24.9.09

Encuesta: A esta historia le falta...

Claramente: Bich, el Universo quiere que te leas las encuestas. Y... también quieren más velocidad de publicación: vale, tenéis razón. Somos unas dejadas.

¡Pero... salidos! ¿Para qué queréis más sexo? En fin... lo intentaremos, pero poco.

21.9.09

Punto de inflexión

"...es necesario a veces tocar con tus propias manos lo más profundo de la desesperación, para ayudarte con ellas a tomar impulso y escapar de allí como si se te fuera la vida en ello..." Extracto de `Ayer y mañana, nunca existieron´, obra anónima avernariense del año MVI.



16/Decimus/año MDXXXVIII después del Año de los Infortunios


Habitación de los Durmientes, Castillo de Avernarium.

Estación de las hojas caídas.


Nyx salió de la habitación de los durmientes, no aguantaba todo aquel ostentoso ritual. Con un ademán de sus manos, ordenó a sus damas de compañía y su guardia que la dejaran sola. Estaban acostumbrado a aquel gesto, ya que la reina nunca los quería cerca. Eran los más envidiados por los sirvientes del castillo; siempre estaban ociosos.

Salió al exterior del castillo y caminó hasta el lago de nenúfares. Se sentó a su orilla, como siempre hacía cuando algo la turbaba. En ese lago fue donde su madre le enseñó lo que era la magia, en ese lago la utilizó por primera vez y fue también allí donde juró que nunca más la usaría. Sin embargo, ahora había matado a un hombre instintivamente usando magia, lo hizo sin pensar. Reflexionó sobre si hacía bien en negar la magia una y otra vez, quizás estaba en su naturaleza, quizás no fuera tan malo. Ahora, el asesino de su hermana estaba carbonizado por dentro y ella sentía que podía respirar hasta llenar por completo sus pulmones de aire, sin jadeos, sin ansiedad que la oprimiera en el pecho. Y había sido gracias a la magia. Sin ella, no hubiera podido acabar con él, y probablemente estaría también en la habitación de los durmientes con una herida en el pecho.

Se descalzó y sumergió lentamente los pequeños pies en el agua gélida. Pensó en su madre, muerta. Y pensó en Adara, muerta. Pensó en su padre, muerto... Ahora sólo tenía a Níobe. Las lágrimas empezaron a rodar por su rostro y caer por su barbilla, y la imagen de Azcoy la volvió a golpear como una barra de acero. Ahora lo necesitaba más que nunca. Pensó en él mientras se ábrazaba las rodillas y escondía su cara tras ellas. Siguió llorando en silencio hasta que creyó haberse quedado seca para siempre.

Se levantó lentamente y miró a su alrededor, había empezado a oscurecer y no se veía a nadie, hacía frío. Y además, tenía el cuerpo entumecido por haber estado hecha un ovillo toda la tarde, incluso creyó haber dormido en algún momento, entre lágrimas. No estaba segura.

Miró el castillo con otros ojos, majestuoso con la luz del ocaso, y con ventanas iluminadas por la luz de miles de velas. Se dijo que jamás volvería a llorar por su madre, por su padre, por su hermana, y mucho menos por Azcoy. Todos la habían abandonado de una forma u otra. Pensó que todo era diferente ahora que estaba sola con Níobe, y se encargaría de que los culpables de sus lamentos murieran, los cómplices sufrieran y el resto, aunque inocentes, pertenecieran a su reinado para siempre.

El Putomundo sería de Avernarium. En esta empresa pondría toda su energía, nunca más se lamentaría por los que no estaban.

Nunca había estado más segura de que la conquista del Putomundo estaba en sus manos y que iba a conseguirlo.

La copistería del Maestro Entrari

"Cada libro, cada pieza, es una pequeña obra de arte, una acción magistral. Cada puntada en el pergamino, cada trazo de tinta están realizados con mimo, con elegancia, con precisión. Cada manuscrito es único, tiene un valor incalculable.
Aunque podemos llegar a un acuerdo, por supuesto."
Maestro Escribano Entrari.


20/Decimus/año MDXXXVIII después del Año de los Infortunios
Bosque Norte, Avernarium.
Estación de las hojas caídas.

Bosque Norte no era, a pesar de su nombre, un bosque. Era una pequeña población a un tres horas a caballo del Castillo desde Avernarium, pero su peculiaridad consistía en que era una aldea extremadamente rica, puesto que todos sus habitantes eran artesanos de objetos valiosos. Níobe solía visitarla bastante a menudo, concretamente la copistería del Maestro Escribano Entrari y la orfebrería de la Maestra joyera Iane. El objetivo de su visita era, ese día, la copistería. Bosque Norte era lo suficientemente rico como para pagarse una guardia que patrullase de continuo la aldea, y bien que hacían, puesto que lo que allí se vendía tenía un solo punto en común: caro.
Avanzó a caballo por las calles empedradas con primor, incordiantemente escoltada por su Guardia. Bosque Norte estaba sorprendentemente cuidada: las fuentes sin musgo, las fachadas limpias. Por fin divisó la placa de madera con una pluma y un libro grabados a fuego.

La copistería del Maestro Entrari tenía décadas. Antes había sido de su padre, el cual había heredado el negocio de su propia madre y etcétera, etcétera. Esa familia llevaban el oficio en la sangre casi tanto como su amor por el dinero.
El edificio de madera y piedra tenía un olor familiar, a tinta y pergamino. Cuando Níobe atravesó la puerta, un joven aprendiz se acercó a ella.
- Noble señora -hizo una exagerada reverencia-, ¿puedo ayudaros?
- Quiero ver al Maestro.
El aprendiz fue a replicar, pero la Guardia entró tras la Reina. Decidió ser diplomático.
- Iré a buscarle -dijo repitiendo la reverencia.
Habitualmente la escribanía solía estar en silencio, pero un ruido de martilleos y sonidos metálicos llamó la atención de Níobe. Se asomó con cuidado a la trastienda...
El Maestro Escribano Entrari era un hombre extremadamente delgado, con unos quevedos -una muestra más de su riqueza- casi siempre sobre la nariz. No era excesivamente mayor, tendría unos cuarenta años. Unas pocas canas adornaban sus sienes, y siempre solía llevar las manos manchadas de tinta.
En ese mismo momento andaba gritándole a un par de aprendices. A su lado había un extraño armatoste que Níobe no había visto nunca, y cuando el Maestro la vio, salió corriendo de la trastienda impidiéndola verlo mejor.
-¡Ah, Su Majestad! -dijo inclinándose- Alegráis mi día con vuestra visita.
- ¿Qué era eso? -inquirió ella.
- ¡Me alegra que me lo preguntéis, señora! ¡Eso, mi dama, es el futuro! -parecía realmente contento-. Aún es un prototipo, por supuesto, pero... Lo llamo la Im-Prensa. Mediante un mecanismo de presión parecido al de las prensas de uvas ¡permitirá crear libros en grandes cantidades! -sus ojos centellaron ante la perspectiva de las ganancias-. Por supuesto, los libros producidos no tendrán la artesanía o la calidad de los realizados completamente a mano por un Maestro Escribano.
- Ni su precio, espero -contestó Níobe, mordaz.
Él sonrió calculadoramente.
- Ni su precio, noble señora.
Ella miró a su alrededor, las estanterías llenas de objetos preciados. Plumas de oro imitando las de aves, tinteros de cristal tallado, pliegos de pergamino de alta calidad. Incluso algunos exóticos papiros provenientes de la lejana Kalhandar.
- ¿A qué debo el honor de vuestra visita, mi Reina? -el comerciante se acercó a la estantería que Níobe estaba observando-. ¿Tal vez deseáis algún suntuoso regalo para vuestro afortunado prometido? Las noticias vuelan, hermosa señora -el Maestro acentuó más su sonrisa de alegre anticipación por la venta que veía avecinarse-. Sin duda nuestro futuro Rey merece una de estas maravillosas -hizo un ademán con la mano, guiándola hacia otra estantería que contenía piezas aún más caras- obras de arte.
- Sí, supongo. Pensaba regalarle un libro. Es shulte, leer le vendrá bien -susurró la última frase con evidente fastidio.
- Entonces, señora, os puedo recomendar una pieza que tenemos a punto de terminar. Estamos casi acabando una copia del "Lugares destacables de Avernarium" de la muy excelsa Ekaterina de las Nanas. Con remaches en oro y esmeraldas -añadió, casi saboreando el tintineo del dinero en su mano.
- Por supuesto -Níobe siempre se admiraba de la capacidad para vender casi sobrenatural del Maestro Entrari-. Aunque estaba pensando en algo más... sugerente.
Él la miró sin comprender.
- ¿Sugerente? -enarcó una ceja- ¿Os estáis refiriendo a esos tomos eróticos de...?
Ella se echó a reír.
- Por supuesto que no, no se le puede regalar eso a un shulte. Dioses, seguro que lo considerarían un insulto. Me refería a que deseo que hagáis una copia de un libro que se halla en mi poder. "El Castillo de Avernarium: costumbres y secretos de la corte Avernaresa", casualmente también de Ekaterina de las Nanas.
El Maestro Entrari abrió los ojos, codicioso. De ese libro existía un único tomo guardado con celo por la familia real, pues se decía que contaba aquellos secretos de la línea dinástica que jamás deberían salir a la luz. Se contaba que sus páginas estaban teñidas de sangre, y no toda metafórica.
Como proveedor habitual de la Reina Níobe, se permitió una confianza:
- ¿Creéis... que ese... valioso presente podrá, ehm, facilitarle a vuestro esposo la tarea de... ehm... descubrir con qué tipo de mujer trata?
- Tan agudo como siempre, Maestro -ella asintió-. Por supuesto, os entregaré el libro, pero... Sólo haréis una copia, la mía. Y sólo vos os encargaréis de ello. No permitiréis que nadie más vea ese libro.
El Maestro Entrari no había llegado donde estaba siendo estúpido, y asintió rápidamente.
- Por supuesto, Majestad.
- Recibiréis una pequeña compensación por las molestias, por supuesto. Digamos... ¿un treinta por ciento más del valor total del libro?
Los ojos del avernarés relucieron de felicidad ante la idea de tanto dinero.
- Podéis contar con mi absoluta discrección, señora.
- Lo sé. Sois un hombre inteligente.
Chasqueó los dedos y uno de sus guardias se acercó. Llevaba una pesada caja de metal del tamaño de un libro.
- Pero sólo para asegurarme, el Teniente Der se quedará con vos. Él abrirá la caja cada mañana, vigiliará vuestra espalda mientras trabajáis y guardará el libro cada noche. Tratadlo como a un huesped, os pagaré los gastos que os ocasione.
El escribano asintió.
- Me pondré a ello de inmediato, señora.
- Por supuesto. Y ya que estoy... -echó un ojo a su alrededor- me llevaré un par de cosas más.

Cuando la Reina se fue, el Maestro Entrari tenía en su haber una cantidad considerable de dinero. Y una cantidad aún más considerable de problemas.



(Esta entrada está dedicada a Entrari, el de carne y pixels, por no haber huído, enviado matones, fingido muerte súbita o escupido cuando le pedí ayuda informática.)

La habitación de los durmientes

"Podría decirse que, de todo el Putomundo, Avernarium es el único país con una actitud abiertamente indiferente -si no despreciativa- hacia las religiones. Los pocos que practican alguna religión rinden culto a deidades pretéritas y oscuras que no mencionaré en este tratado; pero hasta la familia Real manifiesta un completo desinterés por la existencia de dioses. Citando a la Reina Eawenn la Voraz, el culto a lo que está más allá de la muerte es para los que mueren."
Extracto de "El dominio de los dioses", del sacerdote ambusí Nerat Jeten.


16/Decimus/año MDXXXVIII después del Año de los Infortunios
Habitación de los Durmientes, Castillo de Avernarium.
Estación de las hojas caídas.


Níobe no lloraba. Nunca lo hacía. Su nodriza solía decir que ni siquiera lloró al nacer. Una exageración, por supuesto; pero sí era verdad que ni siquiera recordaba cuándo era la última vez que había derramado lágrimas de dolor. Ella no hacía eso: guardaba el dolor, lo atesoraba. Lo enfocaba, normalmente hacia la venganza. Era mucho más útil. Y... siendo sincera consigo misma, lo cierto es que prácticamente nunca había sentido pena. O alborozo. O cualquier emoción realmente pasional. Sólo la intensidad de los lazos fraternales, o el placer de la victoria intelectual, o la ira ante la torpeza ajena, o quizá alguna vez la satisfacción de saberse la obsesión de Gael... Pensó que tal vez el apodo de Reina de Hielo estaba bien puesto.
La Reina velaba el cuerpo en una pequeña sala sin ventanas, tapizada de negro. La Habitación de los Durmientes, se llamaba. Generaciones de Reinas avernesas habían sido veladas en esa sala. Miles de cadáveres habían sido vistos por última vez en esa habitación, miles de desconsolados y no tan desconsolados parientes habían derramado sus lágrimas. Esa noche Níobe estaba sola. Las velas proyectaban una luz temblorosa sobre los rasgos embalsamados de su hermana.
La tradición disponía que el cadáver debía vestirse de blanco y adornarse sólo con una corona de flores. Ella misma había recogido y trenzado las rosas blancas, y las espinas clavándose en sus dedos habían sido casi una bendición. El dolor físico hacía olvidar la angustia espiritual. A los pies del cadáver se habían depositado varios de los objetos personales de Adara con el fin de que quien los viese pudiera recordarla. Un laúd, una gargantilla de esmeraldas, una daga.
La Reina de Avernarium, cuarta de su nombre, permanecía quieta en un sillón de terciopelo, mirando fijamente el cadáver. Cogió el laúd con cuidado. Sus dedos largos y blancos tañeron las cuerdas, desgranando una melodía triste, infantil, recuerdo de tiempos casi olvidados cuando las tres niñas vivían libres de preocupaciones.
- Él está muerto. Ni siquiera pudimos hacer que ese bastardo pagase por sus pecados -susurró-. Y yo debería haber sido capaz de romper el hechizo de la zíngara. Lo siento. Yo debería... yo...
Inspiró hondo.
- Averiguaré porqué. Te lo prometo. Sabré quién ordenó tu muerte. Y me aseguraré de que viva una eternidad para lamentarlo.
Se levantó y depositó un suave beso en la frente helada de su hermana.
- Alguien va a pagar por esto, Adara.


Puñal salió del Castillo sin que nadie le viera. Tenía una misión, y nunca fallaba.
Las palabras de la Reina Níobe retumbaron en su mente: "Averigua quién daba las órdenes al Barón y tráelo ante mí. Y a la hija. Tengo un destino especial preparado para ellos dos."


Las misivas de condolencia de nobles de Avernarium y otros países llegaban de continuo. Pero las Reinas habían preferido un funeral privado.
Junto a la tumba abierta, Níobe estaba de pie. Sujetaba un libro abierto entre las manos, el libro favorito de Adara, una de las pocas novelas que tenía en su haber. Comenzó a leer una página que ella había subrayado, su texto favorito. Lord Ducan Nawch, el caballero protagonista, ha descubierto que la que fingía ser su amada Lady Anette Winter es solo Anette, hija de una prostituta, que llevaba años dedicándose a enamorar y arruinar hombres.

- "Hipocresía. Mentiras. A eso os dedicáis. Fingís un aspecto, engatusáis a quienes os rodean. Permitís que os abran el corazón, y mientras vivís en una hermosa casa con lujo y esplendor, vuestras arcas están vacías. Vuestra mera existencia es un engaño. Os hacéis pasar por noble señora y jamás habéis sabido que es tener nobleza en la sangre. Todo en vos es vacío y mentira, todas vuestras palabras no significan nada. Ni vuestro nombre ni vuestro oficio son lo que decís, ni vuestra historia ni vuestra casa. Fingís cultura y sois una ignorante; fingís sabiduría y sois una necia; fingís amor y sois una mujer yerma. No existís, sois solo un personaje equívoco y falso.
Y aún esto podría perdonaros, pero no que difaméis a los hombres honrados. Que para tapar vuestras miserias inventéis ajenas, escupáis sobre otros honores, critiquéis a quienes solo os han protegido. Sois una pérfida infame, señora. No merecéis amor. No merecéis nada. Solo buscáis un títere, un imbécil que asienta cada vez que habláis, que admita como leyes todas estas tonterías que os bailan en la cabeza. Habéis escogido ser una necia.
Y jamás, señora mía, jamás habéis admitido ser la culpable de vuestras desgracias."

Pensó que Adara jamás volvería a leer esas letras...

El féretro fue empujado dentro de la tumba.

17.9.09

El fin de una Era



"Un gobernante no puede permitirse el lujo de la confianza. La confianza es un error, una anticipación al desastre. Porque todo hombre tiene debilidades que pueden ponerlo de rodillas, todo hombre tiene un precio por el que sacrificará cualquier cosa.
El buen gobernante no olvida eso, y lo utiliza. Y jamás cae en el error de creer que hay una excepción a esa norma, porque en política, solo hay una realidad: Nadie es digno de confianza."
Extracto de "Modos y maneras en el arte de gobernar", del filósofo alysio Johann Preverett (Año XXIII antes del Año de los Infortunios).


15/Decimus/año MDXXXVIII después del Año de los Infortunios
Estación de las hojas caídas
Una hora antes del anochecer; en el Salón del Castillo de Avernarium.

La guardia de Nyx rodeaba a la Reina Adara, que permanecía sentada majestuosamente en un asiento de mármol blanco heredado de antepasados pretéritos. La idea de Nyx de que Adara se hiciera pasar por ella era, sencillamente, sublime. El tal Barón no sospecharía, y Nyx conseguiría su objetivo: saber porqué deseaba matarla. Adara echó un ojo a su alrededor, a guardias y cortesanos, a sus hermanas.
El Barón permanecía en medio de la sala, a tres metros de los tronos. Su ropa estaba ajada y deteriorada, pero mantenía un porte altivo. Se encontraba bien rodeado de guardias que le miraban con hostilidad y con ganas de desenfundar la espada para abalanzarse sobre él.
La supuesta reina Nyx frente a él esbozó una amable sonrisa que no engañó a nadie e hizo un gesto con la mano.

- Así que Barón -miró sus ropas y su ausencia de guardia y torció la boca en un gesto de incredulidad-. ¿Es una costumbre en las islas presentarse con tales harapos delante de una Reina? Si a alguno de los Barones de Avernarium se le ocurriera presentarse ante mi con semejante aspecto lo haría azotar hasta desangrarse. No creo que seáis un Barón. Más bien parecéis un mendigo que le ha robado su espada a algún caballero... quién sabe si la habéis robado de alguna tumba mal protegida - Adara profirió semejante insulto con desfachatez, indolente.

Von Deck apretó los dientes. Jamás había permitido semejante insulto, en ninguna circunstancia. Ninguna. Tuvo que recordarse a sí mismo el infantil rostro de su heredera para mantener el autocontrol. Podía elegir: su orgullo o su hija, pero no las dos cosas. Inspiró profundamente.

- Ruego a su Majestad perdone la apariencia exterior de este pobre caballero -hizo una inclinación de cabeza-. Las circunstancias de mi existencia no han sido todo lo gratas que desearía, gloriosa señora, y en los últimos tiempos la fortuna me ha abandonado.
- Así que la fortuna os ha abandonado -se encogió de hombros-. Mi muy estimada dama de compañía -hizo un suave gesto hacia su hermana Nyx- me ha solicitado una audiencia para vos, anunciando que teníais muy graves asuntos que tratar conmigo.
- Así es, mi hermosa señora.
- Hablad, pues.
- Nací en las islas más allá del mar de Brumas, mi señora, y allí conocieron mis ojos el gozo y la felicidad. Yo tenía una familia y un hogar en aquellas tierras escenario de mis días felices; pero ahora mi mujer reposa a la sombra de un roble, mi hija es cautiva y mi hogar ahora son escombros calcinados. El causante de tamaña crueldad pondrá en libertad a mi heredera si acabo con la vida de un desconocido, un inocente que nada me ha hecho y al que nada debo.

Nyx miraba a Níobe, tensa, pero esas palabras hicieron que girase el rostro hacia el Barón. El pánico que sentía se mezcló con una pizca de piedad. Adara sonrió más ampliamente, disfrutando del dolor del hombre.

- Las desgracias de mis nobles me enternecen pocas veces, barón. Menos aún lo harán las de aquellos que ni siquiera pertenecen a mis dominios.

La Reina Adara levantó la mirada. Tras el Barón, Níobe y la gitana se mantenían las miradas. La expresión de la pequeña zíngara era de completa concentración, la de la Reina se asemejaba a una depredadora a punto de lanzarse sobre el cuello de su víctima. ¿Qué estaba ocurriendo?
La voz rota por el esfuerzo de la gitana rompió el momento de silencio.

- Es el momento -dijo la muchacha con voz cavernosa, y sus palabras sonaron como una maldición.
- ¡No! -gritó Níobe, extendiendo los brazos hacia ella. Todos los presentes sintieron la ola de poder mágico que golpeó a la zíngara, desestabilizándola y haciéndola caer... Pero no rompió su concentración.
- ¡Guardias, detened a este hombre! -ordenó Adara.

La Guardia de la Reina Adara intentó avanzar en ese mismo instante, pero una muralla invisible, el hechizo de la zíngara, los detuvo y los volvió aparentes figuras de cristal. La Reina Níobe había conseguido debilitarla lo suficiente como para que la muralla de energía mágica temblara y comenzara a descomponerse, incluso haciéndose ligeramente visible por momentos, pero Armenieta parecía dispuesta a alimentar el hechizo con su propia vida si era necesario. Y estaba dentro de la muralla. Morirá, pensó Níobe. La bruja morirá, pero no será la única.
La Reina de Hielo murmuraba los encantamientos para deshacer la protección de la gitana con tanta velocidad que ni siquiera oía lo que decía. Empeñó toda su fuerza en el intento, y la velocidad de rejuvenecimiento de su cuerpo se aceleró sorprendentemente. No tenía tiempo para eso.
Los presentes en la sala quedaron suspendidos un palmo en el aire, inmóviles, con los ojos vidriosos y el rostro imperturbable. Nyx vio a la zíngara caer al suelo y a Níobe luchar con el hechizo, y dentro de su cuerpo hierático e inflexible en ese instante, sintió los latidos de su corazón desbocado. Algo horrible iba a suceder y ella no podía mover un dedo para evitarlo.
Dentro de la muralla de Armenieta, la Reina se sentía como un animal acorralado.
El barón dio dos zancadas hacia Adara y sin dudarlo, sacó un afilado puñal de su bota.
La reina Adara, haciéndose pasar por su hermana Nyx, no tuvo opción a alejarse, sus pies no tocaban el suelo y apenas podía mover los ojos, sin embargo veía al barón avanzar con su puñal desenvainado. La magia empezó a desaparecer casi antes de haber terminado de formarse. El Barón lanzó una mirada de lástima y agradecimiento a la pobre gitana que temblaba por el esfuerzo.

- Armenieta me protege, Reina - le dijo el Barón a la supesta Nyx, innmóvil ante él.- Os aseguro que lamento tener que acabar con una dama de este modo, pero no tengo elección -avanzó hacia ella-. Lamento tanto tener que hacer esto.

Cuando llegó a su altura hizo una suave reverencia. Ella lo miró horrorizada, completamente espantada, incapaz de moverse. Von Deck se acercó tanto a Adara que pudo notar su respiración helada, sus manos de caballero que hacía dos noches acariciaban a Nyx y ahora sujetaban el puñal frente a la joven reina.

- No tengo elección, mi señora. Nadie podría detestar lo que voy a hacer más que yo.

El barón apoyó la punta del puñal sobre el corazón de Adara, la miró a los ojos y bajó inmediatamente la mirada... por un instante dudó. Pero sólo fue un segundo, con renovadas energías, hundió el puñal hasta su empuñadura en el pecho de la Reina.
Ella notó el acero hundirse en su pecho, avanzar, inexorable. No podía creer que aquel fuera su fin... y éste fue su último pensamiento antes de que su corazón se viera atravesado por el helor de la daga, dividiéndolo en dos y robándole el último latido.

Níobe había rejuvenecido casi cinco años en su cuerpo a cuerpo con la zíngara. En sus ojos de veinteañera brillaba una ficticia inocencia, aunque las formas de su cuerpo todavía se conservaban. La boca le sabía a sangre, pero Armenieta estaba mucho peor. Tenía la mirada perdida, temblaban sus piernas. Finalmente la pobre muchacha cayó de rodillas, pero aún así, se negó a dejar de alimentar el escudo con su misma vida.

Von Deck no pudo mantener la mirada de la Reina Adara mientras la dejaba sin vida...
El hechizo en ese instante comenzó a perder fuerza a la misma velocidad que la había tomado. Los presentes volvieron a posar sus pies en el suelo y pudieron notar como sus miembros obedecían a sus órdenes poco a poco. Nyx avanzó, tambaleante al principio, hacia el barón que miraba cómo su hermana se desplomaba a sus pies. Era tal el odio y la impotencia que invadían el cuerpo de la Reina que su cuerpo recuperó el completo control tras el hechizo y su mente sólo era capaz de mandar mensajes violentos a todos sus miembros.

Mientras la guardia parecía bajo los efectos del peor vino jamás escanciado, Nyx fue como una flecha a por el barón. Tal que si estuviera en un sueño, oyó el grito de su hermana -la única que le quedaba ahora- venir desde detrás de la sala :

-¡Morirás! - fuera del círculo Níobe se dejó llevar por la furia contra la gitana, y de sus manos surgió un torrente de llamas azuladas que golpearon el escudo y comenzaron a atravesarlo, lentamente - ¡Morirás, y sufrirás hasta el infinito! ¡Si valoras en algo tu mísera existencia, si valoras en algo...! " dejó de oír a su hermana. Supo instintivamente que ella se encargaría de la zíngara.

El cuerpo muerto de Adara cayó sobre el mármol, con los ojos aún abiertos en un gesto de rabia. Un murmullo de espanto recorrió el salón.

La ira invadió a Níobe, canalizándose en sus manos, impactando en Armenieta. Durante un ínfimo instante la gitana la miró con desconcierto, y casi inmediatamente ardió por completo hasta convertirse en un pequeño montón de cenizas oscuras.

- ¡Armenieta! -Von Deck se giró hacia Níobe y desenvainó la espada, pero Nyx, la auténtica Nyx, se interpuso en su camino.
Tenía la mirada desencajada, un gesto de completa locura en los ojos. Estaba pálida.

- ¡Yo soy Nyx! -aulló, desafiante, mirándole con asco- ¡Yo soy la Reina Nyx, y ésa a quien has quitado la vida es mi hermana, despreciable alimaña! - se detuvo frente a él, sin miedo, con odio.

Von Deck se detuvo, horrorizado.

- No -susurró.

No podía ser verdad. No acababa de apuñalar a una mujer que nada tenía que ver con sus asuntos. No acababa de apuñalar a una mujer indefensa. Él no. No... Miró a Nyx, cuya desesperación llenaba el aire como un perfume. No tenía que matarla a ella, no podía ser. No tenía que cegar esos ojos que le acompañaban por las noches desde la tormenta en aquella cueva. Dejó caer su espada.

- Nyx -pronunció su nombre.

Níobe contempló lo que sucedió a continuación con una expresión de total incredulidad. Vio como Nyx, enemiga acérrima de la magia y todo lo que estuviera relacionado con ella, extendía la palma de su mano y formaba un aura de pequeño rayos iracundos y relampagueantes. El barón la miraba sin dar crédito a todo lo que le estaba pasando en tan sólo unos minutos, no tuvo el valor suficiente de acercarse más a ella, ni siquiera tuvo tiempo de protegerse, porque la reina Nyx lanzó el aura contra sus ojos antes de que pudiera parpadear. Los rayos entraron por sus pupilas y atravesaron su cuerpo sin compasión, haciendo que el barón se quedara pegado al suelo y que su cuerpo comenzara a emanar humo, olor a carne quemada. Sus ojos no se apartaron de la mujer con la que había yacido poco antes, y pensó en lo irónico de la vida. Justo después, sus pulmones se quemaron por el rayo que los cruzó como una exhalación, y cayó al suelo, junto al cuerpo de su última víctima; la reina Adara.

16.9.09

Encuesta: ¿Qué añadirías?

Finalmente hemos optado por añadir al principio de cada entrada una pequeña referencia a la fecha, hora, estación y lugar donde discurre la acción. Es posible -aún ha de discutirse con el Poder Alimañil- que además de esto añadamos una pequeña cita perteneciente a algún libro Putomundés, para que os ayude a comprender la mentalidad, cultura e historia de los nobles y antiguos pueblos que serán masacrados por nuestras queridas Reinas.

9.9.09

Ojos líquidos

Los ojos de Nyx reflejaron la furia que sintió al ver al Barón entrar en su salón. Los músculos de su cuello se tensaron y apretó el mentón. Las pecas de su nariz casi desaparecieron con el sonrojado de su piel.

¿Cómo pudo yacer con semejante desharrapado? ¿Cómo no pudo ver antes la sed de sangre en sus ojos? Aún no sabía por qué aquel hombre quería acabar con su vida, pero eso era cuestión de tiempo. La Reina lo siguió con la mirada, lo observó moverse, y en ese instante en que el hombre caminaba sobre el mármol pulido del palacio casi como si flotara sobre él, Nyx podría haber jurado sin equivocarse que la sangre azul corría por sus venas de la misma forma que corría por las suyas. ¿Por qué un verdadero noble venido desde tan lejos, querría acabar con su vida? Y, ¿qué significaba lo de aquella gitana? Esa joven zíngara que lo acompañaba como un mono enroscado a un árbol.

Pero dejó de observar al Barón, algo captó su atención. Como la sombra de una cola de ratón hace que el gato apunte hacia arriba con sus orejas y entorne los ojos, silencioso. De esta manera, Nyx observó cada vez más tensa cómo Níobe se medía con la pequeña gitana y tragó saliva con dificultad, aquello no le gustaba , de repente esa conversación no era para nada importante y ni siquiera oía qué decía Adara y qué replicaba el Barón. Sin embargo todos los presentes, en su mayoría la guardia real, escuchaba y observaba a ambos interlocutores con suma atención y con sus manos en las empuñaduras de sus espadas - por si acaso-. No obstante,  no era ni remotamente tan importante lo que hablaban como lo que estaba aconteciendo tras el Barón.

Sólo Nyx pudo ver cómo las miradas de Níobe y la zíngara proyectaban palabras y números, rayos de sol y de luna, murmuraciones de ultratumba, cánticos de ángeles caídos. Nyx empezó a ponerse en pie, tenía que detener aquello. Todo estaba yendo mal. Todo iba a salir mal. Quiso gritar, quiso avanzar hacia sus hermanas, quiso salvarles la vida... Pero su cuerpo quedó suspendido a un centímetro del suelo y su boca sólo se abrió a la mitad. Sus ojos se volvieron vidriosos, líquidos, lo cual no impidió que su mente captara todo lo que a continuación pasó.

La barrera invisible

Níobe.
15/Decimus/año MDXXXVIII después del Año de los Infortunios
Estación de las hojas caídas.

Una cuarta antes de la audiencia.
Salón Principal del castillo de Avernarium.


Así que Barón Von Deck. El nombre le sonaba, pero no demasiado; aunque Níobe devoraba cualquier libro que cayera en sus manos, los tratados nobiliarios no la apasionaban. Examinó al hombre; pese a su ropa ajada, poseía el porte de un noble. Y -entornó los ojos, a un tiempo fascinada y preocupada- la mirada de un desesperado. De aquel que no tiene nada que perder. Dejó que su mirada vagase hasta posarse en la andrajosa criatura que le acompañaba. El aire a su alrededor rezumaba poder, un poder tosco y desagradable, pero aún así intenso. La situación no era tan inocua como se había esperado en un principio. Avanzó deslizándose entre los presentes hasta situarse más cerca de ella, vio sus puños mugrientos apretados en un esfuerzo de concentración, su mirada enfocándose en ninguna parte, como si su mente estuviera muy, muy lejos...
Cerró los ojos y permitió que su mente avanzase hacia la gitana. Tal y como esperaba, encontró un bloqueo; escuchó el jadeo de sorpresa de la joven zarrapastrosa al sentir una oposición a su hechizo. Níobe abrió los ojos y esbozó una sonrisa perversa, oscura, ávida; la joven gitana sintió un escalofrío.

Armenieta miró a Von Deck, buscando inspiración; ¿sería la última vez que podría mirarle? Apretó los dientes, furiosa. Nadie iba a hacerle daño mientras ella pudiera evitarlo; giró la vista hacia la Reina de Hielo y se concentró en mantener el hechizo. La Reina era poderosa, pero por todos los infiernos que mientras le quedara una gota de sangre en las venas protegería a Von Deck. A cualquier precio. Y desde luego que conocía el precio, se dijo mientras notaba como las fuerzas comenzaban a desaparecerle. La rabia de su rival era intensa, notaba como le consumía por dentro... dolía. Como hierro ardiendo.
Con un siseo ininteligible para aquellos que ignoraban la magia, empezó a recitar más hechizos. Cada vez más oscuros.
Sorprendida, comprobó que Níobe seguía su ritmo sin problemas. Y no parecía nada molesta o preocupada por tener que emplear esa magia tan arcana, malvada y peligrosa...

El Barón y su hermana hablaban, pero Níobe no prestaba atención. Ese rival, esa joven practicante de magia primordial y sin refinar, acaparaba toda su atención. En cualquier otra situación ese duelo de mentes hubiera sido gratificante y entretenido. Esa muchacha era infinitamente más peligrosa que ese Barón. No conseguía romper su concentración, pese a sus esfuerzos. La magia fluctuaba, intensificándose y decreciendo, mientras las dos mentes se acechaban en un duelo no menos peligroso que si estuviera hecho de espadas. El salón continuaba a su alrededor, ignorante de la brutal saña con que las dos mujeres se oponían la una a la otra. Níobe casi rió cuando un hilo de sangre comenzó a resbalar de la fosa nasal izquierda de su oponente, pero casi al instante un sabor a hierro le vino a la boca. Los hechizos empleados no eran suficientemente intensos como para hacerla rejuvenecer visiblemente, pero notaba el familiar cosquilleo de la vejez escapándose de su cuerpo poco a poco.
Eres poderosa, muchacha. Pero yo soy la Reina de Hielo.
La balanza comenzó lentamente a inclinarse a su favor... muy lentamente.

Antes de la audiencia

Adara.
Una cuarta antes de la audiencia.
Salón Principal.

La Reina Adara se removía en el trono de su hermana Nyx. Miró la escalinata, franqueada por dos soldados de su guardia personal y se atusó la falda del vestido se seda salvaje beige juntando luego sus manos sobre el regazo.

Esta pequeña "obra teatral" en la que ella haría el papel protagonista de "Reina Nyx", teniendo en cuenta que la verdadera Nyx estaba sentada en un lateral del salón haciendo el papel de "noble que consigue la audencia" la hizo sonreír ligeramente.

Apenas llevaba un día en casa y sus hermanas ya la habían metido en una historia surrealista. Ella por supuesto estaba encantada de participar, no podían dejar pasar la oportunidad de saber quién y por qué quería acabar con la vida de Nyx. Todo era tan intrigante...

Miró a Níobe a su lado, absorta en sus propios pensamientos. Apenas faltaban unos minutos para que dejaran entrar al tal Barón Fulano. Estaba ansiosa por ver el espectáculo...

...Sin embargo, se dio cuenta de que su ceño se frunció lentamente cuando las puertas del salón comenzaron a abrirse.

8.9.09

A las puertas del castillo

Barón Han Von Deck.
A las puertas del castillo.
Una cuarta antes de la audiencia.



-Y bien mi querida Armenieta, ¿me podrías indicar cómo vamos a conseguir que la guardia nos deje asesinar a su reina?- preguntó el Barón apoyado contra un árbol y observando distraídamente el cielo.

-No os preocupéis, mi señor, cuando estéis delante de ella pensad en mí, con eso bastará- dijo la zíngara, sentada en cuclillas junto al Barón.

-Oh, entiendo- dijo el Barón sonriendo tristemente.

Desde que encontró a Armenieta oculta en la bodega del balandro en el que atravesó el Mar de las Brumas, supo que ella poseía un don poderoso. Sabía también que cuando usaba ese poder algo en el interior de ella le hacía daño y se rompía para siempre. En su mirada, a veces, se condesaban otras vidas del pasado, remolinos de enigmas, las enseñanzas de una estirpe que se extinguía.


-Sólo dispondréis de unos instantes para actuar.

-¿Crees que es una trampa? - inquirió el Barón sentándose junto a su sirviente- me resulta inquietante que la reina Nyx me reciba con tal prontitud.

- Vuestro destino os lo leí en la palma de vuestra mano, señor- contestó ella muy despacio- ya no conviene preocuparse por nada.


Ella le miró y al notar los ojos de ella clavados en su rostro, Von Deck apoyó la mano en el hombro de ella y la empujó haciendo que rodara por la tierra.

-Si quieres decirme algo, hazlo, pero no te pongas tierna- dijo el Barón sonriendo a la muchacha.- Cuando el sol decline, habré acabado con la vida de Nyx y mi hija gozará de la libertad... y en cuanto a ti, también te recompensaré.

- Mi recompensa señor, ya ha sido cobrada con creces- contestó Armenieta con mirada desafiante.