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8.9.09

A las puertas del castillo

Barón Han Von Deck.
A las puertas del castillo.
Una cuarta antes de la audiencia.



-Y bien mi querida Armenieta, ¿me podrías indicar cómo vamos a conseguir que la guardia nos deje asesinar a su reina?- preguntó el Barón apoyado contra un árbol y observando distraídamente el cielo.

-No os preocupéis, mi señor, cuando estéis delante de ella pensad en mí, con eso bastará- dijo la zíngara, sentada en cuclillas junto al Barón.

-Oh, entiendo- dijo el Barón sonriendo tristemente.

Desde que encontró a Armenieta oculta en la bodega del balandro en el que atravesó el Mar de las Brumas, supo que ella poseía un don poderoso. Sabía también que cuando usaba ese poder algo en el interior de ella le hacía daño y se rompía para siempre. En su mirada, a veces, se condesaban otras vidas del pasado, remolinos de enigmas, las enseñanzas de una estirpe que se extinguía.


-Sólo dispondréis de unos instantes para actuar.

-¿Crees que es una trampa? - inquirió el Barón sentándose junto a su sirviente- me resulta inquietante que la reina Nyx me reciba con tal prontitud.

- Vuestro destino os lo leí en la palma de vuestra mano, señor- contestó ella muy despacio- ya no conviene preocuparse por nada.


Ella le miró y al notar los ojos de ella clavados en su rostro, Von Deck apoyó la mano en el hombro de ella y la empujó haciendo que rodara por la tierra.

-Si quieres decirme algo, hazlo, pero no te pongas tierna- dijo el Barón sonriendo a la muchacha.- Cuando el sol decline, habré acabado con la vida de Nyx y mi hija gozará de la libertad... y en cuanto a ti, también te recompensaré.

- Mi recompensa señor, ya ha sido cobrada con creces- contestó Armenieta con mirada desafiante.

3.8.09

Una de las tres reinas


Bajo las ramas del sauce, mecidas por el viento húmedo, se filtró la luz apagada de la mañana, despertando al Barón, que se revolvió inquieto al sentir el día naciente sobre su cuerpo maltrecho. Se incorporó sobre un codo y comprobó que la zíngara había partido pues faltaba su montura. Siempre igual, pensó, cuando la necesito nunca está y cuando la quiero lejos de mi vista la tengo encima como una gata en invierno. Desentumeciendo aún los músculos, escuchó el relinchar inquieto de un caballo proveniente de la espesura del bosque. Por lo menos espero que traiga el almuerzo, pensó el Barón, mientras observaba el cielo tormentoso. El trote del caballo se detuvo, pareció retroceder y luego avanzar, como si el jinete no dominara el terreno. El Barón se pasó la mano por la cabellera rebelde y tomó su espada.



En ese momento, apareció en el claro una joven a caballo. Una joven hermosa y altiva.



La reina Nyx, aturdida aún por su encuentro con aquella extraña mujer de rosados harapos, frenó a Hierro suavemente y a una distancia prudente, contempló al hombre que se había sobresaltado con su llegada. Portaba una espada que le sacó una irónica sonrisa.


- Guarda eso, o te pasaré por encima antes de que pestañees - dijo Nyx, buscando con la mirada entre las ricas pertenencias del hombre, algo que le revelara su procedencia.


- Os obedezco. No os alarméis - respondió el Barón, mientras envainaba la espada- Me parece que también guardaré en mi memoria esta hermosa aparición.


Nyx enarcó una ceja y miró al hombre fijamente.



- ¿Quién eres? - dijo tuteándole, como hacía con todo sus súbditos - ¿qué haces aquí y dónde está tu hogar?



Antes de contestar, Von Deck se acercó al caballo, le acarició las crines. Comprendió que se hallaba ante alguien con poder, acostumbrado a ejercer la autoridad, así que decidió mostrarse dócil y cauto y se adentró en la mirada profunda de la desconocida;


- Yo no tengo hogar... mirad: el bosque es mi cobijo, el cielo mi techumbre y el musgo mi lecho. Mi espada, mi fiel compañera. Vengo de más allá del Mar de las Brumas con un encargo que cumplir.


- ¿Y puede saberse cuál es ese encargo? - preguntó curiosa. Dejó que el hombre acariciara a Hierro, ante la proximidad se puso alerta, pero se lo permitió sólo para intentar sacarle la información. Tenía la absurda certeza de que encontraría alguna conexión con Azcoy tarde o temprano, si estaba pendiente.


- No está en mi naturaleza mentir- La mirada de ella era tan hermosa que por un momento se sintió indefenso- pero comprederéis que debo mostrarme reservado. Solo os diré que busco a una reina y que de ese encuentro puede derivar la libertad de un ser querido. Soy el Barón Han Von Deck y creo que no encontraría mayor sentido a mi vida que el de serviros con lealtad.


Nyx reflexionó mientras clavaba sus pupilas en los ojos del hombre. Era cierto que su acento sonaba a tierras lejanas, y obviamente no la había reconocido. Quiso saber más. No hizo caso a las florituras de su discurso, ni a los cumplidos que el hombre le dispensaba.


- Bueno, Avernarium está regido por tres reinas, ¿a cuál buscas y qué pretendes? Quizás pueda ayudarte... - E instintivamente tiró un poco de las riendas de Hierro.


De repente, el cielo tronó. La lluvia arreciaba y la luz violeta de los relámpagos cruzaba el cielo como breves latigazos. Los árboles empezaron a doblarse con furia, en una danza violenta de la que se desprendían ramas.


- Os imploro que desmontéis y nos refugiemos en esa oquedad que se abre en la roca.-gritó el barón- La tormenta arrecia como si el cielo quisiera desplomarse sobre la tierra...


- ¿Resguardarme con... vos? - dijo frunciendo el ceño y cambiando sin percatarse el trato. La lluvia empapaba sus cabellos a una velocidad pasmosa, miró al cielo asombrada por el repentino cambio de tiempo. La intriga que ese hombre había despertado en ella con unas pocas frases, hizo que lo siguiera a lomos de Hierro hasta donde él le había indicado. -Os sigo - dijo al fin, sin que se le pasaran inadvertidas las miradas de admiración que le dedicaba el extraño, pero obviándolas descaradamente.


Ataron a Hierro junto a la entrada de la cueva mientras la furia de la lluvia y el rugido de los truenos sacudían el bosque. La turbación que sentía Nyx por los hechos que se precitaban a su alrededor, desde la extraña mujer que encontró en el bosque, hasta el intrigante Barón que la buscaba a ella o a una de sus hermanas, pasando por el temporal que se acababa de levantar en un abrir y cerrar de ojos, la dejaron confusa y momentáneamente reflexiva. Se resguardó junto al hombre en la cueva, y lo miró escudriñando cada detalle de su cara y su indumentaria. Se sentía vulnerable sin un arma, sin estar montada sobre Hierro, tan próxima al extraño pero, por algún motivo, dejó de estar alerta. Su mirada era noble y sus gestos amables.


Al notar que ella le estudiaba, Von Deck apoyó su espalda contra la roca. Se giró y le sonrió. A pesar de la apariencia de fortaleza que la joven emanaba, por un instante creyó percibir un atisbo de debilidad, como si un remolino de emociones hiciera que su fachada de digno distanciamiento estuviera a punto de desmoronarse. Y se encontró de nuevo con su mirada, colmada de luz de relámpagos, de matices desconocidos, y al apartarle con suavidad el pelo mojado de su mejilla, le gustó su expresión de chica -en muchos sentidos- perdida, por eso le separó un poco la capa y al pasar el brazo por su cintura se sorprendió cuando ella se estrechó lentamente contra su cota de malla.


La joven reina se sintió extrañamente atraída por el lenguaje corporal del hombre, tan agradable y varonil a la vez. Quiso alejarse del sentimiento de desamparo que la extraña bruja de los harapos rosados le había infundido. Quería apartar de su mente por un instante a Azcoy, a Murah, y a lo que quiera que hubiera en su vientre el día que le quitó la vida. Quiso evadirse de todo y de todos, y al notar la calidez del cuerpo del Barón, lo consiguió. Antes de que éste tuviera tiempo a reaccionar, besó dulcemente sus labios y reprimió un suspiro en su pecho, cerrando los ojos. El Barón la apretó contra sí y acarició su espalda mojada hasta toparse con su corsé, el cual desató lentamente casi sin que ella se diera cuenta. La despojó del resto de su vestido con manos hábiles y Nyx quedó desnuda en mitad de la cueva, se separó de él un poco, cogió sus manos y las puso sobre sus pechos desnudos. Él, asombrado por la determinación de la mujer, los acarició como si tuviera miedo de hacerle daño, con toda la delicadeza que la pasión le permitía en ese instante. Nyx comenzó a desnudarlo sin dudar un momento que hacer el amor con aquel extraño, era lo único que su cuerpo y su mente necesitaban.


No dijeron ni una palabra, sólo hubo gemidos y jadeos que reverberaron en las paredes húmedas de la cueva.


Al Barón le costaba tanto dejar de abrazarla y besarla... pero la tormenta amainaba y ella se revolvía inquieta entre sus brazos una vez hubieron terminado. La notó con la mente en otras cosas una vez alcanzara el clímax, de nuevo se topó con la joven altiva y distante.


Nyx observó en silencio sus ropajes en el suelo, de un salto se levantó y se los enfundó, aún estaban mojados. El Barón la miraba confuso, no sabía exactamente si pretendía irse sin más o si sólo tendría frío. Ella no hablaba demasiado.


- Si vuestro deseo es marcharos debéis hacerlo cuanto antes, las sombras de la noche se ciernen sobre el bosque- le dijo Von Deck, mientras se cubría con su capa- pero antes me gustaría satisfacer una curiosidad...¡vuesto nombre!


Nyx se giró hacia él, como reparando de repente en su presencia y con una divertida expresión en su rostro le dijo;


- Os lo diré, si me decís a qué reina buscais y para qué - luego se acercó sonriéndole sugerentemente, quizás así consiguiera sonsacarle algo. Acercó su boca a la de él y lo besó antes de que pronunciara una palabra. Y odiaba besar tras practicar el sexo.


- No podría negaros nada...necesito encontrar, de las tres hermanas, a la reina Nyx - dijo Von Deck mirando los labios de ella- y os suplico que no me pregunteís para qué.


- ¿Cómo podría no hacerlo? - preguntó sin dejar ver que quizás no había sido tan buena idea yacer con alguien que había recorrido medio Putomundo en su busca... no presentía nada bueno. - ¿Qué mensaje era el que queríais entregarle?


- No hay tal mensaje- dijo el Barón embozándose.


"¿Cuántas veces he de besarte para que lo sueltes todo?" pensó Nyx.


- Oh vamos...- y se abrazó al cuello del Barón - no puedes dejarme así... dímelo.


El Barón la contempló en silencio. Le había hechizado con sus dulces besos. Eso debía ser. Porque si no, no entendió cómo pronunció las palabras que salieron de su boca:


- La busco - dijo Von Deck a la vez que se ajustaba su daga- para acabar con su vida.

15.7.09

La línea de la vida

El Barón Han Von Deck llegó al puente que salvaba el río, que unas seis leguas hacia el norte, circundaba la residencia de recreo de la princesa Nyx. Este era el lugar señalado para el encuentro con Armenieta. Pero no había rastro de la zíngara, así que el Barón permaneció en su montura a pie de puente. Observó el cielo azulado y se descubrió la cabeza para sentir la brisa suave de la primavera en el rostro. Entonces escuchó cascos de caballo provenientes de la otra margen del río. Era un caballero acompañado de dos sirvientes que enfilaron el camino que conducía al puente, pero que al ver al Barón en el otro extremo, aflojaron la marcha. El caballero se adelantó sobre la pasarela hasta quedar justo en medio, frente al Barón. Se observaron sin pronunciar palabra durante unos minutos. El caballero alzó la voz:

- Parecéis un vagabundo, con esa polvorienta capa y esa barba descuidada, y sin embargo vais pertrechado como un caballero. ¿Robasteis esas armas? En todo caso, no deseo perder el tiempo. Apartad, llevo prisa.

- Mi nombre es Han Von Deck, Barón, y no he escuchado vuestro nombre ni titulo, si observáis este escudo de armas y esta leyenda, tal vez me hablarais con respeto caballero, y os presentarías como es costumbre entre gente elevada.

- Efectivamente, lo reconozco, una casa con hechos gloriosos en el pasado, pero veo que vergonzosamente venida a menos. Que desgracia. ¡Yago, Morgan, arrojad a este necesitado unas monedas para que pueda hincarle el diente a una hogaza de pan!

- Me dirijo a la villa de la princesa Nyx.

- No creo que la princesa Nyx reciba a pordioseros. Vengo de gozar de… de su hospitalidad - giró la cabeza en dirección a las carcajadas de los sirvientes-. La princesa es hermosa y de relajadas costumbres, pero vosotros solo encontraríais lugar en sus cuadras. Vuestro lugar de nacimiento, sin duda.

- Caballero, el que tengo prisa soy yo, y además es una temeridad contrariarme cuando voy a reunirme con una dama. En verdad que os hubiera dejado marchar, ignorando vuestra grosera afrenta, pero… –el Barón empuñó la espada y comenzó a desenvainarla con lentitud- habéis cometido el error funesto de calumniar a una dama, y eso no lo he permitido jamás. Disculparos o rogad por vuestra alma.

Los criados desenvainaron sus armas y flanquearon a su caballero. Este preparó su pica y alzó el escudo. Su tez palideció y adquirió la tonalidad del cielo. El Barón descabalgó, arrojó su escudo al suelo, y susurrando la leyenda con la que sus antepasados habían entrado en combate, avanzó despreocupado hacia el centro del puente. En breves instantes la lucha concluyó. El Barón ensangrentado, alzó la vista de los tres cuerpos que yacían a sus pies, para encontrarse con Armenieta, que traía el espanto en su mirada. Esta actuó con prontitud y arrojó los cuerpos inertes a la corriente del río, envolvió la espada de Von Deck y le cubrió el cuerpo con su capa para llevárselo, junto con las monturas, a la espesura de la vereda.

El Barón permaneció indiferente mientras la zíngara le desnudaba y comprimía los tajos por los que se le iba la sangre. Le vendó las heridas y lavó su rostro y cuerpo. Le recostó, finalmente, sobre un lecho preparado al abrigo de un sauce. La tarde declinaba.

- Acabo de matar a un hombre porque ha ofendido a una mujer. A una mujer a la que tal vez mañana deba asesinar…siento que mi determinación flaquea, que mi espíritu se rebela, que el aliento de la vida se me escapa. Mi hija, la cautiva, mi añorada pequeña, ha sido el gozo más increíble de mi existencia, la maravilla más amada sobre todas las cosas de este bello mundo. Cuando yo no este, Armenieta, debes rescatarla y ponerla bajo la custodia de mi hermano, para que en compañía de sus primas, crezca en el hogar familiar, protegida y feliz. Concédeme este último favor.

La zíngara asintió y le rogó que descansara. Mientras hacía los preparativos para pasar la noche, le informó que la princesa Nyx se hallaba en su residencia y que le sería fácil acceder a ella pues era hospitalaria y le gustaba acoger viajeros y caballeros para que le relataran las historias de sus peripecias y los relatos de las tierras lejanas de las que provenían. Al poco, le preparó un cuenco con caldo elaborado con raíz de plantas curativas y vísceras de animal, para reconfortarlo y cicatrizar las heridas, y se arrebujó junto a su costado, discretamente, como siempre hacía. Se lo acercó a los labios y entre sorbo y sorbo le pasaba un paño humedecido por la frente.

- Armenieta, tu lees la mano y echas la buenaventura a las ignorantes campesinas. Les cuentas una sarta de mentiras bienintencionadas, anuncias bodas con buenos mozos y partos sin complicaciones, todo para obtener alguna moneda…quiero que me leas la mano, antes que la oscuridad lo impida. Y no me mientas. He sentido que cuando me crees dormido, te acomodas sobre mi pecho, me miras en medio de la noche, pasas tú mano por mi barba y tus dedos por mis labios. Si me mientes, a partir de ahora dormirás entre los caballos, las yeguas y los asnos de carga.

- ¡Dadme!...- La muchacha apretó la mano del Barón entre sus pechos y se inclinó sobre ella- Habéis sido muy feliz, habéis gozado de la vida, pero veo ahora una gran pena en vuestra alma, una pena – y levantó sus ojos oscuros para mirar los del hombre- que también se ha posado en vuestra mirada, esta pena es infinita. En esta línea veo una mujer especial, diferente de las demás. Tiene el don de la magia. Esta dama os traerá dolor y recuerdos, pero igualmente placer, debéis de cuidaros de ella por que esta mujer de chica permaneció en el fondo de un lago hermoso y así permanecerá en el fondo de vuestro corazón- Armenieta presionó la palma de la mano de Von Deck contra su seno y sin mirarla continuó con voz tenue- Hay otra línea que se interrumpe de golpe, es la llamada línea de la vida, se corta cerca de aquí.

- Muéstrame esa línea- dijo el Barón mientras sacaba de entre los ropajes una daga corta.

- Es esta, aquí acaba.

- Verás, dulce Armenieta, no quiero contradecirte, pero necesito un poco de tiempo para terminar mi trabajo.

Y el Barón hundió la punta de la daga justo donde la línea de su vida concluía, y presionando el acero, alargó unos milímetros el curso de la línea.

10.6.09

La cicatriz del oprobio


La oscuridad se cernía sobre el bosque septentrional, el de los siete senderos, aunque por encima de las copas de los árboles agitadas por el viento, el cielo aun mantenía una claridad declinante. El viento frío pasaba serpenteando por entre los troncos y el ramaje de las hayas y los robles y descendía agitando los ropajes del Barón Han Von Deck y su fiel Armenieta. El camino había sido largo y desmontaron al pie de una alta peña. La zíngara, mirándole con sus ojos profundos, le interrogó, y se retiró despacio para preparar lumbre y comida. El Barón inconscientemente se rozó con la yema de los dedos la cicatriz que le recorría como un relámpago parte del rostro, descendiendo hasta el cuello. Un recuerdo de sus días de cautiverio y tormento; él aguantó el martirio pero su amada no lo resistió. Quien le prendió y tendió la celada apresó como rehén a su hija y encomendó a Von Deck cometer crimen sobre una de las reinas de Avernarium si quería volverla a recuperar. La herida que le infligieron hubiera sido mortal de necesidad si no hubiera sido por la milagrosa aparición de Armenieta, la misteriosa y la hechicera. Ahora la observaba manejar el cuchillo sobre la piel de una liebre, en cuclillas, fea como una noche de tormenta, pero con un poder que le protegería y auxiliaría en caso de necesidad, él lo sabía. Tenía la certeza de que si Armenieta hubiera surgido antes de caer preso, no le habrían podido causar el daño que le hicieron y la reclusión que padeció.

Cuando la lumbre empezó a crepitar y a dorar la caza, el Barón se recostó sobre su equipo de batalla. Miró el cielo a través de las copas de los árboles cimbreantes, decenas de estrellas empezaban una danza brillante, como bolas azuladas, dejando estelas preciosas tras de sí. Pensó de nuevo en su misión… pensó en la reina Nyx… el sueño le vencía muy despacio, sin incorporarse susurro:

- Armenieta, en una ocasión observé una de las reinas por el camino del norte, con el cabello castaño al viento, cabalgaba sola, sin séquito, hermosa y arrogante… adelántate esta madrugada, monta el caballo más ligero, búscala, síguela, hazte necesaria a ella, y ven a decirme donde encontrarla. Es la llamada Nyx de las tres hermanas. No te demores…

La zíngara continuó dándole la espalda pero él supo que había comprendido sus palabras y que partiría al despuntar el alba. Él continuó pensando, recordando. Antes de que el placentero sueño se lo llevara sintió como Armenieta se arrebujaba a dormir a su lado, apretándose a él con furia, con al cabeza sobre su pecho, como siempre hacía para protegerle y darle calor.