Estación de las hojas caídas
17.9.09
El fin de una Era
Estación de las hojas caídas
9.9.09
Ojos líquidos
¿Cómo pudo yacer con semejante desharrapado? ¿Cómo no pudo ver antes la sed de sangre en sus ojos? Aún no sabía por qué aquel hombre quería acabar con su vida, pero eso era cuestión de tiempo. La Reina lo siguió con la mirada, lo observó moverse, y en ese instante en que el hombre caminaba sobre el mármol pulido del palacio casi como si flotara sobre él, Nyx podría haber jurado sin equivocarse que la sangre azul corría por sus venas de la misma forma que corría por las suyas. ¿Por qué un verdadero noble venido desde tan lejos, querría acabar con su vida? Y, ¿qué significaba lo de aquella gitana? Esa joven zíngara que lo acompañaba como un mono enroscado a un árbol.
Pero dejó de observar al Barón, algo captó su atención. Como la sombra de una cola de ratón hace que el gato apunte hacia arriba con sus orejas y entorne los ojos, silencioso. De esta manera, Nyx observó cada vez más tensa cómo Níobe se medía con la pequeña gitana y tragó saliva con dificultad, aquello no le gustaba , de repente esa conversación no era para nada importante y ni siquiera oía qué decía Adara y qué replicaba el Barón. Sin embargo todos los presentes, en su mayoría la guardia real, escuchaba y observaba a ambos interlocutores con suma atención y con sus manos en las empuñaduras de sus espadas - por si acaso-. No obstante, no era ni remotamente tan importante lo que hablaban como lo que estaba aconteciendo tras el Barón.
Sólo Nyx pudo ver cómo las miradas de Níobe y la zíngara proyectaban palabras y números, rayos de sol y de luna, murmuraciones de ultratumba, cánticos de ángeles caídos. Nyx empezó a ponerse en pie, tenía que detener aquello. Todo estaba yendo mal. Todo iba a salir mal. Quiso gritar, quiso avanzar hacia sus hermanas, quiso salvarles la vida... Pero su cuerpo quedó suspendido a un centímetro del suelo y su boca sólo se abrió a la mitad. Sus ojos se volvieron vidriosos, líquidos, lo cual no impidió que su mente captara todo lo que a continuación pasó.
La barrera invisible
Estación de las hojas caídas.
Una cuarta antes de la audiencia.
Salón Principal del castillo de Avernarium.
Antes de la audiencia
Una cuarta antes de la audiencia.
Salón Principal.
La Reina Adara se removía en el trono de su hermana Nyx. Miró la escalinata, franqueada por dos soldados de su guardia personal y se atusó la falda del vestido se seda salvaje beige juntando luego sus manos sobre el regazo.
Esta pequeña "obra teatral" en la que ella haría el papel protagonista de "Reina Nyx", teniendo en cuenta que la verdadera Nyx estaba sentada en un lateral del salón haciendo el papel de "noble que consigue la audencia" la hizo sonreír ligeramente.
Apenas llevaba un día en casa y sus hermanas ya la habían metido en una historia surrealista. Ella por supuesto estaba encantada de participar, no podían dejar pasar la oportunidad de saber quién y por qué quería acabar con la vida de Nyx. Todo era tan intrigante...
Miró a Níobe a su lado, absorta en sus propios pensamientos. Apenas faltaban unos minutos para que dejaran entrar al tal Barón Fulano. Estaba ansiosa por ver el espectáculo...
...Sin embargo, se dio cuenta de que su ceño se frunció lentamente cuando las puertas del salón comenzaron a abrirse.
8.9.09
A las puertas del castillo
Barón Han Von Deck.29.8.09
Tres Hermanas
Estación de las hojas caídas.
Una hora antes de la altura mayor del Sol.
Dos leguas al oeste de la aldea de Wer, Avernarium.
Adara cabalgó con su forma original hasta Avernarium. Había realizado rituales, en los que sacrificó a dos jóvenes campesinas, recuperando así los años que el uso de la magia la había hecho retroceder. Estaba contenta y deseosa de llegar a palacio para contar a sus hemanas que estaban a punto de conseguir el Reino de Vrila Y Edgar. "Pobre Vrila" pensó sonriendo. La conquista del Putomundo estaba a punto de empezar de verdad. Se preguntaba cómo irían los planes de Níobe de conquistar el reino de Shult. Confió plenamente en las estrategias de su hermana, no le cupo ninguna duda de que ése, sería el primer reino que conseguirían usurpar en su magistral plan. Con respecto a Nyx, no sabía muy bien qué pensar, desde que conociera a ese herrero, su hermana no daba una a derechas. Pronto se enteraría de cómo estaban las cosas. Apenas le quedaban unos kilómetros para llegar a casa, por fin.
Sin embargo, cuanto más se acercaba, más crecía en ella un negro presentimiento, una nube en su consciencia en forma de confuso presagio que la hacía sentir una extraña inseguridad. Meneó la cabeza para deshacerse de aquellos pensamientos y arreó con fuerza en el lomo de su caballo haciéndolo correr más deprisa.
Lugar; Palacio Real de Avernarium.
Parte del día; Mediodía.
Nyx estaba en sus habitaciones. El sol entraba a raudales por todos los ventanales de la estancia. Hacía un poco de calor, a pesar de estar ya en la estación de las hojas caídas, así que abrió un poco una de las ventanas más próximas a su cama. Una suave brisa se deslizó en la habitación, enrolándose en sus enaguas de seda para luego huír hasta el dosel de su cama. Nyx cerró los ojos y se dejó mecer por el sonido de las hojas secas que se resistían a caer de los álamos, empujadas por aquella brisa.
La Reina, ataviada tan sólo con sus enaguas, cogió de nuevo el pergamino que había sobre su escritorio y volvió a leerlo, recostándose sobre el mullido diván, junto al gran espejo.
Era una carta de Adara. No había lacre oficial ni sello real, pero la letra era sin duda la de su hermana. Obviamente, no había escrito la carta en ninguna mesa de caoba maciza, ni con ninguna pluma de pavo real, ni con exquisita tinta traída de más allá del Mar de Brumas, como la que utilizaban en palacio. Obviamente Adara había escrito aquella misiva en condiciones lamentables. Pero las noticias eran buenas, no obstante.
Adara venía de camino y, traía a sus espaldas el fin del Reino de Mutuing. Nyx sabía que tanto Mutuing como Shult, tenían los días contados como reinos independientes. En muy poco, pasarían a llamarse 'Avernarium' en todos los mapas de Putomundo.
Nyx dejó caer el pergamino al suelo y se observó en el espejo. El pelo castaño y ondulado le caía, brillante, tapándole el pecho. Su vientre pálido hacía un pequeño contraste con la piel de sus brazos y su cara, algo más tostados. Sonrió. Su hermana Níobe se moriría si se diera cuenta de que había dos tonalidades en su cuerpo, pero Nyx no pensaba renunciar a montar cada día en Hierro, aunque eso le costara acabar morena como una campesina.
Mientras se miraba en el espejo, pensó en Azcoy, en cómo solía acariciarla mientras la admiraba. En cómo ella se vestía apresurada tras acabar, para huír de su lado. En cómo el rostro de él se ensombrecía cada vez que ella le abandonaba y cómo se iluminaba cuando la veía volver. Acarició su tripa con la punta de los dedos, haciendo círculos alrededor del ombligo, como solía hacerlo él.
De repente, otras manos se cruzaron en sus pensamientos, otros besos y otros labios la asaltaron en su momento de paz. El recuerdo del Barón poseyéndola en las cuevas, hizo que dejara de contemplar su propia imagen en el espejo. "Maldito seas" pensó, con una mueca de rechazo. "He yacido junto a un hombre que pretende matarme -se levantó del diván y semidesnuda volvió a mirar por la ventana. Los jardines parecían dibujados, apacibles y bien cuidados.- Mañana a primera hora, tú y yo. Veremos quién acaba con quién". Se mordió el labio inferior mientras entornaba los ojos, fantaseando con la muerte del Barón.
Tres horas después de la altura máxima del Sol.
Despacho, aposentos de la Reina Níobe.
Edaris había firmado. La Reina examinó una vez más el documento, con sus trece claúsulas matrimoniales perfectamente redactadas. Había conseguido lo que deseaba en al menos diez; y otras dos eran lo suficientemente flexibles como para aprovecharse de ellas. Guardó la carta en su escritorio; abrió otro cajón y tomó un pequeño frasco.
Ahora tenía otra cosa en que pensar. El próximo invierno se casaría, y por poco que la atrajese la idea, tendría que pasar una temporada en Shult. Necesitaba alguna manera de comunicarse con sus hermanas, y los mensajeros eran demasiado lentos.
Se puso en pie y entró en el baño. En una esquina, bajo la ventana, había una bandeja redonda de plata, bastante grande y profunda, cubierta con un paño de seda. Retiró el lienzo, la luz del sol se reflejó en un espejo bañado en agua, dentro de la bandeja. En realidad no había uno, sino tres, uno debajo del otro; tres hermosos y redondos espejos con marcos labrados en acero, algo fuera de lo común.
Llevaban diez días ahí sumergidos, diez días inmersos en lágrimas. Si todo salía bien, cuando terminase el proceso los tres espejos serían un medio de comunicación entre las Reinas. Abrió el frasco que había cogido del escritorio y, con infinito cuidado, dejó caer tres gotas de un líquido negro en las lágrimas. De inmediato las lágrimas cambiaron de color a un azul tornasolado. Los espejos también reaccionaron: sus superficies oscilaron levemente, como si no fueran completamente sólidas.
Níobe sonrió, satisfecha. Extrajo del agua uno de los espejos: el agua resbaló de él como si fuera impermeable y quedó completamente seco. Estaban listos.
Acarició el metal casi con ternura. En Shult iba a echar mucho de menos a sus hermanas... Envolvió dos de los espejos en seda y llamó a Florea.
- Ve a buscar a Nyx. Tengo algo para ella.
5.8.09
Té
- Deberías probarlo -dijo mientras servía té en dos pequeñas tazas de porcelana blanca.
- Estoy alcanzando cotas insospechadas en mí de paciencia y saber estar. Te aseguro que pagaría por verme actuar... Después de que el juglar de Genar encontrara interés en el cultivo de malvas, el señor Ayquecruz ha venido a verme. Indignado, indignadísimo, diciendo que iba a marcharse de inmediato, que no quería tener nada que ver conmigo. Algo tan exagerado que casi era cómico. Sin embargo, su insoportable sentimentalismo me ha servido para ayudarle a cambiar su punto de vista; como mínimo he conseguido hacerle dudar. Me sorprende que ese Condado funcione, con semejante individuo al frente de todo... En fin. Ya sabes como son los shultes, todo blanco o todo negro. Cuando me ha acompañado a mi habitación estaba tan dócil como un gatito. Ridículo. Le he dado uno de mis pendientes, me juego lo que quieras a que ahora mismo estará durmiendo sobre él, o llorando sobre él, o suspirando sobre él o alguna estupidez semejante. Igual hasta se corta las venas con él en la mano, gritando mi nombre o algo así...
- Claro que no. Sería demasiado idiota hasta para él. Que un país con la mayor flota del mundo quiera atacar a otro país sin costa es estúpido. ¿Cómo llegarían sus barcos hasta Avernarium, si apenas tenemos unas pocas leguas de mar, y además al otro lado del continente? -probó el té, demasiado caliente-. Aunque puedes contar con que me enviará misivas indignadas. Y volviendo con Ayquecruz... me preocupa que pretenda hacer una tragedia de todo esto en vez de pensar con la cabeza. Material para cantares: el valiente -impostó la voz para hacerla sonar sinietramente parecida a la del difunto Jared- y caballeroso Conde vuelve a su hogar pensando en la Reina, pero sabedor de que jamás volverá a ver aquella a la que ansía su corazón, y se pasa el resto de sus días llorando la pérdida -se puso en pie, y llevó el dorso de la mano a la frente en un ademán desolado-, ¡mientras se consume de dolor en lo más alto de la más alta torre!
Se echó a reír, una risa auténtica y burlona.
- Casi me lo puedo imaginar. En fin, espero que el Consejero Rivas le meta algo de lógica debajo del yelmo y decida quedarse, aunque un final feliz le estropee el cantar para la posteridad. Me gsutaría decirle que no se preocupe, que ya le proporcionaré tragedias para que escriba un libro entero... Conseguir el reino de Shult y que Ayquecruz baile bajo mis manos se ha convertido en una cuestión de orgullo.
Níobe le dedicó una mirada preocupada. Nyx tenía muchas virtudes, pero la de sentarse a hablar de sus problemas con calma no era una de ellas. Algo grave ocurría. Se levantó y se sentó frente a Nyx, pensativa.
- Conozco a esa mujer, cariño; no debes preocuparte. Es una auténtica adivina y a veces la he consultado -admitió-; pero por experiencia sé que la mitad de las veces sus premoniciones no son más que retazos de locura. Hace poco la fui a ver... y me habló de "El hombre luminoso, a quien oscurecerás, y que con el precio de su alma te bañará en pureza". Ya me dirás. Si se refiere a Ayquecruz, dime qué sentido tiene eso. Una tontería, como lo que te ha dicho a ti. Y aún suponiendo que haya acertado, piensa que la muerte de ese niño ha sido lo mejor que podía pasarle, un acto de piedad. ¿Qué iba a hacer sin padre y sin madre? Es más, aún suponiendo que la campesina siguiera viva, ¿qué sería de un niño cuyo padre está enamorado de otra mujer que no es su madre? Ese crío está mejor donde está ahora.
Níobe se puso en pie como empujada por un resorte.
- ¡Maldito hijo de una puta sarnosa! -blasfemó, cosa muy poco habitual en ella- ¡Cómo osa! ¡Haré que lo persigan como el sucio animal que es por toda Avernarium, hasta que los perros lo despedacen y se coman sus entrañas! ¡Conocerá nuevas cotas de dolor nunca antes alcanzadas por ser humano alguno! ¡Se arrepentirá de haber puesto sus repugnantes pies en estas tierras!
Níobe detuvo su inhabitual estallido de rabia, miró durante un instante a su hermana con sorpresa y dejó escapar una larga y sonora carcajada.
Níobe se sentó, cogió uno de los pastelillos y comenzó a mordisquearlo, con toda su atención puesta en su hermana. Nyx no solía ser tan retorcida, y verla manejar así una situación la llenaba de orgullo.
3.8.09
Una de las tres reinas

Bajo las ramas del sauce, mecidas por el viento húmedo, se filtró la luz apagada de la mañana, despertando al Barón, que se revolvió inquieto al sentir el día naciente sobre su cuerpo maltrecho. Se incorporó sobre un codo y comprobó que la zíngara había partido pues faltaba su montura. Siempre igual, pensó, cuando la necesito nunca está y cuando la quiero lejos de mi vista la tengo encima como una gata en invierno. Desentumeciendo aún los músculos, escuchó el relinchar inquieto de un caballo proveniente de la espesura del bosque. Por lo menos espero que traiga el almuerzo, pensó el Barón, mientras observaba el cielo tormentoso. El trote del caballo se detuvo, pareció retroceder y luego avanzar, como si el jinete no dominara el terreno. El Barón se pasó la mano por la cabellera rebelde y tomó su espada.
15.7.09
La línea de la vida
- Parecéis un vagabundo, con esa polvorienta capa y esa barba descuidada, y sin embargo vais pertrechado como un caballero. ¿Robasteis esas armas? En todo caso, no deseo perder el tiempo. Apartad, llevo prisa.
- Mi nombre es Han Von Deck, Barón, y no he escuchado vuestro nombre ni titulo, si observáis este escudo de armas y esta leyenda, tal vez me hablarais con respeto caballero, y os presentarías como es costumbre entre gente elevada.
- Efectivamente, lo reconozco, una casa con hechos gloriosos en el pasado, pero veo que vergonzosamente venida a menos. Que desgracia. ¡Yago, Morgan, arrojad a este necesitado unas monedas para que pueda hincarle el diente a una hogaza de pan!
- Me dirijo a la villa de la princesa Nyx.
- No creo que la princesa Nyx reciba a pordioseros. Vengo de gozar de… de su hospitalidad - giró la cabeza en dirección a las carcajadas de los sirvientes-. La princesa es hermosa y de relajadas costumbres, pero vosotros solo encontraríais lugar en sus cuadras. Vuestro lugar de nacimiento, sin duda.
- Caballero, el que tengo prisa soy yo, y además es una temeridad contrariarme cuando voy a reunirme con una dama. En verdad que os hubiera dejado marchar, ignorando vuestra grosera afrenta, pero… –el Barón empuñó la espada y comenzó a desenvainarla con lentitud- habéis cometido el error funesto de calumniar a una dama, y eso no lo he permitido jamás. Disculparos o rogad por vuestra alma.
Los criados desenvainaron sus armas y flanquearon a su caballero. Este preparó su pica y alzó el escudo. Su tez palideció y adquirió la tonalidad del cielo. El Barón descabalgó, arrojó su escudo al suelo, y susurrando la leyenda con la que sus antepasados habían entrado en combate, avanzó despreocupado hacia el centro del puente. En breves instantes la lucha concluyó. El Barón ensangrentado, alzó la vista de los tres cuerpos que yacían a sus pies, para encontrarse con Armenieta, que traía el espanto en su mirada. Esta actuó con prontitud y arrojó los cuerpos inertes a la corriente del río, envolvió la espada de Von Deck y le cubrió el cuerpo con su capa para llevárselo, junto con las monturas, a la espesura de la vereda.
El Barón permaneció indiferente mientras la zíngara le desnudaba y comprimía los tajos por los que se le iba la sangre. Le vendó las heridas y lavó su rostro y cuerpo. Le recostó, finalmente, sobre un lecho preparado al abrigo de un sauce. La tarde declinaba.
- Acabo de matar a un hombre porque ha ofendido a una mujer. A una mujer a la que tal vez mañana deba asesinar…siento que mi determinación flaquea, que mi espíritu se rebela, que el aliento de la vida se me escapa. Mi hija, la cautiva, mi añorada pequeña, ha sido el gozo más increíble de mi existencia, la maravilla más amada sobre todas las cosas de este bello mundo. Cuando yo no este, Armenieta, debes rescatarla y ponerla bajo la custodia de mi hermano, para que en compañía de sus primas, crezca en el hogar familiar, protegida y feliz. Concédeme este último favor.
La zíngara asintió y le rogó que descansara. Mientras hacía los preparativos para pasar la noche, le informó que la princesa Nyx se hallaba en su residencia y que le sería fácil acceder a ella pues era hospitalaria y le gustaba acoger viajeros y caballeros para que le relataran las historias de sus peripecias y los relatos de las tierras lejanas de las que provenían. Al poco, le preparó un cuenco con caldo elaborado con raíz de plantas curativas y vísceras de animal, para reconfortarlo y cicatrizar las heridas, y se arrebujó junto a su costado, discretamente, como siempre hacía. Se lo acercó a los labios y entre sorbo y sorbo le pasaba un paño humedecido por la frente.
- Armenieta, tu lees la mano y echas la buenaventura a las ignorantes campesinas. Les cuentas una sarta de mentiras bienintencionadas, anuncias bodas con buenos mozos y partos sin complicaciones, todo para obtener alguna moneda…quiero que me leas la mano, antes que la oscuridad lo impida. Y no me mientas. He sentido que cuando me crees dormido, te acomodas sobre mi pecho, me miras en medio de la noche, pasas tú mano por mi barba y tus dedos por mis labios. Si me mientes, a partir de ahora dormirás entre los caballos, las yeguas y los asnos de carga.
- ¡Dadme!...- La muchacha apretó la mano del Barón entre sus pechos y se inclinó sobre ella- Habéis sido muy feliz, habéis gozado de la vida, pero veo ahora una gran pena en vuestra alma, una pena – y levantó sus ojos oscuros para mirar los del hombre- que también se ha posado en vuestra mirada, esta pena es infinita. En esta línea veo una mujer especial, diferente de las demás. Tiene el don de la magia. Esta dama os traerá dolor y recuerdos, pero igualmente placer, debéis de cuidaros de ella por que esta mujer de chica permaneció en el fondo de un lago hermoso y así permanecerá en el fondo de vuestro corazón- Armenieta presionó la palma de la mano de Von Deck contra su seno y sin mirarla continuó con voz tenue- Hay otra línea que se interrumpe de golpe, es la llamada línea de la vida, se corta cerca de aquí.
- Muéstrame esa línea- dijo el Barón mientras sacaba de entre los ropajes una daga corta.
- Es esta, aquí acaba.
- Verás, dulce Armenieta, no quiero contradecirte, pero necesito un poco de tiempo para terminar mi trabajo.
10.6.09
La cicatriz del oprobio
La oscuridad se cernía sobre el bosque septentrional, el de los siete senderos, aunque por encima de las copas de los árboles agitadas por el viento, el cielo aun mantenía una claridad declinante. El viento frío pasaba serpenteando por entre los troncos y el ramaje de las hayas y los robles y descendía agitando los ropajes del Barón Han Von Deck y su fiel Armenieta. El camino había sido largo y desmontaron al pie de una alta peña. La zíngara, mirándole con sus ojos profundos, le interrogó, y se retiró despacio para preparar lumbre y comida. El Barón inconscientemente se rozó con la yema de los dedos la cicatriz que le recorría como un relámpago parte del rostro, descendiendo hasta el cuello. Un recuerdo de sus días de cautiverio y tormento; él aguantó el martirio pero su amada no lo resistió. Quien le prendió y tendió la celada apresó como rehén a su hija y encomendó a Von Deck cometer crimen sobre una de las reinas de Avernarium si quería volverla a recuperar. La herida que le infligieron hubiera sido mortal de necesidad si no hubiera sido por la milagrosa aparición de Armenieta, la misteriosa y la hechicera. Ahora la observaba manejar el cuchillo sobre la piel de una liebre, en cuclillas, fea como una noche de tormenta, pero con un poder que le protegería y auxiliaría en caso de necesidad, él lo sabía. Tenía la certeza de que si Armenieta hubiera surgido antes de caer preso, no le habrían podido causar el daño que le hicieron y la reclusión que padeció.
- Armenieta, en una ocasión observé una de las reinas por el camino del norte, con el cabello castaño al viento, cabalgaba sola, sin séquito, hermosa y arrogante… adelántate esta madrugada, monta el caballo más ligero, búscala, síguela, hazte necesaria a ella, y ven a decirme donde encontrarla. Es la llamada Nyx de las tres hermanas. No te demores…
15.5.09
Viajando a Muitung
Mientras atravesaba los verdes campos de Avernarium iba recordando cómo conoció a Hugo. El Rey Edgar había mandado un mensaje con una paloma mensajera, había encontrado a la Reina Vrila en flagrante adulterio con un soldado llamado Hugo. El hombre era alto y muy apuesto, con el pelo oscuro y unas facciones muy cuadradas. Era uno de los guardias personales del Rey Edgar, así que tenía libertad para moverse por todo el castillo sin dar explicaciones a nadie; y aprovechó esa libertad para mancillar el honor del bueno de Edgar y acostarse con su Reina. Las amenazas fueron claras, ambos admitirían los cargos y morirían rápidamente y con el menor sufrimiento. Hugo fue muy astuto y aprovechó un ataque de nervios e ira de Vrila para ponerse unos calzones y una camisa y salir corriendo, para cuando quisieron comenzar la búsqueda ya había escapado del castillo.
Adara recibió la paloma con el pedido de Edgar, si encontraba a Hugo lo mantendría en las mazmorras de Avernarium hasta que decidiera, con la cabeza fría, cómo deshacerse de él. Aquello había sucedido un par de meses antes, y Adara había cumplido las instrucciones de Edgar confiando en que hallaría una buena recompensa. Pero ahora corría el rumor de que Edgar y Vrila estaban conjurando a los arcanos para que ella quedara en estado. Empezaba a encajar todo el puzzle, y Adara recordó que Hugo le confirmó sus sospechas, Vrila no quedaba encinta porque no quería; la astucia que demostró al trazar su plan maestro era grande, sin duda, pero no tanto como la ambición de las tres hermanas De Avernarium. No encontrarían una oportunidad mejor para llevar a cabo la primera conquista.
Las Tres Reinas enviaron a cien de sus hombres a peinar Avernarium, era necesario que se hicieran con Hugo antes que cualquier otro reino adyacente, puesto que en él estaba el futuro de la Casa de Muitung. Adara no quiso quedarse con sus dos hermanas, y salió a buscar al soldado. Le reconoció nada más verle. Era un hombre de una belleza muy superior a la de la mayoría de los Reyes del Putomundo. Sus manos firmes y su expresión dura dejaban entrever una punzada de miedo y nerviosismo. Adara se acercó a él para preguntarle si se había perdido y por qué llevaba ropas de muitungnés en Avernarium, y Hugo mintió bien. Le dijo que portaba un mensaje de Su Majestad Vrila de Muitung para Sus Majestades de Avernarium, y Adara le pidió que la acompañara al castillo y que permitiera que sus hombres les escoltaran. De no haber sido por la paloma de Edgar, Hugo se hubiera salido con la suya, hubiera entrado al servicio de la Casa De Avernarium y con ello hubiera alcanzado la inmunidad diplomática. Pero Adara estaba al tanto de su plan. Tras ofrecerle una comida digna de reyes y hacer que se bebiera él solo dos jarras del mejor vino blanco de las bodegas, vió sin pizca de asombro cómo el hombre caía inconsciente sobre la mesa. Ordenó que lo encerraran en las mazmorras y que tuvieran mucho cuidado con él, era un hombre astuto e inteligente.
Adara recordaba aquel día con total claridad. Poco antes de capturar a Hugo reparó en un caballero ricamente ataviado, cuya faz quedaba en penumbra debido a la gran capucha encarnada con que se tocaba. Su figura emanaba autoridad, y a la vez una distante cortesía. No le dió mayor importancia, dado que no conocía el apellido de aquel caballero. Lo que no podía alejar de su mente era la voz del hombre, de un tono grave y penetrante, ligeramente cantarina. Además recordaba con total claridad sus ojos, la forma en que la miraba no era normal. Había un velo que ocultaba la verdad sobre el dueño de aquellos ojos tristes. Pero su prioridad era dar caza a Hugo, y no podía detenerse por más curiosidad que despertara en ella un simple viajero con ínfulas de grandeza.
Cuando Adara se dispuso a buscar una posada en la que pasar la noche, volvió a ver salir del establecimiento al mismo caballero que había despertado su curiosidad unas horas antes. Se sintió un poco extraña, puesto que tuvo la sensación de que aquel hombre buscaba algo de ella. Sin embargo, Adara no tenía tiempo de andarse con tonterías, así que se sentó a descansar en una tasca, con una jarra de cerveza aguada. Así esperó un rato, hasta perder de vista al hombre, tenía que estar segura de que nadie la seguía cuando llevara a cabo la transformación.
La noche empezó a caer, la Reina se alejó un poco del poblado, y una vez hubo comprobado que estaba sola, tomó las pociones de transformación. Acudió a una posada que había seleccionado durante su visita al pueblo y se hospedó en ella. Usó el nombre del jefe de su guardia personal, que se correspondía perfectamente con su aspecto de hombre atlético y diestro con las armas, y se fue a dormir. Por delante tenía un largo camino y un reino que conquistar. Detrás quedaban sus hermanas cuidando de que en Avernarium no sucediera nada desagradable.