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26.5.10

Bershule

 - ¿No es un lugar hermoso? Cálido, lleno de gente acogedora, pleno de sonrisas, felicidad y satisfacción. Protegido, hogareño, calmo. Una hermosa ciudad, una ciudad segura donde podrías dejar a una doncella sola a mitad de la noche paseando  y nadie le tocaría un pelo. Es un paraíso en la tierra, un hogar, una llama para el alma. El bello lugar de descanso y nacimiento de todos mis antepasados. 
- Le falta nieve.
(Conversación entre Edaris de Shult y Níobe de Avernarium, la primera vez que ella vio la ciudad en su Luna de Miel).


La ciudad era inmensa. Anchas avenidas, inmensos parques, un hermoso e idílico lugar de madera y ladrillo protegido por una imponente muralla tachonada de pendones y banderas. Soldados que lucían orgullosos  el emblema del Condado de Shult o de la Ciudad de Bershule patrullaban calles pobladas de niños felices y adultos satisfechos de la vida. Parques cuidadosamente conservados; estatuas de tiempos pretéritos que lucían igual de orgullosas que cuando fueron erigidas; altos templos de piedra y mármoles. Bershule, la joya de Shult.
El castillo era más  pequeño que el imenso Castillo de Avernarium, pero de alguna manera parecía más voluminoso, pleno de torreones, torres y torretas; almenas y ventanas, vidrieras y puertas. Pendones ondeantes. Ostentoso. Nada que ver con el solemne y majestuoso hogar de Avernarium, con sus tejados de pizarra negra cubiertos de hielo en invierno, sus muros atrapados por  el abrazo de la enredadera,  su bello bosque silencioso...
Edaris bajó del carruaje antes que ella, y un recuadro de luz solar entró por la portezuela abierta, deslumbrándola. Le tendió una mano, y Níobe la cogió con la derecha, que ahora lucía una impresionante alianza.
Cuando Níobe bajó del carruaje, el aire fresco sobre su rostro fue una bendición. Tuvo que contenerse para no bostezar y estirarse, pero quería dar una primera impresión impactante a los shultes. A su alrededor, una guardia honorífica de caballeros y pendones púrpura y blanco. Una docena de pajes alzaron trompetas doradas y lanzaron al aire su claro sonido. Los caballeros, al unísono, bramaron el lema de la casa Shult. 
Una ráfaga de viento agitó los rizos oscuros de Níobe y las sedas de su ropa, haciéndolas ondear teatralmente, y las masas de plebeyos y burgueses estallaron en vítores.
Esbozó su sonrisa más perfecta y se giró hacia Edaris.
- Vos me guiáis, señor -indicó.
Estaba agotada del viaje y se moría de ganas de darse un baño y ponerse algo más cómodo, pero aún así caminó con suavidad, casi deslizándose, junto al Conde. Mantuvo la sonrisa en su sitio para los caballeros, y cuando uno de los pajes la miró directamente, boquiabierto, reprimió las ganas de volverle la boca de un guantazo y le dedicó una mirada amable y gentil, acariciándole el rostro con dulzura. Caminando por el pavimento de mármol, pulido por décadas y décadas de uso, los Condes de Shult avanzaron lentamente. Exhibiendose, pues eso era lo que hacían, ante la vociferante multitud que no cesaba en sus "¡Hurra!" y "¡Vivan los Condes! ¡Viva Shult!". Níobe, mientras saludaba a la gente, se permitió mirar brevemente a Edaris. Estaba radiante, con el cabello rubio destellando como si de una aureola se tratara. La sonrisa cálida, los dientes blanquísimos, los ojos chispeantes. Intentando no abofetearle, la Reina de Avernarium y Condesa de Shult apartó la vista de su esposo.
El camino hasta el castillo se le hizo eterno, pero cuando por fin las pesadas puertas de madera se cerraron tras ellos fue un completo alivio.
- Vuestro pueblo es muy... efusivo, señor -dijo, mirando a Edaris. Que alguien pudiera gozar con los vítores de la plebe era algo que se le escapaba por completo.
- No más que los sirvientes de mi castillo, mi dama...
Níobe, con repentino escalofrío, volvió la vista al frente: una larga hilera de doncellas, camareros, cocineros, lavanderas y más. Todos dispuestos formando un pasillo hasta la escalinata del Salón Principal... a unos treinta metros de las puertas. Una fanfarria sonó demasiado alta y demasiado cerca de ella. Y entonces toda esa gente volvió a vitorearles.

12.5.10

Viaje a Shult


"Erén y Shult, Shult y Erén. Dos gemelos malhumorados y enfrentados a su propio reflejo. Nobles, honorables, caballerosos, y tan sorprendentemente tercos que después de sigos de guerras siguen sin darse cuenta de que les unen muchas más características que las que les separan. Y casi es mejor así: la sorprendente tradición militar de ambos lugares es tal que si se unieran podrían conquistar el mundo. Aunque probablemente después se pelearían por el lugar de los cubiertos en la mesa."
Extracto de "Espadas y lanzas: un análisis de la psicología renniana", por la ereniana exiliada Lady Cadmilla Opret.



Al cruzar el Espinazo Negro desde Avernarium, se abandonan los bosques frondosos y oscuros para entrar en una inmensa campiña. Shult, el condado norteño que antes formó parte del antiguo Señorío de Renn, ocupaba la enorme llanura que se situaba entre la cara sur del Espinazo y la margen izquierda del río Hetin. Durante siglos el hombre había dejado su impronta en el paisaje. Los bosques fueron primero clareados y luego talados, dejando paso a interminables tierras de cultivo y pastoreo. Salvo alguna pequeña zona adehesada del interior del territorio condal, los únicos bosques que habían sobrevivido a casi dos milenios de presencia humana estaban aislados en las laderas de la cordillera, y eran más bien pequeños. Una tierra verde y prácticamente llana, con alguna suave loma de tanto en tanto. Los colores pardos y amarillos del otoño teñían el paisaje de oro y cobre.
La numerosa comitiva de los recién casados atravesaba el país de camino a Bershule, la capital.
Níobe se dejaba mecer por el balanceo adormecedor del carruaje. Hubiera preferido ir en Desgarro, pero el Consejero Rivas había tenido a bien informarla de que no era decoroso que una dama en su luna de miel hiciera tal cosa, por no mentar que dos semanas a caballo eran demasiado tiempo para las posaderas de cualquiera. 
Estaba agotada. Todo el día viendo pasar campos dorados, uno detrás de otro, segadores y campesinos saludando fervientemente a la comitiva. No entendía como podían encontrarlo grato sus acompañantes. Suspiró.
- Esposa mía, ¿qué os sucede? -Edaris, sentado junto a ella, la tomó de la mano.
Estoy rodeada de imbéciles aburridos, llevamos seis horas metidos en esta caja y para colmo el Consejero Neris no deja de recitar poemas, pensó. Sin embargo, amagó una sonrisa.
- El viaje. Estoy cansada. Me duele todo el cuerpo.
- Níobe, querida mía -dijo el conde, pasándole las manos por los hombros de la nueva condesa en un suave masaje-, no os preocupéis. Ya falta poco. Si no me engañan mis sentidos -dijo, mirando por la ventanilla del lado de ella, rozándole la nuca con su mejilla al moverse-, estamos sólo a unas cinco millas. Pasadas esas lomas, veremos mi ciudad.
Ella intentó volver a sonreír, pero no pudo. Aún no había pisado Bershule y ya estaba deseando marcharse.

12.1.10

Represalias

"Sobrevivir ya es una victoria."
Capitán Gael.








25/Eneamus/año MDXXXVIII después del año de los Infortunios
Noche cerrada, día siguiente a la boda de Níobe IV de Avernarium con Edaris de Shult
Estación de la Nieve
Antesala de los Aposentos de Níobe IV.





Aposentos de la Reina Níobe.
- ¿En qué diablos estabas pensando, imbécil? ¿Cómo has osado? ¡Es el Rey Consorte de Avernarium, maldito idiota!
Le abofeteó con fuerza. Cualquier otra mujer hubiera estado furiosa, pero la reina de Hielo no. Su enfado era sutil, calmo, aunque no por ello menos peligroso.
- No te toleraré ninguna salida de tono con él. Ninguna. Tu estúpida bravuconería de hombre le costará a Edaris un par de meses con el hombro inútil. Le has dejado la punta de tu espada dentro, y los cirujanos dicen que intentar sacarla podría dejarle lisiado de por vida. Debería hacerte colgar por esto.
Gael mantuvo el tipo, firme. Escuchar de boca de su reina el daño que le había causado a ese desgraciado era gratificante.
- Irás a disculparte, Gael. Y serás servil. Servil. Suplicarás que perdone tu lamentable comportamiento y aceptarás cualquier castigo que te imponga.
- Como ordenéis, mi señora.
- Una de las razones por las que me he casado con Edaris de Shult son sus habilidades marciales -se acercó a Gael, levantó el rostro y tiró del cuello de su jubón hacia juntar su rostro con el de ella-. Si estropeas mis planes, te arrepentirás. Sabes cómo soy. Sabes como son mis castigos. No se te ocurra pensar que voy a mostrar una pizca de piedad contigo por ser el Capitán de mi Guardia, porque no será así. Yo no tengo piedad.
- Lo sé, mi señora.
- Y por supuesto, te mereces un castigo por mi parte. Me pregunto qué podría dolerte más. ¿Qué tal si las próximas treinta noches te encargas tú de la vigilancia de mi dormitorio? -dijo, mordaz e incisiva-. Procuraré que me oigas bien. Porque es por eso por lo que le has herido, ¿no es así?
- Mi señora...
- A pesar de tu brillantez en determinadas habilidades -la Reina dio un tono equívoco a la palabra- eres un sujeto zafio, irascible y tan fácil de leer como mi convaleciente esposo.
- Puede ser, mi señora.
- Lo es.
Tras decir esto, terminante, se volvió hacia su escritorio y depositó su delicado cuerpo en la cómoda butaca que había tras él. Se inclinó sobre la superficie del mueble y juntó las manos enfrente suyo, entrelazando los dedos. Gael era un soldado veterano, pero la mirada de ella le hizo estremecer de miedo.
- Necesito al Conde de Shult en perfecto estado, Gael. Es muy buen espadachín -enumeró Níobe-, un magnífico táctico y un estupendo comandante. Es más, es un estupendo comandante que comanda uno de las mejores ejércitos de caballería de élite e infantería pesada de todo el continente.
- Los soldados de Avernarium...
- Los soldados de Avernarium no son nada comparados con los shultes. Sí -asintió la Reina, cortando al soldado-, tenemos cinco veces más efectivos que ellos, y en poco tiempo podríamos formar levas de campesinos que aumentarían en mucho ese número. Pero un solo soldado de infantería shulte vale como tres o cuatro avernareses. Y ya no digamos de los caballeros... ¿Estoy siendo lo suficientemente clara, Gael? -la mirada era fulminante.
- Jamás osaría contradecir a mi Reina -contestó el Capitán.
- No, jamás osarías... Y por eso, antes de que te dé por pensar a ti sólo y sin mis órdenes, te prevengo. No quiero más estúpidos accesos de cólera motivados por esos patéticos y sensibleros celos -Níobe le señaló con el índice, como si le apuntara con una ballesta-. A pesar de lo que he dicho antes, esto no es Shult. Esto es Avernarium.
Ella le miró fijamente, hizo una pausa y terminó:
- Y en Avernarium, mis deseos son ley.

11.1.10

El duelo



"El arte de la guerra es tenido en alta estima en Shult. No hay mayor virtud para un caballero que ser un hombre valiente de temple osado, y una espada hábil es admirada por encima de muchas cosas. El deber de un caballero es poner su corazón y su arma a los pies de su dama, independientemente de si esta le corresponde, le ignora o le detesta. El amor es algo duro y doloroso en ocasiones, y un caballero ha de ser capaz de enfrentarse a esto tanto como a cualquier otro enemigo."
Extracto de "La Caballería", de Sir Galahad el Brillante



25/Eneamus/año MDXXXVIII después del año de los Infortunios
Atardecer del día siguiente a la boda de Níobe IV de Avernarium con Edaris de Shult
Estación de la Nieve
Patio de armas del Castillo de Avernarium




Las espadas se entrechocaron, feroces, acero mordiendo acero mordiendo acero. Níobe permanecía alejada, sentada en un asiento toscamente tallado en basalto. Se decía que Yera II había hecho tallar ese asiento, un golpe de cincel por cada hombre que había hecho matar, y que lo había dejado en el patio de armas para que cualquiera pudiera verlo. Era una inmensa mole de piedra oscura, casi negra, que se alzaba imponente y desafiante. El cielo estaba nublado; aún no llovía, pero no tardaría mucho en comenzar. La Reina tañía distraídamente un laúd, fingiendo ignorar a los dos contendientes. Pero sobre las cuerdas, sus ojos miraban...
Edaris y Gael, Gael y Edaris. Su esposo y su... y él.
La idea es que era solamente un entrenamiento. Edaris había insistido, la Guardia de su esposa debía estar perfectamente preparada. Y ningún maestro mejor que él, ninguno pondría más empeño en adiestrarles. Ja, solamente un entrenamiento. La mirada en los ojos de Gael decía que aquello era de todo menos un entrenamiento.
Las nubes oscurecían poco a poco el cielo, anticipando la tormenta. La electricidad contenida en el aire avecinaba la descarga de rayos que tarde o temprano se abatiría sobre la tierra, el aire olía a fertilidad y humedad y violencia contenida. Casi como por arte de magia, el patio de armas resonaba con un silencio estremecedor, roto solo por el sonido del metal, los jadeos de los contrincantes, el perturbadoramente dulce sonido del laúd. Los dedos largos y blancos de Níobe saltaban sobre las cuerdas, arrancando notas que vibraban trémulamente en el aire. Un siniestro acompañamiento para el eco de los golpes de espada, las imprecaciones ahogadas, el murmullo del aire húmedo. La piedra oscura de su asiento debería resultar incómoda, pero de alguna manera extraña que no podía definir, era particularmente apropiada.
- Eleváis demasiado la hoja, mi buen Gael -decía Edaris, durante una breve pausa entre los embates-. Si rechazáis así mi ataque os exponéis a que os corte la mano... de este modo -movió su espada en un giro ficticio, para demostrarle lo que estaba diciendo.
- Vos tenéis vuestro estilo, excelentísimo señor -contestó el Capitán. Tras ajustarse el escudo, se puso de nuevo en guardia-. ¡Y yo el mío!
Velozmente, Gael dirigió su acero hacia la cruz de la espada del Conde, en un intento de arrebatársela mediante un golpe rápido y demoledor. Edaris vio la trayectoria e interpuso su escudo, girando sobre sí mismo para atacar de revés. Gael, que había puesto todo el empeño en el ataque, quedó levemente desequilibrado cuando su hoja resbaló sobre el pulido metal, hecho que aprovechó Edaris para, con el impulso, golpearle con el plano de la espada en la espalda y enviarle un par de metros hacia adelante, trastabillando.
- Y, por lo que véis, mi estilo es más adecuado que el vuestro -se felicitó el joven shulte.
- No hay estilos más o menos adecuados, mi reverenciado Conde. Lo que hay es un vencedor -masculló Gael, dándose la vuelta. Levantó la espada, señalando al caballero- y un vencido.
- Vuestra filosofía del combate es muy peculiar, mi buen Gael -comentó el shulte-. La verdad -añadió, moviendo su acero en un pase acrobático- es que esperaba que vuestra hoja fuera más rápida. Sois, después de todo, el Capitán de la Guardia de mi amada.
Gael se sintió inundar por la rabia. Detestaba a ese hombre, a ese pomposo y estúpido noble que lucía en su mano la alianza que debía haber sido para él. No conocía a Níobe, no sabía cómo era, no tenía derecho a darle lecciones sobre cómo cuidar de ella. Siempre había cuidado de ella. Las cicatrices de su cuerpo lo atestiguaban. Y ese hijo de perra sarnosa se había casado con ella. Ese bastardo repugnante había pasado la noche con ella, su noche de bodas. Noche de bodas, nunca tres palabras habían sido puñaladas crueles para Gael.
- A la cual llevo sirviendo eficientemente desde hace diez años, Su Excelencia. Y he de decir que jamás ha tenido razón para quejarse de mí -apretó los dientes y lanzó una estocada furiosa que cortó el aire.
La música de la Reina llegaba hasta sus oídos, perfectametne nítida por obra y gracia de algún efecto acústico del patio de armas.
- Y podéis creerme -jadeó por el esfuerzo de otro golpe lanzado con inusitada fuerza- si os digo que Su Majestad es una Reina muy proclive a meter en problemas a su Guardia -al recuperar la distancia de cuerpo a cuerpo, barrió con una pierna los talones de Edaris, el cual cayó al suelo. Sin dejar de moverse, intentó patear su espada, pero el caballero rodó sobre sí mismo y se puso de pie de un salto. "Hay que reconocer", pensó el Capitán, "que sabe moverse con esa pesada armadura".
Recobrando el aliento, Edaris se recolocó el escudo.
- Picáis como un escorpión, mi buen Gael -comentó Edaris-. Pero un escorpión no puede con un halcón.
"Mi buen Gael, mi buen Gael.", pensó Gael, "Estoy harto de tu condescendencia, pelele pomposo".
Atacando con el escudo por delante, el Conde trabó la espada de Gael con una de las esquinas y con la punta de la espada. Con un veloz movimiento en cruz, la espada de Gael salió despedida hacia arriba. El avernarés, dejando a un lado sus pensamientos, centró de nuevo su atención en el combate. Perdida su espada, sujetó el antebrazo del shulte con la mano derecha, atrayendole hacia sí y propinándole un rodillazo bajo el peto de la armadura, cerca de la coquilla. Edaris se dobló en dos por el golpe, pero mantuvo sujetos el escudo y la espada. Intentó alejarse, pero como Gael mantenía sujeto, su retirada se convirtió en un giro de espaldas hacia uno de los muros de la torre del homenaje. Empuje que se vio aumentado por un golpe que recibió por parte del escudo de su contrincante. Se dio de cara contra la piedra, pero logró mantener la consciencia a pesar de la potencia del golpe. Dándose la vuelta, apenas tuvo tiempo de levantar el escudo antes de que Gael, quien había recuperado su espada, impactara con su acero justo sobre una de las protecciones del cuello del shulte. Dando unos pasos hacia atrás, el Conde se alejó del Capitán.
A lo lejos retumbó un trueno.
Los dos guerreros se miraron a los ojos. Ambos adoptaron de nuevo una posición de guardia. Las diferencias eran patentes. El caballero shulte, sabedor de que aquel ejercicio era un entrenamiento, mantenía una pose claramente defensiva, con la espada dispuesta a repeler y después contraatacar. El soldado avernarés llevaba el escudo como mero contrapeso para imprimir mayor velocidad y contundencia a su hoja, y si todavía no había atacado era porque estudiaba al reverenciado Conde.
Reverenciado Conde. Hoy, ya reverenciado Rey Consorte de Avernarium. Reverenciado hijo de la gran puta. Por todos los dioses, cómo le odiaba. En su papel de Capitán de la Guardia, Gael había tenido que velar la puerta del dormitorio de su señora en su Noche de Bodas. Y oír. La rabia corría como lava caliente por sus venas. Tenía la esperanza, sin embargo, de que Níobe se cansase pronto de él y se deshiciera de su presencia.
Las delicadas notas del laúd temblaban en el aire. Níobe tocaba una melodía muy poco conocida, una balada antigua que fuera compuesta en tiempos pretéritos para una Reina Avernaresa. Las leyendas decían que la compuso para ella un amante renniano, y que al no poder manifestar públicamente su adoración por una reina casada, él solía tocarla en público sabedor de que sólo su Reina conocía el verdadero significado de la canción. Gael se preguntó si Níobe había escogido ese momento para interpretar la balada por alguna razón en concreto.
Edaris peleaba porque era un arte. Gael luchaba para ganar. No sabía hacer otra cosa, era para lo que le habían entrenado. "Vence", solía decirle su predecesor en el cargo, "porque si no vences, moriréis tú y tu Reina". Lo primero es aceptable, lo segundo no.
- Más que como un halcón, magnánimo señor, os veo como una endeble paloma.
- Aún así, mi buen Gael, sigo estando en el cielo y vos en la tierra.
- Vuestro vuelo parece mal dirigido, excelentísimo Conde Edaris. Os dais contra los muros...
El cruce de insultos era como un reflejo del intercambio de estocadas. Y Gael no pensaba desaprovechar ni una ni otra para golpear dolorosamente a su contrincante. Vencería, pero primero le iba a dejar más vapuleado que el estafermo de los reclutas.
- Habláis demasiado, mi buen Gael. Todavía no me habéis desarmado ninguna vez.
- Si es una petición...
Dando una patada al suelo, el Capitán Gael levantó la gravilla del patio en dirección al rostro de Edaris. Éste se protegió inconscientemente con el escudo, momento que aprovechó el avernarés para golpear demoledoramente. Atacando desde abajo hacia arriba, Gael propinó un potente golpe a la parte baja del escudo del Conde. Se oyo un chasquido, y Gael sonrió. "Un hueso roto por cada una de las veces que te hayas acostado con la Reina", pensó con satisfacción, "Y ya llevas uno". Pero el Capitán se equivocaba. Dando un bandazo, el escudo del shulte dio contra una carreta llena de heno que estaba estacionada cerca de los establos. El chasquido había provenido de una de las correas de sujeción. "Una lástima". A pesar de no haberle quebrado el brazo izquierdo, el gruñido de Edaris dejó patente que el golpe había sido, por lo menos, doloroso.
- Cuidado, Excelentísima Excelencia -Gael sonrió con rabia-. No querréis terminar con algún hueso roto. Su Majestad se sentiría decepcionada de que a su realísimo esposo lo hiera un mero plebeyo.
Atacó de nuevo, sin dejar a Edaris recobrar el aliento, y golpeó con fiereza sobre el guantelete izquierdo, justo sobre la muñeca. Bajo el estruendo metálico, otro crujido orgánico, y Edaris contuvo un gemido de dolor.
- ¿Le duele a Su Grandiosidad? -se burló Gael-. Mil perdones. Si os dejo sin manos, ¿cómo podréis cumplir con vuestras recientes obligaciones de consorte? Anoche su Majestad no parecía particularmente satisfecha.
- No creo que eso sea asunto vuestro, Gael -Edaris frunció el entrecejo.
- Por supuesto que sí -"Excelente. Además me he librado de su pomposidad"-. Mi deber es asegurarme de que mi Reina es feliz. Y en última instancia, una Reina molesta es un problema para sus subordinados -Gael intentó otro golpe en la muñeca izquierda, en un intento de destrozársela por completo, pero Edaris fue más rápido y bloqueó el golpe con su espada.
El Conde estaba esperando algo así. El Capitán de la Guardia de la Reina era un sujeto zafio y rastrero. Un escorpión, le había llamado antes el shulte, y no se equivocaba. Adelantándose, dejó que la hoja del avernarés resbalara sobre la suya con un siseo metálico hasta llegar a la guarda. En ese momento giró la mano, dejando atrapada la espada de Gael, y con un veloz giro que desmintió su posible debilidad, volvió a desarmar a su oponente. Al ver que su espada caía, el soldado arremetió con el escudo, golpeando a Edaris en el pecho, mandándole hacia atrás.
- En un combate real, mi buen Gael -dijo Edaris, apartándose aún más y saludando con la hoja de acero. Después bajó la espada, esperando que Gael recogiera la suya-, mi amada Reina tendría un subordinado menos. Dos veces.
- ¿Y quién ha dicho que esto no es un combate real? -agachándose como un resorte, el Capitán avernarés cogió su acero, dio una rápida voltereta que le dejó justo delante del shulte y lanzó un estocada hacia arriba que el caballero apenas pudo desviar.
Cogido por sorpresa, Edaris intentó defenderse, moviendo la espada torpemente. De nuevo de pie, cada golpe de la espada de Gael era preciso y poderoso, mientras que la defensa del shulte no lograba detener del todo la embestida. Con un fiero rugido, Gael comenzó una serie de ataques hacia el costado derecho de Edaris. El sonido de la espada contra la chapa de la armadura era como el de la campana de una iglesia, tocando a muerto. Uno, dos, tres, seis, doce. Los golpes se sucedían a enorme velocidad. La rabia de Gael iba in crescendo, recordando cada jadeo escuchado tras la puerta del dormitorio. Cada gemido. El crujido de la cama. Los gritos... Edaris pugnaba por sobreponerse al fulminante ataque, notando cómo el brazo derecho se le entumecía ante tal potencia. Con un último grito, Gael apartó con la pierna la espada del shulte, utilizando una treta aprendida de su antiguo instructor, y propinó un nuevo golpe con el escudo al pecho del Conde. Éste, con los brazos en cruz, debilitado su brazo derecho y jadeando por el último golpe, no atinó a recuperar la guardia. Gael, que es lo que esperaba, apuntó y atacó, veloz y certero.
Como un escorpión.
El aullido de dolor de Edaris borró momentáneamente los recuerdos de esos otros gritos escuchados la noche anterior.
Gael giró al empuñadura, y un chasquido metálico resonó en el patio.
Ahora sí que la satisfacción fue máxima. Un nuevo grito, más alto aún que el anterior.
Ni siquiera la evidente represalia de la Reina, quien seguro le castigaría por vapulear salvajemente al imbécil de su esposo sin haber recibido órdenes, consiguió que sintiera otra cosa que una enorme, brillante y profundísima satisfacción.
- Sólo hay un vencedor, mi buen Edaris -el Capitán retiró la espada ensangrentada, ensayó un saludo burlón con ella y se dio la vuelta-. Y un vencido.

28.8.09

La leyenda

12/Decimus/año MDXXXVIII después del Año de los Infortunios
Estación de las hojas caídas.
La Posada de los Puntos Cardinales, Seber Este. En la Ruta del Camino del Este, a diez leguas de la frontera con Shult.

Edaris de Shult ocupaba la Habitación Grande, la habitación más amplia y bonita de toda la posada. Seber Este era una gran ciudad, la última ciudad realmente grande antes de la frontera este de Avernarium. Era un importante núcleo donde se trenzaban varias rutas comerciales, siendo la más importante la Ruta del Este, que discurría por el Camino con el mismo nombre. La posada de los Puntos Cardinales, donde se hospedaba, era famosa por sus lujos insólitos. Cinco de las doce habitaciones disfrutaban de una bañera, y para el resto de los clientes había un baño común en la planta baja, lo cual ya era sin duda un lujo excéntrico.
Terminó su opípara cena en compañía de su consejero y su hermano. Los tres habían decidido comer en la habitación para poder mantener una conversación en la intimidad.

-En un par de días llegaremos a casa -dijo Briye - el joven de rasgos algo aniñados.
-¿Tienes ganas de llegar?
- Sí. Avernarium es hermoso a su manera, pero echo de menos Shult.
- Pues no creas que vas a descansar. Hay demasiados preparativos que hacer.
- Me sorprende tanto todo esto... -dijo Briye con gesto inocente.
- ¿El qué? -preguntó su hermano.
- Que una mujer quiera soportarte... no sé, es increíble -el joven dejó escapar una carcajada, y Rivas se unió a su risa.
- Vaya, vaya -Edaris fingió indignarse- ¿A qué huele? ¿Es eso la peste de los celos?
- No, querido hermano, eres tú. Te hace falta un baño -Briye siguió riendo, y Edaris no pudo evitar unirse a él.
Cuando consiguieron tranquilizarse, Rivas sacó un pergamino.
- Tenemos, efectivamente, muchos preparativos por delante. Y yo tengo que comprarle un presente de bodas a la novia, he pensado que una mujer tan inhabitual como esa encontraría entretenida la cetrería. ¿Un milano sería de su agrado?
- Tienes razón en que Níobe parece diseñada para cazar - Edaris permaneció un instante en silencio, contemplando toda la extensión de esa afirmación, y en qué situación le dejaba a él-, pero no admitirá practicar la cetrería con un animal menor. Como mínimo un halcón, aunque en cuanto aprenda a manejarse, sin duda exigirá un águila.
- No podrá levantar semejante peso -contestó Briye.
- Lo hará -dijo Rivas, categórico-. No subestimes a esa mujer, Briye. Podrías llevarte un disgusto.
- Hablas como si mi hermano se fuera a casar con un lobo en vez de con una mujer- se rió.
- ¿Y tú, qué le regalarás? -preguntó Edaris -. No quisiera que te disgustases, perono creo que a Níobe le gusten los habituales presentes para las novias shultes.
Briye sonrió.
- Ya lo he intuído. Precisamente por eso he comprado su regalo de bodas aquí, en Seber Este. En Avernarium han de conocer los gustos de sus gobernantes mejor que los extranjeros.
- ¿Sí? ¿Y qué te ha dicho Avernarium que desea su reina Níobe? - sonrió burlón Rivas, convencido de que cualquier comerciante le habría asegurado cualquier idea peregrina con tal de conseguir una venta.
- Libros. No te rías, Consejero -Briye fingió indignarse-, en estas tierras respetan mucho a sus gobernantes. Incluso diría que les... temen -frunció la nariz con disgusto-. Eso es lamentable, pero en todo caso me ha resultado útil: ha sido nombrar que el presente sería para su Reina y los tres paseantes a los que pregunté me remitieron directamente a la Escribanía de Leroy y Dacha.
- ¿Leroy y Dacha?
- Un matrimonio de maestros escribanos que viven en la calle Mayor. Fabrican y venden auténticas obras de arte, Rivas, a tí te hubiera encantado. Desde libros hasta ornamentadas plumas de faisán con baños en metales preciosos, tinteros de cristal tallado, lacre perfumado... una maravilla. El regalo... bueno, vale su peso en oro, literalmente, pero merecerá la pena.
- ¿Y de qué se trata ?
- Un libro de leyendas rennianas redactado por una antigua escriba avernaresa que viajó por todo el continente recogiendo las tradiciones de su pueblo. Ekaterina de las Nanas, la llamaban; al parecer compuso muchas canciones populares.

Briye se levantó y salió de la sala, volvió a los pocos instantes con un voluminoso tomo entre las manos. Estaba encuadernado en cuero teñido de negro, y los remaches y las cerraduras estaban labrados en oro y ornamentados con pequeños zafiros.

- Vaya - Rivas dejó escapar un suspiro de admiración-. He de reconocer, joven Briye, que tienes un gusto excelente. Si el contenido es la mitad de hermoso que el exterior, será un presente soberbio.
- Te aseguro que sí, Rivas -asintió el muchacho-. Lo he hojeado, y narra historias que ni yo conocía.
- Recuerdo - sonrió Edaris - cuando Briye y yo éramos pequeños y pasábamos las horas muertas escuchándote contar leyendas.
- Hace mucho de eso, mi señor -sonrió Rivas-. Pero fueron buenos tiempos.

Hace mucho, mucho tiempo, existía una Orden de Caballería conocida como Las Espadas Albas. En sus filas ingresaban los más nobles y desinteresados de todos los caballeros del Reino, y eran requeridos para acometer gestas y deshacer entuertos por todo el continente. No había mayor logro para un caballero que ser aceptado en Las Espadas Albas, ni mayor honor que morir en sus filas cumpliendo con su deber.
El más noble y valiente de todas las Espadas Albas fue Sir Gerwad el Silencioso, del que se decía que jamás fue vencido en justo combate. Sir Gerwad se ganó ese sobrenombre debido a un voto de silencio, pues aunque era el más admirado de todos sus compañeros, hubo una batalla que fue incapaz de ganar: durante toda su vida ansió el corazón de una mujer y jamás consiguió su objetivo.
Esta mujer era una dama de noble alcurnia llamada Lirio. Lirio era hermosa como un amanecer, pero era ciega de nacimiento. Aunque sus ojos brillaban con indecible belleza, jamás vieron nada que no fueran sombras. La hermosura de sus ojos era tal que los juglares dedicaban cantares a esos dos brillantes orbes; se decía que nadie había conseguido averiguar su color: ni eran del color del carbón, ni de los ópalos, ni de los zafiros, quizá fuera ninguno o tal vez fueran todos a la vez.

En su madurez, Lord Oswald Camethforth se hizo cargo de un joven y prometedor escudero llamado Gerwad. Dos años después, la esposa de Oswald murió dando a luz a su única hija, una hermosa muchacha a la que puso el nombre de las flores favoritas de su difunta madre, cuyo jardín de lirios era famoso en todo el lugar. Lord Oswald jamás superó la pérdida, y cuidó de la joven como oro en paño. Gerward el escudero creció a la vera de Lirio, cuidando de la niña como de una hermana. Finalmente el escudero se convirtió en caballero y Lord Oswald lo dejó partir en busca de aventuras con todo el dolor de su corazón, pues había llegado a quererlo como a un hijo.

Sir Gerwad marchó del hogar de su señor para recorrer el continente, y su valía y temple fueron tales que lo invitaron a unirse a las Espadas Albas; con sólo veintitrés inviernos se convirtió en el caballero más joven de la orden en toda su historia. Sin embargo, la buena nueva se vio empañada por un terrible acontecimiento: el mismo día que entró a formar parte de la noble orden, recibió una misiva: Lord Oswald estaba en su lecho de muerte y solicitaba su presencia.
Sir Gerwad partió raudo al instante hacia el castillo que había llegado a considerar su hogar, y llegó a medianoche. De inmediato le condujeron a los aposentos de Lord Oswald, el cual yacía en el lecho con el rostro consumido por la enfermedad. A su lado la frágil figura de Lirio, velada de negro como una viuda, sujetaba la mano de su anciano padre mientras la vida se escapaba de su lado.
- Señor -dijo Sir Gerwad arrodillándose junto a la cama de su maestro- Venceréis esta batalla como tantas otra veces hicisteis.
- Hijo mío - contestó el anciano-. Veo el dulce rostro de la muerte acercándose. El fin de mis días está pronto, ¿quién cuidará de mi pequeña? -dijo, apretando la mano de Lirio. Y la muchacha rompió a llorar-. Quiero que me prometas que cuidarás de mi mayor tesoro como si fuera tu propia hermana, y que como hermano velarás por su felicidad.
- Con ella he crecido, es mi hermana en mi corazón -contestó Sir Gerwad-.Protegeré su honor como si fuera mío, comerá a mi mesa como si fuera la suya, y cualquier cosa que yo posea o haga será tan suya como mía.
Lord Oswald sonrió, feliz, y expiró. La joven Lirio rompió a llorar sobre el cuerpo exánime de su padre. Sir Gerwad intentó consolarla y la abrazó, y al hacerlo olió su aroma y rozó su piel, y fue como una lápida sobre su alma, porque supo que jamás podría quererla como a una hermana y que incumpliría la palabra dada a su difunto maestro deseándola como otra cosa. Cuando Lirio se retiró el velo para secarse las lágrimas, la bella tristeza de su rostro fue como una puñalada en el corazón de Sir Gerwad. Y desde ese momento la arrebatadora hermosura de sus ojos lo persiguió como un fantasma hasta el fin de sus días.

Durante un año de luto permaneció en el Castillo Camethforth, velando a Lirio. Ella hablaba muy poco desde la muerte de su padre, pero pese a su juventud se instruía mucho, pues varias de sus doncellas le leían según sus deseos. Una noche fue a Sir Gerwad y le dijo:
- Señor, tengo dieciséis años. Sé que ningún caballero consideraría siquiera tomar como esposa a una ciega, pero tengo el deber de prolongar el linaje de mi padre. Como él me dejó a vuestro cuidado, es a vos a quien tengo que pedir que encuentre un digno heredero de la sangre de mis antepasados. Sé que es una tarea muy difícil debido a la oscuridad de mis ojos, pero los terrenos de Camethforth son ricos y abundantes. Quizá podríais hallar a alguien que estuviera dispuesto a cargar conmigo para conseguir las riquezas de mi dote.
Tales palabras pesaron el el espíritu de Sir Gerwad más que cualquier otra cosa, pues en calidad de hermano de la dama tendría que entregarla a otro. Lloró en silencio, y la ciega Lirio no pudo ver sus lágrimas. Tomó la mano de la doncella y dijo:
- Os prometo que encontraré a alguien digno de vos.
Grabó en sus retinas la dulce mirada de la ciega, la dolorosa belleza de sus ojos. Y con el alma apuñalada, partió.

Pasó años y años recorriendo el continente en busca de un caballero digno de la hermosa Lirio, pero a sus ojos, ninguno era tan meritorio. En completo silencio pasó esos años, como castigo autoimpuesto por haber permanecido callado cuando debió haber pedido la mano de Lirio. Durante sus andanzas, la fama de sus hazañas fue tal que su nombre era conocido por los confines de la tierra. Pasó diez años de búsqueda infructuosa, y aunque eran muchos los que deseaban la mano de la doncella, él se negó a entregársela a ninguno. Finalmente, acosado por el recuerdo de aquellos ojos, decidió volver a Camethforth y confesar sus sentimientos a la muchacha, pero cuando llegó encontró el lugar teñido de luto, y la única música que sonaba eran los gritos de las plañideras. Con el alma en vilo subió a los aposentos de Lirio, solo para encontrar a la doncella muerta yaciendo en su lecho entre las flores que le daban nombre. Sus damas de compañía habían limpiado y acicalado el cadáver, pero las marcas de la suicida adornaban sus muñecas, y en una mano apretaba un pergamino aún manchado de sangre húmeda. Destrozado, Sir Gerwad cogió la misiva y la leyó.

Mi muy amado sir Gerwad:
Habéis sido para mí más que un hermano, habéis sido mi guardián y toda mi familia. Jamás os hubiera importunado en vida con los deseos de una ciega, pues conozco la nobleza de vuestro corazón y sé que hubiérais hecho cualquier cosa para satisfacer mis deseos, pero ahora que ya no será una carga para vos puedo deciros que os amo. Vuestra voz ha sido para mí un consuelo maravilloso, y lo único que lamento es el no poder saber cómo era vuestro rostro.
El testamento de mi padre establece que si muero sin descendencia, los bienes de los Camethforth pasarán a vos. Os embarqué en la inútil empresa de buscar un esposo para mí, y ya es hora que os libere de semejante despropósito y os permita continuar con vuestra vida. Espero que seáis muy feliz con quienquiera que escojáis para compartir vuestros días, y solo he de pediros que no os olvidéis de cuidar los lirios de mi madre.
Al terminar de leer la carta, Sir Gerwad cayó de rodillas junto al cuerpo. El aullido de dolor que lanzó se escuchó a lo largo y ancho del país, y un viento helado recorrió Camethforth.
Esa misma noche, el castillo ardió hasta los cimientos. Y Sir Gerwad desapareció.

Desde entonces, una sombra recorre las tierras de Camethforth, un caballero de blanca armadura y mirada desesperada busca en vano aquellos ojos de indefinida oscuridad. Una vez cada pocas décadas encuentra a alguna dama que tiene en su mirada los iris de Lirio, y la arrebata dejando en su cama una de las flores blancas que dieron su nombre a aquella muerta hace siglos.
A ninguna de ellas jamás se las ha vuelto a ver. Tal vez sean ciertas las voces que dicen que el caballero vendió su alma al diablo para poder buscar a aquella que en sus ojos reencarne la mirada de Lirio, y que cuando encuentre una mirada exactamente igual a la de la joven doncella, comprará con su alma la vida de Lirio.



Briye terminó la lectura, fascinado.
- Esta es la leyenda que más me gusta de todo el libro -dijo, rompiendo en silencio.
- Desde luego merece la pena hasta la última moneda -Edaris tenía los ojos llororos-, jamás había oído una historia tan bella ni tan terrible.
-Sabía que en la frontera entre Shult y Erén existe la leyenda de un Caballero Errante que busca a una mujer con los ojos de la noche, pero desconocía por completo la historia original - dijo Rivas-. Ha sido una historia conmovedora.
- Desde luego. Y es curioso, ¿sabéis? Compré este tomo en concreto porque... bueno, sé que los ojos de la Reina Níobe son oscuros, eso es evidente... pero no sé de qué color son - sonrió a modo de disculpa.
- ¿Que no sabes de qué color son? -se extrañó Rivas.
- Ya, bueno -Briye sonrió-, solo he estado a solas con ella un par de veces, y no había mucha luz. Unas veces me parecían del castaño más oscuro, otras del azul negro del fondo del mar...
- Son negros -dijo Edaris, al tiempo que Rivas decía:
- Son opalinos.
- ¿Color ópalo? - Edaris negó-. No, si acaso tienen matices ligeramente... como el azul de medianoche.
- No, señor, recuerdo que cuando llevaba aquel collar de ópalos pensé que hacía juego con sus ojos- insistió Rivas.
- Los he visto brillar como zafiros -repitió Edaris-. Aunque a veces parecen negros, pero sospecho que haya de ser un juego de la luz.
Los tres se miraron entre sí. Luego Briye carraspeó.
- Bueno, esto no deja de ser solo una leyenda, ¿no es así?

18.8.09

Adiós, Edaris



La tenue luz del amanecer comenzó a filtrarse por las ventanas, despertando a Edaris, el cual estaba acostumbrado a levantarse al alba.
Tardó unos instantes en recordar qué había ocurrido y dónde estaba. Entre los brazos tenía algo muy suave... abrió los ojos: el cuerpo dormido de Níobe. Aspiró el olor de su cabello: olía como a violetas. Dormida, sus rasgos relajados, parecía apacible y dulce... La abrazó.
Apenas dirigió una mirada al resto de la habitación: estanterías plenas de libros y objetos, tapices, espejos, mesitas, sillones, y la enorme chimenea siempre encendida.
La sensación de estar bajo las suaves mantas con el cuerpo desnudo y cálido de la Reina era gloriosa. Hacía años que no se sentía tan bien; las preocupaciones que ayer ocuparan su mente habían desaparecido por completo. La terrible revelación de Rivas le parecía ahora algo sin importancia. Acarició la pálida piel de Níobe con deleite; hoy firmarían el contrato matrimonial y en breve sería su esposa... Se sintió pletórico, lleno de felicidad. La anterior había sido una noche oscura, pero el día de hoy se le prometía radiante y luminoso. Y su futuro al lado de ella... se sentía inmerso en un cuento de hadas.
- Mi señora...-susurró al oído de la durmiente, apartándole el cabello del rostro con dulzura-. Mi dama... -mentalmente saboreó el sonido de esas dos palabras puestas en su boca. Mi dama. Mía, para siempre.
Cubrió el cuello y el rostro de Níobe de suaves besos, finalmente ésta despertó.
Níobe miró a su alrededor, algo desconcertada. ¿Gael? Su mirada no del todo despierta se encontró con los claros ojos del shulte, que la observaban con completa fascinación.
- Ah... Buenos días, Excelencia -dijo ella, toda amabilidad y buenos modales. Pensó en la cara que iba a poner Nyx cuando se lo contara. Sonrió más ampliamente: se aseguraría de contárselo delante de Gael.
- Excelentes, mi Reina Níobe -sonrió Edaris, besándola en la comisura de la boca-. Gracias a vos.
Sí, claro.
- ¿Deseáis que os mande traer el desayuno? Es un poco pronto para mí...-miró el leve resplandor del sol que a duras penas se filtraba por la ventana-. Creo que dormiré un par de horas más.
- Creo, mi bella dama -contestó el Conde, sin dejar de sonreír-, que marcharé, no sin gran pesar, a refrescarme al pozo junto a la sala de guardia -estiró los brazos, marcando sus músculos en el proceso-. Tal vez inicie alguna rutina de entrenamiento.
Ella le echó una larga mirada apreciativa. Aún tenía que trabajar mucho con esa mentalidad inocente y cándida, pero mientras tanto podría disfrutar de su cuerpo.
- Como gustéis. A mediodía tendré redactado el contrato, pasad a examinarlo y firmarlo por la tarde -la Reina se acomodó entre las sábanas y cerró los ojos.
- Dormid bien, mi bella señora -se despidió Edaris, besándola de nuevo en la mejilla. Procuró no hacer demasiado ruido al coger sus ropas. Poniéndose únicamente los pantalones, con los zapatos y la camisa en una mano, abrió la puerta despacio para que no crujieran sus goznes. Echó una última mirada a la Reina dormida, admirándola de nuevo y sonriéndose por ser un hombre afortunado. Sin borrársele la sonrisa, salió de la habitación y cerró la puerta.


Cuando Níobe volvió a abrir los ojos, habían pasado tres horas más, y escuchaba a Florea prepararle el baño caliente, como todas las mañanas. Se envolvió en una bata de seda y salió a la antesala, donde el desayuno le esperaba. Tras desayunar y asearse, Florea y Sandra la vistieron con un sencillo vestido verde; después las despidió.
Se sentó frente al Espejo y, sonriendo, convocó al recuedro del Duque de Raven. La fantasmagórica imagen apareció de inmediato.
- Buenos días, sombra -saludó ella, de particular buen humor.
- Mi Reina Níobe IV de Avernarium -contestó el espectro de Sergei, haciendo una leve inclinación de cabeza tras haber aparecido entre las brumas del cristal. Esa fue la sensación que dio, pero en realidad ya llevaba bastante tiempo ahí, al acecho, sin que nadie lo viera-. Tenéis una sonrisa muy cautivadora esta mañana, mi señora -dijo, examinando el rostro y la postura de Níobe-. ¿Vuestro tozudo acompañante nocturno hizo bien su trabajo?
Níobe enarcó una ceja, genuinamente sorprendida por primera vez en mucho tiempo.
- ¿Cómo? ¿Cómo sabes eso? -preguntó.
- ¡Ja, ja, ja, ja! -rió Sergei, con verdaderas ganas. Las emociones son algo que tampoco abundaban al otro lado del espejo-. Perdonad mi carcajada, mi señora -continuó, sonriendo, tras pasársele el acceso de hilaridad-. Hacía mucho que no me reía así. Vuestro semblante no es tan gélido como desearíais -"ni vuestro seductor cuerpo", pensó mientras la miraba detenidamente, odiando su actual condición-: ha sido simple deducción.
- Ya... - Níobe le miró con desconfianza-. Bien, pues la respuesta es sí. Y si has deducido que he tenido compañía, también habrás deducido para qué te he llamado.
- ¿No queréis saber qué me ha llevado a esa conclusión? Bien, de acuerdo -concedió él-. Aunque no pienso arrebataros la posibilidad de darme vos misma la noticia, mi Reina.
- Por favor, ilústrame con tu sabiduría legendaria -sonrió ella-. Dime, Sombra, ¿cómo funciona tu brillante mente?
- Claro, mi señora. La cama revuelta -comenzó, didáctico- me dice que esta noche no la habéis pasado sola. Si vuestro acompañante hubiera sido vuestro fiel perro, sin duda alguna estaría aquí, guardándoos las espaldas. Al no estar él aquí -continuó, divirtiéndose con el proceso deductivo-, ha tenido que ser otra persona. Ahora, hay que añadir el hecho de que... bien, vuestro cuerpo y vuestra cara hablan de un gozo y de una sensación de triunfo enormes.
- ¿Y no adivinas también, espectro de mente lúcida, qué de todo este asunto me hace más feliz? -ella sonrió de nuevo, con dulzura, mirándole a los ojos.
- El contármelo concretamente a mí, mi Reina Níobe IV de Avernarium -contestó la sombra del Duque Negro-. Así que, como os dije hace un par de minutos, no os privéis de decírmelo, por favor.
- Por supuesto. Shult es mío. Y Erén le seguirá en menos de un año; todo sin que mi cándido prometido sospeche nada. La parte tan gratificante de todo este asunto es que tú, oh archimago de archimagos -su tono burlón era tan corrosivo como ácido-, jamás conseguiste vencer, anexionar o eliminar siquiera a los antiguos rennianos. No soy una mujer vanidosa, pero creo esta vez voy a permitirme el placer de regodearme frente a ti.
- Os felicito, mi señora -dijo Sergei, inclinándose de nuevo, compuesta su sonrisa zorruna-. De verdad os lo digo. Que triunféis allá donde yo no tuve éxito dice mucho de vuestra capacidad de planificación y de vuestras dotes de conspiradora. Os aplaudo. Pero...
- ¿Pero? Oh. Intenta quebrar mi felicidad, no lo conseguirás. Si en algún momento le encuentro un fallo a lo que tengo entre manos, sólo tengo que recordar las ingentes pérdidas que sufriste en la campaña contra Renn...
- ¿Ingentes? -preguntó el antaño Duque enarcando una ceja, molesto-. Espero que habléis de porcentajes y no de cantidades absolutas. Mi ejército nunca llegó ni a la quinta parte del de Renn: siempre preferí la calidad a la cantidad -expuso con creciente intranquilidad-. Mi fracaso vino de manos de la traición, no de los números del campo de batalla. De la traición -levantó la voz un poco, intentando dominarse pero sin conseguirlo- y de la soberbia desmedida de una satanista que provocó, para su desgracia y la mía, el cambio en las reglas del juego justo cuando lo tenía todo al alcance de la mano -en este punto su semblante ya estaba contraído por la ira y por la frustración, el cabello ondeando furioso al viento de ultratumba. Y sí, también por el hecho de que una hechicerilla de tres al cuarto le hubiera superado.
- Qué tonterías, sombra -Níobe hizo un gesto con la mano, y comenzó a ennumerar-. Sé que disponías de varios Hermanos de Ébano; y desde luego que si tus poderes eran lo que dicen, tú solo podrías haberte encargado de la mitad de los ejércitos de Renn. No justifiques tu propia ineptitud achacándola a la mala suerte o a las acciones ajenas -le mantuvo la mirada-. Te desconcentraste por culpa de aquella mujer mencionada en los diarios, tu última amante, y por tu debilidad terminaste arruinando unos planes perfectos. Tu esposa no era de fiar, y debiste acabar con ella cuanto antes. Ahora bien, ¿has seguido pensando en el problema que te exigí que solucionaras, sombra?
El Duque Negro necesitó unos segundos para recuperar la compostura. Pensaba que el hecho que la Reina le había comunicado no le escocería, pero se equivocaba. Recordar todos aquellos planes que trazó, todas las variables que manejó, la apuesta por la que pujó y que perdió... Pero eso era agua pasada. Necesitó toda su fuerza de voluntad para serenarse y recobrar de nuevo su habitual semblante burlón. "Después de todo, el cuervo siempre sabe aprovechar cada nueva oportunidad, ¿no?"
- Bien, mi Reina. ¿Tenéis ya las muestras de sangre apropiadas?
- Tengo la sangre que querías -señaló un pequeño armario con un gesto de la barbilla-. La recogí ayer antes de cenar y la he conservado con uno de tus excelentes hechizos. Me hubiera gustado entregártela fresca, pero... tenía asuntos que resolver.
- ¿La recogisteis... ayer? ¿Toda? -Sergei no pudo evitar quedarse con la boca abierta por la sorpresa-. Creí que habíais... eh, tardado todos estos días en llamarme porque el proceso era intrínsecamente lento. ¿Me estáis diciendo que habéis procedido a la exanguinación total de varios miembros de vuestra familia?
- ¡En nombre de todo lo sagrado, claro que no! -exclamó ella con fastidio-. Los bastardos no son miembros de mi familia. Y no he desangrado completamente a más de dos. No especificaste cuánta sangre querías, así que cogí los cinco litros de un par de ellos, a los otros cuatro solo les he quitado una botella de medio litro. ¿Será suficiente?
- Dioses oscuros -blasfemó el espectro-. Cada día os encuentro más parecida a mi esposa, mi Reina.
- ¿Y eso es un halago o un insulto? -preguntó la Reina, burlona.
- Es... una apreciación, mi señora -contestó Sergei, sacudiendo la cabeza-. Una apreciación de la oscura espiral descendente en la que os estáis sumergiendo. Igual que Ariadna.
- No puedo creer lo que oyen mis reales oídos -Níobe le observó con estupefacción y sorpresa-. ¿El Duque Negro me da lecciones de moral? ¿El hombre cuyas mazmorras eran conocidas por todo el continente? ¿El hombre que ha matado a todo aquél que le ha llevado la contraria?
- Para todo hay un límite, mi señora. Y, digáis lo que digáis, los bastardos son miembros de vuestra sangre. Si no lo fueran, la extracción de sus fluídos no hubiera sido más que una sádica forma de ocupar vuestro tiempo -señaló él-. ¿No estáis familiarizada con el trabajo del Prior Jacken, de Déneva?
- Te aseguro que no hay en mi interior una pizca de interés por mancharme las manos de sangre gratuitamente. Háblame de esos trabajos, pues.
- ¿Os acordáis de lo que os estuve diciendo hace días sobre la resonancia?
- Sí, por supuesto. Valoro mucho nuestras conversaciones, ex-Duque.
- Según las investigaciones del Prior Jacken -le explicó Sergei-, eliminar la propia sangre provoca un efecto resonante hacia el sujeto. La liberación de las energías tras la muerte de un noble de familia hechicera no se ve a simple vista, pero el Prior insistía en que la sangre llama a la sangre. Es decir: que la resonancia de esos bastardos se liberó hacia vos misma. ¿Me seguís?
- ¿Y cómo se manifiesta esa resonancia liberada hacia mí? Yo no he notado ningún cambio, ninguna sensación extraña -preguntó Níobe, fascinada por el caudal de conocimientos. Se arrellanó mejor en el sillón, doblando las piernas sobre el asiento. Asemejaba, en cierto modo, a una hermosa serpiente verde, sinuosa y lánguida. El recuerdo del Duque de Raven procuró no mirar ese movimiento...
- Por desgracia -contestó Sergei, centrando la mirada en los ojos de su interlocutora-, el Prior fue declarado hereje y asesinado por su propio hermano, el Príncipe Joshef, en un dramático intento de demostrar la falsedad de las investigaciones. Tiempo después, el Príncipe fue encontrado muerto de forma misteriosa, al parecer tras intentar conjurar un hechizo muy simple -sacudió la cabeza, pensativo-. Ciertamente es un tratado muy difícil de encontrar, mi señora, pero es curioso cotejar hechos que, a la luz de las investigaciones del Prior, revelan nuevos modos de entenderlos.
- Así que crees que cuando un hechicero muere, parte de su esencia retorna a los de su misma sangre... -Níobe se acarició el mentón, pensativa-. Curioso. Es extraño, pero en muchas leyendas Rennianas se hace referencia a caballeros "empujados por el espíritu de un ser cercano", o movidos y animados por pensamientos de familiares. Aunque yo creía que se trataba meramente de figuras literarias sin más importancia. Supongamos que es cierto, ¿mmm? - continuó, curiosa- ¿En qué me ayudará esto a eliminar la tara y para qué me has pedido toda esa sangre?
- Sólo tengo conjeturas que daros, mi señora. Pero os pregunto una cosa: ¿por qué, en la historia de este mundo, los parricidas, fratricidas y demás que se volvieron contra su familia, siempre acabaron muertos poco después de cometer el acto? -la sombra del Duque Negro se encogió de hombros, después cruzó los brazos-. Son sólo ideas mías. Volviendo a la toma de muestras, mi Reina -continuó, sonriendo torcidamente-, veo que se os ha olvidado el porqué de mis instrucciones.
- Tus elucubraciones no son exactas. Los casos de parricidio en Renn, aunque muy escasos y siempre motivados por trágicos y nobles motivos -Níobe suspiró con fastidio- nunca tuvieron consecuencias para los hijos; y en el norte, la Reina Cadmille IV mató al menos a tres de sus propios hijos antes de que alcanzaran la pubertad, y reinó casi cincuenta años. Sires III el Honrado se encargó de eliminar a sus dos hermanos y a una multitud de hijos bastardos de sus padres; y vivió casi cien años; Admentia VI de Rossum eliminó a su primogénito para continuar reinando en calidad de Regente... si las elucubraciones de ese Prior son ciertas, yo añadiría que sólo encontraron venganza las resonancias de aquellos hechiceros que ya habían desarrollado sus capacidades hasta un mínimo aceptable -terminó, pensativa.
El sol de la mañana entraba por la ventana abierta tras ella. Fuera, se escuchó el grito de un ave de presa al lanzarse tras su desayuno. La luz que se filtraba a la habitación acariciaba su oscuro cabello, arrancándole destellos luminosos. Níobe permaneció en silencio unos instantes, reflexionando sobre las palabras del Duque. No la convencía demasiado su teoría, la verdad.
- Como sospecharéis, mi astuta Reina -comentó Sergei-, esas elucubraciones son sólo un modo de distraerme. Y aunque lo que me habéis contado es posterior a mi... defunción, no es esto lo que íbamos a tratar. Como decía, lo que debéis hacer con las muestras extraídas...
Una llamada a la puerta interrumpió al Duque. El toque era el característico y tímido de Florea.
- Adelante -dijo Níobe.
La pequeña figura de la doncella entró en la sala sujetando un abultado ramo de rosas. La reina enarcó una ceja:
- ¿Lo envía Ayque... su Excelencia el Conde?
Florea asintió, sin moverse del marco de la puerta. Extendió con cuidado una mano donde llevaba una misiva sellada.
- Gracias, Florea; déjalo en esa mesilla -Níobe se aseguro de que Florea no viera el frente del Espejo.
La muchacha obedeció, y con una breve reerencia, abandonó la sala cerrando al puerta con mucha suavidad.
- ¿"Ayque..."? -la sonrisa del espectro de Sergei de Raven se ensanchó más-. ¿Ya le habéis puesto un mote a vuestro futuro marido?
- En realidad, Nyx. Tiene una mente prodigiosamente creativa. Edaris Ayquecruz de Shult -Níobe rió, mientras abría el sobre-. "Queridísima Níobe: Apenas me he separado de vos y ya os añoro, luz de mi vida" -leyó en voz alta, sin poder contener la risa.
- Sí, sin duda la nota de un renniano. Ahora bien -continuó él-, como os decía antes de que se me interrumpiera otra vez, debéis homogeneizar las muestras según las instrucciones del "Alquimia".
Níobe frunció el ceño con disgusto.
- Lo sé, y está hecho. Aunque no dispongo de tu poder -Níobe ejecutó una burlona reverencia-, no soy una aprendiz. Tal vez harías bien en comenzar a plantearte que hay más gente a parte de ti que es capaz de realizar procesos complejos. Las muestras están extraídas, conservadas, homogeneizadas y listas para comenzar a destilar lo que quiera que vayamos a hacer.
- No tengo por qué conocer hasta dónde han profundizado vuestros estudios, mi señora -se disculpó Sergei, conciliador-. En vida conocí a magos de terribles poderes que no sabían distinguir el extremo punzante de una jeringuilla. Bien -continuó-: una vez separadas en ocho partes iguales, extraeréis de cada una unos diez mililitros. Posteriormente comprobaréis su reacción al disolver en ellas una de las Octo Vires. Ocho muestras, ocho esencias.
Níobe asintió. El conocimiento que podía ofrecerle el recuerdo de Sergei de Raven le fascinaba.
- Si todo va bien, esta noche tendré las muestras preparadas. Con un poco de suerte, Ayquecruz se marchará al anochecer y tendré todo el tiempo de mundo para dedicarme a esto.
- ¿Tenéis todas las Vires ya? -preguntó burlón-. En ese caso tiradlas: serán impuras y no os servirán si no han sido recogidas poco antes del experimento. Mucho me temo, mi Reina -la comisura izquierda de su boca se elevó un par de milímetros más-, que váis a tener el tiempo bien ocupado.
Ella asintió levemente.
- De acuerdo. Rehacer las Vires y hacerlas reaccionar con la sangre. ¿Algo más?
- Por ahora os bastará con eso. Anotad las reacciones, y estad atenta: pueden ser inmediatas o demorarse algo.
- Lo haré, ex-Duque -Níobe miró el espejo-. Es una auténtica lástima que las circunstancias nos sean tan adversas, Sergei -parecía sincera-. Os aseguro que me hubiera gustado conoceros vivo.
La efigie de Sergei de Raven osciló levemente, como cuando un cuerpo vivo sufre un escalofrío. Quién sabe si de frío, de dolor o de placer.
- Mi Reina, os aseguro por lo más sagrado que, si estuviera entre los vivos, vos seríais el principal objeto de mi atención.
- No lo dudo, aunque lo que sí dudo es para qué tendrías vuestros ojos fijos en mí. Porque si te digo que me hubiera gustado conocerte vivo es porque realmente encuentro nuestras conversaciones muy gratificantes. Hubiera sido un auténtico placer compartir tu conocimiento y verte jugar a los alquimistas -sonrió con franqueza-. Aunque pienso que podría darte un par de lecciones como gobernante -añadió, sin rastro de malicia, lo que era muy inhabitual en ella.
Los ojos del Duque Negro destellaron de color ámbar una sola vez. "Tal vez no tengas que esperar mucho, pequeña hechicerilla. Dentro de poco comprobarás que no es bueno mezclarse en según qué asuntos. Los cuervos son muy orgullosos... y nadie repara en ellos hasta que llega su momento". Su sonrisa no se movió un ápice. El destello de sus ojos no fue sino un producto de la imaginación de la Reina de Avernarium.
- Sólo el tonto cree que sabe todo lo que hay que saber, mi señora.
EL gesto amable en el rostro de Níobe desapareció al instante.
- No me oirás jamás decir que sé todo lo que hay que saber, sombra -ni rastro del tono cálido en su voz-. Aunque haces bien en recordarme que sólo eres un recuerdo y debo tratarte como tal -se puso en pie, molesta-. ¿Tienes algo que más que decirme o debo despedirte? -preguntó con altivez.
- No deseaba molestaros, mi Reina -"todavía no, al menos", pensó-. Sólo comentaba mediante un aforismo popular las evidentes diferencias entre vuestro reinado y el mío -"tú tienes fértiles y anchas tierras, ingentes riquezas y una multitud de vecinos idiotas a punto de caramelo. Yo tenía inviernos gélidos, una esposa traicionera y la rastrera política del Imperio"-. Os felicito con toda sinceridad por lo que habéis logrado y por la pronta victoria a la que aspiráis -"tú quieres gobernar todas las tierras bajo el Sol. Yo pretendía poseerlas desde lo alto de las Esferas".
- ¿Llamarme estúpida es tu modo de comentar evidentes diferencias? -inquirió ella, mordaz-. Harías bien en cuidar tus palabras, sombra; puedo encargarme de que tu existencia en ese espejo sea un infierno o, por el contrario, consiga ser hasta placentera.
- Insisto -le dedicó una profunda reverencia-, mi dueña y señora, en que sólo intentaba señalar unas meras diferencias. Seguramente, de haber coexistido, vuestro ejemplo me habría enseñado sutiles modos de conseguir mis objetivos.
- No te engañes - Níobe se volvió a sentar, malhumorada-. Tarde o temprano habríamos acabado enfrentándonos. Y aunque tú probablemente estés seguro de que me habrías vencido, yo estoy segura de que nada habría sido tan sencillo como apuñalarte.


Aquella misma tarde, Edaris firmó el contrato prenupcial. Vio la sonrisa en el rostro de Níobe y creyó que era de felicidad. No se le ocurrió pensar que era de alivio por librarse de él: Edaris y su corte regresarían a Shult hasta la celebración de la boda, el próximo invierno.


6.8.09

Insomnio

Edaris de Shult caminaba nerviosamente de un lado a otro de su habitación. En la mano derecha sujetaba un pendiente de perlas.

Debería marcharme de inmediato.
Níobe...
Ha matado a ese hombre.
Tal vez no tenía otra opción...
Siempre hay otra opción.
¿Sí? ¿Y qué hubiera hecho yo?
Un duelo, por supuesto...
No todo el mundo tiene el autocontrol de un caballero. Níobe, por muy excepcional que sea, no deja de ser una mujer.
Debería marcharme de inmediato.
Jamás volverás a verla.
Hay más mujeres. Hay más candidatas a Condesa de Shult.
¿Hay más mujeres que desee ver cada mañana junto a mí? Ninguna.
Antes de mis deseos, está el Condado. Mi voluntad no tiene valor frente a lo que Shult necesita.
Jamás volverás a verla. Nunca. Tendrás que decir "sí, quiero" frente a otra mujer, sabiendo que es perjurio. Y todo porque ella ha matado a un plebeyo que la insultó. Yo habría hecho lo mismo, solo que con una espada en vez de con un puñal.
¡No es lo mismo! ¡En un duelo hay honor, hay posibilidad de defenderse!
El juglar sabía que la estaba insultando. No ha sido un error, ha sido deliberado.
El juglar era un mero mensajero...
El juglar, ahora que lo pienso, sonreía mientras entregaba ese supuesto mensaje. Disfrutó insultándola. Disfrutó como una rata insultando a una mujer que le había ofrecido su hospitalidad. No era un mero mensajero, era un partícipe de la injuria de Genar.
¿Y ésa es razón para matarle?
Es la ley. Y la ley ha de ser respetada.
No puedo quedarme aquí. Debo marcharme.

La luz de la luna se filtraba por la ventana. Se asomó: había oscuridad en el torreón donde dormía Níobe. Durante un instante tuvo la sensación de que era algo más que la ausencia de luz. Pensó en sus ojos furiosos mirándole, en sus labios trémulos y suaves, en su piel pálida. Recordó aquel beso hacía un par de noches. Evocó el sonido de su voz, a veces suave, a veces afilado. Se miró la mano: de tanto apretar el pendiente, se lo había clavado en varios sitios. Se llevó la mano frente a los ojos y vio brotar la sangre.
Así era Níobe, pensó. Tan bella como esa hermosa pieza de joyería, con brillantes perlas y delicadas filigranas talladas con infinito cuidado por algún maestro joyero. Tan letal como ese valioso pendiente que, solo de sujetarlo, le había cortado la piel hasta hacerle sangrar.

Se sentó. Pensó en ir a verla a su dormitorio. Tal vez podría... hablar con ella. Necesitaba decirle, ¿el qué?
Salió a la puerta de sus habitaciones, dos de sus soldados montaban guardia.
- Sir Adwey, id a buscar al Consejero Rivas y traedlo aquí.
- Señor -el caballero le miró, sorprendido-, es tarde...
- Lo sé. Aún así.
El hombre asintió, hizo un breve saludo con la cabeza y desapareció por el pasillo. Edaris volvió dentro.

Quiero quedarme con ella.
¿Eso es lo correcto?
Sí. Shult necesita a Avernarium.
¡Mejor caer bajo Erén que bajo la ignominia!
Por los dioses, estoy exagerando. No era más que un plebeyo que la había insultado.
¿Sí? ¿Y qué será después?
En nombre de todo lo sagrado, no puede ser tan difícil hacerle entender lo erróneo de su comportamiento.
No es una dócil dama shulte. Tiene más carácter que todo mi Consejo junto.
¿Y no es precisamente eso lo que la hace tan fascinante?
¡No necesito fascinación!

Llamaron a la puerta, Edaris fue a abrir. Rivas esperaba al otro lado de la puerta, con su camisa de dormir y su gracioso gorro terminado en borla. Tenía el gesto adormilado de quien acaba de despertarse, y una expresión abotargada por el sueño interrumpido.
- Joven Edaris, ¿no habéis visto qué horas son? -el anciano le miró con reproche- Yo ya no estoy tan joven como para trasnochar.
- Lo siento, Rivas, amigo mío... -se apartó de la puerta y volvió al interior de la habitación, comenzando a andar nerviosamente de un lado a otro-. Pasa, por favor. Y siéntate.
- Mi Conde -dijo el anciano, acercando su cansado cuerpo a una de las sillas de la habitación y mirando a su protegido con preocupación-, ¿qué hace que el máximo mandatario de Shult deambule a estas horas en vez de sumirse en un bien merecido sueño reparador?
- Bien merecido... Sí, eso es. ¡Se lo tenía bien merecido! -exclamó, golpeando una pared con fuerza.
- Edaris, tal vez si me contáis lo que sucede...
Edaris giró la cabeza y miró al anciano consejero fijamente, casi como si se preguntara qué estaba haciendo en su habitación. Entonces recordó para qué le había hecho venir.
- Rivas, yo... -cogió la otra silla, la acercó hasta la de Rivas y se sentó en ella-. No sé qué hacer. La Reina...
- ¡Ah! Así que es eso -el anciano asintió levemente, comprendiendo-. Mi joven muchacho. La Reina Níobe estaba en su derecho de hacer matar a ese... mensajero -casi escupió la palabra.
- Sí, Rivas, sí. Lo sé. Y en Shult ése habría sido también el resultado. ¡Pero es que la Reina lo apuñaló a sangre fría! -añadió, estremeciéndose com si hubiera sido él y no el isleño el ajusticiado.
- ¿Os sentiríais mejor si lo hubiera ajusticiado -puso énfasis en la palabra- mientras ardía de ira? ¿Lo que os molesta concretamente es el hecho de que lo hiciera a sangre fría?
- No... no sé que es lo que me molesta, Rivas. Hay algo tremendamente erróneo en esa situación, pero no soy capaz de determinar exactamente el qué.
- Quizá os desconcierta que lo matara ella -sugirió Rivas, suavizando el tono de voz-. Estáis acostumbrado a ver morir y matar hombres, señor. Pero creo que en toda vuestra vida habréis visto morir una o dos mujeres... y matar a ninguna.
- ¡Es que no está bien! - Edaris se mesó los cabellos- Ella no debería haberse manchado las manos de sangre, no debería...
- Joven Edaris - la paciencia de Rivas era casi infinita- os recuerdo que el Consejo escogió a la Reina Níobe, entre otras cosas, porque no se asustará si tiene que iniciar una guerra. Y eso, señor, es mancharse las manos de sangre.
- ¡Pero es que no es lo mismo participar en una guerra desde la seguridad del castillo y dejando el peso de los combates a los guerreros que llevan su blasón, que participar ella misma en las matanzas! -el joven se levantó y faltó poco para que enviara su silla al otro extremo de la habitación de un puntapié, así de fuerte eran su desconcierto y su nerviosismo.
Rivas suspiró, presionando con una mano sus ojos en un intento de mantener el caudal de paciencia. Pues éste sería casi infinito, pero el discutir con su soberano sobre temas ajenos a la forma en que éste se crió y habiendo dormido sólo 2 horas...
- Edaris...
- ¡No! ¡No está bien! -esta vez el Conde desahogó su frustración golpeando la mesa con su puño derecho y partiéndola en pedazos-. Una dama, y más una Reina, debe comportarse como dictan las normas de protocolo, ¡y no creo que apuñalar a un enviado de una potencia extranjera, con un objeto conjurado mediante hechicería, esté dentro de las normas de la buena conducta! -ni siquiera notó que se había herido. La sangre manaba de los profundos cortes que las astillas habían hecho en su carne, manchando su ropa y goteando hasta el suelo.
- Basta ya, Edaris -Rivas no gritó. Sólo habló con esa inflexión de la voz que utilizaba cuando era el preceptor de un crío que estaba destinado a heredar todo Shult. El Conde Edaris miró a su anciano consejero con sorpresa-. Cállate y siéntate en la cama. Ya -añadió, viendo que el joven abría la boca para protestar. Suspiró de nuevo-. Mira, jovencito, y atiende a lo que digo: la vida real no es como viene en los libros. Las pulcramente redactadas normas de todos esos manuales que debiste aprenderte de memoria no sirven -Edaris hizo ademan de protestar y el anciano le atajó con un movimiento terminante de la mano-. No sirven para nada. No ganan guerras perdidas, no protegen a tu familia, no dan de comer a los siervos, no salvan a tu anciana madre de ser violada -el consejero fue enumerando una a una sus razones-. No impiden que todos los que amas sean aniquilados por tu vecino. ¿Lo entiendes, jovencito?
- Eh... yo...
Rivas acercó la silla hasta la cama. Inmediatamente borró de su semblante la faz autoritaria del maestro y compuso la sonrisa del amigo preocupado. Puso su mano izquierda sobre la rodilla del joven Conde de Shult.
- Mi señor, entiendo dónde os halláis. Hasta este momento llevábais una existencia acorde con las tradiciones de Shult. Pero ahora no estamos en Shult. La situación actual me ha obligado a sacaros de esa idílica vida de caballeros de brillante armadura y de damas de mejillas sonrojadas. Y es más: deberéis sacar a vuestro Consejo de esa misma mentira -por un momento la sonrisa se deshizo y sus labios se apretaron con firmeza-, o Shult desaparecerá.
Edaris le miró como si no comprendiera de que hablaba, como si no fuera Rivas sino un extraño e inquietante engendro. Entendía sus palabras, formaban frases con sujeto y predicado, pero lo que querían decir se le escapaba por completo. ¿Acaso todo lo que había aprendido durante su existencia era mentira?
- Rivas... No te comprendo -susurró.
- Se acabaron los cuentos de hadas, mi inocente pupilo. Se terminó. Para siempre. Ha llegado el tiempo de las Reinas que apuñalan en el salón del trono, de las guerras que no se ganan en el frente y de las victorias de las que uno no puede estar orgulloso.
- No concibo que tú me estés diciendo esto -Edaris le observaba con espanto conmocionado.
- Alguien tiene que decíroslo, muchacho. Para que el pueblo de Shult sea libre, vais a tener que hacer muchas cosas que lamentaréis. ¿No os habéis preguntado nunca porqué Avernarium ha conservado su exagerado tamaño durante tantos siglos? Un terreno tan grande es un bocado muy interesante para muchos países circundantes, muchacho. Pero las Reinas de Avernarium siempre han sabido manejar la política a su antojo. Ya va siendo hora de que aprendáis algo de ellas. Níobe es vuestra mejor elección, muchacho; la necesitáis. Y necesitáis no solo que os apoye, sino que os enseñe. Ella maneja la política de un modo admirable; será la mejor tutora que nunca podáis tener.
- Rivas -dijo Edaris-, si el Consejo oyera esto que me dices...
- Por eso os lo digo aquí, a muchas leguas del Consejo. Ellos no lo entenderían. Viven tal y como prescriben las normas. Y si uno se pliega a las normas mientras que su enemigo se las salta... Ya sabéis cuál sería el desenlace.
El joven Conde de Shult pensó sobre las palabras que su fiel consejero le decía.
- Pero el honor...
- ¡Valgame la Luz, muchacho! -exclamó Rivas, levantando ambas manos hacia arriba, como si de verdad estuviera rogando a esa inexistente Luz-. Disculpad, mi señor -añadió, recobrando la compostura-. Edaris, tenéis que comprender que el concepto de "honor" que vos aprendisteis no es el concepto de "honor" que existe en realidad. ¿"Mejor muerto con honra que vivo sin ella"? Eso puede estar bien para alguien que no tiene la pesada responsabilidad de cuidar de cientos o miles de súbditos. "¿Dónde está ahí el honor?", me preguntaréis. Y yo os responderé: el honor está en sacrificar tu propia honra y tu propio orgullo por el bien de aquéllos que están a tu cuidado, incluso si para ello tienes que pisotear todo aquello que te enseñaron.
- Yo... no... - Edaris enterró la cabeza entre las manos-. No puedo creer que esté escuchando esto. El Consejo... El Consejo te hará ver que te equivocas -le miró, esperanzado-. Te mostrarán lo equivocado que estás... - se llevó la mano frente a los ojos, la mano con cortes en las palma hechos por el pendiente de Níobe y en el dorso por las astillas de la mesa-. Me niego a hacer esto. Si ser Conde implica escupir sobre las nobles enseñanzas de mis ancestros, abdicaré. Me niego.
- Eso no es nada valeroso, muchacho. ¿Dejar que vuestro hermano se encargue del problema?- el anciano suspiró-. Mirad, joven. Debéis contraer matrimonio con Níobe. Es de crucial importancia que contemos con Avernarium en la guerra que se avecina. Si... -Rivas torció el gesto- Si la situación se vuelve insostenible, siempre podréis solicitar el divorcio.
- No puedo creer que tú me estés diciendo esto -repitió.
- Abrid los ojos, Edaris. ¿Qué os diría el Consejo? Yo os lo diré: Vuestro primo Wallace permanecería meditabundo, y solo cuando se hubiera tomado una decisión le empezaría a sacar defectos. Vuestro hermano Briye lo solucionaría todo con una justa. Sir Brewe, Sir Admund y Sir Logan optarían por esperar. Lord Vessir consideraría...
Edaris se dio cuenta de que era cierto. Todas las reuniones del Consejo seguían esa mecánica. Todos y cada uno de sus Consejeros parecían interpretar un papel, siempre adoptando la misma postura... Entonces entendió por qué su difunto padre, que siempre descansara en la Luz, hizo que fuera Rivas quien le enseñara, quien le guiara. Augustus de Shult fue un hombre sabio y muy querido por su pueblo. Pero también fue un hombre previsor y muy pragmático. Sabía que eran necesarios ciertos cambios en el Condado o los malditos primos de Erén, que cada vez dirigían más su codiciosa mirada hacia Shult, declararían una guerra que las rígidas normas suscritas por el Consejo del Conde no podrían ganar. Así que fue moviendo sus piezas. Ahora Edaris lo veía mucho más claro: las levas para el ejército, los entrenamientos obligatorios, el aumento en las pagas de soldados y oficiales, la concesión del título de "Caballero" para aquellos soldados de clase baja que demostraran absoluta lealtad y dedicación, el establecimiento de los fuertes fronterizos... Y movimientos que darían su fruto aún a más largo plazo: como el plantear al Consejo la necesidad de alianzas o matrimonios con Estados más fuertes, o como el hecho de que su hijo recibiera la guía y el consejo del único hombre en quien de verdad confiaba Augustus. El único que sabía hacerle ver la realidad tal y como era: el viejo y sabio Rivas.
- Dime qué he de hacer -susuró Edaris, con el ánimo por los suelos.
- Vuestro universo acaba de desmoronarse, joven Edaris -dijo el anciano on dulzura-. Pero no os preocupéis. No es tan terrible. Mañana por la mañana id a ver a la Reina y...
- Le dije que me marcharía -cortó Edaris.
Rivas dio un respingo.
- ¿Qué?
- Le dije...
- Eso ha sido una estupidez, señor. ¡Un movimiento políticamente erróneo! Debéis arreglar eso cuanto antes. Y es posible -levantó un dedo, advirtiendo con firmeza al Conde- que la Reina os haga pagar por ese desprecio. Os prevengo: aceptad el castigo y sellad el compromiso cuanto antes.
Edaris simplemente asintió, derrotado. El anciano volvió a suspirar por enésima vez aquella noche. Su rostro se dulcificó una vez más. "Es tan joven...", pensó.
- Mi señor -dijo el consejero con suavidad-, os aseguró que entiendo en qué legamosas aguas tenéis chapoteando a vuestra conciencia. Yo también pasé por lo mismo cuando descubrí que todo en lo que creía no era más que un engañoso aunque bello velo que escondía a mis ojos la fealdad del mundo. Decidme, mi joven Conde: ¿amáis a esa mujer?
- Sí -respondió Edaris, aunque a regañadientes.
- Entonces deberéis poner más empeño en entender determinadas cosas. Ella, la Reina Níobe, no ha tenido nunca los ojos vendados. Será duro para vos, pero aún la amaréis más cuando veáis que ella se muestra a vos... eh... -aquí el anciano dudó un momento, pero tampoco quería sobrecargar más todavía los hombros de su pupilo- tal y como es. Sin esconderse en veleidosas y falsas normas, sin temer cruda la realidad.
- Tienes... Tienes razón -afirmó categóricamente-. Creo que iré ahora mismo a verla.
- Pero, mi señor, es ya muy tarde de madrugada. El sol...
- No -negó Edaris-. No puedo dejar que pase el tiempo. Níobe tiene todo el derecho en tener mis disculpas cuanto antes. Iré a sus habitaciones -continuó- y me arrodillaré ante ella, suplicando su perdón y haciéndola ver que ahora sé que tenía ella toda la razón, mientras que yo estaba equivocado... Buenas noches, mi fiel Rivas -dijo Edaris, sin mirar a su consejero-. Voy a ver a la Reina.
Y, así sin más, salió de la habitación a grandes zancadas. Rivas ni siquiera se molestó en detenerle. Una vez que un renniano de sangre noble comenzaba un camino, siempre lo terminaba. La tozudez innata a su condición había hablado, y más valía que nadie se interpusiera en su camino. O sería arrollado sin contemplación.

Dos soldados montaban guardia a la entrada de los aposentos de Níobe. Miraron extrañados a Edaris cuando se acercó a ellos.
- Apartaos -ordenó-, he de hablar con su Majestad.
- Señor, es tarde. Su Majestad descansa.
- Aún así -repitió, molesto. No estaba acostumbrado a tener que dar explicaciones- he de hablar con ella de inmediato.
- Señor... -comenzó a insistir uno de los guardias, pero Edaris no estaba dispuesto a ceder.
- Soldado, escuchadme. He de hablar con la Reina de inmediato sobre temas de muy grave importancia; si osas detenerme, me encargaré de que su Majestad sepa de tu comportamiento, y de que te castigue en consecuencia.
El guardia se quedó pálido. El término castigo en boca de Níobe era temible.
- Pasad -dijo el guardia, temeroso.
Edaris atravesó la puerta y entró en la antesala, donde todavía ardían los rescoldos en la chimenea. Frente a él, la puerta de Níobe. Llamó dos veces, nadie respondió. Nervioso, volvió a insistir...
La puerta se abrió, y una somnolienta Níobe vestida con un liviano camisón apareció en el marco.
- ¿Qué ocurre? -preguntó con voz adormilada.
- Mi señora, yo... -empezó Edaris. Carraspeó, miró al suelo, volvió a carraspear y entonces se arrodilló delante de la Reina. O más bien casi se tiró al suelo por lo rápido de su movimiento-. Mi señora Níobe, mi Reina, vengo a disculpar mi anterior comportamiento. Soy... Fui un iluso al no comprender los motivos que teníais para hacer lo que hicísteis y... Y yo... Venía a presentaros mis más humildes disculpas y mi más sincero arrepentimiento. Aceptaré cualquier castigo que...
Níobe tardó un par de segundos en comprender lo que estaba pasando. Luego sonrió.
- Levantaos, Excelencia -ordenó, con una mezcla de dulzura y autoridad-. El suelo no es lugar para vos. Y tranquilizaos, que apenas entiendo qué queréis decirme...- se apartó del marco de la puerta- pasad y sentaos -señaló un sillón.
Níobe se dirigió al baño, sonriendo pérfidamente para sí.
- Permitid que me aclare el rostro, estoy medio dormida -Edaris escuchó su voz y el caer del agua, mientras se levantaba del suelo y se dirigía, aún sin entender por qué no le castigaba inmediatamente, hacia el asiento que ella había señalado. La Reina volvió. Se sentó en otro sillón, junto a la chimenea-. Bien, Excelencia, respirad hondo un par de veces y decidme: ¿qué ocurre?
- Mi señora, vengo a pediros disculpas por el modo en que me comporté antes. Os amo y quiero casarme con vos. Si mi anterior... -buscó la palabra adecuada- exabrupto, totalmente fuera de lugar, ha hecho que me miréis con peores ojos y ya no deseáis que permanezca aquí, lo entenderé y lo aceptaré. Pero antes de que eso ocurra, he de admitir ante vos mi equivocación y declararos que lo que hicisteis no ha hecho más que revelarme un mundo que yo creía que no existía -se levantó, fue hacia ella, la tomó de la mano y puso una rodilla en la fría piedra-. Y debido a ello os amo más todavía, pues reconozco en vos alguien que además de sus otras virtudes tiene consigo la sabiduría del mundo real.
Níobe tuvo que esforzarse para no reír. Sin embargo, se le escapó una sonrisa que Edaris interpretó como un gesto de amabilidad.
- Vaya, Excelencia, ¿y no podían esperar vuestras disculpas a mañana? ¿O tanta urgencia tenéis que deseáis firmar ya el contrato matrimonial? - se burló.
Deslizó la blanca mano por el cabello de Edaris.
- En cierto modo encuentro vuestra espontaneidad encantadora. Tranquilizaos, estáis más que perdonado. Aunque he de decir que esperaba más resistencia frente a una posible negativa... ¿No fue Sir Gareth el Blanco quien se suicidó porque la mujer de la que se había enamorado le rechazó?
- Sir Gareth no tenía que cargar con el peso de multitud de súbditos. La responsabilidad que tengo sobre mis hombros y que mi padre me legó me impediría cometer ese acto, mi señora. Hacerlo sería un acto indigno de un Conde -utilizar los argumentos que Rivas le había hecho ver le infundía tranquilidad-. Si me rechazáis habré de vivir sabiendo que ninguna mujer podrá ocupar el lugar de aquélla que me rechazó.
- Que lástima. Con lo infinitamente romántico que sería eso, ¿no creéis? ¿Que un hombre se quite la vida por una? Me pregunto qué se sentirá... -Níobe le acariciaba el pelo con infinita dulzura, burlona y cruel-. Bien, señor: estáis perdonado. Mañana si lo deseáis firmaremos el contrato, y pasado podréis volver a vuestra tierra. ¿Cuándo deseáis celebrar la boda?
- Pero... eh, ¿no estáis...? Es decir, mi comportamiento anterior...
- ¿Sí? - Níobe le miró con fingido interés. En realidad, los titubeos de Edaris le sacaban de quicio- ¿Estoy qué?
- Enfadada, mi señora. Eso. Enfadada conmigo por cómo os grité, avergonzándoos en vuestro castillo.
- Sed positivo, si hubiérais sido un juglar... -esbozó una sonrisa en la que sus ojos no participaron-. Ya os he dicho en otra ocasión que los shultes sois como niños. Esperaba un comportamiento similar, si os he de ser sincera.
- ¿He de entender, pues, que no os he decepcionado, mi señora Níobe?
- Bueno, ya os he dicho que esperaba más resistencia frente a una posible negativa que un mero "me marcharé y pensaré en vos", pero a parte de eso, no. Además, si estuviera enfadada, Excelencia, os lo hubiera hecho saber.
Sí. Te lo habría hecho saber con sufrimiento infinito y humillaciones... Créeme, idiota. Cuando esté enfadada lo sabrás. Níobe deslizó los dedos por el contorno del rostro de Edaris. Puede que fuera un imbécil, pero era un imbécil hermoso. Apetecible.
- Mi Reina -dijo Edaris, acercando la mano de Níobe a sus labios y depositando en su suave piel un beso-, esta noche, en contra de todas las espectativas, me habéis hecho el hombre más feliz de todo el Putomundo. Sois la dueña de mi corazón, ahora y siempre -volvió a besarle la mano una vez más, le sonrió y se levantó-. Y ahora, mi señora, creo que ya os he hecho perder demasiado de vuestro precioso tiempo de descanso. Os agradezco que me hayáis atendido, me hayáis perdonado y me hayáis concedido el más valioso regalo de todo vuestro hermoso Reino -se inclinó ante ella en una profunda y perfecta reverencia-. Creo que me marcharé a mis habitaciones y os dejare dormir, mi Reina Níobe. Mañana será un día ajetreado.
- ¿Y porqué no os quedáis aquí? -Níobe le dedicó una mirada libidinosa, disfrutando sobremanera. Sabía que iba a escandalizarle.
- ¿Quedarme en vuestra habitación? -desde luego que Edaris estaba escandalizado.
- Eso he dicho - se puso en pie frente a él y le miró a los ojos-. ¿No os atrae la idea?
El Conde de Shult miró a la Reina, y no esta vez a los ojos. Fue consciente como no la había sido antes del hecho de que Níobe estaba vestida con un camisón que dejaba intuir su cuerpo más de lo que la imaginación sola concebía. Sus contorneadas caderas, sus pechos redondos y firmes, sus piernas... Oh, sí, desde luego que le atraía. Níobe, con un veloz movimiento, le empujó con fuerza, haciéndole retroceder y trastablillar. Edaris cayó sobre la cama, sorprendido.
- ¿Veis, señor? Sois como niños. Indecisos y tímidos.
- ¿Y sois vos quien ha de vencer esa timidez por mí? -preguntó Edaris a su vez, ensayando una trémula sonrisa.
- Vuestra timidez es encantadora, Excelencia -dijo mientras trepaba sobre él, hasta sentarse en sus caderas-, pero en ciertos momentos es un incordio. Como ahora, cuando quiero comprobar cuanto hay de cierto en vuestras afirmaciones.
- ¿Qué afirmaciones mías, mi Reina? -Edaris llevó instintivamente las manos hacia el cuerpo de Níobe, tocando la piel desnuda de sus muslos.
- Me dijisteis que érais un hombre experimentado -dijo mientras le quitaba la ropa-. Veremos a ver si estáis a la altura.
- Las espadas de Shult, mi señora, siempre están a la altura.