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28.8.09

La leyenda

12/Decimus/año MDXXXVIII después del Año de los Infortunios
Estación de las hojas caídas.
La Posada de los Puntos Cardinales, Seber Este. En la Ruta del Camino del Este, a diez leguas de la frontera con Shult.

Edaris de Shult ocupaba la Habitación Grande, la habitación más amplia y bonita de toda la posada. Seber Este era una gran ciudad, la última ciudad realmente grande antes de la frontera este de Avernarium. Era un importante núcleo donde se trenzaban varias rutas comerciales, siendo la más importante la Ruta del Este, que discurría por el Camino con el mismo nombre. La posada de los Puntos Cardinales, donde se hospedaba, era famosa por sus lujos insólitos. Cinco de las doce habitaciones disfrutaban de una bañera, y para el resto de los clientes había un baño común en la planta baja, lo cual ya era sin duda un lujo excéntrico.
Terminó su opípara cena en compañía de su consejero y su hermano. Los tres habían decidido comer en la habitación para poder mantener una conversación en la intimidad.

-En un par de días llegaremos a casa -dijo Briye - el joven de rasgos algo aniñados.
-¿Tienes ganas de llegar?
- Sí. Avernarium es hermoso a su manera, pero echo de menos Shult.
- Pues no creas que vas a descansar. Hay demasiados preparativos que hacer.
- Me sorprende tanto todo esto... -dijo Briye con gesto inocente.
- ¿El qué? -preguntó su hermano.
- Que una mujer quiera soportarte... no sé, es increíble -el joven dejó escapar una carcajada, y Rivas se unió a su risa.
- Vaya, vaya -Edaris fingió indignarse- ¿A qué huele? ¿Es eso la peste de los celos?
- No, querido hermano, eres tú. Te hace falta un baño -Briye siguió riendo, y Edaris no pudo evitar unirse a él.
Cuando consiguieron tranquilizarse, Rivas sacó un pergamino.
- Tenemos, efectivamente, muchos preparativos por delante. Y yo tengo que comprarle un presente de bodas a la novia, he pensado que una mujer tan inhabitual como esa encontraría entretenida la cetrería. ¿Un milano sería de su agrado?
- Tienes razón en que Níobe parece diseñada para cazar - Edaris permaneció un instante en silencio, contemplando toda la extensión de esa afirmación, y en qué situación le dejaba a él-, pero no admitirá practicar la cetrería con un animal menor. Como mínimo un halcón, aunque en cuanto aprenda a manejarse, sin duda exigirá un águila.
- No podrá levantar semejante peso -contestó Briye.
- Lo hará -dijo Rivas, categórico-. No subestimes a esa mujer, Briye. Podrías llevarte un disgusto.
- Hablas como si mi hermano se fuera a casar con un lobo en vez de con una mujer- se rió.
- ¿Y tú, qué le regalarás? -preguntó Edaris -. No quisiera que te disgustases, perono creo que a Níobe le gusten los habituales presentes para las novias shultes.
Briye sonrió.
- Ya lo he intuído. Precisamente por eso he comprado su regalo de bodas aquí, en Seber Este. En Avernarium han de conocer los gustos de sus gobernantes mejor que los extranjeros.
- ¿Sí? ¿Y qué te ha dicho Avernarium que desea su reina Níobe? - sonrió burlón Rivas, convencido de que cualquier comerciante le habría asegurado cualquier idea peregrina con tal de conseguir una venta.
- Libros. No te rías, Consejero -Briye fingió indignarse-, en estas tierras respetan mucho a sus gobernantes. Incluso diría que les... temen -frunció la nariz con disgusto-. Eso es lamentable, pero en todo caso me ha resultado útil: ha sido nombrar que el presente sería para su Reina y los tres paseantes a los que pregunté me remitieron directamente a la Escribanía de Leroy y Dacha.
- ¿Leroy y Dacha?
- Un matrimonio de maestros escribanos que viven en la calle Mayor. Fabrican y venden auténticas obras de arte, Rivas, a tí te hubiera encantado. Desde libros hasta ornamentadas plumas de faisán con baños en metales preciosos, tinteros de cristal tallado, lacre perfumado... una maravilla. El regalo... bueno, vale su peso en oro, literalmente, pero merecerá la pena.
- ¿Y de qué se trata ?
- Un libro de leyendas rennianas redactado por una antigua escriba avernaresa que viajó por todo el continente recogiendo las tradiciones de su pueblo. Ekaterina de las Nanas, la llamaban; al parecer compuso muchas canciones populares.

Briye se levantó y salió de la sala, volvió a los pocos instantes con un voluminoso tomo entre las manos. Estaba encuadernado en cuero teñido de negro, y los remaches y las cerraduras estaban labrados en oro y ornamentados con pequeños zafiros.

- Vaya - Rivas dejó escapar un suspiro de admiración-. He de reconocer, joven Briye, que tienes un gusto excelente. Si el contenido es la mitad de hermoso que el exterior, será un presente soberbio.
- Te aseguro que sí, Rivas -asintió el muchacho-. Lo he hojeado, y narra historias que ni yo conocía.
- Recuerdo - sonrió Edaris - cuando Briye y yo éramos pequeños y pasábamos las horas muertas escuchándote contar leyendas.
- Hace mucho de eso, mi señor -sonrió Rivas-. Pero fueron buenos tiempos.

Hace mucho, mucho tiempo, existía una Orden de Caballería conocida como Las Espadas Albas. En sus filas ingresaban los más nobles y desinteresados de todos los caballeros del Reino, y eran requeridos para acometer gestas y deshacer entuertos por todo el continente. No había mayor logro para un caballero que ser aceptado en Las Espadas Albas, ni mayor honor que morir en sus filas cumpliendo con su deber.
El más noble y valiente de todas las Espadas Albas fue Sir Gerwad el Silencioso, del que se decía que jamás fue vencido en justo combate. Sir Gerwad se ganó ese sobrenombre debido a un voto de silencio, pues aunque era el más admirado de todos sus compañeros, hubo una batalla que fue incapaz de ganar: durante toda su vida ansió el corazón de una mujer y jamás consiguió su objetivo.
Esta mujer era una dama de noble alcurnia llamada Lirio. Lirio era hermosa como un amanecer, pero era ciega de nacimiento. Aunque sus ojos brillaban con indecible belleza, jamás vieron nada que no fueran sombras. La hermosura de sus ojos era tal que los juglares dedicaban cantares a esos dos brillantes orbes; se decía que nadie había conseguido averiguar su color: ni eran del color del carbón, ni de los ópalos, ni de los zafiros, quizá fuera ninguno o tal vez fueran todos a la vez.

En su madurez, Lord Oswald Camethforth se hizo cargo de un joven y prometedor escudero llamado Gerwad. Dos años después, la esposa de Oswald murió dando a luz a su única hija, una hermosa muchacha a la que puso el nombre de las flores favoritas de su difunta madre, cuyo jardín de lirios era famoso en todo el lugar. Lord Oswald jamás superó la pérdida, y cuidó de la joven como oro en paño. Gerward el escudero creció a la vera de Lirio, cuidando de la niña como de una hermana. Finalmente el escudero se convirtió en caballero y Lord Oswald lo dejó partir en busca de aventuras con todo el dolor de su corazón, pues había llegado a quererlo como a un hijo.

Sir Gerwad marchó del hogar de su señor para recorrer el continente, y su valía y temple fueron tales que lo invitaron a unirse a las Espadas Albas; con sólo veintitrés inviernos se convirtió en el caballero más joven de la orden en toda su historia. Sin embargo, la buena nueva se vio empañada por un terrible acontecimiento: el mismo día que entró a formar parte de la noble orden, recibió una misiva: Lord Oswald estaba en su lecho de muerte y solicitaba su presencia.
Sir Gerwad partió raudo al instante hacia el castillo que había llegado a considerar su hogar, y llegó a medianoche. De inmediato le condujeron a los aposentos de Lord Oswald, el cual yacía en el lecho con el rostro consumido por la enfermedad. A su lado la frágil figura de Lirio, velada de negro como una viuda, sujetaba la mano de su anciano padre mientras la vida se escapaba de su lado.
- Señor -dijo Sir Gerwad arrodillándose junto a la cama de su maestro- Venceréis esta batalla como tantas otra veces hicisteis.
- Hijo mío - contestó el anciano-. Veo el dulce rostro de la muerte acercándose. El fin de mis días está pronto, ¿quién cuidará de mi pequeña? -dijo, apretando la mano de Lirio. Y la muchacha rompió a llorar-. Quiero que me prometas que cuidarás de mi mayor tesoro como si fuera tu propia hermana, y que como hermano velarás por su felicidad.
- Con ella he crecido, es mi hermana en mi corazón -contestó Sir Gerwad-.Protegeré su honor como si fuera mío, comerá a mi mesa como si fuera la suya, y cualquier cosa que yo posea o haga será tan suya como mía.
Lord Oswald sonrió, feliz, y expiró. La joven Lirio rompió a llorar sobre el cuerpo exánime de su padre. Sir Gerwad intentó consolarla y la abrazó, y al hacerlo olió su aroma y rozó su piel, y fue como una lápida sobre su alma, porque supo que jamás podría quererla como a una hermana y que incumpliría la palabra dada a su difunto maestro deseándola como otra cosa. Cuando Lirio se retiró el velo para secarse las lágrimas, la bella tristeza de su rostro fue como una puñalada en el corazón de Sir Gerwad. Y desde ese momento la arrebatadora hermosura de sus ojos lo persiguió como un fantasma hasta el fin de sus días.

Durante un año de luto permaneció en el Castillo Camethforth, velando a Lirio. Ella hablaba muy poco desde la muerte de su padre, pero pese a su juventud se instruía mucho, pues varias de sus doncellas le leían según sus deseos. Una noche fue a Sir Gerwad y le dijo:
- Señor, tengo dieciséis años. Sé que ningún caballero consideraría siquiera tomar como esposa a una ciega, pero tengo el deber de prolongar el linaje de mi padre. Como él me dejó a vuestro cuidado, es a vos a quien tengo que pedir que encuentre un digno heredero de la sangre de mis antepasados. Sé que es una tarea muy difícil debido a la oscuridad de mis ojos, pero los terrenos de Camethforth son ricos y abundantes. Quizá podríais hallar a alguien que estuviera dispuesto a cargar conmigo para conseguir las riquezas de mi dote.
Tales palabras pesaron el el espíritu de Sir Gerwad más que cualquier otra cosa, pues en calidad de hermano de la dama tendría que entregarla a otro. Lloró en silencio, y la ciega Lirio no pudo ver sus lágrimas. Tomó la mano de la doncella y dijo:
- Os prometo que encontraré a alguien digno de vos.
Grabó en sus retinas la dulce mirada de la ciega, la dolorosa belleza de sus ojos. Y con el alma apuñalada, partió.

Pasó años y años recorriendo el continente en busca de un caballero digno de la hermosa Lirio, pero a sus ojos, ninguno era tan meritorio. En completo silencio pasó esos años, como castigo autoimpuesto por haber permanecido callado cuando debió haber pedido la mano de Lirio. Durante sus andanzas, la fama de sus hazañas fue tal que su nombre era conocido por los confines de la tierra. Pasó diez años de búsqueda infructuosa, y aunque eran muchos los que deseaban la mano de la doncella, él se negó a entregársela a ninguno. Finalmente, acosado por el recuerdo de aquellos ojos, decidió volver a Camethforth y confesar sus sentimientos a la muchacha, pero cuando llegó encontró el lugar teñido de luto, y la única música que sonaba eran los gritos de las plañideras. Con el alma en vilo subió a los aposentos de Lirio, solo para encontrar a la doncella muerta yaciendo en su lecho entre las flores que le daban nombre. Sus damas de compañía habían limpiado y acicalado el cadáver, pero las marcas de la suicida adornaban sus muñecas, y en una mano apretaba un pergamino aún manchado de sangre húmeda. Destrozado, Sir Gerwad cogió la misiva y la leyó.

Mi muy amado sir Gerwad:
Habéis sido para mí más que un hermano, habéis sido mi guardián y toda mi familia. Jamás os hubiera importunado en vida con los deseos de una ciega, pues conozco la nobleza de vuestro corazón y sé que hubiérais hecho cualquier cosa para satisfacer mis deseos, pero ahora que ya no será una carga para vos puedo deciros que os amo. Vuestra voz ha sido para mí un consuelo maravilloso, y lo único que lamento es el no poder saber cómo era vuestro rostro.
El testamento de mi padre establece que si muero sin descendencia, los bienes de los Camethforth pasarán a vos. Os embarqué en la inútil empresa de buscar un esposo para mí, y ya es hora que os libere de semejante despropósito y os permita continuar con vuestra vida. Espero que seáis muy feliz con quienquiera que escojáis para compartir vuestros días, y solo he de pediros que no os olvidéis de cuidar los lirios de mi madre.
Al terminar de leer la carta, Sir Gerwad cayó de rodillas junto al cuerpo. El aullido de dolor que lanzó se escuchó a lo largo y ancho del país, y un viento helado recorrió Camethforth.
Esa misma noche, el castillo ardió hasta los cimientos. Y Sir Gerwad desapareció.

Desde entonces, una sombra recorre las tierras de Camethforth, un caballero de blanca armadura y mirada desesperada busca en vano aquellos ojos de indefinida oscuridad. Una vez cada pocas décadas encuentra a alguna dama que tiene en su mirada los iris de Lirio, y la arrebata dejando en su cama una de las flores blancas que dieron su nombre a aquella muerta hace siglos.
A ninguna de ellas jamás se las ha vuelto a ver. Tal vez sean ciertas las voces que dicen que el caballero vendió su alma al diablo para poder buscar a aquella que en sus ojos reencarne la mirada de Lirio, y que cuando encuentre una mirada exactamente igual a la de la joven doncella, comprará con su alma la vida de Lirio.



Briye terminó la lectura, fascinado.
- Esta es la leyenda que más me gusta de todo el libro -dijo, rompiendo en silencio.
- Desde luego merece la pena hasta la última moneda -Edaris tenía los ojos llororos-, jamás había oído una historia tan bella ni tan terrible.
-Sabía que en la frontera entre Shult y Erén existe la leyenda de un Caballero Errante que busca a una mujer con los ojos de la noche, pero desconocía por completo la historia original - dijo Rivas-. Ha sido una historia conmovedora.
- Desde luego. Y es curioso, ¿sabéis? Compré este tomo en concreto porque... bueno, sé que los ojos de la Reina Níobe son oscuros, eso es evidente... pero no sé de qué color son - sonrió a modo de disculpa.
- ¿Que no sabes de qué color son? -se extrañó Rivas.
- Ya, bueno -Briye sonrió-, solo he estado a solas con ella un par de veces, y no había mucha luz. Unas veces me parecían del castaño más oscuro, otras del azul negro del fondo del mar...
- Son negros -dijo Edaris, al tiempo que Rivas decía:
- Son opalinos.
- ¿Color ópalo? - Edaris negó-. No, si acaso tienen matices ligeramente... como el azul de medianoche.
- No, señor, recuerdo que cuando llevaba aquel collar de ópalos pensé que hacía juego con sus ojos- insistió Rivas.
- Los he visto brillar como zafiros -repitió Edaris-. Aunque a veces parecen negros, pero sospecho que haya de ser un juego de la luz.
Los tres se miraron entre sí. Luego Briye carraspeó.
- Bueno, esto no deja de ser solo una leyenda, ¿no es así?

6.8.09

Insomnio

Edaris de Shult caminaba nerviosamente de un lado a otro de su habitación. En la mano derecha sujetaba un pendiente de perlas.

Debería marcharme de inmediato.
Níobe...
Ha matado a ese hombre.
Tal vez no tenía otra opción...
Siempre hay otra opción.
¿Sí? ¿Y qué hubiera hecho yo?
Un duelo, por supuesto...
No todo el mundo tiene el autocontrol de un caballero. Níobe, por muy excepcional que sea, no deja de ser una mujer.
Debería marcharme de inmediato.
Jamás volverás a verla.
Hay más mujeres. Hay más candidatas a Condesa de Shult.
¿Hay más mujeres que desee ver cada mañana junto a mí? Ninguna.
Antes de mis deseos, está el Condado. Mi voluntad no tiene valor frente a lo que Shult necesita.
Jamás volverás a verla. Nunca. Tendrás que decir "sí, quiero" frente a otra mujer, sabiendo que es perjurio. Y todo porque ella ha matado a un plebeyo que la insultó. Yo habría hecho lo mismo, solo que con una espada en vez de con un puñal.
¡No es lo mismo! ¡En un duelo hay honor, hay posibilidad de defenderse!
El juglar sabía que la estaba insultando. No ha sido un error, ha sido deliberado.
El juglar era un mero mensajero...
El juglar, ahora que lo pienso, sonreía mientras entregaba ese supuesto mensaje. Disfrutó insultándola. Disfrutó como una rata insultando a una mujer que le había ofrecido su hospitalidad. No era un mero mensajero, era un partícipe de la injuria de Genar.
¿Y ésa es razón para matarle?
Es la ley. Y la ley ha de ser respetada.
No puedo quedarme aquí. Debo marcharme.

La luz de la luna se filtraba por la ventana. Se asomó: había oscuridad en el torreón donde dormía Níobe. Durante un instante tuvo la sensación de que era algo más que la ausencia de luz. Pensó en sus ojos furiosos mirándole, en sus labios trémulos y suaves, en su piel pálida. Recordó aquel beso hacía un par de noches. Evocó el sonido de su voz, a veces suave, a veces afilado. Se miró la mano: de tanto apretar el pendiente, se lo había clavado en varios sitios. Se llevó la mano frente a los ojos y vio brotar la sangre.
Así era Níobe, pensó. Tan bella como esa hermosa pieza de joyería, con brillantes perlas y delicadas filigranas talladas con infinito cuidado por algún maestro joyero. Tan letal como ese valioso pendiente que, solo de sujetarlo, le había cortado la piel hasta hacerle sangrar.

Se sentó. Pensó en ir a verla a su dormitorio. Tal vez podría... hablar con ella. Necesitaba decirle, ¿el qué?
Salió a la puerta de sus habitaciones, dos de sus soldados montaban guardia.
- Sir Adwey, id a buscar al Consejero Rivas y traedlo aquí.
- Señor -el caballero le miró, sorprendido-, es tarde...
- Lo sé. Aún así.
El hombre asintió, hizo un breve saludo con la cabeza y desapareció por el pasillo. Edaris volvió dentro.

Quiero quedarme con ella.
¿Eso es lo correcto?
Sí. Shult necesita a Avernarium.
¡Mejor caer bajo Erén que bajo la ignominia!
Por los dioses, estoy exagerando. No era más que un plebeyo que la había insultado.
¿Sí? ¿Y qué será después?
En nombre de todo lo sagrado, no puede ser tan difícil hacerle entender lo erróneo de su comportamiento.
No es una dócil dama shulte. Tiene más carácter que todo mi Consejo junto.
¿Y no es precisamente eso lo que la hace tan fascinante?
¡No necesito fascinación!

Llamaron a la puerta, Edaris fue a abrir. Rivas esperaba al otro lado de la puerta, con su camisa de dormir y su gracioso gorro terminado en borla. Tenía el gesto adormilado de quien acaba de despertarse, y una expresión abotargada por el sueño interrumpido.
- Joven Edaris, ¿no habéis visto qué horas son? -el anciano le miró con reproche- Yo ya no estoy tan joven como para trasnochar.
- Lo siento, Rivas, amigo mío... -se apartó de la puerta y volvió al interior de la habitación, comenzando a andar nerviosamente de un lado a otro-. Pasa, por favor. Y siéntate.
- Mi Conde -dijo el anciano, acercando su cansado cuerpo a una de las sillas de la habitación y mirando a su protegido con preocupación-, ¿qué hace que el máximo mandatario de Shult deambule a estas horas en vez de sumirse en un bien merecido sueño reparador?
- Bien merecido... Sí, eso es. ¡Se lo tenía bien merecido! -exclamó, golpeando una pared con fuerza.
- Edaris, tal vez si me contáis lo que sucede...
Edaris giró la cabeza y miró al anciano consejero fijamente, casi como si se preguntara qué estaba haciendo en su habitación. Entonces recordó para qué le había hecho venir.
- Rivas, yo... -cogió la otra silla, la acercó hasta la de Rivas y se sentó en ella-. No sé qué hacer. La Reina...
- ¡Ah! Así que es eso -el anciano asintió levemente, comprendiendo-. Mi joven muchacho. La Reina Níobe estaba en su derecho de hacer matar a ese... mensajero -casi escupió la palabra.
- Sí, Rivas, sí. Lo sé. Y en Shult ése habría sido también el resultado. ¡Pero es que la Reina lo apuñaló a sangre fría! -añadió, estremeciéndose com si hubiera sido él y no el isleño el ajusticiado.
- ¿Os sentiríais mejor si lo hubiera ajusticiado -puso énfasis en la palabra- mientras ardía de ira? ¿Lo que os molesta concretamente es el hecho de que lo hiciera a sangre fría?
- No... no sé que es lo que me molesta, Rivas. Hay algo tremendamente erróneo en esa situación, pero no soy capaz de determinar exactamente el qué.
- Quizá os desconcierta que lo matara ella -sugirió Rivas, suavizando el tono de voz-. Estáis acostumbrado a ver morir y matar hombres, señor. Pero creo que en toda vuestra vida habréis visto morir una o dos mujeres... y matar a ninguna.
- ¡Es que no está bien! - Edaris se mesó los cabellos- Ella no debería haberse manchado las manos de sangre, no debería...
- Joven Edaris - la paciencia de Rivas era casi infinita- os recuerdo que el Consejo escogió a la Reina Níobe, entre otras cosas, porque no se asustará si tiene que iniciar una guerra. Y eso, señor, es mancharse las manos de sangre.
- ¡Pero es que no es lo mismo participar en una guerra desde la seguridad del castillo y dejando el peso de los combates a los guerreros que llevan su blasón, que participar ella misma en las matanzas! -el joven se levantó y faltó poco para que enviara su silla al otro extremo de la habitación de un puntapié, así de fuerte eran su desconcierto y su nerviosismo.
Rivas suspiró, presionando con una mano sus ojos en un intento de mantener el caudal de paciencia. Pues éste sería casi infinito, pero el discutir con su soberano sobre temas ajenos a la forma en que éste se crió y habiendo dormido sólo 2 horas...
- Edaris...
- ¡No! ¡No está bien! -esta vez el Conde desahogó su frustración golpeando la mesa con su puño derecho y partiéndola en pedazos-. Una dama, y más una Reina, debe comportarse como dictan las normas de protocolo, ¡y no creo que apuñalar a un enviado de una potencia extranjera, con un objeto conjurado mediante hechicería, esté dentro de las normas de la buena conducta! -ni siquiera notó que se había herido. La sangre manaba de los profundos cortes que las astillas habían hecho en su carne, manchando su ropa y goteando hasta el suelo.
- Basta ya, Edaris -Rivas no gritó. Sólo habló con esa inflexión de la voz que utilizaba cuando era el preceptor de un crío que estaba destinado a heredar todo Shult. El Conde Edaris miró a su anciano consejero con sorpresa-. Cállate y siéntate en la cama. Ya -añadió, viendo que el joven abría la boca para protestar. Suspiró de nuevo-. Mira, jovencito, y atiende a lo que digo: la vida real no es como viene en los libros. Las pulcramente redactadas normas de todos esos manuales que debiste aprenderte de memoria no sirven -Edaris hizo ademan de protestar y el anciano le atajó con un movimiento terminante de la mano-. No sirven para nada. No ganan guerras perdidas, no protegen a tu familia, no dan de comer a los siervos, no salvan a tu anciana madre de ser violada -el consejero fue enumerando una a una sus razones-. No impiden que todos los que amas sean aniquilados por tu vecino. ¿Lo entiendes, jovencito?
- Eh... yo...
Rivas acercó la silla hasta la cama. Inmediatamente borró de su semblante la faz autoritaria del maestro y compuso la sonrisa del amigo preocupado. Puso su mano izquierda sobre la rodilla del joven Conde de Shult.
- Mi señor, entiendo dónde os halláis. Hasta este momento llevábais una existencia acorde con las tradiciones de Shult. Pero ahora no estamos en Shult. La situación actual me ha obligado a sacaros de esa idílica vida de caballeros de brillante armadura y de damas de mejillas sonrojadas. Y es más: deberéis sacar a vuestro Consejo de esa misma mentira -por un momento la sonrisa se deshizo y sus labios se apretaron con firmeza-, o Shult desaparecerá.
Edaris le miró como si no comprendiera de que hablaba, como si no fuera Rivas sino un extraño e inquietante engendro. Entendía sus palabras, formaban frases con sujeto y predicado, pero lo que querían decir se le escapaba por completo. ¿Acaso todo lo que había aprendido durante su existencia era mentira?
- Rivas... No te comprendo -susurró.
- Se acabaron los cuentos de hadas, mi inocente pupilo. Se terminó. Para siempre. Ha llegado el tiempo de las Reinas que apuñalan en el salón del trono, de las guerras que no se ganan en el frente y de las victorias de las que uno no puede estar orgulloso.
- No concibo que tú me estés diciendo esto -Edaris le observaba con espanto conmocionado.
- Alguien tiene que decíroslo, muchacho. Para que el pueblo de Shult sea libre, vais a tener que hacer muchas cosas que lamentaréis. ¿No os habéis preguntado nunca porqué Avernarium ha conservado su exagerado tamaño durante tantos siglos? Un terreno tan grande es un bocado muy interesante para muchos países circundantes, muchacho. Pero las Reinas de Avernarium siempre han sabido manejar la política a su antojo. Ya va siendo hora de que aprendáis algo de ellas. Níobe es vuestra mejor elección, muchacho; la necesitáis. Y necesitáis no solo que os apoye, sino que os enseñe. Ella maneja la política de un modo admirable; será la mejor tutora que nunca podáis tener.
- Rivas -dijo Edaris-, si el Consejo oyera esto que me dices...
- Por eso os lo digo aquí, a muchas leguas del Consejo. Ellos no lo entenderían. Viven tal y como prescriben las normas. Y si uno se pliega a las normas mientras que su enemigo se las salta... Ya sabéis cuál sería el desenlace.
El joven Conde de Shult pensó sobre las palabras que su fiel consejero le decía.
- Pero el honor...
- ¡Valgame la Luz, muchacho! -exclamó Rivas, levantando ambas manos hacia arriba, como si de verdad estuviera rogando a esa inexistente Luz-. Disculpad, mi señor -añadió, recobrando la compostura-. Edaris, tenéis que comprender que el concepto de "honor" que vos aprendisteis no es el concepto de "honor" que existe en realidad. ¿"Mejor muerto con honra que vivo sin ella"? Eso puede estar bien para alguien que no tiene la pesada responsabilidad de cuidar de cientos o miles de súbditos. "¿Dónde está ahí el honor?", me preguntaréis. Y yo os responderé: el honor está en sacrificar tu propia honra y tu propio orgullo por el bien de aquéllos que están a tu cuidado, incluso si para ello tienes que pisotear todo aquello que te enseñaron.
- Yo... no... - Edaris enterró la cabeza entre las manos-. No puedo creer que esté escuchando esto. El Consejo... El Consejo te hará ver que te equivocas -le miró, esperanzado-. Te mostrarán lo equivocado que estás... - se llevó la mano frente a los ojos, la mano con cortes en las palma hechos por el pendiente de Níobe y en el dorso por las astillas de la mesa-. Me niego a hacer esto. Si ser Conde implica escupir sobre las nobles enseñanzas de mis ancestros, abdicaré. Me niego.
- Eso no es nada valeroso, muchacho. ¿Dejar que vuestro hermano se encargue del problema?- el anciano suspiró-. Mirad, joven. Debéis contraer matrimonio con Níobe. Es de crucial importancia que contemos con Avernarium en la guerra que se avecina. Si... -Rivas torció el gesto- Si la situación se vuelve insostenible, siempre podréis solicitar el divorcio.
- No puedo creer que tú me estés diciendo esto -repitió.
- Abrid los ojos, Edaris. ¿Qué os diría el Consejo? Yo os lo diré: Vuestro primo Wallace permanecería meditabundo, y solo cuando se hubiera tomado una decisión le empezaría a sacar defectos. Vuestro hermano Briye lo solucionaría todo con una justa. Sir Brewe, Sir Admund y Sir Logan optarían por esperar. Lord Vessir consideraría...
Edaris se dio cuenta de que era cierto. Todas las reuniones del Consejo seguían esa mecánica. Todos y cada uno de sus Consejeros parecían interpretar un papel, siempre adoptando la misma postura... Entonces entendió por qué su difunto padre, que siempre descansara en la Luz, hizo que fuera Rivas quien le enseñara, quien le guiara. Augustus de Shult fue un hombre sabio y muy querido por su pueblo. Pero también fue un hombre previsor y muy pragmático. Sabía que eran necesarios ciertos cambios en el Condado o los malditos primos de Erén, que cada vez dirigían más su codiciosa mirada hacia Shult, declararían una guerra que las rígidas normas suscritas por el Consejo del Conde no podrían ganar. Así que fue moviendo sus piezas. Ahora Edaris lo veía mucho más claro: las levas para el ejército, los entrenamientos obligatorios, el aumento en las pagas de soldados y oficiales, la concesión del título de "Caballero" para aquellos soldados de clase baja que demostraran absoluta lealtad y dedicación, el establecimiento de los fuertes fronterizos... Y movimientos que darían su fruto aún a más largo plazo: como el plantear al Consejo la necesidad de alianzas o matrimonios con Estados más fuertes, o como el hecho de que su hijo recibiera la guía y el consejo del único hombre en quien de verdad confiaba Augustus. El único que sabía hacerle ver la realidad tal y como era: el viejo y sabio Rivas.
- Dime qué he de hacer -susuró Edaris, con el ánimo por los suelos.
- Vuestro universo acaba de desmoronarse, joven Edaris -dijo el anciano on dulzura-. Pero no os preocupéis. No es tan terrible. Mañana por la mañana id a ver a la Reina y...
- Le dije que me marcharía -cortó Edaris.
Rivas dio un respingo.
- ¿Qué?
- Le dije...
- Eso ha sido una estupidez, señor. ¡Un movimiento políticamente erróneo! Debéis arreglar eso cuanto antes. Y es posible -levantó un dedo, advirtiendo con firmeza al Conde- que la Reina os haga pagar por ese desprecio. Os prevengo: aceptad el castigo y sellad el compromiso cuanto antes.
Edaris simplemente asintió, derrotado. El anciano volvió a suspirar por enésima vez aquella noche. Su rostro se dulcificó una vez más. "Es tan joven...", pensó.
- Mi señor -dijo el consejero con suavidad-, os aseguró que entiendo en qué legamosas aguas tenéis chapoteando a vuestra conciencia. Yo también pasé por lo mismo cuando descubrí que todo en lo que creía no era más que un engañoso aunque bello velo que escondía a mis ojos la fealdad del mundo. Decidme, mi joven Conde: ¿amáis a esa mujer?
- Sí -respondió Edaris, aunque a regañadientes.
- Entonces deberéis poner más empeño en entender determinadas cosas. Ella, la Reina Níobe, no ha tenido nunca los ojos vendados. Será duro para vos, pero aún la amaréis más cuando veáis que ella se muestra a vos... eh... -aquí el anciano dudó un momento, pero tampoco quería sobrecargar más todavía los hombros de su pupilo- tal y como es. Sin esconderse en veleidosas y falsas normas, sin temer cruda la realidad.
- Tienes... Tienes razón -afirmó categóricamente-. Creo que iré ahora mismo a verla.
- Pero, mi señor, es ya muy tarde de madrugada. El sol...
- No -negó Edaris-. No puedo dejar que pase el tiempo. Níobe tiene todo el derecho en tener mis disculpas cuanto antes. Iré a sus habitaciones -continuó- y me arrodillaré ante ella, suplicando su perdón y haciéndola ver que ahora sé que tenía ella toda la razón, mientras que yo estaba equivocado... Buenas noches, mi fiel Rivas -dijo Edaris, sin mirar a su consejero-. Voy a ver a la Reina.
Y, así sin más, salió de la habitación a grandes zancadas. Rivas ni siquiera se molestó en detenerle. Una vez que un renniano de sangre noble comenzaba un camino, siempre lo terminaba. La tozudez innata a su condición había hablado, y más valía que nadie se interpusiera en su camino. O sería arrollado sin contemplación.

Dos soldados montaban guardia a la entrada de los aposentos de Níobe. Miraron extrañados a Edaris cuando se acercó a ellos.
- Apartaos -ordenó-, he de hablar con su Majestad.
- Señor, es tarde. Su Majestad descansa.
- Aún así -repitió, molesto. No estaba acostumbrado a tener que dar explicaciones- he de hablar con ella de inmediato.
- Señor... -comenzó a insistir uno de los guardias, pero Edaris no estaba dispuesto a ceder.
- Soldado, escuchadme. He de hablar con la Reina de inmediato sobre temas de muy grave importancia; si osas detenerme, me encargaré de que su Majestad sepa de tu comportamiento, y de que te castigue en consecuencia.
El guardia se quedó pálido. El término castigo en boca de Níobe era temible.
- Pasad -dijo el guardia, temeroso.
Edaris atravesó la puerta y entró en la antesala, donde todavía ardían los rescoldos en la chimenea. Frente a él, la puerta de Níobe. Llamó dos veces, nadie respondió. Nervioso, volvió a insistir...
La puerta se abrió, y una somnolienta Níobe vestida con un liviano camisón apareció en el marco.
- ¿Qué ocurre? -preguntó con voz adormilada.
- Mi señora, yo... -empezó Edaris. Carraspeó, miró al suelo, volvió a carraspear y entonces se arrodilló delante de la Reina. O más bien casi se tiró al suelo por lo rápido de su movimiento-. Mi señora Níobe, mi Reina, vengo a disculpar mi anterior comportamiento. Soy... Fui un iluso al no comprender los motivos que teníais para hacer lo que hicísteis y... Y yo... Venía a presentaros mis más humildes disculpas y mi más sincero arrepentimiento. Aceptaré cualquier castigo que...
Níobe tardó un par de segundos en comprender lo que estaba pasando. Luego sonrió.
- Levantaos, Excelencia -ordenó, con una mezcla de dulzura y autoridad-. El suelo no es lugar para vos. Y tranquilizaos, que apenas entiendo qué queréis decirme...- se apartó del marco de la puerta- pasad y sentaos -señaló un sillón.
Níobe se dirigió al baño, sonriendo pérfidamente para sí.
- Permitid que me aclare el rostro, estoy medio dormida -Edaris escuchó su voz y el caer del agua, mientras se levantaba del suelo y se dirigía, aún sin entender por qué no le castigaba inmediatamente, hacia el asiento que ella había señalado. La Reina volvió. Se sentó en otro sillón, junto a la chimenea-. Bien, Excelencia, respirad hondo un par de veces y decidme: ¿qué ocurre?
- Mi señora, vengo a pediros disculpas por el modo en que me comporté antes. Os amo y quiero casarme con vos. Si mi anterior... -buscó la palabra adecuada- exabrupto, totalmente fuera de lugar, ha hecho que me miréis con peores ojos y ya no deseáis que permanezca aquí, lo entenderé y lo aceptaré. Pero antes de que eso ocurra, he de admitir ante vos mi equivocación y declararos que lo que hicisteis no ha hecho más que revelarme un mundo que yo creía que no existía -se levantó, fue hacia ella, la tomó de la mano y puso una rodilla en la fría piedra-. Y debido a ello os amo más todavía, pues reconozco en vos alguien que además de sus otras virtudes tiene consigo la sabiduría del mundo real.
Níobe tuvo que esforzarse para no reír. Sin embargo, se le escapó una sonrisa que Edaris interpretó como un gesto de amabilidad.
- Vaya, Excelencia, ¿y no podían esperar vuestras disculpas a mañana? ¿O tanta urgencia tenéis que deseáis firmar ya el contrato matrimonial? - se burló.
Deslizó la blanca mano por el cabello de Edaris.
- En cierto modo encuentro vuestra espontaneidad encantadora. Tranquilizaos, estáis más que perdonado. Aunque he de decir que esperaba más resistencia frente a una posible negativa... ¿No fue Sir Gareth el Blanco quien se suicidó porque la mujer de la que se había enamorado le rechazó?
- Sir Gareth no tenía que cargar con el peso de multitud de súbditos. La responsabilidad que tengo sobre mis hombros y que mi padre me legó me impediría cometer ese acto, mi señora. Hacerlo sería un acto indigno de un Conde -utilizar los argumentos que Rivas le había hecho ver le infundía tranquilidad-. Si me rechazáis habré de vivir sabiendo que ninguna mujer podrá ocupar el lugar de aquélla que me rechazó.
- Que lástima. Con lo infinitamente romántico que sería eso, ¿no creéis? ¿Que un hombre se quite la vida por una? Me pregunto qué se sentirá... -Níobe le acariciaba el pelo con infinita dulzura, burlona y cruel-. Bien, señor: estáis perdonado. Mañana si lo deseáis firmaremos el contrato, y pasado podréis volver a vuestra tierra. ¿Cuándo deseáis celebrar la boda?
- Pero... eh, ¿no estáis...? Es decir, mi comportamiento anterior...
- ¿Sí? - Níobe le miró con fingido interés. En realidad, los titubeos de Edaris le sacaban de quicio- ¿Estoy qué?
- Enfadada, mi señora. Eso. Enfadada conmigo por cómo os grité, avergonzándoos en vuestro castillo.
- Sed positivo, si hubiérais sido un juglar... -esbozó una sonrisa en la que sus ojos no participaron-. Ya os he dicho en otra ocasión que los shultes sois como niños. Esperaba un comportamiento similar, si os he de ser sincera.
- ¿He de entender, pues, que no os he decepcionado, mi señora Níobe?
- Bueno, ya os he dicho que esperaba más resistencia frente a una posible negativa que un mero "me marcharé y pensaré en vos", pero a parte de eso, no. Además, si estuviera enfadada, Excelencia, os lo hubiera hecho saber.
Sí. Te lo habría hecho saber con sufrimiento infinito y humillaciones... Créeme, idiota. Cuando esté enfadada lo sabrás. Níobe deslizó los dedos por el contorno del rostro de Edaris. Puede que fuera un imbécil, pero era un imbécil hermoso. Apetecible.
- Mi Reina -dijo Edaris, acercando la mano de Níobe a sus labios y depositando en su suave piel un beso-, esta noche, en contra de todas las espectativas, me habéis hecho el hombre más feliz de todo el Putomundo. Sois la dueña de mi corazón, ahora y siempre -volvió a besarle la mano una vez más, le sonrió y se levantó-. Y ahora, mi señora, creo que ya os he hecho perder demasiado de vuestro precioso tiempo de descanso. Os agradezco que me hayáis atendido, me hayáis perdonado y me hayáis concedido el más valioso regalo de todo vuestro hermoso Reino -se inclinó ante ella en una profunda y perfecta reverencia-. Creo que me marcharé a mis habitaciones y os dejare dormir, mi Reina Níobe. Mañana será un día ajetreado.
- ¿Y porqué no os quedáis aquí? -Níobe le dedicó una mirada libidinosa, disfrutando sobremanera. Sabía que iba a escandalizarle.
- ¿Quedarme en vuestra habitación? -desde luego que Edaris estaba escandalizado.
- Eso he dicho - se puso en pie frente a él y le miró a los ojos-. ¿No os atrae la idea?
El Conde de Shult miró a la Reina, y no esta vez a los ojos. Fue consciente como no la había sido antes del hecho de que Níobe estaba vestida con un camisón que dejaba intuir su cuerpo más de lo que la imaginación sola concebía. Sus contorneadas caderas, sus pechos redondos y firmes, sus piernas... Oh, sí, desde luego que le atraía. Níobe, con un veloz movimiento, le empujó con fuerza, haciéndole retroceder y trastablillar. Edaris cayó sobre la cama, sorprendido.
- ¿Veis, señor? Sois como niños. Indecisos y tímidos.
- ¿Y sois vos quien ha de vencer esa timidez por mí? -preguntó Edaris a su vez, ensayando una trémula sonrisa.
- Vuestra timidez es encantadora, Excelencia -dijo mientras trepaba sobre él, hasta sentarse en sus caderas-, pero en ciertos momentos es un incordio. Como ahora, cuando quiero comprobar cuanto hay de cierto en vuestras afirmaciones.
- ¿Qué afirmaciones mías, mi Reina? -Edaris llevó instintivamente las manos hacia el cuerpo de Níobe, tocando la piel desnuda de sus muslos.
- Me dijisteis que érais un hombre experimentado -dijo mientras le quitaba la ropa-. Veremos a ver si estáis a la altura.
- Las espadas de Shult, mi señora, siempre están a la altura.

31.7.09

El presente del rey Genar

El sonido musical y potente de los clarines anunció la llegada del emisario del Rey Genar. La etiqueta exigía que a un emisario real había de recibirle en el salón del trono, y Níobe siempre conservaba las formas. Siempre. El salón estaba engalanado con pendones que ostentaban la hidra de tres cabezas bordada con las más finas sedas. Níobe estaba sola; los tronos de sus hermanas permanecían vacíos. Tras ella, a pocos pasos, media docena de hombres de su Guardia permanecían atentos y preparados, como siempre. Una reina como Níobe solía procurarles trabajo.
El cortejo de Shult ocupaba el lado derecho del salón. Edaris, Briye y Rivas acomodados en ornamentados asientos y enmarcados por media docena de impecables caballeros shultes.

El mensajero se adelantó. Era un hombre joven, con la delgada y fibrosa complexión de un malabarista. Tras él había al menos una decena de juglares y músicos, y otra docena de pajes llevando cajas ricamente ornamentadas. Detrás del todo, junto a la puerta, permanecía una guardia muy numerosa. Llegarían fácilmente a la veintena de hombres.

- Permitid que me presente, mi hermosa señora -dijo con el exótico y musical acento de los isleños-. Me llamo Jared, y soy miembro de la muy conocida familia de juglares reales de las Islas. Como practicante de las más bellas artes de mi tierra, mi dueño me envía a vos para trasnmitirle sus pensamientos. Magnífica majestad, mi señor os envía este presente. Es su soberana voluntad que escuchéis la música de su bello reino.

Los trovadores comenzaron a cantar, llenando el salón con su música. Interpretaron varios cantares de las islas con un increíble domino de sus artes, pero Níobe detestaba a los juglares casi más que a cualquier cosa. Sin embargo, formaba parte del presente del rey Genar, y como tal debía aceptarlo. con un gesto de amabilidad en el rostro. Bufones y malabaristas acompañaron las músicas con alegres juegos con fuego, pelotas de colores, aros... Los pajes avanzaron hacia Níobe y, a una distancia prudencial, fueron dejando los cofres abiertos que mostraban en su interior las más variadas joyas y adornos.
Finalmente terminaron las canciones, y Jared avanzó de nuevo, esta vez con un tono ligeramene burlón.

- Su Majestad el rey Genar lamenta en lo más profundo de su corazón que hayáis aceptado bajo vuestro techo y aspirante a vuestra mano a alguien de sangre tan inferior a la realeza como meramente un conde. Cree que vos, que sois una mujer inteligente, seréis capaz de razonar y daros cuenta de lo grave de vuestro error. Que la sangre real sólo ha de dormir con sangre real, señora, y hacer otra cosa es deshonra.

Níobe se acercó la copa de vino a los labios pero no dijo nada. Los habitantes de las Islas eran conocidos por su afición a las chanzas y a las burlas, y por un sentido del humor que muchas veces sólo comprendían ellos. Podía ver malicia en sus palabras, sin duda, pero prefirió esperar. Genar era un imbécil de trece años, un niño mimado que tarde o temprano terminaría con el puñal de uno de sus consejeros entre los omóplatos si no cambiaba. eEa probable que hubiera considerado un insulto el tener que competir con un mero Conde por algo a lo que probablemente creía tener derecho.

Los shultes se miraron entre sí, disgustados por las palabras del mensajero. Por supeusto, si la situación hubiera sido otra, ahora mismo estarían haciendo uso del derecho de defender su honor, pero eran invitados e casa ajena. Y si la dueña de la casa no decía nada, ellos, por etiqueta, debían permanecer en silencio.

- ¡Qué osadía! -susurrró Edaris al oído del Consejero Rivas- Si estuviéramos el Shult, ahora mismo...
- Pero no lo estamos, señor -el anciano trató de calmarle, también en voz baja-. Tranquilizáos y dejad esto en manos de nuestra anfitriona.
- Hete aquí que todos gozamos de la belleza de Su majestad - comenzó a canturrear el Jared, divertido. Recitaba un verso y arrancaba aunas pocas notas al laúd, como si improvisase, paseando de un lado a otro-. Pudiéramos gozar de otras cosas si nos lo permitiera, ¿no es verdad?

Níobe enarcó una ceja.

- En lo lejano de nuestras tierras es conocida la Reina de Hielo llamada; de hielo serán sus ojos, más yo diría que bajo las faldas anda acalorada.

Los isleños estallaron en risas sofocadas. Gael se abalanzó hacia el frente, con la mano sobre la empuñadura de la espada, pero Níobe lo detuvo con un gesto. Jared lo vió e hizo una reverencia aún más burlona.

- ¡Ah, señora, vuestra guardia se enfuerece! Le darán a mis palabras más crédito del que merecen -hizo una acrobacia sin dejar de tañir el laúd- Y no es de recibo que me miren tan mal... ¿no sois vos la Reina cuyo puñal -se cambió el instrumento de mano- es más calído que sus besos? Así se cuenta; pero señora, no os lo toméis como una afrenta. No es mi boca de plebeyo quien lo puede atestiguar, aunque digan que hacerlo pueden mil y un millar... -saltó sobre el pedestal de una estatua que representaba un león-. ¡Reina de hielo, cuyos besos son más helados que una puñalada en el corazón! Eso dicen, mi señora, todos los que por vuestra mirada perdieron la razón; y no son pocos, como pocos no son - se sentó a horcajadas sobre el animal - quienes conocieron más vuestras faldas que vuestro corazón!


Con una voltereta espectacular saltó de la estatua y cayó en el suelo, sin perder la sonrisa burlesca e irreverente. La guardia de la reina estaba en completa tensión, esperando un gesto para lanzarse a decapitar a semejante deslenguado, pero Níobe estaba tranquila y no parecía tener ninguna intención de ordenarles nada.

- Así, mi señora - dijo el trovador con su hermosa y aterciopelada voz-, el rey Genar os envía el sano presente del sentido del humor. Espera que lo aceptéis y lo encontréis útil.

Níobe sonrió. Una sonrisa franca, brillante. Se puso en pie e, ignorando las joyas de los cofres, se acercó al juglar. En el salón sólo se óía el susurro del su vestido de seda marfileña, destellando suavemente a la luz de las velas.

- Cuán valioso presente, juglar, y cuán difícil será corresponderle. Pero por lo pronto, tengo algo que tal vez sirva: os entregaré sabiduría. No debéis hablar sin saber, decidle a vuestro señor. Y para que vos seáis más sabio y no habléis sin saber, he aquí que os ofrezco un beso, y vos diréis si es helado.

Se inclinó ante el juglar y depositó un suave beso en su boca. Jared se quedó petrificado. Níobe oyó claramente revolverse a los cortesanos de Shult, escandalizados.

- Yo... Mi señora... Vuestros labios son como el rocío...- sonrió con éxtasis cuando ella se separó.

Níobe dejó escapar una risa burlona e ignoró el comentario.

- Y para ser más sabio todavía, necesitaréis la puñalada con la que comparar mi beso.

Con un solo gesto invocó un carámbano de hielo en su mano derecha y atravesó con él el pecho de Jared, que se quedó unos instantes quieto, mirándola con espanto. Luego bajó los ojos al trozo de hielo hundido entre sus costillas y con un gemido apagado, se desplomó.

En el salón se había hecho un silencio espectral. Níobe dedicó una mirada amable al resto de trovadores, mientras un charco de sangre roja oscura crecía alrededor del cuerpo inerte del juglar agonizante. Una brillante salpicadura de la sangre del juglar cruzaba ahora la marfileña seda de su corsé, trémulamente reflejando la luz de las velas, como si fueran rubíes engarzados.

- ¿Alguno tiene algo más que decirme?

Los soldados de los isleños desenvainaron las espadas y se pusieron en guardia alrededor de la comitiva de pajes y juglares.

23.6.09

Ojos que no ven...

El consejero Rivas permanecía sentado en un taburete, en los aposentos reservados para el Conde durante su estancia en el Castillo de Avernarium.

- ¿Y bien, joven Edaris? El Consejo ha escogido a la mejor condesa para Shult. ¿Es también la mejor esposa para vos? ¿Os ha agradado la dama?

El Conde de Shult estaba... bien, exultante debería ser el calificativo. Sonreía abiertamente y tenía la mirada ligeramente perdida, como si estuviera sumido en sus pensamientos.

- ¿Disculpa, viejo amigo? -preguntó.

- Eso me dice todo, creo -el consejero rió quedamente-. No hace falta que entréis en detalles, mi señor, pero...

- Me besó, Rivas -susurró Edaris-. Cerró los ojos y me ofreció sus preciosos labios...

- Jovencito, no deberíais perder la cabeza por un solo beso. Ya no sois un quinceañero -el Consejero se puso en pie y comenzó a caminar apoyándose en su bastón-. Me cuesta creer que la Reina de Hielo, conocida en los confines de la tierra por ser más fría que una noche de invierno, os besase.

- Lo hizo, mi fiel Rivas. Lo hizo. Está claro -añadió- que Su Majestad es víctima de la maledicencia.

- Maledicencia es acusar a un caballero de traicionar a un amigo, de romper su palabra o de serle infiel a su esposa. Una fama de fría semejante no se cultiva de un día para otro, y desde luego que no nace de la nada. Así que os besó, ¿mmm?

- Tal y como lo expongo. Y no creo -declaró, triunfal- que eso sea una muestra de frialdad. Está claro que es la envidia y un comportamiento decoroso y ligeramente altivo lo que ha llevado a forjar ese... ese inadecuado apodo. Claro que una familia que hunde sus raíces en un pasado tan glorioso tiene todo el derecho a mostrarse de manera altiva frente a otros con menos abolengo.

- Ay, mi joven Edaris. Sois tan inocente en ocasiones. De esa mujer todo el Putomundo habla como si fuera más helada que acuchillar a una madre, y vos os empeñáis en lo contrario por una hora de paseo. ¿No veis que bien podría estar fingiendo para congraciarse con vos? ¿Os dio algún indicio a parte de eso de que vos seríais el elegido?

El Conde le miró sorprendido. Tardó unos segundos en volver en sí para poder responder a su ministro.

- Pero, ¿es que no me has oído, Rivas? ¿Tus oídos empiezan a envejecer? Me besó, te digo. Sin duda alguna accederá a ser mi esposa -concluyó con firmeza.

- ¿Todas las mujeres que besan aman a quienes besan? -el ministro suspiró, exasperado- Os ha besado, sí, pero si la oferta de Alysium es mejor id olvidándoos de ella -se detuvo y levantó un dedo-. Se casará con un país, no con un hombre.

- Pues se casará con un país, bien. Pero no creo que esté el país entero frente al altar para decir los votos -suspiró-. De acuerdo. No ha dicho nada. Pero -añadió, al ver que Rivas se disponía a decir algo-, tú conoces tan bien como yo al Rey Genar. ¿De verdad soportarías su mera presencia sólo por conseguir unas cuantas riquezas? Porque eso es lo único que puede aportarle Alysium a Avernarium.

- ¿Y qué puede ofrecer Shult, mi señor? ¿Una guerra a punto de estallar?

- ¿Es... una pregunta retórica, mi buen Rivas? -preguntó Edaris, extrañado.

- Obviamente. Quiero que os deis cuenta de que Alysium puede ser mucho mejor partido que Shult. Y tal vez merezca la pena sorportar a Su Majestad Genar.

- El Condado tiene las mejores tropas de infantería del Este, las gemas y el oro del Espinazo Negro, y comunicaciones comerciales casi inmejorables -enumeró, categórico, extendiendo uno a uno los dedos de la mano derecha-. Yo creo que es para sentirse orgulloso, Rivas.

- Alysium tiene la mejor flota de todo el continente, un mercado de gemas y perlas que duplica al de Shult y un clima encantador. Está bien que os sintáis orgulloso de vuestra patria, pero os insisto en que un beso no es nada.

Edaris desestimó el comentario con un gesto displicente.

- Venga, venga, viejo amigo. ¿Para qué quieres acceso a una flota si no tienes costa? ¿De qué sirve poseer un tesoro incalculable si la llave del cofre lo tienes fuera de tu alcance?

- No sé porqué, joven Edaris, pero creo que la Reina Níobe no es lo que parece - el anciano suspiró y se sentó, tamborileando con sus huesudos dedos sobre la rodilla-. Tal vez deberíais barajar otras opciones... la joven princesa Fianna, por ejemplo, o tal vez la hija mayor del Vizconde Fnaüer...

- La Princesa Fianna es... una gran mujer. Creo que el detallista de Su Majestad hasta le ha mandado construir una puerta nueva a sus habitaciones...

- Joven Edaris -el anciano le lanzó una mirada recriminatoria-. Como conde debéis casaros con lo mejor para vuestro pueblo, no con un hermoso talle. La Princesa Fianna es una dama de gran corazón, extremadamente gentil y generosa. ¿Os casaríais con una bella arpía?

- Discúlpame, te lo ruego -pidió el Conde, sinceramente arrepentido-. Ha sido un comentario fuera de lugar e indigno del mandatario de un gran pueblo como el shulte. La verdad, y pensando sólo por Shult -añadió-, la mejor opción es sigue siendo Avernarium. Y con mucha diferencia. Nuestro mayor problema es el Condado de Erén, y eso sólo se puede solucionar con el respaldo de un poderoso detrás nuestro. Ya sea su nombre o sus espadas.

- No comparto muchas de las decisiones de Avernarium. A lo largo de su historia han demostrado... mmm -el anciano negó con la cabeza-. Me sentiría mejor viéndoos cansado con una mujer honrada que con la Reina de Hielo. Al menos vos seríais feliz. ¿No puedo hacer nada para que, al menos, barajéis otras opciones?

El Conde miró al techo de la habitación, en ademán cansado.

- Rivas, Rivas... eso ya lo discutimos con todo el Consejo. ¡Durante cuatro meses! Las "opciones" fueron barajadas y barajadas, y vueltas a barajar. Al final se decidió, decidisteis, que Avernarium era lo mejor. ¿Vamos a volver de nuevo al punto de partida?

El anciano negó con la cabeza.

- Os he visto crecer, mi señor. He cuidado de vos desde que érais un niño. Ojalá pudiera hacerlo ahora. Vais a pagar un alto precio por el bien de Shult. La Reina Níobe... -sacudió de nuevo la cabeza-. No sé. Es sólo una intuición.

Edaris se levantó y caminó hacia su fiel consejero. Inclinándose, puso una mano sobre el hombro del anciano.

- Rivas, amigo mío. Mi mentor -dijo, cariñosamente-. Has sido como un segundo padre para mí. Tu intuición y tus continuos sacrificios han servido bien al pueblo. Eres la persona más sabia que conozco -le apretó el hombro con suavidad-. Te prometo estar ojo avizor si llegara el caso. Además, como bien dices, si hay que pagar un alto precio por el bien de Shult, estaré más que dispuesto a pagarlo.

El anciano suspiró e hizo un esfuerzo por sonreír.

- Claro. Hablemos... seamos más optimistas. Contadme, ¿cómo es ella? Todavía recuerdo cuando érais un niño y veníais corriendo a contarme que esta o aquella muchacha os había sonreído... cómo pasan los años -el anciano perdió la mirada-. Recuerdo todavía vuestra emoción en aquella primera justa del Solsticio de Invierno, ¿la recordáis? Cuando la pequeña Fare os entregó uno de sus pañuelos...

- Sí, cómo olvidarlo -el Conde sonrió, evocador-. Partí varias lanzas con Sir Bruce, pero al final le descabalgué. Fue glorioso... -suspiró, apartando de su mente recuerdos tan lejanos y volviéndos e a sentar en su asiento-. Pero bueno. ¡Ay, amigo! Sus labios son suaves como los pétalos de una rosa, y del mismo color rojo intenso que la flor. Fue algo tímida al principio, ya sabes cómo son las damas, pero al final acabó rindiéndose a la pasión del beso.

- No me parece una mujer tímida, joven Edaris. De hecho, parece acostumbrada a conseguir lo que quiere sin permitir que nada se interponga -la sonrisa del anciano tembló un instante antes de volver a su sitio-. ¿De qué hablásteis? ¿Cómo es? ¿Frívola, silenciosa, calmada, pensativa, habladora?

- Hablamos de los problemas de Shult. No quiero ser hipócrita y engañarla. Debe saber por qué la quiero como esposa. Tiene ese derecho. De nuestra conversación he sacado que es una mujer directa y decidida, aunque en ocasiones piensa como tú, Rivas -añadió, señalando al viejo.

- Vaya -el hombre suspiró-, será agradable tratar con alguien que tiene los pies en la tierra, para variar. Así que piensa como yo... -esbozó una sonrisa-. Quién lo diría. Sí, sin duda a una shulte ni se le pasaría por la cabeza hablar de política durante un paseo romántico. Os dará quebraderos de cabeza, mi señor - dijo, sin perder la sonrisa burlona-. Llegará el momento en que echéis de menos la docilidad en ella.

- Rivas, ¿cómo decirlo? -perdió la mirada en algún punto sobre el hombro del consejero-. A nivel personal me he cansado de la docilidad de las damas. Sí, es lo apropiado en Shult, pero... Además, lo que necesita el Condado es alguien que tenga los pies sobre la tierra, como bien has dicho.

- ¿Cansado a nivel personal, muchacho? -el anciano enarcó una ceja-. ¿Acaso me he perdido algo? ¿Os habéis vuelto un mujeriego y no me lo habéis dicho?

Edaris enarcó las cejas con fuerza, retirándose incluso hacia atrás por la sorpresa del comentario.

- ¿Un mujeriego? -preguntó-. No, no. Ni lo más mínimo. Me refiero a su presencia. A que anden por ahí revoloteando llenas de suspiros y cotilleos insulsos sin ningún valor -volvió a suspirar-. A veces echo de menos poder hablar con alguien, ya sea varón o mujer, con un nivel cultural como el mío o superior. Tú, por supuesto, quedas excluido de este grupo, amigo mío.

El anciano sonrió, satisfecho por el cumplido.

- Todos vuestros Consejeros son hombres cultos, mi señor. Vuestro primo Wallace era vuestro mejor amigo durante la infancia, no sé porqué terminásteis distanciándoos... Con él deberíais poder entenderos bien. Cuando érais jóvenes todo el mundo decía que parecíais como dos gotas de agua.

- ¿Por qué? Lo sabes bien, Rivas: se ha adentrado en una senda oscura. Dicen -su voz bajó hasta hacerse un susurro-, que ha marchado a las ruinas del templo de Horn, al norte del Cenagal de Raven...

- ¡Dicen, dicen! ¡Habladurías! - se puso de pie, haciendo aspavientos con las manos- Es un Consejero y es vuestro primo. Está fuera de toda sospecha, lo cubran las maledicencias que lo cubran. ¿Acaso confiáis más en una mujer que acabáis de conocer que en un hombre que lleva la sangre que corre por vuestras venas? ¿No os salvó la vida Wallace cuando la escaramuza del arroyo? ¿No habéis compartido nodrizas y maestros de armas?

- De acuerdo, de acuerdo -dijo Edaris, intentado apaciguar a Rivas-. Tienes razón. Pero sabes que no se tomó nada a bien que yo fuera el Conde y él tan sólo un Consejero. Y por debajo tuyo, además, que no perteneces a la familia. Y sabes bien que desde hace unos meses frecuenta compañías... poco recomendables, por utilizar un eufemismo.

- Me niego a creer esas tonterías. También se llegó a decir que el Consejero Ile acudía a... ejem... se hacía acompañar por mujeres de mala vida. Las habladurías salen como hongos a la sombra de los envidiados.

- Sí, claro -dijo, con sencillez-. Sin duda tienes razón, amigo mío.

- Pues entonces, hijo, ¿no creeis que deberíais acercaros al Consejero Wallace? Quizás encontréis en él al compañero que teníais de niño. Hay ciertas cosas que nunca podréis tratar con una mujer, por muy culta que sea. ¿Vais a hablarle a vuestra esposa de lanzas de justas, por ejemplo?

Edaris se levantó de la silla de nuevo. Caminó unos pasos, pensativo, hasta la ventana. Lo cierto es que el bosque que rodeaba el castillo era hermosísimo. Tal vez algo sombrío y salvaje. Como la Reina Níobe.

- Sí, tienes razón, Rivas. Como siempre. Cuando vuelva a Shult -dijo, volviéndose hacia el anciano-, veré a mi primo. Tal vez volvamos a salir a practicar la cetrería, como antaño...

- Me alegro de oíros decir eso, mi señor. El Consejero Wallace es un buen hombre, y desde la muerte de su esposa no ha vuelto a ser el mismo...

Edaris abrió la ventana. Abajo, en el patio de armas, se escuchó un relincho que subió hasta la torre. Edaris se asomó, un hermoso animal negro parecía estar causándoles problemas a los caballerizos. El viento le revolvió los cabellos, una suave brisa que mecía las copas de los árboles en el bosque. Algo del penetrante perfume de Níobe se había quedado adherido a sus ropas.

- ¿Sabes? -dijo, mirando al caballo sin verlo. Inspiró con fuerza, llenando sus fosas nasales con el perfume de Níobe-. Es una mujer muy muy directa, Rivas.

- Pensé que eso os complacía, mi señor -el anciano se acercó una botella y sirvió algo de vino para él en una copa, llevándosela a los labios.

Edaris se giró, dando la epsalda a la ventana.

- Me preguntó cómo estaba de versado en las artes amatorias.

Rivas escupió el vino, con los ojos como platos, y empezó a toser.

- ¿Qué qué? -dijo al tranquilizarse un poco-. Mi señor, creo que os he entendido mal...

- Te aseguro -rió el joven- que reaccioné igual que tú ahora.

- Pero... pero... -el anciano se limpió el vino con una servilleta- Quiero decir, esto... -miró la copa-. Creo que necesito más vino antes de oír qué le contestásteis -volvió a servirse y de nuevo bebió.

- Lo cierto es que intenté soslayar el tema. Creo que fui un poco desconsiderado con ella al hacerlo. Sólo le dejé intuir que tenía experiencia y... -se sonrojó, pues después de todo era shulte- y creatividad en el lecho.

- ¿Experiencia y creatividad? -el anciano abrió aún más los ojos y terminó el resto de la copa de un trago- ¿Creatividad?

- Eso mismo.

- ¿Y qué os... respondió ella? Es... la primera vez que sé de una dama que... mmm.. comenta estos términos... Su-supongo que en cierto modo, es eh... normal. Quiero decir, cuando uno se casa... las actividades... quiero decir, va incluido en el matrimonio.

- Dijo que los shultes somo como niños en ciertos aspectos. Sí, Rivas -dijo Edaris, cruzando los brazos. La brisa nocturna le cosquilleaba la nuca de una forma muy agradable-. Somos muy diferentes. Pero eso a mí no me importa en absoluto. Basta con... acostumbrarse a su manera de ver las cosas.

- ¿Y ella...? ¿Ella es... mmm... tiene...? ¿Experiencia y creatividad? -el Consejero se mantenía en una postura a medias entre el espanto y la fascinación-. En todo caso -de repente pareció recordar su lugar- ¿cómo que tenéis experiencia y creatividad? ¿Se puede saber qué habéis andado haciendo a mis espaldas, joven?

- ¿Acaso crees que yo...? -el joven abrió mucho los ojos, al caer en la dirección que tomaba el comentario de Rivas-. ¡No! ¡Nunca! ¿Cómo puedes pensar eso de mí?

- Joven, el que algo teme algo debe -añadió con la astuta mordacidad de un adulto que pilla en falta a un niño-. Y no he pensado nada, estoy preguntando. ¿De dónde os habéis sacado esa experiencia, si puedo saberlo?

- ¿Recuerdas...? -titubeó al decirlo- ¿Recuerdas a la embajadora del Reino de Gens?

El anciano asintió, esforzándose por parecer severo pero muerto de curiosidad.

- Bueno... el caso es que... -era costoso sincerarse sobre determiandos temas. Sobre todo con alguien tan cercano-. Ehhh... Empezó a interesarse por determinados temas... ehhh... varoniles. Vino a preguntarme sobre cetrería. A partir de eso comenzamos a hablar con bastante frecuencia. Y... bueno -el rubor le había invadido todo el rostro-, le acabé invitando a pasear, a salir de caza, ¿sabes? Después de eso hubo otra vez, al término de una de las recepciones. Y... y luego otra en...

El anciano se había quedado pálido.

- No me lo puedo creer. Pero vos... ¡un caballero sólo toma a una dama por amor! ¿En qué estabais pensando? ¿Esas tres veces han sido todas?

El joven Conde miró al suelo, como un niño al que se le castiga, moviendo inquietamente los pies y retorciéndose las manos a la espalda. Negó.

- ¡Qué pensaría vuestro padre! -el anciano alzó las manos al cielo, levantándose y paseando delante de Edaris- ¡En nombre de la Luz, no me puedo creer lo que oyen mis oídos! -le señaló con el dedo, acusador- ¿Qué más, Edaris? ¡Mas os vale decir toda la verdad?

Edaris se sintió como cuando era pequeño y Rivas le educaba.

- ¡Pero... pero yo la amaba, Rivas! -protestó- Fue algo totalmente consentido por ambas partes. Incluso le escribí poemas. Cuando se fue...

El tono implacable del anciano se suavizó. El también recordaba sus amores de juventud...

- Cuando se fue... ¿qué? -preguntó el anciano- ¿Por eso andábais tan alicaído por aquel entonces?

- Sí -murmuró. La verdad es que todavía le dolía que la hubieran hecho volver a su reino-. Fue la única con la que... con la que... me sentí... vivo. Vivo, Rivas. Desde entonces busco a la que me haga sentir igual, ¿entiendes, amigo mío?

Rivas pensó en su propia vida. En su propia... recordó, perdiendo la mirada. Una lágrima se deslizó por su mejilla ajada por la vejez. Recordó su juventud, a Mariola, evanescente y jovial... Recordó aquella flecha perdida durante la cacería de la Coronación de la Reina de la Primavera. Recordó los estertores, la sangre, el... Sacudió la cabeza.

- Y yo voy a entregarte a un matrimonio de conveniencia -susurró.

- Es de conveniencia para Shult, Rivas. Pero para mí es... Por fin podré llenar el vacío de mi corazón, mi fiel amigo. Creo... -añadió, otra vez rojo como la grana- creo que me he enamorado.

- ¿Os habéis enamorado de una mujer capaz de preguntaros sobre vuestras habilidades amatorias? -dejó escapar una risa burlona- Creo que voy a reirme mucho con todo este asunto. Tal vez -esbozó una sonrisa pícara- deberíais informaros sobre lo que se estila en Avernarium, no sea que os sorprenda...

- ¡Rivas! Podría esperar oír algo así de mi mozo de cuadras, no de alguien de tu edad, por el Juramento de la Luz.

El anciano cabeceó, burlón.












Níobe se descalzó. Sus doncellas la habían desvestido y puesto un delicado camisón de lino antes de ser despedidas.

- Gael, te noto... disgustado -suspiró indiferente.

- No veo porqué, mi señora -el tono frío y átono del soldado.

- No pienso permitir otra salida de tono con el Conde. Te guste o no te guste, es posible que le escoja a él.

- Señora.

- Si me prometo con él, Capitán, echaré de menos distraerme contigo. Dudo mucho que sea tan hábil como tú.

- ¿Señora? - abtrió los ojos, repentinamente sorprendido-. ¿Vos....?

- Le seré fiel, por supuesto -dijo deslizándose entre las sábanas-. En Shult la infidelidad es motivo de divorcio.


1.6.09

Edaris de Shult


Exactamente veinticinco días después de la partida de Briye de Shult, treinta y tres hombres entraron en el Castillo de Avernarium. Treinta iban acorazados en armaduras tan impecables que reflejaban el sol de la mañana como si fueran espejos. Los otros tres vestían armaduras ceremoniales: Briye de Shult -el hermano menor del Conde-, Rivas de Shult -la cabeza del Consejo del Condado-, y Edaris de Shult, el Conde.
En el patio de armas esperaba la guardia personal de la reina Níobe, uniformados de gala. Sus armaduras negras contrastaban de modo siniestro con las relucientes corazas de los shultes. Los oscuros pendones con el escudo de Avernarium ondeaban bajo la suave brisa. El capitán Gael y el teniente Der escoltaban a Níobe con gesto impasible.

La Reina había puesto especial cuidado en la primera impresión de Edaris. Todo el patio de armas había sido barrido y limpiado hasta la saciedad, y su guardia personal estaba, a falta de una palabra mejor, impecable. Doce pajes aguardaban, cautelosos, a que se les diera la orden de escoltar a los visitantes a sus aposentos, los cuales estaban situados hacia unas vistas magníficas. La tardía comida -era pasada más de la media tarde- estaba siendo ya servida, una infinidad de delicadezas gastronómicas regadas con los caldos más delicados.
Incluso se había tomado la molestia de esperar que Nyx accediera a aparecer en la recepción. Había mandado confeccionar un hermoso vestido púrpura para ella, vestido que ahora mismo estaría muriéndose de risa en su dormitorio. Su propia ropa, de un blanco inmaculado, había sido escogida especialmente para la ocasión. En el cuello llevaba la gargantilla de rubíes regalo del Conde, y se había hecho recoger el cabello en un velo, a la manera de las mujeres de Shult.

Los recién llegados descabalgaron con un sonido metálico. La guardia de Shult formó casi automáticamente, escoltando a sus tres señores. Níobe les observó con curiosidad.
Rivas de Shult era un anciano. Su cabello escaso y cano acentuaba más aún su aspecto envejecido. En la túnica verde, sobre el pecho, llevaba bordado el escudo de su patria. En las manos portaba un cofre de madera tallada. Avanzó el primero hasta llegar frente a la reina Níobe.
- Majestad -dijo con voz cascada, haciendo una leve reverencia-. Mi nombre es Rivas de Shult, y he sido escogido por el Consejo para representarles. Es un honor poder contemplaros al fin -por muy anciano que fuese un shulte, llevaban la galantería en la sangre-, vuestros ojos son tan hermosos como el joven Briye prometió.
- El placer es mío, Consejero -contestó Níobe, complaciente, y le devolvió la reverencia-. Espero que el viaje no se os haya hecho excesivamente pesado. Los pasos de las montañas pueden ser terribles -añadió amablemente-. ¿Deseáis que mande que os traigan un asiento, señor?
- No será necesario -el hombre negó con la cabeza, obviamente complacido por la preocupación que Níobe fingía-. Aunque soy muy anciano aún puedo cabalgar unas cuantas leguas -carraspeó-. En todo caso, acudo aquí como escolta de mi señor como manda la tradición de mi tierra. Os traigo, señora, un presente del pueblo de Shult -le ofreció el cofrecillo.
Uno de los pajes se adelantó, eficiente, y recogió el cofre de manos del anciano para acercarlo a la Reina.
- Asimismo -Rivas no esperó a que ella abriera el regalo- es mi deber presentaros al Conde Edaris de Shult, a quien los dioses quieran que tengáis a bien concederle vuestra mano.
El Conde avanzó hacia Níobe, y ella pudo verle bien por primera vez. Era un hombre hermoso, sin duda, aunque carecía del atractivo animal de Gael. Como casi todos los shultes, Edaris era rubio, de un rubio tan claro que bajo un sol muy intenso su cabello parecía blanco. Níobe pensó vagamente en Gael desnudo, en su cabello negro y en sus ojos azabache, estremecedoramente oscuros como dos abismos sin fondo. Los ojos de Edaris eran sorprendentemente verdes, de un verde extraño y luminoso, llamativo. Se acercó a ella acompañado por el tintinear de su armadura ceremonial -las placas de metal estaban tan cuajadas de arabescos en oro que apenas se veía el acero- e hizo una reverencia a todas luces perfecta.
- Majestad, cuando mi bienamado hermano regresó con vuestra invitación apenas podía creer mi suerte. La fortuna hubo de sonreírme cuando nací, pues de otro modo me resulta imposible creer que estuviera destinado a compartir el mismo sol que vos hoy. Permitidme besar vuestra mano y seré plenamente dichoso.
Níobe apenas dedicó una mirada de refilón a Gael, pero fue suficiente para ver su gesto desabrido. Estaba rojo de ira, las mandíbulas tensas y los músculos agarrotados. Dispuesta a aprovechar la situación para ganarse a Edaris y para enseñarle modales al capitán, sonrió tímidamente - Si Nyx estuviera aquí, al menos alguien apreciaría mi interpretación, pensó- y extendió hacia él una mano larga de dedos finos, en cuyo anular destacaba el sello real de Avernarium.
- Señor, bienvenido a mi hogar. Espero que vuestra estancia aquí os sea grata.
- Si cuento con vuestra compañía, sin duda lo será - Edaris besó suavemente el dorso de su mano-. Realmente el Consejero Rivas ha dicho la verdad: con la luz de vuestra mirada podría iluminarse la vida de un hombre hasta el fin de sus días.
Ella imaginó el gesto de Gael y tuvo que contenerse para no sonreír, burlona. Si se giraba y le miraba, le encontraría apretando los dientes, comido por la rabia y la impotencia.
Nyx, te estás perdiendo lo más divertido de la visita.
- Mi dama, ruego abráis el presente que os manda mi pueblo, el cual está deseoso de que decidáis formar parte de él.
Los apicultores de Shult eran famosos por la extraordinaria dulzura de sus mieles, un frasco de pura miel de allí podía costar el triple que cualquier otra. Dentro de la hermosa caja de madera tallada había un panal, sí, pero labrado en oro y tachonado de rubíes allí donde deberían estar las celdillas. Una carísima pieza de orfebrería.
- Sin duda el pueblo de Shult es generoso -sonrió Níobe-. Y sus artesanos hábiles -entregó la caja al paje-. Este hermoso presente alegra mi corazón. Quieran los dioses que pueda corresponder al pueblo de Shult como se merece.
Nyx salió al patio, intentando no hacerlo corriendo como solía. Vestía un elegante vestido de seda salvaje púrpura con encajes beige en puños y escote. En el cuello lucía una extraña pero excepcional gema del mismo tono del vestido, a juego con unos minúsculos pendientes en forma de óvalos, que adornaban delicadamente los pálidos lóbulos de sus orejas. En su pelo, las doncellas habían conseguido hacer una verdadera obra de arte a la hora de diseñar un hermoso recogido, tocado con velos de encaje del mismo tono que los puños y el escote del vestido. La joven Reina sonrió dulcemente a los presentes y se acercó hasta ellos. Sus ojos mostraron candidez mientras se disculpaba:
- Oh, señores míos... - dijo pensando que el vestido le apretaba, y deseando que todo aquello acabara pronto para deshacerse de él - disculpen mi tardanza, se lo ruego. Tenía asuntos que requerían mi presencia, ruego sepan perdonarme -
Níobe la dedicó una breve mirada.
- Entremos, señores -pidió a los recién llegados, y de dos zancadas se plantó al lado de su hermana y la cogió del brazo, sin dejar de sonreír.- ¿Dónde estabas? -susurró en un reproche- Te dije que vendrían hoy.
- Me quedé dormida junto al lago mientras leía, hermana. - dijo Nyx en un susurro - ¿Me he perdido algo emocionante? - ironizó.
- Si te gustan las peleas de lobos, sí. Tendrías que ver la cara de Gael -sus voces eran un murmullo acallado por el sonido de las armaduras y de las conversaciones de sus invitados.
- Por favor... - Nyx puso los ojos en blanco - ¿y qué me dices de estos pobres pececillos? - preguntó entre dientes.
- ¿Pobres pececillos? ¿A qué te refieres? El Conde es un hombre versado en política.
Nyx dejó escapar una risa traviesa y miró hacia los hombres que caminaban dignamente delante de ellas.
- Son unos pobres incautos que no saben donde se meten - miró a su hermana - me encanta cuando finges ingenuidad, hermana...
- Por favor, querida -Níobe habló con toda seriedad, sólo una chispa de burla en su mirada-, probablemente estás hablando de mi futuro marido.
Mientras las reinas caminaban presurosas susurrándose confidencias, el Consejero hacía lo propio con el Conde.
- Sé que os disgusta, hijo, pero ya hemos hablado de ello. Incluso aceptar el lugar del rey consorte de un tercio de este país os convertiría en el hombre más rico y poderoso de Putomundo y eso es beneficioso para vuestro pueblo.
- Me niego a estar por debajo de mi esposa -masculló Edaris-. Si ella es mi duquesa con todos los derechos, justo es lo recíproco.
- ¿Preferís acaso ser esposo con todos los derechos de un reino infinitamente más pobre? Vuestro orgullo tal vez. Vuestro pueblo no -añadió el anciano, severamente.
- Ya tolero basantes excentricidades aceptando esa cláusula del regalo de bodas -Edaris suspiró-. No voy a negar que es adorable y deliciosamente romántico, pero aún así...
- La joven Reina ha estudiado nuestra historia con cuidado. Conoce las debilidades de nuestro pueblo, ¿no negaréis vos que demasiadas de nuestras duquesas fueron viudas antes de tiempo? Es normal que se preocupe por vuestro bienestar. Ella no es shulte, y si ha de elegir entre vuestra vida y vuestro honor, comprendo que desee lo primero.
- Mi padre decía -comentó Edaris-, que las mujeres no entienden de honor. Si en efecto tenía razón, éste es un claro ejemplo.
- Por supuesto, mi señor -asintió el consejero-. Vuestro padre, que siempre descanse en la Luz, era un hombre muy perspicaz.
Caminaban despacio, distanciándose ligeramente de las Reinas, pero sin que ello significase una falta al decoro y el protocolo.
- Estoy dispuesto a aceptar que una mujer -dijo el Conde-, ponga delante de su honor el romanticismo, pero no voy a aceptar que haga lo propio con el mío.
- Mi señor, reconsiderad vuestra opinión, los erenianos...
- Sí, ya lo sé -siseó el noble, cortando el comentario de su consejero con un ademán de la mano-. Esos bastardos siguen desplazando tropas por la margen izquierda del río Ghat.
- Eso se podría considerar una provocación, Excelencia.
- Sí, sí... -Edaris suspiró-. Mi honor o mi pueblo. Difícil disquisición.
- Vuestro padre -cuchicheó el consejero Rivas- lo habría tenido muy claro: el bien del pueblo debe prevalecer sobre el del individuo, aunque éste sea el Conde de Shult.
- Tienes razón, mi buen Rivas -asintió-. Aconsejaste bien a mi padre, y lo mismo a mí.
- Me honráis, joven Edaris -contestó el consejero, inclinando la cabeza-. Aunque yo sólo velo por el bien de Shult.
- Que es lo primero, sí. Gracias, amigo mío -le felicitó el Conde con una sonora palmada en la espalda.
- De nada mi señor. Entonces, ¿accederéis...?
- Sí, Rivas. Shult me necesita en esta hora aciaga.