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28.8.09

La leyenda

12/Decimus/año MDXXXVIII después del Año de los Infortunios
Estación de las hojas caídas.
La Posada de los Puntos Cardinales, Seber Este. En la Ruta del Camino del Este, a diez leguas de la frontera con Shult.

Edaris de Shult ocupaba la Habitación Grande, la habitación más amplia y bonita de toda la posada. Seber Este era una gran ciudad, la última ciudad realmente grande antes de la frontera este de Avernarium. Era un importante núcleo donde se trenzaban varias rutas comerciales, siendo la más importante la Ruta del Este, que discurría por el Camino con el mismo nombre. La posada de los Puntos Cardinales, donde se hospedaba, era famosa por sus lujos insólitos. Cinco de las doce habitaciones disfrutaban de una bañera, y para el resto de los clientes había un baño común en la planta baja, lo cual ya era sin duda un lujo excéntrico.
Terminó su opípara cena en compañía de su consejero y su hermano. Los tres habían decidido comer en la habitación para poder mantener una conversación en la intimidad.

-En un par de días llegaremos a casa -dijo Briye - el joven de rasgos algo aniñados.
-¿Tienes ganas de llegar?
- Sí. Avernarium es hermoso a su manera, pero echo de menos Shult.
- Pues no creas que vas a descansar. Hay demasiados preparativos que hacer.
- Me sorprende tanto todo esto... -dijo Briye con gesto inocente.
- ¿El qué? -preguntó su hermano.
- Que una mujer quiera soportarte... no sé, es increíble -el joven dejó escapar una carcajada, y Rivas se unió a su risa.
- Vaya, vaya -Edaris fingió indignarse- ¿A qué huele? ¿Es eso la peste de los celos?
- No, querido hermano, eres tú. Te hace falta un baño -Briye siguió riendo, y Edaris no pudo evitar unirse a él.
Cuando consiguieron tranquilizarse, Rivas sacó un pergamino.
- Tenemos, efectivamente, muchos preparativos por delante. Y yo tengo que comprarle un presente de bodas a la novia, he pensado que una mujer tan inhabitual como esa encontraría entretenida la cetrería. ¿Un milano sería de su agrado?
- Tienes razón en que Níobe parece diseñada para cazar - Edaris permaneció un instante en silencio, contemplando toda la extensión de esa afirmación, y en qué situación le dejaba a él-, pero no admitirá practicar la cetrería con un animal menor. Como mínimo un halcón, aunque en cuanto aprenda a manejarse, sin duda exigirá un águila.
- No podrá levantar semejante peso -contestó Briye.
- Lo hará -dijo Rivas, categórico-. No subestimes a esa mujer, Briye. Podrías llevarte un disgusto.
- Hablas como si mi hermano se fuera a casar con un lobo en vez de con una mujer- se rió.
- ¿Y tú, qué le regalarás? -preguntó Edaris -. No quisiera que te disgustases, perono creo que a Níobe le gusten los habituales presentes para las novias shultes.
Briye sonrió.
- Ya lo he intuído. Precisamente por eso he comprado su regalo de bodas aquí, en Seber Este. En Avernarium han de conocer los gustos de sus gobernantes mejor que los extranjeros.
- ¿Sí? ¿Y qué te ha dicho Avernarium que desea su reina Níobe? - sonrió burlón Rivas, convencido de que cualquier comerciante le habría asegurado cualquier idea peregrina con tal de conseguir una venta.
- Libros. No te rías, Consejero -Briye fingió indignarse-, en estas tierras respetan mucho a sus gobernantes. Incluso diría que les... temen -frunció la nariz con disgusto-. Eso es lamentable, pero en todo caso me ha resultado útil: ha sido nombrar que el presente sería para su Reina y los tres paseantes a los que pregunté me remitieron directamente a la Escribanía de Leroy y Dacha.
- ¿Leroy y Dacha?
- Un matrimonio de maestros escribanos que viven en la calle Mayor. Fabrican y venden auténticas obras de arte, Rivas, a tí te hubiera encantado. Desde libros hasta ornamentadas plumas de faisán con baños en metales preciosos, tinteros de cristal tallado, lacre perfumado... una maravilla. El regalo... bueno, vale su peso en oro, literalmente, pero merecerá la pena.
- ¿Y de qué se trata ?
- Un libro de leyendas rennianas redactado por una antigua escriba avernaresa que viajó por todo el continente recogiendo las tradiciones de su pueblo. Ekaterina de las Nanas, la llamaban; al parecer compuso muchas canciones populares.

Briye se levantó y salió de la sala, volvió a los pocos instantes con un voluminoso tomo entre las manos. Estaba encuadernado en cuero teñido de negro, y los remaches y las cerraduras estaban labrados en oro y ornamentados con pequeños zafiros.

- Vaya - Rivas dejó escapar un suspiro de admiración-. He de reconocer, joven Briye, que tienes un gusto excelente. Si el contenido es la mitad de hermoso que el exterior, será un presente soberbio.
- Te aseguro que sí, Rivas -asintió el muchacho-. Lo he hojeado, y narra historias que ni yo conocía.
- Recuerdo - sonrió Edaris - cuando Briye y yo éramos pequeños y pasábamos las horas muertas escuchándote contar leyendas.
- Hace mucho de eso, mi señor -sonrió Rivas-. Pero fueron buenos tiempos.

Hace mucho, mucho tiempo, existía una Orden de Caballería conocida como Las Espadas Albas. En sus filas ingresaban los más nobles y desinteresados de todos los caballeros del Reino, y eran requeridos para acometer gestas y deshacer entuertos por todo el continente. No había mayor logro para un caballero que ser aceptado en Las Espadas Albas, ni mayor honor que morir en sus filas cumpliendo con su deber.
El más noble y valiente de todas las Espadas Albas fue Sir Gerwad el Silencioso, del que se decía que jamás fue vencido en justo combate. Sir Gerwad se ganó ese sobrenombre debido a un voto de silencio, pues aunque era el más admirado de todos sus compañeros, hubo una batalla que fue incapaz de ganar: durante toda su vida ansió el corazón de una mujer y jamás consiguió su objetivo.
Esta mujer era una dama de noble alcurnia llamada Lirio. Lirio era hermosa como un amanecer, pero era ciega de nacimiento. Aunque sus ojos brillaban con indecible belleza, jamás vieron nada que no fueran sombras. La hermosura de sus ojos era tal que los juglares dedicaban cantares a esos dos brillantes orbes; se decía que nadie había conseguido averiguar su color: ni eran del color del carbón, ni de los ópalos, ni de los zafiros, quizá fuera ninguno o tal vez fueran todos a la vez.

En su madurez, Lord Oswald Camethforth se hizo cargo de un joven y prometedor escudero llamado Gerwad. Dos años después, la esposa de Oswald murió dando a luz a su única hija, una hermosa muchacha a la que puso el nombre de las flores favoritas de su difunta madre, cuyo jardín de lirios era famoso en todo el lugar. Lord Oswald jamás superó la pérdida, y cuidó de la joven como oro en paño. Gerward el escudero creció a la vera de Lirio, cuidando de la niña como de una hermana. Finalmente el escudero se convirtió en caballero y Lord Oswald lo dejó partir en busca de aventuras con todo el dolor de su corazón, pues había llegado a quererlo como a un hijo.

Sir Gerwad marchó del hogar de su señor para recorrer el continente, y su valía y temple fueron tales que lo invitaron a unirse a las Espadas Albas; con sólo veintitrés inviernos se convirtió en el caballero más joven de la orden en toda su historia. Sin embargo, la buena nueva se vio empañada por un terrible acontecimiento: el mismo día que entró a formar parte de la noble orden, recibió una misiva: Lord Oswald estaba en su lecho de muerte y solicitaba su presencia.
Sir Gerwad partió raudo al instante hacia el castillo que había llegado a considerar su hogar, y llegó a medianoche. De inmediato le condujeron a los aposentos de Lord Oswald, el cual yacía en el lecho con el rostro consumido por la enfermedad. A su lado la frágil figura de Lirio, velada de negro como una viuda, sujetaba la mano de su anciano padre mientras la vida se escapaba de su lado.
- Señor -dijo Sir Gerwad arrodillándose junto a la cama de su maestro- Venceréis esta batalla como tantas otra veces hicisteis.
- Hijo mío - contestó el anciano-. Veo el dulce rostro de la muerte acercándose. El fin de mis días está pronto, ¿quién cuidará de mi pequeña? -dijo, apretando la mano de Lirio. Y la muchacha rompió a llorar-. Quiero que me prometas que cuidarás de mi mayor tesoro como si fuera tu propia hermana, y que como hermano velarás por su felicidad.
- Con ella he crecido, es mi hermana en mi corazón -contestó Sir Gerwad-.Protegeré su honor como si fuera mío, comerá a mi mesa como si fuera la suya, y cualquier cosa que yo posea o haga será tan suya como mía.
Lord Oswald sonrió, feliz, y expiró. La joven Lirio rompió a llorar sobre el cuerpo exánime de su padre. Sir Gerwad intentó consolarla y la abrazó, y al hacerlo olió su aroma y rozó su piel, y fue como una lápida sobre su alma, porque supo que jamás podría quererla como a una hermana y que incumpliría la palabra dada a su difunto maestro deseándola como otra cosa. Cuando Lirio se retiró el velo para secarse las lágrimas, la bella tristeza de su rostro fue como una puñalada en el corazón de Sir Gerwad. Y desde ese momento la arrebatadora hermosura de sus ojos lo persiguió como un fantasma hasta el fin de sus días.

Durante un año de luto permaneció en el Castillo Camethforth, velando a Lirio. Ella hablaba muy poco desde la muerte de su padre, pero pese a su juventud se instruía mucho, pues varias de sus doncellas le leían según sus deseos. Una noche fue a Sir Gerwad y le dijo:
- Señor, tengo dieciséis años. Sé que ningún caballero consideraría siquiera tomar como esposa a una ciega, pero tengo el deber de prolongar el linaje de mi padre. Como él me dejó a vuestro cuidado, es a vos a quien tengo que pedir que encuentre un digno heredero de la sangre de mis antepasados. Sé que es una tarea muy difícil debido a la oscuridad de mis ojos, pero los terrenos de Camethforth son ricos y abundantes. Quizá podríais hallar a alguien que estuviera dispuesto a cargar conmigo para conseguir las riquezas de mi dote.
Tales palabras pesaron el el espíritu de Sir Gerwad más que cualquier otra cosa, pues en calidad de hermano de la dama tendría que entregarla a otro. Lloró en silencio, y la ciega Lirio no pudo ver sus lágrimas. Tomó la mano de la doncella y dijo:
- Os prometo que encontraré a alguien digno de vos.
Grabó en sus retinas la dulce mirada de la ciega, la dolorosa belleza de sus ojos. Y con el alma apuñalada, partió.

Pasó años y años recorriendo el continente en busca de un caballero digno de la hermosa Lirio, pero a sus ojos, ninguno era tan meritorio. En completo silencio pasó esos años, como castigo autoimpuesto por haber permanecido callado cuando debió haber pedido la mano de Lirio. Durante sus andanzas, la fama de sus hazañas fue tal que su nombre era conocido por los confines de la tierra. Pasó diez años de búsqueda infructuosa, y aunque eran muchos los que deseaban la mano de la doncella, él se negó a entregársela a ninguno. Finalmente, acosado por el recuerdo de aquellos ojos, decidió volver a Camethforth y confesar sus sentimientos a la muchacha, pero cuando llegó encontró el lugar teñido de luto, y la única música que sonaba eran los gritos de las plañideras. Con el alma en vilo subió a los aposentos de Lirio, solo para encontrar a la doncella muerta yaciendo en su lecho entre las flores que le daban nombre. Sus damas de compañía habían limpiado y acicalado el cadáver, pero las marcas de la suicida adornaban sus muñecas, y en una mano apretaba un pergamino aún manchado de sangre húmeda. Destrozado, Sir Gerwad cogió la misiva y la leyó.

Mi muy amado sir Gerwad:
Habéis sido para mí más que un hermano, habéis sido mi guardián y toda mi familia. Jamás os hubiera importunado en vida con los deseos de una ciega, pues conozco la nobleza de vuestro corazón y sé que hubiérais hecho cualquier cosa para satisfacer mis deseos, pero ahora que ya no será una carga para vos puedo deciros que os amo. Vuestra voz ha sido para mí un consuelo maravilloso, y lo único que lamento es el no poder saber cómo era vuestro rostro.
El testamento de mi padre establece que si muero sin descendencia, los bienes de los Camethforth pasarán a vos. Os embarqué en la inútil empresa de buscar un esposo para mí, y ya es hora que os libere de semejante despropósito y os permita continuar con vuestra vida. Espero que seáis muy feliz con quienquiera que escojáis para compartir vuestros días, y solo he de pediros que no os olvidéis de cuidar los lirios de mi madre.
Al terminar de leer la carta, Sir Gerwad cayó de rodillas junto al cuerpo. El aullido de dolor que lanzó se escuchó a lo largo y ancho del país, y un viento helado recorrió Camethforth.
Esa misma noche, el castillo ardió hasta los cimientos. Y Sir Gerwad desapareció.

Desde entonces, una sombra recorre las tierras de Camethforth, un caballero de blanca armadura y mirada desesperada busca en vano aquellos ojos de indefinida oscuridad. Una vez cada pocas décadas encuentra a alguna dama que tiene en su mirada los iris de Lirio, y la arrebata dejando en su cama una de las flores blancas que dieron su nombre a aquella muerta hace siglos.
A ninguna de ellas jamás se las ha vuelto a ver. Tal vez sean ciertas las voces que dicen que el caballero vendió su alma al diablo para poder buscar a aquella que en sus ojos reencarne la mirada de Lirio, y que cuando encuentre una mirada exactamente igual a la de la joven doncella, comprará con su alma la vida de Lirio.



Briye terminó la lectura, fascinado.
- Esta es la leyenda que más me gusta de todo el libro -dijo, rompiendo en silencio.
- Desde luego merece la pena hasta la última moneda -Edaris tenía los ojos llororos-, jamás había oído una historia tan bella ni tan terrible.
-Sabía que en la frontera entre Shult y Erén existe la leyenda de un Caballero Errante que busca a una mujer con los ojos de la noche, pero desconocía por completo la historia original - dijo Rivas-. Ha sido una historia conmovedora.
- Desde luego. Y es curioso, ¿sabéis? Compré este tomo en concreto porque... bueno, sé que los ojos de la Reina Níobe son oscuros, eso es evidente... pero no sé de qué color son - sonrió a modo de disculpa.
- ¿Que no sabes de qué color son? -se extrañó Rivas.
- Ya, bueno -Briye sonrió-, solo he estado a solas con ella un par de veces, y no había mucha luz. Unas veces me parecían del castaño más oscuro, otras del azul negro del fondo del mar...
- Son negros -dijo Edaris, al tiempo que Rivas decía:
- Son opalinos.
- ¿Color ópalo? - Edaris negó-. No, si acaso tienen matices ligeramente... como el azul de medianoche.
- No, señor, recuerdo que cuando llevaba aquel collar de ópalos pensé que hacía juego con sus ojos- insistió Rivas.
- Los he visto brillar como zafiros -repitió Edaris-. Aunque a veces parecen negros, pero sospecho que haya de ser un juego de la luz.
Los tres se miraron entre sí. Luego Briye carraspeó.
- Bueno, esto no deja de ser solo una leyenda, ¿no es así?

31.7.09

El presente del rey Genar

El sonido musical y potente de los clarines anunció la llegada del emisario del Rey Genar. La etiqueta exigía que a un emisario real había de recibirle en el salón del trono, y Níobe siempre conservaba las formas. Siempre. El salón estaba engalanado con pendones que ostentaban la hidra de tres cabezas bordada con las más finas sedas. Níobe estaba sola; los tronos de sus hermanas permanecían vacíos. Tras ella, a pocos pasos, media docena de hombres de su Guardia permanecían atentos y preparados, como siempre. Una reina como Níobe solía procurarles trabajo.
El cortejo de Shult ocupaba el lado derecho del salón. Edaris, Briye y Rivas acomodados en ornamentados asientos y enmarcados por media docena de impecables caballeros shultes.

El mensajero se adelantó. Era un hombre joven, con la delgada y fibrosa complexión de un malabarista. Tras él había al menos una decena de juglares y músicos, y otra docena de pajes llevando cajas ricamente ornamentadas. Detrás del todo, junto a la puerta, permanecía una guardia muy numerosa. Llegarían fácilmente a la veintena de hombres.

- Permitid que me presente, mi hermosa señora -dijo con el exótico y musical acento de los isleños-. Me llamo Jared, y soy miembro de la muy conocida familia de juglares reales de las Islas. Como practicante de las más bellas artes de mi tierra, mi dueño me envía a vos para trasnmitirle sus pensamientos. Magnífica majestad, mi señor os envía este presente. Es su soberana voluntad que escuchéis la música de su bello reino.

Los trovadores comenzaron a cantar, llenando el salón con su música. Interpretaron varios cantares de las islas con un increíble domino de sus artes, pero Níobe detestaba a los juglares casi más que a cualquier cosa. Sin embargo, formaba parte del presente del rey Genar, y como tal debía aceptarlo. con un gesto de amabilidad en el rostro. Bufones y malabaristas acompañaron las músicas con alegres juegos con fuego, pelotas de colores, aros... Los pajes avanzaron hacia Níobe y, a una distancia prudencial, fueron dejando los cofres abiertos que mostraban en su interior las más variadas joyas y adornos.
Finalmente terminaron las canciones, y Jared avanzó de nuevo, esta vez con un tono ligeramene burlón.

- Su Majestad el rey Genar lamenta en lo más profundo de su corazón que hayáis aceptado bajo vuestro techo y aspirante a vuestra mano a alguien de sangre tan inferior a la realeza como meramente un conde. Cree que vos, que sois una mujer inteligente, seréis capaz de razonar y daros cuenta de lo grave de vuestro error. Que la sangre real sólo ha de dormir con sangre real, señora, y hacer otra cosa es deshonra.

Níobe se acercó la copa de vino a los labios pero no dijo nada. Los habitantes de las Islas eran conocidos por su afición a las chanzas y a las burlas, y por un sentido del humor que muchas veces sólo comprendían ellos. Podía ver malicia en sus palabras, sin duda, pero prefirió esperar. Genar era un imbécil de trece años, un niño mimado que tarde o temprano terminaría con el puñal de uno de sus consejeros entre los omóplatos si no cambiaba. eEa probable que hubiera considerado un insulto el tener que competir con un mero Conde por algo a lo que probablemente creía tener derecho.

Los shultes se miraron entre sí, disgustados por las palabras del mensajero. Por supeusto, si la situación hubiera sido otra, ahora mismo estarían haciendo uso del derecho de defender su honor, pero eran invitados e casa ajena. Y si la dueña de la casa no decía nada, ellos, por etiqueta, debían permanecer en silencio.

- ¡Qué osadía! -susurrró Edaris al oído del Consejero Rivas- Si estuviéramos el Shult, ahora mismo...
- Pero no lo estamos, señor -el anciano trató de calmarle, también en voz baja-. Tranquilizáos y dejad esto en manos de nuestra anfitriona.
- Hete aquí que todos gozamos de la belleza de Su majestad - comenzó a canturrear el Jared, divertido. Recitaba un verso y arrancaba aunas pocas notas al laúd, como si improvisase, paseando de un lado a otro-. Pudiéramos gozar de otras cosas si nos lo permitiera, ¿no es verdad?

Níobe enarcó una ceja.

- En lo lejano de nuestras tierras es conocida la Reina de Hielo llamada; de hielo serán sus ojos, más yo diría que bajo las faldas anda acalorada.

Los isleños estallaron en risas sofocadas. Gael se abalanzó hacia el frente, con la mano sobre la empuñadura de la espada, pero Níobe lo detuvo con un gesto. Jared lo vió e hizo una reverencia aún más burlona.

- ¡Ah, señora, vuestra guardia se enfuerece! Le darán a mis palabras más crédito del que merecen -hizo una acrobacia sin dejar de tañir el laúd- Y no es de recibo que me miren tan mal... ¿no sois vos la Reina cuyo puñal -se cambió el instrumento de mano- es más calído que sus besos? Así se cuenta; pero señora, no os lo toméis como una afrenta. No es mi boca de plebeyo quien lo puede atestiguar, aunque digan que hacerlo pueden mil y un millar... -saltó sobre el pedestal de una estatua que representaba un león-. ¡Reina de hielo, cuyos besos son más helados que una puñalada en el corazón! Eso dicen, mi señora, todos los que por vuestra mirada perdieron la razón; y no son pocos, como pocos no son - se sentó a horcajadas sobre el animal - quienes conocieron más vuestras faldas que vuestro corazón!


Con una voltereta espectacular saltó de la estatua y cayó en el suelo, sin perder la sonrisa burlesca e irreverente. La guardia de la reina estaba en completa tensión, esperando un gesto para lanzarse a decapitar a semejante deslenguado, pero Níobe estaba tranquila y no parecía tener ninguna intención de ordenarles nada.

- Así, mi señora - dijo el trovador con su hermosa y aterciopelada voz-, el rey Genar os envía el sano presente del sentido del humor. Espera que lo aceptéis y lo encontréis útil.

Níobe sonrió. Una sonrisa franca, brillante. Se puso en pie e, ignorando las joyas de los cofres, se acercó al juglar. En el salón sólo se óía el susurro del su vestido de seda marfileña, destellando suavemente a la luz de las velas.

- Cuán valioso presente, juglar, y cuán difícil será corresponderle. Pero por lo pronto, tengo algo que tal vez sirva: os entregaré sabiduría. No debéis hablar sin saber, decidle a vuestro señor. Y para que vos seáis más sabio y no habléis sin saber, he aquí que os ofrezco un beso, y vos diréis si es helado.

Se inclinó ante el juglar y depositó un suave beso en su boca. Jared se quedó petrificado. Níobe oyó claramente revolverse a los cortesanos de Shult, escandalizados.

- Yo... Mi señora... Vuestros labios son como el rocío...- sonrió con éxtasis cuando ella se separó.

Níobe dejó escapar una risa burlona e ignoró el comentario.

- Y para ser más sabio todavía, necesitaréis la puñalada con la que comparar mi beso.

Con un solo gesto invocó un carámbano de hielo en su mano derecha y atravesó con él el pecho de Jared, que se quedó unos instantes quieto, mirándola con espanto. Luego bajó los ojos al trozo de hielo hundido entre sus costillas y con un gemido apagado, se desplomó.

En el salón se había hecho un silencio espectral. Níobe dedicó una mirada amable al resto de trovadores, mientras un charco de sangre roja oscura crecía alrededor del cuerpo inerte del juglar agonizante. Una brillante salpicadura de la sangre del juglar cruzaba ahora la marfileña seda de su corsé, trémulamente reflejando la luz de las velas, como si fueran rubíes engarzados.

- ¿Alguno tiene algo más que decirme?

Los soldados de los isleños desenvainaron las espadas y se pusieron en guardia alrededor de la comitiva de pajes y juglares.

1.6.09

Edaris de Shult


Exactamente veinticinco días después de la partida de Briye de Shult, treinta y tres hombres entraron en el Castillo de Avernarium. Treinta iban acorazados en armaduras tan impecables que reflejaban el sol de la mañana como si fueran espejos. Los otros tres vestían armaduras ceremoniales: Briye de Shult -el hermano menor del Conde-, Rivas de Shult -la cabeza del Consejo del Condado-, y Edaris de Shult, el Conde.
En el patio de armas esperaba la guardia personal de la reina Níobe, uniformados de gala. Sus armaduras negras contrastaban de modo siniestro con las relucientes corazas de los shultes. Los oscuros pendones con el escudo de Avernarium ondeaban bajo la suave brisa. El capitán Gael y el teniente Der escoltaban a Níobe con gesto impasible.

La Reina había puesto especial cuidado en la primera impresión de Edaris. Todo el patio de armas había sido barrido y limpiado hasta la saciedad, y su guardia personal estaba, a falta de una palabra mejor, impecable. Doce pajes aguardaban, cautelosos, a que se les diera la orden de escoltar a los visitantes a sus aposentos, los cuales estaban situados hacia unas vistas magníficas. La tardía comida -era pasada más de la media tarde- estaba siendo ya servida, una infinidad de delicadezas gastronómicas regadas con los caldos más delicados.
Incluso se había tomado la molestia de esperar que Nyx accediera a aparecer en la recepción. Había mandado confeccionar un hermoso vestido púrpura para ella, vestido que ahora mismo estaría muriéndose de risa en su dormitorio. Su propia ropa, de un blanco inmaculado, había sido escogida especialmente para la ocasión. En el cuello llevaba la gargantilla de rubíes regalo del Conde, y se había hecho recoger el cabello en un velo, a la manera de las mujeres de Shult.

Los recién llegados descabalgaron con un sonido metálico. La guardia de Shult formó casi automáticamente, escoltando a sus tres señores. Níobe les observó con curiosidad.
Rivas de Shult era un anciano. Su cabello escaso y cano acentuaba más aún su aspecto envejecido. En la túnica verde, sobre el pecho, llevaba bordado el escudo de su patria. En las manos portaba un cofre de madera tallada. Avanzó el primero hasta llegar frente a la reina Níobe.
- Majestad -dijo con voz cascada, haciendo una leve reverencia-. Mi nombre es Rivas de Shult, y he sido escogido por el Consejo para representarles. Es un honor poder contemplaros al fin -por muy anciano que fuese un shulte, llevaban la galantería en la sangre-, vuestros ojos son tan hermosos como el joven Briye prometió.
- El placer es mío, Consejero -contestó Níobe, complaciente, y le devolvió la reverencia-. Espero que el viaje no se os haya hecho excesivamente pesado. Los pasos de las montañas pueden ser terribles -añadió amablemente-. ¿Deseáis que mande que os traigan un asiento, señor?
- No será necesario -el hombre negó con la cabeza, obviamente complacido por la preocupación que Níobe fingía-. Aunque soy muy anciano aún puedo cabalgar unas cuantas leguas -carraspeó-. En todo caso, acudo aquí como escolta de mi señor como manda la tradición de mi tierra. Os traigo, señora, un presente del pueblo de Shult -le ofreció el cofrecillo.
Uno de los pajes se adelantó, eficiente, y recogió el cofre de manos del anciano para acercarlo a la Reina.
- Asimismo -Rivas no esperó a que ella abriera el regalo- es mi deber presentaros al Conde Edaris de Shult, a quien los dioses quieran que tengáis a bien concederle vuestra mano.
El Conde avanzó hacia Níobe, y ella pudo verle bien por primera vez. Era un hombre hermoso, sin duda, aunque carecía del atractivo animal de Gael. Como casi todos los shultes, Edaris era rubio, de un rubio tan claro que bajo un sol muy intenso su cabello parecía blanco. Níobe pensó vagamente en Gael desnudo, en su cabello negro y en sus ojos azabache, estremecedoramente oscuros como dos abismos sin fondo. Los ojos de Edaris eran sorprendentemente verdes, de un verde extraño y luminoso, llamativo. Se acercó a ella acompañado por el tintinear de su armadura ceremonial -las placas de metal estaban tan cuajadas de arabescos en oro que apenas se veía el acero- e hizo una reverencia a todas luces perfecta.
- Majestad, cuando mi bienamado hermano regresó con vuestra invitación apenas podía creer mi suerte. La fortuna hubo de sonreírme cuando nací, pues de otro modo me resulta imposible creer que estuviera destinado a compartir el mismo sol que vos hoy. Permitidme besar vuestra mano y seré plenamente dichoso.
Níobe apenas dedicó una mirada de refilón a Gael, pero fue suficiente para ver su gesto desabrido. Estaba rojo de ira, las mandíbulas tensas y los músculos agarrotados. Dispuesta a aprovechar la situación para ganarse a Edaris y para enseñarle modales al capitán, sonrió tímidamente - Si Nyx estuviera aquí, al menos alguien apreciaría mi interpretación, pensó- y extendió hacia él una mano larga de dedos finos, en cuyo anular destacaba el sello real de Avernarium.
- Señor, bienvenido a mi hogar. Espero que vuestra estancia aquí os sea grata.
- Si cuento con vuestra compañía, sin duda lo será - Edaris besó suavemente el dorso de su mano-. Realmente el Consejero Rivas ha dicho la verdad: con la luz de vuestra mirada podría iluminarse la vida de un hombre hasta el fin de sus días.
Ella imaginó el gesto de Gael y tuvo que contenerse para no sonreír, burlona. Si se giraba y le miraba, le encontraría apretando los dientes, comido por la rabia y la impotencia.
Nyx, te estás perdiendo lo más divertido de la visita.
- Mi dama, ruego abráis el presente que os manda mi pueblo, el cual está deseoso de que decidáis formar parte de él.
Los apicultores de Shult eran famosos por la extraordinaria dulzura de sus mieles, un frasco de pura miel de allí podía costar el triple que cualquier otra. Dentro de la hermosa caja de madera tallada había un panal, sí, pero labrado en oro y tachonado de rubíes allí donde deberían estar las celdillas. Una carísima pieza de orfebrería.
- Sin duda el pueblo de Shult es generoso -sonrió Níobe-. Y sus artesanos hábiles -entregó la caja al paje-. Este hermoso presente alegra mi corazón. Quieran los dioses que pueda corresponder al pueblo de Shult como se merece.
Nyx salió al patio, intentando no hacerlo corriendo como solía. Vestía un elegante vestido de seda salvaje púrpura con encajes beige en puños y escote. En el cuello lucía una extraña pero excepcional gema del mismo tono del vestido, a juego con unos minúsculos pendientes en forma de óvalos, que adornaban delicadamente los pálidos lóbulos de sus orejas. En su pelo, las doncellas habían conseguido hacer una verdadera obra de arte a la hora de diseñar un hermoso recogido, tocado con velos de encaje del mismo tono que los puños y el escote del vestido. La joven Reina sonrió dulcemente a los presentes y se acercó hasta ellos. Sus ojos mostraron candidez mientras se disculpaba:
- Oh, señores míos... - dijo pensando que el vestido le apretaba, y deseando que todo aquello acabara pronto para deshacerse de él - disculpen mi tardanza, se lo ruego. Tenía asuntos que requerían mi presencia, ruego sepan perdonarme -
Níobe la dedicó una breve mirada.
- Entremos, señores -pidió a los recién llegados, y de dos zancadas se plantó al lado de su hermana y la cogió del brazo, sin dejar de sonreír.- ¿Dónde estabas? -susurró en un reproche- Te dije que vendrían hoy.
- Me quedé dormida junto al lago mientras leía, hermana. - dijo Nyx en un susurro - ¿Me he perdido algo emocionante? - ironizó.
- Si te gustan las peleas de lobos, sí. Tendrías que ver la cara de Gael -sus voces eran un murmullo acallado por el sonido de las armaduras y de las conversaciones de sus invitados.
- Por favor... - Nyx puso los ojos en blanco - ¿y qué me dices de estos pobres pececillos? - preguntó entre dientes.
- ¿Pobres pececillos? ¿A qué te refieres? El Conde es un hombre versado en política.
Nyx dejó escapar una risa traviesa y miró hacia los hombres que caminaban dignamente delante de ellas.
- Son unos pobres incautos que no saben donde se meten - miró a su hermana - me encanta cuando finges ingenuidad, hermana...
- Por favor, querida -Níobe habló con toda seriedad, sólo una chispa de burla en su mirada-, probablemente estás hablando de mi futuro marido.
Mientras las reinas caminaban presurosas susurrándose confidencias, el Consejero hacía lo propio con el Conde.
- Sé que os disgusta, hijo, pero ya hemos hablado de ello. Incluso aceptar el lugar del rey consorte de un tercio de este país os convertiría en el hombre más rico y poderoso de Putomundo y eso es beneficioso para vuestro pueblo.
- Me niego a estar por debajo de mi esposa -masculló Edaris-. Si ella es mi duquesa con todos los derechos, justo es lo recíproco.
- ¿Preferís acaso ser esposo con todos los derechos de un reino infinitamente más pobre? Vuestro orgullo tal vez. Vuestro pueblo no -añadió el anciano, severamente.
- Ya tolero basantes excentricidades aceptando esa cláusula del regalo de bodas -Edaris suspiró-. No voy a negar que es adorable y deliciosamente romántico, pero aún así...
- La joven Reina ha estudiado nuestra historia con cuidado. Conoce las debilidades de nuestro pueblo, ¿no negaréis vos que demasiadas de nuestras duquesas fueron viudas antes de tiempo? Es normal que se preocupe por vuestro bienestar. Ella no es shulte, y si ha de elegir entre vuestra vida y vuestro honor, comprendo que desee lo primero.
- Mi padre decía -comentó Edaris-, que las mujeres no entienden de honor. Si en efecto tenía razón, éste es un claro ejemplo.
- Por supuesto, mi señor -asintió el consejero-. Vuestro padre, que siempre descanse en la Luz, era un hombre muy perspicaz.
Caminaban despacio, distanciándose ligeramente de las Reinas, pero sin que ello significase una falta al decoro y el protocolo.
- Estoy dispuesto a aceptar que una mujer -dijo el Conde-, ponga delante de su honor el romanticismo, pero no voy a aceptar que haga lo propio con el mío.
- Mi señor, reconsiderad vuestra opinión, los erenianos...
- Sí, ya lo sé -siseó el noble, cortando el comentario de su consejero con un ademán de la mano-. Esos bastardos siguen desplazando tropas por la margen izquierda del río Ghat.
- Eso se podría considerar una provocación, Excelencia.
- Sí, sí... -Edaris suspiró-. Mi honor o mi pueblo. Difícil disquisición.
- Vuestro padre -cuchicheó el consejero Rivas- lo habría tenido muy claro: el bien del pueblo debe prevalecer sobre el del individuo, aunque éste sea el Conde de Shult.
- Tienes razón, mi buen Rivas -asintió-. Aconsejaste bien a mi padre, y lo mismo a mí.
- Me honráis, joven Edaris -contestó el consejero, inclinando la cabeza-. Aunque yo sólo velo por el bien de Shult.
- Que es lo primero, sí. Gracias, amigo mío -le felicitó el Conde con una sonora palmada en la espalda.
- De nada mi señor. Entonces, ¿accederéis...?
- Sí, Rivas. Shult me necesita en esta hora aciaga.

28.4.09

La gargantilla de Shult

Níobe lanzó otra mirada a su escritorio: la carta con el escudo de Alysium delicadamente miniado casi parecía observarla.
Una propuesta de matrimonio objetivamente inmejorable. La isla de Alysium era prácticamente paradisíaca, y, en términos económicos, su abundantísima producción de perlas, metales preciosos y gemas era un factor muy a tener en cuenta por alguien que iba a iniciar una guerra.

A su lado, el presente del condado de Shult, traído de la misma mano del hermano del Conde hacía dos días. Los shultes ocupaban una docena de habitaciones entre pajes, caballeros y demás parafernalia. El Condado de Shult era conocido en todo Putomundo por ser insoportablemente honorables, leales y caballerosos; el Conde había enviado a su bienamado hermano menor a escoltar el presente con el que solicitaba no ya la mano de Níobe, sino simplemente una audiencia.

Abrió la caja. Una gargantilla de rubíes de Shult de fascinante belleza. Los rubíes de Shult eran envidiados en todo el Putomundo por su pureza y tamaño inigualables, se decía de ellos que eran tan hermosos como el corazón de una doncella enamorada. Níobe pensaba que eso eran cursiladas, pero aún así la joya era impresionante, mucho más teniendo en cuenta que sólo era un presente para solicitar una audiencia.
El Rey Genar de Alysium no había sido tan considerado: un niñato ególatra y presuntuoso que apenas alcanzaba a atarse las calzas, pensó Níobe. Por el tono de la carta, o su Chambelán era inepto hasta la saciedad o el muy pelele de Genar la había redactado él mismo.
Sin embargo, un rey es un rey. Y un conde, por muy rico que sea, no deja de ser un conde. Por otra parte... se le antojaba infinitamente más interesante la idea de aceptar a Edaris de Shult. Conspirar sonriendo colgada del brazo de alguien tan honrado sin duda debía ser divertidísimo.



Hacía siglos los condados de Shult y Eren formaban parte del mismo reino, la corona de Renn. Cuando Eloisius IV de Renn murió, dejó dividido el reino para sus dos hijos en sendos condados. Con el paso de las generaciones ambos ducados se fueron enfrentando, desarrollando rivalidades. Dos pueblos tan sorprendentemente iguales que se detestaban. En el fondo seguían siendo rennianos: honorables, leales, valientes, tercos. Pero aún así, o precisamente por ello, ambos ducados mantenían un continuo tira y afloja.
Doce generaciones atrás el ducado de Erén cambió el nombre del reino. Reino de Erén. Los shultes se indignaron. Las relaciones diplomáticas entre ellos cayeron en picado.
Ambos terrenos disponían de unas tropas inmejorables, los famosos piqueros acorazados de Renn; sus caballeros eran famosos en todo el Putomundo por su gallardía y fiereza. Lamentablemente, los diplomáticos de la zona dejaban bastante que desear. Incapaces de reunificarse de modo pacífico, las tensiones aumentaron. A lo largo de la historia habían ido sucediéndose periodos de calma con momentos en los que cualquiera juraría que las cosas iban a estallar, pero jamás habían llegado a una guerra abierta.

Actualmente las cosas estaban más calmadas, pero Níobe se encargaría de arreglarlo.
Si era Shult quien conquistaba a Erén, no llamaría la atención y Níobe ganaría tiempo para dedicarse a su propia guerra. A la muerte de su marido ella heredaría ambos reinos, que pasarían a ser propiedad de la corona de Avernarium sin mover un dedo.

Por otra parte... Alysium. El perfecto, paradisíaco y riquísimo Alysium. Gobernado por un rey imberbe que sería muy sencillo dominar.

Lanzó una ojeada a Gael, quien permanecía firme en su puesto, atento a todo. En silencio, oculto.
Níobe suspiró.
- ¿Alysium o Shult, Gael?
Él abrió los ojos, sorprendido.
- ¿Mi señora?
- ¿Con quién contraerías matrimonio, Gael? ¿El Reino de Alysium o el Condado de Shult?
El soldado titubeó.
- Vos... ¿vais a casaros?
Le dedicó una mirada dolorida, vagamente traicionada. Rápidamente se repuso.
- ¿No...? ¿No deberíais tal vez escoger a vuestro futuro esposo por él mismo, y no por su reino?
Ella se echó a reír, escandalosamente.
- Todos los hombres sois iguales, Gael. La única diferencia es la dote que aportéis.
Él tragó saliva. Después, fingiendo indiferencia, contestó:
- El Condado de Shult es más pequeño, pero la riqueza de sus minas y el valor de sus soldados lo hacen más valioso a mi criterio que el Reino de Alysium. Aunque lo más valioso que hay en Shult es el honor de sus habitantes -su tono se volvió amargo.
- ¿Te da pena que el pobre conde tenga que cargar con una víbora como yo? -sonrió con conmiseración.
Alguien llamó a la puerta de su despacho particular.
- Adelante.
La figura del mensajero de Shult, el hermano del Conde, se perfiló en la entrada.
- Mi señora, ¿me habéis mandado llamar?
- Tomad asiento. ¿Deseáis beber algo? -señaló vagamente el vino-. Os he mandado llamar porque he tomado una decisión. Sabed que vuestro hermano tiene competencia, competencia de sangre Real -señaló la carta de Alysium-. Sin embargo, vuestro hermano ha sido infinitamente más considerado conmigo que Genar de Alysium. He decidido invitar a vuestro hermano al tiempo que a Su Majestad Genar a pasar una temporada en el castillo.
El noble asintió.
- Comprendo vuestra disyuntiva, mi señora. Sin duda saber que consideráis su propuesta alegrará el corazón de mi hermano.
- Considero su propuesta, y muy seriamente. Sin embargo, no quiero que el Conde se llame a engaño. Sabed desde ahora que si vuestro señor se casa conmigo tendrá que aceptar ciertas cláusulas.
- ¿Cláusulas, mi dama? Sin duda poder gozar de vuestra compañía merece la pena tolerar algunas pequeñas particularidades... -los modales del shulte eran intolerablemente perfectos. En las sombras, Gael se tensó, rabioso.
Níobe extendió un pergamino hacia Briye de Shult, quien comenzó a leerlo con la calma de un diplomático profesional.
- El punto uno y el tres no son negociables en absoluto -comentó Níobe.
- El conde será a todas luces considerado consorte de la Reina de Avernarium y no Rey en pleno derecho -leyó-; número tres: el heredero de Avernarium será el primogénito de la Reina conjuntamente con el primer hijo de cada una de sus hermanas -asintió-. Mi hermano es un hombre razonable. Quizá... tenga algo que decir con respecto a la octava, pero no soy yo quien ha de decidirlo. La número cuatro -crispó el semblante- ha de ser eliminada. El conde no os será infiel en ningún momento, un matrimonio es un juramento y un juramento es sagrado.
- Por supuesto -concedió ella-. Sobre el resto...
Sirvió otra copa de vino.



- Volved a vuestro hogar, entonces, con la invitación para el Conde. Vos podéis acompañarle de vuelta, si lo deseáis -esbozó su sonrisa más amable-. Hoy mismo enviaré un mensajero a Alysium. Aproximadamente tardará tres semanas en llegar; y suponiendo que el Rey Genar salga de inmediato, cosa que dudo, tardaría como mínimo dos meses en llegar aquí con toda su corte. Si vuestro hermano viene antes, disfrutará de todo mi tiempo para él.
Gael se revolvió, molesto, pero Níobe lo ignoró.
- Señora, sin duda mi hermano partirá presto en cuanto conozca de vuestras intenciones -la educación y los modales corteses de Briye de Shult eran impecables-; la posibilidad de contemplar vuestra legendaria belleza empujará su voluntad. Disculpad que intervenga en algo que no es de mi incumbencia, pero -parecía genuinamente sorprendido- Su Majestad el Rey de Alysium no os ha agasajado como exige la buena educación, ha enviado un mero paje con un mensaje, ha...
Las conversaciones cortesanas eran una tentación insorportable para los antiguos rennianos. Se decía que el suspiro de una dama en apuros bastaría para paralizar todo el país, a tal punto llegaba su afición, casi su necesidad, por el romanticismo y los ideales caballerescos. Níobe sabía esto perfectamente, y pensaba utilizarlo en su propio beneficio.
- Si me casara con un hombre -Níobe le interrumpió, adoptando la pose de damisela nostálgica que tanto adoraban los shultes-, no pasaría por alto esos detalles. Pero sois consciente de que pertenezco a mi pueblo.
Briye hizo una educada reverencia, tomó la mano de Níobe y, besándola, dijo:
- Lo comprendo, mi señora -suspiró brevemente-. Espero volver a veros pronto. Si me lo permitís, partiré cuanto antes con la buena nueva para mi hogar.