entre los caballos, las yeguas y los asnos de carga.

- ¡Dadme!...- La muchacha apretó la mano del Barón entre sus pechos y se inclinó sobre ella- Habéis sido muy feliz, habéis gozado de la vida, pero veo ahora una gran pena en vuestra alma, una pena – y levantó sus ojos oscuros para mirar los del hombre- que también se ha posado en vuestra mirada, esta pena es infinita. En esta línea veo una mujer especial, diferente de las demás. Tiene el don de la magia. Esta dama os traerá dolor y recuerdos, pero igualmente placer, debéis de cuidaros de ella por que esta mujer de chica permaneció en el fondo de un lago hermoso y así permanecerá en el fondo de vuestro corazón- Armenieta presionó la palma de la mano de Von Deck contra su seno y sin mirarla continuó con voz tenue- Hay otra línea que se interrumpe de golpe, es la llamada línea de la vida, se corta cerca de aquí.

- Muéstrame esa línea- dijo el Barón mientras sacaba de entre los ropajes una daga corta.

- Es esta, aquí acaba.

- Verás, dulce Armenieta, no quiero contradecirte, pero necesito un poco de tiempo para terminar mi trabajo.

Y el Barón hundió la punta de la daga justo donde la línea de su vida concluía, y presionando el acero, alargó unos milímetros el curso de la línea.

10.6.09

La cicatriz del oprobio


La oscuridad se cernía sobre el bosque septentrional, el de los siete senderos, aunque por encima de las copas de los árboles agitadas por el viento, el cielo aun mantenía una claridad declinante. El viento frío pasaba serpenteando por entre los troncos y el ramaje de las hayas y los robles y descendía agitando los ropajes del Barón Han Von Deck y su fiel Armenieta. El camino había sido largo y desmontaron al pie de una alta peña. La zíngara, mirándole con sus ojos profundos, le interrogó, y se retiró despacio para preparar lumbre y comida. El Barón inconscientemente se rozó con la yema de los dedos la cicatriz que le recorría como un relámpago parte del rostro, descendiendo hasta el cuello. Un recuerdo de sus días de cautiverio y tormento; él aguantó el martirio pero su amada no lo resistió. Quien le prendió y tendió la celada apresó como rehén a su hija y encomendó a Von Deck cometer crimen sobre una de las reinas de Avernarium si quería volverla a recuperar. La herida que le infligieron hubiera sido mortal de necesidad si no hubiera sido por la milagrosa aparición de Armenieta, la misteriosa y la hechicera. Ahora la observaba manejar el cuchillo sobre la piel de una liebre, en cuclillas, fea como una noche de tormenta, pero con un poder que le protegería y auxiliaría en caso de necesidad, él lo sabía. Tenía la certeza de que si Armenieta hubiera surgido antes de caer preso, no le habrían podido causar el daño que le hicieron y la reclusión que padeció.

Cuando la lumbre empezó a crepitar y a dorar la caza, el Barón se recostó sobre su equipo de batalla. Miró el cielo a través de las copas de los árboles cimbreantes, decenas de estrellas empezaban una danza brillante, como bolas azuladas, dejando estelas preciosas tras de sí. Pensó de nuevo en su misión… pensó en la reina Nyx… el sueño le vencía muy despacio, sin incorporarse susurro:

- Armenieta, en una ocasión observé una de las reinas por el camino del norte, con el cabello castaño al viento, cabalgaba sola, sin séquito, hermosa y arrogante… adelántate esta madrugada, monta el caballo más ligero, búscala, síguela, hazte necesaria a ella, y ven a decirme donde encontrarla. Es la llamada Nyx de las tres hermanas. No te demores…

La zíngara continuó dándole la espalda pero él supo que había comprendido sus palabras y que partiría al despuntar el alba. Él continuó pensando, recordando. Antes de que el placentero sueño se lo llevara sintió como Armenieta se arrebujaba a dormir a su lado, apretándose a él con furia, con al cabeza sobre su pecho, como siempre hacía para protegerle y darle calor.

15.5.09

Viajando a Muitung

Adara partió del Castillo de Avernarium tras hablar con sus hermanas. Sabían que tendrían que mandar a Hugo hacia Muitung en unos días, los justos para que Adara se encontrara con él a dos días de camino de la corte del Rey Edgar. Ella iba tranquila, galopando sin preocupaciones y aún en su forma. Tendría ocasión de cambiarla más adelante, le gustaba sentir cómo el aire hacía volar sus cabellos y el sol intensificaba los discretos tonos rojizos que se escapaban de su melena castaña. No quería renunciar a esa sensación sabiendo que pasaría al menos dos o tres semanas en forma de hombre.

Mientras atravesaba los verdes campos de Avernarium iba recordando cómo conoció a Hugo. El Rey Edgar había mandado un mensaje con una paloma mensajera, había encontrado a la Reina Vrila en flagrante adulterio con un soldado llamado Hugo. El hombre era alto y muy apuesto, con el pelo oscuro y unas facciones muy cuadradas. Era uno de los guardias personales del Rey Edgar, así que tenía libertad para moverse por todo el castillo sin dar explicaciones a nadie; y aprovechó esa libertad para mancillar el honor del bueno de Edgar y acostarse con su Reina. Las amenazas fueron claras, ambos admitirían los cargos y morirían rápidamente y con el menor sufrimiento. Hugo fue muy astuto y aprovechó un ataque de nervios e ira de Vrila para ponerse unos calzones y una camisa y salir corriendo, para cuando quisieron comenzar la búsqueda ya había escapado del castillo.

Adara recibió la paloma con el pedido de Edgar, si encontraba a Hugo lo mantendría en las mazmorras de Avernarium hasta que decidiera, con la cabeza fría, cómo deshacerse de él. Aquello había sucedido un par de meses antes, y Adara había cumplido las instrucciones de Edgar confiando en que hallaría una buena recompensa. Pero ahora corría el rumor de que Edgar y Vrila estaban conjurando a los arcanos para que ella quedara en estado. Empezaba a encajar todo el puzzle, y Adara recordó que Hugo le confirmó sus sospechas, Vrila no quedaba encinta porque no quería; la astucia que demostró al trazar su plan maestro era grande, sin duda, pero no tanto como la ambición de las tres hermanas De Avernarium. No encontrarían una oportunidad mejor para llevar a cabo la primera conquista.

Las Tres Reinas enviaron a cien de sus hombres a peinar Avernarium, era necesario que se hicieran con Hugo antes que cualquier otro reino adyacente, puesto que en él estaba el futuro de la Casa de Muitung. Adara no quiso quedarse con sus dos hermanas, y salió a buscar al soldado. Le reconoció nada más verle. Era un hombre de una belleza muy superior a la de la mayoría de los Reyes del Putomundo. Sus manos firmes y su expresión dura dejaban entrever una punzada de miedo y nerviosismo. Adara se acercó a él para preguntarle si se había perdido y por qué llevaba ropas de muitungnés en Avernarium, y Hugo mintió bien. Le dijo que portaba un mensaje de Su Majestad Vrila de Muitung para Sus Majestades de Avernarium, y Adara le pidió que la acompañara al castillo y que permitiera que sus hombres les escoltaran. De no haber sido por la paloma de Edgar, Hugo se hubiera salido con la suya, hubiera entrado al servicio de la Casa De Avernarium y con ello hubiera alcanzado la inmunidad diplomática. Pero Adara estaba al tanto de su plan. Tras ofrecerle una comida digna de reyes y hacer que se bebiera él solo dos jarras del mejor vino blanco de las bodegas, vió sin pizca de asombro cómo el hombre caía inconsciente sobre la mesa. Ordenó que lo encerraran en las mazmorras y que tuvieran mucho cuidado con él, era un hombre astuto e inteligente.

Adara recordaba aquel día con total claridad. Poco antes de capturar a Hugo reparó en un caballero ricamente ataviado, cuya faz quedaba en penumbra debido a la gran capucha encarnada con que se tocaba. Su figura emanaba autoridad, y a la vez una distante cortesía. No le dió mayor importancia, dado que no conocía el apellido de aquel caballero. Lo que no podía alejar de su mente era la voz del hombre, de un tono grave y penetrante, ligeramente cantarina. Además recordaba con total claridad sus ojos, la forma en que la miraba no era normal. Había un velo que ocultaba la verdad sobre el dueño de aquellos ojos tristes. Pero su prioridad era dar caza a Hugo, y no podía detenerse por más curiosidad que despertara en ella un simple viajero con ínfulas de grandeza.

Cuando Adara se dispuso a buscar una posada en la que pasar la noche, volvió a ver salir del establecimiento al mismo caballero que había despertado su curiosidad unas horas antes. Se sintió un poco extraña, puesto que tuvo la sensación de que aquel hombre buscaba algo de ella. Sin embargo, Adara no tenía tiempo de andarse con tonterías, así que se sentó a descansar en una tasca, con una jarra de cerveza aguada. Así esperó un rato, hasta perder de vista al hombre, tenía que estar segura de que nadie la seguía cuando llevara a cabo la transformación.

La noche empezó a caer, la Reina se alejó un poco del poblado, y una vez hubo comprobado que estaba sola, tomó las pociones de transformación. Acudió a una posada que había seleccionado durante su visita al pueblo y se hospedó en ella. Usó el nombre del jefe de su guardia personal, que se correspondía perfectamente con su aspecto de hombre atlético y diestro con las armas, y se fue a dormir. Por delante tenía un largo camino y un reino que conquistar. Detrás quedaban sus hermanas cuidando de que en Avernarium no sucediera nada desagradable.