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5.10.09

La decisión de los Poderes Antiguos


"La Voluntad lo es todo. La Voluntad es lo único que importa, lo que mueve seres, imperios e Historia. Aquellos que achacan sus errores a la mala suerte se equivocan, pues lo único que falla, vence o mueve es la Voluntad."
Emperador Oculto de I-nang, el VII de la XVI Dinastía.


23/Decimus/año MDXXXVIII después del Año de los Infortunios
Despacho, Aposentos de la Reina Níobe. Castillo de Avernarium
Estación de las Hojas caídas.
Tres horas antes de mediodía.


- ¡Espectro!
Frente al Espejo, Níobe sujetaba "Reflexiones de lo Ultraterreno". Lo había leído y releído, y sin duda estaba mucho más tranquila. El baño y el desayuno la habían sentado bien. Volvía a sentirse Níobe.
La figura se condensó poco a poco... la reina no pudo dejar de notar que parecía mucho más consistente que la última vez, aunque no dijo nada. Incluso parecía que reflejaba algo más que el inexistente cuerpo del Duque Negro... Pero no, no era más que un absurdo producto de tantas horas en vela.
- Mi Señora -contestó la Sombra de Sergei de Raven, inclinándose levemente-. ¿Ya tenéis los resultados de las mezclas que...?
- Ahora no -interrumpió ella-. Olvídate de eso. Tengo algo más importante entre manos -señaló el tomo-. Háblame de la resurrección.
El antaño Duque de Raven la miró durante unos segundos, examinándola minuciosamente de arriba a abajo, y sacando más información de este estudio que la que le hubiera proporcionado un interrogatorio de quince minutos. "Ha estado sin dormir varios días... Alguien importante para ella ha muerto. Pero no ha sido él..."
- ¿Os referís al mito popular o al estudio serio de la Vida y la Muerte? -preguntó, señalando el pesado volumen que descansaba en el regazo de la Reina.
- Es evidente. Quiero conocer antecedentes de auténticas resurrecciones, no paparruchas de campesinos supersticiosos -contestó ella, impaciente, tamborileando con los dedos en el brazo del sillón-. Si quisiera cuentos llamaría a un bufón.
- ¿Quién ha visto terminada su existencia, Majestad? Hace días que os esperaba...
Níobe le miró fijamente.
- ¿Tenías esos lamentables modales y absoluta falta de tacto y educación cuando estabas vivo, o es meramente un producto de la soledad del Espejo? -espetó ella, implacable.
- Disculpad que parezca tan frívolo. Cuando uno está muerto se toma este estadio de la existencia de un modo... un tanto irreverente -contestó el hechicero muerto-. Pero os lo preguntaba por un motivo genuino: las energías envueltas en el proceso son, por lo que yo sé, de una potencia inusitada. Sólo quería asegurarme -continuó- de que no malgastabais vuestras fuerzas por alguien sin importancia... como mero pasatiempo, vaya.
Ella esbozó una sonrisa depredadora. La Reina de Hielo. Fría, carente de compasión, letal y cruel como el invierno... eso era lo que decían de ella, y no eran rumores infundados.
- ¿Crees que yo malgastaría mis fuerzas por cualquiera? -preguntó con dulzura.
- Cuando se trata con determinados sucesos, la línea que separa lo imprescindible de lo caprichoso es realmente muy fina, mi venerada Reina -se encogió de hombros de una manera muy elocuente-. Bien, vos veréis, pero no creáis que no sé que vuestra desaparición me relegaría al olvido, atrapado dentro de este marco entre lo físico y lo no-físico... sin ni siquiera el entretenimiento que me proporciona encontrar la solución a vuestros problemas...
El espectro se cruzó de brazos, irguiéndose, como cuando daba una lección magistral ante sus aprendices.
- El asunto de la Muerte ha fascinado desde siempre a los estudiosos -dijo-. Se han llenado páginas y páginas de pergamino, papiro, piel, piedra... La mayoría sólo sirve como combustible de un buen fuego... pero hay unos pocos tomos -volvió a señalar al libro que sujetaba Níobe-, que realmente merecen la pena. Y ése es uno de ellos. Por cierto, ¿es el original o procede de las copias hechas en las Torres?
Ella acarició el libro como quien acaricia a un amante.
- No sabría decirlo. Si no es el original, desde luego que es una de las primeras copias -levantó los ojos del libro-. Te he dicho alguna vez que tienes una voz hermosa, pero ahora no quiero que me entretengas. Ve al grano.
- Mi señor antepasado, Grodeg de Raven, era un visionario con una meta muy loable -continuó Sergei, aparentemente sin haber escuchado la última orden-. Lástima que su legado no perdurara...
Níobe le clavó los ojos como dos puñales. La mirada que le echó podría haber congelado una cosecha.
- ¿No te he hablado de los progresos del joven Sergei? -inquirió, ácida-. Tal vez cuando termines de contarme lo que quiero oír te hable de él. Y de los encantadores recuerdos que mis exploradores han encontrado en las ruinas del Castillo Raven
-Mi Reina Níobe, cuarta de su nombre -sonrió el Duque Negro, una mueca tensa y torcida, que le daba el aspecto de un viejo y astuto zorro-, no creáis que hablo por hablar. Cuando termine, vos misma decidiréis que lo que os digo merece la pena... -se pasó la mano por el cabello espectral, retirando un largo mechón que ondulaba frente a su rostro-. Preguntaba porque una copia siempre tiene errores. Y más una copia de ese ejemplar. Habréis comprobado el retorcido lenguaje en el que está escrito, la inusual profusión de perífrasis, metáforas y enigmas dentro de enigmas. Yo he leído ese tratado y, aunque nunca me interesó el estudio pormenorizado la Muerte, sí puedo deciros que es una colección de pensamientos y reflexiones de difícil comprensión. Muchos antes de vos lo han intentado, pero...
Ella se inclinó hacia el espejo, ansiosa de escuchar lo que el espectro tuviera que decir.
- ¿Pero? -repitió, incitándole a hablar.
- Pero, mi Dama -contestó escuetamente-. Simplemente "pero".
- ¿Qué quiere decir eso? - Níobe hundió las uñas en el terciopelo del sillón-. ¿Pero qué? ¿Funcionó o no funcionó? Deja de tentar a mi paciencia, porque te aseguro que no es mucha - le lanzó tal mirada que Sergei se alegró de estar al otro lado del espejo.
"Jugar con una bruja de la Casa de Avernarium siempre es entretenido... aunque es igual que mosquear a una cobra... Hay cosas que nunca cambian", pensó el ex-Duque.
- No os pongáis nerviosa, mi Reina, os lo ruego -dijo Sergei, con voz suave y melosa-. Tenéis que entender que esto es algo muy delicado. Más aún que el asunto de vuestra Debilidad Familiar -el espectro suspiró, o lo hubiera hecho de estar vivo-. Muy bien, ya que vos no lo habéis deducido, os lo deduciré yo: sí, siempre se tuvo éxito. En todas y cada una de las veces que se intentó, el cuerpo fue resucitado. O, por lo menos, en todas las que yo tengo noticia. Pero, y eso es lo que quiero que entendáis -la miró, serio-, resucitar un cuerpo no es traer de vuelta una vida. Esa es la trampa, mi señora. Y -continuó, sin detenerse apenas-, si leéis algunos de los diarios de los grandes hechiceros del pasado, o incluso de los principales cronistas, descubriréis que su habla de "sucesos" posteriores a la conclusión del ritual descrito en "Reflexiones de lo Ultraterreno". Sucesos -continuó, sin dejar que Níobe hablara-, que dejan entrever la liberación de "algo" que no debería ser liberado. Nunca se narra con claridad... y nunca se toma como advertencia.
- ¿Algo que no debería ser liberado? Maldita sea, ¿me estás diciendo que ni una sola de las veces salió bien? ¿Cómo es posible? ¿Acaso el ritual está mal diseñado, o es que todos los que lo intentaron cometieron el mismo error? ¡Habla!
- Dioses oscuros... -Sergei se llevó una mano a la cara. Nunca había tenido excesiva paciencia con sus aprendices. Tardó unos segundos en contestar-. No lo comprendéis. Os digo y os repito que se tuvo éxito. ¡El ritual funcionó! Si el resultado no fue exactamente el esperado sólo cabe deducir una cosa: una vida perdida es una vida perdida. Si se sigue el ritual, éste se corona con la resurrección del cuerpo, pero no con la devolución del finado de nuevo a la vida. Los "Poderes Antiguos" de los que habla el "Reflexiones" puede ser que sean inconmovibles y... -aquí el espectro paró, con los ojos bien abiertos, sorprendido.
- ¿Qué? ¿Qué ocurre? -Níobe examinó su expresión de sorpresa, sin encontrar nada que la justificara-. ¿Se puede saber qué te pasa? ¡Primero me dices que el ritual está bien hecho, pero sabes que eso es mentira! Nada es imposible para los suficientemente osados, y ¡tiene que ser posible resucitar correctamente! ¡Deja de comportarte como un alucinado!
- ¿Por qué no me di cuenta antes? -murmuró la sombra de Sergei, sin hacer caso de la Reina-. Es tan lógico... ¡Romper el equilibrio de las Fuerzas!
- ¿Y bien? -insistió ella, esperando. Hablar con el espectro la sacaba de quicio. Sergei de Raven hablaba con parsimonia, rodeaba los datos, daba vueltas y vueltas a los pensamientos, obligaba a su interlocutor a sacárselos casi a la fuerza. Ella, acostumbrada a que sus órdenes fueran obedecidas de inmediato, encontraba la lentitud del Recuerdo del Duque sumamente irritante.
Sergei levantó la mirada, como sorprendido de tener audiencia. Pero después recobró la compostura.
- Mi señora, ésa es la clave -dijo, triunfal-. Para conmover a los "Poderes Antiguos" hay que romper el equilibrio que mantienen. Hay que "golpear" la Balanza con la suficiente fuerza como para que el muerto reviva -su sonrisa era la del campeón de un torneo shulte-, ¡hay que poner toda la voluntad en ello! Hay que desearlo con absoluta desesperación. Se ha de necesitar la presencia de aquél al que se va a revivir. ¡Así de simple! Por eso fracasaron, mi Reina: no eran más que experimentos, fríos y calculados.
Toda la malhumorada ansiedad de Níobe desapareció. Durante unos segundos sonrió con una dulzura pueril, genuina, tierna. Con lentitud abrió el tomo y, cogiendo una pluma, hizo una clara anotación al margen. Dejó que se secara como si el tiempo no representara nada. Después se giró hacia el Espejo.
- El poder del deseo -susurró, lentamente, paladeando cada sílaba-. Imperios enteros han caído gracias a él. Es la voluntad de los poderosos la que rige el mundo.
Cerró los ojos y se reclinó en el sillón, de nuevo una laguna de calma y frialdad.

18.8.09

Adiós, Edaris



La tenue luz del amanecer comenzó a filtrarse por las ventanas, despertando a Edaris, el cual estaba acostumbrado a levantarse al alba.
Tardó unos instantes en recordar qué había ocurrido y dónde estaba. Entre los brazos tenía algo muy suave... abrió los ojos: el cuerpo dormido de Níobe. Aspiró el olor de su cabello: olía como a violetas. Dormida, sus rasgos relajados, parecía apacible y dulce... La abrazó.
Apenas dirigió una mirada al resto de la habitación: estanterías plenas de libros y objetos, tapices, espejos, mesitas, sillones, y la enorme chimenea siempre encendida.
La sensación de estar bajo las suaves mantas con el cuerpo desnudo y cálido de la Reina era gloriosa. Hacía años que no se sentía tan bien; las preocupaciones que ayer ocuparan su mente habían desaparecido por completo. La terrible revelación de Rivas le parecía ahora algo sin importancia. Acarició la pálida piel de Níobe con deleite; hoy firmarían el contrato matrimonial y en breve sería su esposa... Se sintió pletórico, lleno de felicidad. La anterior había sido una noche oscura, pero el día de hoy se le prometía radiante y luminoso. Y su futuro al lado de ella... se sentía inmerso en un cuento de hadas.
- Mi señora...-susurró al oído de la durmiente, apartándole el cabello del rostro con dulzura-. Mi dama... -mentalmente saboreó el sonido de esas dos palabras puestas en su boca. Mi dama. Mía, para siempre.
Cubrió el cuello y el rostro de Níobe de suaves besos, finalmente ésta despertó.
Níobe miró a su alrededor, algo desconcertada. ¿Gael? Su mirada no del todo despierta se encontró con los claros ojos del shulte, que la observaban con completa fascinación.
- Ah... Buenos días, Excelencia -dijo ella, toda amabilidad y buenos modales. Pensó en la cara que iba a poner Nyx cuando se lo contara. Sonrió más ampliamente: se aseguraría de contárselo delante de Gael.
- Excelentes, mi Reina Níobe -sonrió Edaris, besándola en la comisura de la boca-. Gracias a vos.
Sí, claro.
- ¿Deseáis que os mande traer el desayuno? Es un poco pronto para mí...-miró el leve resplandor del sol que a duras penas se filtraba por la ventana-. Creo que dormiré un par de horas más.
- Creo, mi bella dama -contestó el Conde, sin dejar de sonreír-, que marcharé, no sin gran pesar, a refrescarme al pozo junto a la sala de guardia -estiró los brazos, marcando sus músculos en el proceso-. Tal vez inicie alguna rutina de entrenamiento.
Ella le echó una larga mirada apreciativa. Aún tenía que trabajar mucho con esa mentalidad inocente y cándida, pero mientras tanto podría disfrutar de su cuerpo.
- Como gustéis. A mediodía tendré redactado el contrato, pasad a examinarlo y firmarlo por la tarde -la Reina se acomodó entre las sábanas y cerró los ojos.
- Dormid bien, mi bella señora -se despidió Edaris, besándola de nuevo en la mejilla. Procuró no hacer demasiado ruido al coger sus ropas. Poniéndose únicamente los pantalones, con los zapatos y la camisa en una mano, abrió la puerta despacio para que no crujieran sus goznes. Echó una última mirada a la Reina dormida, admirándola de nuevo y sonriéndose por ser un hombre afortunado. Sin borrársele la sonrisa, salió de la habitación y cerró la puerta.


Cuando Níobe volvió a abrir los ojos, habían pasado tres horas más, y escuchaba a Florea prepararle el baño caliente, como todas las mañanas. Se envolvió en una bata de seda y salió a la antesala, donde el desayuno le esperaba. Tras desayunar y asearse, Florea y Sandra la vistieron con un sencillo vestido verde; después las despidió.
Se sentó frente al Espejo y, sonriendo, convocó al recuedro del Duque de Raven. La fantasmagórica imagen apareció de inmediato.
- Buenos días, sombra -saludó ella, de particular buen humor.
- Mi Reina Níobe IV de Avernarium -contestó el espectro de Sergei, haciendo una leve inclinación de cabeza tras haber aparecido entre las brumas del cristal. Esa fue la sensación que dio, pero en realidad ya llevaba bastante tiempo ahí, al acecho, sin que nadie lo viera-. Tenéis una sonrisa muy cautivadora esta mañana, mi señora -dijo, examinando el rostro y la postura de Níobe-. ¿Vuestro tozudo acompañante nocturno hizo bien su trabajo?
Níobe enarcó una ceja, genuinamente sorprendida por primera vez en mucho tiempo.
- ¿Cómo? ¿Cómo sabes eso? -preguntó.
- ¡Ja, ja, ja, ja! -rió Sergei, con verdaderas ganas. Las emociones son algo que tampoco abundaban al otro lado del espejo-. Perdonad mi carcajada, mi señora -continuó, sonriendo, tras pasársele el acceso de hilaridad-. Hacía mucho que no me reía así. Vuestro semblante no es tan gélido como desearíais -"ni vuestro seductor cuerpo", pensó mientras la miraba detenidamente, odiando su actual condición-: ha sido simple deducción.
- Ya... - Níobe le miró con desconfianza-. Bien, pues la respuesta es sí. Y si has deducido que he tenido compañía, también habrás deducido para qué te he llamado.
- ¿No queréis saber qué me ha llevado a esa conclusión? Bien, de acuerdo -concedió él-. Aunque no pienso arrebataros la posibilidad de darme vos misma la noticia, mi Reina.
- Por favor, ilústrame con tu sabiduría legendaria -sonrió ella-. Dime, Sombra, ¿cómo funciona tu brillante mente?
- Claro, mi señora. La cama revuelta -comenzó, didáctico- me dice que esta noche no la habéis pasado sola. Si vuestro acompañante hubiera sido vuestro fiel perro, sin duda alguna estaría aquí, guardándoos las espaldas. Al no estar él aquí -continuó, divirtiéndose con el proceso deductivo-, ha tenido que ser otra persona. Ahora, hay que añadir el hecho de que... bien, vuestro cuerpo y vuestra cara hablan de un gozo y de una sensación de triunfo enormes.
- ¿Y no adivinas también, espectro de mente lúcida, qué de todo este asunto me hace más feliz? -ella sonrió de nuevo, con dulzura, mirándole a los ojos.
- El contármelo concretamente a mí, mi Reina Níobe IV de Avernarium -contestó la sombra del Duque Negro-. Así que, como os dije hace un par de minutos, no os privéis de decírmelo, por favor.
- Por supuesto. Shult es mío. Y Erén le seguirá en menos de un año; todo sin que mi cándido prometido sospeche nada. La parte tan gratificante de todo este asunto es que tú, oh archimago de archimagos -su tono burlón era tan corrosivo como ácido-, jamás conseguiste vencer, anexionar o eliminar siquiera a los antiguos rennianos. No soy una mujer vanidosa, pero creo esta vez voy a permitirme el placer de regodearme frente a ti.
- Os felicito, mi señora -dijo Sergei, inclinándose de nuevo, compuesta su sonrisa zorruna-. De verdad os lo digo. Que triunféis allá donde yo no tuve éxito dice mucho de vuestra capacidad de planificación y de vuestras dotes de conspiradora. Os aplaudo. Pero...
- ¿Pero? Oh. Intenta quebrar mi felicidad, no lo conseguirás. Si en algún momento le encuentro un fallo a lo que tengo entre manos, sólo tengo que recordar las ingentes pérdidas que sufriste en la campaña contra Renn...
- ¿Ingentes? -preguntó el antaño Duque enarcando una ceja, molesto-. Espero que habléis de porcentajes y no de cantidades absolutas. Mi ejército nunca llegó ni a la quinta parte del de Renn: siempre preferí la calidad a la cantidad -expuso con creciente intranquilidad-. Mi fracaso vino de manos de la traición, no de los números del campo de batalla. De la traición -levantó la voz un poco, intentando dominarse pero sin conseguirlo- y de la soberbia desmedida de una satanista que provocó, para su desgracia y la mía, el cambio en las reglas del juego justo cuando lo tenía todo al alcance de la mano -en este punto su semblante ya estaba contraído por la ira y por la frustración, el cabello ondeando furioso al viento de ultratumba. Y sí, también por el hecho de que una hechicerilla de tres al cuarto le hubiera superado.
- Qué tonterías, sombra -Níobe hizo un gesto con la mano, y comenzó a ennumerar-. Sé que disponías de varios Hermanos de Ébano; y desde luego que si tus poderes eran lo que dicen, tú solo podrías haberte encargado de la mitad de los ejércitos de Renn. No justifiques tu propia ineptitud achacándola a la mala suerte o a las acciones ajenas -le mantuvo la mirada-. Te desconcentraste por culpa de aquella mujer mencionada en los diarios, tu última amante, y por tu debilidad terminaste arruinando unos planes perfectos. Tu esposa no era de fiar, y debiste acabar con ella cuanto antes. Ahora bien, ¿has seguido pensando en el problema que te exigí que solucionaras, sombra?
El Duque Negro necesitó unos segundos para recuperar la compostura. Pensaba que el hecho que la Reina le había comunicado no le escocería, pero se equivocaba. Recordar todos aquellos planes que trazó, todas las variables que manejó, la apuesta por la que pujó y que perdió... Pero eso era agua pasada. Necesitó toda su fuerza de voluntad para serenarse y recobrar de nuevo su habitual semblante burlón. "Después de todo, el cuervo siempre sabe aprovechar cada nueva oportunidad, ¿no?"
- Bien, mi Reina. ¿Tenéis ya las muestras de sangre apropiadas?
- Tengo la sangre que querías -señaló un pequeño armario con un gesto de la barbilla-. La recogí ayer antes de cenar y la he conservado con uno de tus excelentes hechizos. Me hubiera gustado entregártela fresca, pero... tenía asuntos que resolver.
- ¿La recogisteis... ayer? ¿Toda? -Sergei no pudo evitar quedarse con la boca abierta por la sorpresa-. Creí que habíais... eh, tardado todos estos días en llamarme porque el proceso era intrínsecamente lento. ¿Me estáis diciendo que habéis procedido a la exanguinación total de varios miembros de vuestra familia?
- ¡En nombre de todo lo sagrado, claro que no! -exclamó ella con fastidio-. Los bastardos no son miembros de mi familia. Y no he desangrado completamente a más de dos. No especificaste cuánta sangre querías, así que cogí los cinco litros de un par de ellos, a los otros cuatro solo les he quitado una botella de medio litro. ¿Será suficiente?
- Dioses oscuros -blasfemó el espectro-. Cada día os encuentro más parecida a mi esposa, mi Reina.
- ¿Y eso es un halago o un insulto? -preguntó la Reina, burlona.
- Es... una apreciación, mi señora -contestó Sergei, sacudiendo la cabeza-. Una apreciación de la oscura espiral descendente en la que os estáis sumergiendo. Igual que Ariadna.
- No puedo creer lo que oyen mis reales oídos -Níobe le observó con estupefacción y sorpresa-. ¿El Duque Negro me da lecciones de moral? ¿El hombre cuyas mazmorras eran conocidas por todo el continente? ¿El hombre que ha matado a todo aquél que le ha llevado la contraria?
- Para todo hay un límite, mi señora. Y, digáis lo que digáis, los bastardos son miembros de vuestra sangre. Si no lo fueran, la extracción de sus fluídos no hubiera sido más que una sádica forma de ocupar vuestro tiempo -señaló él-. ¿No estáis familiarizada con el trabajo del Prior Jacken, de Déneva?
- Te aseguro que no hay en mi interior una pizca de interés por mancharme las manos de sangre gratuitamente. Háblame de esos trabajos, pues.
- ¿Os acordáis de lo que os estuve diciendo hace días sobre la resonancia?
- Sí, por supuesto. Valoro mucho nuestras conversaciones, ex-Duque.
- Según las investigaciones del Prior Jacken -le explicó Sergei-, eliminar la propia sangre provoca un efecto resonante hacia el sujeto. La liberación de las energías tras la muerte de un noble de familia hechicera no se ve a simple vista, pero el Prior insistía en que la sangre llama a la sangre. Es decir: que la resonancia de esos bastardos se liberó hacia vos misma. ¿Me seguís?
- ¿Y cómo se manifiesta esa resonancia liberada hacia mí? Yo no he notado ningún cambio, ninguna sensación extraña -preguntó Níobe, fascinada por el caudal de conocimientos. Se arrellanó mejor en el sillón, doblando las piernas sobre el asiento. Asemejaba, en cierto modo, a una hermosa serpiente verde, sinuosa y lánguida. El recuerdo del Duque de Raven procuró no mirar ese movimiento...
- Por desgracia -contestó Sergei, centrando la mirada en los ojos de su interlocutora-, el Prior fue declarado hereje y asesinado por su propio hermano, el Príncipe Joshef, en un dramático intento de demostrar la falsedad de las investigaciones. Tiempo después, el Príncipe fue encontrado muerto de forma misteriosa, al parecer tras intentar conjurar un hechizo muy simple -sacudió la cabeza, pensativo-. Ciertamente es un tratado muy difícil de encontrar, mi señora, pero es curioso cotejar hechos que, a la luz de las investigaciones del Prior, revelan nuevos modos de entenderlos.
- Así que crees que cuando un hechicero muere, parte de su esencia retorna a los de su misma sangre... -Níobe se acarició el mentón, pensativa-. Curioso. Es extraño, pero en muchas leyendas Rennianas se hace referencia a caballeros "empujados por el espíritu de un ser cercano", o movidos y animados por pensamientos de familiares. Aunque yo creía que se trataba meramente de figuras literarias sin más importancia. Supongamos que es cierto, ¿mmm? - continuó, curiosa- ¿En qué me ayudará esto a eliminar la tara y para qué me has pedido toda esa sangre?
- Sólo tengo conjeturas que daros, mi señora. Pero os pregunto una cosa: ¿por qué, en la historia de este mundo, los parricidas, fratricidas y demás que se volvieron contra su familia, siempre acabaron muertos poco después de cometer el acto? -la sombra del Duque Negro se encogió de hombros, después cruzó los brazos-. Son sólo ideas mías. Volviendo a la toma de muestras, mi Reina -continuó, sonriendo torcidamente-, veo que se os ha olvidado el porqué de mis instrucciones.
- Tus elucubraciones no son exactas. Los casos de parricidio en Renn, aunque muy escasos y siempre motivados por trágicos y nobles motivos -Níobe suspiró con fastidio- nunca tuvieron consecuencias para los hijos; y en el norte, la Reina Cadmille IV mató al menos a tres de sus propios hijos antes de que alcanzaran la pubertad, y reinó casi cincuenta años. Sires III el Honrado se encargó de eliminar a sus dos hermanos y a una multitud de hijos bastardos de sus padres; y vivió casi cien años; Admentia VI de Rossum eliminó a su primogénito para continuar reinando en calidad de Regente... si las elucubraciones de ese Prior son ciertas, yo añadiría que sólo encontraron venganza las resonancias de aquellos hechiceros que ya habían desarrollado sus capacidades hasta un mínimo aceptable -terminó, pensativa.
El sol de la mañana entraba por la ventana abierta tras ella. Fuera, se escuchó el grito de un ave de presa al lanzarse tras su desayuno. La luz que se filtraba a la habitación acariciaba su oscuro cabello, arrancándole destellos luminosos. Níobe permaneció en silencio unos instantes, reflexionando sobre las palabras del Duque. No la convencía demasiado su teoría, la verdad.
- Como sospecharéis, mi astuta Reina -comentó Sergei-, esas elucubraciones son sólo un modo de distraerme. Y aunque lo que me habéis contado es posterior a mi... defunción, no es esto lo que íbamos a tratar. Como decía, lo que debéis hacer con las muestras extraídas...
Una llamada a la puerta interrumpió al Duque. El toque era el característico y tímido de Florea.
- Adelante -dijo Níobe.
La pequeña figura de la doncella entró en la sala sujetando un abultado ramo de rosas. La reina enarcó una ceja:
- ¿Lo envía Ayque... su Excelencia el Conde?
Florea asintió, sin moverse del marco de la puerta. Extendió con cuidado una mano donde llevaba una misiva sellada.
- Gracias, Florea; déjalo en esa mesilla -Níobe se aseguro de que Florea no viera el frente del Espejo.
La muchacha obedeció, y con una breve reerencia, abandonó la sala cerrando al puerta con mucha suavidad.
- ¿"Ayque..."? -la sonrisa del espectro de Sergei de Raven se ensanchó más-. ¿Ya le habéis puesto un mote a vuestro futuro marido?
- En realidad, Nyx. Tiene una mente prodigiosamente creativa. Edaris Ayquecruz de Shult -Níobe rió, mientras abría el sobre-. "Queridísima Níobe: Apenas me he separado de vos y ya os añoro, luz de mi vida" -leyó en voz alta, sin poder contener la risa.
- Sí, sin duda la nota de un renniano. Ahora bien -continuó él-, como os decía antes de que se me interrumpiera otra vez, debéis homogeneizar las muestras según las instrucciones del "Alquimia".
Níobe frunció el ceño con disgusto.
- Lo sé, y está hecho. Aunque no dispongo de tu poder -Níobe ejecutó una burlona reverencia-, no soy una aprendiz. Tal vez harías bien en comenzar a plantearte que hay más gente a parte de ti que es capaz de realizar procesos complejos. Las muestras están extraídas, conservadas, homogeneizadas y listas para comenzar a destilar lo que quiera que vayamos a hacer.
- No tengo por qué conocer hasta dónde han profundizado vuestros estudios, mi señora -se disculpó Sergei, conciliador-. En vida conocí a magos de terribles poderes que no sabían distinguir el extremo punzante de una jeringuilla. Bien -continuó-: una vez separadas en ocho partes iguales, extraeréis de cada una unos diez mililitros. Posteriormente comprobaréis su reacción al disolver en ellas una de las Octo Vires. Ocho muestras, ocho esencias.
Níobe asintió. El conocimiento que podía ofrecerle el recuerdo de Sergei de Raven le fascinaba.
- Si todo va bien, esta noche tendré las muestras preparadas. Con un poco de suerte, Ayquecruz se marchará al anochecer y tendré todo el tiempo de mundo para dedicarme a esto.
- ¿Tenéis todas las Vires ya? -preguntó burlón-. En ese caso tiradlas: serán impuras y no os servirán si no han sido recogidas poco antes del experimento. Mucho me temo, mi Reina -la comisura izquierda de su boca se elevó un par de milímetros más-, que váis a tener el tiempo bien ocupado.
Ella asintió levemente.
- De acuerdo. Rehacer las Vires y hacerlas reaccionar con la sangre. ¿Algo más?
- Por ahora os bastará con eso. Anotad las reacciones, y estad atenta: pueden ser inmediatas o demorarse algo.
- Lo haré, ex-Duque -Níobe miró el espejo-. Es una auténtica lástima que las circunstancias nos sean tan adversas, Sergei -parecía sincera-. Os aseguro que me hubiera gustado conoceros vivo.
La efigie de Sergei de Raven osciló levemente, como cuando un cuerpo vivo sufre un escalofrío. Quién sabe si de frío, de dolor o de placer.
- Mi Reina, os aseguro por lo más sagrado que, si estuviera entre los vivos, vos seríais el principal objeto de mi atención.
- No lo dudo, aunque lo que sí dudo es para qué tendrías vuestros ojos fijos en mí. Porque si te digo que me hubiera gustado conocerte vivo es porque realmente encuentro nuestras conversaciones muy gratificantes. Hubiera sido un auténtico placer compartir tu conocimiento y verte jugar a los alquimistas -sonrió con franqueza-. Aunque pienso que podría darte un par de lecciones como gobernante -añadió, sin rastro de malicia, lo que era muy inhabitual en ella.
Los ojos del Duque Negro destellaron de color ámbar una sola vez. "Tal vez no tengas que esperar mucho, pequeña hechicerilla. Dentro de poco comprobarás que no es bueno mezclarse en según qué asuntos. Los cuervos son muy orgullosos... y nadie repara en ellos hasta que llega su momento". Su sonrisa no se movió un ápice. El destello de sus ojos no fue sino un producto de la imaginación de la Reina de Avernarium.
- Sólo el tonto cree que sabe todo lo que hay que saber, mi señora.
EL gesto amable en el rostro de Níobe desapareció al instante.
- No me oirás jamás decir que sé todo lo que hay que saber, sombra -ni rastro del tono cálido en su voz-. Aunque haces bien en recordarme que sólo eres un recuerdo y debo tratarte como tal -se puso en pie, molesta-. ¿Tienes algo que más que decirme o debo despedirte? -preguntó con altivez.
- No deseaba molestaros, mi Reina -"todavía no, al menos", pensó-. Sólo comentaba mediante un aforismo popular las evidentes diferencias entre vuestro reinado y el mío -"tú tienes fértiles y anchas tierras, ingentes riquezas y una multitud de vecinos idiotas a punto de caramelo. Yo tenía inviernos gélidos, una esposa traicionera y la rastrera política del Imperio"-. Os felicito con toda sinceridad por lo que habéis logrado y por la pronta victoria a la que aspiráis -"tú quieres gobernar todas las tierras bajo el Sol. Yo pretendía poseerlas desde lo alto de las Esferas".
- ¿Llamarme estúpida es tu modo de comentar evidentes diferencias? -inquirió ella, mordaz-. Harías bien en cuidar tus palabras, sombra; puedo encargarme de que tu existencia en ese espejo sea un infierno o, por el contrario, consiga ser hasta placentera.
- Insisto -le dedicó una profunda reverencia-, mi dueña y señora, en que sólo intentaba señalar unas meras diferencias. Seguramente, de haber coexistido, vuestro ejemplo me habría enseñado sutiles modos de conseguir mis objetivos.
- No te engañes - Níobe se volvió a sentar, malhumorada-. Tarde o temprano habríamos acabado enfrentándonos. Y aunque tú probablemente estés seguro de que me habrías vencido, yo estoy segura de que nada habría sido tan sencillo como apuñalarte.


Aquella misma tarde, Edaris firmó el contrato prenupcial. Vio la sonrisa en el rostro de Níobe y creyó que era de felicidad. No se le ocurrió pensar que era de alivio por librarse de él: Edaris y su corte regresarían a Shult hasta la celebración de la boda, el próximo invierno.


13.5.09

Que el vino corra como sangre


La botella de rosado estaba cubierta de escarcha. Era un vino viejo, caro, de sabor dulce.
Había conseguido descifrar unos pocos hechizos del grimorio. Y, con su precaución habitual, había hecho una copia de ellos al tiempo que procuraba memorizarlos. No se fiaba de la sombra del Duque Negro.
Pronunció el hechizo y el eco de una vida lejana se materializó ante ella.
- Buenas noches, ex-Duque.
- Su Majestad Níobe IV de Avernarium... -contestó Sergei, con una reverencia burlona-. Se os nota... ligeramente feliz -añadió, mirándola con atención el casi pétreo semblante.
- Qué sentido del humor tan encantador, espectro. ¿Siempre has sido tan empático?
- Bueno, mi señora. El conocimiento del estado anímico de un interlocutor es una ventaja. Pero no habéis contestado a mi pregunta -dijo, insistiendo en ese punto-. ¿Tal vez sea que habéis dado un paso más hacia el objetivo de que todo el continente se incline ante vuestra gracia y belleza?
- ¿Eso intenta ser sarcasmo, sombra? -Níobe sonrió dulcemente al espejo, desplegando todo su encanto-. Estoy feliz, espectro, porque voy a anexionarme el antiguo Renn sin mover un dedo.
La sombra frunció el entrecejo. Parecía que el último comentario de la Reina le había molestado...
- En realidad, Majestad, era una simple sátira -contestó, seco, Sergei-. ¿Renn, decís? ¿Todavía continúa existiendo ese señorío de ignorantes fanáticos envueltos en brillantes corazas?
- Sí. Terminó convertido en dos condados, Erén y Shult, que ahora se detestan a muerte como buenos hermanos gemelos -levantó la copa-. Y cuando ambos sean míos, brindaré a tu salud, sombra.
Sergei de Raven miró con avidez la copa. Hacía tanto que no saboreaba un dulce caldo. Cerca del Castillo Raven se extendía un campo de viñas que daban un vino delicioso. Sí, delicioso.
- ¿Y cómo pensáis hacerlo, mi Reina? -preguntó, curioso, para que ella hablara. Y sí, también para apartar de su mente el oscuro líquido-. ¿Los vais a empujar a uno contra el otro mientras miráis de lejos? ¿Y luego haceros con los restos? -miró con atención el rostro de Níobe. La sonrisa decía que sí, pero sus ojos, levísimamente entornados, podrían indicar otra cosa-. No, demasiado simple, ¿verdad? Vos sois del tipo al que le gusta estar cerca del escenario, para no perderse detalles... ¡Ah! -exclamó entonces, sonriendo con comprensión-. Sois astuta, mi señora, pero tal vez olvidáis algo.
Níobe paladeó el licor y le mostró la copa a la sombra, lanzando un suspiro de deleite.
- Un rosado de diez años. Helado, como es costumbre aquí -disfrutó volviendo a centrar la atención de Sergei en el vino-. ¿Y bien, qué olvido?
- Estoy seguro de que la legendaria terquedad renniana continúa pastando libre por esas tierras -comentó el Duque Negro, centrando la mirada en sus ojos-. Sin duda, producto de llevar a todas horas un caso de metal... Creo que impide el desarrollo de interesantes productos como la creatividad. O el saber parar...
- La terquedad puede ser muy útil bien enfocada. Cuento con ella para conseguir mis propósitos -sonrió con dulzura- ¿No vas a felicitarme, Sergei? Aunque seas mío, solías ser un hombre ecuánime. Suponía que apreciarías una buena maniobra.
- Os felicito, mi señora, pues reconozco una buena maniobra cuando la veo -dijo el Duque Negro, inclinando la cabeza y sonriendo, encantador-. Aunque sea vuestro esclavo y deba obedeceros lealmente mientras así lo deseéis... Eso sí -añadió-, no olvidéis mis palabras. Los rennianos son capaces de declarar una guerra simplemente por llevar un collar de oro en vez de plata en una recepción invernal. Son infantiles y muy propensos a... enrabietarse -enarcó las finas cejas-. Eso sí, de modo muy elegante y protocolario.
- Lo sé, lo sé... -sonrió auténticamente divertida- ¿Y no los hace eso entretenidísimos? No me negarás, Sergei, que jugar con ellos es una de las cosas más divertidas de la vida.
- Espero que recordéis eso mismo cuando un centenar de caballeros, más blindados que la puerta del Tesoro Imperial, llamen a vuestar puerta.
- Llamarán, Sergei querido, para pedir permiso para escoltarme hacia mi boda -bebió de nuevo-. Verás, ex-Duque. Yo poseeré Renn por la sencilla razón de que ellos me ven como una dama a la que proteger, no como un hombre que puede ser un peligro. Y esa será su perdición. Obedecerán mis órdenes si las disfrazo de dulces peticiones, lo sabes bien. Los rennianos no pueden resistirse a los suspiros de una dama, aunque les envíen a la muerte.
Sergei de Raven se encogió de hombros, en un gesto elocuente, sin apenas dirigir de nuevo sus ojos a la copa. Apenas.
- Ejerce el mismo encanto irresistible, para un renniano, la boda de una dama o su funeral. No voy a daros consejos que no pedís, Majestad.
- Aconséjame, aconséjame -pidió frunciendo los labios en un puchero-. Fuiste un hombre astuto, útiles han de serme tus consejos.
- Creo, mi magnánima y seductora Reina Níobe -dijo, esbozando una sonrisa lobuna-, que no me habéis... llamado... para que os aconseje, sino para algún otro asunto. Veo que tardáis en abordarlo. ¿O es que preferís encandilarme a...? -se interrumpió-. Por cierto, hablando de encandilar y seducir, no veo a vuestro fiel capitán de la guardia...
- No he seducido a Gael, Sergei. ¿Porqué lo sugieres? -inquirió, percibiéndose en su rostro un levísimo matiz suspicaz. El espectro era astuto, tendría que tener cuidado.
- Varias razones. Soy, o era, un hombre observador.
- Y tus razones son...
El espectro del Duque de Raven suspiró. En realidad no quería insistir en el asunto.
- Las veces que ha estado presente, con vos y yo, os miraba con una mezcla de deseo y añoranza -explicó, didáctico, mirándola de arriba a abajo-. Lo primero tiene una razón evidente. Lo segundo... bueno, sólo se explica si ya ha... probado vuestras mieles. Aparte de eso -comentó Sergei, suspirando de nuevo-, me dáis la impresión, y no os molestéis por el comentario, de que gustáis de usar vuestros encantos para conseguir vuestros deseos. Ya sea con... ¿Gael, se llamaba? O con un renniano.
- Sus visitas nocturnas no son más que trabajo, sombra. No he necesitado usar... ¿mis encantos?, es su trabajo y lo cumple sin más. Y mi boda con Shult -suponiendo que finalmente me decante por ellos y no por Alysium- se celebraría aunque yo fuera una vieja encorvada y arrugada. Necesitan a Avernarium, no a mí. La belleza es una herramienta, por supuesto, pero teniendo una buena inteligencia no es en exceso necesaria. En cualquier caso... Te he llamado para comprobar si has hecho avances en tus investigaciones, espectro.
- Veo que al fin os decidís a abordar lo que queríais en un principio. Pensé que a lo mejor habíais decidido abandonar tal empresa y...
- Pensaste mal. ¿Has hecho avances o no? -preguntó con brusquedad.
- Antes han de hacerse una serie de pruebas -explicó el Duque Negro-. Hay que establecer la fuente de vuestro poder, la esencia que hace que obréis magia. Sï -dijo, cortando el incipiente comenatrio que veía en los ojos de la Reina-, ya sé que la magia os hace rejuvenecer en proporción a la magnitud del efecto del hechizo.
- Obviamente, la fuente de mi poder es la Muerte que es consumida en cada hechizo. Por eso rejuvenecemos. ¿Qué más hay que saber sobre eso?
- El porqué, mi señora -Sergei sacudió la cabeza, como ante un estudiante del que se esperaba demasiado-. No el cómo, sino por qué precisamente eso. Sólo conociendo la razón de algo puede empezar a vislumbrarse el modo de cambiarlo.
- ¿Y has conseguido vislumbrar alguna razón de por qué nuestros hechizos funcionan así? ¿A qué se supone que has dedicado tu tiempo, sombra? Sergei el vivo no estará esperando para siempre -Níobe apretó los dientes, rabiosa.
- Paciencia, mi señora. Debéis ser paciente -dijo él, sonriendo con sorna-. ¿Estáis familiarizada con la Leyenda de los Ajenos?
- Ligeramente, pero estoy ansiosa por escuchar tu versión -bebió del vino para ocultar su decepción.
- Cuenta la leyenda que cada uno de los Siete Ajenos, en su búsqueda del concimiento absoluto, atrajo hacia sí uno de los ocho aspectos de la existencia -levantó los dedos uno a uno, enumerando-: Dolor y Perseverancia, Destino y Creación, Paciencia y Furia, Iluminación y Humildad. Son cuatro parejas de antagonistas. ¿Me seguís?
- Por supuesto -Níobe se acomodó más en el sillón-. Pero... ¿sólo Siete Ajenos? Hay ocho parejas... -suspiró-. Eres un excelente narrador. Tienes una voz muy hermosa... -sonrió, admirando el espejo... en el que ahora se veía el duque mucho más nítidamente, y también su entorno... Sillones, mesas, lámparas tenuemente perfiladas... que no correspondían a la realidad. Se sorprendió, pero no lo manifestó ni lo más mínimo, y prosiguió con calma-. Y fuiste un hombre muy atractivo. Una pena que estés en un espejo, si no... podíamos pasar un buen rato - esbozó una sonrisa pícara-. Pero prosigue, por favor.
La sombra del Duque sintió, al escuchar las palabras de la Reina, al ver cómo el vestido de noche que llevaba se abría intencionadamente al cruzar ella las piernas, un poderosísimo deseo por su cuerpo. No era más que un reflejo en un espejo, un recuerdo de alguien muerto tiempo atrás. Pero si hubiera podido sudar, en estos momentos las gotas perlarían su frente.
- Como decía antes, mi Reina Níobe IV de Avernarium -dijo Sergei, intentando sacar de su mente las sugerentes imágenes que iba generando. Esos labios, esos generosos y carnosos labios-, os gusta jugar con el efecto que provoca en los varones vuestros excelentes encantos. En todo caso -continuó-, efectivamente eran ochos aspectos, y los ajenos sólo siete. Uno quedó libre y no personificado. Pero eso no importa ahora.
Se llevó la mano izquerda al puente de la nariz, ligeramente aguileña, en una mueca de concentración, recordando viejas lecciones aprendidas de niño.
- Mi señora, cuando las familias hechiceras empezaron a usar el poder arcano de una manera... eh... excesiva y con el único propósito de adquirir poder -explicó-, los Siete Ajenos se enfadaron. Veían pervertido el Don que ellos amaron y procuraron alentar. Por eso, cuando nacieron las Grandes Casas y empezó la forja del Imperio a base de simple y pura hechicería, los Siete se reunieron en su plano de existencia y decidieron castigarlas. Ahí nacieron las taras familiares. Sólo -concluyó- hay que saber quién maldijo a vuestra estirpe. Entonces podremos empezar con la... curación.
- Encantadora historia. Tendrías talento como cuentacuentos. Y bien, sombra, ¿cómo hallaremos al Ajeno culpable? Porque no creo que eso pueda encontrarse en un libro...
- Bueno, no creo -el Duque parecía extrañado-. Los Ajenos nunca se han caracterizado por documentar sus actos. Y, según tengo entendido, en la actualidad es imposible llegar a ellos... Así pues, la única manera segura es experimentar con alguien de vuestra sangre que practique la hechicería.
- Creo que ya hablamos de esto. Tengo localizados a tres bastardos, y dos más esperan en las mazmorras. Empezaremos por ahí antes de utilizar a miembros capaces de usar la hechicería. Por lo pronto me he asegurado de que esos tres desgraciados estén recibiendo adiestramiento rudimentario -apenas podía contener su ansia.
- Mmm, bien -murmuró Sergei-. Eso complica un poco el asunto. Para ver claros los efectos se necesita alguien con algo más que meros rudimentos del Arte. Me parece que habrá que afinar muy bien los experimentos. Por lo pronto, es necesario extraer sangre de los sujetos antes y después de cada... prueba. Además -prosiguió- de los diversos humores corporales. Como bien sabéis, cada uno posee su propia resonancia.
- Habrá que trabajar con los medios de los que disponemos -dijo ella, algo molesta-. Mañana al alba iré yo misma a realizar las extracciones de humores -suspiró con fastidio-. Debería procurarme un aprendiz que se encargue de estos asuntos desagradables.
Sergei la miró con genuina sorpresa.
- ¿No tenéis ningún aprendiz, mi señora? -inquirió-. Eso es algo... ehh... muy inusual.
Ella asintió con la cabeza.
- Sí, lo es. Tampoco tengo tanta edad como para tener uno... -sonrió-. Y no creo que su compañía me resultase tolerable. No tienes porqué saberlo, espectro, pero se dice de mí que soy imperturbable... ¿Cómo era lo que dijo aquel bardo? -se mordió los labios, intentando recordar-. Sí, más gélida que una cuchillada. No me sentiría cómoda con un adolescente haciendo preguntas a mi alrededor. Tarde o temprano acabaría mandándolo empalar.
- A vuestra edad yo tenía ya dos aprendices -suspiró, recordando-. De todas maneras, un aprendiz os ayudaría en vuestros conjuros, y se encargaría de ir donde no deseáis ir pero se necesita alguien con poderes arcanos... Bueno -comentó, descartando el tema-, vos sabréis. Recordad -retomó de nuevo el hilo de la conversación anterior- que debéis aseguraros de que las muestras se conserven íntegras. Creo que en la página doscientos cuarenta y seis -añadió, señalando su propio grimorio- hay un buen ritual de conservación.
- Oh, sí - Níobe se giró, avanzó hacia unas estanterías y cogió de ellas una cala negra en perfecto estado, que flotaba suavemente sobre un disco de metal-. Ya lo he probado -sujetó la flor-. ¿No te parece preciosa? -la acarició con cuidado-. Cuando mi esposo muera, haré una corona de éstas para su tumba.
- Preciosa, mi señora -convino el archimago, asintiendo con sencillez-. Como vos.
- No tienes porqué halagarme, Duque. Sé que te desagrado soberanamente -ella sonrió-. Una pena, si las circunstancias hubieran sido otras, Sergei, seguramente nos habríamos llevado bien... hasta que nuestros intereses se enfrentasen.
- Lo que me desagrada es el nimio hecho de estar muerto. Aunque os aseguro que sólo hubo una mujer que pudiera estar a mi altura. Espero, mi señora -continuó el Duque Negro, cambiando de tema-, que reunáis cuanto antes las muestras. Hasta que tengáis una colección significativa de ellas, id repasando el "Alquimia", del maestro Gery Fauhaussen. Sobre todo los capítulos tres y siete...
- Ah, sí... -ella ignoró el cambio de tema, disfrutando ante la posibilidad de meter el dedo en la llaga-. Esa mujer. La que propició tu caída. Dicen las leyendas que era bella como la muerte y retorcida como la cizaña.
- ¿Os referís acaso a mi esposa, la dama Ariadna? -Sergei sonrió, divertido-. Sí, claro, cómo no iba a ser ella la que trascendió... Tan retorcida que acabó aprendiendo demasiado tarde que había... entes, de los que era mejor mantenerse alejada. O eso tengo entendido, mi señora. Aprended de su ejemplo.
- Tienes una voz hermosa, Duque. Distráeme. Cuéntame que pasó. No se suelen tener muchas oportunidades de escuchar la Historia de boca de quienes la vivieron.
- Si preferís que un recuerdo os cuente cuentos en vez de centraros en lo que os hizo invocarme... -la sombra se encogió de hombros- no soy yo quién para criticaros
- Entonces, adelante. Hasta que no tenga las muestras no puedes hacer nada, acabas de decírmelo. Distráeme al menos -ordenó Níobe como quien no está acostumbrada a repetir sus mandatos.
- No me reclaman en nigún lugar, así que... -rió con amargura el espectro-. La Dama Ariadna se creía muy buena conspiradora. Era buena, lo admito -dijo, reconociendo lo obvio-. Por un tiempo me engañó, atentando contra mi vida antes de que yo estuviera preparado. Pero no era tan buena como ella misma pensaba. La segunda norma no escrita del juego de poderes es "utiliza sólo las herramientas que puedas manejar".
- Si consiguió hacerte caer, debía ser buena. Además -se levantó, fue hacia la estantería y extrajo un tomo ajadísimo-, su diario me hace pensar que realmente era una mente brillante. Me encantan los párrafos -abrió uno de los tomos- que hablan de ti.
Perdió la mirada entre las líneas, sonriendo con burla. La tinta se conservaba tan oscura como el primer día, pero los bordes quemados del tomo atestiguaban que había sobrevivido a un incendio. En algunas zonas la humedad había hecho mella en los pergaminos. El lomo había sido restaurado con mimo, pues cuando Níobe lo halló estaba prácticamente destrozado, convertido en un fajo de papeles precariamente unidos por un par de hilos. Algunos pasajes eran de difícil lectura, y anotaciones al borde hechas con tintas de peor calidad se leían con mucha dificultad. La mujer que había escrito esas líneas poseía una letra hermosa y clara, y no había escatimado detalles en las descripciones de sus conspiraciones... ni de su esposo.
- ¿Poseéis las anotaciones de...? -preguntó muy sorprendido-. Bien, como sea, sabéis entonces que hacía tratos con criaturas del Inframundo. Conocéis sus planes, y deberíais ver dónde se equivocó. No creo equivocarme si aseguro que lo que pasó el día de... mi muerte, no fue propiciado por Ariadna, sino por sus "servidores", que se servían de Ariadna en realidad.
- Sí, yo también tengo esa sensación... aunque como sospecharás, las últimas semanas de vuestra existencia no están anotadas. Por lo que he podido deducir, lo que sucedió ocurrió de modo repentino. Así que tú podrás narrarme lo que no me cuenta el diario. Dime, ¿qué pasó? -cerró el tomo-. Habla de Sir Ilan, de tu "capricho", sea quien sea esa mujer, de las rencillas con Renn... La muerte de Zhura es el último acontecimiento importante registrado. Te aseguro que tu esposa era muy... descriptiva, releer la muerte de tu aprendiz me revuelve el estómago. Por otra parte, releer vuestra noche de bodas... -esbozó una sonrisa pérfida.
- ¡Mi señora, por todas las estrellas! -protestó Sergei. Al ver que ella sólo ensanchaba su sonrisa, suspiró y se resignó-. No sé lo que ella habrá escrito ahí, pero yo disfruté durante todo el proceso.
- ¿Quieres que te lo lea? -volvió al sillón y abrió el libro en su regazo, mirándole con picardía.
Recordar las sensaciones, casi sentirlas, aprehender esos momentos que ya casi se escapaban de su memoria. Con qué fuerza deseaba sentir, tocar, saborear, oler. Miró a la Reina. Era una auténtica belleza, desde luego. El pasado del Duque estaba lleno de noches de lujuria, de damas seducidas, de suspiros de placer. Esas piernas torneadas como si estuvieran hechas por un maestro alfarero; el cuello blanco y liso que le llamaba; el volumen de sus senos realzado por el busto del vestido intentaba atraer su mirada. Con un soberano esfuerzo se controló para no gritar de frustración.
- Hacedlo.
- Hagamos un trato -sonrió Níobe, y se sirvió más vino-. Yo no tengo una voz tan acariciadora como la tuya, pero sé que puede llegar a ser muy agradable. Sé bueno y cuéntame el final de tus días... y yo te leeré los mejores párrafos del diario.
- Queréis jugar a las preguntas -afirmó Sergei, desesperado por los recuerdos-. Muy bien, indiscreta Majestad. Pero creo que he de deciros que o a mi nada añorada esposa se le acabó la tinta, o vos no poseéis todo el diario. La muerte de Zhura aconteció casi un año antes del final de mis recuerdos. Bien -dijo-, ¿por dónde queréis que empiece?
- ¿Un año? -Níobe se mordió los labios, contrariada- Lamentable. Sin embargo, entre las ruinas de Raven no logré encontrar ningún diario más... -Níobe pensó en todos los hombres que aún mantenía husmeando en el cenagal en busca de restos-. Lo cual me recuerda... me han traído una cosa que creo que te encantará. Pero primero la historia. Zhura muere, y Ariadna encierra en un monasterio a tu hijo... y al otro hijo de esa muchacha a la que llama tu "capricho". ¿Qué pasó después?
- Lo de Renn dejó de ser una simple rencilla y pasó a ser una guerra abierta, pero supongo que eso será de dominio público -la Reina asintió, curiosa por detalles desconocidos, no por párrafos de libros de Historia. El Duque continuó-. Después de envenenarme sin tener éxito del todo, Ariadna aprovechó que tuve que salir para Selinon. Necesitaban a su Duque para infundirles tranquilidad por la cercanía de las tropas rennianas. Fui con una pequeña escolta, y creí que bastaría para hacer frente a cualquier cosa. ¡Ja! -rió-. Durante el trayecto, cerca del Marjal, unos asesinos a sueldo de mi queridísima esposa nos atacaron. Ayudados, por supuesto, por uno de esos "servidores" demoníacos que tenía. Eso lo descubrí después. Me dieron por muerto y, bastante malherido, logré penetrar en el pantano.
- ¿Y allí? ¿Qué hiciste allí? Ariadna aprovechó hábilmente tu desaparición para asentar su poder en el ducado.
- Pasar dos semanas con una vieja conocida. Creo que os toca -comentó, intentando no sonreír de anticipación-, mi señora.
- Claro -ella asintió, toda amabilidad-. ¿Qué párrafo prefieres? ¿La noche de bodas te gusta? ¿Alguno en el que salgas tú, o prefieres incluso alguno en el que tu esposa se entretenga con sus múltiples amantes?
- Elegid vos.
Níobe bebió vino para aclararse la garganta y comenzó a leer, acariciando cada palabra con su dulce voz.
- Una de las ventajas de que tu marido sea un libertino es que al menos es capaz de hacer bien su trabajo. Puede que nuestros encuentros conyugales sean esporádicos, pero ese imbécil aún me sirve para algo. Anoche vino a mi dormitorio, supongo que echa de menos a su pequeña zorra. Incluso se permitió el lujo de dedicarme un par de lindezas bastante logradas. Me sorprende lo entretenido que puede ser ponerle frenético. Cuando se sentó a beber de mi valioso tinto, comencé a besarle suavemente la nuca. ¡Casi pude oír como se le erizaba todo el vello! Cuando le quité la túnica, el muy desgraciado todavía tenía marcas de arañazos en la espalda... pero yo tenía mordiscos de Jules en el cuello, así que me las apañé para vendarle los ojos y atarle a la cama. No sería nada elegante restregarle por la cara mis infidelidades. ¿Sigo, mi Duque?
Sergei se dejó mecer por la voz de ella, rescatando evocadores recuerdos de su vida mortal. Era lo máximo a lo que podía aspirar.

6.5.09

Ecos del pasado


Gael despertó antes que su señora. Siempre lo hacía. Solía quedarse mirándola dormir; cuando estaba en el reino de los sueños parecía tan dulce, tan inocente. Su expresión plácida mientras soñaba contrastaba con el gesto perpetuamente helado de sus ojos mientras estaba despierta. La acarició. Aspiró el aroma de su cabello. Abrazó su cuerpo, tan familiar para él, que siempre olía a violetas.
La amaba. No podría vivir sin ella. Morir por ella era la máxima aspiración de su existencia.
O tal vez no. Había otras cosas que deseaba. Besarla cada mañana. Ser algo más que una distracción. Poder acariciarla en otro lugar que no fuera aquella habitación. Pasear junto a ella por los jardines. Poder llamarla por su nombre. Recibir sus sonrisas.
Se apartó de ella con cuidado, intentando no despertarla, y se dirigió al baño para acicalarse. Terminados sus preparativos matutinos, vestido ya con la armadura y el tabardo de la guardia personal de la reina Níobe, ordenó a los sirvientes que trajeran el desayuno de su señora.



- Bien, capitán -Niobe se envolvió en una bata de seda negra y se arrellanó cómodamente en un sillón frente al espejo-. Ha llegado el momento de volver a citarnos con nuestro siniestro amigo.
- Señora, por favor, no sigáis con esto. Traerá problemas.
- Confío en ti, Gael, y sabe el cielo que eres leal y astuto. Pero te falta ambición -le miró significativamente-. Ambición para conseguir lo que deseas.
Sin esperar respuesta, Níobe se giró hacia el espejo y lanzó el ensalmo.
En lo profundo del artefacto volvió a formarse la niebla y el recuerdo del Duque Sergei de Raven apareció ante Níobe y el soldado. El antaño archimago les saludó con una reverencia.
- Mi señora. Y compañía... Veo que os habéis demorado en llamarme. ¿En qué puedo complacer a mi benefactora?
- Ya lo sabes -dijo ella, ignorando de nuevo el tono burlón del Duque Negro-. La desaparición de la tara familiar. Para empezar.
- ¡Y para continuar! -exclamó la sombra, enarcando las finas cejas-. Una debilidad de sangre está dentro de vuestro más profundo ser. Es, por así decirlo, vuestra esencia. Lo que os hace quien sois. No creo que sea tan fácil de eliminar, mi señora.
- Pues si quieres continuar existiendo más te vale que lo vuelvas fácil, recuerdo.
La figura del espejo tardó unos segundos en responder, y cuando lo hizo sus ojos volvieron a destellar por un instante. En su semblante se dibujó un diminuta sonrisa.
- Es un reto... interesante. Y no es la primera vez que se intenta algo similar.
Níobe hizo un gesto a Gael para que le acercara una copa de vino. Inmediatamente una botella fue abierta y escanciada. Cuando el Capitán de la Guardia de la Reina le trajo la bebida y ella hubo mojado sus carnosos labios en ella, cruzó las piernas bajo la fina seda e hizo ademán a la sombra de Sergei de Raven de que continuara.
- Te escucho.
- No es algo que sea de dominio común -explicó él-. Como supondréis, algo así debía mantenerse en secreto ante la Corona Imperial, aún cuando ésta no tuviera el más mínimo poder. Hubo varias Casas que intentaron eliminar la tara: la Casa Varkko y la Casa Daementia, por citar dos ejemplos. Los Varkko tendían a volverse ciegos tanto mediante los sentidos físicos como mediante los arcanos -añadió, y sonrió más abiertamente-; y los Daementia...
- ¿Y ellos?
- ¿De qué creéis que les viene el apellido, mi señora?
- Una amena lección de historia, insulsa sombra. ¿Eso es todo lo que puedo sacar de ti? -preguntó Níobe, volviendo a beber de su copa-. ¿No hay nada más acerca de lo que puedas ilustrarme?
- Si es por enseñar, mi señora -contestó envarado Sergei, señalándola-, creo que vos ya enseñáis suficiente...
Efectivamente, al discurrir la conversación la Reina se había ido relajando, dejando que la suave seda se deslizase de sus piernas. Mostrando con ello sus muslos y dejando intuir lo que había más arriba.
- ¡Cómo osas...! -exclamó Gael, desenvainando su acero en un movimiento veloz y fluido, fruto de años de práctica. Dio un paso hacia el espejo, con el semblante crispado de furia por semejante insulto a su Reina.
Níobe alzó la mano, sin perder la seriedad.
- Basta, Gael. Nuestro... invitado lleva mucho tiempo aislado del mundo de los vivos -posó levemente la mano sobre el brazo del soldado al pasar él a su lado, y su gesto tuvo la virtud de tranquilizarlo de inmediato -. Es normal que... los apetitos de los vivos le parezcan infinitamente tentadores. ¿No es así, Duque? -cruzó las piernas para protegerlas de la indiscreta mirada del especto y se arrebujó más en la bata.
El Duque serenó su semblante.
- No sé a qué os referís.
- Me refiero, sueño sin cuerpo, a que debe ser terrible haber perdido toda corporeidad -se puso de pie y caminó hacia el espejo, felina-. Tocar. Beber. Saborear. El... tacto de la carne -pronunció cada sílaba lúbricamente- Me pregunto qué darías a cambio de esa posibilidad.
- Alguien en mi situación carece de deseos mundanos -contestó él con frialdad, intentando mantener la calma.
- Oh, Sergei -ella rió, burlona-. No pensarás de verdad que me voy a creer eso. No importa. Sigue con tus lecciones sobre las taras familiares. Dime, ¿porqué fracasaron esos otros intentos?
- Hace falta mucha fuerza de voluntad para controlar ciertas energías, señora. Y bueno... lo de la casa Daementia fue una completa estupidez. A medida que avanzaba el hechizo para deshacerse de la tara, se volvían más locos, con lo que no fueron capaces de finalizarlo -el espectro cabeceó-. En mis tiempos, las tierras de los Daementia eran un cráter encantador.
- ¿Y los Varkko?
- No finalizaron el hechizo. Con lo que... unas cuantas generaciones de la familia terminaron ciegas.
- Lo más interesante de todo eso es que el hechizo existe. Existe el modo de eliminar la tara -ella sonrió con avidez.
- Os equivocáis, mi señora -volvió a negar con la cabeza-. No es un hechizo. Que exista la forma de hacerlo, es una posibilidad, pero no una certeza.
- Me es igual, sombra. Desarrolla la manera.
- ¿Sois tan exigente con todos vuestros subordinados? -preguntó, a la vez que miraba hacia Gael, quien volvió a hacer el ademán de enarbolar su espada ante la velada sugerencia.
- No lo dudes -contesto Níobe, ignorando la puya- ¿Y bien?
La sombra que fue el Duque Negro sonrió con cansancio.
- Sí, creo que sé dónde se equivocaron ellos.
- ¡Excelente! -exclamó la Reina, incorporándose por la excitación del momento. Su movimiento dejó al descubierto sus hombros y su blanco escote- ¿Qué hay que hacer?
- Creo que la solución pasaría por un tratamiento alquímico, mi señora.
- ¿Te refieres a cambiar la sangre? -preguntó, casi incrédula y todavía de pie-. ¿Vas a venderme un remedio de feriante para que te conserve? ¿Acaso crees que eso no se ha intentado ya durante muchas generaciones? Pienso que tal vez me tomas por ingenua y sobrevaloras tu labia y tu valor. De poco te sirvió, quedando de tu Casa no más que un recuerdo atrapado en un espejo...
- Si habéis terminado de insultarme, mi señora Níobe de Avernarium, tal vez quisiérais permitirme la bondad de continuar...
Recobrando la calma, la Reina se colocó la ropa ante el espejo y se maldijo por aquel acceso de rabia. Se sentó de nuevo e hizo que Gael le trajera otra copa de vino, pues la que antes tenía estaba tirada en el suelo, derramado su contenido ante su estallido de cólera. Entonces se dio cuenta de que había visto su reflejo en el espejo. Volvió a fijarse otra vez... pero no, todo seguía como debía ser. La superficie sólo mostraba la figura de la sombra. Tal vez intuyó que llevaba la ropa descolocada y su mente inmediatamente dedujo que lo había visto en el espejo... No obstante, estaría atenta a deslices como aquél.
- Muy bien -dijo sencillamente-. Voy a concederte que tal vez sepas de qué hablas, sombra.
- Gracias -dijo Sergei con acritud-. Decía, mi señora, que creo que un tratamiento alquímico sería la solución. Pero no hablaba de cambiar vuestra sangre o la de vuestra familia. Hablaba de cambiar vuestra esencia. Una remodelación interna completa, vaya.
- Ya veo. ¿Y cómo piensas conseguir eso? -ella se llevó la nueva copa a la boca, paladeando suavemente el vino.
- Sólo estamos empezando, mi señora -se excusó el duque, mirando con avidez la copa. Inconscientemente se lamió los delgados labios-. Tal vez necesite... sujetos experimentales...
- Claro.
- ¿Entendéis a qué me refiero? -preguntó con incredulidad-. Hablo de sujetos que posean vuestra sangre.
Ella le observó con altivez.
- Te he entendido la primera vez, hechicero.
El Duque la devolvió una mirada asombrada. Tal vez fuera efecto de la luz, pero el reflejo del Duque parecía más tangible...
- ¿Decís que no os importa? ¿Utilizar a vuestra familia de cobayas?
- Por todos los diablos, hechicero. Mi familia son mis hermanas. Nada más. Pero... hay otros miembros que poseen mi sangre, claro está. Todos los reyes y reinas han tenido mil deslices. Ya es hora de que sean útiles.
El espectro se mesó la perilla, pensativo.
- Habláis de bastardos.
- En efecto. Y... ya que estamos en ello, me he permitido el lujo de mandar localizar al último descendiente de la muy aguada sangre Raven -sonrió dulcemente-. Para que probéis en él el sistema cuando esté puesto a punto.
- ¿¡Qué?! -aulló furioso el Duque- ¡Cómo os atrevéis a...!
- No debería de haber ningún problema si el sistema está perfeccionado. ¿O acaso el legendario Duque Negro cree que voy a utilizar uno de sus ensalmos sin comprobar que antes funciona sin efectos secundarios? No habrás sido tan idiota de pensar eso de mí, ¿verdad?
Sergei de Raven permaneció en silencio unos instantes. Luego sonrió.
- Sois astuta, mi dama.
- Precavida. Si gracias a tus consejos se acelera la conquista del Putomundo, me aseguraré de que el último descendiente Raven recupere el título y tal vez algunas tierras. Ya mismo está recibiendo educación en las artes que le corresponden. Si intentas engañarme, estarás destruyendo tu propio futuro, sombra.
- ¿Me dais vuestra palabra?
- La tienes.
Níobe se desperezó, felina, y se acercó de nuevo la copa de vino a los labios.
- Señora -preguntó el Duque-. ¿Puedo haceros una pregunta?
- Adelante.
- ¿Cómo se llama? ¿Cual es el nombre del último hijo de mi Casa?
Ella rió escandalosamente.
- No podía creérmelo ni yo, mi querido ex-Duque, pero el chico se llama Sergei. Ah, y no lo llames "Casa". Las pretensiones nobiliarias de tu advenediza familia de provincianos paletos murieron contigo. Creo que malvivía de pescador en los marjales que otrora ocupara tu castillo...
Era delicioso ir desgranando poco a poco la información, ver el semblante de tan famoso y poderoso mago con ese rictus de desconcierto. Ahí, totalmente anonadado y con la boca abierta. Lo único que se movía de su efigie era el largo cabello negro, siempre ondulante. Ocultó su leve sonrisa apurando el escaso líquido de la copa.
- Te noto... desconcertado, Duque Negro. Quién lo iba a decir. ¿Ves, capitán? -hizo un gesto hacia el soldado-. Recuerda este momento durante toda tu vida. Los hombres crecen y caen. Las Casas nacen y mueren. Pero el placer de sobrepasar a los que antes fueron más grandes que nosotros... ¡Ah! Eso es inmortal.
- Cuidado, joven dama -Sergei apretó los dientes-. Es posible que algún día os halléis en mi lugar, y frente a vos, otro patético ambicioso.
- Cuento con ello -aceptó Níobe, sin hacer caso del insulto-. Es el ciclo de la vida. Nadie existe para siempre. Nadie triunfa enternamente.



- Así que nada existe para siempre, ¿eh, pequeña y presuntuosa reina?
El susurro llenó la habitación vacía. Los rescoldos de la chimenea procuraban una mortecina luz que ilumniaba parcialmente los objetos cercanos. Dentro de la superficie del espejo, la efigie de Sergei de Raven se materializó. Sin ninguna orden externa.
- Mi triunfo sólo ha sido postergado, Su Majestad...
Los ojos de la sombra se entrecerraron y su rostro se crispó levemente en un esfuerzo de concentración. Al cabo de unos instantes, un suave aleteo se oyó en la repisa de una de las ventanas de la alcoba. Con un suave graznido, el cuervo avisó de su llegada.
- Congrega a tus hermanos, negro amigo -dijo Sergei con suavidad, casi con ternura-. Mis planes pronto llegarán a su conclusión -sus labios se distendieron en una sonrisa torcida-. El cuervo volverá a volar muy pronto.

24.4.09

La Sombra



Los símbolos estaban escritos. Las velas encendidas. Los cánticos susurrados. Gael velaba a su señora, situado prudentemente tras ella, con la mano sobre el pomo de su espada. Algo en su instinto de superviviente le decía que se arrepentiría de no romper el espejo a tiempo.
Níobe extendió las manos de largos y delicados dedos sobre las páginas del grimorio.
- Y ahora... te meae dispositioni praebeas, anime lemurum. Muéstrate, Sombra de Sergei de Raven.
El espejo susurró. El reflejo de los aposentos de Níobe desapareció, y en su lugar lo ocupó una densa niebla que poco a poco tomó forma. La figura era tenue y translúcida, y sólo estaba bien definido el busto aunque se intuían sus vestiduras. Ricas y de buena confección, por lo que parecía. El que se perfiló al otro lado del vidrio era un atractivo hombre de unos treinta años, de ojos oscuros y rostro delgado, casi anguloso, de cuidada perilla y una sonrisa de víbora. Su cabello negro y largo ondeaba lentamente con una brisa espectral.
- Quién me llama -la voz susurraba, creando fantasmagóricos ecos que se confundían con los leves sonidos del chisporroteo de las velas.
Níobe sonrió, satisfecha.
- Su Majestad Níobe IV de Avernarium, hechicero.
La figura en el espejo hizo una reverencia no carente de burla.
- Un honor, Majestad -susurró la sombra, sonriendo torcidamente.
- Ahórrate el protocolo, sombra.
- Sombra... -el gesto del hechicero se tornó pensativo-. Entonces, todo se ha perdido...
- No todo, espectro. Para mí sólo ha empezado el ascenso al triunfo.
- Una sombra. Un recuerdo -el reflejo ignoró el comentario de Níobe-. ¿Cuánto tiempo ha pasado, graciosa Majestad? -demandó de pronto.
- ¿El afamado Duque Negro necesita información? -preguntó Níobe a su vez, con un deje burlón. Él simplemente la miró con fijeza hasta que se sintió incómoda por tan intenso escrutinio-. Casi seiscientos años, hechicero. Y si no quieres apearme el tratamiento -añadió, ligeramente irritada-, llámame por lo que soy. Tu señora.
La figura de Sergei de Raven inclinó casi sumisamente la cabeza. Casi.
- Sí, mi señora Níobe IV de Avernarium. Y compañía... -al volverse sus ojos hacia Gael, éste sintió que un escalofrío le recorría la columna vertebral.
- Olvídate de la compañía, sombra. Yo soy lo único que ha de interesarte.
La sombra del hechicero sonrió con lascivia. Sus ojos recorrieron ávidamente el cuello de porcelana de la joven, sus labios carnosos, su delicado perfil.
- Por supuesto. Acaparáis toda mi atención.
Níobe entornó los ojos, miró al hechicero y luego desvió la vista al grimorio.
- A grandes rasgos, espectro, te interesa saber que estoy a punto de comenzar la mayor guerra de toda la historia del Putomundo. Cuando los ríos de sangre dejen de correr, mis hermanas y yo reinaremos sobre todo y sobre todos. Y aquí es donde entras tú. He estado leyendo tu grimorio, Duque Negro. Hay cosas aquí -tamborileó suavemente sobre el libro- que podrían serme muy útiles. Sin embargo... fuiste precavido, sombra. No es fácil descifrar tus textos.
Ella permaneció en silencio unos instantes, cogió una copa de vino y dió un pequeño sorbo.
- Conoces las reglas, recuerdo. Sé que intentaste hacer antes con otros lo que yo estoy haciendo contigo. Tengo el espejo y el grimorio. He ejecutado el hechizo, con éxito -sonrió con orgullo-. Debes servirme.
- Bien es cierto que nadie antes lo había logrado, mi señora Níobe -contestó con sencillez-. El que vos hayáis tenido éxito donde otros sólo logramos una efectista y barroca decoración para el salón dice mucho de vuestro...
- ¿Poder?
- Iba a decir dominio del Arte, mi señora. Lo del poder estaría por ver.
- Esas declaraciones evidentemente insultantes -contestó Níobe, mostrando sus blanquísimos dientes en una sonrisa-, proferidas por un mero recuerdo, carecen de todo valor. Sólo existes porque yo asi lo he querido, así que no olvides dónde estás -añadió, señalándole con el índice-: detrás de una lámina de vidrio.
El antaño Duque de Raven se inclinó en una profunda reverencia, conciliador.
- Mis disculpas, mi señora. Sé a quién debo lealtad.
- Pues no lo olvides -dijo ella, todavía burlona-. No tengo más que romper ese endeble artefacto tras el que estás para devolverte a las nieblas de la no-existencia. Dependes de que a mí me apetezca conservarte.
- ¿Y qué es aquello para lo que yo podría servirle a tan magnánima señora?
- Eres un bufón, mi querido ex-Duque -sentenció ella. Prefirió ignorar el leve destello ambarino que apareció por un instante en los ojos de la sombra-. Pero un bufón útil, no obstante. Serás una herramienta excelente.
- Puede que sólo sea la sombra de un Duque, y vos una Reina viva, pero no tengo porqué permitiros esos insultos, señora. Si tan bién conocéis el hechizo seréis consciente de ciertos... vacíos legales en él. He de serviros, así es. Más cuidado.
Ella se echó a reír.
- Es encantador encontrar algo de resistencia. Tras años soportando a serviles y débiles, será un reto tratar contigo.
El Duque Negro no pudo evitar esbozar una sonrisa.
- Los retos suelen ser peligrosos, mi señora.
- Eso espero, duque. Me decepcionarías si no.
Gael, olvidado, se revolvió.
- ¿Ocurre algo, capitán? -preguntó la joven sin apartar los ojos del espejo.
Sí. Un espectro de un muerto. Los recuerdos. Lo sobrenatural. El riesgo innecesario. Gael pensó todo eso y mucho más, el soldado veterano reconoce el peligro cuando lo ve. Pero sólo tuvo valor para decir:
- No, mi señora. Disculpadme.
El eco de Sergei de Raven dirigió su mirada hacia el capitán.
- Un hombre a tu espalda puede protegerte casi con tanta facilidad como puede apuñalarte... -sonrió-. Lo sé muy bien, mi señora. Dejad que ése sea mi primer consejo.
- Consejo innecesario -contestó la Reina, descartando el comentario de la sombra de Sergei con un gesto de la mano-. Gael es completamente fiel. Háblame de esto -señaló con el dedo una de las páginas del grimorio-. Hechizos destructivos que podrían... -la avidez se reflejó en su rostro.
- Ganar una guerra. Lo sé, mi señora. Sin embargo... creo recordar que en la Casa de Avernarium la magia tenía efectos sorprendentemente rejuvenecedores. Un hechizo de ese calibre os devolvería a la más tierna infancia.
- Tuve una infancia, pero desde luego que no demasiado tierna -comentó ella distraídamente-. Eres una mero eco, pero tienes todos los recuerdos y el saber del Duque Negro. Tú puedes ayudarme a esquivar esa restricción. Y con eso, unos cuantos hechizos de aquí -tamborileó en el grimorio- y los ejércitos que tenemos bajo nuestro mando, el Putomundo será nuestro en un abrir y cerrar de ojos.
- No lo dudéis, mi poderosa señora -señaló el libro-. Ahí, en ese manuscrito, está la recopilación de todo el saber de la Torre de la Hechicería de Raven.
- Famosa en su tiempo, tengo que reconocer...
- ¡Ja! La Casa Raven siempre favoreció el conocimiento.
- ...una lástima que ahora no sea más que una ruina calcinada en medio de una maloliente ciénaga rehuída por todos...
Sergei de Raven, o más bien la sombra de su recuerdo, se encogió ante el comentario, como si le hubieran golpeado. Había pasado mucho tiempo, sí. Pero saber que la casa de su familia se había convertido en un... maloliente cenagal...
- Tengo que meditarlo, mi señora -dijo con acritud-. Lo que vos deseáis es algo complicado y novedoso. Además, noto que empiezo a perder consistencia... Llamadme en un par de días, si os place.
Dicho esto, la sombra del Duque Negro hizo una reverencia y comenzó a desaparecer.
- ¡No te he dado permiso para ausentarte, maldito...! -exclamó airada. Era inútil, pues la figura ya se había disuelto en las brumas del espejo. Un espejo en el que ya no había nada.
- Mi señora... -dijo una voz a su espalda.
- Sí, lo sé, mi buen Gael -su voz había vuelto a su usual tono tranquilo-. Esa sombra piensa demasiado. Y demasiado libremente...
- Si lo deseáis, mi señora Níobe, yo mismo romperé el artefacto.
- No, mi fiel sirviente -dijo ella, casi riendo. Acarició con su delicada mano el pelo del Capitán de la Guardia-. Esto es un juego entre él y yo. Lo que no acaba de entender es que es un juego en el que yo dicto las normas.
Tomó otro delicado sorbo de la copa de vino y luego se la tendió a Gael para que la terminase.
- Estoy pensando... -el angelical rostro de Níobe perdió su mirada en el grimorio de Sergei de Raven-. Ha de quedar alguna posesión de la extinta Casa Raven entre las ruinas, sin duda. Seguramente nuestra sombra se sienta mucho menos tranquila si tiene ante sus ojos los restos de todo aquello que amó. Las ruinas de aquella ciudad están a poco más de una semana a caballo, suponiendo que continúe el buen tiempo... Manda de inmediato a un pelotón de guardias y a algún artesano capaz a husmear entre los restos -le ordenó-. Algún arquitecto, tal vez, o puede que un comerciante de arte; alguien que sepa tratar piezas delicadas. Diles que les pagaré su peso en oro.
Dicho esto, miró al soldado.
- Es tarde, Gael -comentó-. Acompáñame al baño. Necesito... relajarme.
La Reina se volvió y comenzó a andar hacia la puerta de la habitación. Captó un leve movimiento por el rabillo del ojo, se detuvo y dirigió su atención hacia él.
Un solitario cuervo permanenecía posado sobre una de las estanterías. Observándola con su negra y enigmática mirada.
- Echa a ese bicho. Sabes que no me gustan los pajarracos. Ah, y después cierra la ventana.



Florea entró en las habitaciones de la Reina Níobe a limpiar el polvo. No es que hubiera mucho, pues la joven era concienzuda en su trabajo y limpiaba la alcoba de su señora al menos dos veces al día. Pero era precisamente debido a su celo por lo que el polvo no tenía tiempo de acumularse.
- Florea...
El susurro fantasmal la sobresaltó, justo cuando estaba pasando el plumero por encima de una de las estanterías repletas de libros. Su mano se detuvo y su mirada recorrió varias veces la habitación. Todo parecía dentro de la normalidad y el susurro no se volvió a repetir, así que se encogió de hombros y desterró el extraño suceso a lo más profundo de su mente. Sacó un paño que llevaba atado al delantal y se puso a lustrar uno de los jarrones de la Reina.
A la señora le gustaba que todo reluciera.